Netanyahu rentabiliza el asesinato de Foley

Un periodista norteamericano es decapitado por un enmascarado negro. Se difunden imágenes que provocan horror y furia en los países occidentales. ISIS controla amplias zonas de Irak y es la principal fuerza insurgente en la guerra de Siria. ¿Qué supone todo eso para el Gobierno de Israel?

Una oportunidad magnífica.

La propaganda israelí se apresta a sacar beneficio de la situación ahora que la imagen de su Gobierno en Europa está en uno de los puntos más bajos tras la operación de castigo contra Gaza y la muerte de centenares de civiles.

Netanyahu utiliza su propia cuenta de Twitter en la campaña (con la imagen incluida de Foley pocos momentos antes de ser asesinado) para sostener un argumento desdeñado por la mayoría de los expertos. Incluso si uno examina las cuentas de partidarios de ISIS no es extraño encontrar insultos a los Hermanos Musulmanes egipcios y a Hamás a los que suelen tachar de “demonios” o “Shaitán”. Cualquier lucha nacional, aunque se haga en nombre del Islam, es anatema para los yihadistas sirios e iraquíes que aspiran a imponer un régimen de terror en todo el mundo islámico por encima de sus fronteras.

Netanyahu pretende que eso que se ha llamado la “guerra contra el terrorismo” pase a ser una guerra contra el Islam, y que Israel reciba la distinción de ser la vanguardia de Occidente en la contienda. Evidentemente, en ese caso los crímenes cometidos en nombre de Israel pasan a ser el duro precio que hay que pagar para hacer frente a una amenaza global.

No es una iniciativa nueva en la política israelí, pero no suele ocurrir que un primer ministro se rebaje al extremo de utilizar de esta manera el cadáver de un periodista como mercancía propagandística.

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Se lo han pensado mejor. Tras recibir unas cuantas críticas por el uso de la imagen de Foley y su asesino, unas horas después han eliminado esa foto del tuit.

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El caso de Ferguson: segregación de derechos y militarización de la policía

st_louis_post.750No he seguido cada detalle de la crisis de Ferguson, Missouri (las vacaciones, ya saben) pero, además de esa gigantesca ironía de ver en Twitter a gente de Gaza o Cisjordania dando consejos a residentes de una ciudad norteamericana sobre qué hacer en caso de ataque con gases lacrimógenos, hay un par de detalles que me llamaron la atención.

La ciudad de Ferguson, de 21.000 habitantes, tiene un 67% de población de raza negra, lo que contrasta con la composición de su élite política y de sus fuerzas policiales. El alcalde, el jefe de policía y cinco de sus seis concejales son blancos, así como más del 90% de sus policías. ¿Hay gente que está demasiado ocupada como para votar en el día de las elecciones?

Si bien el índice de participación en las elecciones es más bajo en EEUU que en Europa Occidental, la diferencia es sencillamente espectacular en el caso de las elecciones locales. En Ferguson fue del 12,3% en 2014 y aún menos en los dos años anteriores (11,7% y 8,9%). Una inmensa mayoría de la población vive a espaldas de los procesos políticos locales y esa falta de interés se paga. En el artículo que da esas cifras, hay una opinión que resulta reveladora:

“Creo que hay una grandísima desconfianza en el sistema”, dice Broadnax, una habitante de Ferguson. Muchos negros piensan: “No importa demasiado, y mi único voto no marcará la diferencia”, dice. ‘Bueno, si consigues que toda una comunidad se sienta así, colectivamente ya hemos perdido”.

Hay razones sociológicas y económicas que ayudan a entender esa actitud. No es tanto una instrucción que llega de arriba ni una conspiración diseñada por las élites, aunque algunas cosas ayudan, como celebrar las elecciones locales en abril en vez de noviembre, cuando hay una movilización general a causa de las elecciones presidenciales o legislativas.

La composición racial de Ferguson es un fenómeno relativamente reciente. En 1990, los blancos eran el 74% de la población. Muchos negros de la ciudad de St. Louis (población: 319.000 habitantes), de la que Ferguson es un suburbio, se han trasladado a esas ciudades dormitorio en las últimas décadas y tienen un arraigo mucho menor. Lo que quiere decir que su tejido social es ‘de menor calidad’, por así decirlo, menos sentimiento de pertenencia, menos participación en actividades públicas, menos asociaciones que defiendan sus intereses y que en los casos necesarios sirvan de motor de movilización.

Como explica este profesor de desarrollo urbano y ex senador del legislativo de Missouri, los blancos mantienen su control de la ciudad gracias a que esa riqueza asociativa, incluidas asociaciones empresariales o profesionales y sindicatos, maneja las subvenciones y presupuestos en favor de sus necesidades (o sus intereses, palabra que siempre tiene peor imagen), y eso crea un efecto multiplicador.

Como ocurre, no ya sólo en EEUU, las clases bajas o medias bajas creen tener pocos incentivos en la participación en un sistema político que les perjudica. Su pasividad contribuye precisamente a perpetuar esa situación.

ny controlLos policías que se dedican a vigilar de cerca a los jóvenes negros (es decir, acosar) saben que no recibirán un aviso de sus jefes porque un líder de su comunidad ha llamado al alcalde para protestar por ciertas prácticas policiales.

De hecho, ocurrirá lo contrario. Un aumento de detenciones o sanciones económicas entre los sospechosos habituales será la métrica que se utiliza para valorar su productividad.

Los tribunales municipales operan con la misma mentalidad. Buena parte de los ingresos del Ayuntamiento proceden de las multas de tráfico y los negros de Ferguson sienten que están siendo ordeñados para financiar los presupuestos locales. Enviar a la gente a prisión, o la simple amenaza, es una forma de que la gente pague, incluso cuando se trata de cantidades muy por encima de su patrimonio.

La situación de Ferguson es un caso de segregación en el campo de los derechos, aunque no sea correcto referirse a ese concepto en términos geográficos. No es tanto que blancos y negros vivan en zonas diferentes, sino que en el mundo real sus derechos son diferentes.

El otro aspecto llamativo de esta crisis es fácil de identificar porque lo hemos visto en numerosas imágenes. Los policías de la ciudad aparecen con unos uniformes y armamento que no se diferencia mucho a simple vista de lo que vemos en los soldados norteamericanos desplegados en zonas de guerra. De eso ya se ha escrito bastante en los últimos años, pero ahora en Ferguson hemos visto su aplicación. Y no es sólo una cuestión de que el vestuario hace al hombre.

El proveedor no es otro que el Pentágono. Gracias a una ley de principios de los 90, puede traspasar a las fuerzas policiales estatales y locales de material militar que no necesite y que se pueda utilizar por ejemplo en operaciones antidrogas. Fusiles de asalto, munición de guerra, rifles equipados con visión nocturna, vehículos blindados con capacidad para resistir explosiones provocadas por minas y, cómo no, uniformes de camuflaje. En algunos casos, hasta lanzagranadas.

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Inevitablemente, con el material militar, viene también el entrenamiento para su uso y una cierta mentalidad que hay que añadir a la muy escasa tolerancia de las fuerzas policiales de EEUU a las concentraciones no autorizadas, que suelen ser todas en caso de crisis. La militarización del trabajo policial tiene sus consecuencia. Los agentes no tardan mucho tiempo en comportarse como fuerzas de ocupación.

Casi todo este material acaba en los equipos SWAT (esos que hemos visto tantas veces en películas y series), como señala este artículo del NYT con algunos ejemplos singulares: “Los SWAT son desplegados decenas de miles de veces cada año, cada vez más en operaciones policiales rutinarias. Policías enmascarados y fuertemente armados asaltaron un nightclub en Luisiana en 2006 como parte de una inspección sobre bebidas alcohólicas. En Florida en 2010 agentes de SWAT con sus armas listas realizaron redadas en peluquerías (en general propiedad de gente de minorías étnicas) que en su mayoría sólo concluyeron en denuncias por operar sin licencia”.

Cuando te montas una guerra particular, no tardas mucho tiempo en creer que la población civil es el enemigo (potencial). Y cuando estalla la crisis, es hora de utilizar esos juguetes tan atractivos que se dedican a coger el polvo el resto del año.

Intervención en directo de Jack Tapper de CNN en la noche del lunes.

Hay algunas historias de Ferguson que son delirantes. Una policía atizó un puñetazo en 2009 a una persona sospechosa de conducir borracho. Entre las acusaciones a las que tuvo que hacer frente el detenido, de raza blanca, estaba la de “destrucción de propiedad” por haber manchado con su sangre los uniformes de los policías.

Esa policía es hoy una de los concejales de Ferguson.

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Pausa

Por aquello de las vacaciones, estaré alejado del teclado de un ordenador durante algún tiempo. Teniendo en cuenta cómo han sido julio y el principio de agosto (Gaza, Irak, Ucrania, África…), lo más probable es que no pase nada importante.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Ricky Gervais en su espectáculo ‘Fame’ (puedes activar los subtítulos en español).

–¿El boom de la prostitución en el Mundial de Brasil? Nunca existió.
–Mi vida después de Charles Manson.
–Auge y caída (catastrófica) del zeppelin.
–Algunas cosas que debes saber sobre el ébola.
Steve Buscemi ya daba algo de miedo cuando era un crío.
Por qué Nueva York dejó de ser la gran cantera de la NBA.
–Cómo la IGM transformó a Washington.
–Cuál es la mejor novela de John Le Carre.
–Una historia de la masturbación.
–Qué ocurre dentro del Programa de Protección de Testigos.
–The Economist disecciona el negocio del sexo.

nixon dimite

–Hace 40 años dimitió Nixon. Así le despidió Hunter S. Thompson en 1994.

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ISIS, otro monstruo de Frankenstein ahora con vida propia

Con su estilo ‘vamos donde no va el resto de los medios’, Vice News ha conseguido ‘empotrarse’ con un grupo del ISIS y aquí tenemos su primera entrega centrada en la ciudad siria de Raqá. En el vídeo se hace referencia a una noticia de las dos últimas semanas, la caída de la última posición del Ejército en la zona, una base militar de la 17ª División rodeada hasta entonces por todos los lados por los milicianos yihadistas. Y podemos apreciar algunas de las consecuencias: los cuerpos decapitados de los soldados que resistieron hasta el final.

ISIS ha demostrado en varias ocasiones ser capaz de superar las expectativas tanto de sus enemigos como de sus (antiguos) aliados. Primero por controlar amplias zonas de la parte oriental de Siria, hasta entonces ocupadas por el Frente Al Nusra, que era por así decirlo el titular registrado de la marca Al Qaeda en Siria. Al extender su dominio, desobedeció las órdenes de Al Zauahiri, el número uno de Al Qaeda, lo que no pareció importarle demasiado.

A principios de este año, tomaron Faluya y, lo más importante, neutralizaron el intento del Gobierno de Bagdad de recuperar su control a través de las tribus suníes. Seis meses después, hicieron lo mismo con Mosul, la segunda ciudad del país, gracias al hundimiento repentino del Ejército iraquí. Incluso si estás en absoluta inferioridad numérica, es más fácil avanzar si los soldados enemigos no están dispuestos a arriesgar su vida.

Entonces se dijo que hasta ahí habían llegado porque a partir de ese momento los peshmergas kurdos se ocuparían de todo. Los kurdos, de los que no se puede decir que hayan tenido mucha experiencia de combate en la última década aunque ellos se venden de otra manera, cuentan al menos con decenas de miles de hombres armados, y no tienen, a diferencia de los soldados suníes, ningún sitio al que huir.

No parece que el ISIS tenga intención de ocupar todo el Kurdistán, pero eso quizá sea sólo una presunción. Sus milicianos continúan avanzando y están bastante cerca (a unos 35 kilómetros) de Erbil, la capital política del Kurdistán iraquí. Su presión ha provocado la huida masiva de decenas de miles de yazidíes, o yezidis (una minoría que profesa un antiguo culto que reúne creencias de varias religiones) hacia zonas montañosas en las que no hay alimentos o agua. Teniendo en cuenta el trato que han recibido los soldados iraquíes chiíes, los civiles yazidíes no pueden esperar mucha compasión.

 

Titulares tan alarmistas como “Why ISIL is worse than al-Qaeda—and any other terrorist group that came before” que aparecen estos días en los medios no dan lugar a que el ascenso del grupo pueda analizarse con mucha frialdad. Por ejemplo, el autor de ese artículo sostiene que son una combinación de “Al Qaeda, los jemeres rojos y los nazis” (sic). Parece que esta vez no era suficiente con recurrir a los socorridos nazis y había que soltar toda la artillería pesada con los peores malos de la historia.

Indudablemente, la declaración por ISIS del califato y su aspiración de extenderse por todo el mundo islámico contribuyen a hacer que todo el mundo pierda el sueño. Ningún atentado con bomba, ningún 11S para entendernos, está en condiciones de derrocar a un Gobierno, pero una fuerza militar organizada con motivación y recursos financieros dentro del escenario caótico que es una guerra civil está en condiciones de dar una sorpresa definitiva a un Gobierno corrupto o incompetente.

En ese sentido, el Estado Islámico de Irak y el Levante (ahora ya sólo Estado Islámico) supone una amenaza directa muy superior a la que podía presentar Al Qaeda (esto último sorprenderá a todos los que leyeron que la organización de Bin Laden era el mayor peligro que habían visto los siglos). De ahí a que el ISIS pueda tomar Bagdad o hacerse con todos los campos petrolíferos del norte de Irak hay un largo trecho que requiere algo más que 10.000 hombres armados.

 

La suerte de los yazidíes y el peligro que corren los kurdos han empujado a Obama a ordenar los primeros ataques contra las fuerzas del ISIS, que hasta ahora se veía desde Washington como un problema militar que debía solucionar el Gobierno iraquí. El bombardeo de posiciones móviles de artillería del ISIS puede ser un prólogo a una intervención mayor o un aviso a los yihadistas de que su avance tiene un límite en el norte. Mientras Maliki siga en el poder en Bagdad, Obama no tiene incentivos suficientes como para intentar eliminar al ISIS desde el aire. El presidente norteamericano no parece querer hacerle el trabajo sucio a Maliki.

En el frente sirio, ISIS se ha visto beneficiado por las prioridades militares del régimen de Asad, que ha preferido volcar sus esfuerzos en controlar el corredor occidental del país, dejando que los grupos insurgentes se peleen entre ellos en la mucho menos poblada zona oriental. Los grupos más dispuestos a escuchar a Washington y Londres sólo han mostrado habilidad en apoderarse de la ayuda económica norteamericana.

La superioridad del ISIS entre los insurgentes hace pensar que EEUU contempla como la opción menos mala la supervivencia de Asad, o de un Asad debilitado por la guerra civil pero con un control directo de la parte de Siria que le interesa. Esto último no debe hacer pensar que Damasco pueda caer en las redes del ‘califato’. En pocas palabras, el Ejército sirio no es el iraquí.

Como escribió hace unos días Patrick Cockburn, el ISIS es otro ejemplo de los “monstruos de Frankenstein” creados por Arabia Saudí. La estrategia de los radicales saudíes (radicales y extremistas, sí, pero compañeros de viaje de Occidente) consiste en no permitir que Irán aumente su influencia en Oriente Medio, y debilitar al socio iraquí de Teherán y a su aliado sirio es la mejor forma de ponerla en práctica.

La ayuda que el Gobierno y los millonarios saudíes (juntos o por separado) han prestado al ISIS y a otros grupos cuyos milicianos han terminado siendo absorbidos por los primeros fue decisiva para cimentar su dominio de la insurgencia siria. Con independencia de lo que piensen sobre ellos ahora los saudíes, está claro que en estos momentos pueden volar solos.

Un poco de humor para terminar: una parodia sobre ISIS emitida por un canal de televisión palestino que acaba como acaba todo en Oriente Medio, con una teoría de la conspiración.

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Un balance de la invasión de Gaza: Netanyahu cumplió sus objetivos

Viernes

El fracaso de las negociaciones de El Cairo ha hecho que las milicias de Hamás y Yihad Islámica hayan reanudado el lanzamiento de cohetes sobre territorio israelí, que han causado dos heridos en Sha’ar Hanegev y pequeños daños materiales en otras zonas. Ya hay noticias de ataques de la Fuerza Aérea y la artillería israelíes sobre varios puntos de Gaza. Seis personas han resultado heridas en Yabalía y, según el diario egipcio Al Akhbar un niño de 10 años ha muerto en el ataque a una mezquita en el norte de Gaza.

En principio, los hechos del viernes confirman que Hamás no ha obtenido de este mes de violencia ningún rédito político que pueda compensar los sacrificios. Israel se niega a aceptar ninguna concesión sobre el fin del bloqueo o la liberación de los presos detenidos en Cisjordania en junio. Eso confirma que la llamada Operación Límite Protector no era otra cosa que una operación de castigo contra Gaza a la que se ha puesto fin cuando la continuación de los ataques ya no suponía más ventajas políticas que las ya obtenidas durante esas cuatro semanas.

La continuación de los ataques con cohetes sirve además para demostrar a los políticos israelíes que su exigencia de desarme de las milicias de Hamás está muy lejos de convertirse en realidad. Por tanto, cuanto más insistan en ello, más difícil será para el Gobierno convencer a su opinión pública que la ofensiva de Gaza ha culminado con éxito.

netanyahu En la guerra, el lenguaje lo es todo. En primer lugar, para saber si el hecho analizado es o no una guerra. Aparentemente, el número de víctimas no es el único factor que considerar, al menos desde el punto de vista del Ejército israelí. Una comisión tendrá que dilucidar en las próximas semanas si lo ocurrido en Gaza en julio es una “guerra” o una “operación militar”.

Definir victoria o derrota es aún más complicado. Es también una labor fundamental para los contendientes: en el primer lugar, un Gobierno no tardará en recoger los frutos de esa sangre derramada; en el segundo caso, se le hará responsable de las vidas perdidas. No siempre es una suma cero.

“Hay una inmensa diferencia entre una confrontación militar y un acontecimiento deportivo”, escribe el periodista Nahum Barnea en el artículo principal del Yediot. “En el deporte, hay un ganador y un perdedor. En la guerra, no siempre es así. Hay guerras en las que ambos bandos pierden”.

No dice que Gaza sea un ejemplo de esto último, pero se acerca bastante (aquí otro artículo más triunfalista desde la perspectiva israelí). El artículo de Barnea revela la frustración de la sociedad israelí, que esperaba un resultado más concluyente. Si eso incluía la eliminación física de los dirigentes de Hamás o de todo su arsenal de cohetes, no lo sabemos con seguridad, pero no sería sorprendente. Que ese objetivo fuera realista, es otra cosa.

Confiada en la total superioridad de su Ejército sobre cualquier fuerza militar de Oriente Medio, por no hablar de las milicias de Hamás, esa sociedad cree que una ofensiva de este calibre debería ser suficiente. No hay lugar en ese relato colectivo, y casi seguro mayoritario, para la idea de que la ocupación de los territorios palestinos esté detrás de esa violencia. Su incapacidad de sentir compasión por las víctimas civiles que son responsabilidad de su Ejército es aterradora.

Los israelíes no parecen reaccionar ante el hecho de que sus gobiernos prometen resultados al desatar todo el poder de su maquinaria de guerra que no siempre se cumplen. Es cierto que al menos Netanyahu y el alto mando militar no han llegado a los niveles de triunfalismo exacerbado con que el Gobierno de Ehud Olmert vendió el ataque contra Hizbolá en Líbano en 2006. Pero donde no han llegado ellos sí lo han hecho otros políticos del Gobierno y muchos medios de comunicación.

Algunos mandos militares han dado la visión optimista, por ejemplo con el argumento de que esta guerra ha devuelto atrás cinco años en el tiempo a la capacidad militar de Hamás. Está por ver si la muerte de 64 soldados se considerará un precio razonable.

Líbano en 2006 y los ataques a Gaza en 2009, 2012 y 2014 se sitúan en una cadena de acontecimientos en la que es difícil sustraerse a una conclusión: Israel vive un estado de guerra permanente haciendo buena la típica comparación del país con una Esparta moderna, incapaz de solventar sus problemas externos con otra cosa que la aplicación indiscriminada de la fuerza. La muerte de centenares de civiles del enemigo es un factor que ni siquiera se contempla.

Más allá del análisis inmediato después de cada conflicto, no se detectan señales de cansancio en esa opinión pública o de decepción por los escasos resultados (Barnea se refiere a la sensación de “decepción y oportunidad perdida”, se supone que para eliminar a Hamás).

Más bien al contrario, lo que es más evidente es que cualquier muestra de disidencia ante esta escalada belicista es interpretada como una traición.

Israel ha puesto fin a los bombardeos de Gaza cuando ha querido. Hábilmente, el Gobierno fue alterando el objetivo estratégico de la campaña, desde propinar un castigo definitivo a Hamás (un horizonte siempre abierto a múltiples interpretaciones) a poner fin a los ataques con cohetes (que en realidad siguieron cayendo con la misma cadencia o similar hasta el último día), hasta al final centrarlo todo en la eliminación de los túneles que las milicias de Hamás habían construido a lo largo de años para poder infiltrarse en territorio israelí.

Los túneles, de los que el Ejército dice haber destruido 32, se han convertido en la gran amenaza que poco menos que ponía en peligro la supervivencia de la sociedad.

Hasta hace unos meses, en su campaña internacional contra el programa nuclear iraní, Netanyahu y sus ministros insistían en que, a diferencia de la cuestión palestina, Irán sí suponía una amenaza existencial, una dramática sombra para la que se invocaba el recuerdo del Holocausto y, por tanto, el peligro de una aniquilación casi total.

Los europeos podían preguntar todo lo que quisieran sobre los palestinos, pero no eran ellos, con sus rudimentarios cohetes, los que quitaban el sueño a las autoridades israelíes, sino la idea de que el ayatolá Jamenei tuviera acceso al botón nuclear.

Pasado el tiempo, resulta que unas decenas de túneles suponen una amenaza estratégica tan grave como el arma nuclear. Tampoco hay que subestimar la importancia de los túneles, que han tenido una presencia destacada en la historia de la guerra desde hace siglos. Pero si echamos la vista atrás, no vemos muchos casos en los que Hamás los haya utilizado para operaciones contra el Ejército del enemigo. Y la inmensa mayoría de los soldados israelíes ni siquiera habían recibido preparación específica para la detección y destrucción de esos túneles.

Lo cierto es que la opinión pública compró el mensaje (por cuánto tiempo a partir de ahora no lo sabemos). El Gobierno ya tenía una métrica a la que atarse, algo que le permitiera cantar victoria cuando surgiera la oportunidad. Y eso ocurrió cuando Hamás aceptó la última propuesta egipcia de alto el fuego.

Es significativo que al iniciarse ese periodo de 72 horas todo el mundo daba por hecho que esta vez iba en serio. Hay que suponer que antes de que llegaran los representantes de Hamás a El Cairo, los egipcios ya tenían la seguridad de que estábamos ante el fin de la violencia. Hamás había llegado al límite que podía soportar o sencillamente pensaba que los habitantes de Gaza habían llegado hasta el final de su resistencia.

¿Qué puede ofrecer el Gobierno de Gaza a los palestinos a cambio de su terrible sufrimiento? Hay un hecho evidente. Hamás rechazó la primera propuesta egipcia de alto el fuego una semana después del inicio de los ataque. Más que una propuesta, era una imposición no negociada con el Gobierno de Gaza, y sí con Netanyahu. No aportaba ninguna salida a la cuestión del fin del bloqueo de Gaza. Pero lo que ha aceptado ahora, al menos lo que se está negociando en El Cairo, no incluye de momento ninguna salida al respecto, y no parece que Israel esté interesado en abrir esa negociación. ¿A cambio de qué han muerto todas esas personas desde el 15 de julio? A día de hoy, nada.

Tanto es así que las negociaciones que prosiguen en El Cairo no parecen tener este jueves a primera hora garantías completas de éxito. Hamás reclama el fin del bloqueo. Israel exige el desarme de las milicias islamistas. Este alto el fuego finaliza el viernes a las 8 de la mañana, y no hay de momento garantías de que vaya a subsistir.

Hamás está ahora en peor situación estratégica que en 2012 a causa del golpe de Estado de Egipto. En El Cairo tienen a un enemigo en el exgeneral Sisi, empeñado en acabar con los islamistas. En las últimas semanas, el Ejército egipcio ha destruido decenas de los túneles que van desde su territorio hasta Gaza. Lo más importante es que no se trata de una novedad. Según el WSJ, egipcios e israelíes llevan tiempo estudiando la forma de neutralizar a Hamás.

Esos túneles sustentaron la economía de Gaza durante años. Según un estudio citado por este artículo y referido al primer trimestre de 2013, por allí estaba llegando el 65% de la harina consumida en Gaza, el 52% del arroz, el 100% del pescado fresco, el 100% del acero y del cemento. Por los túneles, entraban hasta terneros y vacas.

Como toda actividad económica, la construcción de los túneles y el paso de bienes a través de ellos suponían el pago de un impuesto al Gobierno. Concedían unos fondos a Hamás imprescindibles para pagar los salarios de los funcionarios, que son también una fuente importante de apoyo popular. El Gobierno de Gaza cuenta con 42.000 funcionarios y 5.000 trabajadores temporales.

El que ya podríamos llamar bloqueo egipcio empezó en el verano de 2013. En el último año, eso ha supuesto largos retrasos en el pago de salarios a funcionarios de Gaza, que a veces han tenido que conformarse con el abono de una parte de la nómina. En enero de este año, ya se calculaba que los 200 millones de dólares que el Gobierno de Gaza recaudaba al año gracias al ‘IVA de los túneles’ había quedado reducido a una cantidad mínima.

La repercusión va más allá de los ingresos públicos. El cemento y acero que ya no entran no dan trabajo a los que tienen un puesto en la construcción. La falta de combustible egipcio subvencionado en origen deja secos a generadores y vehículos. El sector comercial también nota la falta de actividad económica. Su impacto total en la economía de Gaza podría alcanzar los 700 millones de dólares anuales.

Hamás no podrá reconstruir por sí sola Gaza, y eso le coloca en una posición de vulnerabilidad. Pero los islamistas continúan representando el espíritu de resistencia frente a la ocupación israelí. No se puede decir lo mismo del Gobierno de la Autoridad Palestina que preside Mahmud Abás y de Fatah, condenados a malvivir a expensas de la tolerancia de los gobiernos israelíes. Está por ver si Abás proseguirá el camino trazado por el acuerdo de coexistencia con Hamás o si este quedará en nada como ocurrió en varias ocasiones anteriores.

La reconstrucción de Gaza podría servir para que Abás tuviera un protagonismo mayor allí, pero nunca lo conseguirá si pretende hacerlo dando la espalda a Hamás.

Para comprender mejor la estrategia del movimiento islamista, nada mejor que este artículo de Nathan Thrall en el LRB, publicado el 1 de agosto, es decir, antes del fin de los ataques. Explica que el acuerdo con Fatah no fue popular entre las bases de Hamás, y que los islamistas pronto descubrieron que los términos del pacto que podían beneficiarles no aparecían por ningún lado.

Thrall explica que Hamás no podía dejar de aceptar el reto bélico que le lanzó Netanyahu. La guerra también le permitía intentar alterar una situación de agonía económica en la que sale perdiendo. “Su objetivo fundamental es que Israel cumpla tres acuerdos anteriores: el intercambio de presos por Shalit (incluida la puesta en libertad de los antiguos presos que han vuelto a ser detenidos), el alto el fuego de noviembre de 2012 que requería el fin del bloqueo de Gaza, y el acuerdo de reconciliación (con Fatah) de abril de 2014, que haría que el Gobierno palestino (de Abás) pagara los salarios de Gaza, asumiera la vigilancia de las fronteras, recibiera los necesarios materiales de construcción y abriera el paso fronterizo con Egipto”.

Políticamente, el aislamiento y el bloqueo favorecen a Hamás, como demuestran los sondeos realizados en Gaza en los últimos años (bien es verdad que cuando la ‘economía de los túneles’ había hecho posible una cierta mejora de las condiciones de vida de los gazatíes).

Aquellos que lo han perdido todo en esta guerra culpan, como es lógico, a los que lanzaron las bombas que mataron a sus familiares o destruyeron sus casas. Los bombardeos sobre zonas civiles tienen como uno de sus objetivos doblegar la moral de la población, y en eso Israel no está más cerca de obtener la victoria que tras anteriores campañas militares.

Netanyahu cuenta con eso. Su prioridad reside a corto plazo en mantener la estabilidad de su Gobierno de coalición, y en última instancia impedir en Cisjordania la formación de un Estado palestino que haga imposible la continuación del sueño colonial de la derecha nacionalista israelí.

El estado de guerra permanente es algo más que una respuesta a un problema complejo o de difícil solución. Es un requisito imprescindible, la razón de ser del Gobierno de Netanyahu y, desgraciadamente, de los que le sucedan en el futuro. — El último balance de víctimas del Ministerio de Sanidad de Gaza en la tarde del jueves: 1.886 muertos (incluidos 432 niños).

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“No me volváis a hablar de paz”

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Israel tiene una capacidad inagotable de crearse enemigos, gente que ha perdido lo más querido y a la que palabras como paz o coexistencia sólo suenan a una broma macabra. La periodista Asmá al-Ghoul ha escrito este artículo:

“El hermano de mi padre, Ismaíl al-Ghoul, de 60 años, no era miembro de Hamás. Su mujer, Jadra, de 62, no era una radical de Hamás. Sus hijos Wael, de 35, y Mohamed, de 32, no eran combatientes de Hamás. Sus hijas, Hanadi, de 28, y Asmá, de 22, no trabajaban para Hamás, ni los hijos de mi primo Wael; Ismaíl, de 11, Malak, de 5, y el bebé Mustafá, de sólo 24 días de vida; eran miembros de la Yihad Islamica, del Frente Popular de Liberación de Palestina o de Fatah. Sin embargo, todos murieron en el bombardeo israelí de su casa a las 6.20 de la mañana del domingo. (…)

Si es Hamás lo que odiáis, déjame deciros que la gente que habéis matado no tienen nada que ver con Hamás. Son mujeres, niños y ancianos, cuya única preocupación era que la guerra acabara para poder volver a su vida cotidiana. Pero déjame deciros que habéis creado miles –no, millones– de partidarios de Hamás, porque todos nos hemos convertido en Hamás, si para vosotros Hamás significa mujeres, niños y familias inocentes. Si para vosotros, los civiles y las familias son Hamás, entonces yo soy Hamás, ellos son Hamás y todos somos Hamás. (…)

Nací en 1982, en esa misma casa del campo de refugiados de Rafá, que luego se amplió para acoger a toda la familia. Crecí allí, y todo creció con nosotros: la primera intifada, la resistencia, la escuela a la que iba andando todos los días. Allí vi mi primera biblioteca. Allí recuerdo ver a mi abuelo quedarse dormido mientras oía la BBC. Y allí vi al primer soldado israelí en mi vida, golpeando a mi abuelo para obligarle a borrar las pintadas que adornaban los muros de nuestra casa en el campo de refugiados.

Ahora, la casa y sus recuerdos futuros han quedado destruidos, sus niños enterrados en tumbas prematuras. Hogares y recuerdos arrasados, sus habitantes sin casa y perdidos, tal y como lo fue siempre ese campo. No me volváis a hablar de paz.”

La familia al-Ghoul pereció en el terrible bombardeo que sufrió Rafá después de la noticia de la desaparición del teniente israelí Hadar Goldin.

Y ahora imaginemos qué diría Asmá al-Ghoul si escuchara estas declaraciones del jefe de las FFAA israelíes, el general Benny Gantz: “Debemos ayudar a rehabilitar Gaza. Estamos haciendo lo necesario para enviarles comida. Hay una combinación de necesidades militares por un lado, y de un esfuerzo mayor por no hacer daño, y ayudar en la medida de lo posible. Entramos en un periodo difícil de ayuda y reconstruccion. Ayudaremos no por consideraciones estratégicas, sino humanitarias”.

Resulta bastante comprensible que Asmá al-Ghoul no quiera saber nada de la paz del general Gantz.

Me alertan sobre el perfil de Asmá al-Ghoul, que desconocía. No es una partidaria de Hamás, precisamente. De hecho, ha sido detenida en varias ocasiones por la policía de Gaza.

Foto superior: Hala Al Kafarna, de 6 años, junto a varios familiares entre los escombros de su casa en Beit Hanún, en Gaza, el 1 de agosto. Foto:Efe.

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La directiva Aníbal aplicada en Gaza al servicio del Gobierno

artilleria

En los últimos días del ataque israelí a Gaza, no ha habido un hecho con más repercusiones políticas que la suerte sufrida por el teniente israelí Hadar Goldin. Su captura a primera hora de la mañana del viernes hizo fracasar la tregua de 72 horas que ambos bandos se habían comprometido a respetar.

Israel lo consideró desde el primer momento una violación del pacto y procedió a un bombardeo masivo de Rafá, en el sur de Gaza, para impedir que el militar fuera escondido en un lugar fuera de su alcance. La dirección política de Hamás no tenía ninguna información sobre lo que había ocurrido y las milicias islamistas se mantuvieron en silencio durante la mayor parte de ese día. Sí había una discrepancia de partida: Israel dijo que todo había ocurrido a las 9.30, una hora y media después del inicio de la tregua, mientras que Hamás afirmaba que había sido antes de las ocho.

Ambas partes manejaban información falsa o manipulada, pero el impacto político fue inmediato. Sólo un día antes la prensa israelí, azuzada por su Gobierno, había calificado a John Kerry poco menos de traidor por haberse reunido con representantes de Turquía y Qatar en la búsqueda de una mediación efectiva (ante la constatación de que Egipto no estaba interesado o había fracasado en su primer intento).

Tras esta tormenta, Washington no asumió más riesgos en su relación con Israel y aceptó por completo su versión sobre los hechos ocurridos en Rafá. Tanto Obama como Kerry exigieron en los términos más duros que Hamás devolviera al teniente. Kerry llegó a decir que Hamás tenía “el control de la situación de seguridad” de Gaza, algo improbable si te están machacando desde el aire.

La primera versión israelí, difundida en la misma mañana del viernes, indicaba que los soldados fueron atacados por un grupo de milicianos de Hamás que habían salido de un túnel. Uno de ellos se hizo estallar y mató a dos soldados. Goldin fue capturado y trasladado por ese mismo túnel.

El Ejército aplicó de inmediato la Directiva Aníbal, que estableció en 1986 qué hacer en estos casos. Básicamente, consiste en una acción inmediata para recuperar al rehén, incluso poniendo en peligro la vida del militar apresado: “Desde el punto de vista del Ejército, un soldado muerto es mejor que uno cautivo que, además de que este sufre (como prisionero), obliga al Estado a poner en libertad a miles de prisioneros para poder obtener su liberación”, según explicaba Haaretz en 2003.

Al conocerse el contenido original de la orden, que no cubre todo tipo de situaciones y aparentemente se refiere a disparar sobre un vehículo en el que podría ir el militar capturado, se explicó que no daba carta blanca para matar al soldado. Después de varios años en que la censura militar no había permitido hablar en público sobre el tema, lo que no había impedido fuertes discusiones internas en el Ejército, la orden fue enmendada, pero la esencia seguía inalterada.

El exgeneral Peled, uno de los responsables de la orden original, intentó explicarla en una entrevista citada en ese artículo de Haaretz: “Yo no lanzaría una bomba de una tonelada sobre el vehículo, pero sí dispararía un proyectil desde un tanque contra él. Eso haría posible que si no recibía el impacto directo, y si el vehículo no saltaba por los aires, sus ocupantes sobrevivieran. Después de todo, los soldados arriesgan sus vidas al realizar una emboscada. Algunos de los que atacan al enemigo, vuelven a casa en ataúdes, ¿quiere decir eso que no se puede atacar? Se toman decisiones que ponen en peligro a los soldados, a veces no hay elección. Se supone que el Ejército debe tener como prioridad la seguridad del Estado, no las vidas de sus soldados”.

Soldados que participaron esos años en operaciones en el sur de Líbano recuerdan perfectamente que sus superiores transmitían en numerosas ocasiones esa orden. Cómo se aplicaría sobre el terreno en cada ocasión quedaba a criterio de los oficiales, pero en muchos casos quedaba claro que la muerte del soldado capturado era una contingencia que se asumía sin problemas. También había militares que decían que nunca hubieran aceptado cumplir esa orden.

Otros no tenían ninguna duda: ”Ningún soldado del Batallón 51 será capturado. Bajo ninguna circunstancia. Incluso si eso supone volar por los aires con una granada junto a aquellos que le intentan capturar”, dijo el jefe de un batallón de la Brigada Golani antes de entrar en combate en Gaza en 2009.

Obviamente, un soldado muerto supone un coste político mucho menor para el Gobierno que un soldado hecho prisionero por el enemigo.

En el caso de Goldin en Rafá, no había ningún vehículo al que disparar. Se suponía que el teniente estaba dentro del túnel y que podían intentar esconderlo luego en algún punto de Rafá (población: 70.000 habitantes). La única forma de disparar era desde el aire. El periodista de BBC Jon Donnison escribió el sábado por la mañana que los israelíes tiraron sólo diez minutos después del ataque inicial una bomba de una tonelada sobre esa misma zona. Goldin bien podía estar ya muerto.

En cualquier caso, el ataque a Rafá fue masivo. Setenta personas murieron, según las primeras informaciones, cifra que después superó el centenar, 130 según el Ministerio de Sanidad de Gaza. La desaparición de Goldin permitió al Gobierno israelí denunciar que Hamás había roto el alto el fuego planeado y reanudar con toda su potencia los ataques sobre Gaza, en especial contra Rafá.

La historia estaba incompleta y hubo que esperar a que en los dos días siguientes se conocieran datos que desmentían parte de lo conocido hasta ese momento.

El sábado, las milicias de Hamás difundieron un comunicado en el que decían desconocer lo que había pasado finalmente con Goldin: “Perdimos el contacto con el grupo de combatientes que tomó parte en la emboscada y creemos que todos murieron en el bombardeo. Asumiendo que pudieran capturar al soldado durante los combates, creemos que él también murió en el incidente”.

Además, afirmaban que desde el inicio de la invasión no habían detectado presencia de fuerzas israelíes de tierra en la zona oriental de Rafá y que fue en la madrugada anterior al inicio del alto el fuego cuando observaron que los israelíes estaban tomando posiciones cerca de esa zona y que llegaron a realizar una incursión a las 2 de la mañana a unos 2,5 kilómetros de la ciudad. El ataque en que cayó Goldin se produjo a las 7 de la mañana, según las milicias.

Un tuit del periodista británico Rageh Omaar confirmaba hasta cierto punto esa secuencia temporal al referirse a fuertes bombardeos de artillería en el sur en torno a las 9 de la mañana, una hora después del inicio de la tregua. Por tanto, antes de que se produjera el enfrentamiento en el que desapareció Goldin, según la versión israelí.

Hay que recordar que en todas las treguas temporales acordadas o frustradas Israel se ha reservado el derecho a continuar con sus operaciones de destrucción de túneles, aunque interrumpiera los bombardeos.

El Ejército se limitó a decir el sábado que continuaban las operaciones para rescatar a Goldin al que consideraba “secuestrado”. En realidad, sabía más pero eso no trascendería hasta el día siguiente. El sábado desde la mañana varios medios israelíes informaron, citando fuentes militares, que el Ejército estaba a punto de finalizar su misión de destruir los túneles de Gaza que penetran en territorio israelí. Como mucho, faltaban entre 24 y 48 horas (el anuncio definitivo en ese sentido se ha hecho este lunes).

Se anunció que algunas unidades militares en el norte de Gaza habían comenzado a replegarse. Se autorizó a los habitantes de Beit Hanún a que regresaran a sus casas. No era formalmente el comienzo de la retirada, pero la familia de Goldin decidió dar una rueda de prensa el sábado, que fue televisada, con la que hacer un llamamiento al Gobierno para que continuara buscando al teniente hasta dar con él. “Reclamo al Estado de Israel que no abandone Gaza hasta que no traiga de vuelta a mi hijo”, dijo la madre.

En otra rueda de prensa posterior, Netanyahu se limitó a decir que “Israel continuaría haciendo todo lo necesario para traer de vuelta a casa a los soldados desaparecidos”.

La intervención de la familia colocaba al Gobierno en una posición delicada, sobre todo porque tenía que conocer la suerte que había corrido el militar desaparecido. Ya no podía mantener la ambigüedad durante más tiempo, por no hablar de datos que eran directamente falsos.

Unas horas después, ya en la noche del sábado, se hizo público que el Ejército tenía pruebas que indicaban que Goldin estaba muerto, aunque no se hubiera recuperado su cadáver. No era posible por tanto cumplir la petición de familia.

Y lo sabían desde muy pronto.

Con el reconocimiento de la muerte de Goldin, la censura militar ya no podía impedir la publicación de algunos hechos conocidos por los medios de comunicación. En la tarde del domingo, Haaretz informó que ningún miembro de Hamás había saltado por los aires matando a dos soldados. Todos habían muerto en el tiroteo. Los detalles más importantes aparecieron al día siguiente con un titular que admite pocas interpretaciones: “Decenas de inocentes murieron por el ‘protocolo Aníbal’ de la IDF”.

Fuentes militares habían confirmado al periódico que la directiva Aníbal se había aplicado por completo. Sólo hubo un detalle que se escapó de las órdenes.

Cerca de la boca del túnel, se encontraron los cuerpos de dos soldados y de un miliciano de Hamás vestido con uniforme israelí. Goldin no estaba en ese lugar. Sin pedir permiso a sus superiores y asumiendo un considerable riesgo, un oficial decidió entrar en el túnel junto a varios de sus hombres. No encontraron a nadie, aunque penetraron varios centenares de metros en su interior. Sí hallaron “algunos de los efectos personales de Goldin” que servirían después para confirmar su muerte.

Como después se anunció que se procedería al entierro del teniente, hay que suponer que se trataba de algo más que manchas de sangre en un objeto a las que se podía practicar la prueba del ADN.

Sin la intervención inesperada del oficial, Goldin continuaría hoy oficialmente “desaparecido”.

Ya con los soldados fuera del túnel, y es de suponer que una vez que el oficial informara de la entrada del túnel a los superiores, se puso en marcha la aplicación de la directiva Aníbal, según el artículo. Toda la potencia de fuego existente en la zona central y sur de Gaza se empleó en la operación: fuego de artillería, de los tanques y de la Fuerza Aérea.

La acusación a Hamás de haber roto el alto el fuego hizo que el Gobierno decidiera en la noche del viernes no negociar ningún acuerdo más en el que estuviera implicada la organización islamista. Procedería a adoptar medidas unilaterales hasta completar la misión con independencia de lo que eso signifique. Eso permitiría solventar las diferencias internas en el Gobierno de coalición, ya que los partidos más ultras insistían en una ocupación completa de Gaza.

La suerte del teniente Goldin no iba a interferir en esos planes. Es más, había sido muy útil para los intereses del Gobierno. Se utilizó su situación el tiempo suficiente. Algo que no debe sorprender demasiado teniendo en cuenta lo que ocurrió después del asesinato de tres jóvenes israelíes en junio.

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Brian Eno y Elie Wiesel

beit lahiya

Dos testimonios muy diferentes de Brian Eno y Elie Wiesel sobre la destrucción que sufre Gaza. Eno prefiere centrarse en el contexto en que se produce (la ocupación de los territorios palestinos y la humillación constante en que viven sus habitantes). Wiesel culpa de la muerte de centenares de niños palestinos no a los que los matan, sino a las milicias de Hamás.

En su mensaje, Brian Eno se refiere también a la responsabilidad de EEUU y por extensión de los países occidentales:

“Estuve en Israel el año pasado con Mary. Su hermana trabaja para la UNRWA en Jerusalén. Haciendo de guías nuestros estaban un palestino –Shadi, que es guía profesional y el marido de la hermana de Mary– y Oren Jacobovitch, un judío israelí exmilitar que dejó el Ejército desprestigiado por negarse a golpear a palestinos. Gracias a los dos, descubrimos cosas horribles. Casas palestinas protegidas por un valla metálica y tableros para impedir que los colonos lancen mierda, orina y pañales sanitarios usados sobre sus habitantes; niños palestinos que son golpeados por niños israelíes con bates de béisbol ante las risas y aplausos de sus padres; todo un pueblo expulsado de sus casas y que viven en cuevas porque tres familias de colonos se han hecho con su tierra; un asentamiento israelí sobre una colina que deposita sus aguas residuales directamente sobre los cultivos palestinos; el Muro; los controles… y una serie interminable de humillaciones diarias.

Yo no hacía más que pensar: ¿realmente los norteamericanos aceptan esto? ¿Creen realmente que está bien? ¿O sencillamente no saben lo que ocurre?

Sobre el proceso de paz: Israel quiere el proceso, pero no la paz. Mientras transcurre ‘el proceso’, los colonos continúan apoderándose de la tierra y construyendo los asentamientos… y luego cuando los palestinos responden con sus ridículos fuegos artificiales, son aplastados con misiles de alta tecnología y proyectiles de uranio empobrecido porque Israel ‘tiene el derecho de defenderse’ (mientras los palestinos claramente no lo tienen).

Y las milicias de los colonos están encantados con dar puñetazos o arrancar el olivo de alguien mientras el Ejército mira al otro lado. Por cierto, la mayoría de ellos no son de origen israelí. Son judíos que han ejercido el ‘derecho al retorno’ desde Rusia, Ucrania, Moravia, Suráfrica y Brooklyn que llegaron a Israel con la idea de que tienen el derecho inviolable (¡y concedido por Dios!) a esa tierra, y que piensan que un árabe es lo mismo que una plaga de insectos, el racismo de toda la vida expresado con el mismo arrogante y desvergonzado que los viejos chicos de Luisiana. Esa es la cultura que defienden nuestros impuestos. Es como enviar dinero al Ku Klux Klan.”

Elie Wiese ha escrito un texto que se ha publicado como anuncio en algunos periódicos. Sostiene que los judíos “renunciaron al sacrificio de niños hace 3.500 años”, basándose en su lectura del Antiguo Testamento:

“Lo que estamos sufriendo hoy no es una batalla de judíos contra árabes o israelíes contra palestinos. Es en realidad una batalla entre los que celebran la vida y los que apuestan por la muerte. Es una batalla de la civilización contra la barbarie.

¿No comparten las dos culturas que nos dieron los Salmos de David y las valiosas bibliotecas del Imperio Otomano el amor a la vida y la transmisión de la sabiduría a sus hijos? ¿Puede encontrarse esto en el negro futuro que ofrece Hamás a los niños árabes, ser terroristas suicidas o escudos humanos para sus cohetes? (…)

Hombres y mujeres de espíritu moderado y fe, sea en Dios o en el hombre, deben abandonar sus críticas a los soldados israelíes –cuya terrible elección consiste en disparar y arriesgarse a dañar a los escudos humanos, o no disparar y arriesgarse a que mueran sus seres queridos–, y volverlas contra los terroristas que han quitado toda posibilidad de elegir a los niños palestinos de Gaza.”

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La propaganda israelí en siete cómodos pasos

western mail letter

Una carta al director aparecida en el diario británico Western Mail.

1. No hemos recibido información de esas muertes, pero lo comprobaremos.
2. Murió gente, pero fue por un cohete/bomba palestino defectuoso.
3. OK, les matamos, pero eran terroristas.
4. OK, eran civiles, pero los estaban usando como escudos humanos.
5. OK, no había combatientes en la zona, fue un error nuestro. Pero matamos civiles por accidente, ellos lo hacen a propósito.
6. OK, matamos muchos más civiles que ellos, pero ¡hay otros países que son horribles!
7. ¿Por qué sigue hablando de Israel? ¿No será usted un antisemita?

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