El día en que el cerebro de Casado hizo clic

Ocurrió hace mucho tiempo, casi en otra era geológica. Entre abril y noviembre de 2019, Pablo Casado bajó el nivel de agresividad de su discurso y llevó a cabo una táctica que los políticos ignoran como si fuera ilegal: hablar sólo en público cuando sea indispensable y no multiplicarse en todos los micrófonos. Algo tuvieron que ver en el cambio Núñez Feijóo y Moreno Bonilla. Después de sufrir el peor resultado electoral en la historia del PP, Casado atendió el ruego. Y le fue bastante bien en las urnas en noviembre.

Volvemos al presente tras esta breve incursión en la historia antigua. Ahora Casado se ha enganchado a la videoconferencia para liderar la cruzada del PP contra el Gobierno por el coronavirus e intentar que la legislatura no llegue a su fin. Se cuentan los días para que acuse a Pedro Sánchez de haber traicionado a los muertos del coronavirus, como Rajoy hizo con Zapatero a cuenta de otros muertos.

En la noche del martes, Casado tenía una cita fácil, de esas que puedes hacer medio dormido. Una entrevista con Pedro Piqueras en Telecinco. De repente, saltó la sorpresa. Al hilo de la solidaridad con el personal sanitario, Piqueras le preguntó si creía que habrá aumentar en el futuro los fondos para la sanidad pública. Una pregunta directa, pero tampoco tan difícil como para que pueda figurar en la selectividad. Si el PP reclama más medios para médicos y enfermeras, se supone que eso habrá que pagarlo de alguna manera.

A Casado le salió la FAES de dentro. Copiar y pegar. Clic. Ni pestañeó cuando demostró que sus prioridades son otras. «El sector público se financia con impuestos del sector privado», dijo –más correcto sería decir que se financia con los que pagan los ciudadanos– y continuó afirmando que «si no hubiera empresas, trabajadores por cuenta ajena y autónomos que pagan impuestos en nuestro país, no podríamos pagar la sanidad pública».

Cierto, y si no hubiera españoles, no existiría España. Casado dejó claro que, ante la mayor pandemia en un siglo y una crisis económica que será peor que la de hace una década, su gran aspiración es que bajen los impuestos. El BCE quema dinero como si fuera una incineradora para comprar deuda soberana y los gobiernos europeos, incluidos los conservadores, aprueban aumentos gigantescos del gasto público para encajar el golpe de un hundimiento económico brutal, y a Casado sólo se le ocurre que las empresas y las rentas más altas paguen menos impuestos.

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600 muertos después, Suecia mantiene su estrategia ante el coronavirus sin perder la calma, pero con dudas

Hay un país de Europa donde los bares y restaurantes no han parado de servir copas y platos y las peluquerías están abiertas. Ese país es Suecia, que está embarcada en la estrategia de inmunidad de grupo sin las medidas drásticas que caracterizan a otros países. El experimento no está exento de riesgos. 591 personas han muerto por coronavirus desde el inicio de la crisis. Una iniciativa del Gobierno en el Parlamento podría indicar que ya están preparando el plan B.

Reino Unido jugó durante un tiempo con la idea de formar inmunidad de grupo hasta que el Gobierno tiró la toalla. Hoy tiene 55.000 casos, 3.634 muertos y a su primer ministro en la UCI de un hospital. Suecia (10 millones de habitantes) no ha sufrido tantos sobresaltos y su Gobierno parece contar con el apoyo de la opinión pública.

Al otro lado de la frontera, Noruega (5,5 millones de habitantes) ha adoptado un estilo muy diferente con las medidas restrictivas habituales en Europa. Su cifra de muertos hasta ahora es de 88.

El primer ministro sueco, el socialdemócrata Stefan Lofven, se puso en manos del responsable de epidemiología de la Agencia Pública de Salud. Anders Tegnell lidera un programa que se basa en recomendaciones a los ciudadanos y en limitar al máximo las prohibiciones con lo que no se castiga en exceso a la vida económica del país. Las concentraciones de más de 50 personas no están permitidas, pero los colegios de primaria están abiertos. Los alumnos de secundaria y universidad reciben las clases vía internet. Bares, restaurantes y gimnasios siguen abiertos al público y en las terrazas de los primeros abunda la gente. Se recomienda el teletrabajo, con lo que muchas oficinas casi están vacías.

«Todos los países están intentando hacer lo mismo», ha explicado Tegnell. «Nosotros estamos intentando que (la enfermedad) se extienda lo más lentamente lo posible. No encontrarán a nadie en el mundo que esté trabajando en esto y que piense que puede erradicar la enfermedad».

En el estilo habitual de la sociedad sueca, el Gobierno ha preferido optar por apelaciones a la responsabilidad ciudadana. Por eso, se pide a la gente que guarde distancias en público y que no hagan viajes en las vacaciones de Semana Santa. Las imágenes del centro de Estocolmo revelan que cada uno respeta las recomendaciones a su manera.

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Qué ocurre en una UCI de un hospital de Londres

Un equipo de BBC News ha entrado en una UCI del University College Hospital en Londres para contar cómo es la batalla diaria del personal médico para salvar la vida de los enfermos de coronavirus. Como ejemplo de los cambios que están realizando muchos hospitales para adaptarse a la emergencia, se trata de la zona de recuperación situada junto al quirófano que ahora ha sido habilitada como unidad de cuidados intensivos. Todos los pacientes se encuentran en estado crítico, aunque algunos se recuperan.

«Nunca había visto nada parecido a esto, ni siquiera en los atentados de Londres. Nunca (tantos pacientes) en tan poco tiempo», dice una enfermera con 23 años de experiencia. «Quizá era un poco ingenuo cuando empezamos y pensé que los pacientes serían gente mayor o con problemas de salud anteriores. Tenemos una mezcla de gente de más de 40 o más de 70 años. Muchos tienen también hipertensión o diabetes o enfermedades respiratorias, pero algunos han pasado por aquí y eran jóvenes o en buen estado de salud antes», explica el médico que dirige la unidad.

El reportaje nos muestra el momento en que deciden dar la vuelta a un enfermo para ponerlo boca abajo (eso libera la presión sobre los pulmones). No menos de seis personas tienen que ayudar para realizar una tarea no muy complicada en condiciones normales, pero más difícil cuando el paciente está conectado a un sistema de ventilación.

Médicos y enfermas aparecen con todo el vestuario de protección. Explican que no pueden estar más de dos horas seguidas en esas condiciones sin necesitar un descanso. La situación es muy estresante y no todos los médicos o enfermeras pueden soportar el trabajo en una UCI. Sus turnos de trabajo son extenuantes. Doce horas al día. Sesenta horas a la semana.

Tras el reportaje, el presentador del informativo pregunta al reportero qué mensaje quería ofrecer el personal médico al permitir la entrada de la cámara. «Quédense en casa», responde. «Es absolutamente vital que la gente se tome en serio el distanciamiento social».

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La política británica sufre el shock de ver a Boris Johnson en la UCI de un hospital

Los británicos tienen claro desde hace unos días la gravedad de la crisis a la que se enfrentan. Lo demuestran las imágenes de las calles vacías de Londres y la cifra de fallecidos, 5.373 hasta ahora. Desde la noche del lunes, la impresión cobró un carácter diferente al saberse que el primer ministro, Boris Johnson, había sido trasladado a la UCI del hospital St. Thomas.

La noticia cayó de forma dramática, porque Downing Street había alegado que Johnson había sido hospitalizado la noche anterior para hacerse unas «pruebas rutinarias» por consejo de los médicos. Su fiebre no remitía diez días después de que diera positivo por coronavirus. La explicación fue recibida con escepticismo por los medios de comunicación. Se daba por hecho que sería sometido a un escáner y pruebas radiológicas para comprobar si tenía neumonía. De lo contrario, no habría tenido que abandonar Downing Street.

El traslado a la UCI fue explicado por un empeoramiento de su estado de salud por la tarde y como medida de precaución para que estuviera cerca de un ventilador por si fuera necesario conectarle a él. Según esa versión oficial, el jefe del Gobierno se encuentra consciente y su estado no es grave.

Johnson tuvo la oportunidad de hablar por teléfono con el ministro de Exteriores, Dominic Raab, el segundo en el escalafón del Gobierno, que a partir de este momento asumirá sus funciones. Esta noche, Raab hizo las primeras declaraciones para decir que el primer ministro «está en buenas manos» y que la maquinaria del Gobierno sigue en pleno funcionamiento sin verse afectada por las malas noticias.

El primer ministro tiene 55 años y nunca ha tenido problemas serios de salud. Sin embargo, la obesidad es uno de los factores de riesgo que inciden en el coronavirus. Mide 1,75 y hace un año admitió que pesaba 104 kilos, aunque antes de la última campaña electoral se vio que había perdido bastante peso.

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El Gobierno no puede elegir las preguntas que se hacen al Gobierno

Pocas cosas hay menos productivas para el periodismo que las ruedas de prensa. Pero en la mayoría de las ocasiones esto es lo que hay. Es como invitar a un vegetariano a una barbacoa. Siempre va a quedar frustrado, aunque haga algunas pequeñas concesiones.

Una cobertura informativa durante un confinamiento plantea retos complicados a los medios de comunicación. También a los gobiernos. Es inevitable tener que pasar por situaciones inéditas –ya lo habrán oído, no hay precedentes a lo que estamos viviendo– hasta que se encuentre un desenlace aceptable. Hay una cosa que está clara: el Gobierno no puede elegir las preguntas que se hacen al Gobierno en las ruedas de prensa. Ni siquiera lo hace Putin en su gran cita anual con los medios que dura varias horas.

Sin los periodistas presentes en Moncloa, el Gobierno decidió que el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, hiciera una selección de las preguntas enviadas por los periodistas. Un mal sistema, pero admisible mientras no durara mucho tiempo. Hay que agradecer que ningún ministro dijera aquello de ‘me alegro de que me haga esa pregunta’. No, un momento. Alguno sí ha comentado que la pregunta recibida era muy interesante. Al menos, no dijo: gracias, Miguel Ángel, por haber escogido esa pregunta.

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El Financial Times cree que la crisis del coronavirus obliga a reforzar el papel del Estado en la economía

La crisis del coronavirus ha provocado un hundimiento económico sin precedentes, pero también ha resaltado la desigualdad existente en nuestras sociedades y la necesidad de respuestas inéditas. Es el mensaje de un editorial del Financial Times que, a diferencia de otros medios de comunicación liberales o conservadores, apuesta por soluciones ideológicas muy alejadas de su ideario. En otras palabras, el FT cree que ha llegado el momento de «reformas radicales» o de ideas que hasta ahora el periódico había rechazado por «excéntricas»:

«Las reformas radicales –revirtiendo la dirección política que ha prevalecido en las últimas cuatro décadas– deberán estar sobre la mesa. Los gobiernos tendrán que aceptar un papel más activo en la economía. Deben ver los servicios públicos como inversiones, no como cargas, y buscar fórmulas para que los mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución será debatida otra vez; los privilegios de las personas mayores y de los más ricos serán cuestionados. Políticas consideradas excéntricas hasta ahora, como la renta básica y los impuestos a las rentas más altas, tendrán que formar parte de las propuestas».

En Reino Unido, al igual que en España, se suceden los mensajes de las autoridades con el argumento de que todos estamos unidos en esta lucha, que el coronavirus no conoce fronteras o diferencias ideológicas o de clase. No es cierto, y eso es algo que también reconoce el editorial al decir que «no estamos juntos en esto». El coste económico está siendo más duro en aquellos sectores más desfavorecidos que dependen de empleos que de momento han desaparecido con el confinamiento. Aquellos que trabajan desde sus casas son también los que cuentan con los salarios más altos: «Además, las personas con sueldos bajos que aún pueden trabajar están a menudo arriesgando sus vidas, como cuidadores y personal de apoyo de la sanidad, pero también como reponedores, conductores de reparto y limpiadoras».

El FT no oculta que algunas de las medidas más espectaculares, como las decisiones de los bancos centrales de inyectar fondos públicos en la economía, ayudarán sobre todo a los que cuentan con mayores activos, en definitiva, a los más ricos.

Las ideas del artículo son de las que conviene guardar para los próximos meses en algunos países. En España, el PP ya ha dejado claro que el Estado debe asumir el coste mientras que al mismo tiempo debe reducir los impuestos, tanto a los más ricos como a las empresas, así como olvidarse de cambiar las reformas laborales que flexibilizaron el despido. Eso hará que no tarde mucho tiempo en regresar el discurso de la austeridad, una vez que la deuda del Estado aumente de forma colosal. Para aquellos, como los autores del editorial del FT, que confían en la supervivencia del sistema económico actual tal y como lo conocemos, eso sería un error sistémico y de consecuencias impredecibles.

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Pónganse la mascarilla (si encuentran una) y cojan fuerzas para pasar este mes

Tres imágenes del viernes en esta lucha interminable contra el coronavirus. Pedro Sánchez visita la empresa Hersill en Móstoles, Madrid, donde se fabrican respiradores para los centros sanitarios. Es la primera vez que se le ve en público con mascarilla y guantes, aunque por otro lado no había salido de Moncloa hasta ahora. Siempre es discutible este tipo de desplazamientos en momentos de crisis. ¿Es sólo un ardid para que le hagan fotos fuera del despacho o la sala de reuniones y demostrar que está realmente implicado? También es cierto que estas visitas son útiles con el fin de animar a otras empresas a que participen en el esfuerzo colectivo.

Otra visita, la del rey al mando de operaciones donde los militares controlan su participación en las medidas originadas por el estado de alarma. También con mascarilla y guantes. Obviamente, se hicieron fotos. Es importante que el jefe del Estado, que es también el jefe de las Fuerzas Armadas, en sentido protocolario más que real, demuestre su apoyo a unos funcionarios públicos que no están precisamente entre los mejor pagados de la Administración.

La tercera imagen no es de una visita. Es un simple desplazamiento de unos pocos metros de Pablo Casado desde la mesa de su despacho hasta una ventana donde posó para que le hicieran una foto, junto a su número dos, Teodoro García Egea, en lo que él llama un minuto de silencio en homenaje a las víctimas del coronavirus. De paso, en un tuit vino a sugerir que el Gobierno es responsable de esta tragedia, porque «el Gobierno dice que va bien».

Con 932 muertos más contabilizados el viernes, es difícil escuchar a nadie sentirse muy animado. Además, a Casado le indigna que el Gobierno no haya declarado luto oficial. ¿Estarán pensando en eso las familias que han perdido a un padre, una madre, un hijo?

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La derecha ultra de EEUU pone en el punto de mira al mayor experto científico de la Casa Blanca

A estas alturas, no puede sorprender que Donald Trump se tome a broma un asunto serio relacionado con la crisis del coronavirus. En la rueda de prensa del miércoles, preguntaron al doctor Anthony Fauci si habían tenido que ponerle protección policial por las amenazas recibidas. El director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas no quiso entrar en detalle. Trump intervino para meter el chiste: «No necesita protección. Todos le quieren».

No todos. Los grupos y webs de la derecha ultraconservadora han puesto en las últimas semanas a Fauci en el punto de mira al considerarlo una amenaza para Trump. En el rincón más adicto a las conspiraciones, lo presentan como un topo de Hillary Clinton, aunque el médico ha trabajado para seis presidentes diferentes de ambos partidos desde 1984.

El Departamento de Sanidad no se ha tomado a la ligera esas amenazas y ha conseguido que agentes de los US Marshalls protejan al doctor y su domicilio. En una respuesta sobre el tema a un periodista, Fauci ha dicho que no le preocupa: «Yo he elegido esta vida. Sé lo que es. Hay cosas sobre ella que a veces son molestas. Pero te centras sólo en el trabajo que debes hacer. Y dejas todo lo demás a un lado».

En España, Vox ha exigido el «cese inmediato» de Fernando Simón, que ocupa un puesto similar al de Fauci. El senador del PP Rafael Hernando, que se ocupa del trabajo sucio en los ataques a otros partidos, le ha llamado «sinvergüenza», «charlatán» y «marioneta». Hernando es licenciado en Derecho, político profesional desde 1983 y no tiene ninguna formación científica. En Reino Unido, los consejeros científicos del Gobierno han recibido críticas por su apoyo al concepto de inmunidad de grupo, pero no ataques personales de este tipo.

La relación de Trump con Fauci en las ruedas de prensa diarias de la Casa Blanca se ha convertido en uno de esos fenómenos que los medios estudian con detalle. El doctor se ha visto obligado a tener mucha habilidad a la hora de matizar o simplemente rectificar algunas de las afirmaciones más dudosas del presidente. No, la llegada de una vacuna no es cuestión de meses. No, la cloroquina que se usa contra la malaria no puede utilizarse como tratamiento para el coronavirus hasta que no se hagan las pruebas correspondientes. No, no es cierto que EEUU tenga tests suficientes para detectar la enfermedad y eso ha sido un problema grave.

Rectificar en público a Trump es un deporte de riesgo en la Casa Blanca. Pocos sobreviven a la experiencia. Trump es consciente de que no puede esperar de Fauci el nivel de adulación habitual en los demás participantes en las ruedas de prensa –todos empiezan sus intervenciones elogiando el «liderazgo» del presidente– y en estos momentos sabe que no debe prescindir de su presencia pública.

«No puedes ir a la guerra contra el presidente», dijo Fauci en una entrevista hace unas semanas. Es decir, no sería inteligente para alguien en su posición. En otra entrevista con la revista Science, fue más crítico: «Cuando tratas con la Casa Blanca, a veces tienes que decir las cosas una vez, dos veces, tres veces, cuatro veces, y luego ocurre» (lo que estabas pidiendo).

La ultraderecha mediática se mostró contenta cuando Fauci apoyó en público la decisión de Trump de vetar los vuelos desde China con la que la Casa Blanca pensaba que solucionaría todos los problemas. Después, el doctor introdujo realismo en las ruedas de prensa, siempre alertando de que se trata de una situación muy grave y que el Gobierno debería mejorar su actuación en relación a la producción de test y la entrega de material médico a los hospitales. Fue en febrero y la primera mitad de marzo en la misma época en que Trump decía que «muy pronto serán cinco personas (los contagiados) y podrían ser una o dos en muy poco tiempo».

Fauci fue elogiado por su papel en los principales medios de comunicación y, a ojos de los ultras, eso le convirtió en enemigo de Trump. Cuando se mostró en contra del uso inmediato de la cloroquina, recomendada por el presidente, empezaron a afilar los cuchillos. «¿El tipo lleva ahí 50 años y nunca pensó en prepararse para algo así? Cada vez que habla, empeora los cosas. Quizá él sea el problema, no la solución», escribió el 13 de marzo John Cardillo, comentarista habitual de Newsmax, una cadena cuyo dueño es amigo de Trump y que llega a 2,6 millones de hogares.

Fauci no andaba equivocado. Un hombre murió en Arizona al ingerir fosfato de cloroquina, un producto empleado para eliminar parásitos en acuarios y peceras. Su mujer, que enfermó pero que se salvó, dijo que habían oído en las ruedas de prensa a Trump hablar de la cloroquina. «Estaba viendo el armario y pensé: ‘¿no es este el producto del que hablan en televisión?'», recordó después.

La presión contra Fauci aumentó cuando una web rescató un email suyo de hace siete años dirigido a Hillary Clinton cuando esta era secretaria de Estado. La felicitaba por una comparecencia en el Congreso en la que había sido duramente atacada por los republicanos. «Su carta de amor a Clinton es la prueba que necesito para decir que es un topo de Hillary», escribió Bill Mitchell, otro prolífico comentarista ultra con medio millón de seguidores en Twitter. Está particularmente obsesionado con Fauci y le ha causado de intentar convertir a EEUU en «un país del Tercer Mundo» por el impacto de las medidas contra el coronavirus en la economía.

Un artículo en The New York Times sugirió que Trump estaba «perdiendo la paciencia» con Fauci. Fue una falsa alarma. Ocurrió en los días en que amagó con levantar las restricciones a mediados de abril para permitir la vuelta al trabajo de la mayoría de la gente. Esta semana y sobre todo por los números terribles en el Estado de Nueva York –2.921 muertes y 92.381 casos hasta este jueves–, Trump acabó rindiéndose a la evidencia. «Nos esperan tiempos muy duros», dijo con gesto serio. Ahora es cuando necesita de verdad tener cerca a Fauci.

Hubo un tiempo en que fueron activistas de izquierda los que le criticaron con dureza. En la Administración de Reagan, grupos de derechos de la comunidad gay se manifestaron para denunciar la pasividad del Gobierno en los primeros años de la lucha contra el sida. En una de esas convocatorias, Fauci pidió a un grupo de ellos que se reuniera con él. Mostró la empatía y el apoyo que hasta entonces no habían recibido. Aprendió mucho de esos contactos y eso ayudó a que pudiera convencer a esos activistas para que aceptaran que los enfermos se sometieran a tratamientos experimentales. Uno de sus grandes rivales en esos duelos se convirtió en amigo suyo.

Fauci, de 79 años, neoyorquino de Brooklyn y nieto de inmigrantes italianos, lleva mucho tiempo navegando en las aguas rápidas de la burocracia norteamericana. Fue condecorado por George Bush con la medalla presidencial de la libertad. Nada de lo pasado antes sirve con un personaje temerario e irascible como Trump.

Por mucho que la ultraderecha no se lo perdone, seguirá en la Casa Blanca dando el análisis objetivo y profesional que necesita esta emergencia. Trump necesita contar con alguien que sepa dar las malas noticias que se esperan y que despierte más confianza que los encorbatados que besan el suelo que pisa y que no desentonarían en una rueda de prensa en Corea del Norte. Es una cuestión de credibilidad.

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Un viaje a China antes de la prohibición de la llegada de extranjeros

Un equipo de Sky News aterrizó en China pocas horas antes de que comenzara la prohibición de entrada de extranjeros. En este reportaje, se observa las medidas de seguridad antes de que subieran al avión en Seúl, durante el vuelo (con las azafatas vestidas como si estuvieran en un hospital) y a su llegada. En principio, se dirigían a Pekín, pero aterrizaron en un aeropuerto a centenares de kilómetros de su destino. Allí les hicieron la prueba del coronavirus, pero no les dejaron continuar hasta la capital. Un autobús les llevó a un hotel, donde pasarán dos semanas de cuarentena en un hotel (casi 40 libras al día incluida la comida).

No cabe duda de que las medidas son rigurosas y aparentemente efectivas. Aun así, el Gobierno tomó la decisión de prohibir los vuelos al país a extranjeros. Con independencia de cuál haya sido el número real de víctimas y el comprensible escepticismo con que son recibidas esas cifras en Europa y EEUU, es indudable que las autoridades chinas han visto directamente el impacto sanitario y económico del coronavirus y no están dispuestas a pasar otra vez por la misma situación. Da una idea aproximada sobre cómo será la vuelta a la normalidad en Europa dentro de quizá un mes o más tiempo.

Será cualquier cosa menos normalidad.

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Destrucción Mutua Asegurada, una estrategia suicida en la crisis del coronavirus

Pablo Casado enarbolaba la palabra ‘lealtad’ con una mano mientras con la otra sacudía con un martillo al Gobierno. El lunes, lanzó la amenaza definitiva con el anuncio de que el PP tiene decidido en estos momentos no apoyar las medidas excepcionales que han paralizado aún más la actividad económica en la lucha contra el coronavirus. Mientras tanto, la presidenta de la Comunidad de Madrid poco menos que acusaba al PSOE y Podemos de matar a la gente.

La Destrucción Mutua Asegurada fue la doctrina estratégica imperante durante buena parte de la Guerra Fría. A partir de un discurso de McNamara en 1962, EEUU incrementó su arsenal nuclear hasta tal punto que suponía que parte de él sobreviviría a un primer ataque soviético. La respuesta sería masiva, con lo que el rival se vería disuadido de dar ese paso. Las iniciales en inglés de la doctrina (la palabra ‘mad’ significa loco) representaba bastante bien la locura de la mentalidad de la era nuclear. La idea dependía de que el otro no estuviera lo bastante loco como para provocar la destrucción del planeta. Los ciudadanos quedaban en manos de esa premisa, escasamente alentadora.

Después de haber probado todas las respuestas posibles y multiplicado su actividad para intentar aparentar que está a la altura del presidente del Gobierno, reuniones por videoconferencia incluidas, Casado parece haber elegido la definitiva. Si el Gobierno no nos hace caso, se hunde el barco. Con nosotros dentro, pero eso no importa. Lo relevante es que cuando nos ahoguemos podremos decir que es culpa de Pedro Sánchez.

Los decretos leyes del Gobierno deben ser ratificados por el Congreso dentro de las próximas dos semanas. Hay tiempo para negociar, aunque Casado ya ha dejado claro que está lo bastante loco como para bloquear las ayudas económicas previstas en esas medidas. Provocar que el hundimiento económico se convierta en un holocausto parece ser un precio razonable.

Casado intenta definir su estrategia como una respuesta racional: «No es posible remar en la misma dirección si nos llevan a un precipicio». Eso obvia que la semana pasada exigió al Gobierno medidas más duras para extremar el confinamiento, a las que Moncloa se estaba resistiendo por su impacto económico. Cuando se adoptaron, Casado dio media vuelta y ordenó avanzar hacia adelante sin mirar lo que dejaba detrás. Con tanto giro, habrá perdido de vista dónde está el precipicio.

El líder del PP también dijo que el peso de esta crisis debe recaer sobre el Estado, no sobre las empresas, como si fuera posible impedir lo segundo cuando no tienen ingresos ni clientes. En el comienzo de esta emergencia, lo primero que Casado puso sobre la mesa fue una reducción generalizada de impuestos, que habría dejado al Estado sin posibilidad de contrarrestar los efectos del desastre económico. Habrá que buscar en la papelera los restos de la servilleta de la curva de Laffer para entender la lógica de esa propuesta.

Otros dirigentes del PP no están para tantas sutilezas. Como es habitual, destaca entre ellos Isabel Díaz Ayuso, que ha acusado a los asistentes a las manifestaciones del 8M de ser como un virus. «Miles de personas de las marchas del 8M han contagiado a otras durante semanas», dijo en una entrevista. Saber cómo la doctora Ayuso está tan segura de ese diagnóstico es tan complicado como enterarse del paradero de los aviones con ayuda procedentes de China que ella dijo que estaban a punto de aterrizar hace nueve días.

De momento, no quiere hablar de ese retraso ni de si ella ha sido estafada en eso que llama «mercado persa» (en esa clase de sitios son los tontos los que primero caen). Tampoco le apetecerá comentar el estado del hospital improvisado en Ifema, del que estaba tan orgulloso el Gobierno madrileño que hasta presumió de ser más rápido que los chinos. Desde el fin de semana, a algunos equipos médicos que allí trabajan se les han ofrecido como protección bolsas de basura para pies y cabeza y mascarillas que no protegen. «Nos están obligando a ir al matadero», dice un médico. «Cualquier parecido con un hospital es pura casualidad», protesta otro.

Como no se ha hecho ya suficientes enemigos, el Gobierno de Ayuso también se ha lanzado contra el Colegio de Médicos de Madrid por criticar que todo se centre en el hospital de Ifema perjudicando a los hospitales existentes y la atención primaria. Pobres médicos. No saben que Ifema es un imán informativo del que el Gobierno no va a prescindir. No se puede decir lo mismo de las residencias de ancianos, responsabilidad de la Administración autonómica, y que han sufrido un colapso general, tanto en Madrid como en otros sitios. Ha habido que esperar a este martes para que se intervengan ocho de ellas.

Todos los gobiernos están desbordados por una epidemia que ha arrasado con los que creíamos que eran los mejores sistemas sanitarios que un país rico se puede permitir. Todos reaccionan ante los acontecimientos, porque hay demasiados fuegos que apagar. Sería conveniente que las distintas administraciones supieran que tienen que trabajar juntos, que nadie se va a salvar solo. El Gobierno central cuenta ahora con un poder inmenso gracias al estado de alarma, pero sigue siendo un Ejecutivo sin mayoría en el Congreso y le perjudica dar la impresión de que está aplicando su propia doctrina MAD. Yo decido y si no me apoyas, el barco se hunde.

Después de las carreras del domingo a última hora y del BOE nocturno, el martes se apreció un ejemplo de la flexibilidad que se podía haber demostrado el fin de semana. Los nuevos criterios del Gobierno permiten un nivel de actividad bajo o similar al periodo de más baja producción en algunas industrias, así como excepciones para el sector exportador. Lo suficiente como para que el Gobierno vasco y el PNV estén más tranquilos y no se pasen a las filas de la oposición.

En el singular mundo de las ruedas de prensa de los ministros en las que el Gobierno selecciona las preguntas que los periodistas hacen al Gobierno después de que cada ministro dé un largo discurso contando muchas veces lo que ya sabemos, hemos escuchado a la portavoz, María Jesús Montero, afirmar que «el Gobierno no ha paralizado la actividad económica», lo que se encuentra bastante lejos de la realidad. Lo han llamado «hibernación», lo que es un punto de vista demasiado optimista a menos que seas un oso.

Lo que está claro es que todo empieza y termina en el Gobierno, o sólo en Moncloa. Por momentos, ha parecido en esta crisis que Pedro Sánchez ha asumido todas las carteras. Es presidente, ministro de Sanidad, Economía y Relaciones con las Cortes y CCAA. Está claro que en las dos últimas funciones todo es muy mejorable. No hemos dejado de ser una democracia parlamentaria, ni siquiera con estado de alarma.

«Se hablará con otros partidos por si es necesario incluir otros puntos» en los decretos que deben ser sometidos a votación en el Congreso, dijo Montero en la rueda de prensa como de pasada. Veremos en los próximos días si se toman en serio esa actitud.

La comparecencia televisiva de expertos de la mañana tuvo como estrella invitada a Fernando Simón en una conexión desde su casa, donde está aislado después de que diera positivo. Es imposible subestimar la aportación del doctor Simón y lo mucho que lo necesita el Gobierno (como en su momento el Gobierno de Rajoy lo necesitó en la crisis del ébola). También lo necesita la sociedad, que no quiere verse cada día ante ningún precipicio ni verse abocada a ser la espectadora de una doctrina MAD que la puede llevar a la tumba. Quiere medidas enérgicas de apoyo al personal sanitario y otras que mitiguen las consecuencias económicas, y reclama portavoces que inspiren confianza y algo de optimismo.

Este fue el mensaje de Simón en su intervención del martes: «Lo que no se puede pretender es plantear medidas nuevas sin poder valorar ni siquiera mínimamente el impacto de todas las que vamos implementando. Esto no es una carrera hacia arriba. No es a ver a quién se le ocurre una medida nueva. Esto es tratar de aplicar las medidas más coherentes posibles, las medidas que podemos valorar si han tenido un impacto o no».

La doctrina Simón resulta más alentadora para la opinión pública que la doctrina MAD.

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