Dabiq, Siria, después del ISIS

Un reportaje de BBC.

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Emboscada de Le Pen a Macron en una región castigada por la crisis

Emmanuel Macron ha descubierto este miércoles que la campaña de la segunda vuelta de las elecciones francesas no consistirá simplemente en una suma de los apoyos previos de los candidatos, lo que le daría una victoria fácil. Toda campaña tiene su propia dinámica y origina acontecimientos inesperados ante los que la respuesta del político puede empeorar las cosas.

Macron viajó a Amiens a reunirse con los representantes sindicales de los trabajadores de la factoría de Whirlpool en plena movilización por la decisión de la empresa de trasladar la planta a Polonia, dedicada a la producción de secadoras de ropa, lo que dejaría sin empleo a 280 personas en 2018. La deslocalización de ciertas líneas de producción y el cierre de factorías, en el peor de los casos, ya fueron un tema relevante en la campaña electoral de EEUU con las promesas de Donald Trump de poner fin a estas decisiones. El candidato centrista pretendía separarse de la imagen de representante de la élite económica que ignora las preocupaciones de una clase trabajadora castigada por el desempleo o la precariedad laboral.

Amiens está en la zona norte de Francia, que fue en la primera ronda de las elecciones un feudo de Marine Le Pen. La candidata ultraderechista no desaprovechó la oportunidad. Una campaña convencional de mítines y entrevistas no le llevará muy lejos. Tiene que tensar la cuerda y encontrar la forma de crear situaciones que confirmen su mensaje de campaña: ella es el pueblo, Macron es la élite.

Y allá se fue Le Pen, no a reunirse con los sindicatos, sino a mezclarse con los trabajadores movilizados en la calle. Algunos la aplaudieron, otros no, pero lo que importa es que pudo dejar su mensaje: “Yo estoy entre los asalariados que resisten contra la globalización salvaje. Yo no estoy con los representantes que comen pastas”. A esa hora, Macron se veía con los sindicatos en la sede de la Cámara de Comercio local. Es posible que hubiera pastas en la mesa.

Tras esa cita, Macron dijo que la situación de esa fábrica era inaceptable y que hay que hacer lo que sea para impedir el traslado. No dijo cómo, más allá de buscar un comprador para que la planta siga funcionando. “Cuando ella dice que la solución es dar la espalda a la globalización, está mintiendo. No podemos ilegalizar los despidos. Debemos luchar para encontrar un comprador”.

Los medios franceses han recordado que François Hollande hizo promesas similares en una visita en la campaña de 2012 a una planta siderúrgica amenazada de cierre. La fábrica se cerró cuando Hollande era ya presidente y los sindicatos le acusaron de traición.


Macron quai Bélu à Amiens avant sa visite chez… por courrier-picard

Más allá de los argumentos de Macron y Le Pen, su visita a Amiens ofreció dos imágenes diferentes para la televisión. Le Pen, rodeada de trabajadores y haciéndose fotos con ellos; Macron, silbado por algunos de ellos y rodeado de cámaras de televisión (aun así pudo separarse de los reporteros y hablar directamente con trabajadores).

Los asesores de Le Pen tienen dos semanas para machacar esa idea. Amiens ha sido su primera etapa, y parece haberle salido bien. Lo llaman un “choque de civilizaciones” entre los ganadores y los perdedores de la globalización, donde ya se puede suponer en qué bando colocarán al exbanquero Macron.

Los números están en su contra. Una encuesta del martes concede el 61% a Macron y el 39%, en la línea de sondeos anteriores. Le Pen necesita más emboscadas, aumentar en 10 millones su número de votantes y conseguir que muchos decepcionados de la izquierda y la derecha se queden en casa el 7 de mayo. Una muy baja participación es uno de los requisitos imprescindibles para que la líder del FN se acerque a la victoria.

Como escribí hace unos días, no hay ninguna encuesta que demuestre una corriente significativa de votos desde los votantes de Mélenchon a Le Pen, que comparten el rechazo a la globalización y a la política económica liberal imperante en la UE. Una posibilidad es que la mitad de los votantes de Fillon y Mélenchon apueste por Macron. El 30% de los primeros y el 40% de los segundos optarán por la abstención. El grupo católico Sens commun, que apoyó a Fillon en campaña, ya ha dicho que no seguirá la recomendación del conservador de apoyar a Macron. Mélenchon persiste en su idea de no decir a quién votará y se remite a la consulta a las bases de Francia Insumisa, cuyo resultado se conocerá el 2 de mayo. Por el contrario, el líder del Partido Comunista Francés ha dejado claro que la prioridad es parar a Le Pen.

Las encuestas disfrutan ahora de un momento de credibilidad al haber acertado en líneas generales el resultado de la primera ronda. Eso no quiere decir que las actuales vayan a coincidir con el resultado de la segunda. Si dentro de una semana Le Pen consigue crear más situaciones como las de Amiens y eso repercute en los sondeos, los últimos siete días de campaña serán mucho más interesantes.

Jueves

Para el jueves, Le Pen tenía ya pensado un plan, así que no ha esperado a ver qué hacía Macron. Se ha subido a un pesquero para anunciar que con ella en la presidencia Francia recuperará el control de su litoral y de su política pesquera. Más imágenes para los informativos de televisión en lo que parece que es una prioridad de su campaña. Salir a la calle y que se le vea con los presuntos damnificados de la UE.

Macron ha respondido por Twitter: “Le Pen se acerca a la pesca. Buen viaje. La salida de Europa que propone sería el fin de la pesca francesa. Piensen en ello”.

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El bulo de la cercanía a Le Pen de los votantes de Mélenchon

Todo el mundo habla de incertidumbre sobre el resultado de las elecciones francesas, pero hay algo que está muy claro. Socialdemócratas y conservadores –a los que se suele llamar los partidos tradicionales– sufrirán un duro castigo en las urnas y sus candidatos podrían quedar fuera de la segunda vuelta. Eso es obvio en el caso del Partido Socialista y su candidato, Benoit Hamon, y aún está por ver en relación a François Fillon, que aún tiene opciones de clasificarse para el duelo final del 7 de mayo.

Fillon podría estar en la segunda vuelta si supera el 20% de los votos, pero el número no es lo que importa en términos comparativos. Chirac obtuvo el 20,8% en la primera vuelta de los comicios de 1995, y el 19,8% en 2002. En el primer caso, se vio perjudicado por el 18,6% que consiguió Édouard Ballladur, un disidente del RPR. En el segundo, François Bayrou, de la liberal UDF, llegó al 6,8%. Eran votos con los que podía contar Chirac en la segunda vuelta, como así ocurrió.

En esta ocasión, no ha habido disidentes en el partido de Fillon, y la UDF cambió de nombre y ya no es un protagonista relevante de la política francesa. El camino de Fillon hacia la presidencia parecía libre hasta que los escándalos sobre los empleos falsos como asesores concedidos a su esposa e hijos le hicieron caer en las encuestas. Hay que suponer que votantes centristas de la derecha encuentran atractivo el mensaje liberal de la candidatura de Emmanuel Macron.

La fortaleza de Marine Le Pen ha convertido la primera vuelta en un enfrentamiento múltiple entre Macron, Fillon y Mélenchon. Si hay que creer a los sondeos, cualquiera de ellos que pase a la segunda es favorito en un duelo directo frente a la candidata ultraderechista. Pero sería un error dar por hecho ese pronóstico. A la hora de la verdad, es muy posible que muchos votantes de Fillon o Mélenchon decidan abstenerse antes que apostar por un candidato que está en sus antípodas ideológicas.

El asalto desde la izquierda y la derecha sobre los partidos tradicionales, lo que incluye duras críticas a la Unión Europea, ha hecho que algunos medios intenten descubrir una ofensiva común contra el establishment en la que confluyen extrema izquierda y extrema derecha. Es la clase de artículos que emplean la palabra ‘populismo’ en sus titulares olvidando tanto las diferencias ideológicas como las nacionales. Un ejemplo reciente es el de este artículo de El País sobre las elecciones francesas que llama a Le Pen y Mélenchon “extremadamente iguales”, no sólo a ellos, sino a sus votantes: “El fenómeno migratorio (de votos entre ambos) está demostrado demoscópica y sociológicamente”.

Las encuestas en estas elecciones demuestran precisamente lo contrario. No por nada afirman que Le Pen perdería los duelos directos contra los otros tres candidatos principales. En esta encuesta para un enfrentamiento Macron-Le Pen, sólo el 11% de los votantes de Mélenchon votaría a Le Pen.

Otra encuesta planteó cuáles serían las segundas preferencias de los votantes de cada candidato sin entrar a considerar una segunda vuelta. Los datos vuelven a confirmar la soledad de Le Pen, también entre los votantes de Mélenchon. De entre estos, sólo el 11% muestra una segunda preferencia por la candidata del Frente Nacional. El 32% opta por Hamon y el 30% por Macron, respetando lo que podríamos llamar coordenadas ideológicas habituales.

Incluso los votantes de Fillon, con un mensaje mucho más conservador que anteriores candidatos de su partido, no se dejan tentar por el Frente Nacional. El 53% de ellos elige a Macron como segunda opción.

Da la impresión de que los votantes de Mélenchon, además de compartir la crítica radical de su candidato a la política económica impuesta desde la Unión Europea desde 2010, no encuentran ninguna similitud con las posiciones antiUE de Le Pen. Por más que Mélenchon también haya planteado la idea de un referéndum en Francia sobre la UE, propuesta de la que se ha alejado bastante durante la campaña electoral (Plantu ironizaba con el cambio en esta viñeta en la que Mélenchon echa la culpa a su holograma), más parece una amenaza para que la UE cambie de política económica que un objetivo real.

Sus votantes parecen entender que hay muchas formas de criticar a la UE y que algunas de ellas son incompatibles con su ideología. No es una sorpresa, excepto para algunos medios de comunicación.

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La política británica es brutal y Theresa May lo sabe

La portada de The Economist de enero ya se ha quedado vieja. “Theresa Maybe” (quizá) se ha convertido en la primera ministra que deja claro a sus rivales –dentro y fuera del partido– que ella está al mando y que estaba dispuesta a utilizar su principal arma política: convocar por sorpresa unas elecciones generales.

Cuando May fue elegida primera ministra tras el referéndum del Brexit y la dimisión de David Cameron, todos se preguntaban cuándo daría el paso que este martes se ha producido. Como una y otra vez ella negó que tuviera la intención de buscar unas elecciones anticipadas, los periodistas dejaron de pensar en ello en voz alta. El último juego especulativo consistía en esperar a las elecciones locales del 4 de mayo y calcular si la muy posible derrota laborista aumentaría las posibilidades de ir a las urnas este año. No ha habido que esperar tanto tiempo.

A pesar del tumulto que vive la política británica desde la victoria del Brexit en las urnas, había una cosa que estaba bastante clara: Theresa May controlaba a su partido y la situación política, y no se estaba viendo arrastrada por los acontecimientos. A pesar de algunos reveses en los tribunales y la Cámara de los Lores, su mayoría en la Cámara de los Comunes seguía siendo suficiente. El Parlamento había avalado el inicio del proceso de salida de la UE con la activación del famoso artículo 50. A día de hoy, May estaba donde quería estar.

Había, eso sí, una trampa. Su Gobierno no había dejado claro cuál era el tipo de Brexit por el que apostaba. No es que haya muchas opciones, pero la ambigüedad permitía hasta cierto punto no concretar cuál era el precio que habría que pagar. Por otro lado, en unas negociaciones muy complicadas con la UE, tampoco sería muy inteligente mostrar todas las cartas desde el principio.

Los medios han consumido miles de palabras sobre el dilema entre un “Hard Brexit” y un “Soft Brexit”, y la distinción no tiene sentido. El Brexit sólo puede ser duro, porque ninguna negociación puede vulnerar el sentido del referéndum y la única opción que tiene el Gobierno –y Bruselas– es convertirlo en un proceso que dure tantos años que su final sea difícil de vislumbrar. Y esto último es algo que no gustaría a buena parte de los tories.

A la espera de acontecimientos, May se conformaba con frases de no excesiva inteligencia (“Brexit significa Brexit”) o de retórica nacionalista (“un Brexit rojo, blanco y azul”, por los colores de la bandera). Ganar tiempo nunca es un pecado mortal en política.

Lo importante estaba por delante. Un primer ministro británico nunca tiene el mismo poder dentro de su partido (y lo más importante, en su grupo parlamentario) cuando tiene una mayoría escasa en el Parlamento que cuando supera la mayoría absoluta por una distancia considerable. Debe resignarse a contar con un grupo casi permanente de disidentes en los llamados ‘backbenchers’, diputados sin cargo en la Administración y con el escaño asegurado en su circunscripción. Como bien podría recordar John Major, una mayoría absoluta de unos veintitantos diputados no permite dormir bien por las noches, sobre todo si el tema de Europa está de por medio.

May había heredado la victoria de Cameron en las últimas elecciones. Su mayoría era de 17 escaños.

Las encuestas ofrecían un pronóstico muy claro. Con los laboristas en torno a 20 puntos por detrás en la mayoría de los sondeos (18 en la media de sondeos del FT el miércoles) , los tories no iban a tener nunca un pronóstico tan favorable. Algunos asesores de May creían que había que moverse rápido. Temían que un mal resultado laborista en las elecciones locales de mayo provocara la dimisión de Jeremy Corbyn.

Los que piensan que no hay que fiarse mucho de las encuestas, entre ellos Nate Silver, deberían recordar que tienden a sobrevalorar el voto laborista durante la legislatura, al menos desde los años 90. Además, May no necesita una victoria de 20 puntos de diferencia para obtener una cómoda mayoría absoluta que justifique el adelanto electoral.

Esperar hasta el fin de la legislatura en 2020 supondría un riesgo excesivo. Para entonces, el Brexit estaría ya perfilado o cerrado en las negociaciones (lo primero es más probable), y con él las inevitables decepciones de los que pensaran que el resultado iba demasiado lejos o no lo suficiente. El Gobierno no tiene ahora ninguna garantía sobre cuál será la situación económica entonces y cómo influiría en los comicios. Sí sabe cuál es la actual, y por ahí no cree que vaya a tener problemas.

Es posible que haya dirigentes europeos en Bruselas y Berlín que aún piensen que las negociaciones podían hacer que los tories se echaran atrás y en unos pocos años intentaran revertir el Brexit, y también hay periodistas británicos que se creen esa lectura. Si eso fuera cierto, el resultado del Brexit y la convicción de los conservadores de que no hay vuelta atrás indican hasta qué punto la UE vive una vez más en un mundo alejado de la realidad.

Convocar elecciones ya supone atar en corto al partido conservador y centrarlo en ganar en las urnas, incluidos aquellos diputados que aún recuerdan que May pidió el voto a favor de seguir en la UE, cierto que con la boca pequeña y sin participar prácticamente en la campaña. Reduce la capacidad de presión de los diputados tories que quieran condicionar las negociaciones con la UE desde posiciones más radicales. Una clara victoria el 8 de junio reforzará a May, no frente a los negociadores de Bruselas, sino frente a su propio partido. La UE no tiene ninguna posibilidad de influir en la opinión pública británica, mucho menos ante los que votaron por el Brexit. Los diputados tories y los medios de comunicación eufóricos desde el referéndum, sí.

Esa política de riesgo cero se extenderá a la campaña electoral. Downing Street ya ha avisado de que no tiene la intención de que se celebren debates televisados entre los cabezas de lista. May tampoco está pensando en un programa electoral excesivamente prolijo y detallado sobre sus intenciones.

Las elecciones de junio son sólo un trámite para que May pueda tener las manos libres para lo que sea que tiene en mente. Algunos comentaristas lloran con el argumento de que se trata de una decisión cínica o deshonesta. Son las lágrimas de los perdedores. La política británica es un deporte brutal que no tiene nada que ver con el rugby. Cuando el adversario –como ahora los laboristas– está en una posición débil, se le pisa la cabeza. Si está demasiado crecido –como algunos diputados tories–, se le pisa la cabeza. Theresa May puede ser la hija de un reverendo, pero sabe que  los primeros ministros británicos de su partido duran más tiempo cuanto más brutales son.

Todo eso no impide que muchos votantes británicos hayan recibido la noticia como esta señora.


22.40

A veces, una carta al director dice todo lo que hay que decir en cinco líneas.

Por otro lado, hay cifras que son tan evidentes que cualquier político las entendería y sabría qué hacer después.

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Noam Chomsky sobre los primeros 75 días de Trump

En el programa Democracy Now.

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Realidad y propaganda de la ‘madre de todas las bombas’

A veces, los titulares pueden ser ciertos, pero no cuentan toda la realidad. Este jueves, hemos sabido que EEUU ha utilizado en Afganistán la mayor bomba no nuclear empleada nunca en un conflicto bélico. No es la mayor del arsenal norteamericano, sino la segunda, pero aun así supone una escalada en un guerra que dura ya más de 15 años. El objetivo era una zona de túneles en la provincia de Nangarhar, en la zona este de Afganistán, controlados por fuerzas de ISIS.

El nombre completo de la bomba es GBU-43/B Massive Ordnance Air Blast. Las iniciales de las últimas palabras (MOAB) coinciden con las de ‘mother of all bombs’ (madre de todas las bombas), que es como aparece en muchos artículos. Es una coincidencia afortunada para el lenguaje que se emplea al describir todo tipo de armamento. La descripción del poder destructivo de las bombas suele ser de utilidad cuando se pretende meter miedo al enemigo.

Las dimensiones de la GBU-43/B están a la altura de su poder. Mide 9,1 metros y su peso total es de 10,3 toneladas. Su potencia explosiva equivale a 11 toneladas de TNT. Comenzó a fabricarse en 2003. Todo su programa de diseño, desarrollo y pruebas costó 314 millones de dólares, pero el precio de cada bomba es de unos 16 millones. Por su tamaño y peso, sólo puede lanzarse desde un avión de carga a través de su rampa trasera. En este vídeo se pueden ver imágenes de una de las pruebas.

La zona sobre la que se lanzó la bomba ha recibido varios ataques aéreos en los últimos días con la presumible intención de acabar con los miembros del ISIS atrincherados allí y de hacerlo con el menor número de bajas para las fuerzas norteamericanas y afganas. La primera duda es saber si ha conseguido su objetivo y la segunda, si la decisión partió de la Casa Blanca o del mando militar estadounidense en Afganistán.

Lo primero es aún imposible de conocer. Sobre lo segundo, la versión inicial que ha dado la Casa Blanca es que fue una decisión tomada por los militares. Donald Trump ha ordenado que sea el mando militar el que adopte ese tipo de decisiones sin necesidad de pedir el visto bueno de la Casa Blanca, como ocurría en el caso de numerosas operaciones militares en la Administración de Obama. Pero sólo por el precio de cada bomba, hay que suponer que al menos el Pentágono informó previamente a la Casa Blanca.

Una cosa es utilizar ese armamento y otra distinta, comunicarlo a las pocas horas. La Casa Blanca y el Pentágono decidieron hacer pública la noticia muy pronto, y a estas alturas sólo se puede especular sobre sus intenciones políticas, pocos días después del ataque a una base militar siria y cuando se cree que Corea del Norte podría llevar a cabo una nueva prueba nuclear y Trump ha anunciado medidas para impedirlo.

En este punto, la diferencia entre una actuación militar y la propaganda que arrastra tiende a diluirse, aunque es indudable que los avances tecnológicos en armamento cuentan con un evidente poder disuasorio.

Pocas horas después del lanzamiento de la bomba, NBC News informó que EEUU “está preparada para lanzar un ataque preventivo con armas convencionales contra Corea del Norte si la Administración está convencida de que Corea del Norte está a punto de realizar una prueba nuclear”. Según esa información, dos destructores norteamericanos armados con misiles Tomahawk están situados en la zona, uno de ellos a 300 millas del lugar en el que podría llevarse a cabo la prueba.

EEUU nunca ha estado cerca de lanzar un ataque sobre Corea del Norte, aunque es cierto que en la Administración de Obama se llegó a contemplar esa posibilidad, que fue descartada por las consecuencias impredecibles que tendría, además de por las escasas o casi inexistentes posibilidades de acabar con el programa nuclear norcoreano. Resulta poco creíble pensar que el régimen norcoreano vaya a echarse atrás.

Volviendo a Afganistán, hay que recordar que la presencia del ISIS en Afganistán (donde se autodenomina ISIS-Khorasan) no es el mayor de los problemas de los militares norteamericanos en ese país. De hecho, la irrupción del grupo yihadista tan lejos de Oriente Medio supuso de entrada en 2015 una mala noticia para los talibanes que se vieron expulsados de zonas que antes controlaban.

Pero las últimas estimaciones hechas por la OTAN y el Pentágono indican que ISIS sólo cuenta en estos momentos con unos 800 combatientes, una cifra reducida comparada con las decenas de miles de insurgentes talibanes. En otras palabras, el destino de Afganistán no depende ahora de lo que pueda hacer ISIS.

Cualquier comparación con la bomba de Hiroshima, como ha aparecido en algún medio, no tiene ningún sentido. La GBU-43/B puede ser la segunda mayor bomba no nuclear, pero eso le deja muy lejos de esa referencia. La bomba de Hiroshima equivalía a 15 kilotones de TNT.

La GBU-43/B no se había empleado hasta ahora por su gran poder de provocar los llamados “daños colaterales”, es decir, su capacidad para producir un alto número de víctimas civiles en su radio de acción, que supera una milla por ambos lados del punto central de la explosión. Esa es la principal razón por la que nunca se usó en Irak.

La zona elegida en Afganistán está muy poco poblada, lo que no quiere decir que no haya pueblos en las cercanías. Un periodista afgano ya ha contado que en un pueblo situado a cuatro kilómetros la onda expansiva rompió los cristales de varias casas y causó otros daños.

A efectos de comparar esa bomba y sus efectos destructivos, incluida su potencia equivalente a 11 toneladas de TNT, podemos remontarnos a diciembre de 1972, cuando EEUU lanzó una serie de bombardeos contra Vietnam del Norte, en especial su capital, Hanoi. Los B-52 realizaron 741 salidas y en 729 lanzaron toda su carga. En total, los B-52 utilizaron 15.000 toneladas de explosivos y otros aviones lanzaron otras 5.000. El número de vietnamitas muertos superó el millar.

La destrucción masiva de Hanoi se prolongó desde el 18 al 29 de diciembre con la excepción de un día. No hubo bombardeos el día de Navidad.

Las negociaciones de paz de París se reanudaron el 8 de enero y finalizaron a finales de mes en lo que fue un paso decisivo para poner fin a la intervención militar de EEUU en Vietnam. El texto acordado no fue muy diferente al que se estaba negociando justo antes de esta campaña de bombardeos.

No parece que una sola bomba por grande que sea pueda servir para ganar una guerra ni puede provocar tantos muertos como una campaña de bombardeos que dure semanas.

12.45

El Ministerio afgano de Defensa ha informado el viernes que el bombardeó mató a 37 miembros del ISIS y que no se produjeron víctimas civiles. El dato tiene que proceder del reconocimiento aéreo de la zona o de interceptar comunicaciones por radio de los combatientes del ISIS, ya que las tropas afganas que llevan a cabo el ataque aún no han tomado las posiciones defendidas por los yihadistas. Los combates continúan, así como los ataques aéreos con aviones norteamericanos.

“No hay duda de que ISIS es brutal y que han cometido atrocidades contra nuestro pueblo. Pero no sé por qué lanzaron la bomba”, dijo a The Guardian el alcalde de la cercana localidad de Achin. “Aterrorizó a nuestra gente. Mis parientes pensaban que había llegado el fin del mundo”.

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El portavoz de la Casa Blanca tropieza con Hitler y el Holocausto

Ni siquiera los días en que Donald Trump no da muchas señales de vida, hay que relajarse con la Casa Blanca. El espectáculo lo ha dado este martes Sean Spicer, el secretario de Prensa y principal portavoz del presidente. Es el mismo tipo que dijo el 31 de marzo: “Con respecto a Asad, hay una realidad política que tenemos que aceptar”.

Después de esa frase, han pasado unas cuantas cosas: el ataque con armas químicas a una localidad controlada por los insurgentes y el bombardeo norteamericano a una base militar siria. Spicer se ha visto obligado a frenar en seco el coche y hacer un giro de 180 grados en cuestión de unos pocos días. Inevitablemente, se ha estrellado.

En la rueda de prensa y con la intención de denunciar a Rusia por su apoyo a Asad, Spicer hizo una referencia digamos positiva hacia Hitler en términos comparativos. “Nosotros no usamos armas químicas en la Segunda Guerra Mundial. Alguien tan despreciable como Hitler no se rebajó a usar armas químicas”, y siguió refiriéndose a Rusia.

Está el pequeño detalle del asesinato en masa de millones de personas en las cámaras de gas de los campos de concentración que Spicer pasó por alto. Obviamente, le preguntaron de nuevo y el portavoz decidió que aún podía caer más bajo:

“Creo que en relación al gas sarín, él (Hitler) no estaba usando el gas contra su propio pueblo de la forma en que Asad lo está haciendo, no hubo… los llevó a los centros del Holocausto (“Holocaust centers”), eso lo sé, pero lo que digo es que no en la forma en que Asad lo usó, lanzándolo sobre pueblos, sobre inocentes, en mitad de los pueblos”.

¿La diferencia estriba en el método de uso de las armas químicas? ¿Lanzarlas desde un avión es mucho más grave que detenciones masivas e internamiento en campos de exterminio? ¿Las víctimas de Hitler no eran de “su propio pueblo”?

Tras el inevitable escándalo, Spicer tuvo una tercera oportunidad de explicarse, esta vez a través de un comunicado, con resultados menos hirientes: “De ningún modo he intentado minimizar la naturaleza horrenda del Holocausto. Intentaba establecer una diferencia con la táctica de usar aviones para lanzar armas químicas sobre poblaciones”. Al menos en esta última ocasión Spicer no hizo el ridículo, pero el daño estaba hecho, y por eso luego comenzó a disculparse sin más matices.

El Museo del Holocausto de EEUU creyó que era necesario poner este vídeo en su cuenta de Twitter justo después de la rueda de prensa de Spicer.

No es mala idea para un portavoz de la Casa Blanca que llama “centros del Holocausto” a lo que siempre se ha denominado campos de concentración o exterminio (o “death camps” en inglés). Quizá Spicer no esté familiarizado con esa terminología.

La comparación con Hitler es recurrente en los políticos norteamericanos cuando quieren sostener que un líder extranjero es la peor amenaza a la que se enfrenta el mundo. Que un portavoz de la Casa Blanca diga que alguien es peor que Hitler supera con mucho los límites habituales de credulidad. No se le exige a Spicer un conocimiento detallado de la historia de la Segunda Guerra Mundial, pero sí que no tergiverse acontecimientos históricos conocidos por todo el mundo.

Antes de nada, hay que recordar un hecho relevante. Hitler no utilizó armas químicas en el campo de batalla. Tanto él como los demás dirigentes mundiales eran muy conscientes de su uso en la Primera Guerra Mundial. El propio Hitler resultó herido por esas armas cuando combatió en esa guerra. Los mandos militares de ambos bandos sabían que el adversario contaba con esos arsenales y que los utilizaría si alguien daba ese paso. A los alemanes no les interesaba en absoluto emplearlas cuando invadieron Europa. En 1914-1918 se utilizaron para detener ofensivas masivas. Tras el desembarco de Normandía, donde habrían resultado efectivas, podrían haberlo hecho, pero lo descartaron.

Los japoneses sí atacaron con armas químicas en Asia a las tropas chinas. Hay una batalla en Crimea en 1942 en la que es muy probable que los alemanes las emplearan para eliminar a miles de soldados rusos escondidos en una zona de cuevas y túneles. Churchill estaba muy interesado en ellas, como también lo había estado en India (“estoy claramente a favor de usar gas venenoso contra tribus sin civilizar”) y contra los ejércitos bolcheviques rusos, como así ocurrió en 1919. En la IIGM, el mando militar británico consiguió convencer a Churchill de que no era una buena idea (“es absurdo que se considere la moralidad de este asunto cuando todo el mundo las usó en la última guerra sin que nadie se quejara”, dijo antes de terminar cediendo).

Hitler no apostó por las armas químicas en los frentes bélicos por una cuestión estratégica y como forma de proteger a sus propias tropas. Obviamente, tampoco por una cuestión de moralidad (que no preocupaba demasiado a Churchill como hemos visto). Como arma de eliminación masiva de la población civil, incluida la de su propio país, fueron un instrumento imprescindible para llevar a la práctica su política de exterminio de los judíos alemanes y de otros países. Lo hizo en los campos de concentración y a través de unidades móviles, en camiones habilitados para esa función (y también se usó ese método para asesinar a discapacitados y enfermos mentales en Alemania). El uso de zyklon B se adoptó además para proteger a sus propias tropas de las consecuencias psicológicas de tener que eliminar a tiros y luego enterrar a cantidades inmensas de seres humanos.

No, los políticos y sus asesores que intentan justificar complicados giros políticos no deberían citar a Hitler en vano.

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Carme Chacón, la mujer que estuvo dos veces a punto de ser líder del PSOE

La exministra socialista Carme Chacón ha fallecido a los 46 años a causa de sus problemas de corazón. Su trayectoria política, cortada ahora de forma prematura, quedó marcada por dos hechos: fue la primera mujer nombrada ministra de Defensa en España y protagonizó un intento frustrado de convertirse en líder del PSOE.

Chacón fue uno de los jóvenes dirigentes del PSOE que se agrupó en torno a José Luis Rodríguez Zapatero cuando este era muy poco conocido por la opinión pública y consiguió que fuera elegido secretario general del partido por una muy escasa diferencia sobre José Bono. Ese relevo generacional tenía a Chacón como uno de sus rostros, pero no llegó a formar parte del primer Gobierno de Zapatero.

Tres años después del regreso a los socialistas al poder, obtuvo su primer cargo en el Gobierno con la cartera de Vivienda. Pero fue en 2008, tras la segunda victoria electoral del PSOE cuando recibió el nombramiento que impulsó su carrera política por el valor simbólico de ser la primera ministra de Defensa de la historia de España.

Sólo cinco días después de tomar posesión, Chacón –que estaba embarazada de siete meses– se subió a un avión para recorrer 6.000 kilómetros y visitar a las tropas españolas destacadas en Afganistán en abril de 2008. “El momento que recuerdo con mayor emoción de mi toma de posesión es cuando pude abrazar a charlar con familiares de vuestros compañeros fallecidos”, dijo a los militares que le escuchaban en Herat, “y cuando un hombre me dijo: ‘Mi hijo tendría ahora su edad, señora ministra'”.

Chacón tuvo que lidiar con una contradicción permanente. El Gobierno vendía la presencia militar española en Afganistán como una “misión de paz”, pero se trataba de un país en estado de guerra en el que las fuerzas militares extranjeras debían hacer frente a la insurgencia talibán sin que la reconstrucción política y económica arrojara resultados evidentes.

Continúa en eldiario.es.

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59 misiles para presumir de comandante en jefe

La república imperial siente una atracción intensa por la guerra. En EEUU, los presidentes adquieren el principal atributo presidencial cuando se embarcan en un conflicto bélico. Con frecuencia, ni siquiera es necesario tanto. Basta con enviar unos cuantos aviones o una lluvia de misiles de crucero. El Tomahawk tiene valor de sello presidencial.

Evidentemente, la propaganda oficial lo vende como la gran aportación de EEUU a la paz y la estabilidad internacional. No sólo en las declaraciones de los responsables políticos. Los medios de comunicación se apuntan a la batalla, reclutan a expertos y llenan las pantallas de televisión de misiles, aviones y buques de guerra. Breaking News.

Después de pasarse más de dos meses describiendo a Donald Trump como alguien indigno de ocupar el cargo, casi como un peligro para la República, muchos de sus adversarios se han rendido ante la nueva imagen del guerrero Trump. Todo por un ataque con 59 misiles Tomahawk a una base aérea siria que no ha conseguido inutilizarla. En la noche del viernes, se supo que aviones de la Fuerza Aérea siria despegaron de allí para realizar ataques en la provincia de Homs. Según AFP, los militares sirios recibieron el aviso de que se iba a producir un ataque, probablemente de sus aliados rusos que a su vez fueron informados por el Pentágono unas cuatro horas antes.

Fue una operación de castigo en represalia por el ataque de armas químicas sobre un pueblo de la provincia de Idlib que dejó las cosas como estaban en la guerra de Siria. En Jan Shijún, tuvieron que enterrar a 70 personas. Ellos pagaron un precio mucho más alto.

Pero en Washington el impacto fue distinto. El coste total de los misiles lanzados se acerca a los cien millones de dólares. Como campaña de marketing, resulta cara, pero sus efectos se miden también con otro tipo de números. Según un cálculo de FiveThirtyEight, 69 senadores apoyaron expresamente el ataque (aunque es cierto que sólo 31 lo hicieron sin reservas y sin mostrar preocupación por los próximos pasos que EEUU tenga que dar en relación a Siria).

Neoconservadores como Bill Kristol y Elliott Abrams están encantados. Abrams, especialmente: “Se puede decir en serio que la Administración de Trump acaba de empezar. El presidente ha sido el ejecutivo jefe desde el 20 de enero, pero esta semana también se ha comportado como comandante en jefe. Finalmente, ha aceptado el papel de Líder del Mundo Libre” (mayúsculas en el original). Y todo eso con 59 misiles. Cien millones de dólares empiezan a parecer un precio moderado para esa campaña de publicidad.

Sólo hay que hacer uso del stock de los Tomahawk para que pases de ser la marioneta de Putin a “Líder del Mundo Libre”. Es un título que se adquiere soltando a los perros de la guerra. Ni siquiera es necesario contar con una estrategia coherente sobre qué hacer el día después y cuál es el objetivo final.

No eran sólo los neocon los que estaban aterrorizados con la presidencia de Trump (de ahí que varios de ellos apoyaran a Clinton antes del 8 de noviembre o se quedaran en casa deprimidos). El ejército de expertos de los ‘think tank’ y la mayoría de los congresistas demócratas y republicanos temían que el mensaje aislacionista de Trump le hiciera abandonar el supuesto papel “esencial” de EEUU en la política internacional.

El lema de “America First”, pregonado en la toma de posesión el 20 de enero, recordaba a cuando los más conservadores hicieron campaña en los años 30 –antes por tanto de Pearl Harbor– para que EEUU no se implicara en la Segunda Guerra Mundial. Trump daba a ese mensaje un toque más contemporáneo con su denuncia de los tratados comerciales y la acusación a los aliados de beneficiarse de la protección norteamericana sin pagar su parte de la factura.

Y con él llegaba a la Casa Blanca Stephen Bannon, su consigliere ultranacionalista para el que la política exterior sólo es una herramienta, no la más importante, para conseguir sus objetivos de política interna. Aparentemente, Bannon estaba en contra del ataque de Siria, pero en esta ocasión Jared Kushner, y su esposa, que obviamente resulta ser Ivanka Trump, pesaron más.

Como era de esperar, Bernie Sanders se desmarcó de ese aire belicista, también extendido entre muchos demócratas. Lo hizo con una condena explícita del ataque realizado con armas químicas, y también resaltando en qué se ha beneficiado los ciudadanos de tres lustros de intervencionismo militar. Es decir, nada.

El punto de vista de Sanders es minoritario en la política estadounidense, aunque no es el único cansado de escuchar que la credibilidad de EEUU no debería medirse por el número de sus operaciones militares. Si todo se limitara a bombardear e invadir, como apunta Micah Zenko, 16 años de guerras habrían colocado esa credibilidad en un punto insuperable.

Por los mismos motivos, Stephen Walt ha recordado que esta situación es cualquier cosa menos nueva. Despliegue del poder militar, algo de destrucción y después de eso ¿qué?

Esa es la pregunta que Donald Trump aún no ha respondido.

La foto fue difundida por la Casa Blanca. Es la reunión en una sala de su residencia de Florida celebrada después del ataque, donde Trump y sus asesores fueron informados. Quizá la intención era establecer un paralelismo con otra foto de hace unos pocos años de un momento algo más importante.

Quizá el ejemplo más delirante del efecto del ataque en los medios de comunicación son estas palabras de Brian Williams, del canal MSNBC.

“Hemos visto estas hermosas imágenes de noche desde la cubierta de estos buques de la Armada de EEUU en el Mediterráneo. Tengo la tentación de citar al gran Leonard Cohen, ‘me guía la belleza de nuestras armas’. Son imágenes hermosas”.

Es un verso de ‘First We Take Manhattan’. Me da que Cohen no estaba pensando en buques de guerra soltando misiles de noche cuando compuso esos versos de amor. Pero también es cierto que periodistas como Williams aman estas imágenes. Sufren un caso recurrente de erección bélica cuando se ponen delante de una cámara y se colocan el uniforme de guerrero de los platós de televisión. Para ellos, Trump se ha convertido en lo que ellos esperan de cualquier presidente del país.

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El ataque con armas químicas puede provocar un cambio en la política de Trump hacia Siria

Dos fotógrafos de AFP fueron rápidamente a los centros sanitarios más cercanos cuando tuvieron la primera noticia de un ataque con armas químicas en la localidad siria de Jan Shijún. Mohamed Al-Bakour cuenta lo que vio:

“Cuando llegué al hospital, había un fuerte olor en todos los sitios. No pude identificarlo. Los niños estaban sobre las camas y los médicos intentaban salvarles. Es un pequeño hospital en Maaret al-Numan, donde vivo, a unos 15 kilómetros de Jan Shijún donde el ataque se produjo. Están poniendo máscaras de oxígeno a los niños. Es una locura. Los niños lloran, los médicos gritan órdenes. Decido centrarme en los niños. Quiero reflejar este horrible crimen”.

Omar Haj Kadur:

“Estoy en el pueblo de Binish, a unos 75 kilómetros de donde me he enterado que ha habido un ataque. He oído que puede haber sido un ataque con armas químicas. Cuando llego al mayor hospital de Jan Shijún, lo primero que me llama la atención es el olor. Hay un olor extraño. No sé identificarlo. Lo primero que veo al llegar es a un hombre con una niña. Los médicos están intentando tratarla. Pero no pueden hacer nada, porque está muerta”.

Un comunicado de la OMS indica que las imágenes conocidas refuerzan la idea de que se produjo un ataque con armas químicas por la falta de heridas externas o traumas físicos y los síntomas similares en los pacientes: una aguda insuficiencia respiratoria como causa de la muerte. Otros signos confirmaban el uso de agentes nerviosos al provocar un fallo completo del sistema respiratorio.

Varias de las personas que atendieron al principio a los heridos y que los tocaron se vieron también afectados y acabaron hospitalizados. El gas sarín puede absorberse a través de la piel o de la respiración, al igual que otros componentes químicos utilizados como arma. Otro de sus síntomas es la contracción de las pupilas, también descubierta entre los heridos. Los cuerpos sin vida conservaban un olor característico, como pudieron comprobar en los centros sanitarios a los que los trasladaron.

“Esto recuerda sin duda a 2013”, ha dicho Jerry Smith, jefe de operaciones del equipo de la ONU que supervisó la entrega del arsenal sirio de gas sarín después del ataque de 2013 con armas químicas contra Ghouta, el suburbio de Damasco controlado por los insurgentes.

Un equipo de Médicos sin Fronteras en la zona dijo que las víctimas atendidas “presentaban síntomas similares a la exposición de agentes neurotóxicos como el gas sarín”.

La cifra de muertos que se dio horas después del ataque superaba los 70. En la noche del miércoles, fuentes locales dijeron que los fallecidos eran ya 83 (35 hombres, 19 mujeres y 29 niños o menores).

El ataque se produjo en torno a las ocho de la mañana del martes en una zona donde viven muchos de los desplazados procedentes de la provincia de Hama. Varios personas vieron a aviones sobrevolar antes la zona. En un primer momento, tanto el Gobierno sirio como el ruso negaron que sus aviones la hubieran atacado ese día. Un portavoz sirio dijo que nunca habían utilizado armas químicas “ni en el pasado ni en el futuro”.

El miércoles, el Ministerio ruso de Defensa cambió la versión y afirmó que aviones sirios habían bombardeado entre las 11.30 y las 12.30 de la mañana (varias horas después del ataque original) un taller donde los insurgentes almacenaban material tóxico para instalarlo en minas. Ninguno de los habitantes del pueblo identificó un ataque aéreo con bombas convencionales contra un edificio anterior al momento en que empezaron a descubrirse los primeros síntomas y los primeros fallecimientos.

El embajador ruso en la ONU dijo en la sesión del miércoles del Consejo de Seguridad, que las fotos que mostraban a las víctimas del ataque habían sido falsificadas. Ese mismo día comenzaron a ser sepultadas las víctimas en entierros cuyas imágenes evidentemente no han sido falsificadas.

El ataque a Jan Shijún puede ser uno de esos acontecimientos que obliguen a algunos gobiernos a adoptar una actitud diferente, y eso puede ocurrir con el Gobierno de EEUU. La derrota de los insurgentes en Alepo casi había clausurado el conflicto desde el punto de vista militar, pero eso no quiere decir que la guerra hubiera terminado. La provincia de Idlib, donde se encuentra Jan Shijún, es el último enclave con el que cuentan los insurgentes y es el objetivo definitivo para las fuerzas militares del Gobierno.

El portavoz de la Casa Blanca explicó el pasado viernes que el Gobierno de Trump había abandonado la idea de deshacerse de Asad. “Con respecto a Asad, hay una realidad política que tenemos que aceptar”, dijo Sean Spicer. Las prioridades eran otras. “EEUU tiene claras prioridades sobre Siria e Irak, y hemos dejado claro que el contraterrorismo, en especial la derrota del ISIS, está la primera entre ellas”.

Eso se traducía en acabar con la toma de Mosul, en Irak, e iniciar en los próximos meses el asalto al mayor baluarte del ISIS en Siria, en la ciudad de Raqqa.

Todo puede haber cambiado con el último ataque, algo de lo que es difícil estar seguro por las singulares características de la Administración de Trump. En la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, la embajadora de EEUU empleó un mensaje duro, muy distinto al escuchado al presidente antes en relación a Rusia: “Una y otra vez, Rusia utiliza el mismo relato falso para evadir la atención sobre sus aliados en Damasco. ¿Cuántos más niños tienen que morir para que Rusia se preocupe?”. Cerró su intervención con un aviso que hace pensar en acciones militares: “Cuando Naciones Unidas de forma reiterada no cumple con su deber, hay momentos en que los estados se ven obligados a actuar por su cuenta”.

Antes, el propio Trump había hecho unas declaraciones no muy diferentes, aunque con su sintaxis habitual. Le preguntaron si el ataque había cruzado alguna “línea roja” en su opinión. “Ha cruzado muchas líneas”, respondió (vídeo). “Cuando matas a niños inocentes, bebés inocentes, bebés, pequeños bebés, con un gas químico que es tan letal, la gente se queda impresionada al saber de qué gas se trataba. Eso supera muchas, muchas líneas. Más allá que una línea roja. Muchas, muchas líneas”.

Antes, no había explicado muy claramente qué hará a partir de ahora, lo que es habitual en él, pero sí dijo: “Mi actitud hacia Siria y Asad ha cambiado mucho”. Quizá su hija, además de las imágenes, tenga algo que ver con ese cambio. Es probable que su opinión sea mucha más importante que la del secretario de Estado.

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