Trump, el presidente-empresario que no sabe que su poder no es ilimitado

‘Damage control’ es una de las expresiones que más aparece en la información política de los medios norteamericanos. No hay que ser un político hundido en la miseria para que tus asesores se dediquen a intensos ejercicios de ‘damage control’. En realidad, es una actividad a tiempo completo. El trabajo de todos los días.

Los requisitos son varios. Reunir a las tropas. Negar la evidencia. Montar algún tipo de acto para el político en territorio favorable, algo que no pueda salir mal. Desdeñar las acusaciones como ejemplo de politiqueo. Sobre todo, pasar cuanto antes a modo ataque: recordar a tus votantes que nada honesto sale de las bocas de sus rivales políticos. Y aún menos de los periodistas.

Cualquier cosa menos dejarse llevar por el pánico. Más o menos, lo contrario de la práctica habitual de la Casa Blanca de Donald Trump.

Trump cometió un error de manual, algo que ningún político profesional habría osado hacer en estos momentos: destituir al director del FBI en mitad de una investigación que puede implicar a gente cercana al presidente. Se aseguró así que las indagaciones sobre lo que la Casa Blanca sabía y cuándo lo supo se prolonguen durante años.

Pensaba que los demócratas le iban a aplaudir por eliminar al que algunos acusaban de ser el máximo responsable de la derrota de Clinton. Pero una historia del pasado por reciente que sea no puede competir con el más rabioso presente.

Los demócratas afilaron los cuchillos, pero pronto descubrieron que iban a necesitar armamento con potencia de fuego. No paraban de llegarles regalos.

La revelación de que James Comey había convertido sus conversaciones con Trump en informes –para que quedara constancia oficial de los preocupantes mensajes que recibía del presidente– confirmaba una vez más que hay altos cargos que pueden ser más peligrosos muertos que vivos.

La frase “I hope you can let this go” estalló en todos los medios. Trump intentaba convencer al director del FBI de que cerrara la investigación de Michael Flynn, su por poco tiempo consejero de Seguridad Nacional que dimitió por mentir al vicepresidente Pence sobre sus contactos con el embajador ruso. O quizá sólo fuera la expresión de una esperanza, porque Trump se había revuelto contra sus asesores por haberle convencido de que tenía que deshacerse de Flynn.

Con siete palabras, no puedes iniciar un proceso de destitución de un presidente. Pero nadie sabe cuántas palabras más ha pronunciado Trump que estén ahora en esos informes de Comey. Y sabemos que nada más ser elegido Trump le preguntó si iba a ser “leal” hacia él, una situación realmente embarazosa para el director del FBI de la que salió como pudo.

Comey no fue “leal” y prosiguió la investigación sobre Flynn e incluso pretendía ampliarla con la petición de más recursos al Departamento de Justicia. Eso condujo a su cese y al inicio de un periodo de varios días que todos definen como los peores momentos para Trump y sus ahora perplejos asesores. No paran de mirar a sus móviles para ver si ha llegado una alerta del New York Times o el Washington Post. Las noticias suelen ser entre malas y horribles.

¿Por qué Trump se dejó llevar por el instinto y acabó con Comey? Porque es Trump, el mismo empresario millonario que siempre se salía con la suya. Aplicó el manual del magnate inmobiliario de Manhattan a las primarias republicanas y le salió bien. Lo adaptó a las elecciones y volvió a obtener el resultado que parecía fuera de sus posibilidades. Ya en la Casa Blanca, ¿por qué iba a cambiar de método?

¿Cómo dirigía a su gente cuando era el jefe de la corporación que lleva su nombre? ¿Cuáles eran sus métodos? Muy sencillo. Cuando un empleado no cumple las órdenes o no muestra la necesaria lealtad, se le despide. Si se le ocurre presentar una demanda en los tribunales, se le lanza un ejército de abogados para que lo hundan en la miseria y se intenta destruir su reputación. Si un socio le demanda por no haber cumplido un contrato o negarse a pagar una deuda, se le responde con otra demanda.

Eso es lo que hizo con el director del FBI. Para él, sólo un empleado más. No el responsable de la máxima agencia federal de seguridad, que en teoría debería servir al Estado, que tiene un mandato de diez años para intentar garantizar su independencia. No el jefe de policía de una ciudad que puede ser cesado por el alcalde.

Sus empleados, los de verdad, saben cómo deben comportarse y también como aprovecharse. Un periodista de The Economist, que entrevistó a Trump en el despacho oval, escribió que “era como estar en un palacio real hace cientos de años con gente entrando y saliendo, intentando captar la atención del rey… El papel de algunas figuras bastante importantes, incluidos secretarios del Gabinete, era meterse en la conversación para mostrarse de acuerdo con lo que el presidente acababa de decir”.

Como en una antigua Corte, los asesores se ocupan de suministrar al rey las noticias que más favorecen sus prioridades. Trump tiende a verse influido por la última novedad que recibe. Puede hacer que cambie de planes o que se oponga a un nombramiento en su Gobierno (y en el caso de un asesor del secretario de Vivienda, Ben Carson, que sea despedido de forma fulminante). Y la dieta informativa a veces incluye piezas que podrían definirse como teorías de la conspiración que circulan por Internet. Sobre lo que sale en Fox News, a veces no mucho más fiable, se ocupa directamente el presidente, un ávido consumidor de sus programas.

El cese y la aparición del contenido del informe de Comey, además de provocar una futura comparecencia del exdirector del FBI en el Senado, han originado la aparición en escena de un nuevo protagonista en el complicado universo de los problemas legales de Trump. El número dos del Departamento de Justicia ha nombrado consejero especial para la investigación de la conexión rusa a otro exdirector del FBI, Robert Mueller.

Los demócratas se quedan sin un fiscal especial como pedían, pero los poderes que tendrá Mueller son muy similares a los de un fiscal. Puede citar a testigos e incluso procesar a un sospechoso. Dependerá del fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, que podría cesarle, pero esto último sólo aumentaría los problemas legales de Trump hasta niveles aún desconocidos. Y si Trump destituye a Rosenstein por no deshacerse de Mueller en unos meses, ahí sí que tendríamos el equivalente perfecto a la matanza del sábado noche en la presidencia de Nixon.

Mueller, de 72 años, no será por tanto un simple empleado del presidente.

Tras la comparecencia de Rosenstein en el Senado, el senador Lindsey Graham dijo: “Hasta ahora era una investigación de contrainteligencia (por esa posible interferencia rusa). Me parece que ahora deberíamos considerarla una investigación penal”.

En esa investigación penal, los sospechosos están en dos sitios: la campaña electoral de Trump y la Casa Blanca. Y a largo plazo, no es seguro apostar por la lealtad de alguien que debería pensar en contratar a un abogado para no acabar en prisión.

Dos mensajes de Trump y Rajoy sorprendentemente parecidos. 19 mayo.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Agent 327: Operation Barbershop.

–La furia de Jack Nicholson.
–Por qué los planetas son tan parecidos en las pelis de ciencia-ficción.
–La última de Alien confirma que Hollywood está arruinando la ciencia-ficción.
–Serios indicios de que Blade Runner 2049 no será muy original.
David Lynch intenta el más difícil todavía con ‘Twin Peaks’.
–Disney ha hundido a Pixar.
Robert de Niro explica cómo será su Madoff.
–Gore Vidal recuerda a Orson Welles.
–Una historia oral de la caída de la banda The Strokes.
–La gente está condenada a caer en la trampa de los emails de phishing.
–Una historia del té.
–Hay razones médicas para prescindir del canibalismo.

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Dos mensajes de Trump y Rajoy sorprendentemente parecidos

La polémica relación entre Donald Trump y Michael Flynn nos trae recuerdos de los SMS que envió Mariano Rajoy a Luis Bárcenas cuando se supo que el tesorero del PP tenía una cuenta en Suiza. En especial, un mensaje que no es que sea similar, sino que es casi idéntico.

El de Rajoy lógicamente lo conocemos (“Luis, sé fuerte”). ¿Qué es lo que ha dicho Trump al que fue su consejero de Seguridad Nacional hasta que se vio obligado a dimitir por mentir sobre sus contactos con el embajador ruso durante la campaña electoral? “Stay strong”.

Lo cuenta Michael Isikoff, periodista de investigación durante varios años en Newsweek (cuando esa revista valía la pena), en un artículo en Yahoo News.

Flynn perdió su cargo, pero ahora tiene problemas más serios. Fiscales federales y agentes del FBI le investigan por esos contactos con rusos, y también por su labor como lobista para un empresario turco muy cercano a Erdogan. Congresistas de ambos partidos quieren que comparezca ante el Congreso, pero es probable que prefiera no hacerlo y que se acoja a su derecho a no declarar en su contra. Su abogado ya ha pedido que le concedan inmunidad por lo que diga en su declaración.

Su situación legal desencadenó la destitución del director del FBI, al que Trump intentó convencer de que pusiera fin a la investigación de Flynn.

Isikoff cuenta que a finales de abril Flynn se reunió en un restaurante con amigos, entre otras cosas para tantear futuras oportunidades de trabajo. Le preguntaron por su opinión sobre Trump, que había ordenado su destitución, aunque luego se ha arrepentido de ello.

“Flynn no dejó dudas con su respuesta. No sólo seguía siendo leal al presidente Trump. Comentó que el presidente y él seguían en contacto. ‘Recibí hace poco un mensaje del presidente para que me mantuviera fuerte’ (stay strong), dijo Flynn después de que acabara la comida, según dos fuentes cercanas a Flynn y que conocen la conversación, que se produjo el 25 de abril”.

Es una pena que Isikoff no sepa cómo se envió el mensaje. Hubiera sido demasiado que también fuera un SMS. Tratándose de Trump, lo más probable es que fuera una conversación telefónica.

Según estas fuentes, resulta difícil de creer que Flynn vaya a declarar contra Trump o haga alguna revelación que pueda poner en aprietos legales al presidente. Su relación en la campaña fue muy intensa y lo ha seguido siendo después, dicen. “Flynn siempre creyó que Trump ganaría. Pasaron tanto tiempo juntos en la campaña que Flynn se convirtió en parte de la familia (de Trump). Hay cero posibilidades de cualquier cosa que no sea lealtad total” (de Flynn hacia Trump).

Por tanto, parece que Flynn ha hecho caso a Trump y se mantiene fuerte.

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Los guardaespaldas de Erdogan agreden a manifestantes kurdos en Washington

Erdogan ha sido recibido en la Casa Blanca por Trump con todos los honores. Se ha comprometido a apoyarle en su guerra contra el PKK kurdo y ha elogiado sus esfuerzos, sean los que sean, por poner fin a la guerra de Siria, aunque la prioridad del Gobierno turco no parece ser esa. “Un gran honor tenerlo en la Casa Blanca con nosotros”, ha dicho Trump.

El mismo día, había una concentración frente a la residencia del embajador turco en Washington, cuando Erdogan estaba dentro. Estaba convocada por el partido de los kurdos sirios. La policía ha denominado enfrentamiento a las peleas ocurridas en el exterior, pero las imágenes dejan bastante claro quién pega más fuerte. En el comienzo, los que están en la parte izquierda de las imágenes son guardaespaldas de Erdogan y personal de la embajada. En la parte derecha, están los manifestantes. Tras un momento de calma, cuando la policía los separa, los guardaespaldas se lanzan a la zona ajardinada para golpear a los manifestantes. Los escoltas propinan patadas a algunos que han caído al suelo, varias veces en algunos casos.

Hubo nueve heridos y dos detenidos. La policía de Washington adoptó una postura bastante pasiva en la batalla, que se produjo en suelo norteamericano. Los guardaespaldas de Erdogan no tuvieron problemas para comportarse como si estuvieran en su país.

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El hundimiento de Schulz y lo que revela de la crisis de los socialdemócratas

Martin Schulz ha pasado de ser la gran esperanza de los socialdemócratas alemanes para conseguir lo imposible –derrotar a Merkel en las urnas– a convertirse en el cartel de una derrota inevitable en los comicios de septiembre. Hace cuatro meses, fue elegido candidato del SPD y muy pronto su partido disfrutó de un ascenso de casi diez puntos en las encuestas alcanzando a la intocable Merkel. Desde entonces, ha enlazado tres derrotas consecutivas en las elecciones regionales del Sarre, Schleswig-Holstein y Renania del Norte-Westfalia. La última es especialmente dolorosa porque deja a los socialdemócratas sin el Gobierno de uno de sus grandes baluartes, donde gobernaba en coalición con los verdes, que es también el Estado más poblado del país.

Wolfgang Münchau tiene una teoría en el FT sobre el rápido hundimiento del SPD con Schulz:

“Cuando la gente concedió a Schulz el beneficio de la duda hace cuatro meses, él malinterpretó las señales. No llegó a presentar un programa. No clarificó su posición sobre si aceptaría una coalición con Die Linke (La Izquierda). Cuando habló con los sindicatos en enero, pareció distanciarse de algunas de las reformas económicas que el SPD había apoyado antes. Y cuando habló recientemente con dirigentes empresariales, definió al SPD como un partido favorable a las empresas. En política económica, no veo diferencias materiales entre los dos grandes partidos, excepto que los democristianos de Merkel quieren utilizar el superávit fiscal para aprobar un recorte fiscal insignificante, mientras que el SPD propone un programa de inversiones insignificante”.

Habrá quien diga que seguro que a muchos votantes alemanes esas inversiones prometidas por el SPD no les parecen tan insignificantes o que los partidos no deben presentar su programa electoral hasta la campaña electoral como muy pronto (algunos partidos hasta creen que basta con unos folios repletos de generalidades o una “conferencia política” en la que se reiteran los grandes principios en los que han creído siempre).

También se puede llegar a otras conclusiones, como la de pensar que la caída del SPD –el fin del “cuento de hadas”, por usar el término que Münchau elige para su titular– tiene unos cuantos puntos en común con la situación que sufren otros partidos socialdemócratas en Europa, empezando por el PSOE.

Schulz ha repetido un modelo de campaña que conocemos bien en España. No tomar decisiones arriesgadas. Difundir mensajes diferentes destinados a públicos distintos, pero intentando convencer a todos los interlocutores que no tienen nada que temer del partido, que todo será igual o diferente en función de la audiencia. Vender una política económica que sea distinta de la actual, pero sin que suponga un cambio radical que asuste a los votantes. Confiar en que el regreso al 40% de votos de años anteriores –muy anteriores en algunos casos– pasa simplemente por un cambio de líder, porque todo se reduce a encontrar un candidato que sepa ganar. Mantenerse a una prudente distancia de aliados potenciales, que tras las elecciones serían imprescindibles, para no contaminarse con su cercanía.

En inglés, existe la expresión ‘big tent’ para definir al partido que logra armar una especie de coalición con diversos grupos sociales para extender al máximo su capacidad de atraer votos, habitualmente restringiendo su mensaje a una serie de principios muy básicos. Es normal que en un sistema bipartidista, como lo era antes España, cada uno de los dos grandes partidos sea en la práctica una gran tienda en la que quepan votantes de circunstancias sociales, económicas y políticas muy distintas.

Parece que los socialdemócratas no están ya en condiciones de ocupar ese papel en Europa Occidental y están obligados a tomar decisiones muy complicadas en los próximos años. Tienen que elegir, que es a fin de cuentas de lo que se trata en política. Martin Schulz acaba de descubrirlo.

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Por qué hay que leer ‘Guerra y paz’

La otra opción es ver la versión cinematográfica de la novela de Leon Tolstoi más épica hecha nunca, inevitablemente realizada en Rusia.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Los personajes de Harrison Ford tienen una extraña forma de conquistar a las mujeres.

–La influencia de ‘Twin Peaks’ en los creadores de grandes series.
–50 grandes planos de las películas de ‘Star Wars’.
–Una guía cronológica de todas las películas de Alien.
–Frederic Raphael sobre Audrey Hepburn, Julie Christie y otras grandes actrices.
–Luc Sante escribe sobre Chaplin.
–El mito del vampiro lleva siglos entre nosotros.
–Lolita no es una niña perversa, dijo Nabokov, sino una víctima.
–En los documentales de naturaleza, el sonido viene después.
–El animal más rápido de la Tierra.
–La historia de Prince contada por los que le conocieron.
–La amenaza de los mosquitos será mayor en el futuro.
–Los coches autónomos son una gran oportunidad para los hackers.
–😬: el emoji que define una época.

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La cabeza de caballo en la cama del FBI

En las películas de la mafia, a veces lo importante no es cargarse al enemigo o enviar el mensaje definitivo, sino elegir la forma adecuada de hacerlo. No es suficiente con enviar a los sicarios. Alguien ha dicho ‘basta’ y tiene que quedar muy claro. Cristalino.

Un periodista de NBC habló con alguien con experiencia en servicios de inteligencia sobre la forma en que Donald Trump se cargó al director del FBI dejando a políticos y periodistas con la boca abierta ante este arrebato de furia presidencial.

“De la forma en que se hizo, creo que fue para enviar un mensaje a los agentes del FBI. No es sólo que lo destituyeran, es que lo hicieron de la forma más humillante y agresiva posibles. Sin aviso, sin nada, una ejecución inmediata. El guardaespaldas entrega la carta en la sede. Creo que se hizo para enviar un mensaje: acabad con esta mierda o todo esto os puede pasar a vosotros. Es como poner una cabeza de caballo en la cama”.

La cabeza de James Comey –elegido en 2013 para un mandato de diez años– no es cualquiera. Era uno de los mejores caballos de carreras del aparato de seguridad de EEUU. Si ni siquiera él estaba seguro, ¿qué pueden esperar todos los que estaban por debajo en el escalafón?

Ese guardaespaldas era Keith Schiller, jefe del equipo personal de seguridad de Trump desde hace muchos años y que ahora forma parte del personal de la Casa Blanca. Se había convertido en un asunto muy personal para el presidente. Para el momento de disparar la última bala, eligió a uno de los suyos.

El informe en que el fiscal general y su segundo describían los errores que podían justificar el cese sólo pretendía vestir la decisión que ya había tomado un Trump enfurecido y quizá nervioso. En cuestión de muy pocos días, había decidido que había que desembarazarse de Comey.

¿Cuál fueron las razones? Según CNN, hubo dos factores fundamentales. Comey no había mostrado a Trump la lealtad que le exigía (quizá porque no había cumplido la orden o sugerencia de poner fin a la investigación sobre presuntas relaciones con Rusia de personas cercanas al presidente), y esa investigación no sólo no se estaba cerrando, sino todo lo contrario.

Sólo unos días antes, Comey había solicitado al Departamento de Justicia más fondos para la investigación, según varios medios, señal de que quería dedicar más agentes a las pesquisas. Se habían entregado citaciones a personas relacionadas con James Flynn, el consejero de Seguridad Nacional que tuvo que dimitir, en relación a la investigación ya en marcha ante un gran jurado. Eso no quiere decir que los procesamientos fueran inminentes, pero sí que todo seguía en marcha a un ritmo que no gustaba nada en la Casa Blanca.

La idea de que el director del FBI fue despedido por su ciertamente confusa actuación a lo largo de la campaña electoral en relación a la investigación de los emails de Clinton queda desmentida de inmediato por las numerosas muestras de apoyo que recibió del mismo Donald Trump.

Los demócratas se han lanzado a pedir un fiscal especial independiente para ocuparse de toda la investigación que tenía Comey entre manos. Alguien que formalmente esté fuera del control de la Casa Blanca. Trump no lo permitirá. Es una decisión que puede tomar el fiscal general, que resulta ser ahora Jeff Sessions, un exsenador que apoya hasta el final a Trump. Pero Sessions se recusó a sí mismo de cualquier decisión en relación a la posible intervención de Rusia en la campaña, lo que por cierto no le ha impedido recomendar la destitución del director del FBI, cuya sentencia de muerte tiene que ver precisamente con… la investigación de la posible intervención de Rusia en la campaña.

Su número dos –el fiscal general adjunto Rod Rosenstein–sí es un profesional de la justicia sin una evidente afiliación partidista. Pero una decisión tan grave como la de nombrar un fiscal especial, que es como aceptar que el Departamento de Justicia no puede hacer su trabajo, sólo se toma bajo una fuerte presión política. Es decir, cuando es inevitable.

Los senadores republicanos, algunos con muchas dudas, no van a presionar a la Casa Blanca para que tome una decisión de ese calibre cuando Trump no lleva ni cuatro meses en el poder. Jeff Greenfield, un periodista muy veterano que seguro que se conoce el Watergate de memoria, ha recordado que el escenario político de entonces no es como el que se está viviendo ahora.

Es cierto que el cese de Comey recuerda a la destitución del fiscal especial del Watergate, forzada por Nixon, un momento en que el presidente perdió todo el crédito que le quedaba, incluso dentro de su propio partido. Aun así, Greenfield apunta varias diferencias notables.

El Senado estaba en manos de los demócratas y ya había celebrado audiencias públicas sobre el caso. Dos de los principales asesores de Nixon habían tenido que dimitir al ser sospechosos de haber participado en el encubrimiento de graves delitos. Se sabía que el despacho oval contaba con un sistema de grabación de las conversaciones, una mina inagotable para cualquier investigación. En esos momentos, y tras los ceses de lo que se llamó la matanza del sábado noche, los medios de comunicación formaban un frente unido contra Nixon.

Varios de esos factores no se están produciendo ahora, o al menos no con la misma intensidad. El presidente tiene aún muchas formas de meter miedo. Lo único que está claro es que Trump está dispuesto a utilizarlas todas. Nadie quiere recibir la visita de Keith Schiller con un sobre que lleve el sello de la Casa Blanca.

13.30

Al otro lado del planeta, Putin tuvo tiempo para negar que toda esta polémica tenga algo que ver con Rusia. La escena es más curiosa porque el presidente ruso aparece vestido para la ocasión (jugó un partido benéfico de hockey sobre hielo).

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Quiénes son los votantes de Le Pen

Emmanuel Macron dijo en su discurso de la victoria en el Louvre que aspira a que los votantes de Marine Le Pen no vuelvan a apostar por opciones extremistas. Para poder conseguirlo, debería saber quiénes son esos votantes y cuáles son sus motivaciones. La encuesta que hace Ipsos en los días anteriores a las elecciones, y que difunde al cerrar los colegios, da algunas pistas.

Antes de nada, hay que recordar algo. Una segunda ronda electoral entre los dos candidatos más votados en la primera obliga inevitablemente a cada votante no sólo a elegir a su candidato preferido, sino en muchas ocasiones a apostar por el menos malo, desde su punto de vista. Ni el 65% de los franceses cree que Macron es el mejor político que puede presidir Francia en estos momentos ni el 35% está convencido de que Le Pen haría un gran trabajo en la jefatura del Estado.

El sondeo permite descubrir en qué sectores sociales, económicos o profesionales ha conseguido Le Pen mejores resultados. No todos son votantes ultraderechistas, de la misma forma que no todos los votantes de Macron son liberales.

La encuesta no permite trazar un perfil exacto del votante de Le Pen, pero sí desvelar donde consigue mejores resultados con diferencias significativas sobre su resultado nacional.

Aquí está el dato en el que la diferencia de votos entre Macron y Le Pen es más evidente. Un 56% de los que se identifican como obreros afirmaba que votaría por la candidata del Frente Nacional. Los “empleados”, probablemente en el sector servicios, la apoyaban en un 46%, diez puntos por encima de su resultado. Jubilados (26%) y directivos, profesiones liberales y con licenciatura (18%) preferían claramente a Macron.

Entre las personas en paro, Le Pen también obtenía mejores resultados (un 47%). Al igual que entre los autónomos (43%). En el caso de personas con empleo, Macron recibía un apoyo similar al finalmente recibido, sin gran distinción entre los que trabajan en la empresa pública o privada.

En la pregunta sobre si los ingresos le alcanzan para subsistir, Le Pen recibe un alto número de apoyos. Los que lo tienen muy difícil para llegar a fin de mes votarían a Le Pen en un 69%. Los que lo tienen sólo difícil votarían a Macron en un 61%. No es aventurado decir que cuanto peor es su situación económica, más fácil es que un francés vote al Frente Nacional.

Los votantes de Le Pen son mucho más pesimistas sobre el futuro económico del país que los de Macron. Los que creen que la nueva generación vivirá mejor que la actual votarían en un 80% al nuevo presidente. Un 41% de los que son pesimistas, a Le Pen. No es una diferencia espectacular con respecto al resultado definitivo, pero en las tres opciones de respuesta es donde Le Pen obtiene mejor número.

En cuanto a ingresos, en ninguno gana Le Pen, aunque la ultraderechista recibe el mayor apoyo entre los que cuentan con menos de 1.250 euros. Parece claro que cuanto menos ingresos se reciban, más probable es el voto a Le Pen.

Le Pen recibe más votos en el medio rural que en las ciudades, sobre todo si tienen más de 100.000 habitantes. Aun así, en los pueblos Macron cuenta con un 57% de partidarios (43% Le Pen). Por edades, Le Pen no se acerca a Macron en ninguna franja. El liberal obtiene los mejores porcentajes entre los mayores de 60 años. Los jóvenes de 18 a 24 años votan a Macron en porcentajes similares al resultado final (66%-34%). El mejor resultado de Le Pen (43%) se da entre los que tienen entre 35 y 49 años. Por estudios, Le Pen tiene el mejor dato entre los que no tienen educación secundaria (un 45%).

Políticamente, la encuesta confirma algo previsible, aunque algunos se empeñaron en ignorarlo. En la segunda vuelta y procedente de los partidarios de los otros cuatro candidatos principales, Le Pen iba a recibir el mayor apoyo de los antiguos votantes de Fillon. Entre los votantes de Mélenchon, un porcentaje muy alto, pero no mayoritario, el 41%, estaba por la abstención o el voto en blanco o nulo. Un caso aparte es el de los votantes de Dupont-Aignan, un disidente de Los Republicanos, a quien Le Pen prometió hacer primer ministro si ganaba las elecciones.

Ideológicamente, no hay grandes sorpresas. Le Pen tiene sus mayores apoyos en la derecha y supera ahí a Macron por 52%-48%. En la izquierda, el voto a Macron supera el 90% (una cifra de la que también están cerca los votantes de centro), pero cae mucho (77%) entre los que se sitúan en el extremo que ofrece la encuesta por la izquierda, donde también hay más abstencionistas. Curiosamente, hay una categoría para los que no se definen ni de izquierdas ni de derechas. Esa es una etiqueta a la que aspiraba Macron. Pues bien, ahí gana Le Pen aunque por escasa distancia (52%-48%).

La encuesta resulta incompleta al no haber una pregunta sobre las actitudes de los votantes hacia la inmigración, un factor muy relevante entre los partidarios de Le Pen. Hay que recordar que la candidata del FN no ha hecho tanto hincapié en la segunda vuelta en este tema como lo hizo en campañas anteriores.

En definitiva, Le Pen obtiene resultados claramente mejores que los finalmente conseguidos en toda Francia entre obreros, personas con ingresos bajos y que tienen muchos problemas para llegar a fin de mes, y aquellos que temen que las nuevas generaciones vivirán peor que ellos. Si Macron quiere de verdad reducir el número de votantes del Frente Nacional, y entre otras cosas asegurar su propia reelección en 2022, debe saber que la clave no estará en su mensaje político y en lo que en Francia se llama “valores republicanos”, sino en su política económica.

Cuantas más personas se sientan abandonadas por el sistema económico y tengan menos expectativas de futuro, más fácil es que voten a Le Pen y a su partido.

El sondeo de Ipsos se hizo con 4.838 entrevistados entre los días 4 y 6 de mayo.

23.30

En el FT, tienen varios gráficos con los que interpretan el veredicto de las elecciones francesas. Dan la máxima importancia a la educación como factor que explica el voto a cada candidato: “Cuanto más alto es el número de personas con una licenciatura universitaria, mayor es el voto para el candidato” (se refiere aquí a Macron).

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Macron como el nuevo Napoleón

Irene Hernández Velasco entrevista en El Mundo a Guillermo Arenas, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Paris Nanterre. Una conversación muy interesante sobre los dos políticos que se enfrentan el domingo en las elecciones presidenciales francesas. Arenas explica los motivos del éxito de Marine Le Pen, que conseguirá en la segunda vuelta el mejor resultado alcanzado nunca por el Frente Nacional:

“Es evidente que la sociedad francesa muestra un profundo y generalizado rechazo hacia la globalización, un rechazo que en mi opinión es social y se dirige sobre todo a la globalización de un modelo anglosajón de sociedad. La sociedad francesa no está cómoda con una sociedad en la que aumenta el multiculturalismo y en las que hay barrios en los que viven comunidades enteras no francesas. Hay un malestar profundo en Francia con todo eso. Y el discurso xenófobo y racista del FN ha encontrado en este fenómeno del multiculturalismo y la globalización una caja de resonancia importante. Eso, unido a la injerencia monetaria europea y a las dudas sobre el libre comercio, al retorno de las ideas proteccionistas, ha hecho que el FN tenga en esos momentos una capacidad de seducción enorme. Antes, el voto al FN era un voto de protesta, ahora es un voto de adhesión”.

Arenas cree que Emmanuel Macron será un presidente frágil, porque la mayor parte del apoyo que recibirá será un voto contra Le Pen. ¿Cuáles son sus ideas y en quién se apoyará para aplicarlas como presidente? El profesor francés comenta que Macron es un producto de las circunstancias del momento. Estas elecciones parecían condenadas a una victoria fácil de la derecha con un candidato como Fillon favorito para derrotar a Le Pen en la segunda vuelta. Su hundimiento ha permitido la aparición de Macron, de 39 años, al que Arenas compara con un personaje histórico proclamado emperador de Francia con 35 años. Napoleón, claro.

“Si sale elegido, será el presidente de la República Francesa más joven desde Napoleón. Macron será una especie de Napoleón IV. Francia es un país con una mitología muy arraigada de culto a los hombres jóvenes y con éxito. Y yo creo que Macron ha jugado a ser ese personaje. Como Napoleón, del que se decía que la edad media de sus generales era de 27 años, Macron se ha rodeado de un equipo de colaboradores jóvenes y ambiciosos, procedentes muchos del mundo de la comunicación, que nos han vendido a Macron como si fuese un yogur o un paquete de detergente, dejando su programa muy velado. De hecho, no hemos conocido su programa hasta muy tarde, en una operación que me recordaba a las de aquellas marcas que tratan de crear expectativa entre los consumidores. Macron me parece que es alguien que considera la victoria electoral como un fin, no como un medio. Justo como Napoleón”.

Ganar la presidencia sólo será la primera mitad del trabajo. En junio, se celebran elecciones legislativas, y ahí Macron tendrá que construir un partido desde cero, no un simple movimiento político para llevarle a él a lo más alto. Ya hay una encuesta, de OpinionWay-SLPV, que hace una predicción algo prematura para esos comicios. El partido de Macron podría obtener entre 249 y 286 escaños. La derecha, ahora sin líder, entre 200 y 210. El FN, de 15 a 25. En la izquierda, los socialistas se quedarían entre 28 y 43 en su peor resultado de siempre, y el partido de Mélenchon tendría sólo entre seis y ocho.

Los resultados se verían condicionados por los pactos de los partidos y decisiones de los votantes para la segunda ronda, lo que hace ciertamente especulativa cualquier predicción en estos momentos. El movimiento de Macron ha dicho que presentará candidato en las 577 circunscripciones, pero ahora sólo se conoce el nombre de un puñado de ellos.

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