La victoria inútil de Clinton

16.15

Los datos del escrutinio actualizados al domingo han vuelto a aumentar la ventaja de Clinton, que ahora se sitúa en 1.720.053 votos. 63.620.704 votos frente a 61.900.651 de Trump (48%-46,7%). Esa diferencia a favor de un candidato perdedor en colegio electoral es la mayor desde 1876.

En uno de los estados decisivos, Michigan, la ventaja de Trump sigue siendo de tres décimas. En votos, 11.612. Es el ejemplo más extremo de las diferencias mínimas que se produjeron en varios estados decisivos.

Los asteriscos de la tabla enlazada indican que se trata de resultados oficiales ya certificados por las autoridades del Estado. Es el caso de Florida, que ofrece estos datos. Trump: 4.617.886 votos (49%). Clinton: 4.504.975 (47,8%).

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Mientras Donald Trump continúa entrevistándose con los posibles miembros de su futuro Gabinete, el recuento definitivo de los votos en las elecciones de EEUU aumenta la ya amplia ventaja en favor de… Hillary Clinton. El último dato que publica Associated Press concede a Clinton 63.390.669 votos y a Trump 61.820.845. La diferencia en favor de Clinton es 1.569.824.

Poco después de las elecciones, varias estimaciones calculaban que la distancia podría llegar a 1,8 millones al quedar por contabilizar varios millones de votos en la Costa Oeste, sobre todo de California. Todo indica que el resultado final se acercará a esa cifra, y puede que incluso la supere.

En el apartado de votos desperdiciados por Clinton, podríamos incluir los de Texas, donde obtuvo al menos medio millón de votos más que Obama en 2012. Eso no impidió su derrota. En California, Trump obtuvo peores resultados que Mitt Romney, casi cinco puntos menos. Clinton mejoró los de Obama. Es otro dato irrelevante para el desenlace final.

California y Texas cayeron en el bando de siempre. Quienes no lo hicieron fueron los estados del Medio Oeste. Hubieran dado la victoria a Clinton en el colegio electoral, pero cayeron del otro lado.

Dos de las últimas cinco elecciones presidenciales en EEUU han arrojado un resultado diferente en el voto popular y en el voto del colegio electoral. La anterior fue en el año 2000. Para otros precedentes, hay que remontarse al siglo XIX (1824, 1876 y 1888).

El método de elección está establecido en el artículo segundo de la Constitución de EEUU. Para cualquier reforma constitucional, se exige una mayoría de dos tercios en ambas cámaras y la ratificación por tres cuartas partes de las cámaras de los estados. Es decir, no habrá reforma del sistema de elección.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Quentin Tarantino y John Carpenter. ‘The Thing’ y ‘The Hateful Eight’.

–La habilidad narrativa de ‘Regreso al futuro’.
–Películas que predijeron el futuro sin equivocarse.
–La evolución de Tom Cruise.
‘South Park’ contra la censura.
–No creo que necesitáramos un remake de King Kong con esteroides.
Peter Jackson, coleccionista de cine.
–Apolo 17, el último viaje a la Luna.
–La vida en la Estación Espacial Internacional.
El detector de mentiras no detecta las mentiras.
–No, no mueren seis personas por cada kilo de cocaína, como dicen en ‘Narcos’.
–Dos Nissan, uno construido en EEUU, otro en México. Las diferencias en un choque frontal.

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Trump se va hacia la extrema derecha para sus primeros nombramientos

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Los que decían que Donald Trump se iba a moderar después de ganar las elecciones no deberían comprobar el currículum de sus primeros nombramientos, sobre todo de los conocidos este viernes, para no llevarse un susto.

Jeff Sessions, senador de Alabama desde 1997, será el próximo fiscal general, y por tanto dirigirá el Departamento de Justicia. En 2007, una revista conservadora lo llamó el quinto senador más conservador de la Cámara. En la época de Reagan, fue nombrado para un puesto de juez, pero no fue ratificado por el Senado al conocerse que había hecho antes unas cuantas declaraciones racistas.

También porque en los 80 en Alabama, procesó sin motivo a unas personas que se ocupaban de intentar aumentar el número de personas de raza negra registradas para votar. Sessions les acusó de fraude electoral, nada menos. Fueron absueltas.

Sessions llamó “una desgracia para su raza” a un abogado de raza blanca experto en derechos civiles. Una desgracia por defender a negros.

No es extraño que conocidas figuras de la extrema derecha norteamericana hayan mostrado su entusiasmo con la elección de Sessions.

El congresista de Kansas Mike Pompeo será el nuevo director de la CIA. Pompeo llamó “traidor” a Edward Snowden y dijo que debería ser traído de vuelta de Rusia, y ser juzgado y condenado a la pena de muerte. Esta misma semana, ha dicho que está deseando poner fin al “desastroso” acuerdo nuclear firmado con Irán, “el mayor Estado patrocinador del terrorismo”. Apoyó el programa de interrogatorios de la CIA y todos los métodos de vigilancia de la NSA revelados por Snowden.

Tras el atentado de Boston de 2013, Pompeo dijo que los líderes religiosos musulmanes en EEUU eran cómplices de los terroristas por no denunciar esa violencia (lo que sí hicieron en su mayoría). Su nombramiento deja patente la influencia del vicepresidente electo, Mike Pence, en el proceso de transición.

El personaje más singular es Michael Flynn, teniente general retirado y exdirector de la DIA (la agencia de inteligencia del Pentágono). Será el consejero de Seguridad Nacional y tendrá un papel fundamental en la política exterior de Trump. En función de quién sea el secretario de Estado, podría ser el consejero más importante en esos asuntos.

Flynn fue el jefe de inteligencia de las fuerzas militares norteamericanas en Afganistán. En esa época, no sólo no hizo gala de las ideas extremistas por las que es conocido ahora, sino que adoptó una actitud muy diferente. Entonces, rechazaba la idea de que la lucha contra la insurgencia talibán era una empresa puramente militar con el objetivo de matar al mayor número posible de enemigos. Dio a conocer sus ideas en una publicación académica, cuando aún estaba destinado allí, para dejar claro que la guerra exigía un enfoque mucho más sofisticado: “Matar simplemente a los insurgentes suele servir para multiplicar el número de enemigos, en vez de para reducirlo”.

De ahí pasó a dirigir la DIA, pero al ser destituido dos años después se convirtió en un guerrero reaccionario para el que la raíz de todos los problemas no era ya los yihadistas, sino la religión islámica en sí misma.

Hace unos meses, hizo este llamamiento desde Twitter para ordenar a los dirigentes árabes y persas (iraníes) a que abjuraran de su religión y procedieran a cambiarla por completo. Para Flynn, que ya entonces era un partidario convencido de Trump, la amenaza es el Islam. De hecho, no lo considera una religión.

Flynn sí es un gran partidario de los dictadores y personajes autoritarios del mundo islámico. Ha elogiado al egipcio Sisi. Su empresa de consultores ha hecho labores de lobby para un empresario turco con lazos directos con el partido de Erdogan. En un artículo, reclamó que el líder religioso Fethullah Gulen fuera extraditado a Turquía, como exige Erdogan por su supuesta participación en el golpe. Está a favor de una alianza con Rusia para colaborar en la lucha contra el terrorismo.

Una persona que le conoce de su época de Afganistán ha dicho al NYT: “Si le escuchas, en 10 minutos le oirás contradecirse dos o tres veces”.

Al igual que su jefe, no se cortó al difundir información falsa sobre Hillary Clinton en la campaña:

Quizá todavía podamos decir que la política exterior de Trump es un enigma, pero los nombramientos de Pompeo y Flynn empiezan a despejar las dudas.

El periodista británico Mehdi Hasan entrevistó en mayo a Michael Flynn.

Foto: Michael Flynn en su toma de posesión como director de la DIA. Flickr de Ash Carter.

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Trump aún no tiene guión ni actores para su reality

Los espectadores siempre esperan conocer el desenlace de la serie o el reality antes de que acabe. Como eso es imposible, inundan la red de especulaciones sobre lo que puede ocurrir, y algunos son buenos en eso. Pero al final es el creador del programa televisivo el que sabe qué ocurrirá en cada momento.

Sólo Donald Trump cuenta con todas las claves del reality que comenzará el 20 de enero protagonizado por él y con un montón de personajes secundarios. ¿Quiénes formarán parte de su Gabinete? ¿Quiénes serán los que estén en la segunda línea de nombramientos totalmente fundamentales en gigantes burocráticos como los departamentos de Estado y Defensa? ¿Quién será el que con un cargo aparentemente menor en la Casa Blanca tenga la mayor influencia sobre el presidente? ¿A quién habrá que escuchar con atención sobre las relaciones con Oriente Medio, Rusia o la OTAN?

“¡Yo soy el único que sabe quiénes serán los finalistas!”, dijo en la noche del martes. Habrá que espera a que emitan el programa en directo. El jurado está compuesto por una sola persona. Sus familiares también tienen algo que decir al respecto.

Y luego dicen que la gente hace demasiadas comparaciones en Twitter entre la realidad y ‘Black Mirror’.

El proceso de transición entre las dos administraciones está siendo tan caótico como era de prever, viendo lo que fue la campaña de Trump. Obama ha puesto todas las facilidades hasta el punto de que muchos de sus antiguos votantes han quedado perplejos al comprobar que su amado presidente contempla este trasvase de poderes como si el nuevo inquilino de la Casa Blanca fuera un tipo de lo más normal. Alguien al que hay que desearle que tenga el mayor éxito posible porque su éxito será el del país. No está claro si se refiere a una política xenófoba hacia los inmigrantes sin papeles, al nombramiento de jueces del Tribunal Supremo para anular la sentencia Roe vs. Wade que legalizó el aborto o a la reducción de los impuestos a los más ricos. Obama no ha concretado tanto.

Otros presidentes que ganaron las elecciones tenían preparados algunos nombramientos y planes para el caso de victoria. Trump no había hecho nada sea porque no creía que fuera a ganar o porque, según ha aparecido en algunos artículos, creía que adelantarse a los acontecimientos le daría mala suerte.

La transición depende de que el presidente electo forme un equipo que se ponga en contacto con la Administración saliente para que reciba la información necesaria. Además, debe proponer los nombres de las personas que ocuparán los cargos disponibles, no sólo los futuros ministros. EEUU no es como el Reino Unido. No se nombra a unos ministros y estos se ocupan de todo. No hay un Civil Service que asegure el funcionamiento de la Administración. Se trata de designar a miles de personas. En EEUU, los cargos de designación directa son muchísimos, y de ahí que sea tan útil ese periodo que va del día de las elecciones al 20 de enero, cuando toma posesión el nuevo presidente.

En menos de 10 días, Trump ha ofrecido una riada de titulares. Comenzó eligiendo a los dos puestos clave de la Casa Blanca. El jefe de gabinete será Reince Priebus, un tipo que le servirá de mediador con el Partido Republicano, porque esa fue la función que tuvo en la campaña como presidente del Comité Nacional Republicano. Su principal consejero y jefe de estrategia será Stephen Bannon, un ultraderechista que dirigía Breitbart News, una web informativa emisora de conspiraciones e ideas extremistas que convierte a Fox News en un ejemplo de imparcialidad y periodismo serio y riguroso. Bannon fue desde agosto el principal consejero de la campaña de Trump (sin contar a la familia).

Por entonces, el equipo de transición lo llevaba Chris Christie, al que se le suponen conocimientos sobre el funcionamiento de la Administración al ser gobernador de New Jersey, y que había apoyado a Trump en las primarias republicanas desde el momento en que tuvo que retirarse de la pelea. Pero unos días después entró en escena el que va a ser el elemento clave del nuevo Gobierno de Trump: la Familia (sí, en mayúsculas).

Christie perdió el puesto, según varios medios norteamericanos, por la influencia de Jared Kushner, yerno de Trump. Cuando Christie era fiscal, consiguió que el padre de Kushner fuera condenado a dos años de prisión por evasión fiscal y realizar donaciones ilegales a campañas. Hay cosas que no se olvidan.

Christie ha sido sustituido por el vicepresidente electo, Mike Pence. Eso ha contribuido a retrasar todo el periodo de transición.

En el Departamento de Estado y en el Pentágono, aún no saben nada del equipo de Trump. Nadie se ha puesto en contacto con ellos para acordar la transición, lo que es un detalle que no carece de interés por aquello de que EEUU es el país más poderoso del mundo. Tampoco tienen noticias en el Departamento de Justicia. Había unas personas que se ocupaban de asuntos de seguridad y defensa, pero han sido despedidos porque fue Christie quien los puso ahí (algo desmentido por un portavoz de Trump). Uno de los caídos en desgracia es el congresista Mike Rogers, del que se decía que podía ser el nuevo director de la CIA.

Han llegado en su sustitución dos excongresistas republicanos y Frank Gaffney, según el WSJ (también lo ha desmentido el equipo de Trump), que ocupó un puesto de alto cargo en el Pentágono en la época de Reagan, pero que es más conocido por dirigir un think tank (más tank que think) que promueve ideas islamófobas y que suscribe casi todas las teorías de la conspiración imaginables. Sostiene que los Hermanos Musulmanes se han infiltrado en la Administración de EEUU, que Sadam Hussein fue el responsable del atentado contra las torres gemelas en 1993 y contra un edificio federal en Oklahoma City (obra de ultraderechistas), que el logo de la Agencia de Misiles de EEUU esconde la sumisión de EEUU al Islam, y que Obama es un musulmán en secreto.

Eliot Cohen, exalto cargo del Departamento de Estado en la época de Bush, había recomendado a los expertos conservadores en esos temas que concedieran el beneficio de la duda a Trump y se mostraran dispuestos a colaborar con la nueva Administración. Resulta que tuvo un contacto con el equipo del nuevo presidente, un amigo suyo, y salió despavorido de la experiencia. “Están furiosos, son arrogantes, gritan ‘vosotros perdisteis’ (“you LOST”, en el original). Va a ser desagradable”.

Cometió el terrible error de proponer nombres de personas que podían ser elegidos para algunos cargos siempre que los ministerios fueran dirigidos con gente con reputación y experiencia. Parece que esta condición fue considerada una provocación intolerable.

Cohen es un tipo de derechas. Es cierto que es de los que se opusieron a Trump. Pero no nos engañemos. No es un moderado. Ha comentado estos días que John Bolton podría ser un secretario de Estado muy capaz. Sí, ese Bolton, el neoconservador que fue embajador en la ONU con Bush a pesar de que no ocultaba su desprecio por esa institución y que pretendía que EEUU invadiera Irán cuando la Administración de Bush no había digerido aún la ocupación de Irak.

En un artículo posterior en el Post, Cohen dijo que, para el típico republicano especialista en estos asuntos, participar en los primeros compases de esta Administración “supone un alto riesgo de ver comprometida la integridad y la reputación”. Cohen dice que Trump “se ha rodeado de mediocridades cuya principal cualificación parece ser la lealtad absoluta”.

Esto último no es una gran novedad. Lo segundo, no lo de las mediocridades. Los nuevos presidentes valoran por encima de todo la lealtad en muchos de los primeros nombramientos. Aquellos que les apoyaron en la campaña son los primeros que recibirán el premio. El problema de Trump es que la mayoría del establishment republicano en temas de Exteriores y Defensa apoyó a otros candidatos o no ocultó su rechazo al millonario.

Lo lógico sería que ahora tendiera puentes e hiciera las paces con los republicanos más valiosos. Más aún si hablamos de un presidente que nunca ha servido en la Administración, no ha tenido un cargo electo ni tiene experiencia en asuntos militares y diplomáticos.

Pero tiene a sus hijos y pretende que estos reciban los permisos de seguridad necesarios, los reservados a altos miembros de Estado y Defensa, para que puedan acceder al contenido del informe diario que recibe el presidente y que incluye, entre otras muchas cosas, las amenazas terroristas inminentes. Y tiene a su yerno, de 35 años y casado con su hija Ivanka, que parece tener mano en asuntos de seguridad, a pesar de que su currículum se limita al sector inmobiliario de Nueva York.

Ellos son los que tienen la llave del reality. El guión se está improvisando, los actores de reparto aún no están contratados, pero todos confiamos en que la gala inicial sea un gran éxito. No hay que descartar sorpresas pavorosas en los primeros episodios y tampoco está muy claro cómo evolucionará la trama. Los ciudadanos norteamericanos han dejado de ser votantes y han pasado ahora a ser espectadores.

Realmente, no sé por qué la gente está tan preocupada por la llegada de Trump a la Casa Blanca.

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Algunas paradojas sobre la promesa de Trump de expulsar a millones de sin papeles

Protesta contra leyes antiinmigracion

Donald Trump ha tardado muy pocos días en confirmar dos de sus promesas de campaña más controvertidas. Son precisamente las que le propulsaron a la condición de favorito en las primarias republicanas y que mantuvo en la campaña electoral: la expulsión de millones de sin papeles latinoamericanos y la construcción de un muro en la frontera con México (que en algunas zonas podría ser una valla reforzada).

“Lo que vamos a hacer es coger a la gente que son criminales y que tienen antecedentes penales, pandilleros, traficantes de droga, probablemente dos millones, podrían ser incluso tres millones, y vamos a echarlos del país o vamos a encarcelarlos”, dijo en la entrevista en CBS.

No dijo en qué plazo de tiempo lo hará. Si no se da prisa, se pondrá sólo al nivel de un presidente al que pocos han llamado racista y que se llama Barack Obama.

A mediados de este año, los medios norteamericanos informaron de que el Gobierno de Obama ya había deportado a 2,5 millones de extranjeros sin papeles desde 2009 hasta 2014. Esa cifra no incluía a aquellos que aceptaron voluntariamente ser deportados o a los que fueron expulsados en la misma frontera.

La cifra es un récord. Obama había deportado a más extranjeros que cualquier presidente anterior. Más que Bush y más que todos los presidentes juntos del siglo XX.

Ese incremento forma parte de una tendencia que se remonta a varias décadas atrás, pero que se ha intensificado con Obama (si bien es cierto que la cifra ha descendido en los últimos tres años). Seguro que todo el mundo ha escuchado a Trump decir que la frontera de EEUU con México es un coladero y que hay que destinar más recursos para impermeabilizarla por completo, como si eso fuera posible. El presupuesto de la Policía de Fronteras subió de 5.900 millones de dólares en 2003 a 11.900 millones en 2013. Los fondos del Departamento de Inmigración y Aduanas pasaron de 3.300 millones a 5.900 millones. Esos 18.000 millones sumados eran ya 20.000 millones en 2016.

Desde 2006, por imposición del Congreso, Inmigración está obligada a mantener detenidos a 34.000 extranjeros cada día con vistas a su deportación. Por cada uno que es expulsado, otro debe ocupar su lugar. Hay un pequeño problema de intendencia. El número de personas que intentan entrar en EEUU de forma ilegal desde México ha descendido desde los años 70 y 80. ¿Qué ocurre? Hay menos sin papeles a los que detener e Inmigración se ve obligada a hacer redadas para mantener el cupo y cazar a los que llevan muchos años viviendo en el país, los que han construido una nueva vida, tienen un trabajo y abonar los impuestos (indirectos) que pueden pagar.

El anuncio de Trump ofrece más paradojas. No hay tres millones de sin papeles que hayan cometido delitos. No hay suficientes ladrones, estafadores, violadores, asesinos o delincuentes en general que hayan nacido fuera de EEUU y con los que se pueda complacer con su expulsión al nuevo presidente. Según cifras oficiales, hay 1.900.000 personas que hayan sido procesadas por distintos delitos, pero ese número incluye también extranjeros con residencia legal en EEUU. En principio, la ley obliga a meter en prisión a estos últimos, pero no permite expulsarlos.

A finales de 2013, había unos 140.000 extranjeros cumpliendo penas en prisiones federales, estatales y locales (esa cifra también incluye personas con residencia legal a las que no se puede deportar). Queda un poco lejos de esos dos o tres millones de los que hablaba Trump.

Más números. El Congreso facilita al Gobierno fondos suficientes para expulsar como máximo a unas 400.000 personas al año (sólo en 2009 Obama superó ese límite con 409.000). Si quieren superar ese nivel, van a tener que gastar mucho más dinero.

Las cifras, como corresponde a un país tan inmenso, son mayores de lo que pensamos. He escrito alguna vez que la promesa de Trump de expulsar a los 11 millones de personas sin derecho legal a residir en EEUU sería una quimera incluso para una dictadura. Los números de la época de Obama indican que los expulsados en potencia son muchos más de los que nos podemos imaginar, pero aun así hay límites sobre lo que Trump puede hacer para distinguirse de Obama.

Sería un error pensar que la cruzada de Trump contra la inmigración se quedará en una simple continuación de la política de Obama, porque tiene poco sentido esperar que un nuevo líder vaya a olvidarse de las ideas que le permitieron triunfar en las urnas. Por otro lado, y teniendo en cuenta la traumática relación del nuevo presidente con la realidad, no hay que descartar que se invente las cifras, las de ahora y las del futuro. Él creó un problema para poder utilizarlo como munición en su campaña. Ahora que ha conseguido su objetivo, se ocupará de aparentar que está haciendo lo que nunca se hizo antes al precio de convertir en una pesadilla las vidas de los extranjeros que viven ahora sin papeles en EEUU. America, the beautiful.

Foto: Manifestación en Minneapolis en 2010 contra los deportaciones de sin papeles. Foto: Fibonacci Blue CC.

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La artífice de la victoria de Trump fue Hillary Clinton y su campaña

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Cada cuatro años las elecciones de EEUU ofrecen una oportunidad inagotable de explicar el resultado gracias a dos factores: el inagotable caudal de información que ofrecen estudios, encuestas y medios de comunicación, y el hecho de que es un país inmenso. Esto último es una obviedad casi cómica, pero tiene repercusiones que olvidamos en el análisis. Por ejemplo, la clase trabajadora blanca no es la misma en unos estados que otros. Las personas de alto nivel de ingresos no votan lo mismo en todos los sitios. Hombres y mujeres votan de forma similar en algunas zonas, pero en otras no.

Todo esto hace que los resultados ofrezcan infinidad de paradojas que desmienten las primeras impresiones, y aún más las anteriores al día de elecciones.

Por último, están los votantes, que no tienen la obligación de ser racionales en su decisión y que en muchas ocasiones aceptan que eligen a un candidato que quizá no esté a la altura de todo lo que promete. Quizá también ocurra que toleran aún menos a su rival. Los políticos no son los únicos pragmáticos.

El cómputo total de los votos arroja una victoria para Hillary Clinton tan clara como irrelevante. En el último dato del escrutinio ofrecido por la agencia AP, Clinton cuenta con una ventaja de 574.064 votos. Esa distancia probablemente se amplíe porque el recuento completo de California –el Estado más poblado y donde ganó Clinton– suele tardar bastante tiempo. Esa diferencia ya es mayor que la que tuvo Gore sobre Bush en su derrota del año 2000, y es también mayor que la que disfrutó Nixon en su victoria sobre Humphrey en 1968.

Pero, como todos sabemos, ese dato no vale nada, porque la elección presidencial se dirime en un colegio electoral, donde todo depende de los votos electorales obtenidos al ganar las elecciones en cada Estado. En ese recuento, Donald Trump ganó con 290 votos frente a 228 de Clinton. Ahí faltan dos estados por sumar, porque las victorias de Trump en Michigan y de Clinton en New Hampshire fueron por tres décimas y se está realizando un nuevo recuento exigido por la ley.

Hay tres estados que se distinguen sobre el resto: Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Suman 46 votos electorales y le hubieran dado la victoria a Clinton. En los tres ganó Obama hace cuatro años, como lo habían hecho todos los candidatos demócratas desde 1988. De ahí que se haya hecho tanto hincapié en la clase trabajadora de raza blanca de esos estados y se haya recuperado el concepto de ‘Demócratas de Reagan’. Por utilizar el caso de Pennsylvania, Reagan ganó allí las elecciones en 1980 y 1984 (con un 49,5% y un 53,3%). Se dijo que sus victorias inauguraban una nueva época parecida a la ocurrida antes en el Sur, donde las leyes antirracistas de Johnson habían dejado a los demócratas sin los trabajadores blancos de esos estados. George Bush, padre, se aprovechó de esa tendencia en 1988, pero Bill Clinton recuperó a esos votantes para la causa demócrata.

Desde entonces, Pennsylvania, Michigan y Wisconsin eran un muro contra el que se habían estrellado los candidatos republicanos hasta que llegó Trump, al que podríamos definir como el menos republicano de todos ellos por su trayectoria anterior. En los días anteriores a las elecciones, su campaña dedicó especial atención a esos estados con varias visitas de Trump. Su directora de campaña reconoció la víspera de los comicios que ganar en Michigan o Pennsylvania era crucial para conseguir la victoria.

Las diferencias entre ambos candidatos en esos dos estados no eran tan amplias como para que la estrategia de Trump fuera desesperada, escribí ese día. Indudablemente, lo tenía muy difícil, y de ahí que en la mayoría de los pronósticos Clinton partiera como favorita. Todo podía reducirse a un puñado de puntos. Y eso es lo que ocurrió. Trump ganó en Pennsylvania por 1,2 puntos (unos 68.000 votos). En Michigan por 0,3 (menos de 12.000 votos). En Wisconsin, un Estado de corte similar, por un punto (unos 27.000 votos).

Con tan escasa diferencia, cualquier cambio con respecto a cuatro años atrás es significativo. Varios medios norteamericanos han puesto nombre a los condados que dieron la victoria a Obama en 2008 y 2012, y que ahora votaron a Trump. Jeff Guo, de Wonkblog, destaca por ejemplo el condado de Luzerne en Pennsylvania (320.000 habitantes). Allí Obama ganó por cinco puntos hace cuatro años. Ahora Trump le sacó 20 a Clinton. En el condado de Juneau en Wisconsin (24.000 habitantes), Obama había ganado por siete puntos. Trump lo hizo por 26 de diferencia.

James Hohmann, también en el Washington Post, destaca el condado de Macomb, en Michigan (840.000 habitantes), donde también había vencido Obama. Trump obtuvo el 54% de los votos con una participación récord en las urnas.

Los periodistas que se acercaron tras las elecciones a ese condado descubrieron el mismo panorama. La denuncia de Trump por los empleos perdidos a causa de los acuerdos comerciales con otros países caló entre la clase trabajadora de esas zonas. Otras regiones de EEUU han visto aumentar su base industrial, por ejemplo en el sector automovilístico desde entonces, pero obviamente eso no era ningún consuelo para ellos. Los mensajes basados en la macroeconomía no llegan a los votantes que tienen problemas a fin de mes.

En el plano personal, Clinton era despreciada u odiada en esos lugares como ejemplo paradigmático de una clase política que no se preocupa por esos trabajadores. Sencillamente, no se fiaban de ella. Por el contrario, los defectos personales de Trump eran pasados por alto. Algunos de esos votantes no tenían una opinión nada buena de él, pero eso no les importaba. Lo veían como alguien que podía solucionar sus problemas.

No había grandes diferencias entre las opiniones de hombres y mujeres. La famosa cinta de audio con la conversación de Trump en la que alardeaba de sus conquistas sexuales y su infidelidad pudo causar espanto en zonas urbanas del país donde de todas formas los demócratas siempre ganan. En muchas zonas del Medio Oeste, no parece que tuviera el menor efecto. Desde luego, entre los hombres, no. Muchos de ellos querrían estar en la misma posición de Trump. Ser millonario y tener a su alcance a un montón de mujeres estupendas.

A escala nacional, el voto femenino no se comportó como decían las encuestas de meses anteriores. El 62% de las mujeres sin título universitario votó por Trump (y el 51% de las mujeres con título). El titular ‘Las mujeres derrotarán a Trump’ resultó ser una ficción.

Volviendo al Medio Oeste, en relación a ideas xenófobas o racistas, eso no era un factor relevante en lugares donde todos son blancos. Si en otras zonas del país con gran presencia de negros y latinos, esos ataques causaban la alarma por su efecto futuro en la convivencia, en estos condados –bien por desinterés o por compartir esos prejuicios raciales– resultaba irrelevante. No piensas que el racismo es un problema cuando no lo ves todos los días. Y si te dicen que una parte de tu mala situación se debe a supuestos privilegios que reciben otros que no son como tú, no tardarás mucho en darles la razón.

Más allá de los datos, están las pruebas circunstanciales. Lo que se suele llamar periodismo, o al menos los artículos en que reporteros hablan con ciudadanos que sólo se representan a sí mismos. Los votantes. Se han publicado unos cuantos reportajes sobre ellos. Uno muy interesante es el de Alec MacGillis que en los últimos meses ha conversado con votantes que “vivían en lugares en decadencia, y que lo habían estado durante algún tiempo”, que “no estaban especialmente ligados a un partido concreto”, y que sentían “un profundo desprecio por ese Washington hiperpróspero y disfuncional al que ven como algo completamente separado de sus vidas”.

MacGillis lo llama la “venganza de la clase olvidada”. Los abandonados, no por la última crisis, sino por muchos años más de buscar empleos dignos. Ahí hay muchos votantes de Obama que vieron a su rival de 2012, Mitt Romney, como el típico representante de la clase alta que nunca se preocuparía por ellos. Pero desde entonces han pasado muchas cosas. Los demócratas eligieron a un nuevo candidato:

“Por un lado, ella se vio liberada de su mandato representando a la oprimida zona norte de Nueva York como senadora. Había pasado el tiempo desde 2008 en los dominios del Departamento de Estado y luego había dado más de 80 discursos pagados a bancos, empresas y asociaciones comerciales por una compensación total de 18 millones de dólares. Por otro lado, las razones para el resentimiento y el abandono habían crecido en muchas comunidades del Rust Belt donde a Obama le había ido bien. Podrían estar saliendo poco a poco de la Gran Recesión, pero el progreso era horriblemente lento, y se estaban quedando atrás frente a ciudades en expansión como Nueva York, San Francisco y Washington, donde la diferencia de ingresos en su favor había crecido comparada con el resto del país”.

Lo de “oprimida zona norte de Nueva York” es irónico. Se refiere a la burbuja de dinero y amigos poderosos en la que vivió Clinton desde de que dejó la Casa Blanca.

La decadencia de todas esas comunidades del Rust Belt comenzó hace mucho tiempo. La desindustrialización no se inició en los últimos ocho años. Pero los agravios se acumulan. Los votantes dieron una oportunidad a los demócratas con Obama, pero no iban a aguantar toda la vida. Las grandes promesas de Obama nunca se cumplieron: ni en la recuperación económica de esas zonas (sí en otras zonas del país) ni en la reconciliación racial que podía traer consigo el primer presidente negro de EEUU (no es que eso sea culpa de Obama).

En realidad, como explica Jeff Guo, no hay una correlación directa entre aumento del desempleo o descenso de salarios medios y el incremento de votos a Trump. Más bien al contrario. Trump sacó más votos que Romney en los condados donde más cayó el desempleo desde 2012. No fueron los votantes más pobres los que le dieron la victoria, porque esos probablemente ni siquiera fueron a las urnas. Pero puede ocurrir que alguien que tenga empleo ve cómo otras personas cercanas no tienen esas oportunidades o que se crean el mensaje de un candidato de que su comunidad o todo el país camina en la dirección equivocada. Es un campo fértil para un político demagogo con soluciones simplistas que enciende la mecha del resentimiento racial y político.

Y años después llegó Hillary Clinton, coronada por los demócratas después de su fracaso de 2008. Por alguna razón, pensaron que lo que no funcionó entonces ahora sería infalible. Su campaña dio por hecho que esos estados de los que estamos hablando estaban garantizados. Pennsylvania no fue completamente ignorada, pero allí la prioridad estaba en las zonas urbanas. Algunos datos sobre el gasto en anuncios televisivos (siete veces más en Los Angeles que en Milwaukee) indican que la campaña de Clinton no estaba gastando el dinero donde debía hacerlo.

El mensaje de Trump dirigido a los trabajadores blancos fue simple y efectivo, con especial énfasis en lo primero. Que nosotros en Europa nos fijáramos más en el conflicto racial atizado por Trump y en su deplorable trayectoria en relación a las mujeres tiene un pase. Que la campaña de Clinton pensara que iba a ganar las elecciones centrando su campaña en eso resultó un error estratégico. Había zonas del país en que se necesitaba otra respuesta que nunca llegó.

Al final, los votantes republicanos se unieron en torno a su candidato, aunque muchos tenían dudas y tomaran su decisión en los últimos días. Nada que pueda sorprender a los que conocen la polarización de la política norteamericana. Pero muchos votantes demócratas habían tenido ya suficiente con Hillary Clinton. En el fondo, no tantos, como demuestra su ventaja de más de 500.000 votos en todo el país. Pero sí los suficientes en los lugares que fueron decisivos.

Clinton fracasó en Florida y Ohio con lo que necesitaba mantener el voto tradicional demócrata en el Medio Oeste. Cuando se quiso dar cuenta en los últimos días de campaña, ya era tarde. Había sido una mala candidata en 2008 y volvió a serlo en 2016. Si quedaba alguna duda, sólo hay que comprobar su reacción tras la derrota. En una llamada telefónica a los que donaron más de 100.000 dólares a su campaña (siempre la gente con dinero por delante), dio su versión: la culpa fue del director del FBI, pero no suya.

La culpa siempre es de los demás, no suya. La historia de su vida.

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Un error revelador del embajador ruso en Londres

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El embajador ruso en Gran Bretaña cita en Twitter una declaración del Ministerio ruso de Defensa: “Se han encontrado pruebas del uso de armas químicas por los yihadistas. Si disparar gas sobre una ciudad es moderado, ¿qué es lo radical?”. Y utiliza una foto en la que se ven decenas de cadáveres.

Es un caso de propaganda que se vuelve contra su autor, porque la foto empleada es de 2013 (se puede ver aquí y aquí). La imagen de Reuters corresponde a los muertos en un ataque del Gobierno sirio contra Ghuta Oriental, en los suburbios de Damasco. Es el bombardeo en el que existieron sospechas fundadas que se utilizaron armas químicas, por el que EEUU amenazó con represalias militares y que finalmente condujo a un acuerdo de EEUU y Rusia para la retirada del país del arsenal sirio de armas químicas.

Rusia y Siria siempre negaron que se utilizaran municiones de artillería cargadas con gas sarín. Ahora el embajador ruso usa precisamente esa imagen para acusar a los insurgentes de eso mismo. Su departamento de propaganda debería actualizar su archivo. Eso en el caso de que haya sido un error.

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El enigma de la política exterior de Trump

Camarada Trump

De todos los enigmas por desvelar sobre la presidencia de Donald Trump, hay uno que preocupa especialmente fuera de EEUU: cuál será la nueva política exterior y de defensa. Preocupación es una palabra que se queda corta para algunos países. Las repúblicas bálticas, siempre temerosas de Rusia, temen que los elogios de Trump a Putin sean el prólogo de una mejora de las relaciones entre ambos estados. Todos los países implicados en la guerra de Siria se preguntan ahora qué hará Washington a partir del 20 de enero. Alemania querrá saber si la relación con EEUU será ahora exclusivamente económica. Y luego está México por razones que no es necesario explicar en detalle a estas alturas.

Si las embajadas de esos países se pusieran en contacto con expertos de los think tanks y profesores universitarios para buscar pistas, es probable que se encontrarían con caras tan perplejas como las suyas. Nadie sabe a ciencia cierta qué responder tanto porque la política exterior ocupó un espacio secundario en la campaña electoral como porque las ideas de Trump eran contradictorias, incompletas o difíciles de creer.

Carla Robbins es profesora en la City University de Nueva York, cubrió la información diplomática para el WSJ y fue corresponsal del NYT. Es una de esas personas que no puede dar una respuesta clara a las futuras prioridades de EEUU en ese campo. En una conferencia a la que asistí este miércoles, reconoce que eso es “un gran enigma” a causa de la falta de experiencia de Trump en política exterior: “Lo único que saben los saudíes y los europeos es que él quiere que paguen más por su seguridad. Con México, se sabe que quiere construir un muro. No mucho más”.

George Bush estaba en la misma situación. Trump ha viajado más a otros países que Bush antes de llegar a la Casa Blanca, pero visitar sus negocios en el extranjero –campos de golf, casinos y hoteles– no cuenta demasiado en esto.

La diferencia es que Bush contaba con expertos en el tema, que le fueron dando clases particulares, y en el Gobierno con gente de amplia experiencia: Cheney, Rumsfeld, Rice y Powell. Trump carece de esa primera línea de asesores. “La mayoría de los expertos en política exterior del Partido Republicano dijeron que Trump no daba la talla para ser comandante en jefe (en EEUU gusta mucho esta terminología militar para referirse al presidente). Trump nunca ha aceptado bien el rechazo, así que no sabemos si aceptará ahora a los que criticaron”, dice Robbins.

Lo único que concreta es que “podemos esperar un aumento del gasto militar, pero no exactamente dónde”, en qué partidas. Trump está en contra de los recortes en Defensa que se aprobaron en 2011 como parte de un acuerdo Casa Blanca-Congreso para reducir el gasto público, y que deberían entrar en vigor este año. En realidad, lo más probable es que esos recortes nunca lleguen a producirse, como ha pedido el Pentágono.

Durante las primarias republicanas, Trump lanzó mensajes que se alejaban por completo de la ortodoxia republicana. Sus ideas económicas nacionalistas le acercaban a un vago aislacionismo, nunca respaldado por una estrategia definida. Dijo que la OTAN estaba obsoleta, pero no tardó mucho en sostener lo contrario. En realidad, lo único que le preocupaba era la factura. Para sostener que todo el planeta está estafando a EEUU –una premisa imposible de creer–, exige que sus aliados aumenten sus gastos de defensa. Hay que suponer que en ese caso EEUU podría reducir los suyos. Pero podemos afirmar sin mucho temor a equivocarnos que ni él ni los republicanos tienen la intención de hacerlo.

En esta entrevista, el senador Jeff Sessions, que podría ser el próximo secretario de Defensa, deja claro que las ideas de Trump incluyen un programa de rearme para modernizar la Armada y las armas nucleares, y un aumento de las tropas del Ejército, de 480.000 a 540.000. Todo suena muy típicamente republicano. Cómo se financia todo eso con un descenso de impuestos es algo que no suele preocupar mucho en ese partido.

“Cuando el mundo ve lo mal que está EEUU, y luego si vamos y hablamos de derechos civiles, no creo que seamos un buen mensajero”, dijo en una entrevista con el NYT en julio dedicada a la situación internacional. Fue una conversación confusa y marcada por las extrañas ideas del entonces candidato –decía que la rivalidad histórica entre turcos y kurdos se podía resolver con “reuniones”– y esa obsesión por que los aliados paguen sus facturas a EEUU. Esa frase podría indicar una revisión de la mentalidad imperial de Washington ante muchos conflictos. Peros unos pocos comentarios no pueden sustituir a una visión estratégica.

Ya desde las primarias esa clase de opiniones sirvieron para que conocidos neoconservadores del mundo académico y periodístico denunciaran a Trump como alguien indigno de ser el candidato republicano. Algunos de ellos incluso llegaron a mostrar su apoyo a Hillary Clinton, a la que consideraban –no sin razón– una alternativa más segura para intensificar el intervencionismo militar norteamericano en el exterior.

Los que apostaron por un aumento de la ayuda militar de EEUU a los grupos insurgentes que quieren derrocar a Asad aspiraban a una victoria de Clinton. En uno de los debates, ella planteó la alternativa de una zona de exclusión aérea, una idea inviable que sólo podía conducir a un enfrentamiento de aviones rusos y norteamericanos.

La frase que definió a Trump sobre Siria era esta: “No me gusta Asad en absoluto, pero Asad está matando al ISIS”. La Administración de Obama prefirió apoyar a los kurdos sirios para conseguir ese objetivo. No es que la posición de Trump fuera pacifista o que quisiera asignar a Asad la labor de acabar con los yihadistas. Hay otra frase que se puede recordar: “I’m gonna bomb the shit out of ISIS”. No parece que eso sea una gran novedad porque era lo que ya estaba haciendo EEUU.

Trump sí que se ha mostrado en contra de armar a los insurgentes sirios. Prefiere apostar por una solución negociada en la que intervenga Rusia. Ya hay negociaciones ahora entre EEUU y Rusia sobre Siria, sin mucho éxito. Para saber si con Trump serían diferentes, habría que conocer sus ideas al respecto.

En cualquier caso, un presidente que acaba de llegar a la Casa Blanca y cuya prioridad es lo que ocurra dentro de las fronteras del país no querrá que su tiempo sea monopolizado por una guerra en el exterior. Sobre Siria, sus opciones serían además tan limitadas como las de ahora. De él sí depende directamente la CIA y tendría que decidir si esa organización continúa armando y financiando a algunos grupos insurgentes.

Sobre Israel, Trump continuará con la política de apoyo completo a Israel, pero se espera que, al igual que si hubiera ganado Clinton, las relaciones del presidente de EEUU con Netanyahu mejoren de forma evidente. Trump ha prometido en la campaña que la embajada de EEUU en Israel se traslade de Tel Aviv a Jerusalén, una medida equivalente en términos diplomáticos al reconocimiento de la soberanía israelí sobre toda la ciudad y una provocación evidente a todos los gobiernos árabes. El Congreso lleva aprobando ese traslado desde hace muchos años, pero siempre que lo hace el Departamento de Estado tiene derecho a congelar esa medida si cree que perjudica a los intereses de EEUU.

Por ese motivo y otros, los partidos de ultraderecha que forman parte del Gobierno israelí están encantados con la victoria de Trump. El ministro de Educación lo ha dicho en términos claros: “La era del Estado palestino ha acabado”. Un líder de los colonos judíos de Hebrón dijo que han terminado “los días difíciles de Obama” para los asentamientos.

Hablar de Trump en esta campaña ha supuesto en los medios norteamericanos hablar de Putin, y de además de forma obsesiva. La atención prestada al Gobierno ruso, incluida la acusación norteamericana de estar detrás del ataque informático al Partido Demócrata, ha provocado un resurgir del ambiente de guerra fría en Washington, en especial en los medios. Algunos periodistas de actitud en general bastante moderada se han lanzado a pintar a Rusia como si fuera una amenaza similar a la de la antigua URSS. Hay relojes mentales que se han atrasado casi 30 años.

Unas declaraciones de Putin elogiando a Trump –tampoco de forma muy entusiasta– fueron recogidas con agrado por el millonario. Era otra manera de criticar a Obama y Clinton. Está claro que a Trump el estilo autoritario del líder ruso le agrada, pero eso no supone que vaya a convertir a Washington en un aliado íntimo de Rusia. Si consigue contribuir a rebajar las tensiones, eso sería positivo. Los intereses estratégicos de ambos países compiten en varias zonas del mundo, con lo que sería exagerado poner muchas esperanzas en ello.

El ego de Trump le obliga a creer que podrá ocuparse de Putin con más destreza que la ofrecida por Obama. Alguien debería decirle que antes de fiarlo todo a las supuestas virtudes personales, es mejor que los países tengan una estrategia definida sobre política exterior.

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Trump vence a Clinton, las encuestas, los medios… a todos

Donald Trump, un millonario absorbido por su ego que desprecia a las mujeres y se ha casado tres veces, será el 45º presidente de Estados Unidos. Donald Trump, que desde el primer momento basó su campaña en un mensaje xenófobo y ultranacionalista, será el jefe de Estado de un país –que cuenta con una sociedad multirracial– que se construyó en el siglo XIX con la llegada de inmigrantes de todo el mundo. Donald Trump, un personaje de nulo bagaje político y conocido en todo el país por su presencia en un reality televisivo, superó así a Hillary Clinton, el Partido Demócrata, casi todos los medios de comunicación y las empresas de encuestas.

Antes en las primarias, había derrotado al Partido Republicano y a la presentadora más popular de Fox News. No ha vuelto a crecer la hierba allá por donde ha pasado Trump, nacido hace 70 años en el distrito neoyorquino de Queens.

En una noche de sorpresas, Donald Trump consiguió lo que muchos pensaban que estaba fuera de su alcance y Hillary Clinton terminó asumiendo el papel que todos creían que interpretaría Trump, el del perdedor que se niega a aceptar su derrota. Cuando el candidato republicano estaba a unos pocos pasos de convertirse en presidente –al darle varios medios la victoria en Pennsylvania–, la campaña de Clinton tomó la inesperada decisión, poco después de las dos de la mañana, hora de Nueva York, de no reconocer la derrota.

El presidente de la campaña de Clinton, John Podesta, subió al escenario del Centro Javits para anunciar que quedaban votos por contar y que todos deberían irse a dormir. Ella no ha acabado, dijo refiriéndose a Clinton, y por lo tanto no iba a reconocer la derrota.

Era una ficción o una farsa. Unos minutos más tarde, Clinton llamó por teléfono a Trump para felicitarle por la victoria. Quizá quiso negar al principio a su rival la satisfacción de celebrar esta misma noche su triunfo. Quizá no tuvo valor para dar la cara o alguien le convenció luego de que no podía dejar de aceptar lo inevitable.

Al igual que tras la presidencia de Bill Clinton, los demócratas dejaron escapar una victoria que creían tener asegurada. También como entonces, la primera mirada se dirigió hacia el derrotado, en este caso, Hillary Clinton. Los demócratas lo prepararon todo para que fuera coronada en 2008, pero un desconocido Barack Obama aguó la fiesta al aparato del partido.

Ocho años después, lo volvieron a intentar y lo consiguieron, pero las urnas le reservaban un destino amargo. Clinton era tan impopular como Trump, pero lo que a él no le mató en las urnas, a ella la destrozó en zonas que llevaban votando a los demócratas en las presidenciales desde finales de los 80.

Una derrota de todas las élites

El desenlace fue tan sorprendente para los analistas de todos los medios que la explicación tiene que ir más allá de las carencias contrastadas de Clinton como candidata. Hay cuestiones sociológicas y económicas más profundas. El rechazo a las élites políticas, económicas y culturales presente desde hace tiempo en las zonas más conservadoras del país se extendió a lugares donde los demócratas se sentían seguros en elecciones presidenciales.

En el Medio Oeste, escenario de una perenne crisis industrial, la clase trabajadora blanca sin estudios universitarios –así aparece siempre descrita en detalle por los medios norteamericanos– giró hacia los republicanos en lugares como Pennsylvania, Michigan y Wisconsin.

Trump ganó en Ohio y Florida, pero al final eso no importó. El día anterior a las elecciones, la campaña del republicano reconocía que necesitaba una victoria en estados como Pennsylvania y Michigan, donde la última vez que ganó su partido en unas presidenciales fue en 1988. No lo tenía imposible, pero sí tremendamente difícil. Las encuestas decían que tenía que ganar en demasiados sitios distintos como para que pudiera cumplir su propósito.

Al final, la realidad colmó y superó las expectativas de Trump.

Los medios norteamericanos habían hecho con Trump la cobertura más hostil que haya tenido nunca un candidato de uno de los dos partidos. El millonario devolvió los golpes con gusto, aplicando la idea que siempre le guió en sus años de empresario inmobiliario de Nueva York. No hay publicidad que sea negativa. Lo peor es que no se hable de uno. Y si hablan mal, eso te servirá para contraatacar con la misma fuerza. Su electorado, que cree que los grandes medios de comunicación están vendidos a los demócratas, celebró esos ataques como la única respuesta que se merecían los periodistas.

Un caos que funcionó

La suya fue una campaña caótica y errática en la que asesores despedidos continuaban aconsejando a Trump. El ambiente de los últimos días no presagiaba en absoluto una victoria. El millonario casi nunca aceptaba los consejos de los dirigentes del Partido Republicano o de sus propios asesores cuando le pedían que fuera menos agresivo en sus ataques o que se centrara en su programa.

Trump nunca se inmutó por el apoyo público de todo tipo de grupos racistas o ultraderechistas. Nunca los repudió, ni siquiera cuando llegaban de conocidos exmiembros del Ku Klux Klan. Tampoco cambió de táctica cuando le dijeron que no era conveniente seguir atacando a las mujeres que le habían denunciado por acoso o abusos sexuales. Al igual que con sus ataques insultantes a los inmigrantes latinos –comenzó su campaña en las primarias llamando “violadores y narcotraficantes” a la mayoría de los que venían de México–, parecía que eso no le preocupaba, como si no fuera a necesitar sus votos. Y la realidad de estos Estados Unidos de comienzos del siglo XXI le dio al final la razón.

En los últimos días, sus asesores consiguieron que dejara de tuitear de forma compulsiva o de retuitear mensajes de grupos racistas. Fue su única concesión. En la noche del martes, antes de que llegaran los primeros resultados, su jefa de campaña afirmaba que Trump no había recibido todo el apoyo que necesitaba del Partido Republicano. Sonaba a la típica excusa de quien está preparando la derrota para adjudicar su responsabilidad a otros.

Ocho horas después, Trump se había convertido en presidente.

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Obama echa el resto para hacer posible la victoria de Clinton

Nunca antes en los últimos 100 años un presidente de EEUU al final de su segundo mandato se había lanzado a la campaña con tanta intensidad como Barack Obama para facilitar la victoria de su partido en las elecciones presidenciales. En el último día de campaña, Obama viajó a Michigan, New Hampshire y Pennsylvania para pronunciar largos y apasionados discursos en favor de Hillary Clinton y, sobre todo, contra Donald Trump.

Obama echó el resto no lanzándose a la carretera, sino en el Air Force One. Cuando el presidente utiliza el avión oficial por motivos relacionados con su partido, hay que reembolsar al Estado el coste que habría supuesto un vuelo chárter, una cantidad muy inferior a los 206.337 dólares la hora que se suele citar como coste de poner en el aire el avión presidencial (un cálculo aproximado y quizá no del todo exacto).

La presencia de Obama –y de su esposa Michelle en el mitin de Filadelfia– es la constatación de dos hechos aceptados por todos. La escasa popularidad de Hillary Clinton y los números muchísimo mejores del presidente en su final de mandato. Según Gallup, el apoyo a Obama está ahora en un 54%, cuando la media de sus dos años en la Casa Blanca se encuentra en el 48%.

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