Mitos y leyendas españolas sobre el referéndum de Escocia

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Una de las constantes en el análisis sobre los políticos nacionalistas catalanes habituales en la prensa de Madrid consiste en definir a los primeros como estrategas astutos y taimados, mientras el Gobierno central (sea el de Zapatero o el de Rajoy) está en manos de torpes aprendices que dejan hacer sin utilizar los recursos del Estado para aplastar a los secesionistas de una vez y para siempre, como si eso fuera posible. Recientemente, he leído que Victoria Prego lamentaba que ya no existiera en el Código Penal la opción de meter en la cárcel al político al que se le ocurriera poner en marcha un desafío similar al de Artur Mas.

Cuando en una democracia pretendes solucionar problemas políticos complejos con una orden de detención, comienza a quedar claro que has perdido la cabeza.

El referéndum de Escocia ha permitido además que aparezcan unos cuantos análisis basados en datos falsos. No me refiero ya a que algunos tengan el descaro –desde un país con la historia que tiene España– de dar lecciones de democracia liberal a los británicos, como así se ha hecho, sino a que, con la intención de extraer lo que podríamos llamar ‘lecciones catalanas’, se da información falsa o muy cuestionable. Todo con tal de destacar que David Cameron cometió un inmenso error al permitir el referéndum o que cayó en la trampa tendida por Alex Salmond.

Un buen ejemplo de ello es el artículo que publica este domingo el director de El Mundo, Casimiro García Abadillo. Para que no se diga que lo interpreto, aquí están los párrafos a los que me refiero:

“El líder del SNP ha actuado de acuerdo con la legalidad, entrando por la puerta abierta por el primer ministro británico.

De hecho, el referéndum no era la opción favorita de Salmond. Esta semana, el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, que conoce bien al líder nacionalista (su empresa tiene una fuerte implantación en Escocia), me contó que, durante una cena compartida por Patxi López e Iñigo Urkullu, Salmond confesó que su deseo era lograr un nivel de autonomía parecido al del País Vasco.

Y, de hecho, esa fue su oferta al Gobierno británico, que la rechazó sin contemplaciones, como la posibilidad de incluir en el referéndum una tercera alternativa: el aumento de las cotas de autonomía.

Cameron, cegado por las encuestas que hace dos años daban a los unionistas una holgada victoria, pensó que la mejor forma de no hacer concesiones era echar el órdago del referéndum para que los nacionalistas se callaran para siempre.”

Para cuestionar esta interpretación, es necesario extenderse en la explicación de las prioridades de Salmond y las opciones de ampliación de la autonomía escocesa después de las elecciones de 2011.

Es falso que el referéndum no fuera “la opción favorita de Salmond”. Ni que, si esto es lo que se deduce, el SNP montara la trampa de la consulta para arrancar más competencias de Londres. Otra cosa es que puede ser cierto que Salmond contara lo que Abadillo relata sobre su reunión con Sánchez Galán. Iberdrola controla Scottish Power, la principal empresa escocesa del sector de la energía. Evidentemente, Salmond no quería asustar con la carta de la independencia a una multinacional extranjera a la que al mismo tiempo se le estaba presionando para que Scottish Power continuara invirtiendo en las infraestructuras escocesas.

El SNP siempre ha estado a favor de la independencia y de una consulta que la hiciera posible. El proceso de “devolución de poderes” que puso en marcha el primer Gobierno de Tony Blair nunca ha sido su opción favorita. En origen, permitió la formación de un Parlamento escocés elegido por sufragio universal, pero con unas competencias bastante restringidas, y desde luego insuficientes para los nacionalistas.

La posibilidad de ampliarlas a través de negociaciones siempre ha estado sobre la mesa. Durante varios años, esa idea contó con el apoyo de laboristas y liberales demócratas (los primeros gobernaron Escocia entre 1999 y 2007), sin que el SNP mostrara un gran entusiasmo. No se iba a conformar con las competencias que pudieran interesar a un Gobierno escocés dirigido por laboristas.

La situación cambió cuando los nacionalistas, liderados ya por Salmond, ganaron las elecciones de 2007, pero su victoria no pudo ser más estrecha. Sacó un escaño de diferencia a los laboristas (47 a 46). En esa legislatura, su propuesta de un referéndum no tenía los votos suficientes para salir adelante en la Cámara de Edimburgo.

Salmond podría haber apostado por el aumento de las competencias de las instituciones escocesas (con las opciones Devo Max y Devo Plus), y ahí hubiera tenido el apoyo de los laboristas. Pero no quiso dar ese paso, quizá porque suponía que le obligaba a un largo proceso de negociaciones en el que no obtendría todo lo que quisiera. Desde luego, el SNP no estaba por aumentar la autonomía, sino por la independencia.

Sin mayoría, Salmond puso en marcha un proceso de consultas a la sociedad civil y propuso a los demás partidos negociar los términos de un referéndum por la secesión. Por eso, planteó como posibilidad en 2009 que hubiera cuatro opciones (mantener la unión sin cambios, aumentar ligeramente las competencias de Escocia, un aumento significativo o la completa independencia). No concretó demasiado ni dejó claro cuáles serían las diferencias entre la segunda y tercera opción. Los demás partidos descartaron de plano sus ideas y Salmond utilizó ese rechazo como eje de la siguiente campaña electoral.

Todo cambió con la espectacular victoria de Salmond en 2011 en la que sí obtuvo la mayoría absoluta con 69 escaños (en un sistema electoral concebido para impedir que un solo partido controle la mayoría de la Cámara). Eso fue una sorpresa hasta para los propios nacionalistas, que en sus cálculos internos esperaban llegar hasta los 56 escaños, pero no más allá.

Salmond tenía entonces legitimidad suficiente para plantear el asunto de un referéndum por la independencia. De entrada, podía ganar la votación en la Cámara de Edimburgo. El sueño de la independencia, que se veía hasta entonces como un horizonte a largo plazo, parecía estar ya mucho más cerca. Las encuestas no decían eso, pero no hay límites a lo que un Gobierno cree que puede hacer con la mayoría absoluta, en especial si nunca la ha conseguido.

Contra lo que dice Abadillo, Salmond nunca ha ofrecido a Londres un futuro constitucional que se limite a unas competencias como las del País Vasco. Su apuesta por la independencia era completa y obligaba a Cameron a una respuesta a la altura de las circunstancias. Siempre podría haber adoptado lo que podríamos llamar la ‘defensa española’, convertir a Londres en una fortaleza que dijera no a todas las propuestas escocesas. Por algunas razones, que tienen que ver por cómo se concibe la democracia en el Reino Unido, eso no era posible, y en la prensa hubo muy pocas voces que reclamaran la intransigencia más absoluta. Salmond había obtenido una victoria arrolladora con un programa que tenía derecho a intentar cumplir.

La legitimidad estaba de su lado, y no en el bando de los partidos que habían sufrido una derrota contundente. La campaña de los laboristas escoceses, muy centrada en el rechazo al referéndum por considerarlo el paso más seguro hacia la independencia, fue un fracaso. Curiosamente, en ese momento ya circulaban en el Parlamento británico varias proposiciones de laboristas, conservadores y liberales demócratas para aumentar las competencias del Gobierno escocés, también en el terreno fiscal. Era su forma de responder a la reivindicación independentista de Salmond. Con la nueva situación creada por las elecciones, ya no parecían tener mucho sentido y todos se olvidaron de ellas.

El cálculo de Cameron se basaba en el hecho de que el apoyo a la independencia estaba entonces un poco por encima del 30%. Si Salmond quería su referéndum, lo tendría, pero sólo en un proceso negociado con Londres. Salmond había dado a entender que no necesitaría el permiso del Gobierno británico. La mayoría de los expertos constitucionalistas decían lo contrario. Al no haber una Constitución escrita, todo quedaba a la interpretación… hasta cierto punto. Si el referéndum iba a ser vinculante, tendría que ser aprobado por las dos cámaras legislativas.

Inmediatamente después de las elecciones de 2011, Cameron ya había dado a entender que sería difícil evitar la consulta: “Sobre el asunto del Reino Unido, si quieren celebrar un referéndum, haré campaña con cada fibra de mi cuerpo para mantener unido al país”.

Ambas partes tuvieron que hacer concesiones. Cameron quería que se celebrara en 18 meses, a finales de 2013, y con una pregunta que fuera clara y terminante. No un referéndum en el que se preguntara a los escoceses si querían más autonomía (casi todos iban a decir que sí), sino uno que planteara de forma dramática la opción de la independencia. La idea, muy extendida en Londres, es que el nunca ganaría en esas condiciones. Además, seguro que pensaba que la legitimidad del Gobierno de Salmond para reclamar en el futuro más competencias quedaría bastante dañada con una derrota rotunda del no.

Sobre el tema de la fecha, los nacionalistas dijeron tras las elecciones de 2011 que querían celebrar la consulta cerca del aniversario de la batalla de Bannockburn (junio de 1314). Al final, incluso tuvieron más tiempo para prepararla. No fue en junio, sino en septiembre.

Salmond planteó además en esas conversaciones que el referéndum incluyera también la tercera opción del aumento de competencias (Devo Max). Por lo que veremos luego, era una forma de asegurarse la victoria con cualquiera de los dos resultados. No sabemos si fue en realidad una táctica negociadora para poder hacer alguna concesión que le garantizara sus prioridades: un referéndum vinculante y su celebración en la segunda mitad de la legislatura.

Lo que sí sabemos es que una parte muy importante del SNP (según algunos, la mayoría de su grupo parlamentario) estaba en 2012 en contra de incluir Devo Max (1) entre las opciones del referéndum. “Por lo que yo sé, la única persona que apoya Devo Max es Alex Salmond”, dijo un diputado del SNP. Algunos políticos nacionalistas y los grupos cívicos proindependencia afirmaron en público que sólo harían campaña por la separación completa del Reino Unido. La sospecha de que la inclusión de una tercera respuesta en la consulta fue una argucia negociadora de Salmond aumenta al leer estas declaraciones.

Devo Max ha recibido desde hace muchos años un apoyo generalizado en los sondeos escoceses (mucho antes de que Salmond pudiera tener su referéndum). Por más que los partidos en Londres nunca descartaran esa opción, tampoco mostraron mucho interés por ponerla en marcha. Los laboristas suponían, y ahora se ha visto que con razón, que provocaría una iniciativa similar reservada para Inglaterra, y se planteara por ejemplo que sobre los asuntos “ingleses” no voten los diputados escoceses. Ahí salen perdiendo.

Un sondeo encargado por BBC en octubre de 2011 planteaba las tres opciones: un 33% apoyaba Devo Max, un 28% la independencia y un 29% mantener sin cambios la situación actual. Lo que ocurre con un referéndum con tres preguntas es que la posibilidad de que ninguna obtenga el 50% es muy alta. Es decir, en primer lugar hacía muy difícil que ganara el a la independencia. ¿Pero en qué situación dejaba a la causa unionista?

Para entender la oposición de Cameron a incluir Devo Max en la papeleta, hay que saber que la hipótesis que se contemplaba por entonces en Londres no se correspondía con los números de esa encuesta de BBC.

El temor era otro, que la opción Devo Max restara muchos más votos al no a la independencia que al sí. Por el apoyo generalizado a la idea de más competencias para Escocia, podía ocurrir que el al statu quo (que se quede todo como está) fuera mínimo. Incluso si no obtenía la independencia, eso habría dado a Salmond un poder descomunal para exigirlo todo en unas negociaciones posteriores. La idea, sentimental y política, de la unión de Escocia con el resto del Reino Unido habría quedado muy tocada.

¿Y la independencia? En esas condiciones, sólo era cuestión de tiempo convocar otro referéndum, esta vez sí con la pregunta definitiva. Cinco, diez años… Eso no es tiempo cuando estás dando los pasos que crees que conducirán a la independencia de Escocia por las que ha trabajado toda la vida.

En relación a Cameron, hay que decir que nadie convoca un referéndum de forma que, con independencia del veredicto de las urnas, siempre saldrás perdiendo.

Lo que ocurrió después es que una encuesta de YouGov puso al por delante a menos de dos semanas de la cita, y los políticos británicos sufrieron un ataque de pánico. Ante la tesitura de la partición del país, ofrecieron en términos genéricos (pronto sabremos si cumplirán su palabra) la opción de una mayor autonomía para Escocia, porque temían lo impensable para ellos, la derrota. Ahora sabemos que ese sondeo era lo que se llama un ‘rogue poll’, una encuesta completamente desviada de la realidad, pero entonces ¿quién podía asegurar algo así y arriesgarlo todo?

Por tanto, es falsa la idea –sugerida por Abadillo y otros– de que Salmond aspiraba simplemente a una autonomía similar a la del País Vasco y que sólo la torpeza de Cameron le permitió el gran desafío. Simplemente, es un intento de hacer una lectura ‘española’ de los acontecimientos de Escocia con la intención de que el Gobierno se deje de historias y aplique la mano dura con Cataluña.

(1): Sobre las diferencias entre Devo Max y Devo Plus, tengo que decir que no puedo dar una explicación clara. Depende mucho de qué político o asociación la explique o reclame. Se supone que Devo Max garantizaría a un Gobierno escocés la mayor parte de las competencias económicas (y desde luego las fiscales), dejando en manos de Londres asuntos nacionales como la política exterior y la defensa para los que Edimburgo debería hacer una aportación económica. Digamos que sería algo parecido al Concierto Económico del País Vasco y Navarra. Dar por hecho que esa es la opción que Londres aprobará tras la victoria del no en el referéndum es en estos momentos muy discutible. Devo Plus supondría un aumento de las competencias pero sin llegar a ese nivel.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Esa canción en la escena final de ‘Los Soprano’. Y otras escenas de series de TV en las que la música era fundamental.

Sophia Loren, la niña que pasaba hambre.
–Fotos del rodaje de ‘La noche del cazador’.
–Un caballo, no. Un casco es lo que necesitaba Ricardo III.
–El accidente del vuelo 447 de Air France.
–El hombre que tuvo a Hitler a tiro… y no disparó.
–La fascinación por los piratas.
–Monólogo de un sicario de Pablo Escobar (entrevista).
Sartre, Beauvoir y el Che Guevara.
–’The Assassination of Margaret Thatcher’. Hilary Mantel.

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Contra los bombardeos de zonas civiles en Siria

Oxfam, Save the Children, Care, Amnistía Internacional y muchas otras ONG han lanzado una campaña para reclamar el fin de los bombardeos de zonas civiles en Siria.

Human Rights Watch denunció en julio que el Ejército sirio continúa utilizando las llamadas ‘barrel bombs’ contra zonas civiles controladas por los insurgentes, sobre todo en la zona de Alepo, vulnerando la resolución 2139 del Consejo de Seguridad de la ONU aprobada en febrero. Estos recipientes metálicos (una caldera, un bidón o un tanque de agua) se rellenan de explosivos y metralla y se lanzan desde un helicóptero. Sin ningún mecanismo de guía, los daños que producen son completamente indiscriminados y la población civil es su principal víctima.

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Escocia, sus jubilados y sus mujeres

mirror victorianoA veces los sondeos aciertan, quizá no con la cifra exacta, pero sí con el resultado. Parecen contradecirse con el ambiente en la calle o en la calle de las redes sociales, o con el impacto ante la opinión pública que tiene el hecho de que unos políticos lleven la iniciativa, y otros les sigan con la lengua fuera.

Escocia ha votado contra la independencia por una diferencia de 10,6 puntos, muy superior a la marcada por los sondeos y por el ambiente de pánico que se vivió en Londres en la última semana de la campaña (y de euforia en los círculos nacionalistas del norte). Es una demostración de que una parte de las quejas de los partidarios del estaban justificadas: la política y los medios de comunicación británicos suelen mostrarse bastante indiferentes a lo que ocurra en Escocia, y a veces parece que su nivel de conocimiento de los asuntos escoceses es manifiestamente mejorables.

La participación fue del 84,5%, un récord en cualquier contienda electoral en el país desde la aprobación del sufragio universal en 1918. Sin duda, un éxito de movilización democrática, pero insuficiente para Alex Salmond. Habría necesitado más papeletas en Glasgow (75%) y Dundee (79%), dos de los distritos donde ganó el .

Las encuestas sí anunciaron la victoria del no y dieron algunas pistas sobre su letra pequeña. Otro sondeo, hecho el día de la votación, ha venido a confirmarlas. Los mayores de 65 años y las mujeres fueron los grupos que arrojaron algunos de los porcentajes más claros contra la independencia. El 73% de los jubilados votó no, como también lo hicieron el 56% de las mujeres. Este último dato se veía venir, pero se creía que el voto de los hombres lo podría equilibrar. Eso no ha ocurrido: según este sondeo, el 53% de los hombres votó en contra.

Al otro lado, los jóvenes se mostraron como el mejor frente de la causa nacionalista. Votó sí el 71% de los jóvenes de 16 y 17 años, el 48% de los que tienen entre 18 y 24, y el 59% en el caso de los que tienen entre 25 y 34. Habrá quien piense que eso garantiza que dentro de 10 o 20 años se celebrará otro referéndum con resultado diferente. No se puede dar por hecho. La gente cambia, incluidas sus circunstancias personales o ideológicas, la realidad económica puede ser menos propicia, los líderes propios menos brillantes…, en definitiva, resulta muy difícil hacer pronósticos a 20 años vista.

Ese sondeo está pagado por Lord Ashcroft, un empresario millonario y exvicepresidente del Partido Conservador que paga de su bolsillo encuestas que suelen ser seguidas con interés. En su análisis, explica que la incertidumbre en relación a la libra fue un factor decisivo para los votantes del no. Era un flanco vulnerable de la campaña de Alex Salmond, y sus adversarios lógicamente lo aprovecharon. El 57% de los que votaron no destacan la moneda como uno de los factores que influyeron en su voto de forma decisiva. El 50% de las mujeres que votaron en contra apuntaron al futuro de la sanidad pública.

La incertidumbre (forma elegante de describir el miedo) actúa más en unos colectivos que otros. Los asuntos monetarios de un Estado siempre terminan influyendo en las pensiones. La capacidad financiera del país afecta muchísimo a su capacidad de gasto social. No es que sean temas que a los jóvenes les parezcan irrelevantes, pero para muchos no se encuentran entre sus preocupaciones personales inmediatas. No cuando tienes la oportunidad histórica de la independencia.

Entre los que eligieron la papeleta del sí, hay un motivo que destaca sobre los demás. El 74% cita su rechazo a la “política de Westminster”, es decir, a la política tradicional que se lleva a cabo en Londres.

El éxito del Gobierno de Salmond en los últimos años ha hecho que el nacionalismo haya pasado de ser una opción minoritaria a convertirse en el partido clave de Escocia. Esta derrota no cambiará eso. Ahora su protagonismo continuará presente por su participación en las negociaciones con el Gobierno británico sobre el aumento de competencias para Edimburgo. Ese es un debate marcado por la promesa (solemne, se dice en estos casos) de David Cameron, Nick Clegg y Ed Miliband de aprobar esos cambios si vencía el no.

El problema es que esa fue una promesa en el terreno de los principios, pero no incluía detalles. Como en todo asunto fiscal, la pelea será intensa. Se sabe que algunos diputados conservadores tampoco estaban muy de acuerdo con la oferta, aunque eso no debe sorprendernos. Son los tories más cerriles que no es que confundan el Reino Unido con Inglaterra, sino que creen que todo el país queda definido por su estrecha y tacaña visión de Inglaterra.

Pero no se puede desdeñar esos recelos porque también tienen que ver con otro proceso paralelo que podríamos definir como el contraataque inglés. Podemos dar por hecho que habrá un intento de reservar competencias similares a Inglaterra, y que también habrá laboristas que lo apoyen. ¿Cómo hacerlo? Hay distintas alternativas (crear una nueva Cámara sólo de representación inglesa o impedir que en los Comunes los diputados escoceses se pronuncien sobre asuntos fiscales únicamente ingleses), pero nada definidas.

El tópico dice en estos casos que nada será igual. Y aunque se diera el caso de que no haya más referendos en Escocia, en este caso se puede decir que el tópico se ajusta bastante a la realidad.

23.15

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Alex Salmond ha sorprendido a todos. Ha anunciado en la tarde del viernes que dimitirá como primer ministro de Escocia (y líder de su partido) para asumir personalmente el fracaso del referéndum por la independencia. Puede que haya sido derrotado, pero sigue siendo el político más popular de su país (es decir, Escocia).

Salmond había dicho en la campaña que no tomaría una decisión como esta, así que sus motivos últimos son aún un misterio. Un animal político de 59 años, en el mejor sentido de la expresión, no va a poner fin ahora a su carrera. Quizá sea una inversión. A corto plazo, ¿quién es la única víctima política del resultado de la consulta? Él, el mismo político que lo apostó todo para que los escoceses tuvieran eso que se llama el derecho a decidir. ¿Quiénes son los que sobreviven y los que está por ver que vayan a cumplir las promesas que hicieron al pueblo escocés si ganaba el no? Cameron, Miliband y Clegg, los mismos que ahora se pelearán por saber cuántas competencias deberán tener… ¿los escoceses? No, los ingleses.

La partida no ha terminado.

 

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Cameron no es Rajoy

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David Cameron no estaba pensando en Mariano Rajoy cuando ha hecho este comentario un día antes del referéndum de Escocia:

“Gobierno un país democrático, y cuando una de las naciones del Reino Unido eligió en las urnas a un Gobierno que reclama un referéndum, yo tenía que tomar una decisión. Podía decir ‘sí, puedes celebrar un referéndum, y esta es la forma de hacerlo de forma legal, definitiva y justa’ o podría haber metido la cabeza en la arena y decir ‘no, no vas a tener un referéndum’. Creo que la independencia de Escocia estaría hoy más cerca si hubiera tomado esa segunda decisión en vez celebrar un referéndum”.

No le falta razón. Es cierto que Cameron se está jugando la vida. Parece poco probable que pueda sobrevivir políticamente si gana el en el referéndum. Ahora está recibiendo algunas críticas en Londres, no por haber negociado con Alex Salmond la celebración de la consulta, sino por detalles concretos: dejar que el representara el apoyo a la independencia en la papeleta (pedir el no termina obligando a hacer una campaña negativa), la fecha de la consulta, su pasividad hasta una semana antes de la cita, etcétera. Nadie tiene valor para decir que Cameron debería haber adoptado la táctica de la avestruz y fingir que en Escocia no pasaba nada.

Es una más de las muchas diferencias entre el Reino Unido y España.

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Martin Amis, Irvine Welsh, y Escocia

En Channel 4 entrevistaron el lunes a los escritores Martin Amis e Irvine Welsh sobre el referéndum de Escocia. Ambos viven ahora en EEUU, pero tienen muy claras sus ideas sobre el tema. Se le ve perplejo y dolido a Amis, nacido en Galés y partidario de la unión. Lo que le pasa al autor de ‘Campos de Londres’ es que no entiende cómo se ha podido llegar a esta situación. Welsh se muestra orgulloso del proceso que ha desembocado en este referéndum y es partidario de la independencia.

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También hay sitio para la crispación en Escocia

Son muchos los que se felicitan del ambiente político en el Reino Unido que hizo posible la convocatoria del referéndum de Escocia y del nivel e intensidad del debate público que se está produciendo en estos momentos. Inevitablemente, se continúa después con las palabras ‘a diferencia de España’, el país de la crispación, las descalificaciones y el drama permanente.

Bien, puede que sea cierto, pero que nadie piense que la contienda escocesa está teniendo lugar con el más absoluto repleto a las reglas del marqués de Queensberry. Hay golpes bajos, alegaciones demagógicas, acoso a los medios, amenazas en las que la munición consiste en estudios económicos muy discutibles…, qué demonios, casi se podría decir que es como España, pero con peor tiempo. Lo que se está jugando es demasiado importante como para esperar que nadie pierda la calma.

Este domingo los nacionalistas escoceses adoptaron la línea oficial habitual en ciertos sectores de la derecha británica: la culpa de todo es de la BBC.

Un millar de personas se manifestó ante la sede de la BBC en Glasgow. Como se ve en la imagen, había una gran pancarta dirigida contra Nick Robinson, corresponsal político de la BBC. Al igual que otros periodistas de la cadena, su trabajo consiste en hacer preguntas difíciles a los políticos, y eso es algo que no ha gustado mucho a Alex Salmond en el pasado, incluida esta campaña. Dicho esto, no es una sorpresa que en temas sensibles la BBC se coloque del lado del establishment, pero siempre incluye las dos opiniones enfrentadas. Lo que ocurre es que la inmensa mayoría de los políticos británicos está contra la independencia y eso seguro que se nota en los informativos.

Salmond tiene motivos para quejarse de las maniobras del Gobierno, pero no para acusar a BBC de estar a su servicio. La noticia de que los bancos RSB y Lloyds abandonarían su sede de Edimburgo para trasladarse a Londres en caso de independencia (y continuar así bajo el paraguas del Banco de Inglaterra) tenía el máximo interés informativo. Incluso así, hay que recordar que, según el Herald, el Ministerio de Hacienda envió un email a la BBC con esa información antes de que terminara la reunión del consejo del RBS en la que se debía decidir sobre si hacer público el hipotético traslado. Esta claro que hubo alguien que no quería arriesgarse a que le dejaran sin el titular.

telegraph escocia

En el apartado ‘no dejes que la realidad y el buen gusto te estropeen una portada salvaje’, es difícil superar la primera página del Sunday Telegraph del pasado domingo. Reclutar la ayuda de los cadáveres de los soldados muertos desde los años 60 es un truco muy sucio. Los votos de los muertos no cuentan en el escrutinio ni los vivos deben manipularlos en su favor.

Informar sobre las repercusiones económicas de la separación es perfectamente legítimo. El votante tiene derecho a saber las posibles consecuencias de su decisión y no contentarse con los típicos mensajes de los políticos (todo va a ir bien o vamos a morir todos). Pero la economía no es una ciencia exacta, y anunciar un aumento seguro de los precios en los supermercados o de los intereses de las hipotecas forma parte del repertorio propagandístico cuando se quiere meter miedo. Como dice Robert Peston (uf, también de BBC), los economistas no pueden predecir el futuro como si lo estuvieran viendo; si fuera así, Irlanda todavía sería el próspero tigre celta de la UE que se iba a comer el mundo.

Por otro lado, los políticos a veces fomentan de forma indirecta los augurios catastrofistas que les perjudican. Cuando Salmond responde a la negativa de Londres a permitir una unión monetaria de los dos estados con la amenaza de que en ese caso una Escocia independiente se negaría a pagar su parte de la deuda británica, lo que está anunciando es un proceso de negociaciones a cara de perro repleto de incertidumbres en el que caería la libra, la credibilidad financiera del nuevo Estado estaría en suspenso y los escoceses podrían pensar que sus ahorros estarían más seguros en Londres. Nada que pueda beneficiar a ambos lados.

23.00

A última hora del miércoles, un incidente ha venido a confirmar que no todo es tan civilizado en la campaña. Un grupo de partidarios del sí han acosado al líder laborista Ed Miliband en una visita a un centro comercial de Edimburgo.

Los gritos y los insultos (le han llamado “jodido mentiroso” y “asesino múltiple”, nada menos) han hecho que Miliband haya tenido que acortar la visita.

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El debate interno en los partidos beneficia a todos

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¿Le interesa a la izquierda que haya un intenso debate interno en la derecha? ¿Sale beneficiada la derecha cuando ese debate se produce en la izquierda? La respuesta a las dos preguntas es sí, pero no por las razones en las que quizá esté pensando el lector (no, no sólo porque es muy tranquilizador que el rival sufra cortocircuitos internos) . La presumible defunción de la reforma de la ley del aborto antes de nacer es un buen ejemplo.

Según una información de El Mundo, el Gobierno “se inclina” por dejar morir el proyecto de Gallardón de restringir el derecho al aborto. Quizá la decisión definitiva no esté tomada, pero si va en esa línea, no debería sorprendernos. El Gobierno ha tenido muchos meses para presentar el proyecto de ley en el Congreso. Ya a finales del año pasado, se dijo que era cuestión de tiempo, y no mucho, sin que hasta ahora haya llegado a la Carrera de San Jerónimo.

La razón principal de ese retraso tiene que estar en el origen de la retirada. La reforma provocó considerables recelos dentro del PP, y del Gobierno, cuando no una completa oposición. Había razones ideológicas (no todos los dirigentes del PP son ‘cristianos renacidos’ como el ministro de Justicia) y tácticas para marcar distancias con un proyecto que en la práctica acababa con un derecho o planteaba todo tipo de obstáculos a la interrupción del embarazo en caso de malformación del feto.

Tanto Pedro Sánchez como grupos de izquierda han alardeado de que esta derrota de Gallardón ha sido posible gracias a su intervención, la oposición del PSOE a pactar la reforma o la movilización en la calle. Ambos factores han sido muy importantes, porque ambos inciden en la segunda razón por la que dirigentes del PP estaban en contra de la guerra santa de Gallardón. Antes de unas elecciones complicadas, nunca es inteligente conceder al rival malherido una bandera que sirva para movilizar a sus seguidores.

A menos que pensemos que el PP se muestra sinceramente implicado en la defensa de los derechos de la mujer tal y como los entienden los grupos feministas (respuesta rápida: no) y por tanto es sensible a las críticas que recibe desde ese campo, hay que suponer que la reforma no llegará a buen puerto por las discordias internas que provoca, y no por otras razones.

Y es ahí donde importa valorar los efectos del debate interno de los partido sobre asuntos especialmente relevantes y su capacidad para que la gente pueda mantener su confianza en las instituciones democráticas. La disciplina de voto entendida como la negativa a aceptar discusiones en público sobre proyectos del Gobierno y el cierre de filas en caso de polémicas hacen de la política española un erial en términos de responsabilidad y rendición de cuentas. El Gobierno se convierte en el único eje de la actividad política, y el Parlamento se queda con la función de dar salida a las leyes en medio de ovaciones enfervorizadas (no olviden que en el Senado los representantes del PP aplauden a Rajoy cuando entra en el hemiciclo sin necesidad de que abra la boca). Sólo faltan las cheerleaders y la banda en los escaños.

Cuando esa discusión interna existe, cabe la posibilidad de que no siempre el aparato imponga sus deseos, que no todo se reduzca a que un ministro endose su proyecto favorito a un presidente absentista, mientras la vicepresidenta hace lo posible fuera de cámara para que no salga adelante en la forma en que llegó a su mesa. Otros dirigentes pueden mostrar en público su discrepancia (con más cuidado y tacto, todo hay que decirlo, que el de los puercoespines cuando se aparean) y al final los que tienen que tomar la decisión final son más conscientes de los inconvenientes políticos y, sobre todo, electorales, de la medida.

El debate interno ayuda a los partidos a no confiar ciegamente en un líder como si fuera un mesías, que luego les llevará al hundimiento electoral (el caso de Zapatero en el PSOE) o a adoptar cambios estratégicos que hubieran sido imposibles no mucho tiempo atrás (la apuesta de IU por la confluencia con otras fuerzas de izquierda).

En democracia, es bueno que el líder, carismático o no, mire de vez en cuando por el retrovisor para ver si alguien le está siguiendo. Es peligroso no hacerlo hasta que llegue la campaña electoral, momento en que ya es demasiado tarde para preguntarse dónde está toda esa gente que te votó en las anteriores elecciones.

 

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Roger Rabbit y otros personajes que ya no son lo que eran.

Star Sesame Wars (con el malvado Darth Baker).
Al Pacino no está muy interesado en el pasado. En el suyo.
–Todo lo que te puede matar (que es todo).
–Cómo se enrolla un Picasso.
Un vistazo a la Tierra desde la Estación Espacial.
Nueva York a cámara muy lenta.
Los tiburones no son una plaga en el mar. Los seres humanos, sí.
–Así es la erupción de un volcán.
–Adictos al azúcar, sobre todo en Brasil.
Los arqueólogos no soportan a Indiana Jones.
–Las cosas que se te caen de las manos.
Una piscina en Bruselas tiene la mayor profundidad del mundo: 33 metros.

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Las encuestas en Escocia y el voto del miedo

ns statesmanEl susto de muerte que se llevó el domingo el establishment británico con la encuesta de YouGov que colocaba por delante al en el referéndum de Escocia quedó un poco atenuado en la noche del jueves con una nueva entrega de la misma empresa.

Esta vez YouGov puso por delante al no con un 52%, frente al 48% del . Es un vuelco considerable en un sondeo cuyo trabajo de campo se hizo entre el martes y el jueves.

Otra encuesta, la de ICM para The Guardian, concede al no una ventaja de dos puntos (51%-49%). En ambos casos, las diferencias no son tan claras como para pronosticar el resultado y es muy posible que esa incertidumbre continúe hasta el final. The Guardian destaca que ICM acertó con el referéndum de la reforma electoral de 2011. Por el contrario, YouGov se quedó muy lejos del veredicto final.

Si el voto femenino vuelve a estar inclinado en favor del no con una diferencia de diez puntos, según ICM, ese puede ser un factor decisivo.

Ambos sondeos se hicieron cuando Londres abandonó cierta complacencia anterior y se lanzó a la batalla, lo que incluye un completo repertorio de anuncios de catastróficas desdichas si a los escoceses se les ocurre votar por la independencia.

Peter Kellner, presidente de YouGov, interpreta que ese mensaje de miedo económico ha empezado a calar en algunos de los votantes: “Ahora los pesimistas (sobre la viabilidad económica de una Escocia independiente), 48% (seis puntos más que la semana pasada), superan claramente a los optimistas, 37% (tres puntos menos). Y la proporción de los que creen que personalmente les irá peor en su economía con la independencia ha subido ocho puntos en una semana, hasta el 45%, la cifra más alta desde diciembre”.

Scot ind money

Lo que podríamos llamar la campaña del miedo no necesita asustar a la mayoría de los escoceses. En un contexto tan equilibrado de intención de voto, cualquier pequeña variación puede terminar siendo decisiva.

El nacionalista Alex Salmond no ha reaccionado muy bien a las últimas noticias sobre el casi seguro abandono de Escocia por los grandes bancos como RBS y Lloyds que tienen su sede en Edimburgo. En realidad, esa es su sede central oficial, porque la operativa está en Londres, como el propio Salmond ha comentado. El primer ministro escocés acusa al Ministerio de Hacienda de haber filtrado la información y a la BBC de difundirla, aunque en realidad los propios bancos lo han confirmado o no lo desmienten.

Al mismo tiempo que denuncia la actitud de Londres, Salmond ha restado importancia al traslado. Es una respuesta algo contradictoria que muchos votantes encontrarán difícil de entender.

Lo que ocurre en realidad es que a Escocia le conviene que esos gigantes bancarios estén fuera. Todos esos bancos cuentan con activos diez veces superiores al PIB de Escocia. Es un desequilibrio no muy distinto al que tenía Islandia antes del estallido de la crisis financiera.

En otras palabras, si Escocia hubiera sido independiente en 2008, no habría podido rescatar por sí sola al Royal Bank of Scotland (RBS), como se vio obligado a hacer el Gobierno británico.

Si todo se limitara a las grandes corporaciones financieras, el impacto podría ser limitado. Ese es un tema que, con independencia de lo que ocurra con los bancos, tiene que ver mucho más con una cuestión aún por resolver: si una Escocia independiente utilizará la libra o una moneda propia. Salmond afirma que la primera es una opción factible. Desde Londres, se discute esa idea (no van a poner una alfombra roja al camino hacia la independencia) o se recuerda que sin el recurso de la libra un futuro Gobierno escocés estaría obligado a garantizar un superávit presupuestario. Un informe del banco UBS calcula que en ese caso Escocia debería reunir unas reservas de entre 50.000 y 72.000 millones de libras.

En cualquier caso, hay en el posible uso de la libra una paradoja: Escocia tendría la independencia, pero su soberanía financiera sería muy reducida porque dependería de decisiones tomadas por el Banco de Inglaterra (una situación, por otro lado, no muy diferente a la de los países de la eurozona que entregaron su capacidad de decisión al BCE).

La presión desde Londres va más allá de los bancos. Da la impresión de que el Gobierno está utilizando todas las teclas disponibles.

Alguno pensaría que Downing Street desmentiría esta información de un periodista de BBC sobre una reunión de Cameron con los responsables de las grandes cadenas de supermercados. Muy al contrario. Sus portavoces dejaron claro que el primer ministro lleva tiempo reclamando a los líderes políticos, sociales y económicos que se manifiesten públicamente en favor de que Escocia siga formando parte del Reino Unido. Claro que una cosa es afirmar eso y otra muy diferente anunciar subidas de precios en los productos que el consumidor encuentra en las estanterías de los supermercados.

Robert Peston explica que la independencia no saldrá gratis. Eso no quiere decir que vaya a tener un precio prohibitivo. La incertidumbre sobre cuál será la política económica de un Gobierno escocés afectará a expectativas de inversiones, empleo y precios. Esas dudas no tienen por qué durar siempre. Las repercusiones serán múltiples. Por ejemplo, en el plano comercial, los productos escoceses ya no serán “británicos”, y eso siempre afectará a sus ventas al sur de la nueva frontera. El consumidor, por otro lado, suele tener unas marcas favoritas o de confianza, y tampoco va a cambiar radicalmente de hábitos de compra sólo porque ese producto se elabore o fabrique en Escocia.

Al ser un mercado más pequeño, Escocia dejará de tener las ventajas de formar parte de un mercado mayor (el Reino Unido). Obviamente, el objetivo de un Gobierno escocés consistirá en que en muchos aspectos Gran Bretaña siga siendo en la práctica una sola entidad económica con dos estados separados. No sería muy inteligente empezar a levantar barreras comerciales o de inversiones, porque en ese caso los escoceses sí que saldrían perjudicados.

Lo malo es que no depende sólo de Edimburgo, y por eso los partidarios del no continúan advirtiendo de que la independencia supondrá una penalización económica, y no sólo una etapa de incertidumbre.

Si hablamos de la evidente apuesta del bloque del no por el voto del miedo, tampoco se puede obviar la descripción con tintes tremendistas de la realidad política del Reino Unido por los partidarios de la independencia. Al escucharles, cualquiera diría que Gran Bretaña es una especie de Estado fallido, mientras Escocia (que es por cierto más pobre que Inglaterra o no tan próspera) es un paraíso bañado en whisky que, libre de ataduras, se convertirá en una de las naciones más prósperas de Europa.

Es el voto del miedo, pero al revés: salgamos del Reino Unido si queremos salvarnos de un destino de corrupción y depravación.

 

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