La moda que mata más rápido al planeta

La industria textil nunca ha tenido muy buena fama en cuanto a las condiciones y trato a sus trabajadores. Ahora hay que incluir su impacto en el cambio climático y en la contaminación de los océanos a través de la dispersión de microfibras y la basura que genera la ropa desechada. En el libro ‘Fashionopolis. The Price of Fast Fashion & the Future of Clothes’, Dana Thomas explica el daño que está haciendo la ‘Fast Fashion’ y la ilimitada producción de prendas cuya esperanza de vida en los escaparates y los armarios es cada día menor.

Las cadenas de producción ofrecen ahora productos baratos de buena calidad que son indudablemente atractivos para el consumidor sin que este sea consciente del impacto global de la industria. Tragedias como la del edificio Rana Plaza en Bangladesh aumentan de forma súbita el nivel de concienciación de la gente y las promesas de la industria por hacer las cosas de forma diferente. La impresión posterior es que es difícil evaluar el nivel de los avances, en el caso de que existan. NYT:

“Thomas nos recuerda que la industria textil ha sido siempre uno de los rincones más oscuros de la economía mundial. Como producto representativo de la Revolución Industrial, los productos textiles fueron cruciales en el desarrollo del sistema capitalista globalizado y los abusos que se producen hoy se asientan sobre una larga historia. El trabajo esclavo en el sur de EEUU suministraba material a las fábricas de Inglaterra, conocidas por el trabajo infantil y otros horrores, y Estados Unidos, en la que los incendios en las fábricas acabaron con las vidas de nuevos inmigrantes en el comienzo del siglo XX. Thomas informa de que existen inmigrantes hoy en Los Angeles víctimas de la explotación y del robo de sus salarios, por no mencionar a los trabajadores de Bangladesh, China, Vietnam y otros lugares que afrontan condiciones laborales como poco siniestras o inhumanas en el peor de los casos. La moda es una industria que se ha basado en las penalidades que sufren los que no tienen poder ni voz, y en mantenerlos en ese estado”.

La maldición de Bangladesh empieza en las tiendas de Europa y EEUU. Abril 2013.
Qué es lo que se puede y se debe hacer en Bangladesh. Mayo 2013.
John Oliver y esa ropa tan barata que compramos. Abril 2015.

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La respuesta de Warren a una cuestión que no desaparece

Elizabeth Warren dio la respuesta casi perfecta en un ‘town hall’ televisado sobre igualdad de derechos y comunidad LGTBi a la pregunta: ¿qué respondería a alguien que dijera que el matrimonio sólo puede darse entre un hombre y una mujer?

“Voy a suponer que es un tipo quien dice eso. Y diría: pues cásate con una mujer” (aplausos). “Estoy a favor de eso”. Pausa. “Suponiendo que encuentres a una” (más aplausos).

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Trabajadores explotados en Qatar

Se acaban de celebrar los Mundiales de atletismo en Qatar y en 2022 será el momento del Mundial de fútbol. A pesar de todas las presiones recibidas y las promesas hechas, en ese país los derechos de los trabajadores que levantan las infraestructuras –todos ellos inmigrantes extranjeros– continúan siendo vulnerados con impunidad, según un informe de Amnistía Internacional:

“El informe ‘All work, no pay: The struggle of Qatar’s migrant workers for justice’ destaca que centenares de trabajadores extranjeros de tres empresas de construcción y limpieza han abandonado sus demandas en la justicia y vuelto a sus países sin dinero desde marzo de 2018. Ha ocurrido a pesar de la puesta en marcha por las autoridades qataríes de nuevos comités destinados a resolver rápidamente los conflictos laborales, como parte de las reformas acordadas antes del Mundial de 2022. Los comités recibieron el año pasado más de 6.000 quejas. La mayoría de ellas no se habían resuelto a finales del año”.

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Por qué Trump aún no está en una posición como la de Nixon en los peores momentos del Watergate

Una de las mejores cronistas del Watergate –Elizabeth Drew desde The New Yorker– explicó el ambiente en que vivían los periodistas en los momentos más dramáticos de esa crisis: “Las noticias llegan demasiado rápido. Es más rápido y complicado de lo que cualquiera podría esperar. Es casi imposible asimilarlas”. Se podría decir algo parecido de la semana en la que el ‘impeachment’ de Donald Trump pasó de repente de ser una posibilidad lejana a algo muy real, casi inminente, y de las muchas semanas que quedan por delante.

Las presiones de Trump al nuevo presidente ucraniano para que investigue los negocios de un hijo del candidato demócrata Joe Biden en ese país se convirtieron en el ‘smoking gun’ que los demócratas estaban esperando casi desde el primer minuto de su presidencia. Todo lo que resultó imposible en el caso de la investigación de la posible interferencia rusa en la campaña electoral de 2016 ahora se antoja al alcance de los enemigos de la Casa Blanca.

Frente a la complejidad y confusión del Rusiagate, el escándalo relacionado con Ucrania tiene la virtud de la simplicidad. Los protagonistas son muy pocos –y el más importante es Trump–, las intenciones del presidente parecen muy claras y el resultado buscado tiene una relación directa con las elecciones de 2020 que obviamente son más importantes ahora que las de 2016.

El proceso de destitución de un presidente en EEUU es inevitablemente un juicio político. La Cámara de Representantes debate y vota lo que sería el procesamiento del jefe de Estado. Es el Senado el que hace las veces de jurado en una votación que requiere una mayoría de dos tercios. La comparecencia de testigos en la Cámara Baja es similar a la que se produce en un juicio, pero no es menos importante lo que sucede fuera del legislativo. Las encuestas y el cálculo político que hacen los parlamentarios sobre las consecuencias que tendrá su voto para ellos son factores esenciales.

El presidente puede ser destituido si las pruebas contra él son irrefutables. Eso sólo es posible si además es políticamente vulnerable.

Las comparaciones de Trump con Richard Nixon son inevitables. Hay muchos elementos en común. Se trata de denuncias de abuso del poder del cargo para obtener beneficios políticos en la pelea con los adversarios. Se producen en una sociedad extremadamente polarizada a favor y en contra del presidente, donde las revelaciones de los medios de comunicación son vistas a partir de ese prisma. No es cierto, como se ha escrito tantas veces en EEUU, que los ataques de Trump a medios y periodistas no tengan precedentes. Los hay y los más graves se produjeron en la Administración de Nixon. En diciembre de 1972, dijo a Henry Kissinger, receptor habitual de sus confidencias: “No lo olvides nunca. La prensa es el enemigo. La prensa es el enemigo. El ‘establishment’ es el enemigo. Los profesores son el enemigo. Los profesores son el enemigo. Escríbelo cien veces en una pizarra”.

La gran diferencia es que el Watergate fue un escándalo que se desarrolló a cámara lenta a lo largo de dos años. Implicó a un presidente que sería después reelegido con una mayoría abrumadora en noviembre de 1972 y que en enero de 1973 contaba con el apoyo del 68% de los encuestados por Gallup. El asaltó a las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate se había producido en junio de 1972, varios meses antes de las elecciones.

La evolución de las encuestas de Gallup sirve para saber en qué momentos la credibilidad de Nixon estaba en un punto tan bajo que provocó un crecimiento sostenido del número de personas que pensaban que debía ser destituido. También permite ver que sus partidarios tardaran mucho tiempo en perder la confianza en él.

Antes de valorarlo, conviene recordar algunas fechas. En septiembre de 1972, la prensa informó de que el fiscal general, John Mitchell, controlaba un fondo secreto en el Comité para la Reelección del Presidente que se utilizaba para obtener información confidencial sobre los demócratas. En octubre, Bob Woodward y Carl Bernstein, de The Washington Post, contaron que el FBI creía que el asalto al Watergate formaba parte de una operación de espionaje y sabotaje para favorecer la reelección de Nixon. Como sabemos, esas informaciones no perjudicaron en lo más mínimo a la campaña de Nixon, que derrotó con suma facilidad al demócrata George McGovern.

Los primeros meses de 1973 fueron una sucesión de pésimas noticias para Nixon. Eso contribuyó a ir minando su popularidad, pero no a hundirla. En marzo de ese año, el juez Sirica hizo pública una carta de uno de los autores de la operación del Watergate en la que se reconocía que se había cometido perjurio en el juicio por esos hechos.

En abril, Nixon forzó la dimisión de dos de sus principales consejeros, Haldeman y Ehrlichman, en lo que era un reconocimiento de que el juego sucio y el encubrimiento de los delitos habían tenido su origen en el corazón de la Casa Blanca. En ese momento, el apoyo a Nixon aún estaba en torno al 50%, según Gallup, y era mucho mayor entre los votantes republicanos.

Foto de los edificios Watergate presentada como prueba en la investigación en el Congreso.

 

En mayo de 1973, el Senado inició las audiencias de un comité especial para investigar el Watergate con capacidad para llamar a declarar a testigos y reclamar documentos al Gobierno. Eso aún no formaba parte de los procedimientos del ‘impeachment’, pero podía generar las pruebas que lo hicieran inevitable. Poco después, Gallup preguntó por primera vez en sus encuestas si Nixon debería abandonar el puesto con la pregunta “¿cree que el presidente Nixon debería ser destituido (“impeached”) y obligado a abandonar la presidencia?”. Es la línea azul en el gráfico.

En esa primera encuesta, sólo el 19% respondió afirmativamente.

Muchas de las audiencias del comité investigador del Senado tuvieron un seguimiento masivo en la retransmisión televisiva. En julio de 1973, se produjo el primer momento dramático con la declaración de Alexander Butterfield, asesor de Nixon, que reveló que existía un sistema de grabación de las conversaciones del presidente en el Despacho Oval. La negativa de Nixon a entregar las cintas al fiscal especial del caso terminó provocando la ‘matanza del sábado noche’, es decir, el cese del fiscal especial y la dimisión del fiscal general y su número dos para no tener que cumplir las órdenes del presidente. Nixon estaba dispuesto a llegar a lo que fuera necesario para bloquear la investigación.

La cobertura del escándalo pasó a estar presente de forma destacada en todos los medios de comunicación. Los que habían ignorado la cobertura de The Washington Post y The New York Times o le habían prestado una atención secundaria no podían ignorar estos hechos. En ese momento, los norteamericanos que creían que Nixon debía dimitir era una minoría, el 38% frente al 51% que se mostraba en contra.

Eso no quiere decir que fuera muy popular. El porcentaje de los que apoyaban su gestión era aun menor de ese 38%. Es sólo que una cosa no llevaba a la otra. La idea del ‘impeachment’, sin precedentes en las décadas anteriores, era algo difícil de concebir para los votantes. Sabían que Nixon era responsable de lo que había ocurrido, aunque no estaban totalmente seguros de que eso justificara su destitución.

En la primavera de 1974, los partidarios del cese ya superaban a los opuestos, pero dentro del margen de error de la encuesta de Gallup. El país estaba dividido casi por la mitad.

En agosto, cuando el Comité de Justicia de la Cámara de Representantes votó a favor de su destitución, ya había una clara mayoría, el 57%, que reclamaba su salida del cargo. A partir de ahí, no había vuelta atrás. El pleno de la Cámara Baja votó a favor del ‘impeachment’. Nixon dimitió antes de que el Senado pudiera hacer las veces de jurado con un resultado que era ya previsible.

En la comparación entre Nixon y Trump, resulta fundamental valorar el papel de los medios de comunicación, en especial los de tendencia conservadora. El problema para Nixon es que muchos de los periodistas y académicos de derechas no consideraban al presidente como uno de los suyos. La revolución conservadora surgida gracias a la candidatura fracasada de Goldwater había iniciado el proceso de los republicanos a posiciones más radicales que se harían con el control del partido en la época de Reagan.

No se podía decir lo mismo de las bases del partido. Cuando la revista conservadora National Review endureció su discurso contra Nixon por el Watergate, sus lectores respondieron de forma masiva contra esas críticas. En ese ambiente de polarización, el hecho de que los medios considerados progresistas, como el Post y el Times, atacaran a Nixon era motivo suficiente para apoyarle a muerte.

En la actualidad, medios como National Review cuentan con una influencia mucho menor. Es Fox News quien casi monopoliza la atención de los votantes republicanos. No se puede descartar en absoluto el poder de las emisoras de radio por todo el país de ideología ultraconservadora siempre dispuestas a defender a Trump. “Lo único que necesitan saber es que prácticamente todo lo que aparece en los medios sobre el ‘impeachment’ es mentira”, dijo el presentador de radio más conocido, Russ Limbaugh.

Trump presume en algunos de sus tuits que su apoyo entre los votantes republicanos es incluso mayor que el que disfrutaba Reagan. Todo depende de la encuesta en que te fijes, pero no está del todo equivocado.

Como ejemplo, esta frase de un congresista republicano: “Trump dijo que podía plantarse en mitad de la Quinta Avenida y matar a alguien de un tiro y ni aun así perdería partidarios. Si eso ocurriera, sería mejor que me sacaran fotos metiendo el cadáver en el maletero de un coche o mis votantes querrían saber por qué no había apoyado al presidente”.

Trump ha demostrado varias veces que puede ser una amenaza para los congresistas republicanos que no le obedecen o votan en un sentido contrario a sus deseos. Los cargos electos en EEUU siempre están muy atentos a las respuestas que reciben de sus votantes a través de llamadas telefónicas o emails. Son muy conscientes de las consecuencias que tendría oponerse al presidente.

Las noticias de que Trump había presionado al presidente de Ucrania para que investigara los negocios del hijo de Biden en ese país fueron recibidas con el silencio por los congresistas republicanos. Nadie quería meterse en ese avispero. Cuando Trump animó en público a que el Gobierno de China investigara a Biden, el malestar era ya difícil de ocultar y algunos como el senador Mitt Romney dieron un paso al frente. La mayoría prefirió seguir callada. La rápida e insultante respuesta de Trump a Romney les convenció de las ventajas de la discreción. Colin Powell dijo que estaban “aterrorizados” ante lo que el presidente podía decir y no le faltaba razón.

Este artículo del Post cuenta con varios testimonios que ayudan a explicar la actitud de los políticos republicanos. La media de sondeos en ese momento indicaba que los encuestados estaban divididos casi al 50%. Un 48% a favor y un 46% en contra. Sin embargo, el resultado era muy distinto entre los votantes republicanos. Sólo el 11% apoyaba el ‘impeachment’.

Hasta finales de septiembre cuando las revelaciones sobre el escándalo ucraniano aún no habían echado raíces en la opinión pública, el apoyo al ‘impeachment’ de Trump era minoritario, como en general lo había sido a lo largo de la crisis por la interferencia rusa en la anterior campaña. Eso empezó a cambiar muy pronto.

La última media de encuestas que aparece en RealClearPolitics coloca la popularidad de Trump justo por encima del 43% y el rechazo cerca del 54%. Nada que ver con los números de los que disfrutaba Nixon cuando arrancó el Watergate. El actual presidente parte de una posición muy inferior. La abundancia de fuentes periodísticas y el efecto multiplicador de las redes sociales introducen además elementos nuevos que pueden hacer que los acontecimientos se aceleren y tengan consecuencias inmediatas. Es un lugar común, pero el mundo contemporáneo discurre a más velocidad que en los años 70.

Una encuesta de The Washington Post, conocida este martes, confirma que una clara mayoría apoya la investigación iniciada por la mayoría demócrata de la Cámara de Representantes (58%-38%). Un porcentaje inferior (49%) se muestra a favor de la destitución de Trump. Es significativo que casi un 30% de los votantes republicanos apoye la investigación previa iniciada por la Cámara de Representantes, según esa encuesta, un número mucho mayor que lo descubierto por sondeos anteriores. En función de las revelaciones que se conozcan en las próximas semanas o meses, ese grupo de votantes será examinado con detenimiento por los políticos republicanos.

Hasta entonces esos congresistas intentarán pasar desapercibidos y no provocar la furia de un presidente muy capaz de convertir sus ataques de cólera en ataques directos contra los sospechosos de traición. “Nadie quiere ser la cebra que se aleja de la manada para ser devorada por el león”, dijo de forma anónima un ex alto cargo de la Administración en el artículo del Post.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

La música tiene una gran capacidad de expresar nuestros sentimientos, y eso también ocurre en el cine. Pocos cineastas lo han entendido tan bien como Sergio Leone.

–Cuatro notas de música gregoriana del siglo XIII onmnipresentes en las bandas sonoras.
‘Alien’, una parábola de la explotación laboral.
–¿Qué ha ocurrido con la carrera de John Travolta?
Nueva York es una estrella cinematográfica por derecho propio.
–Una de las grandes escenas de ‘El sentido de la vida’.
Nasville vs. Jaws. Un extracto del libro ‘Make My Day: Movie Culture in the Age of Reagan’.
–Por qué Brian De Palma es uno de los cineastas más subestimados.
Sean Bean ya no quiere morir en el cine.
Los pulpos duermen y quizá sueñan y entonces algo fascinante sucede.
–La muerte de Alejandro Magno, uno de los grandes misterios de la historia.
Fotografiando los lugares más radiactivos de Chernóbil.

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El misterio de Mohamed Ali, el empresario egipcio que ha provocado un temblor en el régimen de Sisi

En la dieta audiovisual de los egipcios en las últimas semanas se ha hecho hueco una producción visualmente poco notable –un hombre hablando a la cámara–, pero de máximo interés. Un empresario refugiado en Barcelona ha explicado en sucesivos vídeos colgados en redes sociales algo que la mayoría de los habitantes del país conoce o sospecha. Eso no le ha restado ningún interés.

Mohamed Ali ha contado hasta qué punto los militares se aprovechan de la corrupción habitual en Egipto; es más, cómo generales y coroneles utilizan los fondos públicos en su beneficio para construirse grandes mansiones o malgastar el dinero en proyectos inmobiliarios sin más razones económicas que los beneficios personales que ofrecen. Entre ellos, está el presidente Sisi y su familia.

A principios de septiembre, Ali lanzó el primer vídeo, en el que se veía a él junto a una imagen de Sisi y su mujer. La credibilidad de las denuncias venía dada por el hecho de que procedía de un empresario de la construcción que había recibido contratos del Ejército a lo largo de 15 años, encargos que ignoraban los procedimientos legales de contratación y eran asignados directamente.

Ali no ofreció pruebas documentales sin que eso pareciera mermar la credibilidad de su testimonio. Adelantándose a lo que pudieran decir los partidarios del Gobierno, dijo que que le debían doce millones de dólares por proyectos ya realizados.

Como explica el medio independiente egipcio Mada Masr en este artículo, los primeros señalados fueron los generales Kamel al-Wazir, ministro de Transporte, y Essam al-Kholy, responsable del departamento del Ejército que adjudica las grandes obras públicas. Tras su llegada al poder, Sisi acentuó una tendencia bien conocida en el Estado egipcio: los privilegios con los que cuentan las Fuerzas Armadas, que controlan una parte muy importante de la economía del país, se ampliaron con el nombramiento en puestos de la Administración de generales o militares retirados. La primera acusación de Ali se refería a una inversión de 122 millones de dólares para la construcción de un hotel de lujo plagada de irregularidades. Era además un hotel que no se iba a levantar en una zona turística y que sería gestionado por un general al que el Gobierno debe favores.

Ali también se refirió a la construcción de una mansión en Alejandría para Sisi y su familia con un presupuesto de 15 millones de dólares. La esposa de Sisi exigió después algunos cambios que costaron más de un millón. A día de hoy, el edificio no se ha utilizado.

La primera tanda de denuncias fue ignorada o desdeñada por la mayoría de los medios de comunicación, privados o públicos, con lo que era posible deducir que la respuesta del régimen iba a ser ignorar a Ali. Nadie se iba a atrever a presentar una demanda en los tribunales contra el Ejército ni el poder debía temer que la polémica apareciera en el muy controlado Parlamento.

De repente, ocurrió algo inesperado. Sisi en persona decidió responder a las acusaciones en un congreso dedicado a los problemas de la juventud, uno convocado con tanta celeridad que parecía que se iba a celebrar para que Sisi dejara claro su mensaje. Y no fue un discurso muy coherente: “Todos los servicios de inteligencia me dicen, por favor, no hables de esto. Todos los servicios… ya saben, les diré algo, besan mi mano (una señal de respeto) y me dicen, por favor, no lo hagas. Yo les digo, lo que hay entre el pueblo y yo es confianza. La gente cree en mí. Cuando alguien intenta quebrar eso y dice que esa persona en la que confías no es una buena persona… eso es lo más peligroso del mundo”.

El manual básico del dictador dice que todo el pueblo confía en él, y si alguien pone en peligro eso, está amenazando el futuro del país.

No funciona tan bien cuando la mayor parte de la población es consciente de que la corrupción es un elemento integral del sistema. Cuando Sisi dice que esos palacios, al igual que las demás obras públicas, no son para él, sino para todo Egipto, está defendiendo un argumento que poca gente creerá.

Obviamente, al hablar el presidente de toda esta polémica, los medios oficiales se vieron obligados a ofrecer sus palabras. No importaba que no detallaran las denuncias iniciales. Ya las conocía todo el mundo.

A partir de ahí, la historia se hace más complicada. Han aparecido más vídeos de personas que confirman lo que ha dicho Ali o la situación general de los contratos económicos concedidos por el Estado. Hasta han surgido algunos vídeos de gente enmascarada con un mensaje similar que dicen ser miembros o exmiembros del Ejército o de los servicios de inteligencia.

Ali ha difundido 35 vídeos y en muchos de ellos ha pasado de hacer denuncias concretas sobre proyectos económicos a reclamar que Sisi abandone el poder. En un país con más teorías de la conspiración de las que puede digerir, muchos se preguntan si este empresario no cuenta con algún apoyo en el régimen con la intención de desembarazarse del dictador. Lo que es seguro es que no habla como un político, lo que no es un problema. Entre otras cosas porque eso sería imposible. Cualquier dirigente de la oposición, por menor que sea su perfil, estaría encarcelado en Egipto o, si hubiera huido del país, no sabría lo que sabe Ali.

En julio, Ali dio una entrevista a Vanity Fair en Barcelona. No para hablar de política. Explicó algunos de sus proyectos en España y habló de su pequeña incursión en el mundo del cine. Quedaba claro que si bien el Gobierno le debía mucho dinero, a él le sobraba. Su tren de vida no era desde luego el de un adversario de la dictadura que se ve obligado a malvivir en otro país.

Este fin de semana, ocurrió algo en Egipto que fue tan inesperado como la aparición de Ali. En varias ciudades, también en El Cairo y Alejandría, se produjeron manifestaciones contra el régimen convocadas por el empresario, que animó a los que le escuchaban a que salieran a la calle después de un partido de fútbol que jugaban dos de los mejores equipos de la Liga.

La asistencia no fue masiva, centenares de personas en el mejor de los casos, pero el hecho de que ocurrieran ya era sorprendente. En Egipto, la más pequeña muestra de disidencia pública es castigada con la detención y una larga estancia en prisión sin derecho a juicio. Decenas de miles de personas están encarceladas por razones políticas. Hay que tener mucho valor para salir a la calle para corear eslóganes contra Sisi. El hecho de que esos manifestantes, la mayoría muy jóvenes, no supieran hace un mes quién era Mohamed Ali no había supuesto ningún problema.

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El mundo descubre que Arabia Saudí no puede proteger a su industria petrolífera

“Para el mercado del petróleo, o la propia economía mundial, Abqaiq es el trozo más valioso de territorio en el planeta”, ha dicho a Bloomberg el presidente de una consultora sobre temas de energía. La definición es correcta y ha quedado confirmada por las consecuencias del ataque con diez drones sobre esas instalaciones petrolíferas, aún más importantes que los campos de extracción para la producción diaria de no menos diez millones de barriles. Abqaiq es la mayor planta de procesamiento de productos petrolíferos del mundo. La función de sus refinerías es eliminar del crudo extraído el agua, gas y todas las demás impurezas para que el petróleo tratado pueda ser exportado.

Arabia Saudí ha visto reducida a la mitad su capacidad de producción, lo que afecta a unos cinco millones de barriles, el 5% de la producción mundial. Abqaiq siempre ha aparecido en los análisis sobre los peligros que un ataque terrorista podía tener en la industria petrolífera saudí y por tanto en la economía mundial. Riad desdeñaba tales análisis y los calificaba de alarmistas. Los miles de kilómetros de oleoductos eran objetivos más vulnerables, pero el impacto de una explosión en ellos sería menor en la infraestructura del país.

La amenaza de Al Qaeda, que incluía un llamamiento de Osama bin Laden para atacar objetivos relacionados con la exportación de petróleo, hizo que el Gobierno saudí gastara inmensas cantidades de dinero en la mejora de la seguridad de las instalaciones. Las más importantes están protegidas por baterías de misiles antiaéreos y fuerzas militares. Además, la empresa estatal Aramco cuenta con un ejército privado para proteger sus activos.

En 2006, se produjo un ataque de un comando de Al Qaeda precisamente en Abaiq que, según la versión oficial, fue interceptado antes de que pudiera ocasiones daños serios en las instalaciones. En mayo de este año, un ataque con drones reivindicado por los hutíes yemeníes, causó daños “limitados” en estaciones de bombeo en la zona oeste del país, según el Ministerio de Energía.

Ese y otros ataques con drones desde Yemen habían causado hasta ahora daños menores, con lo que su mayor efecto se había quedado en generar incertidumbre sobre la seguridad de la industria petrolífera saudí, además de confirmar que la intervención militar en Yemen, responsable de la muerte de miles de yemeníes, había terminado por volverse contra la monarquía del rey Salmán y los intentos de su hijo, el príncipe Mohamed bin Salmán, de convertir a su país en la punta de lanza de una ofensiva en todos los frentes contra Irán.

Las dimensiones enormes del ataque de este fin de semana han confirmado todos los miedos, algunos quizá sólo especulativos, sobre la capacidad de Arabia Saudí para proteger una industria que es clave en el sistema mundial energético. Los daños han sido tan grandes que no se descarta que se hayan utilizado misiles de crucero y que el ataque procediera del norte, es decir de Irak, algo que el Gobierno iraquí ha negado rápidamente y que a día de hoy sólo es una especulación. De momento, Riad no ha concluido la investigación sobre las características del ataque ni ha dado mucha información concreta.

Los radares de las baterías de misiles están diseñados para localizar y destruir objetivos más grandes que un dron, como aviones y misiles, pero resulta difícil de creer que un país es que uno de los mayores importadores de armas del mundo sea incapaz de detectar un grupo numeroso de drones que atraviesan todo el país hasta la costa oeste, a más de mil kilómetros de distancia.

“No hay pruebas de que el ataque procediera de Yemen”, ha dicho el secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo para acusar directamente a Irán sin presentar pruebas.

Irán ha negado siempre haber entregado misiles o drones a los hutíes yemeníes. Otra cosa muy diferente es que muchos gobiernos creen, y algunos dirigentes iraníes no se han tomado mucha molestia en desmentir, que Teherán sí ha facilitado a los hutíes entrenamiento y material técnico para aumentar el alcance de sus drones y su carga explosiva.

Riad afirma que espera recuperar una tercera parte de la capacidad perdida de producción al final del lunes. Ese anuncio intenta tranquilizar a los mercados por el temor a una reacción descontrolada después del fin de semana. Se da por hecho que se tardarán semanas hasta devolver a Abqaiq toda su capacidad de producción.

La apertura de los mercados ha provocado un aumento del precio del barril Brent que ha llegado a ser del 20% en los primeros momentos, pasado de 60 a más de 70 dólares el barril Este salto es el mayor producido desde 1990 tras la invasión iraquí de Kuwait. La subida se ha limitado después hasta los 66 dólares, lo que supone un incremento del 11%.

Los saudíes tienen varias opciones para mitigar los efectos del desastre y su repercusión en el precio del barril. Cuentan con varios depósitos subterráneos donde almacena su reserva de emergencia, que contiene decenas de millones de barriles de productos petrolíferos. Además, puede aumentar la producción de los campos no afectados por el ataque y, en el peor de los casos, pedir a otros miembros de la OPEP que aumenten su cuota. Estarán encantados de hacerlo, pero sólo Arabia Saudí tiene la capacidad de incrementar su capacidad de producción en un corto espacio de tiempo de forma significativa.

El presidente de EEUU, Donald Trump, ha comunicado –vía Twitter, como es habitual en él– que se utilizará la Reserva Estratégica de Petróleo, que cuenta en estos momentos con 644 millones de barriles, para compensar la falta de crudo saudí en los mercados.

EEUU y varios países de Europa occidental son los principales suministradores de armas de Arabia Saudí. En los últimos años, esas ventas han sido fundamentales para facilitar a los saudíes los misiles guiados por láser empleados en la campaña de bombardeos en Yemen contra las milicias hutíes, un grupo insurgente del norte de confesión chií que controla la capital, y la infraestructura civil del país. La guerra ha causado el colapso económico del país y la muerte de 16.000 personas, según varias estimaciones.

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Una enérgica respuesta a la islamofobia de Boris Johnson

El miércoles no fue un gran día para el primer ministro británico, que afrontaba su primer ‘Prime Minister’s Question Time’ (y que luego perdió dos votaciones decisivas). Con gran energía, el diputado laborista Tanmanjeet Singh Dhesi, que es sij, reprochó a Boris Johnson su artículo del Telegraph del año pasado donde se burlaba de las mujeres que llevan el niqab y las llamaba “ladrones de bancos” y “buzones”.

“Aquellos de nosotros que hemos tenido que soportar que nos llamen cosas como “cabeza de toalla” o “talibán” o que “venimos de la tierra de Bongo Bongo” comprendemos muy bien el dolor que sienten aquellas mujeres vulnerables cuando son descritas como ‘ladrones de bancos’ y ‘buzones'”, dijo el diputado.

Singh Dhesi se quejó de que Johnson nunca ha pedido disculpas por sus “comentarios racistas y despectivos”. El primer ministro respondió que ese artículo era “una defensa liberal” del derecho de todo el mundo a vestir como quiera. A la pregunta de por qué no ha ordenado una investigación sobre el alcance de la islamofobia en su partido, como había prometido, Johnson dijo que los laboristas no se han disculpado por “el virus del antisemitismo” en sus filas.

La intervención del diputado sij provocó tal entusiasmo en los escaños laboristas que la mayoría de ellos aplaudieron y en dos ocasiones, algo que las normas de la Cámara de los Comunes prohíben expresamente y que sus presidentes no suelen permitir. Esta vez, John Bercow no gritó “Order!” con su contundencia habitual. En los Comunes, se puede hacer un montón de ruido y el ambiente es a veces bastante tumultuario, pero no aplaudir.

Una ONG antirracista afirmó que se produjo un gran aumento de ataques islamófobos a musulmanes después de que se publicara el artículo de Johnson.

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La farsa del Brexit con la foto de uno de sus protagonistas más ridículos

El debate del martes en la Cámara de los Comunes ha ofrecido una de esas imágenes con un valor simbólico más allá del momento que reflejan. En relación al Brexit, desde luego. Jacob Rees-Mogg, diputado tory y líder de los Comunes, lo que le convierte en miembro del Gabinete de Boris Johnson, se tumbó durante el debate en el ‘front bench’, el banco en primera fila donde se sientan los integrantes del Gobierno.

La foto la sacó y tuiteó la diputada laborista Anna Turley con esta frase: “La personificación de la arrogancia, los privilegios, la falta de respeto y el desprecio por nuestro Parlamento”.

Mientras Rees-Mogg estaba recostado, tenía la palabra la diputada Caroline Lucas, del Partido Verde, que le reprochó su desprecio por el Parlamento. En el vídeo se ve la cara que pone el tory cuando Lucas se refiere a él.

Momentos antes, Rees-Mogg había reprochado a los tories rebeldes que estaban dispuestos a votar la moción con la que la oposición y un grupo reducido de conservadores pretendían bloquear el No Deal Brexit. De ellos dijo que eran unos “illuminati”. Él, que como otros tories vendieron en la campaña del referéndum la fantasía de que el Brexit no iba a suponer ninguna conmoción social y económica y que la salida de la UE sería un proceso sencillo y sin sobresaltos, desde luego nada parecido a una huida sin acuerdo con la Comisión Europea.

Algunos periodistas comentaron que su tono altanero y pedante de costumbre podía ser contraproducente si algunos rebeldes tories se estaban pensando aún el sentido de su voto.

En la votación, 328 diputados votaron a favor de la proposición para bloquear el No Deal y 301 en contra. Como ya se había anunciado, o amenazado, los 21 conservadores que votaron contra el Gobierno serán expulsados del grupo parlamentario y no podrán presentarse a la reelección en las próximas elecciones. Entre ellos, Nicholas Soames, nieto de Churchill y 36 años en el escaño, o Kenneth Clarke, ministro en los gobiernos de Major, Cameron y May, y diputado desde hace 49 años.

El miércoles, el Gobierno de Johnson presentará una proposición para la convocatoria de elecciones anticipadas que necesita el apoyo de dos tercios de la Cámara.

El catálogo de las metáforas del Brexit tiene ya demasiadas fotografías. Muchas de ellas desvelan a políticos conservadores de clase alta que dicen representar los intereses del pueblo británico frente a las élites económicas y políticas. Pero no hay nadie más de élite que ellos, como el propio primer ministro, Boris Johnson, o el personaje excéntrico de la foto, el diputado Rees-Mogg, hijo de un exdirector de The Times, educado en Eton y Oxford y dueño de una buena fortuna (en torno a unos 55 millones de libras) por su trabajo en fondos de inversiones. El fondo del que era hasta julio copropietario abrió en 2018 una sede en Dublín, precisamente para poder operar en la Unión Europea una vez que se produzca el Brexit. Una cosa es ser euroescéptico y otra, perder dinero.

Sobre el respeto a las instituciones británicas a las que se decía defender frente al poder de Bruselas como símbolo de la UE, la imagen no deja lugar dudas.

Es la farsa del Brexit de la que Rees-Mogg es uno de sus representantes más distinguidos. Para esto ha quedado el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

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Si continuamos ignorando el cambio climático, acabaremos como el almirante Horatio Horntower

El cineasta Errol Morris y el actor Bob Odenkirk (‘Breaking Bad’) se han unido para enfocar la crisis del cambio climático desde la perspectiva suicida de los que niegan esa realidad que amenaza a todo el planeta. El almirante Horatio Horntower navega sobre un pequeño trozo de hielo por un océano que se ha tragado la Tierra. “Sólo soy un ser humano. Nada de esto es culpa mía”, dice negando la evidencia. Es la reacción que aún se puede escuchar en EEUU.

Al final de cada miniepisodio de 30 segundos, aparece un mensaje. Morris lo explica en la web Global Meltdown:

“Nunca he tenido el menor problema en creer en el cambio climático, el calentamiento del planeta o como quieras llamarlo. Las pruebas científicas son abrumadoras. Galileo respondió al arzobispo Piccolomini (o a otro prelado del Vaticano): “Y sin embargo, se mueve”. Hoy podríamos decir: “Y sin embargo, cambia”. ¿Pero qué hay que hacer? La lógica raramente convence a alguien de hacer algo. El cambio climático se ha convertido en otro motivo para la polarización política. Si Al Gore dijera que la Tierra es redonda, habría gente de la oposición que diría que la Tierra es plana. Es todo tan absurdo, tan ridículo.

He creado 19 spots de 30 segundos que retratan al personaje que he creado: el almirante Horatio Horntower. Es el almirante de una flota compuesta por una sola persona y quizá el último hombre sobre la Tierra. Espero que describa el absurdo y la desesperación de nuestra situación actual. No salen gráficos ni powerpoints, sólo un completo idiota interpretado por uno de mis actores favoritos, Bob Odenkirk”.

Aquí están los dos primeros vídeos. La secuencia completa se puede ver desde aquí.

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