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Septiembre 15, 2004

Tres años desde el 11S: Cuaderno personal (II)

Belén/Jerusalén. Marzo/abril 2002:
La caída de los talibanes ha arrebatado a Al Qaeda su santuario, pero nadie la considera ya derrotada. Algunos creen que ahora es más peligrosa que nunca, porque temen que esté decidida a poner en marcha a todas sus células durmientes, escondidas sin despertar sospechas en los países occidentales. Con el tiempo, se temerá más a otros grupos, que encontrarán en Al Qaeda la inspiración necesaria para comenzar o continuar su guerra contra Occidente.

En Israel y los territorios palestinos, no necesitan motivación exterior para seguir derramando sangre. El proceso de paz es sólo un señuelo que emplean periodistas y políticos mal informados o amantes de los lugares comunes.

Marzo y abril del 2002 es el momento en el que se cumplen las peores pesadillas. La sociedad israelí recibe en marzo el impacto brutal de los atentados suicidas: restaurantes, discotecas y autobuses se convierten en escenario de un terror indiscriminado. El Ejército israelí lleva años aplicando de forma metódica la medicina del castigo colectivo. Ahora, los palestinos renuncian a mantener algo parecido a una lucha armada para atacar sin misericordia a la población civil israelí. Ambos bandos han llegado a la conclusión de que ya no hay civiles en el enemigo: todos son soldados y todos merecen ser castigados si no se rinden.

Tras los atentados del 11S, Arafat se hizo fotografiar donando sangre como muestra de solidaridad con el pueblo norteamericano. Resulta ser una imagen penosa y vacía. El envejecido Arafat no es consciente de que el mundo ha cambiado después del 11S. Nadie va a aceptar ya alegremente los atentados indiscriminados contra civiles. La imagen del pueblo palestino comienza a desmoronarse en Occidente. Arafat ni puede ni quiere reaccionar. Ariel Sharon aguanta los primeros golpes de los atentados mientras prepara el fin de su viejo enemigo.

Llego a Jerusalén a comienzos de abril cuando los muertos se cuentan ya por decenas. El Ejército israelí está atacando Ramala y Nablus. Se prepara para entrar en Belén y duda si llevar también el asalto a Hebrón. Es el fin de la Autoridad Palestina.

La tarde anterior al asalto a Belén, estoy en la plaza Manara, junto a la iglesia de la Natividad. Los milicianos de Fatah se pasean con aire relajado por las calles. No dan la impresión de estar atemorizados por la presencia de decenas de tanques a las afueras de la ciudad. Quizá ya sepan lo que van a hacer. Dudo en quedarme a pasar la noche allí, pero llego a la conclusión de que el asalto israelí va a ser una simple escaramuza, irrelevante comparada con lo que está pasando en otros sitios.

Me equivoco. Cuando entro en Belén, al día siguiente, el centro histórico, rehabilitado con el dinero de los países europeos, es un tiroteo permanente. No se puede llegar hasta la zona de la iglesia, así que decidimos quedarnos en las oficinas de una TV local palestina. Un fotógrafo sueco me dice que los soldados les han disparado por encima de sus cabezas para obligarles a volver atrás. El primer día de este tipo de asaltos es siempre el más peligroso. Todos disparan contra todos. Es mejor esperar a que se consoliden las posiciones, que cada uno sepa dónde está el enemigo y dónde están los periodistas.

Pasamos la noche en Belén. Al principio, hasta podemos seguir los tiroteos en directo porque una cámara fija colocada en el tejado por la TV local permite ver lo que está sucediendo en Manara. Los milicianos deciden prescindir del martirio y optan por esconderse en la iglesia de la Natividad.

La iglesia tiene una puerta de una altura mínima, casi no llega al metro y medio. La tradición dice que la hicieron tan pequeña para que los cruzados no entraran montados a caballo. Ni entonces ni ahora, los tipos que tiran de espada o fusil AK-47 suelen ser muy considerados con los lugares de culto.

Al tercer día de asedio, los periodistas decidimos romper la monotonía de los combatientes organizando una expedición para penetrar en las callejuelas que dan a la plaza de la iglesia. Unos 30 periodistas, encabezados por la inevitable bandera blanca, echan a andar desde el hotel Star. Como suele ocurrir en estos acontecimientos, los anglosajones organizan el sarao y, cuando suenan algunos tiros, lo que no tenía que sorprender a nadie, dejan que sean los españoles y los italianos los que encabecen la marcha. El encontronazo con los soldados se desarrolla de manera bastante civilizada para lo que podía haber pasado. La cosa no llega a mayores y nos permite tomar algunas imágenes de las zonas más dañadas de Belén.

Políticamente, los enfrentamientos parecen terminar en tablas. Los milicianos de Belén son sacados del país y enviados a Europa. La Mukata de Arafat queda destruida, pero EEUU impide que Sharon termine el proyecto que empezó en Líbano en 1982: matar al líder de la OLP. Los israelíes sufren un duro castigo en Jenin, y responden demoliendo decenas de casas y matando, probablemente, a decenas de milicianos armados y civiles.

El veredicto de empate es engañoso. Arafat sólo ha salvado la vida y ahora queda en una especie de arresto domiciliario con derecho a dar entrevistas. Sharon ha ganado. Se ha ganado el apoyo de las dos únicas circunscripciones electorales que le interesan: la sociedad israelí y la Casa Blanca.

Un día antes de que me vaya de Jerusalén, un palestino salta por los aires y se lleva consigo la vida de diez israelíes en el mercado de Mahane Yehuda, una parada obligatoria para los periodistas cuando quieren pulsar la opinión de los habitantes de la ciudad. Estamos muy cerca del lugar de la explosión y salimos corriendo hacia allí.

Una curva de la calle no nos deja ver el autobús que ha quedado destrozado junto a la parada. La policía ha tenido tiempo de formar un cordón que nos impide seguir. Nos dicen que nos larguemos y nos obligan a retroceder. Pero, sorprendentemente, un policía nos coge a lazo a varios periodistas y, a través de calles laterales, damos un rodeo y nos sitúan justo frente al vehículo destrozado. En primera línea. Ya hay otros periodistas esperando allí.

Supongo que es porque van a llegar miembros del Gobierno y quieren hacer declaraciones. No exactamente.

Los cadáveres, o lo que queda de ellos, han sido introducidos en grandes bolsas negras, que son colocadas sobre el suelo formando una fila que cruza toda la calzada. Algunas bolsas son terriblemente pequeñas. Y están a poco más de diez metros de nosotros. Los cámaras de televisión colocan el trípode, fijan la cámara, enfocan y tienen todo el tiempo del mundo para tomar sus imágenes. Plano general de la fila de bolsas. Plano corto de una de ellas. Paneo de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Plano de los enfermeros que ponen una bolsa en una camilla y la meten en una ambulancia. No hay prisa. Tómense su tiempo.

En las últimas semanas, la atención internacional no ha estado centrada en los atentados suicidas de marzo, sino en el sitio de la iglesia de Belén, el acoso a Arafat y la sangrienta toma de Jenin. Todas son noticias que presentan a los palestinos como víctimas de la superioridad militar israelí.

Con su inusual cortesía hacia la prensa extranjera, el Gobierno israelí ha decidido que el atentado de Mahane Yehuda servirá para contar su versión del conflicto. El 11S ha cambiado el curso de la historia de la guerra entre israelíes y palestinos. Sharon lo sabe. Aparentemente, Arafat no se ha enterado.

De lo contrario, hubiera ordenado a su gente que saliera a la calle a quemar retratos de Osama bin Laden.

Posted by Iñigo at Septiembre 15, 2004 01:49 AM

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