Trump no parece querer una guerra con Irán, pero eso no es del todo tranquilizador

Nadie que lo conozca piensa que Donald Trump sea un pacifista. Nadie que esté en su sano juicio cree que el presidente de EEUU cuenta con una estrategia definida sobre la política exterior y de defensa de su país. Sin embargo, hay algo que sí sabemos que reduce en teoría las posibilidades de una guerra promovida por EEUU: a Trump le gustan las victorias fáciles de obtener, las que pueden ser publicitadas con rapidez como éxitos incuestionables y, esto es muy importante, las que no suponen un gran desembolso económico.

Eso no impide recordar que el estilo de hacer política de Trump no es muy diferente al que tenía como empresario inmobiliario en Nueva York. Primero amenazar y luego negociar o retirarse discretamente para que se olvide pronto ese conflicto. En política exterior, esa actitud puede ocasionar el estallido de una guerra que no parecía inevitable en un primer momento.

Su estilo no permite detectar una política exterior coherente. Eso tampoco es una novedad. La noticia de que ordenó un ataque de represalia contra Irán en represalia por el derribo de un dron norteamericano cerca del estrecho de Ormuz y de que luego canceló el bombardeo –supuestamente por el riesgo de un alto número de víctimas– da algunas pistas que confirman las sospechas apuntadas al principio. El peligro de una guerra en el Golfo Pérsico continúa existiendo, pero no es tan alto si Trump llega a la conclusión de que no será un conflicto rápido y con la garantía asegurada de la victoria. Nada parecido a la Guerra del Golfo de 1991 y quizá incluso peor que la invasión de Irak de 2003.

Con otros presidentes, siempre ha sido conveniente analizar las ideas o intereses de los altos cargos en Defensa, Estado y la CIA que influyen en la Casa Blanca. Y anotar también la capacidad del presidente de resistirse a esas presiones. La crisis de los misiles de Cuba podría haber tenido un desenlace diferente si Kennedy hubiera aceptado las recomendaciones del alto mando militar. Antes de 2003, George Bush desdeñó las alertas que procedían de algunos generales que declararon en público que la ocupación de Irak exigiría un número mayor de tropas. Bush prefirió creer lo que prometían Cheney y Rumsfeld sobre el recibimiento como “libertadores” que tendrían sus soldados.

Con su carácter egomaníaco, Trump no acepta los consejos ni siquiera de exgenerales a los que promovió para puestos de responsabilidad, como demuestran las dimisiones o ceses de Mattis en el Pentágono o McMaster en el Consejo de Seguridad Nacional. El nombramiento del neocon John Bolton disparó en su momento todas las alarmas, en especial en relación a Irán, pero por lo ocurrido estos días no ha tenido tanto éxito en convertir en hechos sus ánimos belicistas. Trump elogió este sábado a Bolton, pero también dijo que este suele adoptar la postura “más dura” y al final “lo único que cuenta es lo que diga yo”.

La escalada del conflicto con Irán se inició cuando Trump decidió de forma unilateral retirarse del acuerdo nuclear negociado por la Administración de Obama y los gobiernos europeos, cuyo objetivo era permitir la existencia de un programa nuclear civil en Irán a cambio de su renuncia a cualquier intento de producir armas nucleares, que nunca se había llegado a demostrar. Con esa decisión, Trump ponía fin al mayor éxito de su predecesor en política exterior y unía su destino al de los gobiernos de Israel y Arabia Saudí.

Reanudó las sanciones a Irán, que están teniendo consecuencias económicas reales en la economía de ese país, lo que elevaba las posibilidades de que se produjera un conflicto bélico. La duda consistía en saber hasta dónde llegarían los iraníes en su respuesta. La guerra con Irak en los años 80 se trasladó al Golfo Pérsico, porque Teherán dejó clara una prioridad estratégica: si se les impedía exportar su petróleo a través de esa vía de una forma u otra, otros países de la zona afrontarían el mismo riesgo. Irán no iba a quedarse quieta mientras se le estrangulaba económicamente.

Por eso el acuerdo nuclear anterior era una garantía de distensión en la región. No garantizaba una relación pacífica entre Irán y Arabia Saudí ni ponía fin a los intentos israelíes de boicotear la economía iraní. Pero al menos ofrecía incentivos claros a todas las partes para mantener ese periodo de distensión. Romperlo aumentaría el riesgo de una guerra que, al menos en público, nadie deseaba. Esa era por ejemplo la postura final de la cúpula militar israelí, que terminó apreciando las ventajas del acuerdo, pero no la del Gobierno de Netanyahu.

Sería de una gran ingenuidad pensar que la cancelación de ese ataque ordenada por Trump significa un descenso de la tensión. Antes al contrario. EEUU ha llevado a cabo ciberataques contra los servicios de inteligencia iraníes a los que acusa de ser responsables de los ataques contra varios petroleros en el Golfo de Omán, según el NYT. Este fin de semana, Trump ha anunciado en Twitter que el lunes aprobará nuevas sanciones contra Irán.

Para terminar de hacerlo todo más confuso, Tucker Carlson, uno de los presentadores de Fox News a los que Trump presta más atención, alabó la anulación del ataque con argumentos no muy habituales en la derecha norteamericana: “Las mismas personas que nos metieron en el desastre de Irak hace 16 años piden ahora una nueva guerra, esta vez con Irán. El presidente, y el mérito es todo suyo, se muestra escéptico ante esa idea, muy escéptico”.

La idea de que la paz en Oriente Medio depende de un presidente como Trump y de un presentador como Tucker Carlson es cuando menos preocupante. Se puede llegar a una guerra por accidente o porque tu reputación te obliga a superar la apuesta que te plantea el adversario en un proceso que hemos visto muchas veces cómo acaba.

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Escorpión, la prisión egipcia donde los presos políticos sólo pueden esperar la muerte

Un millar de presos egipcios, la mayoría políticos, se encuentra encerrada en la prisión de máxima seguridad que ha recibido el nombre, no oficial, de Escorpión. La muerte en un tribunal del expresidente Mohamed Morsi hace unos días ha servido para que se vuelvan a conocer las condiciones de vida de los internos. La represión contra los disidentes decretada por el régimen del presidente Sisi continúa dentro de los límites de la prisión, según han denunciado varias organizaciones de derechos humanos, como Human Rights Watch.

El personal del centro propina palizas a los presos, los mantiene aislados en celdas de castigo, les deja sin ningún acceso a familiares o abogados (Morsi sólo vio a su familia en tres ocasiones desde que fue encarcelado) y les niega el tratamiento médico necesario.

HRW describió estas condiciones en el informe ‘We Are in Tombs’: Abuses in Egypt’s Scorpion Prison, difundido en 2016.

“Sus parientes creen que los cuatro bloques de Escorpión, que cuentan con 320 celdas, cuentan actualmente con unos mil presos, incluidos los principales dirigentes de los Hermanos Musulmanes, que están encarcelados junto a presuntos miembros del grupo extremista Estado Islámico, conocido como ISIS. Algunos de los encerrados en Escorpión no son miembros de ningún movimiento islamista, como el periodista Hisham Gaafar y el médico Ahmed Said”.

Desde 2013, los contactos de los presos con sus abogados son severamente limitados, incluso tienen pendiente la celebración de un juicio. Si se celebran, hay un oficial de seguridad presente en la reunión y los abogados no pueden entregar documentos a sus clientes ni llevar material de escritura para tomar notas.

La frecuente prohibición de visitas de familiares les impide entregar comida a los presos, una ayuda imprescindible porque la alimentación que reciben de forma habitual es claramente insuficiente. En la práctica, es como si los dejaran morir de hambre, porque a la falta de comida se une la asistencia médica que necesitan casi todos. La mayoría duerme sobre bloques de cemento, sin colchones, y sólo tapados por unas mantas.

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El otro veredicto del juicio del procés: Marchena, canonización o condena

La derecha ha quedado entusiasmada con el magistrado Manuel Marchena. Los elogios más normales en el mundo de la justicia se quedan cortos. Los adjetivos positivos tienen que ir en grupos de tres o más. No es sólo que dirigiera con mano firme el juicio del procés, lo que a fin de cuentas era su obligación. Se ha convertido en el dique del Estado frente al independentismo, casi a la altura del rey, según las mejores hagiografías.

“Este verano debería haber en las playas camisetas con el rostro o las frases del juez Marchena”, escribió el jueves el columnista de ABC Ignacio Camacho, que debió de confundir al magistrado con Beyoncé. No fue tacaño con la adoración: temple, limpieza, claridad de criterio, independencia, ecuanimidad, aplomo, mano izquierda, elegancia, paciencia, maestría jurídica, experiencia, conocimiento, madurez, flema. Todo eso aparecía en el artículo en una auténtica declaración de amor a primera vista.

En la misma línea, Ignacio Varela, columnista de El Confidencial, veía un horizonte en el que la nación agradecida se postrará ante el prócer judicial: “Algún día, en el futuro, en las facultades de Derecho se estudiará este juicio; y en muchas ciudades españoles existirá la Calle del Juez Marchena, y los niños preguntarán a sus padres quién fue ese señor”. Lo primero es muy posible. Lo segundo no dejaría en muy buen lugar al magistrado y a la Justicia, que se supone que es independiente. Lo de los niños es menos creíble. Ya podrán encontrar la información que necesitan en sus móviles.

Al otro lado de la trinchera, Polònia, el programa satírico de TV3, dedicó varios ‘sketchs’ al juicio y en casi todos jueces y fiscales eran unos cómicos incompetentes y nada imparciales para diversión de la parroquia. El último era más duro: los presentaba como unas marionetas manejadas por las instituciones del Estado.

Ha llegado el momento tan temido, el fin del juicio, que va a propagar sentimientos de orfandad. “El día que se acabe este juicio dejaremos de ver a Marchena en televisión y todos nos sentiremos un poco más vulnerables”, dijo El Mundo ya en marzo. Ahora están desolados sin poder llamar a Batman con el foco apuntado al cielo.

Da la impresión de que algunos están prendados del magistrado porque creen que escribirá la sentencia que ellos están esperando. Podrían llevarse un disgusto.

Tal veneración sólo se puede entender viniendo de gente que sólo han visto de Marchena la recopilación en vídeo de sus grandes frases como presidente del tribunal, de las que circulan unas cuantas en YouTube. Porque la conducta de Marchena en la vista estuvo regida no por un intento de ser el azote jurídico de los acusados –ese papel corresponde a los fiscales–, sino por conseguir una sentencia que sea aprobada por unanimidad en el tribunal –por tanto, sin votos particulares–, y reducir al mínimo las posibilidades de que prospere un recurso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Frente a la imagen de juez intervencionista que reflejan esos vídeos –que dan a entender que el magistrado estaba echando el aliento en la nuca a cada abogado defensor–, también los fiscales y especialmente la abogada del Estado Rosa María Seoane se han llevado su ración de cortes embarazosos. Seoane sufrió algunas de las réplicas más hirientes –en una de ellas se quedó mirando al juez cinco segundos que se hicieron eternos cuando Marchena le criticó por una pregunta– y por momentos parecía que estaba pagando que no estuviera en la sala Edmundo Bal, hoy diputado de Ciudadanos, que renunció cuando la Abogacía del Estado dejó de acusar por rebelión con el nuevo Gobierno del PSOE.

Además, en las primeras semanas de la vista la relación de Marchena con las defensas fue bastante civilizada. Ante cualquier discrepancia, el magistrado no escatimaba en los elogios a la categoría jurídica de los letrados. No vaya por esa línea, pero no dude que le tengo en la más alta estima profesional. Eso contribuyó a suavizar los conflictos.

Todo se empezó a torcer con la convocatoria de los testigos de la defensa y culminó en la jornada del 14 de mayo en la que el tribunal tomó la insólita decisión de comunicar a los medios de comunicación su malestar por esas intervenciones. Hasta el punto de que después se vio obligado a precisar a los abogados que no iba por ellos.

Marchena fue muy agresivo con Marina Roig, abogada de Jordi Cuixart, por preguntar a los secretarios generales de UGT y CCOO en Catalunya por su firma del Pacto Nacional del Referéndum. La letrada había argumentado la semana anterior que ese documento aparecía en el escrito de acusación de los fiscales previo al juicio, por lo que tenía derecho a sacarlo a colación. No le sirvió de nada.

En el día más caliente, la discusión con Benet Salellas, uno de los abogados del equipo de Roig, terminó con el letrado muy molesto y negándose a hacer más preguntas. “Pues mucho mejor”, respondió cortante Marchena en una reacción impulsiva que supuso una obvia merma en su imagen de imparcialidad.

“Como sabe cualquiera de los abogados que lean este artículo, las actitudes de tono altivo, por desgracia, no son infrecuentes en nuestros tribunales”, escribió en El Periódico Jordi Nieva-Fenoll, catedrático de Derecho Procesal de la Universidad de Barcelona. “Tampoco en los de otros estados. Pero deben ser abolidas de las salas de justicia. No conducen a nada, infunden temor y frustración en los participantes en los procesos y son letales para la debida práctica de la prueba testifical”. Por eso, calificó de desafortunada la conducta del magistrado en esos momentos en un juicio que hasta entonces se había desarrollado en “una atmósfera en general pacífica”.

52 jornadas de juicio y 422 testigos dan para mucho. Marchena tuvo amplias oportunidades de echar el freno a preguntas de defensas y acusaciones y a las respuestas de testigos, una situación muy habitual en cualquier juicio, pero que en este iba a tener múltiples interpretaciones.

“No puede usted en la pregunta formular un reproche por el hecho de haber ido a votar”, avisó al fiscal Cadena por sus preguntas a una testigo que había votado el 1-O. “La fiebre no tiene trascendencia jurídica” (a una testigo de la defensa que había conseguido enfurecerle con su comentario de que llevaba un año y medio esperando a tomar un café con Cuixart, el tiempo que lleva en prisión).

“Las preguntas hay que traerlas pensadas de casa” (un toque demasiado agresivo al abogado Andreu Van der Eynde que se estaba tomando su tiempo entre pregunta y pregunta). “No empezamos bien” (la frase que se convirtió en una señal de alarma, una muletilla antes de indicar a un testigo que estaba contando sus impresiones, no los hechos). “Mire que iba bien hasta que comenzó a responder su propia pregunta” (al fiscal Javier Zaragoza, que tenía la tendencia de condicionar al testigo haciendo una pregunta que contenía la respuesta). “Pregunte al testigo lo que vio, no lo que usted cree que debió ver” (al abogado Àlex Solà por sus preguntas a un policía sobre los incidentes del 1-O).

“Usted no me puede interrumpir a mí. Yo a usted, sí” (al abogado Jordi Pina en un clásico gesto de autoridad, porque en un juicio se hace lo que manda el juez que lo preside y hay poco margen para la discusión). “Puede preguntar sobre eso, pero no puede aspirar a que la respuesta le satisfaga” (a Seoane por una sucesión de preguntas que no le iban a llevar a ninguna parte con ese testigo).

Una de las constantes en la actuación de Marchena fue impedir que los testigos eternizaran sus respuestas con opiniones personales. Las defensas tienen motivos para quejarse de que no fue tan estricto con los policías y guardias civiles que adornaron sus testimonios con expresiones tan subjetivas como la que hacía referencia a las “miradas de odio” vistas de noche en una calle con poca luz.

Marchena tuvo una intervención importante y de peso en el juicio. Por un error de manual del abogado de Vox, el juez no podía dejar preguntar al fiscal Zaragoza al mayor de los Mossos Josep Lluís Trapero sobre un asunto de la máxima importancia del que había hablado antes un comisario: la reunión de la cúpula de los Mossos con Puigdemont, Junqueras y Forn. La situación se originó porque, en uno de los enigmas más reveladores de este juicio, la Fiscalía no había llamado a declarar a Trapero y no podía preguntar por aquellos temas que no había planteado antes el abogado de la acusación popular.

El artículo 708 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal permite al presidente del tribunal hacer todas las preguntas que quiera a los testigos. Habitualmente, Marchena prefirió no hacer uso de esa prerrogativa, pero en esa ocasión estaba obligado. Hubiera sido ridículo que Trapero no pudiera hablar de una reunión a la que sí habían hecho referencia los comisarios a sus órdenes.

Xavier Melero, abogado de Joaquim Forn, es uno de los que pensaban durante el juicio que Marchena estaba siendo imparcial, es decir, “dentro de los estándares normales de lo que es un presidente de un tribunal, que no es un ser angelical, capaz de mantener un equilibrio absoluto”. También comentó que, para saberlo con seguridad, habrá que esperar a la sentencia.

Será entonces cuando se compruebe si la derecha insistirá en canonizar a Marchena y los independentistas en enviarlo a los infiernos. Un juez no puede contentar a todo el mundo y hasta puede hallarse en la tesitura de no contentar a nadie.

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Mentiras y licencias dramáticas en la serie ‘Chernobyl’: mucho menos graves que en la realidad

Es una de las escenas más dramáticas de la serie ‘Chernobyl’. Por la noche, un grupo de habitantes de la ciudad de Prípiat se reúne en un puente para ver desde allí el resplandor que surge de la central nuclear que ha sufrido un accidente. Sin conocer el riesgo que podrían estar asumiendo, sobre ellos caen las cenizas que el viento traslada desde el incendio en la central.

En los mensajes que aparecen en pantalla al acabar el episodio final, uno de ellos destaca que “se dice que” todas las personas que estaban sobre ese puente terminaron muriendo por la radiación.

Es una leyenda urbana o al menos algo de lo que no existe ninguna prueba. Adam Higginbotham, que pasó una década entrevistando a testigos y estudiando documentos para el libro publicado hace unos meses sobre la mayor catástrofe nuclear ocurrida nunca, ‘Midnight in Chernobyl’, no encontró ningún testimonio que lo probara: “De hecho, hablé con un tipo que tenía seis o siete años en esa época y que fue en bicicleta al puente para comprobar qué se podía ver de la central desde allí, a solo tres kilómetros de distancia. Y no estaba muerto. Tenía una salud perfecta”.

Otro momento dramático de la serie se produce con los helicópteros que sobrevuelan la central para apagar el incendio lanzando miles de toneladas de arena, boro y plomo. El primero se acerca demasiado y acaba precipitándose al suelo y explotando. Nunca ocurrió ese accidente. Sí hubo uno de otro helicóptero en la zona semanas después, pero no tuvo nada que ver con la radiación. Se fue contra los cables de una grúa.

Una película o una serie de televisión tiene derecho a tomarse licencias dramáticas al contar una historia basada en hechos reales. Esto último es un factor que siempre despierta el interés de la gente. Sobre acontecimientos ocurridos hace ya algún tiempo –el 26 de abril de 1986 en este caso–, ese relato termina convirtiéndose en lo que gente recuerda. Los libros cuentan otra historia. Obviamente, no llegan a tanta gente.

Craig Mazin, creador y guionista de la serie producida por HBO, tenía 15 años cuando se produjo el accidente. Su carrera cinematográfica no era muy excepcional: había escrito los guiones de dos secuelas de ‘Scary Movie’ y ‘The Hangover’. ‘Chernobyl’ era su salto hacia lo desconocido. Pasó dos años y medio investigando sobre lo que ocurrió. Según su propia confesión, ‘Voces de Chernóbil’, de la Premio Nobel Svetlana Alexievich, fue una fuente principal de inspiración. Mazin no ha ocultado sus intenciones: “El villano de esta historia es el sistema soviético. Pero el héroe de la historia colectivamente es el pueblo soviético”.

En toda serie o película en la que los ciudadanos se estrellan contra las mentiras del Estado, el espectador se pone del lado de los primeros. Mazin refuerza esa impresión con tintes dramáticos en la escena inicial en que el científico que jugó el papel más importante decide suicidarse dos años después del accidente y con el juicio que ocupa la mayor parte del último episodio. “Convirtieron la mentira en un arte”, explicó Mazin en una entrevista. “Se mentían entre ellos, mentían a la gente que estaba por encima y mentían a la gente que estaba por debajo, y lo hacían con intención de sobrevivir. Al final, era lo que se esperaba y la verdad resultaba degradada”.

Es lo que se escucha decir a ese científico, Valery Legasov, en el juicio a los tres responsables de la central nuclear. Legasov comparece como testigo para explicar al tribunal las causas de la tragedia. Dice la verdad sobre la conducta negligente de los acusados, pero también denuncia que en el origen de todo están las mentiras con las que se ocultó el diseño defectuoso de la central. “Cada mentira que contamos implica una deuda con la verdad. Más tarde o más temprano, hay que pagar esa deuda”, dice el actor Jared Harris interpretando a Legasov.

Legasov no asistió a ese juicio ni por tanto pudo pronunciar la frase que resume tan bien la intención de la serie o las consecuencias de que cualquier Gobierno mienta a sus ciudadanos. Fueron otros los científicos que testificaron. Es indudable que en términos narrativos siempre es mejor que el mensaje al que se le quiere dar una gran importancia proceda de uno de los protagonistas. Los espectadores han decidido quién es el héroe, porque los creadores de la película o serie han tomado antes esa decisión por ellos.

La serie ha sido elogiada por rusos y ucranianos, no por los medios de comunicación cercanos al Kremlin, por su capacidad de reflejar visualmente la vida cotidiana de los habitantes de la URSS en esa época, incluido el papel pintado de las casas. Las explicaciones científicas del accidente son sólidas y están bien explicadas para que el espectador las entienda, según el periodista de The New York Times Henry Fountain, aunque este acaba por elogiar la serie con un argumento discutible en periodismo: muchas de las cosas que cuenta son “inventadas”, “pero lo más relevante es que eso no importa”.

A Masha Gessen sí le importa. La periodista de origen ruso, muy crítica con el régimen soviético y el Gobierno de Putin, acusa a la serie en The New Yorker de reflejar con errores evidentes las relaciones del poder dentro del sistema soviético y cómo se plasmaron tras la catástrofe. Admite que la historia sí cuenta en una escena del primer capítulo cómo la primera reacción de las autoridades locales consistió en ocultarlo todo con total desprecio por las vidas de los habitantes de la región. También destaca que en el juicio es el fiscal quien lleva la iniciativa, no el juez, porque así funcionaba la justicia en la URSS.

A partir de ahí, empiezan las discrepancias de Gessen. Las amenazas de algunos personajes de pegar un tiro a quien ose cuestionar la línea oficial son irreales. Las ejecuciones sumarias eran algo que ocurrió en los años 30, no en los 80. El sistema no necesitaba amenazar con la pena de muerte para que la gente obedeciera.

La estampa de científicos (heroicos) enfrentándose a funcionarios del poder (malvados) también es exagerada. Gessen se burla de una frase pronunciada por Legasov en una conversación con el vice primer ministro Boris Shcherbina, el hombre del partido que se ocupa de darle los medios que necesita: “Perdóneme, quizá haya pasado demasiado tiempo en mi laboratorio o quizá sea estúpido. ¿Así es como funciona todo? ¿Una decisión arbitraria y sin base que costará quién sabe cuántas vidas es tomada por algún ‘apparátchik’, alguien que ha hecho carrera en el partido?”. Legasov, miembro de la dirección de la Academia Soviética de Ciencias y director adjunto del Instituto Kurchatov, centro de la investigación nuclear soviética, era también un hombre del sistema. “Si no lo supiera (cómo se toman esas decisiones), nunca habría llegado a dirigir un laboratorio”, explica Gessen.

La científica nuclear bielorrusa Uliana Khomiuk, interpretada por Emily Watson, es un personaje singular por ser ficticio. Mazin explicó que es un compendio de los muchos científicos que ayudaron a investigar las causas del desastre. El hecho de que sea una mujer es representativo de las muchas que contaban con puestos importantes en la ciencia y medicina soviéticas, contó Mazin.

Ese es un recurso dramático legítimo. No tanto si su conducta resulta ser inverosímil.

Frente al carácter algo derrotista de Legasov sobre lo que puede o no hacerse, Khomiuk es la persona con la que se identifica el público, alguien que lucha por que se conozca la verdad, que no tiene miedo a enfrentarse a gente de más poder, que se preocupa por los que han pagado un precio terrible. Gessen opina que este elenco de virtudes no es muy creíble reunido en una persona de esa época. Y creer que alguien podía ser detenido en la URSS por hacer demasiadas preguntas y luego aparecer en una reunión en el Kremlin presidida por Gorbachov es llevar la suspensión de incredulidad demasiado lejos.

La confrontación entre protagonistas es un elemento narrativo clave en cualquier película o serie. Es más difícil reflejarlo en un sistema político en que las personas tenían claros incentivos para limitar esos enfrentamientos al mínimo o huir de ellos.

Los errores o licencias dramáticas no restan valor en su conjunto a la serie, aunque conviene no olvidarlas porque formarán parte de lo que la gente recuerde del accidente, al igual que el heroísmo de bomberos, personal médico y militar y todos los llamados liquidadores, en total 600.000 personas que trabajaron durante meses para conjurar los efectos de la catástrofe. El secretismo con el que el Gobierno soviético respondió en los primeros días fue también un hecho evidente. Lo mismo se podría decir sobre su falta de información sobre las condiciones reales de la central y sobre otros accidentes que se produjeron en instalaciones nucleares en años anteriores.

En la reunión que tuvo lugar en el Kremlin el 3 de julio, Mijaíl Gorbachov escuchó a los técnicos nucleares decir que siempre supieron que el diseño de seguridad que estaba en el origen del accidente no era fiable. La mentira estaba tan extendida que también funcionaba de abajo a arriba.

“¿Sabían que el reactor no era seguro?”, preguntó Mijaíl Solomentsev, miembro del Politburó. “Sí, pero nunca se dejó por escrito”, respondió el viceministro de Energía, G.A. Shasharin. “La Academia de Ciencias y el Ministerio (responsable de la energía nuclear) exigían un incremento constante de la producción de energía nuclear hasta el año 2000”.

Accidentes similares, pero no con los mismos efectos catastróficos, se produjeron en una central de Leningrado en 1975 y en la misma Chernóbil en 1982, en este caso sin emisión de radiación al exterior, relatan las actas de esa reunión. Todos se mantuvieron en secreto y no se tomaron las medidas necesarias para que no se repitieran.

Las autoridades no suspendieron el desfile del 1 de Mayo, cinco días después del accidente, en el centro de Kiev, que se encuentra a 180 kilómetros de la central de Chernóbil.

Gorbachov anunció en octubre una reducción del sector nuclear, incluido el cierre inmediato de los quince reactores similares a Chernóbil, como el que estaba cerca de Leningrado (hoy San Petersburgo). Esa central con dos reactores, situada a 70 kilómetros de una ciudad que tenía entonces cerca de cinco millones de habitantes, nunca se clausuró.

Ni siquiera el accidente puso fin al engaño y la negligencia. Meses después, se cubrió la central con una estructura para contener la radiación, un “sarcófago” que duraría toda “la eternidad”, dijeron las autoridades. A los cinco años, comenzaron a detectarse las primeras grietas.

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Ernie Pyle en el Día D y el precio de todas las guerras

Ernie Pyle fue el periodista norteamericano más conocido en su país que cubrió la Segunda Guerra Mundial. Cubrió el desembarco de Normandía el día D y, como en muchas de sus crónicas, fue capaz de reflejar el punto de vista del soldado, lo que para sus lectores significaba hablar del recluta que había abandonado a su familia para luchar en Europa.

Pyle regresó a su país poco después de la liberación de París cuando había llegado al límite de sus fuerzas. No pasó mucho tiempo sin que volviera a la guerra, en esta ocasión al frente del Pacífico. En abril de 1945, una ametralladora japonesa acabó con su vida en una isla de la costa de Okinawa.

David Chrisinger escribe en el NYT sobre el impacto que la guerra causó en Pyle y en sus crónicas. Tantas vidas perdidas no podían servir para convertir la guerra en una gran victoria, por mucho que ese fuera el objetivo tan anhelado. En el Día D y en todas las batallas de todas las guerras:

“Al ver e informar de las inmensas pérdidas en la playa de Normandía y observar la capacidad destructora de la guerra en las horribles batallas que siguieron, Pyle se vio obligado a revisar la aritmética de victorias y derrotas. En el momento en que murió, diez meses más tarde y en el otro lado del mundo, la lección le había quedado más clara. Ni siquiera el fin de la guerra, ni siquiera la victoria –que en sus artículos anteriores estaba presente como el gran objetivo de la guerra–, podría traer de vuelta a los muertos o aliviar el daño sufrido por los supervivientes. Pyle había escrito sobre las batallas y la guerra de una forma que inspiraba esperanza. En el momento en que la victoria estaba al alcance, había llegado a sentir que la guerra no era una historia que podría acabar con un final feliz”.

The Death of Captain Waskow. Ernie Pyle.
Artículos de Pyle en la IIGM.
Ernie Pyle Is Killed on Ie Island; Foe Fired When All Seemed Safe.
Fotos de Pyle en la Segunda Guerra Mundial.
Foto: Pyle junto a soldados norteamericanos en Okinawa el 8 de abril de 1945. National Archives, CC.

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Cómo EEUU puede convertirse en una dictadura en diez años, según Jared Diamond

Jared Diamond, autor de ‘Armas, gérmenes y acero’, ha escrito en varias ocasiones sobre civilizaciones en proceso de decadencia y autodestrucción. Aquí se atreve a responder a la pregunta de si EEUU puede convertirse en una dictadura en diez años. Es posible, dice, y la razón fundamental es que el sistema es ahora incapaz de que sus protagonistas puedan alcanzar compromisos políticos. Diamond ofrece el ejemplo de Chile, país que conoció en 1967, donde las tradiciones democráticas no pudieron impedir que seis años después se produjera un golpe de Estado y el inicio de un largo periodo de Gobierno dictatorial. De EEUU se suele decir que sus instituciones son lo bastante fuertes como para impedir que la inestabilidad política dé paso al caos. No lo son tanto si el Congreso no llegó a aprobar una sola ley en la anterior legislatura, comenta Diamond.

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Norte / Sur

Un montaje de imágenes realizado por el diseñador gráfico turco Uğur Gallenkuş del que hay más ejemplos en su cuenta de Instagram.

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Mockbusters: tan mala que es buena

De los creadores de ‘Sharknado’, nos llega ahora ‘Adventures of Aladdin’. No confundir con la auténtica ‘Aladdin’ que Disney ha estrenado no hace mucho. Hollywood no es sólo el imperio de los grandes estudios ni tampoco los pequeños estudios independientes que viven para que una gran distribuidora compre sus películas. Hay otra tradición cinematográfica de cine trash o sencillamente de gente que se dedica a hacer la versión cutre de grandes películas de estreno. Les llaman ‘mockbusters’ y su gran aspiración es entrar en la categoría ‘tan mala que es buena’.

Si alguien hace una película tan mala/buena como ‘Snakes in a Plane’, está claro que la sociedad está preparada para ver ‘Snakes in a Train’, aunque no salga Samuel L. Jackson.

Comparar a esta productora, The Asylum (un nombre bien escogido), con Roger Corman es un atrevimiento intolerable. Corman creó una factoría de cine original, bueno, más o menos original, en la que echaron los primeros dientes gente como Francis Coppola, Martin Scorsese o James Cameron y dio las primeras oportunidades ante la cámara a Jack Nicholson o Dennis Hopper. Pero la lógica es la misma. Hacer películas con tres de pipas para que el espectador pase el rato. Y todo en una toma.

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Theresa May pone fin a su agonía, pero no el Reino Unido

Willie Whitelaw fue durante muchos años ministro de Interior con Margaret Thatcher y además una de las pocas personas en quien confiaba de verdad. Dijo en una ocasión que los ministros de Interior no debían convertirse en primeros ministros, porque su trabajo consistía en impedir que pasaran cosas en vez de liderar al Gobierno para que ocurriera lo contrario. La pasividad no suele ser una virtud cuando presides un Gobierno.

Theresa May anunció el viernes que presentará su dimisión el 7 de junio al frente del Partido Conservador. Se iniciará un proceso de primarias que podría concluir en julio con la elección de un nuevo líder. La reina lo nombrará jefe del Gobierno y se verá después si cuenta con el apoyo de la mayoría de la Cámara de los Comunes.

May fue ministra de Interior durante seis años en los gobiernos de David Cameron, un tiempo sorprendentemente largo en una cartera que había resultado complicada en los años de Tony Blair. Protegida por sus dos principales asesores –Nick Timothy y Fiona Hill–, se mantuvo alejada de los medios de comunicación y sólo estuvo interesada en mostrar un perfil duro contra la inmigración.

El referéndum del Brexit y la dimisión de Cameron le dejaron el camino franco hacia Downing Street. Los medios británicos destacaban unas palabras para referirse a ella: “A safe pair of hands”. Alguien fiable, aunque no muy carismática.

El inenarrable espectáculo de las primarias tories se lo puso todavía más fácil. En época de grandes convulsiones, parecía más sensato confiar en alguien no predispuesto a las excentricidades propias de los políticos tories educados en caros colegios privados. La hija de un vicario, se decía de ella para destacar que su sobriedad era lo que convenía en ese momento.

Al llegar al poder, pasó un tiempo hasta que se comprobó que no había mucho detrás de la máscara. Una época de buenos resultados en las encuestas hizo que sus asesores le convencieran de que era el momento de convocar elecciones y aumentar la exigua mayoría en el Parlamento que había heredado de Cameron. El resultado fue un completo desastre. Se quedó sin la mayoría absoluta, quedó a merced de los unionistas del Ulster y perdió casi toda la autoridad en el partido. Peter Brookes, el mejor autor de las viñetas de The Times, la dibujó dentro de un ataúd del que salían sus palabras: “Nada ha cambiado”. Una frase que pronunció ella misma el día después del fiasco en las urnas. Hasta ese punto llegaba su ceguera.

Fue en esa campaña donde hizo fortuna el apodo de Maybot, salido del ingenio de un columnista de The Guardian, por sus respuestas casi robóticas, carentes de emoción e intensidad. May odiaba dar entrevistas a los medios de comunicación, a pesar de que la mayoría de la prensa le era favorable, y eso a comienzos del siglo XXI sólo podía ser una excentricidad suicida.

A partir de entonces, la soledad de May se hizo más acuciante. Se vio forzada a despedir a Timothy y Hill, que pagaron con su cabeza el control absoluto que tenían sobre el acceso a la primera ministra, incluso por encima de los principales miembros del Gabinete, un escenario insólito en la política británica y que la diferencia de la norteamericana. Le tocaba hacer realidad el Brexit y pronto demostró que no tenía ningún plan, ni efectivo ni de ningún tipo, como tampoco podían alardear de tenerlo los demás ministros y dirigentes tories.

May comenzó en el terreno de las obviedades (“Brexit means Brexit”) y en el de la falsa firmeza (“No deal for Britain is better than a bad deal for Britain”). Acabó diseñando opciones complicadas que no tenían el apoyo necesario en el Parlamento. Sufrió una derrota humillante tras otra en la Cámara hasta que dejó de ser noticia. Las comparaciones con un zombi o cadáver andante eran constantes. Lo único que le salvó durante tanto tiempo es que no había ningún otro dirigente del partido que recabara el respeto suficiente, porque esos adversarios internos tampoco contaban con una alternativa sobre el Brexit que pudiera ponerse en marcha.

Los partidarios del Brexit más radical pensaban que ella era la mejor garantía de conseguir sus propósitos. Cuando se dieron cuenta de su error, ya era demasiado tarde. Tampoco eran gente muy brillante. No cesaban de decir que iba a resultar muy sencillo cortar amarras con la UE demostrando un desconocimiento flagrante de lo que habían supuesto décadas de relación económica con los países de la Unión.

El Reino Unido tenía que salir de la Unión Europea, pero no sabía cómo. Todas las opciones contaban con un alto precio económico que pagar y nadie estaba dispuesto a asumir la factura. Se confirmó la maldición que ha perseguido a todos los líderes conservadores desde finales de los 80 en el Gobierno o la oposición: la relación con Europa terminaba destruyendo sus carreras y May no iba a ser una excepción.

La autocontrolada May acabó su discurso del viernes rota por la emoción. Lo había intentado de forma desesperada. Había durado mucho más de lo que todo el mundo creía, pero sólo había podido aplazar lo inaplazable. Su rostro convulsionado por el intento de contener las lágrimas y esconder el fracaso es una imagen adecuada del estado en que deja a su país.

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