Netanyahu es el líder que se merece Israel

netanyahu victoria

Los israelíes se merecen a Netanyahu, de la misma forma que Netanyahu merece gobernar a los israelíes. Está claro que al escribir esto Gideon Levy, el columnista de izquierdas de Haaretz, está realmente cabreado con el resultado de las elecciones de su país, pero su punto de vista podría ser suscrito por cualquiera. Hay poco margen para la interpretación cuando el primer ministro no sólo ha derrotado a sus rivales y las encuestas publicadas durante la campaña, sino también a los sondeos a pie de urna de la noche electoral, que suelen ser bastante fiables en Israel (un país de ocho millones de habitantes).

El Likud terminó con 30 escaños frente a los 24 de Unión Sionista. Ni siquiera la idea de un Gobierno de gran coalición tiene sentido. Será un Gobierno de conservadores y ultranacionalistas, al que Netanyahu querrá unir el partido Kulanu, dirigido por un exministro del Likud.

Para llegar a este punto, Netanyahu tuvo que recurrir al manual de los trucos sucios y decisiones de última hora, y le fue muy bien. No eran sólo los sondeos y los análisis de la prensa israelí los que empezaron a cantar su epitafio. Él mismo alentó esos pronósticos con el comportamiento del candidato desesperado que ve cómo se escapa su oportunidad. Primero, con la denuncia de una conspiración un tanto delirante. El mismo día de las elecciones, con un llamamiento de indudable tono racista para alertar de que “los árabes” estaban llenando las urnas. Lo que no era cierto.

De esta manera, o quizá por la tendencia de toda la campaña si no supieron detectarla los sondeos, Netanyahu dio sendos bocados al electorado de los partidos ultras La Casa Judía, de Naftali Bennett, e Yisrael Beytenu, de Avigdor Lieberman. Sólo hace unos meses, la prensa israelí especulaba sobre la decadencia del primer ministro y alimentaba la hipótesis de que en el futuro Bennett era el favorito para convertirse en el líder de lo que allí a veces llaman el bloque nacionalista.

Ocurrió lo contrario. Bennett perdió cuatro de sus 12 escaños y Lieberman se quedó con seis (el Likud y Beytenu fueron juntos en 2013 y obtuvieron 31 escaños).

La inesperada por clara victoria del Likud no quiere decir que se haya producido un cambio político o sociológico de gran magnitud. El bloque conservador (Likud, Casa Judía y Beytenu) sube de 43 a 44 escaños. El bloque de izquierdas (Unión Sionista y Meretz), de 27 a 29. El centrista (Yesh Atid, que ha sufrido una gran pérdida de votos, y Kahlon, un partido nuevo) se mantiene en 21. Los partidos árabes suben de 11 a 13. Son los partidos ultraortodoxos los que pierden (de 18 a 13).

Pero políticamente el impacto de estos comicios es innegable. Netanyahu ve reforzada su posición porque puede obtener fácilmente el apoyo de los ultraortodoxos, además del de Kahlon, concediendo a su líder la cartera de Finanzas, como hizo en 2013 con Yesh Atid.

Nadie lee los miedos y aspiraciones del votante israelí como Netanyahu, porque además se aprovecha de no ya años sino de décadas de un mensaje que ha calado en esa opinión pública: todo el mundo está contra Israel, no porque se oponga al sometimiento colonial de los palestinos o porque discrepe de la visión de los políticos israelíes sobre los conflictos de Oriente Medio, sino porque odian a los judíos. En los últimos meses, Netanyahu ha incluido en ese ‘mundo antisemita’ a la Administración de Obama, en este caso por su supuesta ceguera en aceptar que cualquier negociación con Irán es una invitación a que termine fabricando armas nucleares.

En ese escenario de blancos y negros, Netanyahu se beneficia de sus aciertos, tal y como los ve la mayor parte del electorado, pero nunca de sus errores (como cuando anunció en EEUU antes de la invasión de Irak de que el fin del régimen de Sadam Hussein traería consigo una era de estabilidad en la zona). Y no le perjudica porque esa sociedad comulga firmemente con la idea de que la guerra debe sustituir a la diplomacia siempre que sea necesario y que el único error que se le puede achacar al Estado de Israel es que no aplique esa medicina brutal con más frecuencia a sus enemigos. No es toda la sociedad la que piensa así, pero sí la parte suficiente con la que se ganan las elecciones, junto a los aliados de costumbre.

Hasta ahora eran los ultras como Lieberman los que azuzaban a la masa contra los palestinos de Israel (lo que allí llaman árabes israelíes). Sólo si estaban muy nerviosos los dirigentes del Likud caían tan bajo, y casi nunca el jefe de Gobierno. Esta vez Netanyahu no dudó en convertir al 20% de la población en enemigos del auténtico Israel con su agónico llamamiento a las urnas.

Es cierto que esta vez Netanyahu no lo tenía tan claro. De lo contrario, no se habría comprometido con la promesa de que no habrá un Estado palestino bajo su mandato. Adiós a la ambigüedad calculada por la que se acepta la idea de seguir negociando bajo la mirada amistosa de Washington, mientras sobre el terreno se dinamita cualquier posibilidad de acuerdo.

Es el fin de la ficción bajo la que se establecen las relaciones entre Israel y EEUU y Europa. Por más que desde la conferencia de Annapolis de 2007, no se hayan dado pasos efectivos en esa línea, la solución de los dos estados ha sido desde entonces la política oficial de los gobiernos norteamericanos. Todas las declaraciones en ese sentido que a partir de ahora hagan los gobernantes de EEUU tendrán un aspecto aún más ridículo y vacío. Incluso para lo que es habitual en el lenguaje de la diplomacia, esto ya sería demasiado.

¿En serio? Sólo hay que leer la reacción oficial de la UE para pensar que el resultado electoral tendrá repercusiones serias. Federica Mogherini, representante de política exterior, ha emitido el habitual comunicado de felicitación a Netanyahu para anunciar que desea poder seguir trabajando con él para el “relanzamiento del proceso de paz”. ¿Es un caso de estupidez o ignorancia? ¿O es simplemente que reconocer la realidad obligaría a algo que los países de la UE nunca harán?

Los países europeos agacharán la cabeza y harán como si Netanyahu no hubiera dicho nada en su campaña. En caso contrario, tendrían que sustituir la negociación por la presión. Los alemanas tienen demasiada historia encima como para permitirlo.

Con el resultado de las elecciones, se acaba también el mito que Amos Oz ayudó a extender en Europa con la idea de que el problema de la falta de resultados venía del hecho de que los cirujanos eran demasiado cobardes como para tomar decisiones en la mesa de operaciones. Los líderes israelíes y palestinos no tenían lo que hay que tener para dar los pasos con los que llegar a la paz.

Es la opinión pública israelí la que, confiada por la superioridad de su fuerza militar, no quiere escuchar. No le preocupa el temor a una sociedad israelí no democrática que impone un régimen de apartheid sobre los habitantes de unos territorios que controla, puebla y explota contra las normas del derecho internacional.

Netanyahu es su líder natural.

En el último momento del escrutinio con el 99%, el Likud perdió uno de sus escaños que ahora ha recuperado con el voto por correo. Meretz consigue su quinto escaño y la Lista Árabe Conjunta que estuvo cerca de 14 escaños, se queda con 13 . El Partido de la Torá Unida tiene uno menos del que le asignaba el escrutinio provisional. Tras estos pequeños cambios, he actualizado los votos por bloques que aparecen en el artículo.

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El pánico de Netanyahu, toma dos

Sí, Netanyahu está nervioso, tanto como para reincidir en la línea conspiratoria en el día de las elecciones. “Los votantes árabes están llegando en oleadas a las urnas”, trasladados en autobuses pagados por “organizaciones izquierdistas”, ha dicho en un llamamiento a los votantes del Likud para que se dirijan a las urnas en las últimas horas de la jornada electoral.

A las 16.00, el nivel de participación estaba en el 45,4%, un punto menos que en 2013, pero aun así un porcentaje superior al de anteriores comicios. ¿Qué está ocurriendo en las ciudades habitadas por palestinos? Según los medios israelíes, la participación está siendo similar a la media nacional. Los datos no importan demasiado. Netanyahu agita el fantasma del enemigo interior para reclamar el apoyo de sus posibles partidarios.

Lo curioso es que la coalición de tres partidos palestinos, que podría ser la tercera o cuarta fuerza más votada, se formó no porque esos grupos tengan una tradición de trabajar juntos, sino porque la reforma de la ley electoral podía dejar a dos de ellos fuera del Parlamento.

Esta forma de racismo camuflado puede llamar la atención a la gente fuera de Israel. No tanto dentro. Si bien el sistema electoral se rige bajo la máxima de un hombre, un voto, el sistema político no funciona igual. En un escenario sin mayoría absoluta, los partidos árabes siempre quedan fuera de los posibles pactos de gobierno. Los periódicos publican encuestas en las que sólo se pregunta a los ciudadanos judíos. En el Parlamento, los diputados ultras califican a los representantes electos palestinos de quinta columna o de traidores. No valen igual todos los votos.

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Una conspiración sionista internacional contra Netanyahu

netanyahu cartel

La mejor forma de saber si un primer ministro que busca la reelección puede perder las elecciones es descubrir que se sale del guión de campaña que más le puede beneficiar y empieza a disparar a todos los lados. Siempre tendrá una ventaja sobre la oposición: la experiencia que da el poder, los medios oficiales a su alcance y la ausencia de sorpresas sobre un futuro Gobierno. Cuando da a entender que ha perdido los nervios es porque cree que la derrota es una opción realista. El electorado tendrá la tentación de pensar que todo puede pasar.

Eso es lo que hizo Netanyahu el viernes con un extraño mensaje colgado en su página de Facebook, la típica diatriba que escribe un blogger en fin de semana con unas cuantas copas encima. No es raro que lo utilizara para cargar contra sus principales rivales, pero le pareció que eso no era suficiente. Describió una gran conspiración internacional en la que los líderes de Unión Sionista (la coalición formada por los laboristas y el partido de la exministra Tzipi Livni) no eran en realidad el actor principal. Ahí estaban también activistas de la izquierda, medios de comunicación extranjeros, empresarios israelíes y de fuera y hasta gobiernos extranjeros.

El Moriarty de Netanyahu no está entre los integrantes de esa ‘conspiración’. Se trata de Noni Mozes, dueño del Yediot Ahronot, que, según el primer ministro, busca la victoria de la oposición para poder forzar el cierre de otro periódico, el gratuito Israel Hayon, el de mayor difusión del país y propiedad de Sheldon Adelson (el magnate de los casinos que pasó por España a cuenta del proyecto de Eurovegas). Adelson es un partidario acérrimo de Netanyahu, como también su periódico, pero es poco probable que el destino de Israel se juegue en las guerras de periódicos.

Netanyahu afirma que esta trama conducirá a la victoria de Unión Sionista, que pretende la retirada de Israel a las fronteras de 1967 y la división de Jerusalén. Eso es falso y el que crea que un Gobierno dirigido por laboristas y el centroderecha de Livni va a ser un entusiasta partidario de la creación de un Estado palestino se equivoca. Pero Netanyahu tiene el miedo suficiente como para anunciar una confusa conspiración en la que él y el Estado son las principales víctimas.

Eso es una diferencia notable con respecto a anteriores campañas en las que el líder de Likud solía avivar el voto del miedo al principio para en la última semana vestirse de un traje más centrista con el que presentarse como garante de la estabilidad. Ahora las cosas han tenido que cambiar para que esté tan alterado.

También ha prometido que con él en el Gobierno nunca habrá un Estado palestino. Esta declaración ha aparecido en muchos titulares fuera de Israel, pero dentro no ha llamado la atención a los votantes. Ya lo sabían.

El estancamiento político en Israel es un hecho desde hace bastante años. Por muchos tiros que haya, no han pasado muchas cosas en la política interna, básicamente porque Netanyahu tenía bien controlado al Likud y la oposición transitaba resignada a su destino. Cuando surgía una nueva figura, como Yair Lapid (segundo en las últimas elecciones con un 14,3%), era probable que él mismo terminara diluyéndose. Pero por razones que no están muy claras, Netanyahu adelantó las elecciones dos años y medio antes de la fecha y ahora está pagando ese error.

Los israelíes han dejado de preocuparse de las cuestiones de seguridad y defensa que les absorbieron durante años. Sus gobiernos se han ocupado de hacerles ver que nunca pasará nada en relación al conflicto palestino. Ahora es la economía la que centra su atención. De ahí que en muchos artículos se citen las movilizaciones masivas de 2011 en las que la gente se lanzó a la calle para protestar por el aumento de los precios de las viviendas, la carestía de la vida y la desigualdad. Pero el caso es que en 2013 hubo elecciones en las que Netanyahu obtuvo los votos necesarios (un 23%) para continuar en el poder. A veces hay cambios sociales que necesitan más tiempo para tener una traducción electoral.

Israel no sufrió el impacto de la crisis iniciada en 2008 con la misma fuerza que se vio en Europa. Eso no quiere decir que no tuviera consecuencias. El dato más llamativo es el del precio medio de la vivienda, que ha subido un 55% entre 2008 y 2013.

El líder laborista, Isaac Herzog, ha prometido gastar 1.700 millones de dólares en dos años en educación, sanidad, vivienda y otras medidas sociales. Herzog no parece un líder con mucho carisma, pero quizá los israelíes se hayan cansado del estrés permanente de Netanyahu, que cuando no está alertando de que el mundo entero conspira contra Israel, anuncia que si no vuelan las bombas sobre Irán, el país acabará desapareciendo en mitad de una gran nube nuclear. Y además, figuras reconocidas, como el exdirector del Mossad Meir Dagan han manifestado en público que el belicismo de Netanyahu es la mejor forma de poner en peligro la seguridad del país.

El fragmentado mapa político israelí hará que el resultado de las elecciones de este martes no permita saber con seguridad quién estará en mejores condiciones para formar un Gobierno de coalición. Incluso si Unión Sionista supera en escaños al Likud, no tendrá garantizada esa posibilidad.

 

Esta media de encuestas da 25 escaños a la lista de Herzog y 22 a Netanyahu. A partir de ahí: 13 a la Lista Árabe (coalición de tres partidos palestinos), 12 al partido centrista de Yair Lapid, 11 al ultraconservador La Casa Judía (Bayit Yehudi), nueve a Kulanu (un partido fundado por un exministro del Likud), siete a Shas (ultraortodoxo sefardí), seis a Partido de la Torá Unida (ultraortodoxo askenazi), cinco al ministro ultra Lieberman, cinco a Meretz (de izquierdas), y cuatro a Yachad (fundado por un exlíder de Shas).

En esta otra encuesta reciente, Unión Sionista le saca cuatro escaños al Likud (26-22).

Con este panorama endiablado, cualquier pronóstico sobre el futuro Gobierno es prematuro. El Likud cuenta con más aliados potenciales que su gran rival, pero un mal resultado en las urnas puede convencer a esos partidos de que el tiempo de Netanyahu ha terminado y que sería más práctico probar con un nuevo socio más acorde con los deseos de la opinión pública. O pueden quedarse esperando a la puerta de la sede a que les llegue la oferta más atractiva. Esta última opción es muy propia de Israel. Por mucho que sus líderes alardeen de que el país es un trozo de Europa puesto en otro sitio del mapa, su política se parece más a un bazar mediooriental en el que el vendedor grita indignado que el comprador pretende engañarle mientras piensa en la oferta que le va a hacer inmediatamente después.

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Cuando Varufakis se cabreó por una pregunta

No le ha gustado mucho a Yarufakis la pregunta de una periodista de CNBC sobre el “desastre de imagen” (así lo ha llamado) de las fotos de Paris Match. Aún más, cuando le ha preguntado si cree que es “una carga” para su Gobierno. No ganas nada polemizando con un reportero. Debes tener una respuesta preparada para la pregunta que sabes que te va a hacer. Eso siempre es mejor que dar una respuesta cortante y largarte. Así, das a entender que te ha dolido.

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Varufakis bebe vino blanco: es hora de sacar el hacha

varucomida

Ah, la vanidad, esa droga que ha intoxicado a tantos políticos. Yanis Varufakis ha permitido que Paris Match le haga un reportaje de vida cotidiana en su casa de Atenas. Esa revista en la que sale la gente más guapa de Europa desde hace décadas. Por otro lado, ¿el ministro griego de Hacienda debería sólo aparecer en New Left Review? ¿Artículos largos y sin fotos? ¿Qué clase de austeridad puritana lleva a pensar que los ministros sólo pueden posar (es decir, colocarse delante de un fotógrafo) en el despacho, vestidos con traje y corbata, el uniforme de “la gente muy seria” de la que se burla Krugman, y ante una mesa llena de papeles?

Varufakis, Varufucker, el hijo perdido de Zeus, la bestia negra de Schäuble, la vanguardia de Syriza en Europa, el tipo que se supone que ha arrastrado el caballo de Troya hasta las puertas de la confiada Unión Europea… Son algunas de las etiquetas que se han asignado al economista griego que tiene ante sí una tarea imposible. Conseguir que la UE ponga fin a la hemorragia de la economía y la sociedad de su país, aceptando al mismo tiempo la realidad de que es responsable de las finanzas de un Estado en bancarrota.

¿No es motivo suficiente para intentar una imagen diferente ante una audiencia europea? Los griegos no están todo el día maquinando cómo sacar más dinero a los alemanes. También son gente que disfruta de la vida, del matrimonio, de comer al aire libre, de disfrutar de un lugar y un clima por el que oleadas de turistas alemanes han volado a Grecia en los últimos años.

Es además un principio clásico de la comunicación política. Buscar que la audiencia vea al político, en especial si ha sido descrito como peligroso, como un tipo normal, que puede caer simpático, que no está conspirando todo el día para acabar con la civilización tal y como la conocemos. Alguien en quien se puede confiar.

[Eso no impide que en ese intento a veces se cometan errores o situaciones que provocan una cierta perplejidad, como cuando las ministras de Zapatero se hicieron pasar por modelos en Moncloa, o esa foto de la actual vicepresidenta en una habitación de hotel. Puede ocurrir que el riesgo sea excesivo o que no puedas controlar el impacto del mensaje.]

Pero en las trincheras ideológicas de la eurozona no se iba a desaprovechar esa oportunidad para atizar al enemigo. El jefe de economía del Financial Times se burló contraponiendo la imagen de la comida con su mujer (¡ensalada!, ¡pescado!, ¡¡¡vino blanco!!!) con la crisis humanitaria de Grecia. Y luego Chris Giles escribía que no le importaba cómo vive Varufakis, pero se preguntaba por lo que pensarían los pobres de otros países de la eurozona que se supone que deben ayudar a Grecia. Ajá, el problema no es un país con una deuda insostenible, una caída del PIB de 25 puntos, el aumento de la pobreza hasta niveles desconocidos en décadas o la pérdida de la asistencia sanitaria para los parados de larga duración, sino el estilo de vida de un ministro. Porque Varufakis se gastará el dinero que saque a Alemania en comprar lechuga y pescado.

Si las cosas le van mal en el FT, Giles podría encontrar trabajo en el Daily Mail.

Más respuestas del establishment. Un directivo del Consejo de Relaciones Exteriores comenta que se nota que la “austeridad” no es un problema para el ministro griego. Bien visto, viniendo de la clase de gente que se conforma con una lata de sardinas para cenar.

El economista José Carlos Díez dice que no es la mejor imagen para “un país con pobreza y de un partido de izquierdas”. Y cree que el Bild es un argumento de autoridad. Díez ha criticado en muchas ocasiones la política europea de austeridad, lo que no le ha impedido cuando viaja por España comer en estupendos restaurantes, invitado o pagado de su bolsillo, porque a fin de cuentas no tiene que dar cuentas a nadie sobre cómo se gasta su dinero ni eso descalifica sus ideas.

En el apartado del periodismo de tabloide patético, un par de grados por debajo del Daily Mail, está el ABC, pero eso tampoco puede sorprender demasiado.

Es muy posible que en Grecia Varufakis haya recibido críticas de la gente de su partido o cercana a él. El diario Avgi, cercano a Syriza, ya le había advertido de los riesgos de la sobreexposición en los medios.

Es la vieja idea de que los políticos de izquierdas no pueden hacer ninguna ostentación de riqueza, en la mayoría de los casos entendiendo como tal lo que te permite un sueldo de clase media o clase media alta. Una especie de razonamiento idiota por el cual es una muestra de hipocresía que alguien de izquierdas gane dinero y no lo oculte, y que tiene un correlato involuntariamente cómico porque eso lleva a pensar que un político de derechas no tiene ninguno de esos problemas; a fin de cuentas todos ellos son unos cabrones sin sentimientos. ¿Perdón? No es cierta la primera premisa, y tampoco la segunda, pero la primera lleva a la segunda.

Otra cosa es que la crítica a la austeridad y la política tradicional nos haya llevado a un territorio donde se priman cuestiones secundarias. En España hay partidos que creen que todo se solucionaría con menos coches oficiales y menos autonomías. Como si eso fuera a solucionar los problemas de una economía de más de un billón de euros de PIB (qué demonios, eso no serviría ni en Italia, que tiene un número imbatible de coches oficiales). Syriza ha recortado en esos apartados al llegar al Gobierno, y esto puede servir para lanzar un cierto mensaje a la opinión pública, siempre que no se crea que eso es lo importante, o lo que separa a los buenos de los malos.

En esa línea, en todos los partidos hay gente en España que alardea de que para ellos la política no es una profesión, cuando todos en nuestras respectivas profesiones nunca nos fiamos de los aficionados. A esos se les reconoce porque no tienen ni el compromiso ni la experiencia necesarias.

En el ejemplo que consideré en su momento más penoso, Irene Lozano comentó que no se consideraba una profesional de la política cuando su trabajo (y al ser diputada de un partido como UPyD con un grupo parlamentario pequeño, tiene que multiplicarse para seguir varios temas e intervenir en varias comisiones) sólo puede hacerse bien si se toma como si fuera una profesión que te absorbe toda la jornada laboral y parte del tiempo de descanso, incluidos fines de semana.

La gente necesita políticos que se tomen en serio su trabajo, que adopten en él una actitud profesional, que reciban un sueldo que esté a la altura de ese compromiso, que no se avergüencen de reconocerse como tales. Y también políticos que tengan tiempo para comer con su mujer y disfrutar de la vida. Con vino blanco en la mesa.

12.00

Parece que las críticas en Grecia, probablemente en su partido, a la sesión de fotos en Paris Match han hecho mella en Varufakis, que ha reconocido que fue un error. “Ojalá no me hubieran hecho esas fotos”, ha dicho a Alpha TV. “No me gusta la imagen que dan”. Sobre el texto de la entrevista, no ha puesto inconvenientes.

No lo llamaría una rendición completa del político griego (aunque se le acerca), porque resulta algo más que ingenuo pretender que la imagen es irrelevante para un político. Lo que no cabe duda es que ni siquiera en situaciones de máxima crisis, la gente deja de pensar que la imagen es lo único importante. Por eso es tan efectiva como munición de combate.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

‘La rebelion de las máquinas’ (Maximum Overdrive) es una película basada en un cuento de Stephen King, está dirigida por Stephen King y el primer personaje que aparece es Stephen King. Está dentro de esta lista de diez películas horribles.

–Una historia oral de ‘Mad Men’.
–La última película de Warren Beatty está a punto de estrenarse. Quizá.
–La Cenicienta antifeminista de Disney.
Bob Dylan se apunta al cine negro.
–Ahora le toca a Obama leer los tuits que le dedican.
–Huevos con (Kevin) bacon.
–Otra forma de preparar el bacon.
–John Oliver, sobre el estado de las infraestructuras en EEUU.
–La pasión por la carne de pollo y su efecto en los animales.
–Un sencillo gráfico sobre comparaciones con los nazis.
Martin Heidegger y el nazismo.
–El número pi.
–Por qué es una mala idea mezclar la violencia machista con el famoso vestido.

“Pratchett wrote about Death and he made Death knowable, likable. There are so few writers who could make a million people across the world feel affection for death. Terry Pratchett made a whole generation of people fall in love with their own inevitable death”.

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Operando en la oscuridad en Alepo

“Marúan estaba tendido en la mesa de operaciones cuando las luces parpadearon y se apagaron. Encendí la linterna que utilizaba en esas ocasiones, pero empezó a fallar al fallar las pilas. La enfermera a mi izquierda sacó su teléfono móvil del bolsillo y lo encendió, ofreciendo la única luz en el sótano a oscuras. Otros hicieron lo mismo con sus móviles, enfocando las luces hacia la herida y dando la luz suficiente para que yo pudiera seguir reparando el cuerpo roto del chico.

Marúan había llegado a mi hospital de campaña, construido bajo tierra para evitar los bombardeos, después de perder a su madre, su hermana y dos de sus piernas en un ataque con ‘barriles bomba’ a finales del año pasado. Después de la operación, me preguntó con su voz tímida: ‘¿Podré volver a la escuela?’.

En otro incidente, dos semanas más tarde, trabajamos duro para estabilizar a un hombre con una grave fractura en la pierna. Lo metimos, junto a otros dos pacientes, en una ambulancia para un viaje de 90 minutos a la frontera turca, donde recibiría mejores cuidados en un lugar más seguro.

Justo cuando salían, cayó otro barril bomba cerca de la ambulancia. El enfermero fue el único que sobrevivió”.

Es el testimonio de Abdel, un cirujano de Alepo, Siria, en un artículo en el NYT. Escribe ahora que la atención del mundo está centrada en ISIS para recordar que la guerra continúa en Siria, que el Ejército bombardea zonas civiles de forma indiscriminada, y que los hospitales, edificios fácilmente distinguibles desde un helicóptero a un centenar de metros de altura, son atacados de forma deliberada.

El cirujano trabaja en la zona este de Alepo ocupada por las fuerzas insurgentes y que sufre a diario, excepto los días nublados o con niebla, el ataque de los helicópteros. Es uno del centenar de médicos que, según Médicos sin Fronteras, continúa trabajando en una zona en la que aún viven unas 300.000 personas. Los demás han huido o han muerto,

“Las estadísticas hablan por sí solas”, afirmaba esta semana Teresa Sancristóval, de MSF. “Si vemos el número de hospitales que han sido bombardeados, que se cambian de sitio y al día siguiente vuelven a ser bombardeados, se ve que no hay una intención de respetar a los centros sanitarios”. Los habitantes de Alepo lo saben hasta el punto de que los consideran lugares peligrosos. “Buscamos un lugar para instalar un hospital, y en cuatro lugares los vecinos se negaron a permitirlo, porque decían que si lo poníamos allí, lo terminarían bombardeando”.

Alepo tiene no más de una hora de suministro eléctrico al día. La zona controlada por el Gobierno está en mejores condiciones, pero también sufre ataques, en este caso de los grupos insurgentes, y pasa a oscuras toda la noche.

Un estudio de la universidad china de Wuhan ha utilizado imágenes vía satélite para demostrar que el 83% de las luces nocturnas han desaparecido del país desde marzo de 2011. El porcentaje es del 97% en el caso de Alepo.

Incluso en la zona oeste, la más poblada y controlada por el Gobierno, la diferencia es notable. La diferencia se debe a la huida de centenares de miles de personas en cada una de las zonas afectadas por los combates.

siria luz

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Una actuación del líder de Boko Haram

Si hiciéramos una parodia para un programa televisivo sobre el líder de Boko Haram, Abubakar Shekau, es difícil que pudiéramos superar estas imágenes de finales de 2014. Hay que aceptar que en determinadas circunstancias un desequilibrado alcance una posición de poder. Ha ocurrido en muchos países, y desde luego un lugar como Nigeria parece terreno abonado. Es el mismo Estado que fue gobernado durante cinco años por un sociópata como Sani Abacha.

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El voto del miedo a los nacionalistas llega a Gran Bretaña

tories salmond

Todos los que elogiaban el nivel del debate político en el Reino Unido justo antes del referéndum de Escocia, básicamente para contraponerlo a la tradicional crispación española, quedarán un tanto decepcionados al ver la última campaña de los tories. En la foto, Alex Salmond lleva en el bolsillo de la chaqueta a un empequeñecido Ed Miliband.

El mensaje a los votantes: los laboristas estarán controlados por los pérfidos independentistas escoceses si dirigen el Gobierno después de las elecciones del 7 de mayo. Para remachar el aviso, David Cameron explicó en Facebook que se trata de una perspectiva “terrible”. El SNP (siglas en inglés del partido de Salmond) obtendrá un “alto precio” por su apoyo. Conclusión: “Todos en Gran Bretaña lo pagarán con impuestos más altos, más gasto público, más deuda y una defensa más vulnerables en estos tiempos peligrosos”.

La campaña se ha encargado a M&C Saatchi, la misma agencia que le puso ojos de diablo a Tony Blair en las elecciones de 1997. Ese intento de arrebatar a Blair su imagen angelical (sí, entonces Blair era así) no sirvió de nada, pero lo de ahora demuestra que los conservadores van con todo el arsenal de los trucos visuales. Es eso o volver a la oposición.

Los tories han conseguido enjugar en los sondeos la diferencia que les han sacado los laboristas a lo largo de la mayor parte de la legislatura. Pero su aliado en el Gobierno de coalición, los liberales demócratas, perderá decenas de escaños. Las opciones de Cameron de continuar residiendo en Downing Street parecen reducidas, por más que su nivel de apoyo personal en los sondeos sea alto comparado con el de Ed Miliband. 

Las características del sistema electoral británico hacen difícil los pronósticos. Resulta complicado en teoría saber cuánto le reportará en escaños un 15% a los euroescépticos de UKIP. Puede suponerles un número de diputados que los haga imprescindibles para gobernar (esa es la opción menos probable), o podría desperdiciarlos en un montón de circunscripciones. Además, UKIP y LibDem están en las antípodas en el tema europeo, con lo que resulta imposible imaginarlos juntos en un Gobierno.

La mayoría de los sondeos más recientes ofrece un empate técnico entre los dos grandes partidos, pero con cifras muy bajas. El domingo, YouGov preveía (para The Sunday Times) un 33% para los tories, 32% para los laboristas, 15% para UKIP, 8% para los LibDems y 5% para los verdes. En la de Opinium (para The Observer) conservadores y laboristas estaban empatados con un 34%.

The Guardian hace una proyección tomando los datos de todas las encuestas. El último resultado asigna 276 escaños a los tories, 266 a los laboristas, 52 al SNP, 27 a los LibDem y 26 a otros partidos. La mayoría absoluta está en 326 escaños. Es estupendo contar con una previsión tan exacta, pero no conviene creérsela demasiado. Las empresas de encuestas, al igual que pasa en España, afirman que nunca antes ha sido tan difícil prever el resultado. No sólo por la aparición de nuevos partidos, sino también por la escasa convicción de los encuestados. El número de los que dicen no tener decidido el voto es anormalmente alto.

La fragmentación del mapa político británico ha hecho que muchos analistas den ya por muerto el bipartidismo, a pesar de lo mucho que le favorece el sistema electoral. Lo que suman los tres principales partidos nunca ha dado un porcentaje tan bajo. Blair consiguió ganar las elecciones de 2005 por mayoría absoluta con sólo un 35%, pero eso no va a volver a ocurrir.

Si nos fijamos sólo en los números, hay dos razones. Los laboristas van a ser aniquilados en Escocia. Allí se juegan 59 escaños, y todos menos un puñado van a ser para el SNP, que por cierto ya no es el partido de Salmond. Está dirigido por la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon (Salmond se presenta ahora a las generales). La derrota en el referéndum de independencia no ha pasado factura a los nacionalistas. Les ha dado incluso más fuerza. Su electorado continúa motivado, mientras que el de los partidos ‘nacionales’ (con perdón, porque Escocia es una nación) carece de líderes con carisma y no puede contar con el apoyo de muchos de los que votaron ‘no’.

Para apreciar el impacto de este sorpasso, hay que recordar que los laboristas obtuvieron 41 escaños escoceses en las generales de 2010. El SNP, 6. En realidad, la referencia ya no vale de mucho. En las elecciones escocesas de 2011 (lo que nosotros llamaríamos autonómicas), Salmond obtuvo la mayoría absoluta de escaños con un 45%. Ahora es probable que supere el 50%. Los tories pueden darse por satisfechos si conservan su escaño actual y los laboristas quizá se queden con entre cinco y diez, como mucho.

Los conservadores saben que no son muy queridos en el norte. Es en el sur y este del país donde sus problemas tienen más impacto electoral. En el este, UKIP les puede arrebatar muchísimos votos, aunque eso no se traduzca en un número significativo de escaños para los euroescépticos. Esa hemorragia de votos permitirá en el muy poblado sur a los liberales demócratas conservar con suerte la mitad de sus escaños  y que los laboristas ganen unos cuantos con los que compensar la humillación escocesa.

Con tantos partidos en juego y tantas circunscripciones cada una en zonas del país muy diferentes, las combinaciones posibles son numerosas y las posibilidades de hacer un pronóstico aventurado a menos de dos meses de la fecha del 7 de mayo, escasas.

Pero son dos meses y la fiesta no ha hecho más que empezar. Ed Miliband intentará convencer a los escoceses de que sólo los laboristas pueden echar del poder a Cameron y sus tories. Nadie cree que tendrá mucho éxito. Su estatura como líder no ha llegado a crecer desde el día que salió elegido. La idea de un humorista de caricaturizarlo como el protagonista de ‘Wallace & Groomit’ ha echado raíces.

Cameron jugará a tope la carta del voto del miedo a los nacionalistas escoceses, que por ser hostiles a los tories lo tienen descartado como socio de gobierno. El primer ministro intentará convencer a los posibles votantes de UKIP de que si abandonan a los conservadores, estarán entregando la llave del poder al SNP. Por debajo de todo esto, circulará de forma subrepticia la apelación al nacionalismo inglés, un factor político que nunca ha sido decisivo en unas elecciones, pero que siempre ha estado ahí. Ahora que se supone que los escoceses deben obtener un sustancial aumento de sus competencias económicas como parte de la promesa que hizo Cameron antes del referéndum, lo que se estará afirmando es que sería una afrenta que sean los escoceses los que decidan quién gobierna el Reino Unido, es decir, Inglaterra (y Gales).

Y donde no puede llegar Cameron, lo harán el Daily Mail y The Sun.

Pero más allá de los números, y por eso tanto Miliband como Cameron no pueden dar por hecho que sus llamamiento tengan éxito, lo que está detrás de esta fragmentación es la pérdida de prestigio de los partidos tradicionales (¿les suena?) que han sostenido la vida política del país desde hace décadas. No es un fenómeno repentino ni algo originado por un escándalo concreto, aunque el asunto de los gastos de los parlamentarios en la anterior legislatura tuvo un fuerte impacto.

En el fondo, es una evolución natural de la política británica que se ha hecho más evidente en la última década. En las elecciones de 1951, conservadores y laboristas reunieron casi el 97% de los votos. Durante 20 años, poco cambió. En 1970, eran el 89,5%. La crisis de los 70 tuvo su efecto. En 1979 eran el 80,8%. En 1984, la irrupción de la alianza liberal y socialdemócrata se notó (70%), pero luego se recuperaron.

Y después… 1992: 76,3%. 1997: 73,9%. 2001: 72,4%. 2005: 67,6%. 2010: 65,1%.

No hay ya picos, sino que es una tendencia constante. El reparto casi a la par de ese 65% les deja a ambos sin ninguna posibilidad de llegar a la mayoría absoluta.

El sistema electoral mayoritario y la elección directa de un diputado en cada circunscripción (una especie de remedio mágico para políticos ventajistas o politólogos despistados) ya no son ningún bálsamo con el que arreglar los problemas de representación en la democracia. Los votantes británicos no creen que las élites políticas cuiden de otros intereses que no sean los suyos. El descrédito del establishment alcanza a la industria financiera (crisis de 2008) y los medios de comunicación (escándalo de las escuchas del News of the World y descenso galopante de la difusión de la prensa). Los escoceses están hartos de Londres. La clase media inglesa cree que hay demasiados inmigrantes, y si son europeos les da igual, y acaricia la idea de abandonar la UE. La economía se recupera pero eso no parece beneficiar a los dos partidos en el poder.

En el rechazo a las líneas maestras que han marcado la política británica desde la Segunda Guerra Mundial (con los cambios posteriores añadidos por Thatcher y Blair), los habitantes del Reino Unido se parecen un poco más al resto de los europeos. Frente a los que piensan que un resultado electoral haría al país ingobernable, se va imponiendo la idea de que la ‘gobernabilidad’ es un concepto sobrevalorado. Los políticos ya no son gente bien vista en Gran Bretaña.

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Obama y la lucha por los derechos civiles

obama selma

Gran discurso de Obama en Selma, Alabama, en el 50º aniversario de uno de los momentos más dramáticos de la lucha por derechos civiles en EEUU.

Como es habitual en Obama, y en este punto tenemos que recordar que es el presidente del país y por tanto un producto del sistema político norteamericano, toca todas las teclas de forma inteligente. Reconoce los logros del sistema y al mismo tiempo le desafía con la idea de que la lucha no ha terminado, que el hecho de que la cobertura legal de esos derechos por los que hubo que derramar sangre no supone de forma automática que esos derechos estén completamente reconocidos.

Sobre la primera parte:

“We do a disservice to the cause of justice by intimating that bias and discrimination are immutable, or that racial division is inherent to America. If you think nothing’s changed in the past fifty years, ask somebody who lived through the Selma or Chicago or L.A. of the Fifties. Ask the female CEO who once might have been assigned to the secretarial pool if nothing’s changed. Ask your gay friend if it’s easier to be out and proud in America now than it was thirty years ago. To deny this progress — our progress — would be to rob us of our own agency; our responsibility to do what we can to make America better”.

Sobre la segunda parte:

“Of course, a more common mistake is to suggest that racism is banished, that the work that drew men and women to Selma is complete, and that whatever racial tensions remain are a consequence of those seeking to play the “race card” for their own purposes. We don’t need the Ferguson report to know that’s not true. We just need to open our eyes, and ears, and hearts, to know that this nation’s racial history still casts its long shadow upon us. We know the march is not yet over, the race is not yet won, and that reaching that blessed destination where we are judged by the content of our character — requires admitting as much”.

Como estos discursos se escriben y reescriben muchas veces, hay que anotar un error tremendo que es raro que nadie haya detectado. Pero es difícil decirle al jefe del Estado que se está pasando en este párrafo:

“Because the single most powerful word in our democracy is the word “We.” We The People. We Shall Overcome. Yes We Can. It is owned by no one. It belongs to everyone. Oh, what a glorious task we are given, to continually try to improve this great nation of ours”.

Oh, man. Poner al mismo nivel la primera frase de la Constitución, el grito mítico de la lucha por los derechos civiles y un eslogan de campaña.

Texto íntegro del discurso de Obama.
–El discurso dura algo más que media hora. Vox ha extractado tres momentos impactantes.
–Could a Selma-like protest happen today? Probably not.

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