La política es una profesión y los paracaidistas terminan estrellándose en el suelo

Con el fin del bipartidismo, se extendió en España la idea de que los políticos profesionales, que son casi todos, eran una parte esencial del problema. Las encuestas del CIS lo certificaron en sucesivas oleadas. Los numerosos casos de corrupción parecían confirmar esa sospecha. La partitocracia se empezó a utilizar como concepto negativo, aunque los partidos políticos hayan sido siempre un elemento clave de la democracia liberal en Europa. Luego llegó Albert Rivera y dijo que no era ni de izquierdas ni de derechas. Lo que de verdad quería decir es que pretendía dejar en la irrelevancia a los partidos tradicionales de izquierda y derecha. Al final, los votantes decidieron que el que sobraba era el líder de Ciudadanos. Por sus declaraciones posteriores, se intuye que no se enteró muy bien de lo que pasó o que creía que la culpa del fracaso era de todos, menos de él. Una reacción muy típica en políticos profesionales.

Buena parte de esas críticas generales estaban justificadas. El sistema político que había comenzado a finales de los setenta daba señales de un agotamiento evidente. A partir de 2014, muchos políticos de primer nivel se fueron a su casa arrollados por circunstancias que ni podían ni sabían controlar, porque en el fondo no las entendían. Hubo un relevo generacional con la entrada progresiva de nuevos políticos de Podemos, Ciudadanos y Vox que acercó a la política a la realidad a cambio de hacerla más agresiva.

Lo que no cambió fue el ansia de los partidos de optar a la renovación a través de los fichajes de (presuntos) galácticos. Personas de las que se decía que venían de la sociedad civil –¿de qué otro sitio iban a venir?– para aportar un punto de vista más fresco y pegado a la calle. O simplemente eran gente muy conocida por su trayectoria en otro campo profesional. Evidentemente, en cada partido estos fichajes eran recibidos como un golpe maestro del líder. Desde fuera, los periodistas los miraban con escepticismo. Algunos sólo necesitaban una entrevista para delatar su desconocimiento sobre asuntos básicos. O su arrogancia. A veces, suscitaban un cierto cariño condescendiente: este no sabe dónde se ha metido. Sigue leyendo

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Se abrieron los cielos, sonaron las trompetas de Jericó y Díaz Ayuso dio a luz a un ratón

Los políticos siempre tienen prisa en septiembre para recordarnos que existen. Y nadie es más rápida desenfundando el arma que Isabel Díaz Ayuso. El día en que el Gobierno de Madrid celebraba la primera reunión después de las vacaciones, se presentó en la rueda de prensa para anunciar otro capítulo más en su guerra santa contra los impuestos. Bajo su guadaña, cayeron los tres que gravan las máquinas recreativas en bares y restaurantes, los depósitos de residuos por empresas y el recargo en el IAE. Tres enemigos de la libertad a la que acosaban con alevosía. Tres enemigos de tamaño ínfimo, tan pequeño que eran irrelevantes. El recargo del IAE asciende a un escalofriante 0% desde 2009, el de residuos tiene que desaparecer cuando se apruebe en el Congreso una tasa estatal de basuras y el de las tragaperras es una tasa residual. En conjunto, suponían 0,7 euros por habitante. Es lo que el diario ABC llamó lanzar «una bomba». Una con setenta céntimos de metralla.

La socialista Hana Jalloul lo llamó «puro humo». Mónica García, de Más Madrid, dijo que era una «pantomima neoliberal». Pero con el teatrillo fiscal, Ayuso se ganó unos cuantos titulares, que es de lo que se trataba.

Cada paso en las guerras de religión, por pequeño que sea, es una victoria contra los infieles. Ahora la Comunidad de Madrid ya no cuenta con impuestos propios. La presidenta madrileña sacó a colación los que tienen las CCAA gobernadas por sus rivales –por ejemplo, trece en Catalunya o seis en Aragón– y se calló el número de los ejecutados por gobiernos del PP (ocho en Andalucía y seis en Galicia). Seguro que cree que esos dirigentes regionales de su partido no son lo bastante puros, aunque hubiera quedado poco cortés avergonzarles en público. Sigue leyendo

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El precio de la luz alcanza niveles prohibitivos para el Gobierno

La primera pregunta en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros del martes fue sobre el precio de la luz. La portavoz, Isabel Rodríguez, dijo que es «un asunto sobre el que existe una absoluta sensibilidad» en el Gobierno. Hubo una segunda pregunta minutos después y no le debió de gustar mucho a la ministra, porque empezó diciendo «para cerrar el capítulo…». No se les ocurra seguir preguntando por la luz. Estaba claro que no tenía muchas ganas de hablar del asunto. Un tercer periodista sacó de nuevo el tema y casi pidió disculpas: «Perdone que insista con el precio de la luz». Esto pasa con las polémicas que acosan al Gobierno sin que este pueda hacer mucho a corto plazo. En estos casos, lo que se hace es acortar la rueda de prensa, que es lo que ocurrió.

Unidas Podemos estaba mucho más habladora que Rodríguez hasta el punto de que planteó una alternativa ciertamente novedosa: manifestaciones promovidas desde dentro del Gobierno para presionar al Gobierno. No es un caso de desdoblamiento de personalidad, pero se le acerca bastante. Txema Guijarro, uno de los responsables del grupo parlamentario, recomendó a los ciudadanos que salgan a la calle con una doble misión, denunciar esta situación y contrarrestar la presión de las eléctricas. Es decir, en una frase acusaba al Gobierno del que Unidas Podemos forma parte de dos cosas un tanto vergonzantes: de pasividad ante un crecimiento desbocado de los precios y de no plantar cara a las grandes corporaciones: «Si queremos un Gobierno audaz, valiente, que tome decisiones que le sitúen frente al oligopolio, la ciudadanía se tiene que movilizar para que se mueva en esa dirección», dijo Guijarro en una entrevista en RNE.

Por tanto, el Gobierno no está siendo ahora valiente ni efectivo ante el poder de las eléctricas, en opinión de Podemos. También es cierto que por «Gobierno», se refieren al PSOE. Sigue leyendo

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El Congreso descubre que Afganistán existe

La política española se olvidó de Afganistán hace mucho tiempo. Como mínimo, desde 2014, cuando se retiró el último destacamento de tropas. A finales de junio de este año, regresó a España el grupo de 24 militares que formaba parte de la misión Resolute Support de la OTAN. Estados Unidos ya había decidido completar la retirada decidida antes por el Gobierno de Donald Trump. Los gobiernos europeos, los mismos que ahora critican a la Administración de Joe Biden por la caótica retirada en el mayor fracaso occidental del siglo XXI, ya sabían que tocaba hacer las maletas sin causar mucho ruido, porque a fin de cuentas su presencia en el país siempre había sido secundaria.

El único Estado que tuvo un papel militar relevante fue Reino Unido, que concluyó su intervención en la provincia de Helmand con un fracaso rotundo, uno de tal calibre que sus soldados tuvieron que ser sustituidos por marines norteamericanos. En la reconstrucción de la policía afgana, Alemania llevó la iniciativa desde 2002 y en 2007 se formó la misión europea llamada EUPOL para adiestrar a los agentes locales, cuyo balance no fue mucho mejor. La policía de Afganistán era el cuerpo más corrupto entre todas las fuerzas militares y de seguridad.

Ahora toca lamentarse por la fulgurante victoria talibán, señalar con el dedo a algunos gobiernos y temer –como dijo Macron sin inmutarse en mitad de la tragedia humanitaria– una posible huida masiva de refugiados que llegue a Europa. O felicitarse por el esfuerzo en evacuar a decenas de miles de afganos que colaboraron con las fuerzas militares de EEUU y Europa. Esto último sirve para ignorar en estas semanas que el Estado afgano puesto en pie por los occidentales era una ficción condenada a desaparecer sin la ayuda exterior. Sigue leyendo

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Los talibanes tienen ahora un peligroso enemigo que no esperaban

En los últimos días, algunos afganos comentaban en redes sociales que Kabul vivía por primera vez una extraña tranquilidad no vista en muchos años. De entrada, no era insólito. La mayor parte de la violencia sufrida por la capital de Afganistán había sido obra de los talibanes, que ahora controlan todo el país. Las únicas escenas de tensión se vivían en las entradas del aeropuerto de Kabul, donde miles de personas intentan que se les permita pasar los controles para ser evacuados. Al mismo tiempo, esa concentración caótica de civiles, militares norteamericanos y talibanes suponía un excelente objetivo para un grupo yihadista que no existía en Afganistán hasta hace unos seis años.

Dos explosiones provocadas por terroristas suicidas infiltrados entre la multitud mataron el viernes a 90 personas, de los que 78 eran civiles afganos y doce militares de EEUU, según el último recuento facilitado por hospitales de Kabul y el Ejército norteamericano. Ocurrió cinco días antes de que EEUU ponga fin a la evacuación.

El atentado fue reivindicado horas después por ISIS, también conocido como ISIS-K, por ISIS-Khorasan, el nombre que asumió el grupo en Afganistán, antes de prestar lealtad a la organización dirigida entonces por Al Bagdadi en Irak y Siria. Se cree que comenzó a operar en 2015 y que al principio estaba compuesto fundamentalmente por talibanes paquistaníes, aunque desde entonces ha sumado a sus fuerzas a centenares de afganos.

Desde el principio, dirigió sus ataques contra los talibanes en la zona este en torno a la ciudad de Jalalabad. Una de sus primeras acciones fue capturar a un grupo de insurgentes y decapitarlos. Como hicieron sus mentores en Irak y Siria, también han realizado numerosos atentados contra civiles chiíes. En sus comunicados, ISIS-K califica de «milicia apóstata» a los talibanes, críticas que aumentaron con el comienzo de las negociaciones de Doha entre EEUU y los insurgentes.

La victoria de los talibanes en agosto fue recibida como un gran triunfo por todos los grupos yihadistas del mundo, incluida Al Qaeda. No por ISIS-K. Los talibanes han prometido que no volverán a dar refugio a las organizaciones que tengan como punto central de su estrategia lanzar ataques contra países extranjeros, lo que contribuirá a hacer aún más evidente las diferencias entre ambos grupos. Algunos gestos simbólicos en favor de los chiíes –como se vio en la reciente celebración de la Ashura en Kabul que fue protegida por milicianos talibanes– habrán despertado la furia de los dirigentes de ISIS-K. Para ellos, los chiíes no son más que unos infieles, que es por cierto la misma posición que tuvieron los talibanes cuando gobernaron el país entre 1996 y 2001.

Se sabe que ISIS-K cuenta con una presencia significativa en las provincias afganas de Konar y Nangahar, pero no tanto en Kabul. No es la primera vez que realizan una matanza en la capital. En mayo de este año, pusieron una bomba en una escuela femenina en Kabul con la que asesinaron a 85 personas, la mayoría estudiantes de entre 13 y 18 años. La escuela daba clases a niñas de la comunidad hazara, que profesa la religión chií.

EEUU ha ejecutado varios ataques contra objetivos relacionados con ISIS en Afganistán. El más conocido fue el realizado en 2017 en Nangahar, cuando se utilizó la llamada «madre de todas las bombas», la mayor bomba convencional del arsenal norteamericano, contra un complejo de túneles situado en una zona montañosa. Nunca se supo si el lanzamiento de esa bomba masiva había servido para algo.

A lo largo de 2019, el grupo sufrió los efectos de una ofensiva del Ejército afgano que le produjo grandes pérdidas. En mayo de 2020, el Gobierno afgano anunció que había detenido en Kabul a Abu Omar Khorasani (seguramente no es su verdadero nombre), identificado como líder del ISIS en el sur de Asia. Según The Wall Street Journal, los talibanes eliminaron a Khorasani y a otros ocho miembros del grupo después de tomar el poder en Kabul.

En el comunicado con el que reivindicaron la matanza de Kabul, ISIS-K presumió de que uno de los terroristas suicidas llegó a estar a cinco metros de los soldados norteamericanos que vigilaban el perímetro del aeropuerto, lo que indica que ellos serían el principal objetivo del ataque. Sin embargo, la mayoría de las víctimas son afganas. El atentado sirve también para dejar en evidencia a los talibanes, que han dicho que su primer objetivo es dar seguridad a la capital. Los terroristas tuvieron que superar los controles colocados por los talibanes en los accesos al aeropuerto para causar el mayor daño posible.

Ahora que han ganado la guerra y son responsables de su seguridad, los talibanes se encuentran en una situación que no esperaban. Deben hacer frente a un grupo yihadista que utiliza los mismos métodos que ellos emplearon durante años para provocar el terror en Kabul.

Sábado
La última cifra de afganos muertos en el atentado es de 170, según fuentes hospitalarias locales. Además murieron 13 militares norteamericanos. Según un portavoz militar de EEUU, sólo hubo una explosión provocada por un terrorista suicida. Varios testigos contaron a un reportero de BBC que en la confusión posterior a la explosión soldados norteamericanos dispararon sobre la multitud y mataron a algunos supervivientes.

Foto: centenares de personas se agolpan en el exterior del aeropuerto de Kabul el jueves cerca de la zona donde se produjo después la explosión. Akhter Gulfam / EFE.

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Ashraf Ghani, el tecnócrata sin poder real que creía tener el manual de instrucciones para modernizar Afganistán

¿Qué hacer cuando un país carece de un Estado fuerte, está marcado por diferencias étnicas y no cuenta con una cultura democrática ni con una estructura de partidos basada en principios ideológicos? ¿A quién pueden apoyar los gobiernos occidentales si no tienen socios fuertes sobre el terreno a los que confiar la responsabilidad de gestionar la gestión de ayudas económicas millonarias? Ashraf Ghani es el último ejemplo de político tecnócrata que pasa de ser la gran esperanza de EEUU a convertirse en un socio incómodo al no cumplir las expectativas y que termina siendo un fracaso indudable.

El expresidente de Afganistán ha encontrado asilo en los Emiratos Árabes después de huir de su país con su familia. Su salida repentina fue el símbolo del desmoronamiento de un Estado alimentado durante veinte años por el dinero de EEUU. Alegó que había recibido información de que su vida corría peligro, mientras otros dirigentes políticos como el expresidente Karzai y el exvicepresidente Abdullah se quedaron y entablaron contactos con dirigentes talibanes para verificar sus primeras promesas sobre la formación de un Gobierno.

Ghani recibió el apoyo de Washington, una vez que las relaciones de EEUU con Hamid Karzai (presidente desde 2001 a 2014) habían acabado en un completo desastre. Al presidente afgano le acusaban de ser incapaz de poner coto a la corrupción –con casos evidentes en su propia familia– y en definitiva de no haber levantado un Estado que pudiera garantizar seguridad y prosperidad a sus ciudadanos. Karzai denunciaba a los norteamericanos por sus operaciones militares en las que la persecución de los talibanes originaba constantes abusos o la muerte de civiles en bombardeos, lo que contribuía a hundir la popularidad de su Gobierno.

El relevo fue recibido con esperanzas en los medios norteamericanos. Aparentemente, el currículum de Ghani lo avalaba. Profesor de antropología en universidades de EEUU. Alto funcionario del Banco Mundial. A su vuelta a Afganistán en 2002, ministro de Hacienda. En el colmo de la modernidad, había dado una charla TED en 2005 con el expresivo título de «Cómo reconstruir un Estado roto». Qué más se podía pedir.

Por encima de todo, era un político pastún –el grupo mayoritario del país– con el que se hizo el segundo intento de levantar un Estado viable. La modernidad pasaba por buscar a un intelectual que hablaba bien inglés y que era como uno de los nuestros, pensaban los nortemamericanos. Alguien que sabía negociar un programa de créditos con el FMI o el Banco Mundial y que podía cumplir los requisitos que se le plantearan.

De entrada, el proyecto de Ghani tropezó en el mismo obstáculo que se había producido con Karzai. La democracia era sólo la fachada de un edificio en ruinas.

Las elecciones presidenciales afganas habían sido al principio un motivo suficiente para celebrar un logro imposible de encontrar en la historia del país: unos comicios libres en los que el voto de una mujer valía lo mismo que el de un hombre. Pero el fraude fue masivo en favor de Ghani, como había ocurrido antes con Karzai en su última cita con las urnas. En las zonas pastunes, las amenazas de los talibanes y la falta de interés de una parte importante de la población dejaban al candidato pastún probablemente sin millones de votos. Los partidos agrupados en torno a dinastías regionales y los caudillos de la antigua Alianza del Norte no tenían ese problema. La única alternativa era llenar las urnas con papeletas en favor de Ghani.

En las dos elecciones que ganó Ghani, la oposición denunció el fraude –no es que en sus zonas no lo hubiera o quizá es que no lo necesitaban– y EEUU se ocupó de la labor de mediación para que la cuestión no se resolviera a tiros. La única vía posible era imponer una especie de cohabitación en la que el líder de la oposición, Abdullah Abdullah, hiciera las veces de primer ministro, pero sin el título.

La salida estaba muerta antes de empezar. Ghani no estaba dispuesto a compartir la toma de decisiones con Abdullah. Era una especie de tecnócrata autoritario que sabía qué es lo que se debía hacer y no tenía que pedir la opinión de nadie. Decían de él que tenía planes sobre todo y muy detallados. Era como un político norteamericano o alemán con la particularidad de que había nacido en la provincia afgana de Logar en 1949.

«Tiene la increíble reputación de haber enfadado a todos los miembros del Gobierno con los que ha trabajado», dijo un embajador norteamericano en Kabul sobre el presidente.

Como ministro de Hacienda, podía presumir de algunos logros concretos en la construcción de un Estado moderno a través de la creación de una nueva moneda, una reforma fiscal o el establecimiento del sistema de adjudicación de las nuevas licencias de telefonía móvil.

Pero eso, aunque importante, no te permite ganar elecciones en un país como Afganistán. En los primeros comicios presidenciales a los que se presentó en 2009, obtuvo poco más del 2% de los votos. Para las siguientes, decidió dejar a un lado las promesas de modernidad y eligió como compañero de candidatura al general Abdul Rashid Dostum, uno de los señores de la guerra más brutales en las guerras civiles de los noventa. Responsable de la muerte de centenares de talibanes en 2001 a los que encerró en contenedores bajo un sol abrasador hasta que murieron por el calor.

Por otro lado, Dostum aportaba cerca de un millón de votos de la población uzbeka, de la que es el gran cacique desde hace décadas. «No construyes una nación trabajando con gente como tú. Superas una historia de conflictos llegando a acuerdos con gente muy diferente a ti», explicó Ghani. Sonaba bien en teoría, pero nunca llegó a funcionar. Entre otras cosas, porque Ghani mostró en el poder un carácter autoritario que no le iba a servir en un país en el que el poder de Kabul se acaba no muy lejos de la capital.

Como presidente desde 2014, Ghani se embarcó en una rápida carrera por fortalecer las instituciones. Sin mucho éxito. Para esa tarea, necesitas poder y descubrió muy pronto que no lo tenía. Quiso sustituirlo por una actitud despectiva hacia esos caudillos regionales que han conservado el auténtico poder durante dos décadas.

Cuando quiso jugar fuerte, perdió. En 2018, destituyó al gobernador de la provincia de Balkh –cuya capital es Mazar-e Sarif, la segunda ciudad del país–, Atta Mohamed Noor, uno de esos caudillos. Su decisión de relevarlo era legal, pero inútil. El hombre al que eligió para el puesto ni siquiera pudo tomar posesión del cargo. Le dieron una oficina en Kabul.

Al final, Ghani acabó siendo un caudillo más, sólo que su fuente de poder residía exclusivamente en Kabul y en el apoyo norteamericano. Encerrado en su palacio, perdió todo contacto con los demás políticos afganos y se negó a afrontar las consecuencias de lo que estaba pasando en EEUU. A pesar de las decisiones de Trump y Biden, nunca creyó que los norteamericanos se atreverían a abandonar Afganistán. El tecnócrata ni siquiera sabía ya entender la política interna de su principal socio.

Su legitimidad era en el fondo muy discutible. Según la comisión electoral independiente, en las elecciones de 2019, el porcentaje de participación fue del 18%.

Sus últimos días en el poder tuvieron un aire casi irreal. El 7 de agosto, unas horas antes de la caída de la ciudad de Kunduz, presidió una reunión con el objetivo de mejorar las relaciones entre la Fiscalía General y las autoridades locales. Luego, se retiró al jardín a leer un libro, según el WSJ.

Cuando los talibanes ya estaban cercando la capital, el presidente abandonó el país con su familia y sus más directos colaboradores. Sin avisar a los demás miembros del Gobierno. Podía haber prestado un último servicio a su país, aunque doloroso. Según las informaciones de varios medios, en las negociaciones de Doha se planteó la opción de su dimisión, lo que permitiría nuevas conversaciones con el objetivo de formar un Gobierno de transición que no estaría controlado sólo por los talibanes. Esa salida quedó amortizada cuando Ghani abandonó Afganistán y los insurgentes decidieron ir hasta el final.

Quizá esta versión esté contaminada por el deseo de algunos políticos afganos de volcar todas las culpas sobre Ghani y hacer ver que ellos estaban preparados para impedir el caos del que hemos sido testigos en la última semana. Lo que es indudable es que Ghani huyó y dejó a la nación que le había elegido dos veces en manos de los talibanes. El Estado que presidía era una ficción y como tal sólo necesitó un empujón para desvanecerse.

El tecnócrata que pensaba que todas sus decisiones se basaban en un análisis detallado de la realidad había perdido todo contacto con ella.

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El fracaso de Afganistán no impide que los partidarios de la guerra monopolicen los medios en EEUU

Los norteamericanos tienen una idea muy clara sobre los veinte años de guerra en Afganistán y la intervención militar de su país. No les gustan nada. Es uno de los pocos asuntos en que demócratas y republicanos no están en total desacuerdo. El 62% cree que la guerra de Afganistán no mereció la pena, según una encuesta difundida por AP y hecha estos días. El porcentaje es del 67% entre los votantes demócratas y del 57% entre los republicanos.

La amenaza de un atentado terrorista fue una de las razones más esgrimidas por políticos, periodistas y expertos para justificar el envío constante de tropas, además de estar en el origen del derrocamiento de los talibanes en 2001. Ahora mismo, los norteamericanos están más preocupados por la amenaza de grupos extremistas de su propio país con una diferencia de quince puntos sobre el peligro del terrorismo extranjero.

¿Quiere decir eso que la rápida victoria de los talibanes y las imágenes de los últimos días no pasarán factura a Joe Biden? Para estar seguros, habrá que esperar a ver cómo evolucionan los acontecimientos en Afganistán. De entrada, tanto este sondeo como otros hechos en los últimos años indican que la retirada norteamericana se debería haber producido hace mucho tiempo si nos atenemos a los deseos de los habitantes del país. En una encuesta de julio, un 73% estaba a favor de sacar todas las tropas.

Biden tiene enfrente a un colectivo más pequeño y muy influyente que ya ha empezado a lanzarse contra el presidente por la decisión de abandonar el país y las escenas de caos que han acompañado al hundimiento del anterior Gobierno afgano. Son los políticos, medios de comunicación y think tanks periódicamente alarmados por el fin de eso que se suele denominar ‘el siglo americano’, el periodo en que la hegemonía estadounidense era incontestable, en especial después del fin de la Unión Soviética. En ese campo, la palabra más utilizada ahora es «debacle».

Los medios de comunicación siempre son los más rápidos en asignar responsabilidades. Margaret Sullivan escribió en The Washington Post que «la debacle afgana duró dos décadas» y que «los medios necesitaron dos horas en decidir a quién echar la culpa». Y quien se llevó todos los golpes fue la Casa Blanca de Biden, y mucho menos los presidentes anteriores.

Biden sólo lleva siete meses en el cargo. Aunque fue vicepresidente en la Administración de Obama, él fue precisamente el político en la Casa Blanca que con más energía se opuso a los planes de los militares para enviar más tropas. No puede negar que su pronóstico en julio de que el Gobierno afgano aguantaría mucho tiempo y que la victoria talibán no era «inevitable» le acompañará durante toda su presidencia. Y que la forma rápida y casi silenciosa en que se produjo la retirada militar tuvo una influencia notable en el desmoronamiento del Gobierno y Ejército de Kabul.

La base de Bagram, donde habían estado desplegados miles de soldados, fue abandonada una noche sin comunicarlo previamente a los militares afganos. Cuando se enteró al día siguiente el general que debía asumir el control de las instalaciones, tuvo que enviar fuerzas propias con impedir para detener los saqueos que ya habían empezado. Hay ciertas cosas que evidentemente podrían haberse hecho de otra manera, pero el resultado final no hubiera sido muy diferente.

Medios cercanos a Biden como The New York Times, The Washington Post y CNN han hecho una cobertura crítica de las decisiones de la Casa Blanca. Los expertos civiles o militares invitados a las televisiones han denunciado de forma rotunda la decisión de retirarse de Afganistán. No ha importado que algunos de esos expertos o ex altos cargos llevaran años vendiendo una realidad ficticia sobre los progresos que estaba consiguiendo el Gobierno de Kabul en su guerra contra los talibanes.

Entre ellos, está Leon Panetta, que fue secretario de Defensa y director de la CIA con Obama, que acusó en los medios a Biden de «no haber pasado mucho tiempo estudiando el asunto» y que dijo que la Casa Blanca «cruzó los dedos confiando en que no se produjera el caos». Es el mismo Panetta que, cuando estaba en el Gobierno, suministró a los norteamericanos un catálogo completo de mentiras o anuncios falsamente optimistas sobre la evolución de Afganistán. En 2011 y 2012, dijo que «la campaña militar había debilitado seriamente a los talibanes», que el entrenamiento del Ejército y la Policía afganas estaba cumpliendo los objetivos previstos, y que «estamos muy cerca de conseguir» que los afganos puedan gobernarse y protegerse a sí mismos.

En los artículos en que se citaban opiniones de Panetta, no aparecían referencias a todas las veces en que estuvo equivocado, teniendo como tenía acceso a la mejor información posible de la situación sobre el terreno.

Otro antiguo alto cargo que ha sido entrevistado con frecuencia estos días es Ryan Crocker, exembajador en Irak y Afganistán, muy crítico con Biden. Es otro de los representantes políticos o diplomáticos que estaba convencido de que el Ejército afgano pronto podría defender su territorio sin necesitar la constante ayuda norteamericana. Ni siquiera en los últimos días su capacidad de pronóstico había mejorado mucho. En una entrevista en la cadena ABC el 8 de agosto, cuando los talibanes ya se habían hecho con el control de cinco capitales de provincia, dijo que el desenlace más probable era una larga guerra civil, y no una victoria completa de los insurgentes.

Las voces que no aparecen en los medios son las que podrían representar a ese 62% de la encuesta citada antes. Los entrevistados o participantes en tertulias televisivas han sido todos personas que siempre se mostraron a favor de mantener la presencia militar en Afganistán, que es lo mismo que ocurrió años atrás en relación a la guerra de Irak. Cierto nivel de amnesia parece también habitual en esos programas. En las tertulias informativas que se emiten en la mañana del domingo, nadie citó a George Bush y muy poco a Barack Obama.

Los espectadores podrían haberse preguntado: si Afganistán era tan importante y si la salida puede tener un efecto traumático en la reputación internacional de EEUU, ¿por qué se habló tan poco de ese país en la última década en los medios de comunicación, con unas pocas excepciones?

Y cuando ahora algunos artículos se preguntan cómo se pudieron cometer tantos errores, algunos de ellos ni siquiera citan a ningún afgano. La práctica totalidad de los entrevistados son norteamericanos.

Los que tienen plaza fija son exmilitares como David Petraeus, exjefe de las fuerzas militares de la OTAN en Afganistán, que quiso trasladar a ese país los resultados de su estrategia contrainsurgente en Irak. Siempre bien tratado por los medios de EEUU, el general retirado dijo que la gestión de Biden había sido un desastre. Petraeus se opuso siempre con firmeza a cualquier negociación política con los talibanes a pesar de que no consiguió en ningún momento demostrar que la guerra podía ganarse con medios militares.

Los partidarios de mantener la hegemonía de EEUU con el uso de la fuerza en todo el mundo viven estos días momentos difíciles. Lo que es indudable es que continúan siendo las estrellas invitadas en los medios de comunicación de su país.

Una historia que comenzó hace mucho tiempo: por qué los talibanes derrocaron al Gobierno de Afganistán en una semana. 17 agosto.

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Una historia que comenzó hace mucho tiempo: por qué los talibanes derrocaron al Gobierno de Afganistán en una semana

«Estamos aquí para ayudar a los vietnamitas porque dentro de cada uno de ellos hay un americano intentando salir», dice un coronel enfurecido al soldado protagonista de la película ‘La chaqueta metálica’ (Full Metal Jacket), de Stanley Kubrick. Los vietnamitas poco tienen que decir al respecto. Los que aparecen en esta escena está muertos en una fosa llena de cadáveres. El coronel utiliza la palabra ‘gook’ para referirse a los vietnamitas, un término despectivo empleado por los soldados norteamericanos para referirse a ellos.

Es sólo la frase de una película, cuyo guión fue escrito por dos periodistas que conocían bien esa guerra –Michael Herr y Gustav Hasford–, pero resume bastante bien la actitud de EEUU en la mayoría de sus intervenciones militares desde 1945. Con la dosis pertinente de poder militar y ayuda económica, todos los pueblos del mundo pueden convertirse en pequeños norteamericanos y adoptar las mismas estructuras políticas de Estados Unidos. Sólo tienen que desearlo y el tío Sam se ocupará de todo lo demás. Los antecedentes históricos y religiosos no pueden ser un obstáculo. Cualquier otro desenlace es inimaginable.

Para entender el rápido hundimiento del Estado afgano que EEUU crió y amamantó durante dos décadas es necesario observar los muy documentados acontecimientos que han ocurrido en ese país desde 2001. Sin embargo, también hay que remontarse a Vietnam y otros conflictos en la Guerra Fría en los que Washington intentó extender su sistema político a países de varias zonas del mundo para que no cayeran bajo la influencia soviética. El patrón se repitió con frecuencia: si los grupos insurgentes comunistas eran derrotados militarmente, la implantación de la democracia liberal y del capitalismo era sólo cuestión de tiempo. Con el fin de obtener el premio, ni siquiera suponía un problema tener como aliados a gobiernos dictatoriales.

Después de la victoria comunista en China, la derecha norteamericana promovió un debate que se definía en la pregunta ¿quién perdió China? como forma de adjudicar la responsabilidad a las administraciones de Roosevelt y Truman. En los próximos meses, veremos en los medios de comunicación de EEUU muchos artículos que se preguntarán quién perdió Afganistán. Como si el país hubiera sido alguna vez propiedad de EEUU.

«Asumimos que el resto del mundo nos ve como nos vemos a nosotros mismos», dice un teniente coronel retirado con experiencia en Afganistán citado estos días en un artículo de The Washington Post. «Y creemos que podemos moldear el mundo a nuestra imagen utilizando nuestras armas y nuestro dinero». Ignorando mientras tanto la historia y la cultura de Afganistán.

Lo que es indudable es que el Estado afgano no podía sobrevivir sin el poder militar norteamericano. Cuando este desapareció, sólo quedaban cenizas.

Ni siquiera con una total superioridad de medios, es posible ganar una guerra sin una estrategia definida. Un Ejército extranjero depende de aliados locales con credibilidad e inteligencia que puedan sentar las bases de un Estado moderno, muy o poco democrático, que pueda garantizar un mínimo de seguridad y progreso. No vale con crear una clase social o profesional cuyo futuro depende de la supervivencia de ese Gobierno. Eso también lo consiguieron los soviéticos en los años ochenta en Afganistán y corrieron el mismo destino.

La sorpresa por el fulgurante avance talibán y su victoria final en ocho días está justificada. Pero no hay que sorprenderse por el desenlace. Todo estaba bastante claro en los documentos oficiales publicados por el Post en diciembre de 2019 a partir de un extenso informe elaborado por la Oficina del Inspector General para la Reconstrucción de Afganistán, conocido por las siglas SIGAR. La persona que dirigió el proyecto que buscaba aprender las lecciones de la intervención militar, John Sopko, llegó a la conclusión de que «se ha mentido de forma constante al pueblo norteamericano».

En un estilo casi idéntico a lo ocurrido en Vietnam, las estadísticas se distorsionaban por razones políticas. «Cada dato era alterado para presentar la mejor imagen posible», dijo en el informe Bob Crowley, teniente coronel y asesor de operaciones de contrainsurgencia.

Los testimonios recogidos en el estudio incidían en la falta de un conocimiento real de la realidad política de Afganistán: «Carecíamos de una comprensión básica sobre lo que es Afganistán. No sabíamos lo que estábamos haciendo», dijo en 2015 el general Douglas Lute, que dirigió el programa antidrogas en ese país.

Los mandos militares informaban constantemente de progresos en el campo de batalla como muestra evidente de su éxito. Cuando los talibanes llevaban a cabo ofensivas en varias regiones, se decían que lo hacían al estar «desesperados». Ante las malas noticias que ofrecía la realidad, la respuesta de los gobiernos de Bush, Obama y Trump era más propaganda.

Con los datos de la producción de droga, ni siquiera era posible esconder la realidad. Afganistán fue el origen en 2018 del 82% de la producción global de opio, según datos de la ONU. La extensión cultivada era cuatro veces superior a la de 2002. La droga era la segunda industria del país, por detrás de la propia guerra. Los talibanes se aprovechaban de ella cargando impuestos a los productores locales de la amapola. Tenía su lógica. Era la única actividad económica que daba beneficios en amplias zonas del país.

Era falsa la imagen de un país estable con el mayor grado de libertades de su historia, sólo alterado por una insurgencia rural condenada a ser derrotada. Una ilusión o una ficción, como ha explicado Mònica Bernabé, periodista española que pasó varios años en Afganistán: «Era una ficción todo lo que Estados Unidos nos vendía sobre Afganistán: ni se había instaurado una democracia, ni las mujeres tenían derechos, ni el Ejército afgano tenía capacidad para frenar el avance de los talibanes, como ha quedado demostrado en los últimos días».

El Ejército contaba supuestamente con más de 300.000 tropas. La cifra era otra ficción. Muchos eran ‘soldados fantasma’. Aparecían en los registros porque sus mandos se embolsaban sus salarios o porque no querían admitir a los superiores los fracasos ni las derrotas ni las deserciones. Lo mismo había ocurrido en Irak, donde el Gobierno iraquí llegó a descubrir en 2014 que estaba pagando los salarios de 50.000 soldados que no existían.

Además, la moral de combate de los soldados afganos reales era muy reducida y muchos no contaban con el entrenamiento adecuado. Antes del hundimiento final, se calculaba que sólo un 10% –los 30.000 que formaban las fuerzas especiales– estaba en condiciones de plantar cara al enemigo. Insuficientes e incapaces de combatir por sí solos sin el apoyo aéreo norteamericano. En los últimos días, no es que no recibieran el armamento y munición que necesitaban. Tampoco agua y comida.

El Ejército afgano no llegó a combatir en agosto, excepto en puntos muy concretos. Es una constante en la historia de las guerras afganas. Cuando un bando ve cerca la derrota, es habitual que negocie la rendición con el enemigo. Los ancianos que forman parte de los consejos tribales en pueblos o ciudades hacen de intermediarios para que no se produzca un baño de sangre. Es lo que hicieron los talibanes en 2001, por ejemplo en Kunduz. Sus dirigentes pactaron su rendición y obtuvieron a cambio la posibilidad de huir en avión hacia el sur, punto intermedio antes de escapar a Pakistán.

Las tropas gubernamentales que veían cómo cada día caían dos o tres ciudades en manos de los talibanes sabían que no merecía la pena morir por un Gobierno agonizante.

En Jalalabad, una de las últimas grandes ciudades que cayó en sus manos, los talibanes habían pasado dos meses negociando con responsables políticos y militares para que se rindieran prometiendo a cambio que no habría represalias. El periodista afgano Bilal Sharwary ha contado que esos contactos en secreto existieron en varias regiones del país.

La Casa Blanca no parecía tener esa información, lo que demuestra que una de las peores consecuencias de la propaganda es que sus creadores terminan creyéndosela. El 8 de julio, hace sólo un mes y una semana, Joe Biden continuaba creyendo que el Estado afgano sobreviviría a la salida definitiva de las tropas norteamericanas. Le preguntaron en una rueda de prensa si la victoria talibán era inevitable: «No, no lo es. Porque tienes a 300.000 soldados afganos bien equipados, tan buenos como los de cualquier Ejército en el mundo, y una Fuerza Aérea, contra unos 75.000 talibanes. No es inevitable».

Años de constantes promesas del alto mando militar sobre la victoria inminente si se aprobaba un nuevo aumento de las tropas en Afganistán habían convertido a Biden en un profundo escéptico sobre la capacidad de persuasión de los generales. «Escúcheme, jefe», le dijo a Obama. «Puede que lleve demasiado tiempo en esta ciudad, pero si algo sé es cuando esos generales intentan acorralar a un nuevo presidente». Pero no le hizo inmune a su propaganda, como se ha visto estos días.

La cúpula militar de EEUU se había enamorado de su estrategia contrainsurgente. Al igual que una empresa que no puede dejar de vender el mismo producto, aunque nadie quiera comprarlo, se dedicaba a invertir aún más en publicidad. En este caso, significaba aumentar la presión sobre la Casa Blanca y el Congreso y advertir de que si se rechazaban sus planes de enviar más soldados la victoria sería imposible.

Su misión había comenzado siendo la eliminación de Al Qaeda y luego pasó a ser un programa de reconstrucción nacional en el que los militares tuvieron todo el dinero necesario a su disposición. De vez en cuando, se agitaba el miedo a una repetición del 11S, a pesar de que los talibanes afganos nunca han promovido la realización de atentados en países occidentales, como explicaba hace unos años el periodista Ahmed Rashid.

Otra de las justificaciones empleadas fue la que sostenía que el despliegue militar era esencial para mantener los avances sociales conseguidos por la desaparición del régimen talibán en 2001. Lo que se ha dado en llamar el intervencionismo humanitario. Eso obvia que es imposible construir una sociedad democrática a golpe de fusil. Eso desgraciadamente vale también para los derechos de las mujeres o de las minorías. No hay ninguna posibilidad de éxito a largo plazo si no creas un Estado viable con un Parlamento que apruebe leyes que amplían derechos y unos tribunales que vigilen la aplicación de esas leyes. No es posible hacerlo si la corrupción desprestigia al Estado, si la gente sabe que los caudillos regionales roban a discreción los fondos públicos para financiar sus mansiones y su red clientelar de empleos.

Incluso si en el mejor de los casos el Ejército conseguía expulsar de una provincia a los insurgentes, la tarea de mantener el orden recaía después en la policía. La corrupción en las fuerzas de seguridad era completa y alcanzaba hasta los mandos más inferiores.

La corrupción hace a los gobiernos menos eficaces en situaciones de emergencia. Se vio en Afganistán con la pandemia. Lo que ya no estaba previsto era que los talibanes –un movimiento fundamentalista que en el pasado había atacado las campañas de vacunación– se tomaran más en serio la pandemia que el Gobierno de Kabul.

La modernización de un país no funciona si esos derechos sociales dependen de la presencia de un Ejército extranjero. Ningún país del mundo quiere ser invadido o que las elecciones presidenciales sean manipuladas para que puedan ganar Karzai o Ghani. El nacionalismo pastún, una fuerza con gran apoyo popular en Afganistán desde el siglo XIX, no iba a quedarse eternamente de brazos cruzados mientras los extranjeros les decían cómo debía ser gobernado su nación. Británicos y rusos lo descubrieron cuando ya era demasiado tarde, y ahora les ha ocurrido a los estadounidenses.

John Sopko compareció a finales de julio ante los periodistas y ofreció el mismo balance pesimista sobre la situación de Afganistán que aparecía en su informe de 2019. Con un añadido: «No crean a los generales o los embajadores o la gente en el Gobierno cuando dicen que nunca haremos esto otra vez (sobre las guerras interminables que culminan en el fracaso de una misión de reconstrucción nacional). Eso es exactamente lo que dijimos después de Vietnam: nunca haremos esto otra vez. Y luego lo hicimos en Irak. Y lo hicimos en Afganistán. Volveremos a hacerlo otra vez».

No importa el fracaso de Vietnam o el de Afganistán. Hay lecciones que un imperio raramente aprende. Supondría dejar de ser un imperio y reconocer que ya no puedes modelar el mundo a tu imagen y semejanza.

Foto: una patrulla talibán en las calles de Kabul el lunes. EFE.

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Kabul podría caer en manos de los talibanes en 90 días, pero eso no importa a varios gobiernos europeos

Diez capitales de provincia ya están en manos de los talibanes en Afganistán. Gazni, a 150 kilómetros al sur de Kabul, ha sido la conquista más reciente. El Gobierno de Kabul no parece estar en condiciones de lanzar contraataques que le permitan expulsar a los insurgentes, como sí pudo hacer en dos ocasiones en Kunduz en los últimos años. La victoria talibán no es segura, pero será un hecho irreversible si continúa la actual tendencia.

Según una fuente anónima de la inteligencia norteamericana citada por Reuters, Kabul podría quedar aislada en treinta días. En noventa días, los talibanes pueden estar en condiciones de ocupar la capital del país. El pronóstico se cumplirá a menos que el Gobierno consiga que sus tropas dejen de abandonar sus puestos de combate y pueda enviar los refuerzos necesarios a las localidades sitiadas, dos cosas que hasta ahora no se han producido.

Este panorama no ha conmovido a varios países europeos, para los que el avance de los fundamentalistas y la huida de 300.000 afganos de las zonas más castigadas por los combates no son motivos suficientes para interrumpir la deportación de migrantes de ese país.

Seis gobiernos europeos consideran prioritario mantener el ritmo de las expulsiones. Han enviado una carta a la Comisión Europea que dice que «detener los retornos (de migrantes) envía el mensaje equivocado y es probable que motive a que más ciudadanos afganos abandonen su país con destino a la UE», dicen los ministros de Austria, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Grecia y Alemania.

Cualquiera diría que los combates actuales y el temor a una vuelta al poder de una dictadura teocrática serían motivos suficientes para que muchos afganos se vean obligados a huir a los países vecinos –decenas de miles lo han hecho ya a Irán–, pero los ministros dan más importancia a eso que se llama el «efecto llamada» a cuenta de decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros.

La carta indica que en 2020 los afganos fueron el segundo grupo nacional en las solicitudes de asilo. La última ofensiva talibán que ha provocado el desmoronamiento de las fuerzas gubernamentales no es evidentemente la primera que se produce en estos años. Varias zonas del país han vivido en una inestabilidad permanente, producto de los enfrentamientos entre el Ejército y los insurgentes. Sus habitantes creen que ya es cuestión de tiempo que los talibanes se apoderen de sus ciudades y pueblos. Las mujeres ya saben cuál es el destino que les espera. Aquellos que hayan trabajado para el Gobierno corren el peligro de ser fusilados o ahorcados.

En realidad, cada Gobierno europeo no necesita pedir permiso a la Comisión Europea para deportar a extranjeros a los que no concede la residencia o el asilo político. Lo que quieren es que la Comisión les dé cobertura política a cada uno de ellos para continuar con esa práctica precisamente cuando se recrudece la guerra civil en Afganistán. Entonces podrán decir que es una decisión ‘de Europa’.

El último comunicado de Médicos sin Fronteras sirve para hacerse una idea sobre la situación actual y su impacto en las vidas de la gente.

En Lashkar Gah, donde MSF presta apoyo al hospital de Boost, se están produciendo intensos combates en la ciudad desde hace más de una semana. La vida está paralizada y el personal sanitario atiende urgencias médicas, obstétricas y quirúrgicas. Este mismo personal permanece en el hospital para tratar a los pacientes mientras se producen bombardeos, ataques con morteros y con misiles muy cerca del recinto médico. (…)

Los combates también se han intensificado en Kunduz y sus alrededores. A finales de la semana pasada la ciudad cayó en manos del EIA. Cuando la violencia se intensificó en julio, las oficinas de MSF fueron transformadas en una unidad de traumatología con 25 camas, donde el equipo atendió a los heridos por explosiones, balas y metralla. Entre el 1 y el 9 de agosto, se atendió a 127 pacientes por heridas de bala y explosión, entre ellos 27 niños menores de 16 años.

Las mujeres embarazadas se ven especialmente afectadas, al igual que los enfermos crónicos.

«Las urgencias médicas, los partos y las enfermedades crónicas no se detienen en tiempos de guerra. Sólo habíamos tenido una mujer embarazada en el hospital», explica Sarah Leahy, coordinadora del proyecto de MSF en Helmand, «pero al día siguiente, cuando los combates se calmaron un poco, una decena de mujeres embarazadas consiguieron llegar hasta nosotros. Sabemos que las necesidades están ahí. Nos preocupa mucho que las mujeres tengan que dar a luz en casa sin ayuda médica. Pueden surgir complicaciones que pondrían en riesgo sus vidas y las de sus bebés».

«La situación en Afganistán empeora cada día desde todos los puntos de vista», ha dicho el jefe de misión de la Organización Internacional para las Migraciones, Stuart Simpson. ¿Cómo no querer huir de un país que está sufriendo de esta manera?

Foto: una niña en un campamento que alberga en Kabul a civiles desplazados por los combates (Jawed Kargar, EFE).

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La vuelta al poder de los talibanes en Afganistán está ahora más cerca que nunca

Kunduz, Taloqan, Sar-i-Pul. Tres de las principales capitales de provincia del norte de Afganistán han caído este domingo en manos de los talibanes. Otras dos ciudades del país han corrido el mismo destino en los últimos tres días. A pocas semanas del final de la retirada militar norteamericana, se está produciendo un desmoronamiento de las fuerzas militares y de seguridad afganas, incapaces de contener el avance de los insurgentes. En casi todos los casos, se repite la misma situación. Los talibanes toman las ciudades en las que las tropas han huido a los pocos días de iniciarse los combates y se apoderan del arsenal de armas existente en cuarteles y comisarías.

En el caso de Kunduz, una ciudad de cerca de 300.000 habitantes, sólo necesitaron dos días de combates.

El Ejército cuenta en teoría con 300.000 miembros. La cifra es una ficción. Sólo las unidades de élite están en condiciones de plantar cara al enemigo y pueden alcanzar en torno al 10% de la cifra total de soldados. Se sabe que las zonas rurales la presencia del Gobierno es muy reducida. La diferencia es que la ofensiva talibán del verano está percutiendo en capitales de provincia que se suponía que estaban bien protegidas.

Ni siquiera la noticia de que los caudillos regionales estaban reforzando sus milicias parece haber tenido ninguna influencia sobre el terreno. Algunas de ellas están dirigidas por los antiguos señores de la guerra de los noventa que se enriquecieron desde que los talibanes fueran expulsados del poder en 2001. Si esa es la última línea de defensa del Estado afgano, las noticias del norte no generan mucho optimismo.

Estas imágenes muestran cómo huyó de la ciudad de Taloqan un convoy de tropas gubernamentales. Disparando sin cesar a su izquierda.

Cada ficha que cae arrastra a otras. Al tomar una ciudad, los talibanes aumentan el número de sus efectivos entre los habitantes de las zonas invadidas. Muchos se unirán a ellos atemorizados ante las consecuencias de una negativa. Otros pensarán que es conveniente unirse al bando ganador en su zona. Desde principios de los ochenta, los afganos han vivido en un permanente estado de guerra con sólo algunos años de relativa calma. Por si es necesario recordarlo, eso son más de cuarenta años.

Un objetivo inmediato de la ofensiva es liberar a los miles de presos talibanes internados en las cárceles del país. Es lo que ha ocurrido en Taloqan. Cada prisionero liberado es un combatiente más.

En los últimos días de julio, los talibanes lograron penetrar en algunas zonas de Herat, en el oeste del país. Fueron rechazados por el Ejército y las milicias de Ismail Khan. Este caudillo de 71 años es un símbolo de los señores de la guerra que lucharon contra los soviéticos, fueron expulsados por los talibanes en 1996 y luego volvieron cinco años después para hacerse con el control de sus provincias. Si la ciudad de Herat fuera ocupada por los talibanes, significaría que el actual Estado afgano está a punto de dejar de existir.

A efectos prácticos, la retirada norteamericana ya se ha producido. Los únicos militares que permanecen en el país son varios centenares de soldados que protegen la embajada y otras instalaciones de Kabul. Este fin de semana, ha habido noticias sobre ataques con bombarderos B-52 en algunas zonas. La capacidad destructiva de estos aviones –en servicio desde 1955 y de gran protagonismo en la guerra de Vietnam– es inmensa, pero necesitan de información detallada desde el terreno para elegir sus objetivos. Según medios norteamericanos, estos aviones despegan desde bases en los Emiratos Árabes, lo que limita su capacidad de reaccionar con rapidez.

Una vez que una fuerza toma una ciudad, la única forma de acabar con sus integrantes desde el aire es destruir la ciudad. No parece probable que EEUU haga ahora con alguna de las mayores ciudades de Afganistán lo mismo que hizo en Faluya, Irak.

La embajada de EEUU en Kabul ha recomendado a todos los norteamericanos que abandonen el país. Tampoco los que viven en la capital pueden estar seguros.

Tras la retirada de Vietnam, uno de los objetivos de Nixon y Kissinger fue conseguir extender todo lo posible el periodo de tiempo hasta que se produjera el hundimiento del Gobierno de Vietnam del Sur. Se hizo a través de un aumento de la ayuda militar a Saigón para que la opinión pública de EEUU no lo relacionara con el abandono del país. Al final, pasaron algo más de dos años entre los dos hechos.

Vivimos ahora en un mundo en que es más difícil que la gente olvide. Aun menos lo hará si una victoria definitiva talibán se produce sólo unos meses después de la retirada estadounidense. De momento, la Administración de Biden no tiene previsto cambiar sus planes a causa de las noticias de este verano. La posición oficial es que el Gobierno y Ejército afganos «tienen el entrenamiento, material y números (de tropas) suficientes para imponerse», según dijo la portavoz de Biden. Es una frase que resulta contradictoria con el mensaje de la embajada en Kabul, que incluía un reconocimiento: su capacidad de asistir a los estadounidenses «es extremadamente limitada, incluso en Kabul».

Los talibanes han sorprendido a todos con esta ofensiva por no haber esperado a que culminara oficialmente la retirada de EEUU. Es una señal clara de que se sienten fuertes y de que creen que el Gobierno afgano sólo necesita un empujón para venirse abajo. El invierno afgano es una época complicada en buena parte del país para realizar una ofensiva militar por las bajas temperaturas. No han querido esperar a la primavera de 2022. Están convencidos de que su momento ha llegado.

Además, saben por experiencia que la mayoría de las guerras afganas desde el siglo XIX se han ganado antes en el juego de las expectativas. Antes de ser derrotado por completo, el bando perdedor huye o pacta su rendición. Es lo que hicieron los talibanes a finales de 2001. Huir para poder volver a luchar años después.

El Gobierno de Kabul debe decidir ahora si tiene fuerzas para lanzar contraataques y recuperar las zonas perdidas, como ha conseguido en algunos lugares en los últimos años, o si debe centrarse en defender las principales ciudades o simplemente Kabul. Lo que ha ocurrido en Kunduz hace pensar que esta última estrategia no tiene garantías de éxito. Sólo serviría para aplazar lo inevitable.

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