Theresa May pone fin a su agonía, pero no el Reino Unido

Willie Whitelaw fue durante muchos años ministro de Interior con Margaret Thatcher y además una de las pocas personas en quien confiaba de verdad. Dijo en una ocasión que los ministros de Interior no debían convertirse en primeros ministros, porque su trabajo consistía en impedir que pasaran cosas en vez de liderar al Gobierno para que ocurriera lo contrario. La pasividad no suele ser una virtud cuando presides un Gobierno.

Theresa May anunció el viernes que presentará su dimisión el 7 de junio al frente del Partido Conservador. Se iniciará un proceso de primarias que podría concluir en julio con la elección de un nuevo líder. La reina lo nombrará jefe del Gobierno y se verá después si cuenta con el apoyo de la mayoría de la Cámara de los Comunes.

May fue ministra de Interior durante seis años en los gobiernos de David Cameron, un tiempo sorprendentemente largo en una cartera que había resultado complicada en los años de Tony Blair. Protegida por sus dos principales asesores –Nick Timothy y Fiona Hill–, se mantuvo alejada de los medios de comunicación y sólo estuvo interesada en mostrar un perfil duro contra la inmigración.

El referéndum del Brexit y la dimisión de Cameron le dejaron el camino franco hacia Downing Street. Los medios británicos destacaban unas palabras para referirse a ella: “A safe pair of hands”. Alguien fiable, aunque no muy carismática.

El inenarrable espectáculo de las primarias tories se lo puso todavía más fácil. En época de grandes convulsiones, parecía más sensato confiar en alguien no predispuesto a las excentricidades propias de los políticos tories educados en caros colegios privados. La hija de un vicario, se decía de ella para destacar que su sobriedad era lo que convenía en ese momento.

Al llegar al poder, pasó un tiempo hasta que se comprobó que no había mucho detrás de la máscara. Una época de buenos resultados en las encuestas hizo que sus asesores le convencieran de que era el momento de convocar elecciones y aumentar la exigua mayoría en el Parlamento que había heredado de Cameron. El resultado fue un completo desastre. Se quedó sin la mayoría absoluta, quedó a merced de los unionistas del Ulster y perdió casi toda la autoridad en el partido. Peter Brookes, el mejor autor de las viñetas de The Times, la dibujó dentro de un ataúd del que salían sus palabras: “Nada ha cambiado”. Una frase que pronunció ella misma el día después del fiasco en las urnas. Hasta ese punto llegaba su ceguera.

Fue en esa campaña donde hizo fortuna el apodo de Maybot, salido del ingenio de un columnista de The Guardian, por sus respuestas casi robóticas, carentes de emoción e intensidad. May odiaba dar entrevistas a los medios de comunicación, a pesar de que la mayoría de la prensa le era favorable, y eso a comienzos del siglo XXI sólo podía ser una excentricidad suicida.

A partir de entonces, la soledad de May se hizo más acuciante. Se vio forzada a despedir a Timothy y Hill, que pagaron con su cabeza el control absoluto que tenían sobre el acceso a la primera ministra, incluso por encima de los principales miembros del Gabinete, un escenario insólito en la política británica y que la diferencia de la norteamericana. Le tocaba hacer realidad el Brexit y pronto demostró que no tenía ningún plan, ni efectivo ni de ningún tipo, como tampoco podían alardear de tenerlo los demás ministros y dirigentes tories.

May comenzó en el terreno de las obviedades (“Brexit means Brexit”) y en el de la falsa firmeza (“No deal for Britain is better than a bad deal for Britain”). Acabó diseñando opciones complicadas que no tenían el apoyo necesario en el Parlamento. Sufrió una derrota humillante tras otra en la Cámara hasta que dejó de ser noticia. Las comparaciones con un zombi o cadáver andante eran constantes. Lo único que le salvó durante tanto tiempo es que no había ningún otro dirigente del partido que recabara el respeto suficiente, porque esos adversarios internos tampoco contaban con una alternativa sobre el Brexit que pudiera ponerse en marcha.

Los partidarios del Brexit más radical pensaban que ella era la mejor garantía de conseguir sus propósitos. Cuando se dieron cuenta de su error, ya era demasiado tarde. Tampoco eran gente muy brillante. No cesaban de decir que iba a resultar muy sencillo cortar amarras con la UE demostrando un desconocimiento flagrante de lo que habían supuesto décadas de relación económica con los países de la Unión.

El Reino Unido tenía que salir de la Unión Europea, pero no sabía cómo. Todas las opciones contaban con un alto precio económico que pagar y nadie estaba dispuesto a asumir la factura. Se confirmó la maldición que ha perseguido a todos los líderes conservadores desde finales de los 80 en el Gobierno o la oposición: la relación con Europa terminaba destruyendo sus carreras y May no iba a ser una excepción.

La autocontrolada May acabó su discurso del viernes rota por la emoción. Lo había intentado de forma desesperada. Había durado mucho más de lo que todo el mundo creía, pero sólo había podido aplazar lo inaplazable. Su rostro convulsionado por el intento de contener las lágrimas y esconder el fracaso es una imagen adecuada del estado en que deja a su país.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

David Bowie en Glastonbury, 2000.

–El polémico legado de ‘La naranja mecánica’ de Kubrick.
Así debería haber sido la pelea de Darth Vader y Obi-Wan Kenobi.
–Diez consejos de Billy Wilder para escribir un guión.
–Puritanismo o cambio de costumbres: la muerte del sexo en el cine.
Charlie Brooker y el origen del éxito de ‘Black Mirror’.
Los problemas de los tráilers actuales de las películas.
–Un ranking de las 50 mejores películas de espías.
La polución nos está matando.
Barcelona a vista de dron.
–Quizá la ciudad más fría del mundo.
–Una historia de la autopsia.

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Hay otra guerra en marcha en Oriente Medio y sus promotores llevan mucho tiempo intentándolo

La actual ofensiva de EEUU contra Irán y los vientos de guerra que traen con ella se entienden mejor con un titular de The Onion: “John Bolton: ‘An Attack On Two Saudi Oil Tankers Is An Attack On All Americans'” (John Bolton: “Un ataque contra dos petroleros saudíes es un ataque contra todos los americanos”). Suena ridículo y esa es la idea. Es una parodia de una película que ya hemos visto y que sabemos cómo termina.

John Bolton,  consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, y Mike Pompeo, secretario de Estado, han movido sus piezas para que se cumplan deseos que tienen mucho más de una década de existencia. Buscan una intervención militar que provoque el fin del régimen iraní.

Al iniciarse la Administración de Trump, existía un acuerdo sobre la industria nuclear de Irán que permitía controlar su desarrollo e impedir que sirviera para la fabricación de armas nucleares. Trump dijo que era un pésimo pacto –quizá porque se trataba del mejor legado de Barack Obama en política exterior– y se comprometió a acabar con él. Nunca estuvo claro cuál era su alternativa a menos que fuera la guerra.

EEUU se retiró del acuerdo, lo que quiere decir que se negó a cumplir las obligaciones que le afectaban. Eso le permitió reanudar las sanciones económicas a Irán y reforzarlas. Las sanciones han sido efectivas y reducido a la mitad la exportación de petróleo iraní. Una vez más, ha quedado patente la incapacidad de la Unión Europa de tener su propia política exterior. Los gobiernos europeos se mantuvieron firmes en la defensa del acuerdo nuclear, pero eso era inútil porque no tienen fuerza suficiente como para garantizar que las empresas que den la espalda a Washington no se vean perjudicadas económicamente.

Irán cree que ya no tiene incentivos para seguir respetando las cláusulas del acuerdo después de dar mucho tiempo a los gobiernos europeos para que hicieran posible una solución. El presidente Rohaní ha dicho que dejará de respetar algunas de esas limitaciones. Eso llevará a la producción de más centrifugadoras nucleares que se pueden emplear para el enriquecimiento de uranio. Ha dado dos meses a Europa para que haga algo al respecto, aunque las probabilidades de que los europeos hagan algo más que difundir comunicados son reducidas.

Ahora ha comenzado la fase militar del conflicto. EEUU alega tener información de inteligencia que revela que Irán cuenta con planes para atacar objetivos norteamericanos en Oriente Medio. Para contrarrestar esa supuesta amenaza, ha enviado un portaaviones al Golfo Pérsico, unido al que ya estaba previsto enviar como parte de la presencia habitual en la zona, además de bombardeos B-52. La diplomacia de las cañoneras en su versión más reciente.

Nada de esto es efectivo si no se filtra, como así ocurrió. En una reunión reciente, el Pentágono presentó a la Casa Blanca un plan para el envío de 120.000 soldados a Oriente Medio, supuestamente para el caso de que los iraníes ataquen a fuerzas norteamericanas.

Al igual que antes de la invasión de Irak, volvemos a escuchar que existe una amenaza real basada en pruebas que no podemos conocer. Según una fuente de la Administración citada el miércoles por el NYT, la información sobre las intenciones agresivas de Irán no es muy grave. El objetivo último de las sanciones es provocar a Irán para que se implique en un conflicto militar con EEUU. El despliegue militar busca lo mismo.

A diferencia de 2003, Washington no cuenta con el apoyo directo de ningún Gobierno europeo relevante. Los mismos medios de comunicación que apoyaron la invasión de Irak se muestran ahora reticentes. Un editorial de The Washington Post destaca que son las medidas adoptadas por el Gobierno de Trump las que están incrementando las posibilidades de una guerra. La sección de opinión del Post no suele mostrarse muy reticente al uso de la fuerza por la maquinaria militar de EEUU.

Los comentarios sobre el riesgo de entrar en una guerra por accidente revelan un profundo desconocimiento de la historia de EEUU. Robin Wright da en The New Yorker algunos ejemplos de conflictos bélicos provocados por EEUU entre los que no falta la guerra con España de 1898. El apoyo del Congreso a la intervención militar en Vietnam sólo fue posible tras el incidente del Golfo de Tonkín. El inexistente arsenal de armas de destrucción masiva iraquíes cumplió el mismo fin.

En los últimos dos años, no ha habido ningún incidente militar serio en el Golfo Pérsico. Los iraníes se han cuidado de no provocar un enfrentamiento serio con las fuerzas navales norteamericanas que operan en el Golfo de forma continuada. Eso ha sido una decepción para políticos como Bolton, un neoconservador que lleva más de 20 años reclamando acabar con el Gobierno iraní. Ahora tanto él como Pompeo han decidido elevar la apuesta.

20.00
The New York Times ofrece hoy algunos datos más sobre la información de inteligencia que provocó la alerta en Washington. Según el periódico, fotografías sacadas desde arriba permitieron descubrir la instalación de misiles en las patrulleras iraníes desplegadas en el Golfo Pérsico. De forma más genérica, se alude a otras informaciones que revelan “amenazas contra la navegación comercial en la zona y potenciales ataques de milicias árabes relacionadas con Irán a tropas americanas en Irak”.

El periódico destaca que Bolton y Pompeo están convencidos de que esas pruebas indican que “Irán podría estar preparando un ataque”, una conclusión que ha provocado un fuerte debate en la Casa Blanca, la CIA y el Pentágono.

La presencia de patrulleras iraníes en aguas internacionales del Golfo es habitual desde hace mucho tiempo por razones obvias, ya que son una extensión de la costa iraní. Esas lanchas están armadas y en años anteriores, no en los dos últimos, protagonizaron maniobras agresivas cerca de las fuerzas navales estadounidenses, pero la diferencia de fuerza militar es tan evidente que nunca han sido una amenaza real.

Foto: cubierta del portaaviones USS Abraham Lincoln, desplegado en estos momentos en el mar Rojo. Flickr de la US Navy.

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Cómo funciona el fascismo

Para explicar cómo funciona el fascismo, Jason Stanley, filósofo y profesor de la Universidad de Yale, escribió ‘How fascism works. The politics of us and them’ (publicado en España por Blackie Books con el título ‘Facha. Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida’). En una entrevista con Vox (el medio norteamericano, claro), explicó los mecanismos culturales y psicológicos que se repiten en todos los países en los que han prosperado movimientos fascistas. Su padre escapó de la Alemania nazi cuando tenía seis años.

“En el pasado, las políticas fascistas se centraban en el grupo cultural dominante. El objetivo es que se sientan como víctimas, hacerles sentir que han perdido algo y que ha sido un enemigo concreto, habitualmente una minoría o gente que se opone a la nación quien se lo ha arrebatado.

Es por eso que el fascismo florece en momentos de gran ansiedad, porque se puede relacionar esa ansiedad con una idea falsa de pérdida. La historia que se cuenta es que una sociedad antes poderosa ha sido destruida por el liberalismo o el feminismo o el marxismo cultural o lo que sea, y así haces que el grupo dominante se sienta enfurecido o resentido por la pérdida de su estatus y poder. Casi todas las manifestaciones de fascismo reflejan este discurso”.

El periodista le pregunta por una frase de Hannah Arendt, que dijo que los fascistas no se contentan con mentir. Deben transformar esa mentira en una nueva realidad y persuadir a la gente de que deben creer en ella.

“Es cierto. Parte de lo que las políticas fascistas hacen es conseguir que la gente se desconecte de la realidad. Hacen que suscriba esa versión de la realidad anclada en una fantasía, habitualmente un discurso nacionalista sobre el declive del país y la necesidad de contar con un líder fuerte para recuperar la grandeza, y de ahí en adelante su roca no es el mundo que les rodea, sino el líder”.

También se refiere a las dificultades a la hora de enfrentarse a ese discurso mitológico del pasado nacional, lejano o reciente, tan habitual en el discurso fascista.

“Los fascistas siempre están hablando de un pasado glorioso que se ha perdido, y se aprovechan de esa nostalgia. Por eso, cuando luchas contra el fascismo, tienes una mano atada a la espalda, porque la verdad es compleja y confusa y el discurso mítico es siempre claro, atractivo y agradable. Es difícil minarlo con hechos”.

El periodista le pregunta si el fascismo no ha estado latente desde hace mucho tiempo en la política norteamericana.

“Bueno, el Ku Klux Klan influyó poderosamente en Adolf Hitler. Elogió de forma explícita como un modelo útil la Ley de Inmigración de 1924, que establecía fuertes límites al número de inmigrantes a los que se permitía entrar en el país. Los años 20 y 30 fueron un tiempo marcado por el fascismo en EEUU. Existían unos valores familiares muy patriarcales y una política de resentimiento dirigida contra los negros americanos y otros grupos a los que se consideraba una amenaza, y eso se exportó a Europa.

Así que tenemos una larga historia de genocidio contra los pueblos nativos, además del racismo antinegro y la histeria contra la inmigración, que se manifiesta en un tipo de historia mitológica y que fomenta que los americanos piensen que su país es una fuerza singular del bien. Eso no convierte a América en un país fascista, pero todos esos ingredientes pueden utilizarse en favor de políticas fascistas”.

¿Qué pueden hacer los ciudadanos y los gobiernos?

“Deberíamos escuchar el aviso que figura en el poema que se encuentra en un lateral del edificio del Museo de EEUU del Holocausto, que dice ‘primero, vinieron a por los socialistas, y yo no dije nada porque no era socialista. Luego vinieron a por los sindicalistas, y no dije nada porque no era sindicalista. Luego vinieron a por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron a por mí y no quedaba nadie que hablara en mi favor’. Llega un momento en que ya es demasiado tarde.

Por el poema, sabemos primero quiénes son los objetivos. Los objetivos son izquierdistas, minorías, sindicatos y cualquiera o cualquier institución que no es glorificada por el discurso fascista. Incluso si no formas parte de estos grupos, tienes que proteger a los que los integran, y debes hacerlo desde el primer momento. Actos simples de valentía al principio te ahorrarán otros actos de valentía que después serán imposibles”.

Foto: Hitler y Mussolini. Bundesarchiv CC.
Nazis en EEUU: el mitin del Madison Square Garden en 1939. Guerra Eterna 24 febrero.
La guerra de los nazis contra el expresionismo. Guerra Eterna 21 abril.
Trump y el camino hacia el fascismo. Guerra Eterna 5 febrero 2017.
El mensaje xenófobo de los Trump y sus antecedentes nazis. Guerra Eterna 20 septiembre 2016.

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37 ejecuciones en un solo día en Arabia Saudí

El Gobierno saudí ha anunciado que este martes llevó a cabo la ejecución de 37 personas en un solo día y que todas ellas habían sido condenadas a la pena de muerte por delitos de terrorismo. Se produjeron de forma simultánea en seis localidades del país, incluida la capital, Riad.

Tres de las víctimas eran jóvenes que habían sido detenidos antes de la mayoría de edad o por hechos supuestamente cometidos antes de cumplir 18 años. La mayoría de los ejecutados son chiíes.

En 2018, se produjeron 149 ejecuciones en Arabia Saudí, el tercer país del mundo con mayor número por detrás de China e Irán. Este año, ya habido 104, según el recuento que hace Amnistía Internacional. A este ritmo, a final de año la cifra podría acercarse a los 300.

Abdulkarim al-Hawaj estaba acusado de participar en manifestaciones, incitación a la violencia a través de redes sociales y preparar pancartas con eslóganes contra el Estado. Fue torturado con electricidad, golpeado y encadenado al techo hasta que ‘confesó’ los delitos terroristas, según la organización de derechos humanos Reprieve.

Mujtaba al-Sweikat fue detenido cuando se disponía a viajar a EEUU para iniciar sus estudios en una universidad de Michigan. Recibió palizas, en especial golpes en la planta de los pies y fue condenado en base a su confesión conseguida bajo tortura.

Salman Qureish fue arrestado poco después de cumplir 18 años por hechos ocurridos cuando era menor.

Formaban parte de un grupo de 14 personas condenadas por participar en manifestaciones contra el Gobierno en la Provincia Oriental, habitada mayoritariamente por chiíes. Todos denunciaron haber sido torturados o maltratados.

Hubo otro grupo de ajusticiados, once, que habían sido condenados a muerte por formar parte supuestamente de una red de espionaje iraní.

Las sentencias del grupo de 14 habían sido confirmadas por el Tribunal Supremo saudí en julio de 2017 sin que se conozca por qué no se habían aplicado desde entonces o por qué se producen ahora. El asesinato del periodista Jamal Khashoggi y su repercusión internacional eran una buena razón para aplazarlas. Da la impresión de que la monarquía saudí cree haber pasado lo peor de esa crisis.

Hace unos días, el NYT publicó este artículo: Business Quietly Returns to Saudi Arabia After Khashoggi’s Murder.

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Qué pasaría si Fox News cubriera a Trump como hizo con Obama

Recordando lo que Fox News decía de Obama. Si hay una frase divertida es cuando Bill O’Reilly decía que “Obama estaba casi obsesionado” con los canales de noticias. O cuando otros le criticaban porque sólo gobernaba a golpe de decretos, le gustaba demasiado el golf, o criticaba por su nombre a su predecesor. Es decir, todo lo que hace ahora Donald Trump cada semana.

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Un actor para salvar a Ucrania, un país hundido por la corrupción y la guerra

Ucrania eligió este domingo a un nuevo presidente. Volodímir Zelenski, de 41 años, tiene experiencia en el cargo. Experiencia televisiva. Es un actor que interpretó en una serie a una persona corriente que se hace famosa por un vídeo viral contra la corrupción y que acaba convirtiéndose en presidente casi por casualidad. La serie duró tres temporadas. Su mandato real se prolongará durante cinco años.

Zelenski arrasó en las urnas al presidente Poroshenko con un 73% de los votos. Poroshenko, uno de los empresarios más ricos del país antes de entrar en política, hizo campaña con el eslogan “Ejército, idioma y fe”. Lo último por la religión ortodoxa. Durante su tiempo en el poder, tuvo índices de apoyo irrisorios en las encuestas con lo que era una presa fácil para cualquier adversario. Lo que no se esperaba es que fuera un cómico el que se aprovechara de esa debilidad.

El triunfador nunca dejó claro en campaña cuál es su programa político en un país que ha tenido que solicitar un préstamo al FMI para no caer en la bancarrota financiera. Si hay dos mensajes que le han hecho popular han sido sus discursos contra la corrupción y contra la guerra. Poroshenko intentó describirlo como el candidato favorecido por Moscú sin tener mucho éxito ni en las encuestas ni al final en las urnas.

Zelenski ha dicho que debe haber negociaciones entre los gobiernos de Kiev y Moscú para poner fin al estado de guerra entre ambos países, pero nunca al precio de poner en peligro la integridad territorial de Ucrania.

Antes de las elecciones del domingo, Vice News ofreció un amplio reportaje en el que pudo entrevistarle.

Si hay un asunto que despierta la sospecha sobre Zelenski es su relación con el empresario multimillonario Igor Kolomoiski, dueño de la cadena de televisión en la que el nuevo presidente se hizo famoso como actor cómico. Con una fortuna superior a los mil millones de dólares, es el segundo o tercer hombre más rico del país, según distintas versiones. Reside en Israel –recomendable para librarse de problemas con la justicia– y se encuentra inmerso en una batalla jurídica con el Estado ucraniano. En 2016, el Gobierno nacionalizó su banco PrivatBank y le inyectó 5.000 millones de dólares de fondos públicos por el riesgo de quiebra. Hace unos días, un tribunal de Kiev declaró ilegal la medida y ordenó que la propiedad del banco vuelva a manos del magnate, pero el caso aún no esta cerrado.

Como otros oligarcas, Kolomoiski ha financiado varias milicias paramilitares de ideología ultraderechista que combaten contra las fuerzas ucranianas prorrusas en el Este del país.

Ha negado haber financiado la campaña de Zelenski. El nuevo presidente ha desmentido ser un hombre de paja colocado por el millonario. Tendrá muy pronto la oportunidad de confirmarlo si quiere cumplir su promesa de limitar el poder de los grandes oligarcas en beneficio de los consumidores.

Una idea de Zelenski para otras campañas. Grabar un vídeo haciendo flexiones en una barra.

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La guerra de los nazis contra el expresionismo

Tres millones de personas en Alemania y Austria asistieron desde 1937 a la exposición con la que los nazis quisieron denunciar lo que llamaron “arte degenerado”. ‘Degenerate Art, 1993. The Nazis vs. Expressionism’ es un documental de David Grubun, producido en 1993, que cuenta con imágenes de esa exposición, así como de la que se realizó en 1992 para recordar la guerra de los nazis contra los nuevos movimientos vanguardistas, en especial el expresionismo.

El reportaje incluye testimonios de alemanes que asistieron a la muestra, incluidos algunos que creían que sería la última oportunidad que tendrían de ver esas obras de arte. Muchas de esas obras fueron después quemadas y las más valiosas, subastadas por los nazis en Suiza.

When the Nazis Declared War on Expressionist Art. Open Culture.
Degenerate art: Why Hitler hated modernism. BBC.
Imagen: ‘Tropas de asalto avanzan bajo el gas’. Otto Dix, 1924.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Viaje al fin de los tiempos.

–Las mejores escenas improvisadas en los rodajes.
–40 años después, ‘La vida de Brian’ sigue siendo perfecta para Semana Santa.
–Un ranking de todas las películas de Tim Burton.
–Tony Scott dio a ‘True Romance’ un final feliz.
–Muchos han subestimado a Keanu Reeves, pero a él no le importa.
–Un número de teléfono para los fans de ‘Juego de tronos’.
–La historia nos dice que ‘Juego de tronos’ no es tan violenta.
‘Salvator Mundi’, el cuadro de Leonardo más misterioso.
Un río de cemento de 105 toneladas en las alcantarillas de Londres.
Los tiburones blancos no se atreven con las orcas.
Los 50 mejores mates de la temporada de la NBA.
Los excrementos dejados por los astronautas en la Luna son un objeto interesante de investigación.

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Por qué EEUU persigue a Julian Assange (y no tiene que ver con la clave secreta de un ordenador)

Un helicóptero Apache sobrevuela una zona del este de Bagdad el 12 de julio de 2007. Hay informaciones de ataques de un grupo insurgente en las inmediaciones. Su tripulación pide permiso para atacar a un grupo de personas, porque cree que dos de ellas llevan armas. En concreto, dicen que tienen fusiles AK-47, aunque se trata de dos trabajadores de Reuters que llevan encima su material de trabajo. Son el fotógrafo Namir Noor-Eldeen, de 22 años, y el conductor Saeed Chmagh, de 40.

Nadie está disparando sobre el helicóptero, porque nadie lleva armas y nadie parece consciente de que estén siendo observados desde el aire. Nada de lo que se ve hace pensar en un ataque o emboscada. Como en otras zonas de Bagdad, pueden escucharse disparos a uno o dos kilómetros, pero las personas siguen haciendo su vida. Es la rutina violenta a la que se han acostumbrado en los últimos cuatro años.

El helicóptero, identificado con el nombre Crazy Horse 18, recibe permiso para disparar, a pesar de que las normas de combate del Ejército norteamericano impiden abrir fuego contra alguien que no esté atacando a las fuerzas propias. “No tenemos gente al este de nuestra posición, así que pueden disparar”, escucha la tripulación del aparato. No hay tropas norteamericanas en las cercanías. Después de recibir luz verde, un piloto cree ver a alguien con un RPG.

Varias descargas acaban rápidamente con los congregados en la calle, entre ellos los reporteros. Uno de ellos se arrastra herido por el suelo. El Apache pide permiso para eliminarlo, aunque ahora están esperando a que coja un arma para disparar. “Mira a esos cabrones”, se escucha en la transmisión. Los que ven las imágenes felicitan a los pilotos.

Instantes después, aparece una furgoneta para recoger a los heridos. Tampoco se ve ningún arma y el Apache no dice que haya detectado alguna. Sin embargo, vuelven a pedir permiso para abrir fuego (“Vamos, dejadnos disparar”). Lo obtienen y destrozan el vehículo y a las personas que han salido de él para recoger los cadáveres. Desde el aire, calculan que hay doce o quince cuerpos en la calle. La cifra final de muertos fue de doce.

Posteriormente, aparecen soldados norteamericanos en la zona y descubren que hay dos niños entre los heridos. En la transmisión, se oye: “Bueno, es culpa de ellos si llevan a niños a los combates”. “Exacto”, responde otro.

Durante dos años, la agencia Reuters intentó que el Pentágono diera a conocer los resultados de la investigación de los hechos y las imágenes que pudieran haberse tomado desde el helicóptero. El Departamento de Defensa se negó y se atuvo a la versión oficial, que decía que el Apache había respondido a un ataque de fuerzas insurgentes. Informaron que habían muerto nueve combatientes y dos civiles (los reporteros de Reuters).

“No hay ninguna duda de que las fuerzas de la coalición se estaban enfrentando en una operación de combate a una fuerza hostil”, dijo el teniente coronel Scott Bleichwehl, portavoz de las fuerzas militares en Bagdad, en el día del ataque.

Las imágenes –y por tanto, lo que realmente ocurrió– terminaron siendo conocidas gracias a Chelsea Manning y Wikileaks en abril de 2010. Manning, que era entonces un cabo destinado en una unidad de inteligencia, las facilitó a la organización que dirigía Julian Assange. También entregó los cables del Departamento de Estado que medios de comunicación de todo el mundo utilizaron, y siguen utilizando, en sus informaciones.

Wikileaks hizo públicas en abril de 2010 las imágenes de 38 minutos de duración, así como una versión editada de 17 a la que llamó “Collateral Murder”. Un probable crimen de guerra que había sido ocultado por el Pentágono fue conocido gracias a una pequeña organización que presumía de ser capaz de desvelar los secretos de los estados a partir de la información aportada por ciudadanos anónimos infiltrados en las estructuras del poder.

Chelsea Manning fue detenida en mayo de 2010 y condenada por un tribunal militar en 2013. Barack Obama le concedió un indulto parcial que permitió su puesta en libertad siete años después de entrar en prisión.

Pocas horas después de que el Gobierno de Ecuador entregara el jueves a Julian Assange a la policía británica y a la espera de si la Fiscalía sueca reiteraría la petición de entrega a través de la euroorden para que el australiano responda de una acusación de violación y otra de abusos sexuales, se supo que EEUU pretende extraditarle para someterle a juicio. Esa siempre había sido la razón por la que Assange recurrió sin éxito contra la aplicación de la euroorden en los tribunales británicos: el temor a que finalmente Suecia le entregaría a Washington, dadas las buenas relaciones que EEUU y Suecia habían tenido desde los tiempos de la Guerra Fría.

El Departamento de Justicia anunció la acusación por la que pide su extradición: conspiración para infiltrarse ilegalmente en ordenadores del Gobierno al ayudar a Manning a desvelar la clave secreta y entrar en un red militar que contenía información clasificada como secreta. La pena máxima por ese delito es de cinco años de prisión.

La noticia puso fin a años de especulaciones sobre si Washington se atrevería a reclamarlo –en el caso de que abandonara la embajada de Ecuador en Londres o le obligaran a hacerlo– por la presunta violación de la Ley de Espionaje de 1917, que permite imponer una larga condena de prisión o la pena de muerte.

En los años de Barack Obama, el Departamento de Justicia estudió esa posibilidad. Medios norteamericanos informaron que se descartó por el evidente impacto que tendría en el derecho a la libertad de expresión. Assange es ciudadano australiano y resulta legalmente muy discutible que EEUU pueda obligar a un extranjero a respetar sus leyes sobre secretos sin estar en tiempo de guerra.

En última instancia, el Gobierno era consciente de que si lo procesaba por los delitos más graves, “tendría que procesar también a The New York Times y a otros medios de comunicación y periodistas que publicaron material clasificado (como secreto), incluidos The Washington Post y The Guardian”, según explicaron en 2013 fuentes anónimas del Gobierno al Post.

La acusación concreta ahora esgrimida está mucho más restringida, pero no se puede descartar que se intente ampliar. Eso es algo más que complicado si no se obtiene el permiso del país que concede la extradición.

Varios periodistas estadounidenses se apresuraron esta semana a negar que un periodista tenga derecho a recurrir a las actividades de las que se acusa a Assange. Además, utilizaron contra él su intervención en la difusión del resultado del hackeo de los ordenadores de la campaña de Hillary Clinton bajo la premisa, nunca demostrada, de que fue un factor decisivo en su derrota ante Donald Trump en 2016.

Es paradójico que eso no impidiera a los grandes medios de EEUU, Francia, Reino Unido, Alemania, España y otros muchos países a informar de las revelaciones conseguidas gracias a la actividad de Wikileaks, incluidos los emails de la campaña de Clinton.

Está por ver qué pruebas en concreto tiene la Fiscalía de Virginia para acusar a Assange y que los tribunales británicos están obligados a analizar. En su juicio, Chelsea Manning negó que Wikileaks fuera responsable de los delitos por los que la acusaban: “Nadie asociado a la organización Wikileaks me presionó para que les diera más información”.

“Los críticos de Assange pueden alegrarse, pero este es un momento oscuro para la libertad de expresión”, ha dicho Edward Snowden, que pagó un precio –el exilio en Rusia– por contar a sus compatriotas lo que el Gobierno no quería que se supiera sobre las actividades de la NSA y sus efectos en el derecho a la privacidad.

Snowden sabe que es imposible no violar alguna ley cuando tus convicciones democráticas te obligan a desvelar la información de los crímenes cometidos en nombre del Estado o las mentiras con que se engaña a los ciudadanos.

Nick Davies, periodista entonces de The Guardian, trabajó con Assange para sacar en el periódico la información filtrada por Wikileaks. No acabaron bien. Davies, un veterano reportero especializado en periodismo de investigación, y el hacker libertario Assange eran demasiado diferentes para congeniar. Además, el primero acusó al segundo de haberle engañado en alguna ocasión. Las relaciones del australiano con los grandes medios de comunicación de EEUU y Reino Unido siempre fueron tormentosas y no tuvieron un final feliz.

Pero Davies es capaz de distinguir las diferencias personales de los principios en juego. “Decenas de periodistas trabajaron con Julian Assange para publicar los secretos filtrados. EEUU no intentó detenernos a ninguno de nosotros. El ataque contra Julián simula ser legal, pero es simplemente un acto de venganza de EEUU”, ha escrito Davies.

“Parte de la conspiración consistió en que Assange y Manning tomaron medidas para ocultar que Manning era la fuente de la entrega de documentos clasificados a Wikileaks, incluida la eliminación de nombres de usuario en la información desvelada y el borrado de logs de chats entre Assange y Manning”, dice el auto de la Fiscalía de Virginia.

Esta frase revela que el intento de procesar a Assange supone un grave precedente para el trabajo periodístico. Actividades habituales entre periodistas para no desvelar la identidad de una fuente anónima –borrar los metadatos y chats de los contactos o animar a esas fuentes a aportar más documentos que prueben las alegaciones– podrían convertirse en el futuro en materia prima de acusaciones de conspiración.

Crear un sistema para la filtración de documentos de forma anónima, como el que existe en España con Fíltrala, podría ser considerado como una forma de promover –en términos legales, conspirar– que personas que trabajan en la Administración comuniquen hechos denunciables violando en el proceso las leyes sobre secretos oficiales.

Los documentos aportados por Wikileaks forman parte ya de la historia de las guerras de Irak y Afganistán. Aportan pruebas sobre la existencia de crímenes de guerra. Prueban que las fuerzas iraquíes aliadas de EEUU utilizaron la tortura de forma sistemática. Demuestran que el Ejército estadounidense mentía cuando sostenía que no estaba realizando un recuento de los civiles muertos en la guerra de Irak. Los telegramas diplomáticos difundidos gracias a Manning son un elemento básico para entender la diplomacia norteamericana de las últimas décadas.

El Gobierno de EEUU quiere procesar a Assange para impedir que algo así vuelva a ocurrir.

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