Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

La fuerza visual del cine de Hitchcock es tal que se le puede considerar un director de cine mudo en la época del sonoro. ‘Vértigo’ es quizá su película más estudiada y diseccionada.

–Una entrevista con Michael Cimino (año 2000).
–Una historia de los subtítulos.
Comedia británica frente a comedia norteamericana.
–Ben Affleck se burla de ‘Armageddon’ en los comentarios del DVD.
–La misteriosa explosión de Tunguska en Siberia, 1908.
El sonido que te puede matar.
–Frankenstein, la baronesa y los refugiados climáticos de 1816.
Disfunción eréctil y divorcio en la Francia prerrevolucionaria.
–Los tiburones blancos no pueden sobrevivir en un acuario.

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La condena de Tony Blair (y de Bush y Aznar)

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Después de siete años de trabajo, era de esperar que el informe definitivo de la comisión Chilcot sobre la intervención británica en la invasión de Irak tuviera dimensiones descomunales. El resultado final con anexos y la transcripción de las comparecencias es tres veces superior a la Biblia y a todas las obras escritas por William Shakespeare.

Pero eso no es lo más importante. Lo más llamativo, casi hasta sorprendente, es que el veredicto final es concluyente. Es toda una condena a la conducta de Tony Blair y su Gobierno antes de la guerra de Irak, y por extensión se puede considerar una condena a la aventura imperial que acabó con el derrocamiento de Sadam Hussein y el inicio de una serie de acontecimientos catastróficos cuyas consecuencias continúan persiguiendo a Oriente Medio, Europa y EEUU.

No hay que bucear entre todas las páginas del informe ni tampoco fijarse con cuidado en las 150 páginas del resumen. Está todo en la declaración que el presidente de la comisión leyó al presentar las conclusiones. Ahí aparecen las críticas directas y sin ambigüedades a las razones que se dieron para justificar la invasión, a la planificación (o falta de ella) de las operaciones militares y a su justificación.

blair timesContra lo que sostuvo Blair una y otra vez antes de marzo de 2003, la decisión de ir a la guerra se tomó antes de que se agotaran las opciones pacíficas, políticas y diplomáticas, para el desarme del régimen de Sadam Hussein, dicen las conclusiones del informe. La decisión de invadir Irak no era el último e inevitable recurso de actuación al haberse agotado otras soluciones. La amenaza que presentaba el arsenal militar, en concreto el supuesto programa de armas de destrucción masiva, se presentó ante la opinión pública con un nivel de seguridad que no estaba justificado. No se planificó de forma adecuada lo que ocurriría en Irak después de una dictadura que había durado décadas, a pesar de que hubo avisos concretos de personas cualificadas sobre lo que podría ocurrir. Las tropas británicas no recibieron el equipamiento necesario para realizar su misión. En definitiva, los objetivos que se planteó el Gobierno de Blair antes de la invasión y con los que se intentó convencer a la opinión pública, no se consiguieron.

Hay muchísimo más que contar, pero creo que este párrafo resume la intervención de Chilcot y las conclusiones de siete años de investigación.

En resumidas cuentas, es lo mismo que pensaban las personas que se manifestaron en las calles de Londres contra la guerra, lo que advirtieron algunos expertos que tuvieron la oportunidad de comunicar sus opiniones en persona a Blair, lo que dijeron o temían muchos diputados laboristas, y en especial Robin Cook, que presentó su dimisión como ministro el 17 de marzo de 2003, tres días antes del inicio de la invasión, con un discurso recibido con aplausos en la Cámara –algo que ni se estila ni se permite en el Parlamento británico– y que aún se recuerda.

La que podríamos llamar la pista española de esta historia confirma también el alcance del engaño. Tres semanas antes de la invasión, en una reunión en Madrid de Blair con Aznar, la descripción del encuentro indica que para afrontar las dificultades creadas por “la impresión de que EEUU estaba decidida a ir a la guerra pasara lo que pasara”, Blair y Aznar acordaron poner en marcha una estrategia de comunicación que demostrara que “estaban haciendo todo lo posible para evitar la guerra”. Ambos sabían ya que la decisión –que ambos apoyaban– estaba ya tomada en Washington desde hace mucho tiempo y que había llegado el momento de intentar adelantarse a las críticas.

La guerra era un hecho ya imposible de parar, Blair había comunicado a Bush mucho tiempo antes que estaría con él hasta el final, Aznar había sorprendido a Blair con su firme disposición a apoyar a Bush, pero los jefes de Gobierno español y británico querían hacer creer a todos que su prioridad era evitar la guerra. Fue una más de las muchas mentiras.

Blair tuvo la entereza de no ocultarse tras la publicación del informe y concedió una rueda de prensa un par de horas después. Quien esperaba que fuera a disculparse o reconocer los errores no había visto sus dos comparecencias ante la comisión Chilcot, en especial la primera, ni leído las memorias. Sí admitió algunas de las conclusiones del informe, pero con una lógica difícil de entender. Dijo que hubo errores en la planificación de la invasión, en cuanto a lo que ocurriría después del derrocamiento de Sadam Hussein, y en el uso de la información facilitada por los servicios de inteligencia. Pero dijo que volvería a tomar la misma decisión sobre el cambio de régimen en Bagdad.

La trampa no se diferencia mucho de lo que ocurrió en EEUU. Exigir una mayor preparación de los planes de EEUU y el Reino Unido para el Irak postSadam hubiera dejado claro la inmensa dificultad de la tarea, y eso habría afectado al apoyo de la invasión en la opinión pública y en el propio partido de Blair. Hacer un uso más restrictivo de la información de inteligencia habría podido tener el mismo efecto. Exagerar los indicios –no sustentados por pruebas– aportados por los espías, que estaban condicionados para encontrar como fuera pruebas que justificaran la invasión, y exigir planes más exigentes sobre la reconstrucción de Irak podrían haber hecho pensar a la gente que no había tantas razones que justificaran la guerra o que el precio sería demasiado alto.

A fin de cuentas, en Washington se sostenía que las tropas extranjeras serían recibidas como “libertadores”. Nada podía desmentir esa premisa. Esa fue la prioridad de Blair y su equipo en Downing Street.

Las consecuencias las tuvieron que pagar otros.

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Un micro abierto para conocer el “fiasco” político británico

Ni un día sin una situación escandalosa y divertida en las primarias tories. Esta vez, un micrófono abierto en un estudio de Sky News antes de una entrevista nos permite presenciar una conversación entre dos viejas glorias de los conservadores, Kenneth Clarke y Malcolm Rifkind, ministros en los gobiernos de Thatcher y Major, y en el caso de Clarke, también de Cameron.

A quien se le escucha bien es a Clarke, porque es el que lleva el micro delator. No se corta ni un pelo, aunque también hay que decir que lleva ya unos cuantos años sin que eso le preocupe mucho. Se salva un poco Theresa May, pero tampoco del todo.

“No creo que ni Andrea Leadsom ni Boris Johnson estén realmente a favor de la salida de la Unión Europea”.

“Ella (Leadsom) no está en esa pequeña banda de locos que creen que nos espera un glorioso futuro económico fuera del mercado único”.

“Mientras ella (Leadsom) sepa que no puede cumplir algunas de las cosas increíblemente estúpidas que está diciendo”.

“Con Michael (Gove) como primer ministro, iríamos a la guerra contra tres países al mismo tiempo”.

“Él (Gove) nos hizo un gran favor al deshacerse de Boris. La idea de Boris como primer ministro es ridícula”.

“Sé que Theresa (May) es una mujer condenadamente difícil, pero lo cierto es que tú y yo hemos trabajado con Margaret Thatcher” (risas).

Theresa May, la favorita en la carrera, puede sentirse afortunada hasta cierto punto. Da la impresión de que Clarke respeta a May y que le dará su voto en la segunda votación, pero también dice de ella que no conoce sus opiniones sobre ningún tema que no tenga que ver con su departamento, el Ministerio de Interior, y que de hecho ella “no sabe mucho de política internacional”.

En cuanto a si el tono del rostro de Clarke es demasiado rojo, hay que decir que casi viene a ser el habitual en su caso. Lleva mucho tiempo disfrutando de los placeres de la vida. Y desde luego le trae sin cuidado que se sepa su opinión sobre el espectáculo que están dando los tories: “Todo es un completo fiasco”, se le oye decir. Y no tiene ninguna intención de rectificar.

La mayoría de los periodistas británicos creen que Clarke sigue en buena forma.

Así está la carrera hasta ahora en cuanto al número de diputados que se han comprometido a apoyar a algún candidato. Esta tarde votan.

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Podemos se refugia en las trincheras

Podemos pone fin a la épica, a tomar el cielo por asalto, a las cargas lanza en ristre por las llanuras donde las piedras se tiñen de sangre y el general envía oleada tras oleada de sus tropas, al llamamiento de ahora o nunca, vencer o morir en el intento. Winter is coming. Pablo Iglesias e Íñigo Errejón dicen haber descubierto que la guerra relámpago no les puede llevar a la victoria. El factor sorpresa se acabó hace tiempo y el frente es demasiado largo para cubrirlo con las fuerzas propias. Toca empezar a cavar trincheras y prepararse para una “guerra de posiciones”, según su expresión, que se prolongará durante años.

Lo malo de esa estrategia en la guerra es que ningún general sabe si serán sus tropas o las del enemigo las que podrán aguantar ese desgaste. Con el paso del tiempo, esas trincheras se refuerzan y consolidan. En la Primera Guerra Mundial, cuando se utilizó ese concepto de “guerra de posiciones”, llegaron a alcanzar varios metros de altura y contar con cortinas y muebles. Pero también eran un lugar horrible para vivir durante los fríos meses de invierno, con los soldados congelados, sucios y mal alimentados sufriendo interminables periodos de inactividad sólo interrumpidos por ofensivas condenadas al fracaso.

Continúa en Zona Crítica.

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Rehenes del Brexit

Diez días después del referéndum del Brexit, eso que políticos y periodistas llaman de forma poco original “hoja de ruta” sigue estando en blanco. En realidad, nada se puede saber con seguridad hasta que los tories elijan un nuevo líder y éste forme su Gobierno. Incluso en ese caso el inicio del camino de salida de la UE estará aún por definir.

Sin embargo, las primarias tories tendrán que dar alguna pista, aunque sólo sea por las promesas de los candidatos y sus respuestas a las preguntas de los siempre exigentes periodistas. Este domingo, la considerada favorita –la ministra de Interior, Theresa May– ha dejado a muchos helados cuando le han preguntado por los ciudadanos de la UE que ahora viven en el Reino Unido.

“Aún somos miembros de la UE. No ha habido ningún cambio en nuestra posición actual. Pero desde luego dentro de las negociaciones tendremos que examinar la cuestión de la gente que ha venido al Reino Unido desde la UE. Quiero asegurarme de que podremos garantizar no sólo la situación de estas personas, sino también la de los ciudadanos británicos que viven en otros estados miembros”.

Tomada en su conjunto, la declaración de May tiene su lógica. Londres deberá cuidar de los intereses de los británicos que viven ahora en España, Francia o Alemania. Pero plantear, aunque sólo sea como hipótesis, que las vidas de esos extranjeros en el Reino Unido podrán utilizarse como bazas negociadoras en los futuros contactos con Bruselas ha sido definido por muchos como “cruel” y otros apelativos peores, incluso por personas partidarias del Brexit.

La velada amenaza de May es además innecesaria porque ningún Gobierno europeo ha dicho que vaya a vengarse de los británicos que viven en su suelo. Sería una represalia absurda, y además probablemente ilegal, según las leyes nacionales. Esas personas que llevan residiendo aquí desde hace bastante tiempo en muchos casos tienen también derechos. Y en cuanto a promesas para el futuro, un miembro del Gobierno alemán incluso ha sugerido la emisión de pasaportes europeos para ellos.

Los tories han vuelto 15 años atrás al poner fin a la etapa de David Cameron, que llegó al poder en 2010 bajo la bandera del conservadurismo compasivo y su idea de “One Nation”, uno de cuyos ejemplos fue la legalización del matrimonio homosexual. Vuelve el frío y despiadado encanto del thatcherismo, que se saltó a John Major y que caracterizó a dos de los líderes tories que malvivieron en la oposición, Howard y Duncan Smith.

En el duelo principal en que pueden convertirse estas primarias (Theresa May contra Andrea Leadsom), ambas van a disputarse el título de herederas de Thatcher. Leadsom se ha dado mucha prisa en presentar sus credenciales.

A su manera, los tories son rehenes del símbolo de Thatcher, un recuerdo muy selectivo porque, a pesar de todas sus amenazas, nunca planteó la salida de la UE, sino cambiar las condiciones de la pertenencia para hacerla más favorable económicamente para el Reino Unido. Pero no se puede pedir a los actuales conservadores buena memoria cuando no tienen problema en renegar de lo que dijeron hace pocos años. Ha aparecido una conferencia pronunciada por Leadsom en 2013 en la que la viceministra de Energía dijo que el Brexit sería “un desastre para nuestra economía y provocaría una década de incertidumbre económica y política”.

Leadson tiene una muy escasa experiencia política –es diputada desde 2010 y ni siquiera ha sido ministra–, pero tiene opciones en las primarias por su intensa campaña en favor del Brexit en los últimos meses. En su ideario económico, un desastre puede pasar a ser una oportunidad maravillosa en sólo tres años. Si aspira a ser la nueva ‘Dama de Hierro’, se trata de un hierro muy maleable por el paso del tiempo.

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Partidarios de Leadsom han puesto en circulación esta imagen en homenaje al traidor oficial de estas primarias, Michael Gove. En una entrevista televisiva, han preguntado a Gove por ‘House of Cards’. Ha dicho que conoce la serie británica, pero no la de HBO. El periodista de BBC no se ha cortado: “Usted es nuestro Frank Underwood, dice mucha gente esta mañana”. No parece que eso pueda pasar por un elogio.

Gove sí es fan de ‘Juego de tronos’, otra comparación recurrente estos días en la Guerra Civil Tory. Eso ha dado lugar a una de las amenazas más brutales que uno pueda imaginarse en política entre compañeros de partido. Un diputado tory seguidor del traicionado Boris Johnson ha comparado a Gove con Theon Greyjoy, y ya sabemos lo que eso significa para las partes íntimas del ministro.

Si Gove pierde las primarias pero conserva todos los elementos básicos de su anatomía, podemos deducir que habrá salido bien librado.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

La batalla de los bastardos, de ‘Juego de tronos’ y sus efectos especiales.

–Una historia del horror en 122 películas.
–La filosofía de Bill Murray.
–Una historia oral de ‘La jungla de cristal’.
–¿Qué significa ‘kafkiano’?
Borges y el dinero.
–Lo que esconden las obras de los JJOO de Rio.
–Hacer ejercicio es bueno para la salud, no para perder peso.
–Qué hace un tiburón blanco cuando tiene que descansar.
–Nadando entre tiburones.
Gorillaz, la antibanda.
–Cuatro meses como guardia de seguridad en una prisión privada de EEUU.
–La evolución del Mar Muerto.
Revolución Cultural en China.
–En recuerdo de Michael Herr.

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La Guerra Civil Tory

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De los creadores de la Guerra de las Rosas y la Guerra Civil en la que Cromwell liberó a Carlos I del peso de su cabeza, nos llega ahora… la Guerra Civil Tory, el desenlace de un conflicto que se inició en los últimos años de Thatcher. Con un interesante anexo: la Guerra Civil Laborista con la segunda vuelta de las primarias que llevaron a Jeremy Corbyn a la victoria. No está mal para el país que ni siquiera fue escenario de las revoluciones del siglo XIX y que pasa en muchos lugares de Europa como ejemplo de sistema político estable capaz de absorber todos los golpes.

Veamos si es posible ordenar los acontecimientos, mejor desde el principio. David Cameron prometió en la legislatura pasada convocar un referéndum sobre la UE para intentar cerrar la herida que martirizaba a los tories desde los 80 y para detener el ascenso de Ukip. Las urnas le dieron en mayo de 2015 la mayoría absoluta, pero con unos escasos 12 escaños sobre el límite. Cameron, euroescéptico como todos los políticos conservadores, no quería el Brexit, pero estaba atado a su promesa. Después de dudar y escribir dos borradores de artículos con puntos de vista opuestos, Boris Johnson se decidió a hacer campaña por la salida de la UE. Fue el político tory más efectivo en el bando del Brexit y se suponía que sería el principal beneficiario de una victoria del . Theresa May, ministra de Interior, euroescéptica hasta la punta de sus zapatos, finalmente se posicionó contra el Brexit y luego se retiró a su despacho sin hacer campaña.

Gana el Brexit y Cameron anuncia la dimisión aplazada hasta septiembre, para cuando los tories elijan a su sucesor. Todo el mundo da por hecho que Boris se presentará y que el resultado acaba con las aspiraciones del número dos del Gobierno, George Osborne. Otro ministro tory, Michael Gove, deja claro que haber sido uno de los principales estandartes del Brexit no le permite ser candidato a primer ministro. No se siente capacitado para el puesto, como ya había dicho años anteriores siempre que le preguntaban sobre sus aspiraciones para el futuro.

Muy pronto, los políticos del Brexit, que habían dicho en campaña que el Gobierno de Cameron debía invocar el artículo 50 e iniciar de inmediato la negociación con la Comisión Europea, de repente pierden todo interés por un rápido inicio del proceso. Cameron les deja claro que no permitirá que sus últimos meses en el poder se conviertan en una pesadilla sin fácil solución. Todo eso queda para el siguiente inquilino de Downing Street. Y además, a pesar de la retórica nacionalista de la campaña, saben que las empresas, la City y, muy importante, los grandes donantes del Partido Conservador tienen claro que no pueden prescindir de la libre circulación de bienes y servicios con la UE. Sin libre comercio, la City perderá el “pasaporte” que le permite operar en los países de la eurozona. Las dudas se multiplican. El país parece a la deriva. Sigue leyendo

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Los votantes del Brexit están sobrevalorados

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Otro mensaje de un votante favorable al Brexit, este en una carta publicada en el Telegraph, que unir a la lista de los británicos arrepentidos por su voto en el referéndum. Pero esta carta ya es el colmo del descaro, o simplemente de la idiotez.

“¿Quería yo que ganara el campo del Leave? No. Voté por la salida porque esperaba que un resultado ajustado cercano al Brexit nos daría más peso en batallas posteriores para reformar una UE de tamaño excesivo y antidemocrática. Las casas de apuestas y las encuestas me engañaron”.

Esto ya no es voto táctico. Es el voto de un ignorante que no sabe que la batalla definitiva era esta, que no había más negociaciones pendientes con la UE y que basar tu decisión en el pronóstico de empresas de encuestas que se equivocaron estrepitosamente en las elecciones anteriores es el equivalente a jugar a la ruleta rusa con cinco balas en el revólver.

Y eso que todo el mundo dice que los británicos inventaron la democracia parlamentaria en Europa. Se les suponía más práctica.

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El Brexit impulsa la xenofobia y el racismo en el Reino Unido

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La campaña del Brexit tenía como uno de sus principios irrenunciables la idea de “recuperar el control de las fronteras”. El rechazo a la inmigración, –cuando no una xenofobia nada oculta– fue uno de los factores de movilización que más éxito tuvo en las urnas. Es posible que el sistema político se encuentre en un estado de parálisis sin tener muy claro qué hay que hacer a partir del referéndum, pero en la calle mucha gente tiene las ideas más claras. Es hora de expulsar a los extranjeros, sobre todo si tienen la piel más oscura.

Las denuncias presentadas en una página web oficial dedicada a ello fueron un 57% superiores entre el jueves y el domingo con respecto al mismo periodo del mes anterior. Este es uno de los incidentes, ocurrido en la mañana del martes en Manchester. Es uno de los más comentados sólo por el hecho de haber sido recogido en vídeo.

En otro incidente alguien lanzó un cóctel molotov contra una tienda halal en Walsall, al norte de Birmingham.

Crecidos por la victoria del Brexit, los ingleses de ideas racistas han dado rienda suelta a sus instintos. Las denuncias por ataques verbales se multiplican por todo el país. En la mayoría de los casos, no desembocan en incidentes graves –por tales me refiero a agresiones físicas–, pero la escalada resulta obvia. Gente que nunca en su vida había sido testigo de un acto obviamente racista ahora no da crédito a lo que ve. Dicen que creen haber despertado en un país que no conocían. Incluso delante de los colegios hay gente diciendo a los niños de origen extranjero que van a ser expulsados.

En el Parlamento, tanto David Cameron como los líderes de la oposición han mostrado su rechazo más absoluto a estas agresiones. Las personas que las protagonizan no estarán muy preocupadas por la forma en que se reciban en el mundo de la política. Están acostumbrados a repetir que el país está hundido en un agujero por culpa de las decisiones de los gobiernos, por permitir la entrada de tantos extranjeros, y sólo han encontrado consuelo en las páginas de los tabloides que desde hace años pintan a los inmigrantes como unos parásitos que –aunque sea algo contradictorio– dejan a los ingleses sin sus empleos y al mismo tiempo reciben generosos subsidios públicos.

La dieta xenófoba de tantos años y la euforia por el Brexit sólo podían tener este desenlace.

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Los jóvenes británicos han sido traicionados por ellos mismos

Son algunos de los testimonios más escuchados en las últimas 48 horas. Jóvenes airados, decepcionados por el resultado del referéndum, que denuncian que les han robado el futuro. Los que tienen entre 18 y 24 años votaron en un 75% en contra del Brexit, según el sondeo final de YouGov.

El dato llama la atención. Hubo otros en un tuit de los más compartidos en redes con el número de años que le restan por vivir a cada fracción del electorado por edad, el tiempo en que tendrán que soportar las consecuencias del Brexit en función de su esperanza de vida. Aquí hay algo de trampa, porque supone creer que el Reino Unido nunca volverá a la UE, lo que es mucho decir.

Pero faltan otros porcentajes que son los que de verdad marcan la diferencia. Obviamente, me refiero al dato de participación.

Se trata de una estimación a partir de una encuesta, no de datos oficiales. Quizá la cifra real no sea muy distinta. Desde luego, no es muy diferente al habitual en otros países europeos.

Los jóvenes votan muy poco. Si nos vamos hasta los treintaytantos, las cifras aumentan, pero nunca al nivel de los mayores de 55 años y mucho menos al de los jubilados.

Si no votas, alguien tomará la decisión por ti. Un consejo que sirve también para las elecciones de hoy en España. En realidad, sirve para todas.

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