Maroto 1 vs. Maroto 2 o cómo un político puede ser un tránsfuga de sí mismo

«Hay mucha gente en Bildu que ha pretendido la paz desde el principio». Ya están los socialistas blanqueando a la izquierda abertzale para conservar el poder, dirán muchos dirigentes del PP y Ciudadanos. No, en realidad la frase es de hace casi una década. La pronunció Javier Maroto en TVE en octubre de 2011 cuando era alcalde de Vitoria. ETA había dejado de matar y anunciado el «cese definitivo» de la violencia, pero aún faltaban más de seis años para que anunciara su disolución. Maroto protagonizó lo que Pablo Casado ha llamado «indignidad moral» –por el probable apoyo de Bildu a los presupuestos– por la misma razón por la que pactan todos los políticos: para sacar adelante un proyecto esencial para la institución que presiden y obtener la lógica recompensa política.

A cambio de eso, obtuvo su mayor éxito como alcalde de la capital de Euskadi. Para ponerlo en el contexto más favorable, Maroto lo explicó en la entrevista como la necesidad de dar respuestas nuevas en el funcionamiento de las instituciones: «La situación que tenemos ahora mismo en el País Vasco, lo que nos debe llevar a pensar es que es necesario hablar entre todos».

Nueve años después, Maroto es portavoz del PP en el Senado. Como Two-Face, el villano de los cómic de Batman con dos rostros, uno angelical y otro diabólico, el que podríamos llamar Maroto 2 está obligado ahora a denunciar algo que «no tiene precedentes en la historia de la democracia en España», como dijo el martes en el Senado en la sesión de control al Gobierno. Sigue leyendo

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¿Náuseas, vómitos? No se meta en política ni conduzca maquinaria pesada

La política es más dura de lo que la gente cree. Piensen en Guillermo Fernández Vara, presidente de Extremadura, que ha debido de pasar un fin de semana horrible. Del salón al cuarto de baño y del cuarto de baño al salón. Con dieta de líquidos, probablemente. Ya advirtió la semana pasada de su rechazo a que EH Bildu se sume al pacto presupuestario. «En lo personal, iré a la farmacia a buscar un antiemético», dijo refiriéndose a un fármaco que entre sus funciones tiene la de tratar las náuseas y vómitos. Lo más seguro es que se llevó varias cajas.

A los tres barones a los que se les pone revuelto el estómago cada vez que el PSOE llega a acuerdos con partidos a su izquierda, las farmacias deberían hacerles un precio especial. Además, sus médicos ya no les recetan nada, porque quizá creen que lo suyo ya es vicio. Llevan desde el verano de 2018 poniendo mala cara y lo único que consiguen es salir en las portadas de la prensa de derechas. Y ponerse ciegos de antieméticos.

El lunes, hubo reunión de la Ejecutiva socialista. Uno de esos días en que los periodistas de política podrían escribir la crónica antes de que empiece la reunión: cierre de filas, críticas a los rebeldes, confirmación por estos de que su lealtad al Gobierno está fuera de toda duda. En este caso, se podría añadir la confirmación de que son más los barones regionales del partido que suscriben la actuación de Moncloa y Ferraz que los que están nerviosos. La identificación es muy sencilla. Los primeros son los que votaron a Pedro Sánchez en las primarias. Los segundos, los que lo hicieron en contra o habrían vivido muy felices si la victoria hubiera sido para Susana Díaz. Sigue leyendo

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¿Puede tener éxito la vacunación del Covid sin frenar al movimiento antivacunas en las redes sociales?

La aceptación de una vacuna por la sociedad no era algo que planteara muchos problemas en una sociedad occidental hasta ahora, excepto para una muy pequeña minoría. Eso ha cambiado con el Covid-19, a pesar de que la amenaza de la enfermedad es muy real, ha monopolizado la atención de los medios de comunicación y ha causado un impacto económico brutal. Pero el mundo en que nos encontramos es muy diferente al de unos años atrás. Las personas que rechazan las vacunas cuentan con un gran abanico de plataformas en las que alimentar sus prejuicios. La polarización política y la desconfianza en los gobiernos en varios países, incluida España, son factores que contribuyen a ese estado de opinión.

Una encuesta reciente de El País ofrece las consecuencias. Sólo el 24,1% está dispuesto a vacunarse lo antes posible y un 36,9% prefiere esperar un tiempo antes de hacerlo. El sondeo del CIS de septiembre indicaba que un 44,4% estaba a favor de vacunarse de inmediato.

El proceso de vacunación se llevará a cabo de forma gradual en un periodo que durará muchos meses. Es muy posible que las personas más reticentes al principio se convenzan cuando comprueben que aquellos que reciben la vacuna no sufren problemas serios. Los medios de comunicación han insistido en algo que es cierto: de conseguirse la vacuna, sería un éxito científico espectacular. Nunca antes se ha descubierto una vacuna efectiva con tanta celeridad. Eso alienta la primera capa de escepticismo ante un avance sin precedentes.

En el caso de la vacuna de Pfizer, la primera que anuncia un elevado porcentaje de éxito en sus pruebas, sólo sabemos de ella lo que se ha dicho en un comunicado de la empresa.

Aun así, la idea de la conspiración va más allá de esa incredulidad y está fomentada por las páginas webs que proliferan en las redes sociales. Un informe del Centre for Countering Digital Hate (CCDH) –The Anti-Vaxx Industry– pone cifras al incremento de seguidores de los enemigos de las vacunas y destaca la responsabilidad de las plataformas que les dan difusión.

El estudio revisa 409 cuentas antivacunas en inglés en las redes sociales y cifra en 58 millones su número de seguidores. Calcula que han aumentado esas cifras en nueve millones de personas desde 2019. 31 millones están en Facebook y otros 17 millones siguen cuentas similares en YouTube.

El informe sostiene que las empresas han aumentado sus ingresos en 1.000 millones de dólares anuales gracias a los anuncios de estas páginas de tráfico millonario.

Las empresas han tomado algunas medidas contra estas campañas de desinformación. Twitter ha marcado como manipuladores más de una tercera parte de los tuits de Donald Trump en relación al coronavirus o a las elecciones de EEUU. Esta clase de avisos y las recomendaciones de enlaces a otras webs con información confirmada tienen pocas posibilidades de éxito, para el CCDH, que reclama medidas más drásticas, según destaca The Lancet:

«El CCDH no ha quedado convencida (por las medidas de las empresas). En su informe ‘Failure to Act’, afirma que de los 912 artículos con desinformación sobre el Covid-19, menos de uno de cada 20 reciben atención de las empresas de redes sociales. Ahmed [Imran Ahmed, CEO del CCDH] pide una respuesta más dura: expulsar al movimiento antivacunas de esas plataformas. «El primer paso es sacarlos de allí. Cerrar esos foros y expulsar a individuos es el paso más efectivo para ocuparse de estos actores nocivos». Ahmed cita estudios sobre antiterrorismo que llegaron a la conclusión de que la expulsión de las plataformas sirvió para fragmentar estas redes. «Es lo único que tiene garantías de éxito. Rompe esas redes y es la mejor forma de impedir que la infección antivacunas se extienda».

En el plano de las relaciones personales, es muy poco probable que romper todo contacto con las personas de ideas antivacunas vaya a servir para hacerles rectificar. Más bien ocurrirá lo contrario. Sin embargo, plataformas masivas como Facebook o YouTube son casi insustituibles en su función. Son un altavoz con el que esas ideas han llegado con efectividad a decenas de millones de personas en todo el mundo.

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«Creo que la Casa Real se ha beneficiado durante mucho tiempo de un estatus de tema tabú»

Hubo un tiempo en que un corresponsal de The New York Times pasaba bastante desapercibido en España, excepto para algunos políticos o empresarios. Ya no es así. Mucho menos lo fue en los peores momentos de la crisis económica que comenzó en 2010. Ese fue el año en que llegó a España Raphael Minder (Ginebra, 1971), que había trabajado antes en París, Bruselas, Hong Kong y Sydney. Le quedó muy claro cuando recibió una llamada de Moncloa en septiembre de 2012 por un reportaje del periódico, no escrito por él, sobre la vida de los españoles que no tenían dinero para comer: «El funcionario de la Moncloa me dijo que las más altas esferas del Gobierno habían examinado las imágenes y que la conclusión a la que habían llegado era que estas representaban un ultrajante asalto contra la dignidad y la reputación de España».

Minder lo cuenta en su libro ¿Esto es España?, publicado por Editorial Península, sobre su experiencia de una década como corresponsal. Escribe sobre Catalunya, la crisis económica y los políticos («la gente que mantiene viva la democracia en España no son los políticos, sino los votantes»), pero también sobre los polvorones de Estepa, las trufas de Teruel, una empresa de juguetes sexuales en Andalucía o la acogida a la inmigración en España.

¿Cómo ha cambiado en diez años su opinión sobre España?

Yo creo que es un país que ha sido como una caja de Pandora en la que se han abierto muchos otros temas. A raíz del malestar económico, la ciudadanía ha empezado a preguntarse otras cosas, cómo se gestiona el país, qué hacen los políticos, si los políticos la representan. He vivido en un país que creo que había tenido una sensación de solidez, que pensaba acercarse al G8, y que de repente tuvo que cuestionarse muchos de los aspectos más básicos de sus estructuras. Y en este debate sigue.

¿Cree que España hay obsesión por su imagen exterior?

La ciudadanía española hace una autocrítica bastante fuerte de lo que pasa en su país y a veces no se da cuenta de lo fuerte que es esa autocrítica. Y digo en el libro que a todos nos parece normal hablar mal de nuestros padres o incluso insultar a nuestros hermanos, pero si alguien de fuera lo hace y critica a nuestra familia, se monta la de San Quintín. A veces me ha sorprendido la reacción a un artículo mío que me ha parecido de hecho bastante blando comparado a otras cosas que ya habían sacado compañeros míos en la prensa española. No he inventado la rueda a la hora de observar España.

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Bomba de racimo de Rivera contra los planes de Inés Arrimadas

Albert Rivera fue cuidadoso en una entrevista en septiembre al insistir en que no pretendía echar el aliento del resentido sobre Inés Arrimadas en el caso de que discrepara de algunas de sus decisiones. «Sería muy injusto que yo, que nunca admití tutelas, ejerciera de Pepito Grillo de Inés». Hasta ahora, no ha desmentido esa afirmación. Nada de Pepito Grillo con la misión de dar buenos consejos. De repente, Rivera ha optado por el papel de la bruja de Blancanieves, Margaret Thatcher con John Major, o José María Aznar mostrando su desdén por el marianismo de Rajoy.

El aviso que ha enviado a Arrimadas tiene la forma de un bomba de racimo contra su estrategia de las últimas semanas. El proyectil lleva en su interior muchas pequeñas bombas que le seguirán estallando en la cara a su destinataria en el futuro. No es que Rivera no esté de acuerdo con algún movimiento o que tenga dudas razonables sobre sus planes. Le dice a la presidenta de Ciudadanos que a este ritmo acabará sin dignidad. Ni Securitas Direct se atreve a prever desgracias con tanta dureza.

«Uno puede ser laxo, uno puede tener cintura, pero tiene que tener dignidad», dijo el jueves en la presentación de su libro en Zaragoza. «Y creo que la dignidad en la vida cuando la pierdes, eso ya no se recupera. Sinceramente, veo todo lo que pasa y digo: ay, por Dios, menos mal que dimití, porque si tengo que aguantar todo esto, tengo que ir escoltado, pero frente a mis votantes». Inés Arrimadas con guardaespaldas en los mítines de Ciudadanos. Una imagen singular para unirse a las críticas internas y de los medios conservadores a la presidenta del partido por aceptar negociar los presupuestos con el Gobierno.

Indigna, traidora. Con los mejores deseos de su mentor político. Si alguien piensa que Rivera no se estaba refiriendo a ella, las palabras «si tengo que aguantar todo esto», dejaban poco margen para la duda. Sigue leyendo

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Cada semana un infarto de la derecha y a veces una pequeña ayuda del Gobierno

Un juzgado de Madrid ha cerrado la causa provocada por la querella contra el ministro de Transportes por la fugaz visita al aeropuerto de Barajas de la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez. Quizá los lectores más preocupados por la pandemia hayan olvidado esa historia que monopolizó la atención de los políticos y de los medios de comunicación en febrero, esa época en la que China e Italia estaban consumidas por el coronavirus y nosotros pensábamos que eso no iba con nosotros. Es difícil saber cuántos españoles estaban preocupados por la presencia de Rodríguez durante unas horas en la zona de tránsito del aeropuerto. Lo que sí es seguro es que en el Congreso no se hablaba de otra cosa desde finales de enero. Pablo Casado había exigido el cese de José Luis Ábalos y denunciado que el Gobierno había violado acuerdos de la Unión Europea (ni la Comisión ni el Consejo Europeo montaron ningún escándalo). El PP y Vox plantearon preguntas e interpelaciones semana tras semana, porque ese era el tema que absorbía su atención.

Casado no presentó una pregunta al presidente del Gobierno en relación al coronavirus –en concreto, sobre el impacto económico en España de la pandemia que se estaba produciendo en China– hasta el 5 de marzo.

La Audiencia de Madrid cerró de forma definitiva hace una semana otro caso contra el Gobierno que también centró las reclamaciones de la oposición. De hecho, aún aparece de vez en cuando en sus discursos. Quedó archivada la causa contra el delegado del Gobierno por no haber prohibido la manifestación del 8M. El número de portadas dedicadas al tema no fue pequeño. Después de recibir un informe de la Guardia Civil repleto de bulos y recortes de la prensa conservadora, la jueza de instrucción se había rendido y cerrado el caso. Los recursos posteriores acaban de ser rechazados por la Audiencia. El PP llegó a exigir un informe científico independiente para saber cuántas vidas se habrían salvado si se hubiera impedido la manifestación. Como si eso fuera posible. Sigue leyendo

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Dave Chappelle

El monólogo de Dave Chappelle en ‘Saturday Night Live’ tras conocerse la victoria de Biden.

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Corregir los errores de Clinton y no ponerse enfermo, las dos razones del éxito de Biden

Una forma sencilla aunque no infalible de ganar unas elecciones es corregir los errores de los que te precedieron. Es lo que hizo Joe Biden y lo que le ha dado la presidencia de Estados Unidos. Hillary Clinton perdió los comicios de 2016 por su derrota en tres estados que habían votado a demócratas en elecciones presidenciales desde principios de los años 90: Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Fueron los que desequilibraron la balanza en favor de Donald Trump por una suma total de sólo 77.000 votos. Su campaña no les prestó la atención suficiente y prefirió volcar muchos esfuerzos en lugares como Florida y Ohio para arrebatarlos a los republicanos y asegurar la victoria por una amplia diferencia.

Biden no cometió ese error. En una campaña en la que ni la pandemia ni su edad le permitían multiplicar su presencia por el país, fue a lo seguro: revertir el resultado de cuatro años atrás centrándose en el origen de la catástrofe demócrata de entonces.

Su perfil personal justificaba su apuesta. Biden había sido senador de Delaware durante 36 años, pero nació en Scranton, Pensylvnnia, en una familia católica en la que el padre trabajaba como vendedor de coches. Antes de conseguir estabilidad económica, los Biden lo pasaron mal y tuvieron que vivir durante años en la casa de los abuelos maternos del ahora presidente. Desde muy pequeño fue consciente de las penalidades económicas por las que se podía pasar en el Medio Oeste de EEUU cuando la situación económica del país era mucho mejor. Sigue leyendo

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Hay dudas razonables sobre si Casado ha leído algún libro de George Orwell

Y luego dicen que el BOE es aburrido. Este jueves, se publicó en el boletín oficial la «Orden PCM/1030/2020, de 30 de octubre, por la que se publica el Procedimiento de actuación contra la desinformación aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional». Desinformación. Una amenaza a la seguridad del país. Eso es importante. Alguien debería ocuparse y hacer que los militares y el CNI tengan algo que ver. Metes a un espía en la jugada y así tienes herramientas para frenar a los enemigos del Estado (aunque no se diga quiénes son).

Todo suena rutinario, no lo bastante como para que no haya que estar alerta, hasta que la oposición mete la cuchara. ¿Ven ese animal deambulando por la hierba buscando una sombra? Es un peligroso depredador. De ahí titulares como «Un comité de Moncloa vigilará a los medios y perseguirá lo que considere ‘desinformación'» o «La oposición carga contra el ‘Ministerio de la Verdad’ de Sánchez». Ah, George Orwell, cuántos crímenes se han cometido en tu nombre.

Los gobiernos europeos se han ocupado los últimos años de mostrarse muy preocupados por la amenaza de la desinformación y las «fake news» (ya no emplean tanto este último nombre desde que Donald Trump se apropió de él). Después de las elecciones de EEUU en 2016, en Francia y Alemania entraron en estado de pánico pensando en sus comicios posteriores. Al final, nada ocurrió, o al menos nada que tuviera un efecto real en los resultados electorales. Desde entonces, la Comisión Europea ha adoptado estrategias y presionado a los gobiernos para que aumenten la vigilancia, en especial si la fuente de las posibles interferencias está en Rusia. Sigue leyendo

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Trump no es una aberración en la política de EEUU y otras historias de las elecciones

La muy probable victoria de Joe Biden, aún no confirmada por los resultados definitivos, puede llevar a muchos a pensar que Donald Trump no pasará de ser una locura pasajera en Estados Unidos. Lo cierto es que incluso si es derrotado, el presidente no es una aberración del sistema político norteamericano de la que sus compatriotas han tardado cuatro años en escapar. Frente a las encuestas y al impacto brutal de una pandemia que ha costado la vida al menos a 232.000 personas, Trump ha estado cerca de repetir el ajustado resultado que le dio la victoria en 2016. Ha recibido 4,6 millones de votos más que hace cuatro años de acuerdo con el escrutinio actual (es cierto que en unas elecciones que han tenido la mayor participación desde 1900).

Algunos, incluido este periodista, pensaban que Biden arrancaba con ventaja por el simple hecho de que no era Hillary Clinton. Eso no fue irrelevante, pero obviaba un hecho singular. Trump representa a los votantes republicanos, que son casi la mitad del país, tanto en sus aspiraciones en regresar a un pasado ideal («Make America Great Again») como por su rechazo a una sociedad que ya no es la de hace unas décadas y por su convencimiento de que mujeres, negros e inmigrantes deberían quejarse menos y conformarse con lo que tienen.

Trump no era ya en 2020 un candidato inesperado salido del mundo de la televisión y de los negocios. Alguien sin pasado político en el que el electorado pudiera volcar su frustración con el poder del Gobierno federal. En cerca de cuatro años, demostró lo que podía llegar a hacer y eso no fue ningún problema para muchos de los que le votaron en 2016 y otros más que no lo hicieron entonces. Incluso si tiene que regresar a vivir en la Trump Tower de Nueva York, Trump ha dejado una huella indeleble en la política de su país y en el Partido Republicano.

Trump no representa los auténticos valores de EEUU, solía decir Biden. Como titula Fred Kaplan en Slate, «quizá esto es lo que somos». El trumpismo no desaparecerá.

Ante la duda, demándalos

Trump no tardó mucho tiempo en denunciar un fraude del que que ya había hablado antes del día de la votación. En Twitter, sostuvo que su ventaja inicial «comenzó mágicamente a desaparecer» durante la noche electoral cuando se empezaron a llenar las urnas con votos falsos. Lo que había ocurrido es que en algunos estados el voto cumplimentado días antes o enviado por correo se contabilizaba después de las papeletas recibidas el martes. El mismo martes, los republicanos ya empezaron a presentar las primeras demandas con la esperanza de que lleguen hasta el Tribunal Supremo, donde los conservadores cuentan con una mayoría de seis votos a tres.

Fue una constante en su carrera empresarial. Ante cualquier discrepancia con un socio o competidor, su reacción inicial era ir a los tribunales. Si alguien le denunciaba por incumplimiento de contrato, él se querellaba contra él. La idea no era nunca ganar el juicio, sino convertir el proceso en una maraña interminable en la que al rival sólo le quedaba la opción de llegar a un acuerdo extrajudicial para poner fin a la tortura. En 30 años, participó o apareció en 3.500 demandas en los tribunales. Su gran mentor jurídico fue Roy Cohn, que años antes había sido el principal asesor del senador Joseph McCarthy, el protagonista de la caza de brujas. «Que se joda la ley. ¿Quién es el juez?», solía decir Cohn.

En ese sentido, Trump no es un elemento extraño en la política de EEUU. Por algo los abogados son una de las profesiones más odiadas en ese país. En el peor de los casos para él, siempre podrá decir que sólo un fraude masivo le privó de la victoria que se merecía, como tenían preparado en el periódico propiedad de Charles Foster Kane.

Un sistema disfuncional

Los demócratas han conservado la mayoría en la Cámara de Representantes, pero todo parece indicar que seguirán estando en minoría en el Senado. El sistema político norteamericano está diseñado para un bipartidismo en el que los dos grandes políticos sean capaces de llegar a acuerdos sobre cuestiones básicas. Eso ya forma parte del pasado. La crispación que se inició con la feroz oposición republicana a Bill Clinton en los 90 es ya un rasgo esencial del sistema. Con una carrera de décadas en el Senado, Biden es un hombre de una época muy anterior. Intentará aproximarse a republicanos moderados que ya no existen y fracasará en el intento, como le ocurrió a Barack Obama.

Los límites de la coalición de la diversidad

La doble victoria de Obama llevó a pensar que los demócratas habían construido una coalición interracial ante la que los republicanos estaban llamados a estrellarse en el futuro. El porcentaje de norteamericanos de raza blanca no hacía más que descender. Obama ganó en 2008 con el 43% del voto de los blancos y el 39% en 2012. No necesitó más. La victoria de Trump puso en duda esa hipótesis. Las peculiaridades raciales de EEUU arrojan a veces conclusiones difíciles de entender. Por ejemplo, un estudio descubrió que entre un 20% y un 25% de los estadounidenses que se oponían a las parejas de personas de razas diferentes votaron a Obama en 2008.

Si como parece Biden se convierte en presidente, habrá sido posible gracias a mejorar los resultados de Clinton en 2016 en el Medio Oeste y haber recuperado la confianza de una parte de los votantes de raza blanca sin estudios universitarios. De ahí sus buenos resultados en Pennsylvania –donde aún no está claro el ganador–, Michigan y Wisconsin, así como su inesperada victoria en Arizona, un Estado muy conservador. El último demócrata que ganó allí fue Bill Clinton en 1996, y sobre todo gracias a las votos que Ross Perot le quitó a Bob Dole. La victoria demócrata anterior fue la de Harry Truman en 1948.

Contra los pedófilos adoradores de Satán

Muchos votantes de Trump considerarán que la victoria de Biden será ilegítima. Trump se ocupará de recordárselo de forma periódica. Nadie se aprovechará más de eso que los adictos a las teorías de la conspiración, como ya sucedió en los mandatos de Clinton y Obama. Entre ellos, destacan los creyentes en QAnon, que afirman que existe una red global de pedofilia al servicio de los poderosos, así como que el «Estado profundo» (Deep State) estaba intentando acabar con Trump. El presidente los llamó «gente que ama a nuestro país». Ahora tienen a un valedor en el Congreso con la republicana Marjorie Taylor Greene, que ha conseguido un escaño en Georgia con el 74% de los votos en su circunscripción. De ella son conocidos sus comentarios despectivos sobre negros, judíos y musulmanes. En una ocasión, dijo que QAnon era «una oportunidad única en la vida para sacar a esta camarilla global de pedófilos adoradores de Satanás».

Quizá en España debería sorprender menos la irrupción de esta mujer. A fin de cuentas, el líder de la tercera fuerza política del país dijo que el coronavirus fue enviado por China para contagiar a todo el planeta.

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