La izquierda se cansa de recibir golpes en Madrid y pasa a la ofensiva

El Partido Popular pensó que tenía la estrategia perfecta para su campaña. Obviamente, debía defender la gestión de la pandemia por el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso. Eso no era suficiente ni garantía de éxito en la comunidad con el mayor número de fallecidos por el Covid. Así que subió la apuesta hasta el final: «Socialismo o libertad». Tras la aparición de Pablo Iglesias como candidato, volvió a elevar el listón: «Comunismo o libertad» (31 años después de la caída del muro de Berlín, aunque esa idea no le funcionó mal a Berlusconi en Italia). Casi había llegado al límite. Sólo le quedaba ‘Satanás o libertad’ que tanto juego ha dado a la Iglesia durante siglos.

Definir la libertad como el derecho a tomar una cerveza en el bar mientras las UCIS están llenas de enfermos jugándose la vida es un concepto que no hubieran firmado los grandes ideólogos del liberalismo, pero eso y una buena ración de cocido de procesismo madrileño tenían que ser suficientes.

Lo parecía hasta que la campaña dio un giro con las amenazas de muerte a Iglesias y Marlaska y la decisión del líder de Unidas Podemos de abandonar el viernes el debate de la SER. La reacción insultante de Rocío Monasterio, jaleada con alegría por la extrema derecha, ayudó a que los partidos de izquierda fueran conscientes de que debían elegir su propio terreno de juego, no el que favoreciera a Ayuso.

En el PSOE, se acabó el intento de Ángel Gabilondo de dar una imagen moderada y tranquila que no espantara a nadie. Este fin de semana, los socialistas pasaron a la acción y colocaron en sus mítines una disyuntiva tan dramática como el eslogan del PP. Puede que estén en juego la sanidad, la educación o la economía, como en todas las elecciones. Lo de ahora es otra cosa más esencial en nuestras vidas. En el escenario y el atril, aparecía destacado: «No es sólo Madrid. Es la democracia». No el Gobierno madrileño de los próximos dos años, sino algo que trasciende a sus competencias y su gestión.

Nunca antes se habían oído tantas veces las palabras ‘fascismo’ o ‘neofascismo’ en un mitin del PSOE, al menos desde 1977. Y además apuntando a los sospechosos y a los que no les hacen frente. Hasta al cauteloso Gabilondo se le veía encendido: «Hoy son Fernando, María y Pablo los amenazados. Pero si no nos movilizamos, mañana lo seremos todos».

De inmediato, el socialista identificó a los otros por la «indiferencia» de Ayuso y Almeida ante la campaña de Vox que definió como complicidad. «Para llegar a las instituciones, el fascismo necesita complicidad. Gente que diga por ejemplo que ser llamado fascista significa estar del lado correcto de la historia», dijo en relación a unas declaraciones de Díaz Ayuso –una de esas que pasan directamente de algún rincón oscuro de su cerebro a la boca– a la que le parecía divertido que la llamaran fascista.

Fue Pedro Sánchez quien pisó el acelerador con el nuevo argumentario de campaña. En primer lugar, recordando la conexión PP-Vox en algunos gobiernos autonómicos. El resto del discurso puede resumirse en un ‘hasta aquí podíamos llegar’. Hasta ahora han «soportado» los insultos y el odio de la ultraderecha, y «hemos llegado a pensar que esto es lo normal». Que había que tragar. «Veíamos a los dirigentes de la ultraderecha conversando cordialmente en programas de televisión con los presentadores sobre cualquier asunto», dijo, como muestra de una normalidad a la que hay que poner fin. Y siempre con la vista puesta en el PP: «Sus amigos están a muy pocos metros de nosotros».

En tono cada vez más intenso, dijo que el viernes Vox había cruzado una línea que hace saltar todas las alarmas. «Creían que sólo era un paso más, que iba a pasar inadvertido, que nos íbamos a acostumbrar una vez más». Ahí Sánchez utilizó toda la agresividad que rara vez emplea en el Congreso: «Pero no va a ser así. El viernes cruzó una línea y será la última que cruce». No dijo cómo iba a impedirlo.

En la línea del nuevo eslogan, planteó estas elecciones como un reto esencial que pasa por evitar en las urnas que Vox llegue al Gobierno madrileño o sea la fuerza que condicione las decisiones de Ayuso. Madrid no es el premio por ganar estos comicios, sino la propia democracia. «Ha llegado la hora de decir que Vox representa una amenaza para la democracia española», anunció Sánchez en el final de su discurso. Pablo Iglesias o Mónica García no podrían estar más de acuerdo.

La campaña se inició con Gabilondo marcando todas las distancias posibles con Iglesias. «Yo no concibo las elecciones como él las plantea, como una confrontación entre posiciones, que si fascismo, que si comunismo… Yo planteo que lo que tenemos que hacer es aglutinar fuerzas vinculadas claramente a un proyecto que tiene que ver con resolver los problemas de los ciudadanos», dijo el 25 de marzo. Las tornas han cambiado. El PSOE ha decidido que eso de los problemas de los ciudadanos no está a la altura de lo que se juega en estos momentos.

Díaz Ayuso insistió el domingo en el dilema que le gusta tanto: «Dos modelos. La Caracas chavista o Madrid. Venezuela o España. Comunismo o libertad». La izquierda le ha tomado la palabra y cuenta con su propio mensaje a todo o nada: la libertad no se defiende de la mano del fascismo.

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