Si te persiguen en campaña, algo habrás hecho y eso no tiene por qué ser malo

Sólo porque seas un paranoico no significa que no te persigan, decía el personaje de Alan Arkin en la película ‘Catch-22’. Casi todos los políticos se ponen algo paranoicos cuando les aprietan y aun más si están en campaña electoral. Y es cierto que con frecuencia la mayoría de sus rivales va a por ellos. En eso consiste una campaña, además de en ofrecer un resumen general del programa. Que se sepa que existe, pero sin insistir demasiado, no vaya a ser que la gente se aburra. Lo que levanta a la gente de los asientos es atizar duro al adversario.

Pablo Iglesias fue a Bilbao el lunes para dar un mitin junto a Miren Gorrotxategi, candidata de Elkarrekin Podemos en las elecciones vascas. Eso en sí ya era una novedad si recordamos su entre escasa y nula participación en la campaña de las elecciones de 2016. Por entonces, la dirección vasca de Podemos estaba en manos de los errejonistas y eso debió de influir. El partido venía de excelentes resultados en Euskadi en las generales de 2015 y 2016 e Iglesias tenía mucho cartel allí. Ese impulso se perdió. Las autonómicas de 2016 dejaron a Podemos como tercera fuerza muy por detrás de EH Bildu.

Iglesias se presentó con la intención de apoyar a Gorrotxategi y otras cosas más, como hacer frente a las críticas a Podemos, que han aumentado en los últimos días desde que Podemos critica a su vez a algunos periodistas. Aquí todo el mundo tiene la piel muy fina y un martillo en la mano. «Hay una sensación distópica», dijo en relación a los tiempos del coronavirus. En la política española, es más la sensación de toda la vida.

El líder del Podemos recuperó el mensaje central de las campañas del partido con un cambio no menor. Antes era: nos atacan por lo que somos. Ahora es: nos atacan por lo que hacemos (en el Gobierno). «Hicieron lo que no está escrito para reventarnos y ahora van a hacer lo que no está escrito para sacarnos del Gobierno», dijo. En dos ocasiones, se refirió a los «cañones mediáticos del PP». Al menos, no puso nombres a esa artillería, a diferencia de su portavoz parlamentario, Pablo Echenique, empeñado en meterse en todas las guerras civiles tuiteras con resultados no muy alentadores, como es propio de las redes sociales.

Una campaña consiste en sacar pecho mientras desnudas la perfidia de los enemigos. No conviene pasarse con el victimismo –que es por otro lado la marca característica de los partidos españoles–, en especial si estás en el Gobierno. Menos samba y más trabajar, te dirán. Por ahí Iglesias presumió de las medidas adoptadas por el Gobierno de coalición, resaltando que hay cambios que son irreversibles: «¿Os acordáis de todas las barbaridades que se decían a propósito de subir el salario mínimo, que hace nada estaba en muy poquito más de 700 euros? Se decía que iba a llegar el caos económico, que eso iba contra la creación de empleo, pero, una vez que lo subes, no hay ningún representante de ninguna formación política que le diga a los trabajadores que hay que bajarles el salario mínimo otra vez». Lo mismo con el ingreso mínimo vital, que resulta que tiene ahora tantos partidarios que es raro que no se aprobara muchos años atrás.

Iglesias relacionó esos logros con los ataques recibidos, que se han redoblado, al igual que contra el PSOE, desde el inicio de la pandemia. Las encuestas nacionales revelan un cierto desgaste en el apoyo al PSOE y Podemos, pero no el hundimiento que esperaban sus adversarios. En aplicación del manual de instrucciones de la política española, toca multiplicar por dos la presión. Si algo no funciona, vuelve a intentarlo.

En su defensa de la gestión por el Gobierno, el líder de Podemos destacó las cosas que se pueden hacer desde el poder, de esos cambios legales a los que considera irreversibles. «Por muy conservador que sea el juez que te toque, la ley es la ley», afirmó. Para que luego digan que se quiere cargar las instituciones.

El poder es un lugar del que está muy alejado Elkarrekin Podemos en Euskadi. Defiende con intensidad la idea de un tripartito de izquierdas junto al PSE y EH Bildu en un empeño que está condenado al fracaso. El argumento de Iglesias, que no pronunció la palabra ETA, es que la vasca es una sociedad «que se ha normalizado», porque «ya se ha superado una época terrible» o lo que llamó «épocas de excepcionalidad», un concepto que está peligrosamente cerca del eufemismo. «Van a decir que es demasiado pronto para que ese cambio se produzca. Pero los tiempos están cambiando».

No tanto. «Pensar que hoy día es posible en Euskadi un tripartito de izquierdas es ciencia ficción», dijo Arnaldo Otegi hace un mes. En la última legislatura, el PSE y Bildu no han hecho esfuerzos por acercarse. La huella del terrorismo continúa arrojando una sombra muy larga sobre las relaciones entre ambos partidos. Los ataques con pintadas contra sedes de partidos o el domicilio de Idoia Mendia por los disidentes de la izquierda abertzale han servido para recordar esa época, que es precisamente lo que buscaban sus promotores. «Todo el mundo sabe que detrás de eso no está EH Bildu», ha dicho Otegi. «Es más, quienes hacen las pintadas y quienes interpelan a EH Bildu (los demás partidos) sólo tienen como único objetivo debilitarnos». Pero Bildu decidió no condenar esas agresiones, sobre todo porque entonces les exigirían emplear esa palabra para actos violentos mucho peores del pasado, y porque Otegi argumenta que eso las «retroalimentaría».

Los tiempos han cambiado en Euskadi, pero no a la velocidad a la que aspira Iglesias.

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Fernando Simón se sube a la moto y lo bajan a pedradas

El virólogo Christian Drosten es el rostro científico de la lucha contra el coronavirus en Alemania. Jugó un papel clave en la investigación sobre el SARS y ha asesorado a Angela Merkel en los últimos meses. Desde el 26 de febrero, realiza un podcast sobre la pandemia que es tan popular que ha encabezado las listas de iTunes en su país. En Alemania, el Covid-19 no ha causado la mortandad sufrida por Italia o España, por lo que cualquiera podría imaginar que su figura, asociada a la de la popular Merkel, es respetada allí por todo el mundo.

Nada más lejos de la realidad. No sólo ha recibido críticas duras y amenazas en su email, sino que el periódico alemán más influyente, el sensacionalista Bild, le colocó en el punto de mira acusándole de errores y negligencia por su investigación sobre la enfermedad y su impacto en los niños. ¿Se molestó por ello? No demasiado: «¿Debería preocuparme? Creo que no. La última vez que leí un ejemplar del Bild fue cuando Boris Becker estaba en la portada después de ganar en Wimbledon (1989 fue el año de su último triunfo). Bild no forma parte de mi vida diaria y nadie de mi círculo personal lo lee».

Ningún político alemán habría osado mostrarse tan desdeñoso con ese periódico que vende más de un millón de ejemplares diarios, a menos que quisiera adelantar su defunción política. Drosten no se inmuta por las cosas que quitan el sueño a políticos y periodistas. Algunas cosas sí le molestan. Alguien pegó por la calle unos carteles en los que aparecía junto al médico nazi Josef Mengele. Drosten lo denunció a la policía.

Por ahí ya tiene algo en común con Fernando Simón. La aparición de la foto de la portada de este domingo de El País Semanal –donde el doctor sale vestido con cazadora de cuero sobre su moto– ha provocado una oleada de comentarios insultantes desde posiciones derechistas. «Toca blanquear a nuestro particular Mengele y para ello hay que presentarlo como el salvador», escribe un economista con 116.000 seguidores en Twitter al que la editorial La Esfera de los Libros le ha publicado un libro sobre el coronavirus. «En cualquier país serio este indecente no podría salir a la calle. Aquí le regalan portadas y le convierten en James Dean», dice Javier Negre, el periodista favorito de Vox y de Isabel Díaz Ayuso, que hasta se puso una camiseta con el nombre de su programa en una entrevista.

Cuando dicen de ti que no deberías salir a la calle en un «país serio» es porque dan por supuesto que cualquier persona normal te partiría la cara si te viera.

Más allá de que llevar cazadora de cuero no te convierte en James Dean (fuente: experiencia personal del autor), los científicos no suelen ser estrellas de la cultura popular ni los arqueólogos son como Indiana Jones. Pero la pandemia ha lanzado en varios países a la primera línea del fuego mediático a epidemiólogos y virólogos, profesionales a los que antes sólo se encontraba muy de vez en cuando en las secciones de sociedad.

Fernando Simón alcanzó un primer nivel de estrellato cuando el Ministerio de Sanidad del Gobierno de Rajoy le eligió para que diera la cara en la crisis del ébola después de una rueda de prensa caótica y algo sonrojante de la ministra Ana Mato y otros altos cargos. El actual Gobierno lo mantuvo en su puesto al frente del Centro de Alertas y Emergencias Sanitarias y también para que se ocupara de la comunicación de esta pandemia. Una vez más, un Gobierno apostaba por su estilo sereno y explicaciones didácticas para informar y tranquilizar a la opinión pública. Para eso y para protegerse detrás de un funcionario que no hace declaraciones políticas.

La proximidad a los políticos ha situado a los científicos que les asesoran en una situación incómoda. Gobiernos como el de Pedro Sánchez sostienen que todas sus decisiones están respaldadas por criterios científicos cuando desde ese campo lo que reciben son recomendaciones más o menos firmes. Las decisiones sobre la cobertura legal del confinamiento o las medidas para volver a poner en marcha la economía sólo pueden tomarlas los políticos que han sido elegidos para dirigir el país.

Un problema añadido es que los científicos no hablan como los políticos. Ante una enfermedad desconocida hasta hace unos pocos meses con una insólita por rápida capacidad de contagio, se han visto obligados a admitir que había muchas cosas que no sabían. Una enfermedad que se transmite con eficacia puede llegar a extenderse por todo el mundo en seis meses o un año, explicó el 9 de junio el doctor Anthony Fauci, consejero científico de la Casa Blanca, «pero esta lo hizo en poco más de un mes». Fauci confesó estar totalmente sorprendido por la rapidez de los contagios.

Cuando el PP y Vox convirtieron la manifestación del 8M en la prioridad de sus críticas al Gobierno, a Simón también le tocó una parte del fuego graneado por no haber recomendado que se suspendiera. No sabía entonces lo que sabe ahora, pero eso en política no se valora ni como atenuante. Lo que en ciencia es normal, en política se considera un error intolerable.

Simón se vio beneficiado por el método elegido por Moncloa para sus ruedas de prensa. Durante tres meses, el secretario de Estado de Comunicación seleccionaba las preguntas enviadas por los periodistas y las transmitía en el orden que él decidía. Otros científicos –como Drosten en Alemania, Fauci en EEUU o Anders Tegnell en Suecia– concedieron entrevistas y tuvieron múltiples comparecencias públicas ante el Parlamento o en conferencias médicas. Fauci se ha presentado más de una vez en el Congreso de EEUU a petición de los demócratas. Tegnell ha dado tantas entrevistas en televisión que se ha convertido en una estrella mediática.

La máxima transparencia no te salva de las críticas. Muchos científicos suecos han censurado a Tegnell por no haber recomendado al Gobierno un confinamiento más drástico, lo que ha tenido un efecto evidente en el número de muertos. Los ataques de partidarios de Donald Trump en EEUU obligaron a poner protección policial a Fauci. Drosten ha sido amenazado por la extrema derecha y el movimiento antivacunas y cuestionado por los grupos que pensaban que debían haberse levantado hace tiempo las restricciones.

En la rueda de prensa del jueves, preguntaron a Simón por la foto de la portada con la moto que se compró en 2004: «Les hizo gracia que venga al trabajo en moto y debieron utilizarla por eso». No era exactamente gracia. Vieron la posibilidad de hacer una foto diferente y se tiraron como lobos hacia ella. Así se hace la portada de una revista, no recurriendo a una fotografía de alguien en su despacho.

En una entrevista en Der Spiegel, el periodista preguntó a Christian Drosten qué le parecía que le hubieran comparado con Gandalf y Obi Wan Kenobi. «¿Quiénes son esos? No conozco a esos personajes», respondió.

Para la próxima pandemia, van a tener que dar clases de cultura popular y fotografía periodística a los científicos. Con esta exposición mediática, la epidemiología ya no es suficiente.

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El coronavirus provoca que los jubilados comiencen a abandonar a Trump y sin ellos no puede ganar las elecciones

Si existiera el manual perfecto para ganar elecciones, debería incluir un punto esencial: no enfurezcas al colectivo que vota con más intensidad. En Estados Unidos y en la mayoría de los países occidentales, ese grupo está formado por las personas mayores de 65 años. Los ancianos votan mucho y con la edad han desarrollado la capacidad para votar a favor de partidos y candidatos que no les convencen demasiado. Lo importante es que no les avergüencen. En estos tiempos de pandemia, no carece de importancia que sospechen que un candidato está poniendo en peligro su vida. Eso es lo que piensan muchos jubilados en EEUU en relación a Donald Trump.

El último candidato demócrata que ganó el voto de los jubilados en unas elecciones presidenciales fue Al Gore en el año 2000. Aprovechó con habilidad algunos proyectos republicanos de recorte del programa Medicare que facilita asistencia sanitaria a los mayores. Desde entonces, hay una brecha generacional en EEUU por la que los menores de 45 años tienden a votar a los demócratas en mayor número, mientras que los republicanos se hacen fuertes a partir de esa edad, y en especial desde los 65 años. Los norteamericanos nacidos en los años 50 o que se hicieron adultos en esa época bajo la presidencia de Eisenhower –durante la Guerra Fría y en una época de bonanza económica y sin grandes tensiones sociales– han resultado ser más conservadores que sus padres.

El 70% de los votantes de 65 o más años participó en las elecciones de EEUU de 2016. Ese porcentaje fue del 46% en el caso de los menores de 30 años.

Calcular a quiénes votan los norteamericanos en función de su edad y otros factores económicos y sociológicos se hace en EEUU a través de las encuestas a pie de urna realizadas el día de las elecciones y de otros estudios posteriores basados en sondeos con un alto número de encuestados. No es raro que ofrezcan resultados algo diferentes, pero en algunos casos coinciden en su veredicto. En las elecciones de 2016, el voto de los mayores fue claramente favorable a Donald Trump.

Según una encuesta con 60.000 personas encargada por la Universidad de Harvard, la ventaja del actual presidente fue de trece puntos sobre Hillary Clinton. Otros sondeos ofrecieron distancias inferiores: siete puntos en el caso de las hechas a pie de urna, pero con casi 20 puntos en el caso de los jubilados de raza blanca.

Ese desequilibrio ha dado un giro significativo en los últimos meses en un momento muy condicionado por la pandemia del Covid-19 y las tensiones raciales provocadas por el asesinato de George Floyd en Minneapolis. Antes de estos hechos, la economía jugaba a favor de los intereses de Trump, tanto es así que le convertía en el favorito para la reelección.

Todo eso ha cambiado ahora. La media de las últimas encuestas indica que Trump está empatado con Joe Biden en el voto de los mayores o por detrás por una diferencia inferior al margen de error de los sondeos. Si esos datos se confirmaran en las urnas dentro cuatro meses y medio, es casi seguro que el demócrata sería el nuevo presidente de EEUU.

«Trump no puede ganar sin ellos», dijo al Christian Science Monitor Michael Binder, director del programa de Opinión Pública de la Universidad de Florida Norte. «Si pierde una parte importante de esos votos o incluso si Biden reduce la distancia (en el voto de los jubilados), Trump está acabado».

Eso es especialmente cierto en varios estados clave en términos electorales que resultan estar entre los que cuentan con un mayor número de jubilados. Entre ellos se encuentran Florida, Pennsylvania, Arizona y Michigan. En Florida, Trump ganó por 17 puntos en 2016 entre los mayores. Una encuesta de finales de abril dio un giro total con una ventaja de diez puntos de Biden en esa parte del electorado. Otro sondeo de Fox News era más favorable para Trump, pero sólo porque preveía un empate técnico.

Florida es además un Estado en el que su gobernador, Ron DeSantis, republicano, siguió al pie de la letra la conducta de Trump de minusvalorar la gravedad de la pandemia durante varias semanas. También fue uno de los estados que más rápidamente puso fin a las restricciones para permitir la reanudación de la actividad económica. Ahora Florida es uno de los estados del sur que ha sufrido la aparición de nuevos brotes hasta el punto de que en los últimos siete días ha batido en más de una ocasión su récord de casos de coronavirus registrados con cerca de 10.000 diarios.

En Florida, el 83% de las personas fallecidas por la Covid-19 tiene más de 65 años, según un recuento del diario Tampa Bay Times realizado en mayo.

DeSantis se ha negado a ordenar a los ciudadanos que se pongan una mascarilla fuera de su casa, aunque hace unas semanas se rindió a la evidencia y empezó a llevarla él. Otros cargos electos republicanos de Florida no han sido tan reservados y han suplicado a sus votantes que lo hagan. Pero para DeSantis es más importante no contradecir en público a Trump.

Al principio de la crisis, Florida ordenó a los habitantes de Nueva York, New Jersey y Connecticut, gobernados por demócratas, que pasaran una cuarentena de dos semanas si se les ocurría viajar hasta allí. Las tornas han cambiado. Ahora es Nueva York quien exige lo mismo a los habitantes de Florida. «Le diría que mire los números. Has jugado a hacer política con este virus y has perdido», respondió el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, cuando le preguntaron qué le diría a DeSantis.

La mayoría de las encuestas revela que los jubilados norteamericanos dan prioridad con gran diferencia a la lucha contra la pandemia sobre la necesidad de resucitar la economía. Este último es un mensaje constante en las declaraciones de Trump y de varios gobernadores republicanos. Tanta insistencia ha hecho que muchos votantes de avanzada edad se hayan empezado a tomar la actitud de Trump como algo personal contra ellos. Por eso, una encuesta de finales de abril reveló que el apoyo al presidente entre los jubilados había caído veinte puntos en poco más de un mes. Y desde entonces los efectos de la pandemia se han acelerado en EEUU.

A este ritmo de pérdida de apoyos para Trump, lo único que debería hacer Joe Biden para ganar las elecciones es seguir vivo el 3 de noviembre.

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Quizá algún día los ciudadanos no serán menores de edad en materia de secretos oficiales

Resulta que 42 años después de la aprobación de la Constitución todavía quedan restos del andamiaje franquista en la estructura del Estado español. La Ley de Secretos Oficiales aprobada en 1968 en plena dictadura, cuando Breznev ordenaba invadir Checoslovaquia y Johnson estaba empantanado en la guerra del Vietnam, continúa estando en vigor en España. Una norma destinada a proteger los intereses del Estado franquista ha seguido manteniendo su poder en las décadas posteriores, salvo un ‘lifting’ que le hicieron en 1978 para peinarla un poco y quitarle algo de su terminología franquista sin tocar su fondo autoritario. Ha durado más que el cadáver de Franco en el Valle de los Caídos.

«El Estado de Derecho se defiende en los tribunales y en los salones, pero también en las alcantarillas», dijo Felipe González en una frase muy recordada. En materia de secretos oficiales, el diseño de las alcantarillas y de la ley discutida el martes fue obra de Carrero Blanco y de su altísima posición en el organigrama de la dictadura, un antecedente nada digno para una democracia que resultaba ser tan perfecta por encima de la superficie.

No ha sido un caso de negligencia política, sino una decisión muy consciente de los gobiernos posteriores al regreso de la democracia. «En la actual ley, el Gobierno puede hacer lo que quiera», dijo en el Congreso Aitor Esteban. ¿Cómo rechazar tal chollo? Desde luego los gobiernos de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero –21 años en el poder– y los de José María Aznar y Mariano Rajoy –15 años– no fueron tan ingratos como para rechazar ese regalo.

El Estado no es una persona física, pero es muy celoso de su intimidad. En especial, si los secretos del pasado pueden perjudicar a los Gobiernos en el presente.

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La normalidad de siempre del PP: ataúdes en las urnas y flipo colorines

Dos noticias de este lunes, una falsa y otra real, para confirmar que la normalidad, la de toda la vida, regresa con todo su empuje. «La afición del Real Madrid saldrá al balcón a las ocho de la tarde para aplaudir a los árbitros», titula la web satírica El Mundo Today. «Argumentarios del PP piden usar las cifras de los muertos contra el Gobierno en la campaña de Euskadi y Galicia», titula este medio.

Aficionados al fútbol, pegándose por las decisiones de los árbitros al final de la temporada. El Partido Popular, tirando de cadáveres en una campaña electoral. ¿Dónde está la nueva normalidad de la que tanto hablaban? Esta película ya la habíamos visto. Antes eran las víctimas del ETA o las del 11M y ahora salen a escena las víctimas del coronavirus. En su primer punto del argumentario, los responsables de comunicación del PP escriben «Basta ya de mentiras»: «Es un escándalo que el INE, el Instituto Carlos III y las funerarias señalen un desfase de varios miles con respecto a las cifras de Moncloa».

Lo extraño sería que dieran la misma cifra si están utilizando bases de datos diferentes con criterios que no son los mismos. Esa diferencia entre muertes con pruebas de coronavirus y exceso de mortalidad existe en España y también en Francia, Italia, Reino Unido y muchos otros países del mundo. No cabe llamarse a engaño. En el segundo dato, es probable que la gran mayoría de los fallecimientos tenga su causa, directa o indirecta, en la pandemia.

El Ministerio de Sanidad cometió un error cuando decidió durante tres semanas dejar de dar la cifra total de fallecidos con los criterios existentes hasta entonces. Tenía su lógica: era más importante vigilar la evolución de la pandemia en los últimos días en materia de contagios de cara a las últimas fases de la desescalada antes que seguir sumando totales de muertos ocurridos en días anteriores.

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La Casa Blanca de los Horrores de Trump

Nacido tras el éxito de una revolución contra un imperio, Estados Unidos siempre ha sido un país que ha presumido de su rechazo a la tiranía y de la defensa de la libertad. Aun contando con un sistema presidencialista, el funcionamiento de sus instituciones se basa en un equilibrio de poderes por el que ni siquiera el jefe de Estado tiene las manos libres para hacer lo que quiera. Eso es algo que los presidentes descubren muy pronto después de ser elegidos.

Ese sistema ha creado también todo tipo de personajes de corte autoritario hasta alcanzar con Donald Trump el punto más alto de desprecio a los derechos civiles y al mismo tiempo de cómica incompetencia. Alguien a quien leer un informe escrito de una página le supone un esfuerzo intolerable. Es además un presidente elegido en las urnas que admira sinceramente a los dictadores.

«¿Por qué le atraen tanto los autócratas al presidente? Tras una beligerante reunión sobre la relación del presidente con un dictador extranjero, un alto asesor en seguridad nacional me dio su visión. ‘El presidente ve en esos tipos lo que le gustaría tener: poder total, sin límites marcados por el Parlamento, una popularidad impuesta por la fuerza y la capacidad de silenciar a los críticos’. Dio en el blanco. Era la explicación más sencilla».

La frase procede de alguien que ha visto muy de cerca a Trump: uno de los altos cargos de la Casa Blanca de ideas conservadoras que obtuvo el nombramiento por razones de confianza política. Un tipo de derechas horrorizado por la conducta del presidente que publicó un artículo sin desvelar su nombre en la sección de opinión de The New York Times en 2018 y que convirtió su testimonio en un libro aparecido en EEUU a finales de 2019. ‘Una advertencia’, con el autor identificado como Anónimo, sale ahora en España publicado por Roca Editorial.

El libro tiene un problema. Sabemos ya tanto sobre el carácter de Trump, casi parecido al de un niño que no tolera que le digan qué no puede hacer, o de sus ideas reaccionarias que es difícil que nos sorprendamos con nuevas revelaciones. Esta semana, la lista ha aumentado. Se ha conocido buena parte del contenido del libro escrito por John Bolton, que fue durante 17 meses su consejero de Seguridad Nacional. El libro nos cuenta que Trump pidió al presidente chino, Xi Jinping, que le ayudara a ganar las elecciones de 2020 con la importación de productos agrícolas y le elogió por su decisión de levantar campos de concentración para internar a disidentes en la provincia de Xinjiang.

En julio, saldrá en EEUU un libro escrito por Mary Trump, sobrina del presidente y psicóloga de profesión, cuyo subtítulo da una pista sobre sus intenciones: «Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo». Es indudable que la industria editorial se ha beneficiado de su presidencia.

Anónimo ofrece el punto de vista de un conservador atormentado por la gestión de Trump, y al mismo tiempo con una memoria selectiva. No es un auténtico conservador, sino un oportunista, dice de él. No le falta razón, pero olvida que no se puede entender al actual presidente sin apreciar la evolución del Partido Republicano desde los años noventa hacia una fuerza política que considera ilegítimas o ‘antiamericanas’ las posiciones del Partido Demócrata, esencialmente moderadas, sobre todo en política económica. En cuanto al desprecio a otras instituciones o a los medios de comunicación, Trump es el heredero, si bien en una versión delirante, de las guerras culturales y estilo de hacer política perfeccionados por Richard Nixon desde 1968 y que han dejado una huella indeleble en los republicanos.

En estos días de convulsiones en la calle en EEUU y de lucha contra el racismo institucional, Trump tuitea de forma obsesiva sobre la «mayoría silenciosa», el concepto que Nixon utilizó en su época de forma muy rentable para sus intereses.

Es cierto que no es lo mismo una tormenta que provoca algunos daños en una ciudad que unas inundaciones que arrasan con todo. Trump ha tenido el efecto de una catástrofe natural. Anónimo sostiene que ha convertido el Gobierno del país en una versión a gran escala de sus empresas: «Un organismo mal gestionado definido por una personalidad sociópata en la dirección, lleno de luchas internas, enredado en pleitos, cada vez más endeudado, alérgico a las críticas internas y externas, abierto a acuerdos turbios, que funciona con una mínima supervisión y que está al servicio de su propietario, que solo se mira el ombligo, a costa de sus clientes».

El libro incluye numerosos comentarios anónimos de altos cargos de la Administración que comparten entre ellos su horror por lo que están viendo. Casi todos están embarcados en una misión imposible: intentar que Trump no haga cosas propias de Trump. «Va a morir gente por esto, joder», dice uno tras la decisión, luego rectificada, de retirar las tropas del norte de Siria. «Aproximadamente una tercera parte de las cosas que el presidente quiere que hagamos es una solemne estupidez», explica otro. «Otro tercio sería imposible de implementar y ni siquiera solucionaría el problema. Y una tercera parte supondría una ilegalidad flagrante».

«Es peor de lo que imaginas –escribe citando un email de Gary Cohn, jefe del consejo de asesores económicos–. Trump no lee nada: ni memorándums de una página, ni los breves documentos normativos, nada. Se levanta en plena reunión con autoridades extranjeras porque se aburre».

El libro ayuda a despejar un error en el que el propio autor incurrió cuando escribió el artículo en The New York Times. Ni los miembros del Gabinete de Trump ni sus asesores de menor nivel tenían ninguna posibilidad de reducir los daños que podía provocar el presidente. Al principio, nombró para su Gobierno a figuras respetadas por los conservadores como el general James Mattis en el Pentágono, Gary Cohn –expresidente de Goldman Sachs– para asesorarle sobre economía, o Rex Tillerson, que pasó de dirigir la petrolera Exxon a ocuparse de la Secretaría de Estado. Esos eran los adultos que iban a controlar a Trump. Todos terminaron tirando la toalla o fueron cesados.

Ya no queda casi nadie en la Casa Blanca que pueda atenuar el desastre. Los adultos se fueron y queda una corte de aduladores. Son los que acompañaron a Trump en el paseo que dio desde la Casa Blanca hasta una iglesia de Washington que había sufrido daños menores en las manifestaciones por el asesinato de George Floyd. Un truco con el que quería parecer como un tipo duro que no se asustaba ante la supuesta violencia de las calles. Una excusa para que le hicieran la foto que encabeza este artículo, y en blanco y negro para que tuviera un efecto más dramático.

El error de Anónimo, admitido en el libro, no es muy diferente al de los medios de comunicación de EEUU, que pensaban que los daños provocados por Trump no serían tan grandes, porque las instituciones norteamericanas funcionarían. El libro está escrito antes de la pandemia del coronavirus. Ahora sabemos que su estilo autocrático y soberbio ha tenido un alto precio en vidas.

Anónimo dice que Trump no es un dictador, sino una persona con «tendencias autoritarias». Sin embargo, la descripción que hace de la Corte de Trump no es tan diferente a esas dictaduras del Tercer Mundo donde los asesores compiten en complacer los deseos del presidente, ríen sus gracias, aceptan sus mentiras como hechos irrefutables y persiguen a los enemigos del hombre fuerte con saña.

Anónimo recuerda uno de los comentarios vejatorios de Trump que trascendió a los medios cuando llamó «shitholes» (lugares de mierda) a algunos países de los que procedían personas que querían emigrar al país. No es un concepto muy académico ni sofisticado para describir a un país, pero puede servir para explicar lo que hoy es el sistema político de EEUU gracias a su presidente.

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La matanza de Tulsa de 1921

350.000 norteamericanos de raza negra formaron parte de la Fuerza Expedicionaria que combatió en Europa durante la Primera Guerra Mundial. Por entonces, el Ejército de EEUU aún imponía la segregación racial en sus filas. Incluso así, los que combatieron en esa guerra sintieron que no se les podía negar la condición de ciudadanos de pleno derecho a su vuelta a casa.

Su país no había cambiado o se podría decir que había cambiado a peor. Durante la guerra, se había producido el renacimiento del Ku Klux Klan como nueva organización, alentada en buena parte por el éxito de la película ‘El nacimiento de una nación’. Volvieron los linchamientos y no sólo en el Sur. El episodio más dramático fue la matanza de Tulsa, en Oklahoma, el 31 de mayo de 1921. Unas trescientas personas negras fueron asesinadas por una multitud de blancos enfurecidos, que arrasaron durante dos días el barrio de Greenwood, una de las comunidades afroamericanas más prósperas del país. Fue su reacción ante el intento frustrado de linchar a un joven negro acusado de asaltar a una mujer blanca en un ascensor. No se llegó a presentar denuncia, pero el sospechoso fue detenido e internado en los calabozos del tribunal local. Jóvenes negros que habían participado en la guerra impidieron inicialmente que la turba entrara en el edificio y a partir de ahí se desató la carnicería.

Más de 1.200 viviendas fueron destruidas. 35 manzanas del barrio quedaron llenas de ruinas de casas incendiadas. La policía y los bomberos no movieron un dedo. De hecho, muchos agentes participaron en la cacería. Los hospitales se negaron a atender a los heridos. Al final, sólo uno los aceptó, pero los colocó en el sótano del edificio. Los supervivientes, unos 10.000, huyeron del barrio. Días después, algunos regresaron para recuperar las escasas pertenencias que no habían sido pasto de las llamas. Seis mil de ellos fueron internados en campos por la Guardia Nacional hasta ser liberados semanas más tarde.

Fue entonces cuando se inició el encubrimiento del crimen. Ningún blanco fue detenido. Las escasas pruebas documentales fueron borradas de los archivos municipales. Sólo hay dos tumbas de víctimas identificadas en el cementerio de la zona. Las demás fueron enterradas en fosas comunes, cuya localización exacta aún se desconoce. El Ayuntamiento actual tiene previsto iniciar pronto las excavaciones en los dos posibles lugares detectados con un sonar y otros métodos.

A finales de los 90, la ciudad puso en marcha una comisión para estudiar la masacre y se entrevistó en vídeo a las personas que aún vivían que habían sido testigos de los hechos. Fuera de Tulsa y de los programas de estudios afroamericanos de las universidades, poco se sabía de lo ocurrido hasta entonces. Para muchos, la serie televisiva ‘Wachtmen’ fue la primera oportunidad de conocer lo que ocurrió.

Donald Trump ha elegido Tulsa para su primer gran mitin desde el inicio de la pandemia de coronavirus. Se espera que 19.000 personas asistan al acto.

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El Gobierno de coalición Casado-González-Cebrián encaja un gol en el Congreso

La sesión de control del miércoles permitió constatar un hecho que puede parecer llamativo a algunas personas, pero que en realidad no es nada sorprendente. El Partido Popular está más cerca de Felipe González y Juan Luis Cebrián que de Antonio Garamendi, presidente de la CEOE. Los empresarios montaron hace unos días un acto público sobre la reconstrucción económica que fue una demostración de fuerza y al mismo tiempo una petición de ayuda al Gobierno, porque las grandes empresas necesitan ahora mismo la ayuda multimillonaria del Estado. Cada día que pasa, la factura aumenta y se amplía en miles de millones.

Los empresarios no ocultan con sus mensajes que pretenden reducir la influencia de Unidas Podemos en el Gobierno de coalición con la reclamación de que no suban los impuestos y que se mantenga la reforma laboral de Rajoy. Son conscientes de que no pueden proponer una mayoría alternativa que no existe, pero al menos confían en que el PP y Ciudadanos ofrezcan algún incentivo para que el PSOE vaya en una dirección más moderada. En otras palabras, por donde le gustaría que fueran las cosas a la vicepresidenta Nadia Calviño.

El PP está en otra guerra. No puede sostener a un Gobierno, ni siquiera de forma indirecta, si su prioridad es aprovechar esta crisis para acabar con él. En eso coinciden González y Cebrián. El expresidente lo ha llamado «camarote de los hermanos Marx». Para el ex consejero delegado de Prisa, es «un Gobierno de la señorita Pepis». Cebrián se remonta en sus críticas a una época anterior a la existencia de Podemos, porque «el descalabro interno del partido comenzó con la obsesión de Rodríguez Zapatero por eliminar cualquier vestigio del llamado felipismo». En definitiva, lo que quieren revertir es la evolución del PSOE de los últimos quince años, que es el periodo de tiempo en el que el PP ha convertido la crispación contra los socialistas en una forma de vida.

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La última fantasía española: a la caza del turista limpio y virginal con una salud de hierro

Los gobiernos autonómicos se han hecho existencialistas. No de forma estricta, porque tampoco es que su conocimiento de la filosofía sea muy amplio. Cuando estamos en puertas de poner fin al estado de alarma, han dejado de enfocar su atención y sus críticas en el Gobierno central para pasar a mirar con temor a los habitantes de otras comunidades autónomas. Es algo que pasa en todas las pandemias. Da igual lo mal que estés. El mayor peligro siempre viene de fuera. Ni siquiera cuando eres consciente de que la enfermedad está dentro de tu ciudadela, eres capaz de dejar de pensar que todo se solucionará con muros más altos. Excepto si te perjudican. Entonces, tu punto de vista cambia por completo.

«El infierno son los otros», escribió Jean-Paul Sartre en una obra de teatro. No en el sentido que se ha dado casi siempre a la frase. El filósofo francés explicó después que no pensaba que las relaciones entre seres humanos fueran siempre infernales, sino que nuestra opinión sobre nosotros mismos está condicionada por la visión que los demás tienen de nosotros. A menos que seamos unos sociópatas –y hay unos cuantos en política–, no podemos obviar eso. Lo que otros creen de nuestra personalidad forma parte también de nuestra autobiografía.

Esa es la situación de la que son conscientes ahora los gobiernos autonómicos, en especial aquellos que han sufrido con más fuerza el impacto de la Covid-19. No importa el esfuerzo realizado ni cuánto haya bajado el número de casos. Ni las repercusiones económicas de todo el periodo de confinamiento. Ni por ejemplo los enormes ingresos que entregan los turistas. Los ven como sospechosos, porque pueden provocar un rebrote de la enfermedad que traiga otra vez miseria y dolor a esa Arcadia feliz que es la otra comunidad autónoma.

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La trama del 11M y la técnica para fabricar una teoría de la conspiración

¿Cuándo se empezó a hablar de teorías de la conspiración? Hay algo que era inevitable. Existe una teoría de la conspiración sobre el término ‘teoría de la conspiración’. Tiene que ver –esto no es una sorpresa– con la CIA y cuenta que fue el espionaje norteamericano quien la creó en los años 60 para describir en términos peyorativos a los que cuestionaban la versión oficial del asesinato de Kennedy. En realidad, la expresión ya se utilizaba en inglés a finales del siglo XIX. Su uso aumentó en los años 50 y se extendió con fuerza en la década posterior, cuando los norteamericanos comenzaron a desconfiar de su Gobierno en una época de turbulencias políticas y sociales.

Siempre ha habido bulos y rumores a lo largo de la historia, algunos propagados desde el poder, otras veces desde los grupos que intentaban asaltar el poder y también desde la misma calle para rellenar los espacios que quedaban vacíos en la información que llegaba desde arriba. Por otro lado, las conspiraciones existen. En casi todas las guerras, algunas personas han tramado la forma de desencadenarlas intentando no dejar rastros que les pudieran delatar.

¿Cómo se fabrica una teoría de la conspiración? ¿Por qué algunas se extienden con rapidez y otras desaparecen o quedan circunscritas a individuos estrafalarios? Lo primero que hay que saber es que es más fácil que se produzcan en épocas de gran tensión social. Una guerra, una crisis económica, una pandemia o un tiempo de convulsiones políticas son momentos propicios para ellas. Las fabulaciones se mezclan con los hechos conocidos. Algunos protagonistas políticos las propagan para perjudicar a sus adversarios. Otros en posiciones de poder las apoyan para evadirse de su responsabilidad.

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