«Inundar la zona con mierda»: por qué Trump no teme al impeachment

Un proceso de destitución de un presidente por el legislativo, como el impeachment en EEUU, es un juicio político. Por tanto, las encuestas cobran un valor casi tan importante como las pruebas presentadas. Hacen más difícil o fácil que los parlamentarios del partido del presidente tengan incentivos suficientes para votar en un sentido u otro.

Una encuesta de Gallup hecha en la primera quincena de enero –después de que la Cámara de Representantes votara a favor de la destitución– cuenta que el 51% de los estadounidenses está en contra del impeachment (frente a un 46% que está a favor). Entre los votantes republicanos, el rechazo es lógicamente mayor, un 93%.

Es cierto que otras encuestas ofrecen resultados diferentes (la media de RealClearPolitics casi da un empate: 47,9% en contra, 47% a favor). La de Gallup es significativa porque da un porcentaje bastante bajo de apoyo a Trump, un 44% de aprobación a su gestión. Eso indica que todo este proceso de impeachment iniciado en otoño no ha supuesto una merma considerable en la popularidad del presidente.

Ese 44% está a fin de cuentas entre los mejores datos obtenidos por Trump en su presidencia.

Trump puede estar tranquilo mientras el apoyo que recibe de sus votantes esté por encima del 90%. Ese es el dato en que más se fijarán los senadores republicanos, que no osarán enfrentarse en público a un presidente que puede desatar la ira de las bases conservadoras a golpe de tuit. Mucho menos votar en su contra en el juicio que acaba de iniciarse.

Como se vio el martes en el inicio formal del juicio en el Senado, ni siquiera en las cuestiones de procedimiento los republicanos están dispuestos a ceder. El líder de los republicanos, Mitch McConnell, preparó un formato muy restringido en el que la única concesión fue ampliar de dos a tres días el tiempo en que la acusación y defensa presenta su caso. Todo para que el juicio acabe este mismo mes. Nada de presentar nuevos testigos, que sería lo normal en un juicio, aunque habrá una nueva votación sobre ello una vez que ambas partes terminen sus alegatos. Los demócratas necesitan que cuatro republicanos abandonen sus filas en ese voto. No parece que vaya a ocurrir.

Por tanto, es un impeachment exprés destinado a finalizar en una votación en la que cada senador vote como lo espera su partido, y los republicanos cuentan con 53 senadores.

Los demócratas acusan a Trump de haber utilizado el poder de la presidencia para presionar al Gobierno ucraniano con la intención de que realizara una investigación de los rivales del presidente –en concreto el hijo del candidato demócrata Joe Biden– con la amenaza de retirarles cerca de 400 millones de dólares en ayuda militar, y de haber ocultado esos hechos al Congreso. Abuso de poder y obstrucción al Congreso.

Los hechos básicos de la denuncia son conocidos y fueron confirmados en la Cámara Baja por el testimonio de varios altos cargos de la Administración. Los republicanos afirman que sólo se trata de un intento de impedir que Trump ejerza sus funciones y que era legítimo que presionara a Kiev para eliminar la corrupción en ese país. Por ello, como en otros momentos de su presidencia, Trump ha dedicado menos tiempo a defenderse que a atacar. Con independencia de que haya o no pruebas, ha denunciado que fue Ucrania, y no Rusia, el origen del intento de interferir en las elecciones de 2016, una acusación que ha sido desmentida por los servicios de inteligencia.

De lo que sí hay pruebas es de los viajes a Ucrania de Rudy Giuliani, abogado personal de Trump, para conseguir que las autoridades ucranianas complacieran los deseos de su jefe.

La estrategia de la defensa de Trump en el Senado es más política que jurídica. No se trata tanto de responder con argumentos a las imputaciones como de lanzar ataques directos y personales contra los demócratas. El Senado es una institución que se precia de contar con antiguas normas de conducta que consiguen aislarla del bronco debate habitual en la Cámara de Representantes o en los medios. No en este juicio. La agresividad llegó a tal punto el martes que el presidente del Tribunal Supremo, que preside las sesiones, intervino para recordar a todos que debían comportarse de forma digamos más digna.

Lo más que se acercan los republicanos a los hechos concretos es afirmar que Trump sí hizo algunas de las cosas de las que se habla, pero fue para defender los intereses de EEUU en Ucrania.

Es el mismo sistema de acción/reacción con el que se ha manejado la Casa Blanca desde que Trump llegó al poder. Cada acusación es respondida con el argumento de que los demócratas y los medios de comunicación (AKA Fake News) están inmersos en una campaña permanente para desacreditar al presidente con informaciones falsas y manipuladas. Es lo que se ha llamado «inundar la zona con mierda» –esa fue la expresión que se dice que empleó Steve Bannon– y dejar al votante confuso y airado sin que pueda saber qué es verdad y qué no.

No puedes creer a nadie, así que sólo crees a los tuyos. Una estrategia perfecta para convencer a la gente de que debe creer sólo lo que confirme sus ideas o prejuicios.

Como Trump se ocupa de recordar periódicamente en Twitter escribiendo con mayúsculas: WITCH HUNT!!

Donde no llegan los hechos, llegan las teorías de la conspiración, una técnica que se asocia a Donald Trump desde que promovió la idea de que Barack Obama no era estadounidense. Pero sería un error pensar que esto es una novedad. Como explica Matthew Dallek en The Washington Post, los republicanos llevan décadas en el negocio, no siempre promoviendo esas teorías, pero sí aceptándolas cuando echaban raíces entre sus partidarios.

La acusación a los medios de comunicación de ser un instrumento al servicio de los demócratas o de intereses inconfesables fue habitual con la Administración de Nixon. En la época de Clinton, los republicanos y medios como Fox News o los programas de emisoras conservadoras de radio alentaron locas teorías sobre los crímenes cometidos por altos cargos de la Administración demócrata, y eso incluía asesinatos.

Muchos congresistas republicanos no defendían en público esas falsedades, pero nunca las desmentían ni cuestionaban. Eso es lo que ha cambiado con Trump. Ahora no es insólito que los congresistas hablen de ellas en Fox News o en el mismo Congreso. Cuando el jefe marca el camino con tanta claridad, no es extraño que sus acólitos le sigan sin dudar.

El impeachment es sólo una estación más en este viaje hacia la adulteración completa de la democracia.

Foto: mientras tiene lugar el impeachment en el Congreso, Trump se encuentra en Davos. Flickr Casa Blanca.

 

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Trapero, atrapado entre dos fuegos

En el primer día de su juicio en la Audiencia Nacional, Josep Lluís Trapero no se anduvo con miramientos. Se juega mucho en una vista en la que la Fiscalía le pide once años de prisión. El fiscal le preguntó por su opinión sobre las resoluciones de corte independentista que el Parlament fue aprobando en 2016. «Una barbaridad más de las muchas que se estaban haciendo y que se iban anulando».

Al igual que en su declaración como testigo en el juicio del procés, el ex comisario jefe de los Mossos dejó claro en la vista iniciada el lunes lo poco que le gustaba el referéndum de independencia, el mensaje claro en ese sentido que envió a Carles Puigdemont en dos reuniones en los últimos días de septiembre de 2017, y sus malas relaciones con el coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos, enviado desde Madrid para vigilar a los Mossos y utilizar a policías y guardias civiles en la respuesta contra la consulta.

Está claro que Trapero tenía demasiados adversarios –en Madrid y Barcelona– que le dejaban atrapado entre dos fuegos. No quiso tomar partido en público entre los dos y quiso comunicar a la fiscal y la magistrada del TSJC que cumpliría los autos con las pertinentes instrucciones a la Policía autonómica. Tanto ellos como los mandos policiales del Estado sabían también que él estaba en contra de ejercer la máxima violencia con el objetivo de impedir la votación, porque así se lo dijo.

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Feminicidios en México

‘Mexico’s murdered daughters’ es un reportaje de Channel 4 sobre el trágico aumento de la violencia machista en ese país. Da la voz a madres de jóvenes asesinadas y entrevista a María Salguero, autora de un registro de víctimas sacado de fuentes periodísticas. El número de asesinos procesados y condenados es ínfimo. «El mensaje que se manda al agresor es que puede seguir asesinando, porque no va a haber consecuencia, no va a haber sanción. Cuando encuentran el cuerpo de una mujer asesinada, no recogen las pruebas, las contaminan, las pierden, y eso hace que no puedan vincular a los agresores al proceso, ni identificarlos», dice Salguero.

El reportaje afirma que diez mujeres y niñas son asesinadas de media cada día (México tiene 130 millones de habitantes) cuando en 2016 ese número era de siete. Las cifras oficiales indican que 2.833 mujeres fueron asesinadas en México en los primeros nueve meses de 2019, pero sólo 726 de esos casos fueron investigados como feminicidios, según una ONG que analiza esos datos.

Latinoamérica y el Caribe cuentan con 14 de los 25 países del mundo con más altos niveles de feminicidios, según ONU Mujeres.

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¿Ese comunicado del CGPJ es una guerra o es sólo que te alegras de verme?

«War is hell», dicen en muchas películas norteamericanas del género bélico. El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) ha decidido que es mucho peor retrasarla y ha decidido no esperar para iniciar el marcaje a Pablo Iglesias y los ministros de Podemos, con la vista puesta también en Pedro Sánchez y los planes que pueda tener sobre Catalunya.

Poco más de 24 horas después de que la derecha política y mediática denunciara que el nuevo Gobierno pretende acabar con la separación de poderes, la Comisión Permanente del CGPJ ha aprovechado una entrevista a Iglesias para enviar el primer aviso. No será el último. Ahora está más claro por qué el PP no quiere proceder a renovar el organismo que dirige el poder judicial. Tal y como está, con una mayoría conservadora, es un socio perfecto en la guerra contra el Gobierno.

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La Tierra no es plana y Sánchez no es la Ramera de Babilonia

Atención. Breaking News. Urgente. La cuenta de Twitter de La Razón anuncia una noticia de impacto: «Última hora: la Tierra no es plana». La derecha está tan confusa y airada que necesita certidumbres a las que atarse en estos momentos aciagos. Ante el nombramiento de la exministra Dolores Delgado como fiscal general, José Antonio Zarzalejos clama que Pedro Sánchez «ha alterado los paradigmas de la política en España». Ni que fuera Pericles. «El sistema democrático español camina hacia la perversión del iliberalismo», continúa, refiriéndose a las ideas antiliberales de los gobiernos reaccionarios de Polonia y Hungría.

Nada de camina. Ya hemos llegado allí. Arcadi Espada sostiene que en España ya se ha producido la misma agresión a la independencia judicial que en esos dos países con Orbán y Kaczynski (parece olvidar que en España es la derecha la que controla los nombramientos judiciales en el CGPJ). El presidente «está elaborado con el mismo material psíquico del que están hechos los autócratas», escribe el astrólogo Jorge Bustos. «Estamos solo ante la primera ofensiva para colonizar la Administración de Justicia», dice Ignacio Camacho.

¡Mayday! ¡Mayday! ¡Mayday!

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Dos documentales sobre Siria en las candidaturas a los Oscar

Dos documentales sobre la guerra de Siria han sido elegidos como candidatos a los Oscar en la categoría de mejor documental. En ‘For Sama’, Waad al-Kateab cuenta su historia en Alepo, la de una mujer que muestra su experiencia desde la perspectiva de alguien que lucha por el fin de una dictadura y que luego debe decidir si tiene un hijo con su marido y luego cómo protegerlo de esa misma guerra.

‘The Cave’ gira también en torno a una mujer, una médica pediatra en un hospital secreto y subterráneo en Guta Oriental, un distrito de Damasco.

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«Creen que la guerra con Irán lleva pendiente desde hace tiempo»

Reza Marashi trabajó en el Departamento de Estado de EEUU y ahora lo hace en la organización no gubernamental National Iranian American Council (esta ONG apoya la idea de reducir la tensión histórica entre EEUU e Irán). Conserva contactos de sus tiempos en la Administración y ha explicado en Twitter lo que le han contado funcionarios de carrera que trabajan en el Gobierno en asuntos de política exterior. La historia que describen sobre las intenciones de los altos cargos de la Administración de Donald Trump en relación es alarmante. Estas son algunas de las frases entrecomilladas que cita:

«No tenemos un proceso de toma de decisiones sobre seguridad nacional que funcione. No tenemos un plan sobre lo que ocurrirá más adelante. Ellos (los altos cargos) no están en absoluto preparados para lo que va a surgir y son demasiado estúpidos para darse cuenta. La gente aquí está asustada y con razón».

«¿Cuándo nos enteramos la mayoría de nosotros sobre la muerte de Suleimani? Después de que ocurriera. Desde entonces, hemos intentado montar planes de contingencia sobre la marcha, pero estos charlatanes los ignoran en su mayor parte, y luego Trump comete más tonterías estúpidas y volvemos al punto de partida».

«Lo único que interesa a Trump es echar mierda sobre el legado de Obama, decir a todo que sí a los donantes (de fondos para su campaña) y crear una distracción sobre el impeachment. Nada de esto tiene que ver con los intereses americanos o la seguridad. Se ha rodeado de ideólogos lunáticos y aduladores como (el vicepresidente) Pence y (el secretario de Estado) Pompeo. Pero no son los únicos».

«Entre los principales asesores de Trump sobre Irán, hay muchos exmilitares que sirvieron en varias ocasiones en nuestras guerras de Irak, Afganistán y otros lugares. Están totalmente convencidos de que Irán es la razón por las que perdimos esas guerras y están completamente dispuestos a vengarse, cueste lo que cueste».

«Han estado presionando durante años para que se matara a Suleimani y finalmente han convencido a Trump. Creen que la guerra con Irán lleva pendiente desde hace tiempo, así que para ellos todo esto era una forma de conseguir ese objetivo. Cuando Irán responda, dirán a Trump que golpee a los iraníes con más fuerza. Ya puedes imaginar cómo puede acabar esto».

«Saben que los iraquíes nos van a expulsar del país, así que mataran a todos los que puedan (se refiere probablemente a milicias chiíes iraquíes apoyadas por Irán). Iraníes, iraquíes, los que sean. Algunos aconsejan a Trump que le diga al Gobierno iraquí que se joda y que se atreva a echarnos. No es una broma. Una locura».

«Cuando he usado en discusiones tus argumentos sobre que el asesinato de Suleimani actuaría como catalizador para que los iraníes se envuelvan en la bandera, dicen que eso es la ‘típica excusa de mierda de la época de Obama’, y que en la Unión Soviética obligaban a la gente contra su voluntad a participar en manifestaciones de apoyo. Así que aparentemente ahora Irán es una superpotencia».

«Tenemos amigos que han sido enviados a zonas de guerra. ¿Para qué? Trump ha desplegado 14.000 soldados en los últimos seis meses, y eso no ha prevenido la actual crisis. ¿En qué momento empezaremos a pensar que desplegar tropas es parte del problema y no de la solución?».

«Lo que da más miedo es cuando se inventan chorradas para justificar sus acciones favoritas. Cuando comentamos inexactitudes o cuestionamos esa lógica, como poco nos gritan o bien nos quitan del proceso (de toma de decisiones). La mayoría de los cargos de confianza son unos paranoicos, no están cualificados o ambas cosas».

«Si me hubieras preguntado el año pasado si las instituciones americanas eran lo bastante sólidas como para impedir una guerra de Trump contra Irán, te habría dicho que desde luego. Hoy, no estoy tan seguro. Por malo que parezca todo desde fuera, es mucho peor visto desde dentro».

Los comentarios anónimos coinciden en buena parte con múltiples artículos aparecidos en medios de comunicación de EEUU sobre la toma de decisiones en la Casa Blanca de Trump sobre asuntos de política exterior. Recuerdan a lo que se contaba cuando McMaster era el consejero de Seguridad Nacional y también con John Bolton. Ninguno de los dos, en especial Bolton, albergaba buenos deseos sobre Irán. Bolton se ha expresado en público desde hace años en favor de un «cambio de régimen» en Irán, por medios violentos evidentemente. Pero ambos era profesionales de los temas de política exterior y se supone que planteaban a Trump opciones racionales para las crisis de Oriente Medio y respetaban a la burocracia especializada que asesoraba al presidente en el CSN (Bolton, un poco menos).

El panorama que pinta Marashi es muy diferente.

También en Twitter Rukmini Callimachi, periodista del NYT, explica que sus fuentes indican que la planificación del ataque contra Suleimani fue «caótica». La eliminación del general iraní había sido discutida en las administraciones de Bush y Obama, pero había sido descartada por las consecuencias impredecibles que tendría.

Tras un ataque a una base norteamericana en Irak a finales de diciembre, Trump recibió un menú de posibles respuestas en las que la muerte de Suleimani era la más extrema. En ese momento, el presidente eligió una menos dramática, un ataque aéreo contra una base de la milicia chií proiraní responsable del ataque anterior. Se produjo el 29 de diciembre y mató a una veintena de sus integrantes. Hubo después la manifestación convocada por esa misma milicia que sitió la embajada de EEUU en Bagdad y llegó a asaltar el perímetro exterior sin acceder a las instalaciones. Fue entonces cuando Trump ordenó asesinar a Suleimani.

Callimachi también dice que la razón aducida por el Gobierno para justificar la operación –Suleimani estaba preparando un atentado contra un objetivo norteamericano en el que podría haber «centenares de muertos»– no cuenta con indicios sólidos. Sólo se sabe, según esas fuentes, que Suleimani había viajado recientemente a Siria, Irak y Líbano para reunirse con grupos y milicias aliados de Irán, pero eso es algo que hacía con frecuencia. También se habla de que tenía previsto reunirse pronto con el líder supremo de Irán para solicitar su aprobación a una nueva operación, pero no se sabe nada aún sobre sus características.

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Ricky Gervais en los Globos de Oro

Por quinta vez, los Globos de Oro encargaron la presentación de su gala a Ricky Gervais. Ante tal provocación, el cómico británico les dio lo que se merecían y se dedicó a despellejar a las estrellas reunidas.

A algunos se les veía francamente molestos –Tom Hanks y Jonathan Pryce, sobre todo–, otros se rieron con ganas, la mayoría puso cara de ‘no me puedo creer lo que estoy oyendo’. Hubo hasta un chiste relacionado con el Holocausto por la película ‘La decisión de Sophie’. Ahí Meryl Streep se reía.

Como pulla personal, esta sobre DiCaprio: «‘Érase una vez en Hollywood’, casi tres horas. Leonardo DiCaprio asistió al estreno y para el final su novia era ya demasiado vieja para él. Hasta el príncipe Andrés pensaba, ‘Por favor, Leo, ya sabes, casi tienes 50 años».

Y qué decir de sus elogios a ‘Morning Show’, que emite Apple TV, «un drama excelente sobre la importancia de la dignidad y hacer lo correcto, hecho por la empresa que dirige talleres con mano de obra esclava en China». Tim Cook estaba presente.

Aquí está el texto de la intervención de Gervais y aquí el vídeo al que le han borrado los tacos. Por eso no se le oye decir al final a los invitados «and fuck off».

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Una venganza norteamericana contra Irán y una guerra inminente en Oriente Medio

En marzo de 2008, una ofensiva militar del Gobierno de Maliki para imponer el orden en Basora, en el sur de Irak, y acabar con el poder de la milicia del Ejército del Mahdí y varias organizaciones criminales se inició de forma desastrosa. Ni siquiera la ayuda norteamericana con ataques aéreos permitió controlar la situación. En menos de una semana, murieron cerca de 500 personas. Hasta que llegó el momento del general Qasem Suleimani.

Varios diputados iraquíes de partidos chiíes se trasladaron a la ciudad iraní de Qom para reunirse con el jefe desde finales de los años 90 de la Fuerza Quds, una unidad de élite de la Guardia Revolucionaria iraní, y pedirle que gestionara una tregua. El primer ministro Maliki había prometido no negociar con el Ejército del Mahdí. Suleimani tenía otras ideas al respecto y asumió los contactos hasta obtener un alto el fuego que fue el primer paso para llegar después a la pacificación de la ciudad, siempre inestable como era habitual en Irak.

Fue una de las primeras ocasiones en que los medios de comunicación norteamericanos prestaron atención a Suleimani, destacando el aire misterioso de su influencia en Irak y otros lugares. Era el hombre indispensable de la maquinaria militar y de espionaje de su país en el exterior y después fue un protagonista clave de la guerra de Siria en apoyo del Gobierno de Asad y de otros conflictos.

Suleimani fue asesinado con un ataque con misiles lanzados por un dron estadounidense a la una de la madrugada del viernes cerca del aeropuerto de Bagdad. Supone una declaración de guerra a todos los efectos. Donald Trump ha colocado así a Oriente Medio al borde de otro conflicto bélico de consecuencias imprevisibles, por mucho que su secretario de Estado, Mike Pompeo, la denominara una «acción defensiva».

Lo que era indudable en 2008 era que Suleimani representaba el símbolo de que Irán había sido el gran beneficiado por la invasión de Irak por EEUU en 2003. «Un Irán expansionista y fortalecido parece ser el único vencedor» de la guerra de Irak, concluyó una historia oficial de la guerra encargada por el Ejército de EEUU.

Los norteamericanos habían eliminado a Sadam Hussein, el gran enemigo de Teherán, así como antes a otro régimen que odiaba a los chiíes, el de Afganistán. Habían puesto en el poder en Bagdad a una coalición de partidos chiíes, muchos de cuyos dirigentes pasaron el exilio en Irán, mientras sus partidos recibían ayudas económicas del Gobierno iraní para subsistir.

Las autoridades iraquíes no eran todas unas marionetas en manos de Suleimani, pero este contaba con la mayor influencia externa sobre los acontecimientos iraquíes. Todos los primeros ministros iraquíes han tenido lo que se ha dado en llamar una «relación especial» con Irán.

Esto se acentuó cuando los yihadistas del ISIS se hicieron con el control de las ciudades de Faluya y, sobre todo, Mosul y Tikrit. Las milicias chiíes apoyadas por Irán fueron la principal fuerza de choque para ayudar al desorganizado y corrupto Ejército iraquí poco después de la caída de Mosul. Esos grupos armados fueron el embrión de un partido político que fue el segundo más votado en las elecciones iraquíes. Era otra pieza de presión con la que contaba el general iraní.

Documentos secretos iraníes de 2014 y 2015 a los que tuvieron acceso en noviembre The Intercept y The New York Times confirmaron esa influencia. En caso de duda, los iraquíes no podían resistirse. En 2014, Suleimani en persona fue a ver al ministro iraquí de Transportes para pedirle que concediera acceso al espacio aéreo y poder enviar a Siria los aviones con los suministros de armas y material de guerra que necesitaba el Gobierno de Damasco. El ministro dio de inmediato el visto bueno y Suleimani le besó en la frente como muestra de agradecimiento.

Las guerras contra el ISIS y en Siria elevaron al máximo su perfil público. Ya no era nada misterioso, entre otras cosas porque permitía que le fotografiaran en sus visitas a los dos frentes para reunirse con mandos militares y confraternizar con los soldados. Su ayuda al régimen sirio supuso un apoyo fundamental para su supervivencia y Suleimani quería que eso se supiera en Teherán.

Si bien la Fuerza Quds se ocupa también del espionaje, no es el único organismo iraní que se dedica a ello. El Ministerio iraní de inteligencia se quejaba en un documento, reseñado por The Intercept, por la exposición pública de Suleimani «al publicar fotos suyas en distintas redes sociales». Temía que muchos suníes y no pocos chiíes iraquíes terminaran acusando a Irán por la deplorable situación económica y de corrupción del país, como así ha ocurrido.

En las manifestaciones de los últimos meses contra el Gobierno iraquí, hubo muchos gritos contra los iraníes. En el incidente más grave, prendieron fuego al consulado iraní de Nayaf a finales de noviembre. Centenares de manifestantes murieron tiroteados en las concentraciones, en muchos casos a manos de las milicias chiíes.

Tras la invasión de Irak en 2003 y eufóricos por el rápido fin del régimen de Sadam, los neoconservadores continuaron la presión para llevar también la guerra a Irán. «Cualquiera puede ir a Bagdad. Los hombres de verdad van a Teherán», fue una frase que se popularizó en ciertos ambientes belicistas de Washington. Muchos mandos militares lo consideraban una locura. Eran conscientes de que un país como Irán (actualmente 81 millones de habitantes en 1,6 millones de kilómetros cuadrados) suponía un desafío casi irrealizable comparado con Irak (hoy 38 millones en 437.000 kilómetros cuadrados).

Eso no ha impedido que el deseo de acabar con el régimen de Irán haya sobrevivido a la Administración de Donald Trump. «Vi la pasada noche que había gente bailando en las calles en partes de Irak», dijo a CNN Mike Pompeo. «Tenemos la esperanza de que la gente, no solo en Irak, sino en Irán, vea la actuación americana de la noche pasada como algo que les concede libertad». Es la vieja esperanza de los neocon de provocar un «cambio de régimen» en Teherán.

Recuerda a la frase del entonces vicepresidente Dick Cheney cuando dijo antes de la invasión de Irak que los norteamericanos iban a ser «recibidos como libertadores».

La propaganda se ha puesto rápidamente en marcha. El vicepresidente, Mike Pence, lanzó varios mensajes en Twitter con algunas afirmaciones que son falsas. Dijo que el general iraní «colaboró en el viaje clandestino a Afganistán de 10 de los 12 terroristas que llevaron a cabo los atentados terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos». Es falso. Los terroristas fueron 19, 15 de ellos saudíes, y ninguno de ellos tuvo la ayuda de Suleimani o del Gobierno iraní.

Suleimani era indudablemente un enemigo declarado de la presencia militar norteamericana en Oriente Medio y un protagonista básico en la extensión de la influencia iraní en la región en países como Irak, Líbano y Siria. Aportó armas y fondos a grupos chiíes que atacaron a militares norteamericanos en Irak, pero no a los suníes. Pocos militares como él han tenido tanta responsabilidad en la guerra siria, donde han muerto centenares de miles de personas.

Pompeo dijo que la decisión de matar a Suleimani había «salvado vidas», pero no ofreció ninguna prueba. Horas después, Trump compareció ante los periodistas sin aceptar preguntas para decir que «hemos tomado esta acción para detener una guerra».

Guerra es la respuesta más probable a un asesinato selectivo contra el militar iraní más conocido. El líder espiritual iraní, Alí Jamenei, ya ha prometido venganza y todo el mundo da por hecho que se producirá. Nadie sabe exactamente qué puede ocurrir. Es probable que Irán elija el terreno y objetivos contra EEUU más propicios para sus intereses. De entrada, aprovechará la oportunidad para que el Gobierno iraquí expulse a las tropas norteamericanas presentes en el país. En el Parlamento de Bagdad, ya se ha presentado una iniciativa para que se dé ese paso.

Lo que es indudable es que habrá una respuesta militar iraní, suya o de sus aliados en la región. «La puerta de la diplomacia entre Teherán y Washington está cerrada durante un futuro previsible. Los iraníes se vengarán de forma que hará que sea imposible que ambos países eviten el conflicto», contó Alí Vaez, del ‘think tank’ International Crisis Group a Al-Monitor.

Oriente Medio está ahora en manos de dos hombres de 73 y 80 años –Trump y Jamenéi– que no pueden permitir que se cuestione su reputación.

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Netanyahu, al asalto del Estado israelí

Quienes esperaban que el resultado de las primarias del Likud pudiera suponer el prólogo de la retirada política de Binyamín Netanyahu vieron rápidamente disipadas sus esperanzas. No es que el resultado estuviera en duda. El primer ministro en funciones obtuvo el 72,5% de los votos, frente al 27,5% de su rival, Gideón Sa’ar, en una votación en la que participó el 49% de los militantes en un día marcado por la lluvia y las tormentas. Quizá pensaban que un resultado más ajustado plantearía dudas sobre el futuro de Netanyahu, cuya petición de procesamiento por corrupción por la Fiscalía y su fracaso en formar Gobierno, que obliga a unas terceras elecciones en menos de un año, le habían dejado en una posición vulnerable.

No fue así, porque el Likud no sólo es el mayor partido de la derecha nacionalista israelí desde su formación en los años 70, sino el feudo político personal de Netanyahu. El grupo parlamentario, los dirigentes locales y los militantes unieron su destino al suyo desde hace tiempo de la misma que en una organización criminal nadie discute el poder del capo a menos que alguien surja desde dentro con poder y convicción suficientes como para eliminarlo. Los que lo han intentado han fracasado, también cuando decidieron abandonar el partido y fundar su propia formación política.

El segundo paso para Netanyahu es decidir en los próximos días si solicita al Parlamento que apruebe un proyecto de ley que le conceda inmunidad legal mientras se mantenga al frente del Gobierno. Está por ver si el Tribunal Supremo aceptará la medida, ya que no hay precedentes de este tipo en la historia del país.

Políticamente, el resultado no está asegurado. Puede contar de entrada con el apoyo de 55 diputados, sobre un Parlamento de 120, con los votos del Likud y de sus aliados de partidos de extrema derecha y ultraortodoxos. Si no consiguió el ‘sí’ de 61 diputados para formar Gobierno, es difícil pensar en cómo logrará llegar a ese umbral ahora. Pero el principal partido de la oposición –la coalición Azul y Blanco– ya ha sugerido que prefiere que sean las urnas y no los jueces los que derroten al líder del Likud. A lo largo de su carrera, la incompetencia y las rencillas internas de los partidos de la oposición han sido colaboradores necesarios en los triunfos de Netanyahu. Ese es un ingrediente habitual cuando logras dominar el sistema político de un país durante más de una década.

Yossi Verter se pregunta en Haaretz cómo va a recuperar Netanyahu de esta manera en la cita electoral del 2 de marzo el apoyo de los miles de votantes que le abandonaron en las anteriores elecciones y le hicieron perder varios escaños: «Esos votantes no volverán a casa cuando la casa se parece a una mafia en la que el jefe –personalmente o a través de su familia, lacayos y consiglieri– orienta a los hooligans digitales y les incita contra cualquiera que cuestione su poder. Sean Gideón Sa’ar y sus partidarios o el fiscal general Avichai Mendeblit y el fiscal del caso y su equipo».

Netanyahu ha utilizado una estrategia típicamente trumpiana para acosar o atacar directamente a las instituciones del Estado que le han creado problemas con investigaciones de corrupción, como policías, fiscales o jueces. Israel no es el único país en que el presidente o primer ministro anuncia que los ataques contra él lo son en realidad contra todo el país o que las investigaciones judiciales se basan en maniobras de sus enemigos que buscan conseguir lo que no obtienen en las urnas.

Pero Netanyahu ha ido mucho más lejos. Hace sólo unos días, puso en circulación una imagen suya con una frase calcada de otra difundida por Trump con la misma intención. «No me persiguen a mí, sino a ti. Yo sólo me he interpuesto en su camino», dice el texto. Policías y fiscales se convierten así en enemigos de los propios ciudadanos. Se diría que no le vale con mantener el poder que le da el Gobierno, sino que quiere asaltar todo el Estado.

Antes de conocerse el resultado de las primarias, algunos asesores de Netanyahu afirmaban que no puede ganar las elecciones de marzo si continúa con ese discurso ‘antisistema’ contra algunas de las principales instituciones del Estado, según contaba Ben Caspit en Al-Monitor. Esa imagen con la frase «no me persiguen a mí» indica que su líder no está de acuerdo. «Los partidarios del Likud que se fueron no volverán a votarle si Netanyahu se lanza contra el Tribunal Supremo con una horca en la mano. Muy al contrario. Más miembros del Likud abandonarán el partido, que podría caer por debajo de 30 escaños», dijo uno de ellos a Caspit (ahora tiene 31).

Como todos los líderes en una situación apurada, Netanyahu terminará jugando todas las cartas que tenga en la mano. Insistirá en denunciar esa gran conspiración contra él, como suele hacer Trump, y al mismo tiempo ofrecerá un horizonte de éxito si los votantes de la derecha nacionalista apuestan por el Likud. En su discurso de victoria, prometió que su relación privilegiada con el presidente de EEUU le permitirá convencerle de que reconozca la soberanía israelí (este año él la denomina «soberanía judía») sobre el Valle del Jordán y «sobre todas las comunidades de Judea y Samaria, todas ellas sin excepción», es decir sobre toda Cisjordania.

Netanyahu pretende sobrevivir convenciendo a los israelíes de que su supervivencia política permitirá a Israel completar el sueño histórico de la derecha y ultraderecha de su país de convertir la colonización de los territorios palestinos en una anexión completa. No es la primera vez que pone en práctica esa estrategia y hasta ahora le ha ido muy bien.

Eso haría imposible cualquier posibilidad de paz, pero esa no es una de sus prioridades.

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