Macron como el nuevo Napoleón

Irene Hernández Velasco entrevista en El Mundo a Guillermo Arenas, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Paris Nanterre. Una conversación muy interesante sobre los dos políticos que se enfrentan el domingo en las elecciones presidenciales francesas. Arenas explica los motivos del éxito de Marine Le Pen, que conseguirá en la segunda vuelta el mejor resultado alcanzado nunca por el Frente Nacional:

“Es evidente que la sociedad francesa muestra un profundo y generalizado rechazo hacia la globalización, un rechazo que en mi opinión es social y se dirige sobre todo a la globalización de un modelo anglosajón de sociedad. La sociedad francesa no está cómoda con una sociedad en la que aumenta el multiculturalismo y en las que hay barrios en los que viven comunidades enteras no francesas. Hay un malestar profundo en Francia con todo eso. Y el discurso xenófobo y racista del FN ha encontrado en este fenómeno del multiculturalismo y la globalización una caja de resonancia importante. Eso, unido a la injerencia monetaria europea y a las dudas sobre el libre comercio, al retorno de las ideas proteccionistas, ha hecho que el FN tenga en esos momentos una capacidad de seducción enorme. Antes, el voto al FN era un voto de protesta, ahora es un voto de adhesión”.

Arenas cree que Emmanuel Macron será un presidente frágil, porque la mayor parte del apoyo que recibirá será un voto contra Le Pen. ¿Cuáles son sus ideas y en quién se apoyará para aplicarlas como presidente? El profesor francés comenta que Macron es un producto de las circunstancias del momento. Estas elecciones parecían condenadas a una victoria fácil de la derecha con un candidato como Fillon favorito para derrotar a Le Pen en la segunda vuelta. Su hundimiento ha permitido la aparición de Macron, de 39 años, al que Arenas compara con un personaje histórico proclamado emperador de Francia con 35 años. Napoleón, claro.

“Si sale elegido, será el presidente de la República Francesa más joven desde Napoleón. Macron será una especie de Napoleón IV. Francia es un país con una mitología muy arraigada de culto a los hombres jóvenes y con éxito. Y yo creo que Macron ha jugado a ser ese personaje. Como Napoleón, del que se decía que la edad media de sus generales era de 27 años, Macron se ha rodeado de un equipo de colaboradores jóvenes y ambiciosos, procedentes muchos del mundo de la comunicación, que nos han vendido a Macron como si fuese un yogur o un paquete de detergente, dejando su programa muy velado. De hecho, no hemos conocido su programa hasta muy tarde, en una operación que me recordaba a las de aquellas marcas que tratan de crear expectativa entre los consumidores. Macron me parece que es alguien que considera la victoria electoral como un fin, no como un medio. Justo como Napoleón”.

Ganar la presidencia sólo será la primera mitad del trabajo. En junio, se celebran elecciones legislativas, y ahí Macron tendrá que construir un partido desde cero, no un simple movimiento político para llevarle a él a lo más alto. Ya hay una encuesta, de OpinionWay-SLPV, que hace una predicción algo prematura para esos comicios. El partido de Macron podría obtener entre 249 y 286 escaños. La derecha, ahora sin líder, entre 200 y 210. El FN, de 15 a 25. En la izquierda, los socialistas se quedarían entre 28 y 43 en su peor resultado de siempre, y el partido de Mélenchon tendría sólo entre seis y ocho.

Los resultados se verían condicionados por los pactos de los partidos y decisiones de los votantes para la segunda ronda, lo que hace ciertamente especulativa cualquier predicción en estos momentos. El movimiento de Macron ha dicho que presentará candidato en las 577 circunscripciones, pero ahora sólo se conoce el nombre de un puñado de ellos.

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Los militantes del PSOE rompen el discurso de la victoria de Susana Díaz

Las primarias del PSOE tenían dos asaltos. El primero se dilucidaba a golpe de avales. El segundo, con votos en la urna. En el primero, Susana Díaz aspiraba a dejar a Pedro Sánchez tendido en la lona, muy tocado de cara al duelo definitivo. Preferiblemente, con una ceja partida y la cara entumecida por los primeros golpes. Era imprescindible que los militantes del PSOE supieran que el resultado de las primarias estaba cantado. Cualquier resistencia era fútil y hasta contraproducente para el futuro del partido.

Así había ganado Díaz las primarias del PSOE andaluz, recogiendo un número de avales equivalente a la mitad de los militantes del partido en Andalucía. Ahora no podía llegar a tanto a nivel nacional, pero sí dejar claro su poder, no que era la favorita, sino que su victoria era el único resultado posible.

Fracasó. Ganó la batalla de los avales gracias a su inmenso dominio del partido en su comunidad, pero sólo sacó algo más de 5.000 votos a Sánchez en toda España. Lo dio todo en Andalucía, donde consiguió una cifra espectacular (el 59% de los militantes totales). No fue suficiente.

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Bruselas tiene un mensaje para May: se acabó la fantasía

Brexit es Brexit. No pregunten. Todo saldrá bien. Nos espera un futuro maravilloso. Estaremos mejor que nunca. Solos pero volcados hacia el mundo. Confíen en mí.

La política de Theresa May en relación al Brexit no abunda en detalles. Es como un valium con el que tranquilizar y adormecer a los británicos, al menos a los que votaron a favor de la salida de la UE. En términos electorales, no le está yendo mal. Las encuestas predicen para las elecciones de junio una victoria arrolladora de los tories. Para que eso se cumpla, es necesario que las cosas sigan como hasta ahora. Sin grandes revelaciones. Sin sobresaltos.

El Frankfurter Allgemeine ha roto ese estado de relajación. La filtración del desenlace de la última reunión entre May y Jean-Claude Juncker (“Das desaströse Brexit-Dinner”) hace prever problemas, tantos como para suponer que la opción de que el Brexit se produzca sin acuerdo previo entre Londres y Bruselas es la más probable en estos momentos.

Juncker salió alarmado de la cena del miércoles en Downing Street. Tanto como para llamar al día siguiente, a las siete de la mañana, a Angela Merkel para darle las malas noticias.

Según el Frankfurter, May dijo a Juncker que el Gobierno británico no cree que deba de pagar nada por la factura del Brexit, que la Comisión Europea calcula que son nada menos que 60.000 millones de euros, una cantidad obviamente sujeta a negociación. Se refiere a los compromisos de financiación que Londres aceptó asumir en anteriores presupuestos europeos y que ahora no debería olvidar. Si Londres no paga, ya puede olvidarse de firmar un acuerdo comercial con la UE, que es un objetivo declarado de May. La parte británica recordó también en la cena que no tiene la intención de aceptar la autoridad de los tribunales europeos. La UE nunca firmaría un acuerdo comercial que no esté sujeto a la jurisdicción de sus tribunales.

May dijo que sería conveniente que la negociación comenzara con la discusión del estatus futuro de los ciudadanos de la UE en Reino Unido. Según la impresión que se llevó Juncker, esas personas sólo tendrán los mismos derechos con los que cuentan los que no son ciudadanos británicos.

En resumen, parece que Londres pretende lo que algunos han definido como “have the cake and eat it”, quedarse en la negociación con lo que beneficia al Reino Unido y rechazar todo lo perjudicial. Si parece que eso no es realista, no hay que olvidar que Boris Johnson, ministro de Exteriores, ha utilizado esa expresión.

Con independencia de lo que opine alguien como Juncker, lo que los políticos como Johnson, y quizá May, no entienden es que cualquier acuerdo necesita el apoyo de los 27 países de la Unión Europea. Y en primer lugar, querrán estar informados. En la reunión, quedó claro que May quiere que las negociaciones se desarrollen con la máxima discreción hasta el resultado final. Juncker no puede prometer eso, porque tiene que informar a los gobiernos y al Parlamento Europeo. No hay ninguna posibilidad de que los contactos se desarrollen en secreto. Y esta filtración demuestra que Juncker está dispuesto a usar la información de la que disponga, que es toda, en su propio beneficio.

El mensaje es claro: se acabó la fantasía.

Este choque con la realidad era cuestión de tiempo. No es que las negociaciones tengan que ser una guerra, pero cada día que pase empezarán a parecerse a un juego de suma cero. Lo que pierda uno lo ganará el otro. En esa situación, alguien puede llegar a la conclusión de que un Brexit sin acuerdo es la alternativa menos mala.

La esperanza de Londres siempre ha sido conseguir la división de la UE, que algunos países como los de la Europa del Este presionen a Bruselas para que rebaje sus exigencias sobre un acuerdo de libre comercio a cambio de conseguir el mejor trato posible para sus ciudadanos que residen en Gran Bretaña. O que esa presión proceda de Alemania, supuestamente deseosa de que sus productos continúen siendo exportados allí en las mejores condiciones.

Si esa es su estrategia negociadora, no parece que nadie se haya dado por aludido. Mucho menos, Alemania. May no hace más que repetir que quiere que el Brexit sea un éxito para todos. Más allá de que eso sea imposible, es algo que Merkel no puede permitir. Abandonar la UE tiene que suponer un precio, y no pequeño. De lo contrario, el Brexit podría tener imitadores.

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Marina Amaral

Marina Amaral es una artista brasileña que colorea fotos antiguas en blanco y negro. En esta imagen aparecen soldados franceses en la guerra franco-prusiana de 1870. “Cuando coloreo una imagen, siento que estoy recreando un suceso que podría haber ocurrido ayer. Las fotos en blanco y negro son maravillosas y poderosas, pero con sus colores es más fácil crear una conexión más íntima y poderosa”, dice.

En algunos casos, sin el blanco y negro se pierde cierto dramatismo, sobre todo en imágenes de guerra, pero, como dice ella, las imágenes se nos presentan más cercanas y pueden acercarnos esos acontecimientos que ya no parecen de un pasado tan lejano. Las tres fotos de una niña polaca, Czeslawa Kwoka, de 14 años y prisionera en el campo de concentración de Auschwitz, demuestran que la foto es igualmente dolorosa de ver con todos los colores.

Las fotos de Amaral pueden verse en su web y su Twitter. Pueden verse otros ejemplos de su trabajo aquí y aquí.

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Contra el fascismo, no cabe el voto en blanco

Francia debe afrontar en siete días una decisión trascendental, una muy similar a la que se enfrentan varios países europeos. Por las características del sistema electoral y la decadencia de los partidos tradicionales y sus líderes, puede recibir con sus votos a la misma extrema derecha que parecía desaparecida desde hace décadas, pero que ahora vuelve con un mensaje diferente, mejor adaptado a las condiciones socioeconómicas del siglo XXI y a los exigencias mediáticas de las campañas electorales.

No tan diferente. A la hora de la verdad, la campaña del Frente Nacional se basa en ese viejo principio que todos deberíamos conocer: un pueblo, una nación, un líder.

Vuelve la apelación a una comunidad étnica de raza blanca que tiene el derecho a elegir su destino, a una nación amenazada por la influencia de extranjeros que traen con ellos valores repulsivos, y a un líder cuyo carisma y convicciones son el único remedio en un momento histórico.

Una parte de la izquierda francesa, no así el Partido Comunista Francés por si es necesario recordarlo, ha decidido que esa amenaza no es lo bastante seria como para apoyar al otro candidato, el liberal Emmanuel Macron. O acusan a los liberales y socialdemócratas de haber creado las condiciones para el ascenso de la ultraderecha, por lo que –en un extraño giro dialéctico– no asumen ninguna responsabilidad en una posible victoria de Le Pen. Como un niño inmaduro, han decidido que son otros los que han roto la puerta y a ellos les corresponde arreglarla. Si por ahí entra el fascismo, no es asunto suyo, aunque ellos estarán entre los primeros que pagarán las consecuencias.

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Dabiq, Siria, después del ISIS

Un reportaje de BBC.

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Emboscada de Le Pen a Macron en una región castigada por la crisis

Emmanuel Macron ha descubierto este miércoles que la campaña de la segunda vuelta de las elecciones francesas no consistirá simplemente en una suma de los apoyos previos de los candidatos, lo que le daría una victoria fácil. Toda campaña tiene su propia dinámica y origina acontecimientos inesperados ante los que la respuesta del político puede empeorar las cosas.

Macron viajó a Amiens a reunirse con los representantes sindicales de los trabajadores de la factoría de Whirlpool en plena movilización por la decisión de la empresa de trasladar la planta a Polonia, dedicada a la producción de secadoras de ropa, lo que dejaría sin empleo a 280 personas en 2018. La deslocalización de ciertas líneas de producción y el cierre de factorías, en el peor de los casos, ya fueron un tema relevante en la campaña electoral de EEUU con las promesas de Donald Trump de poner fin a estas decisiones. El candidato centrista pretendía separarse de la imagen de representante de la élite económica que ignora las preocupaciones de una clase trabajadora castigada por el desempleo o la precariedad laboral.

Amiens está en la zona norte de Francia, que fue en la primera ronda de las elecciones un feudo de Marine Le Pen. La candidata ultraderechista no desaprovechó la oportunidad. Una campaña convencional de mítines y entrevistas no le llevará muy lejos. Tiene que tensar la cuerda y encontrar la forma de crear situaciones que confirmen su mensaje de campaña: ella es el pueblo, Macron es la élite.

Y allá se fue Le Pen, no a reunirse con los sindicatos, sino a mezclarse con los trabajadores movilizados en la calle. Algunos la aplaudieron, otros no, pero lo que importa es que pudo dejar su mensaje: “Yo estoy entre los asalariados que resisten contra la globalización salvaje. Yo no estoy con los representantes que comen pastas”. A esa hora, Macron se veía con los sindicatos en la sede de la Cámara de Comercio local. Es posible que hubiera pastas en la mesa.

Tras esa cita, Macron dijo que la situación de esa fábrica era inaceptable y que hay que hacer lo que sea para impedir el traslado. No dijo cómo, más allá de buscar un comprador para que la planta siga funcionando. “Cuando ella dice que la solución es dar la espalda a la globalización, está mintiendo. No podemos ilegalizar los despidos. Debemos luchar para encontrar un comprador”.

Los medios franceses han recordado que François Hollande hizo promesas similares en una visita en la campaña de 2012 a una planta siderúrgica amenazada de cierre. La fábrica se cerró cuando Hollande era ya presidente y los sindicatos le acusaron de traición.


Macron quai Bélu à Amiens avant sa visite chez… por courrier-picard

Más allá de los argumentos de Macron y Le Pen, su visita a Amiens ofreció dos imágenes diferentes para la televisión. Le Pen, rodeada de trabajadores y haciéndose fotos con ellos; Macron, silbado por algunos de ellos y rodeado de cámaras de televisión (aun así pudo separarse de los reporteros y hablar directamente con trabajadores).

Los asesores de Le Pen tienen dos semanas para machacar esa idea. Amiens ha sido su primera etapa, y parece haberle salido bien. Lo llaman un “choque de civilizaciones” entre los ganadores y los perdedores de la globalización, donde ya se puede suponer en qué bando colocarán al exbanquero Macron.

Los números están en su contra. Una encuesta del martes concede el 61% a Macron y el 39%, en la línea de sondeos anteriores. Le Pen necesita más emboscadas, aumentar en 10 millones su número de votantes y conseguir que muchos decepcionados de la izquierda y la derecha se queden en casa el 7 de mayo. Una muy baja participación es uno de los requisitos imprescindibles para que la líder del FN se acerque a la victoria.

Como escribí hace unos días, no hay ninguna encuesta que demuestre una corriente significativa de votos desde los votantes de Mélenchon a Le Pen, que comparten el rechazo a la globalización y a la política económica liberal imperante en la UE. Una posibilidad es que la mitad de los votantes de Fillon y Mélenchon apueste por Macron. El 30% de los primeros y el 40% de los segundos optarán por la abstención. El grupo católico Sens commun, que apoyó a Fillon en campaña, ya ha dicho que no seguirá la recomendación del conservador de apoyar a Macron. Mélenchon persiste en su idea de no decir a quién votará y se remite a la consulta a las bases de Francia Insumisa, cuyo resultado se conocerá el 2 de mayo. Por el contrario, el líder del Partido Comunista Francés ha dejado claro que la prioridad es parar a Le Pen.

Las encuestas disfrutan ahora de un momento de credibilidad al haber acertado en líneas generales el resultado de la primera ronda. Eso no quiere decir que las actuales vayan a coincidir con el resultado de la segunda. Si dentro de una semana Le Pen consigue crear más situaciones como las de Amiens y eso repercute en los sondeos, los últimos siete días de campaña serán mucho más interesantes.

Jueves

Para el jueves, Le Pen tenía ya pensado un plan, así que no ha esperado a ver qué hacía Macron. Se ha subido a un pesquero para anunciar que con ella en la presidencia Francia recuperará el control de su litoral y de su política pesquera. Más imágenes para los informativos de televisión en lo que parece que es una prioridad de su campaña. Salir a la calle y que se le vea con los presuntos damnificados de la UE.

Macron ha respondido por Twitter: “Le Pen se acerca a la pesca. Buen viaje. La salida de Europa que propone sería el fin de la pesca francesa. Piensen en ello”.

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El bulo de la cercanía a Le Pen de los votantes de Mélenchon

Todo el mundo habla de incertidumbre sobre el resultado de las elecciones francesas, pero hay algo que está muy claro. Socialdemócratas y conservadores –a los que se suele llamar los partidos tradicionales– sufrirán un duro castigo en las urnas y sus candidatos podrían quedar fuera de la segunda vuelta. Eso es obvio en el caso del Partido Socialista y su candidato, Benoit Hamon, y aún está por ver en relación a François Fillon, que aún tiene opciones de clasificarse para el duelo final del 7 de mayo.

Fillon podría estar en la segunda vuelta si supera el 20% de los votos, pero el número no es lo que importa en términos comparativos. Chirac obtuvo el 20,8% en la primera vuelta de los comicios de 1995, y el 19,8% en 2002. En el primer caso, se vio perjudicado por el 18,6% que consiguió Édouard Ballladur, un disidente del RPR. En el segundo, François Bayrou, de la liberal UDF, llegó al 6,8%. Eran votos con los que podía contar Chirac en la segunda vuelta, como así ocurrió.

En esta ocasión, no ha habido disidentes en el partido de Fillon, y la UDF cambió de nombre y ya no es un protagonista relevante de la política francesa. El camino de Fillon hacia la presidencia parecía libre hasta que los escándalos sobre los empleos falsos como asesores concedidos a su esposa e hijos le hicieron caer en las encuestas. Hay que suponer que votantes centristas de la derecha encuentran atractivo el mensaje liberal de la candidatura de Emmanuel Macron.

La fortaleza de Marine Le Pen ha convertido la primera vuelta en un enfrentamiento múltiple entre Macron, Fillon y Mélenchon. Si hay que creer a los sondeos, cualquiera de ellos que pase a la segunda es favorito en un duelo directo frente a la candidata ultraderechista. Pero sería un error dar por hecho ese pronóstico. A la hora de la verdad, es muy posible que muchos votantes de Fillon o Mélenchon decidan abstenerse antes que apostar por un candidato que está en sus antípodas ideológicas.

El asalto desde la izquierda y la derecha sobre los partidos tradicionales, lo que incluye duras críticas a la Unión Europea, ha hecho que algunos medios intenten descubrir una ofensiva común contra el establishment en la que confluyen extrema izquierda y extrema derecha. Es la clase de artículos que emplean la palabra ‘populismo’ en sus titulares olvidando tanto las diferencias ideológicas como las nacionales. Un ejemplo reciente es el de este artículo de El País sobre las elecciones francesas que llama a Le Pen y Mélenchon “extremadamente iguales”, no sólo a ellos, sino a sus votantes: “El fenómeno migratorio (de votos entre ambos) está demostrado demoscópica y sociológicamente”.

Las encuestas en estas elecciones demuestran precisamente lo contrario. No por nada afirman que Le Pen perdería los duelos directos contra los otros tres candidatos principales. En esta encuesta para un enfrentamiento Macron-Le Pen, sólo el 11% de los votantes de Mélenchon votaría a Le Pen.

Otra encuesta planteó cuáles serían las segundas preferencias de los votantes de cada candidato sin entrar a considerar una segunda vuelta. Los datos vuelven a confirmar la soledad de Le Pen, también entre los votantes de Mélenchon. De entre estos, sólo el 11% muestra una segunda preferencia por la candidata del Frente Nacional. El 32% opta por Hamon y el 30% por Macron, respetando lo que podríamos llamar coordenadas ideológicas habituales.

Incluso los votantes de Fillon, con un mensaje mucho más conservador que anteriores candidatos de su partido, no se dejan tentar por el Frente Nacional. El 53% de ellos elige a Macron como segunda opción.

Da la impresión de que los votantes de Mélenchon, además de compartir la crítica radical de su candidato a la política económica impuesta desde la Unión Europea desde 2010, no encuentran ninguna similitud con las posiciones antiUE de Le Pen. Por más que Mélenchon también haya planteado la idea de un referéndum en Francia sobre la UE, propuesta de la que se ha alejado bastante durante la campaña electoral (Plantu ironizaba con el cambio en esta viñeta en la que Mélenchon echa la culpa a su holograma), más parece una amenaza para que la UE cambie de política económica que un objetivo real.

Sus votantes parecen entender que hay muchas formas de criticar a la UE y que algunas de ellas son incompatibles con su ideología. No es una sorpresa, excepto para algunos medios de comunicación.

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La política británica es brutal y Theresa May lo sabe

La portada de The Economist de enero ya se ha quedado vieja. “Theresa Maybe” (quizá) se ha convertido en la primera ministra que deja claro a sus rivales –dentro y fuera del partido– que ella está al mando y que estaba dispuesta a utilizar su principal arma política: convocar por sorpresa unas elecciones generales.

Cuando May fue elegida primera ministra tras el referéndum del Brexit y la dimisión de David Cameron, todos se preguntaban cuándo daría el paso que este martes se ha producido. Como una y otra vez ella negó que tuviera la intención de buscar unas elecciones anticipadas, los periodistas dejaron de pensar en ello en voz alta. El último juego especulativo consistía en esperar a las elecciones locales del 4 de mayo y calcular si la muy posible derrota laborista aumentaría las posibilidades de ir a las urnas este año. No ha habido que esperar tanto tiempo.

A pesar del tumulto que vive la política británica desde la victoria del Brexit en las urnas, había una cosa que estaba bastante clara: Theresa May controlaba a su partido y la situación política, y no se estaba viendo arrastrada por los acontecimientos. A pesar de algunos reveses en los tribunales y la Cámara de los Lores, su mayoría en la Cámara de los Comunes seguía siendo suficiente. El Parlamento había avalado el inicio del proceso de salida de la UE con la activación del famoso artículo 50. A día de hoy, May estaba donde quería estar.

Había, eso sí, una trampa. Su Gobierno no había dejado claro cuál era el tipo de Brexit por el que apostaba. No es que haya muchas opciones, pero la ambigüedad permitía hasta cierto punto no concretar cuál era el precio que habría que pagar. Por otro lado, en unas negociaciones muy complicadas con la UE, tampoco sería muy inteligente mostrar todas las cartas desde el principio.

Los medios han consumido miles de palabras sobre el dilema entre un “Hard Brexit” y un “Soft Brexit”, y la distinción no tiene sentido. El Brexit sólo puede ser duro, porque ninguna negociación puede vulnerar el sentido del referéndum y la única opción que tiene el Gobierno –y Bruselas– es convertirlo en un proceso que dure tantos años que su final sea difícil de vislumbrar. Y esto último es algo que no gustaría a buena parte de los tories.

A la espera de acontecimientos, May se conformaba con frases de no excesiva inteligencia (“Brexit significa Brexit”) o de retórica nacionalista (“un Brexit rojo, blanco y azul”, por los colores de la bandera). Ganar tiempo nunca es un pecado mortal en política.

Lo importante estaba por delante. Un primer ministro británico nunca tiene el mismo poder dentro de su partido (y lo más importante, en su grupo parlamentario) cuando tiene una mayoría escasa en el Parlamento que cuando supera la mayoría absoluta por una distancia considerable. Debe resignarse a contar con un grupo casi permanente de disidentes en los llamados ‘backbenchers’, diputados sin cargo en la Administración y con el escaño asegurado en su circunscripción. Como bien podría recordar John Major, una mayoría absoluta de unos veintitantos diputados no permite dormir bien por las noches, sobre todo si el tema de Europa está de por medio.

May había heredado la victoria de Cameron en las últimas elecciones. Su mayoría era de 17 escaños.

Las encuestas ofrecían un pronóstico muy claro. Con los laboristas en torno a 20 puntos por detrás en la mayoría de los sondeos (18 en la media de sondeos del FT el miércoles) , los tories no iban a tener nunca un pronóstico tan favorable. Algunos asesores de May creían que había que moverse rápido. Temían que un mal resultado laborista en las elecciones locales de mayo provocara la dimisión de Jeremy Corbyn.

Los que piensan que no hay que fiarse mucho de las encuestas, entre ellos Nate Silver, deberían recordar que tienden a sobrevalorar el voto laborista durante la legislatura, al menos desde los años 90. Además, May no necesita una victoria de 20 puntos de diferencia para obtener una cómoda mayoría absoluta que justifique el adelanto electoral.

Esperar hasta el fin de la legislatura en 2020 supondría un riesgo excesivo. Para entonces, el Brexit estaría ya perfilado o cerrado en las negociaciones (lo primero es más probable), y con él las inevitables decepciones de los que pensaran que el resultado iba demasiado lejos o no lo suficiente. El Gobierno no tiene ahora ninguna garantía sobre cuál será la situación económica entonces y cómo influiría en los comicios. Sí sabe cuál es la actual, y por ahí no cree que vaya a tener problemas.

Es posible que haya dirigentes europeos en Bruselas y Berlín que aún piensen que las negociaciones podían hacer que los tories se echaran atrás y en unos pocos años intentaran revertir el Brexit, y también hay periodistas británicos que se creen esa lectura. Si eso fuera cierto, el resultado del Brexit y la convicción de los conservadores de que no hay vuelta atrás indican hasta qué punto la UE vive una vez más en un mundo alejado de la realidad.

Convocar elecciones ya supone atar en corto al partido conservador y centrarlo en ganar en las urnas, incluidos aquellos diputados que aún recuerdan que May pidió el voto a favor de seguir en la UE, cierto que con la boca pequeña y sin participar prácticamente en la campaña. Reduce la capacidad de presión de los diputados tories que quieran condicionar las negociaciones con la UE desde posiciones más radicales. Una clara victoria el 8 de junio reforzará a May, no frente a los negociadores de Bruselas, sino frente a su propio partido. La UE no tiene ninguna posibilidad de influir en la opinión pública británica, mucho menos ante los que votaron por el Brexit. Los diputados tories y los medios de comunicación eufóricos desde el referéndum, sí.

Esa política de riesgo cero se extenderá a la campaña electoral. Downing Street ya ha avisado de que no tiene la intención de que se celebren debates televisados entre los cabezas de lista. May tampoco está pensando en un programa electoral excesivamente prolijo y detallado sobre sus intenciones.

Las elecciones de junio son sólo un trámite para que May pueda tener las manos libres para lo que sea que tiene en mente. Algunos comentaristas lloran con el argumento de que se trata de una decisión cínica o deshonesta. Son las lágrimas de los perdedores. La política británica es un deporte brutal que no tiene nada que ver con el rugby. Cuando el adversario –como ahora los laboristas– está en una posición débil, se le pisa la cabeza. Si está demasiado crecido –como algunos diputados tories–, se le pisa la cabeza. Theresa May puede ser la hija de un reverendo, pero sabe que  los primeros ministros británicos de su partido duran más tiempo cuanto más brutales son.

Todo eso no impide que muchos votantes británicos hayan recibido la noticia como esta señora.


22.40

A veces, una carta al director dice todo lo que hay que decir en cinco líneas.

Por otro lado, hay cifras que son tan evidentes que cualquier político las entendería y sabría qué hacer después.

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Noam Chomsky sobre los primeros 75 días de Trump

En el programa Democracy Now.

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