Brasil estrena un Gobierno de caudillos derechistas, sólo con blancos y sin mujeres

ministros Brasil

Son las caras de los ministros del nuevo Gobierno brasileño. Es fácil apreciar cuál es la característica que les une. Todos son hombres. Forman el primer Gabinete de Brasil que no cuenta con ninguna mujer desde 1979. Un detalle más: todos son blancos, lo que llama la atención en un país en el que el 51% de la población se definió como de raza negra o mulato en el censo de 2010. Pero por otro lado esto último no es sorprendente en absoluto. Han sido nombrados por el nuevo presidente en funciones, Michel Temer, del PMDB, el partido dirigido por los caudillos y caciques regionales del país. No, no hay muchos negros entre las personas que están en esas posiciones de poder.

Habrán visto que en muchos medios de comunicación el PMDB aparece descrito como partido “centrista” o “moderado”. No exactamente. La única razón por la que se le podría denominar así es porque esa formación pactó antes con el partido de Lula y Dilma, como lo hicieron con otros presidentes anteriores. No suele presentar candidatos a las elecciones presidenciales, porque su función es proteger los intereses de los grandes propietarios agrarios e industriales pactando con el partido que gana en las urnas. Eso no le convierte en moderado. De hecho, nos encontramos ante el mayor giro a la derecha en Brasil de las últimas décadas.

El proceso de destitución de Dilma Rousseff recibió esta semana el visto bueno definitivo del Senado, que votó por 55 votos a 22 iniciar el juicio político de la presidenta durante un periodo máximo de seis meses en esa mima Cámara. La sesión no tuvo el aire carnavalesco del debate y votación en la Cámara Baja, pero arrojó el mismo resultado. En ese tiempo el vicepresidente Temer ocupará la presidencia a la espera del veredicto definitivo. Si Dilma es destituida, como opinan la mayoría de los analistas brasileños, Temer cumplirá el resto del mandato que Rousseff ganó en las urnas y que concluye en 2018.

La primera decisión de Temer ha sido nombrar a su Gobierno. Los integrantes dejan pocas dudas sobre sus intenciones. La aguda crisis económica y financiera del país no permite un Ejecutivo de transición. La legitimidad para proceder a un cambio político completo es otra cosa. Para el Ministerio de Hacienda, ha elegido el tipo de persona que suele ser descrito como alguien “que tranquiliza a los mercados”. Henrique Meirelles fue presidente del banco central durante el mandato de Lula, entre 2003 y 2010. Es decir, lo fue durante la época de las vacas gordas cuando Meirelles consiguió reducir la inflación a un solo dígito.

El PMDB tiene ideas claras, no muy centristas, sobre las reformas que hay que aprobar. Temer ha prometido liberalizar algunas de las leyes laborales de Brasil, conocidas por favorecer en general a los trabajadores. Un documento del PMDB sobre las prioridades de la nueva Administración incluye la necesidad de “privatizar todo lo posible en el campo de las infraestructuras”. En sus primeras declaraciones, ha dicho que pretende resguardar de los recortes el programa Bolsa Familia de ayudas sociales a los más pobres, tan popular en el país como detestado por las élites económicas.

Otros ministerios tienen un sello inconfundiblemente derechista, incluso más de lo que hubiera sido un Gobierno de Aecio Neves si este hubiera derrotado a Dilma en las últimas elecciones. Uno de sus ejemplares más notorios es el ministro de Agricultura, Blairo Maggi, el llamado “rey de la soja” y dueño de la corporación que es la mayor productora de soja del mundo. Maggi es un enemigo declarado de todos los ecologistas. Greenpeace le concedió en 2005 el premio Motosierra de oro por su mandato como gobernador de Mato Grosso. Ha apoyado una enmienda constitucional para que se elimine la obligada declaración de impacto ambiental en todas las obras públicas. No parece que Temer haya pensado que nombrar ministro de Agricultura al mayor empresario agrario del país pueda suponer un riesgo de conflicto de intereses.

La empresa del ministro de Deportes ha participado en las obras de los Juegos de Olímpicos. Él niega que eso pueda ser un problema porque sostiene que el Ministerio no hace las adjudicaciones de esos contratos.

El nuevo ministro de Educación es Mendonça Filho, uno de los principales diputados del PMDB y que ha tenido un papel clave en el proceso de destitución de Dilma en la Cámara Baja. Filho aparece en los documentos filtrados del caso Lava Jato, el mayor caso de corrupción que se investiga ahora en Brasil, como uno de los presuntos receptores de sobornos. También están varios miembros del nuevo Gobierno, lo que no ha impedido su nombramiento. El nuevo ministro de Justicia ha sido abogado del multiimputado Eduardo Cunha, presidente de la Cámara Baja hasta hace poco, ya que las numerosas acusaciones de corrupción han hecho que el Tribunal Supremo haya forzado su dimisión. Justo después de que Cunha utilizara todo su poder para impulsar la destitución de Rousseff.

Pero lo más significativo sobre Mendonça Filho es que su llegada ha causado una gran satisfacción a uno de los predicadores evangelistas más famosos del país, Silas Malafaia, que se considera el “enemigo público número uno del movimiento gay en Brasil”. Malafaia está convencido de que el nuevo ministro “barrerá la ideología de los patológicamente izquierdistas” en educación.

Aún más contento habría quedado si hubiera sido elegido ministro de Ciencia Marcos Pereira, diputado y obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, que se confiesa creacionista (aunque dice que “respeta el darwinismo”). Pereira dio entrevistas para sostener que sus ideas no serían ningún problema en el Ministerio, pero en el último momento Temer debió de pensar que eso tendría mala venta en el exterior y le dio la cartera de Industria. El Ministerio de Ciencia perdió categoría y pasó a estar englobado dentro del Ministerio de… Comunicaciones.

En el plano científico, hay que destacar lo que ha dicho el nuevo ministro de Sanidad, Ricardo Barros, cuando le han preguntado por la fosfoetanolamina, que en Brasil llaman la “píldora del cáncer”. Ni siquiera se le puede considerar un medicamento, pero está muy extendida en el país por sus supuestas propiedades curativas contra el cáncer, nunca demostradas en ningún ensayo clínico serio. Sobre ese tema, Barros no ha querido pronunciarse en concreto, pero ha dicho que “la fe mueve montañas”. Muy alentador cuando Brasil se enfrenta a la crisis del zika.

Las élites económicas que no pudieron derrotar a Dilma Rousseff en las últimas elecciones han conseguido ahora su objetivo sin pasar por las urnas. Mucho más barato que financiar una campaña electoral.

Carnaval en Brasil. Guerra Eterna, 20 abril.

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Europa también olvida a los niños refugiados

En 2014, ‘Most Shocking Second a Day’ impresionó a todos con un corto promovido por Save the Children para ofrecer un giro a nuestra visión de la crisis de los refugiados. Colocó a los occidentales, a través de una niña, en el papel de los refugiados que huyen de la guerra. “Sólo porque no está ocurriendo aquí no significa que no esté ocurriendo”, decía la frase final.

Ahora, tenemos otro vídeo que va más lejos para incluir la huida de esa misma niña a través de varias fronteras y también de su trayecto en el mar con un naufragio no muy diferente a los que han sufrido niños sirios, afganos, iraquíes y de otras nacionalidades.

Según Save the Children, 325.000 menores de edad han cruzado el Mediterráneo y el Egeo. Se calcula que centenares de ellos han muerto en el último año. Algunos han visto morir a sus padres o han perdido contacto con ellos en algún lugar de Europa.

En enero el Gobierno británico se negó a aceptar a 3.000 refugiados menores de edad que se encontraran en Europa en situación de emergencia. Como es habitual, la única razón alegada es que no se quería provocar un “efecto llamada”.

La polémica creada le ha obligado a prometer a principios de mayo que aumentará el número de niños que se encuentran ahora en territorio europeo (Grecia e Italia, sobre todo) que podrán recibir asilo. Cameron tomó esta decisión porque se arriesgaba a sufrir una derrota parlamentaria a acusa de la fuga de diputados tories que no estaban dispuestos a suscribir una política tan ausente de sentimientos humanitarios.

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Delincuentes con uniforme policial

Juan Andrés Benítez murió el 5 de octubre de 2013 tras sufrir una paliza a manos de varios mossos d’esquadra en el barrio barcelonés del Raval. El crimen nunca será juzgado porque no habrá juicio. Las defensas y las acusaciones han llegado a un pacto por el que los policías reconocen una cierta culpabilidad –aunque esto no es cierto en absoluto– y la Fiscalía y la acusación popular han retirado los cargos más graves, en este caso, penas de hasta 14 años por el delito de homicidio.

La maquinaria de la justicia tiene reglas y limitaciones que los profanos desconocemos. Lo que se aplica es la ley, y eso no siempre coincide con la justicia. Para enviar a alguien a prisión, hay que tener pruebas, no sólo sospechas. El fiscal debe valorar si podrá conseguir una sentencia de culpabilidad con los resultados de la instrucción. En un juicio con jurado, intervienen también otros factores que ambas partes no pueden controlar. En este caso, hubo otros elementos que intervinieron en la muerte de Juan Andrés Benítez, pero hay una cosa que está clara. Sin la intervención de los policías, Benítez no habría muerto ese día.

Sin embargo, en el caso de los delitos más graves, el fiscal tiene la obligación de ir hasta el final a nada que la instrucción haya permitido llegar a la conclusión de que los derechos de alguien han sido violentados, en especial si se trata del derecho a la vida. Y si el delito ha sido cometido por funcionarios públicos, por los responsables de hacer cumplir la ley, esa necesidad se convierte en ineludible. De lo contrario, los ciudadanos terminarán convencidos de que ciertas personas con poder gozan de impunidad.

Eso es lo que ha ocurrido en Barcelona, donde un caso de brutalidad policial se ha cerrado con una condena pactada a dos años de prisión para seis mossos – por un delito de homicidio por imprudencia y otro contra la integridad moral– que no supondrá el ingreso en prisión. Además, sufrirán una pena de inhabilitación de dos años que aún no está claro a partir de qué fecha empieza a contar.

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La inmensa decepción de Aung San Suu Kyi

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Hay pocas decepciones mayores en los últimos años que Aung San Suu Kyi. Pasó 15 años en arresto domiciliario, internada por la dictadura militar de Birmania que había impedido que su partido obtuviera el poder obtenido en las urnas. En 1991, recibió el Premio Nobel de la Paz. Ahora dirige el Gobierno y en la primera crisis importante se ha alineado con el nacionalismo birmano más excluyente, el mismo que profesaban los militares que la mantenían encerrada, contra una minoría que profesa otra religión. Ya antes se había encerrado en el silencio o en la equidistancia para hablar de ese problema. Era una forma de congraciarse con los sectores más nacionalistas para no perjudicar sus opciones de llegar al poder.

Suu Kyi niega a la minoría musulmana rohingya incluso el derecho a usar ese nombre porque no los considera auténticos birmanos. Ha llegado a pedir al embajador de EEUU que no use ese término.

Editorial del NYT:

“No hay duda de que el Estado de Rajine, uno de los (estados) más pobres de Myanmar, es un complejo polvorín de resentimientos sectarios que exige las políticas más cautelosas. Pero eso simplemente no puede basarse en la perpetuación de la persecución sistemática y marginación de los rohingya en la vida política y social de Myanmar. Desde luego que no puede basarse en negar incluso el nombre a los rohingya.

En última instancia, no importa la razón por la que Aung San Suu Kyi no quiere que los norteamericanos utilicen la palabra rohingya. Lo que importa es que una mujer cuyo nombre ha sido sinónimo de derechos humanos durante una generación, una mujer que demostró un valor inquebrantable ante el despotismo, ha continuado con la política completamente inaceptable de los gobernantes militares a los que ella sucedió en el poder”.

Del informe de Amnistía Internacional sobre la situación de la minoría rohingya en 2015 y 2016:

“La situación de la minoría rohingya siguió deteriorándose. La mayor parte de sus integrantes seguían privados de sus derechos como ciudadanos en virtud de la Ley de Ciudadanía de 1982, su derecho a la libertad de circulación continuaba gravemente restringido, tenían acceso limitado a cuidados de salud de importancia vital y se les negaban el derecho a la educación y la igualdad de oportunidades laborales. Se recibieron constantes informes sobre detenciones arbitrarias, tortura y otros malos tratos de rohingyas detenidos, así como de muertes bajo custodia a manos de las fuerzas de seguridad. Los observadores internacionales siguieron teniendo un acceso extremadamente limitado al estado de Rajine.

En febrero, el presidente anunció la revocación de todas las Tarjetas de Registro Provisional —también conocidas como “tarjetas blancas”—, con lo que numerosos rohingyas quedaron sin ningún documento de identidad. Esta medida impidió, de hecho, votar en las elecciones de noviembre a la población rohingya y a los demás titulares de la tarjeta. La exclusión de los rohingyas se acentuó aún más con la inhabilitación de casi todos los candidatos rohingya que solicitaron presentarse a las elecciones. También fueron inhabilitados muchos otros musulmanes por razones discriminatorias.

El deterioro de su situación impulsó cada vez a más rohingyas a abandonar Myanmar. Según el ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, se calculaba que durante el año 33.000 personas —tanto rohingyas como ciudadanos bangladeshíes— habían salido en barco desde la Bahía de Bengala. En mayo, al tomar la vecina Tailandia enérgicas medidas contra la trata, miles de personas —muchas de ellas rohingyas que huían de Myanmar— quedaron abandonadas a su suerte en el mar, en embarcaciones masificadas controladas por traficantes. Muchas de estas personas fueron golpeadas y tomadas como rehenes”.

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La derrota del odio en Londres

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El hijo de un conductor de autobús ha derrotado al hijo de un multimillonario en las elecciones de Londres. El hijo de un matrimonio de paquistaníes que emigró a Gran Bretaña ha vencido al hijo de un financiero euroescéptico que creía que los medios de comunicación británicos estaban controlados por comunistas. Sadiq Khan creció en un piso de protección oficial de tres dormitorios con sus siete hermanos. Zac Goldsmith estudió en Eton.

Todo eso es cierto, pero no es lo más importante. La victoria del laborista Sadiq Khan tiene un sabor especial porque ha supuesto el fracaso de una estrategia xenófoba y de odio que ha intentado enfrentar a las comunidades que han convertido a Londres en lo que es: una ciudad en la que conviven con todas las dificultades habituales en una metrópoli gente que procede de todo el planeta. Para salvar a un candidato que iba muy retrasado en las encuestas, se apostó por el juego sucio. Teniendo en cuenta todo lo que está ocurriendo en Europa en los últimos tiempos, los ciudadanos de Londres pueden felicitarse por su buena suerte. Aunque en realidad todo esto no tiene nada que ver con la suerte.

Desde el primer momento, desde antes de que el conservador Zac Goldsmith presentara oficialmente su candidatura, los tories hicieron frente común para presentar a Khan como un peligroso extremista. Se cuidaron mucho de decir que era musulmán. Eso hubiera demasiado obvio. “En Islam y el Partido Laborista, hay un enfrentamiento y en ambos casos Khan, con independencia de sus ideas, está sosteniendo a los extremistas”, dijo el alcalde saliente, Boris Johnson. El ministro de Defensa, Michael Fallon, afirmó que Khan tenía un largo historial de intervenir en actos públicos “junto a extremistas” (refiriéndose a un imán que fue difamado por Cameron en un debate parlamentario)

La ministra de Interior, Theresa May, sostuvo que era malo para la seguridad que Londres fuera dirigida por él cuando afronta “una amenaza terrorista significativa”. Su frase sí que es significativa porque citó los casos en que Khan había defendido a “extremistas”. Se refería a su trayectoria, antes de entrar en política, como abogado experto en derechos civiles y los casos, por ejemplo de abusos policiales, en los que había defendido a personas injustamente acusadas. Eso era una de las cosas que más molestaba a los tories, siempre dispuestos a promover políticas que utilizan la amenaza terrorista para socavar las libertades civiles.

Pero donde la campaña tory demostró sus colores fue cuando envió por correo a personas de la comunidad de origen hindú, sij o tamil mensajes con los que predisponerles contra Khan. El propio David Cameron firmó una carta dirigida a ellos en la que les alertaba del peligro que suponía el candidato laborista. Con él de alcalde, “los londinenses se convertirán en ratas de laboratorio de un gigante experimento político”.

Otros mensajes, menos sutiles, advertían de la supuesta intención de su partido de promover un impuesto a la posesión de joyas, sabiendo que en la comunidad india es tradicional que muchas familias guarden sus ahorros no en dinero en efectivo en el banco, sino en forma de joyas. La intención era clara: presentar al rival como un musulmán del que personas de otras comunidades étnicas deberían desconfiar.

El promotor de esos mensajes era Lynton Crosby, un consultor australiano que inauguró con éxito su estilo en las campañas del primer ministro de ese país, John Howard, basadas en el nacionalismo más excluyente y en los peligros que la inmigración supone para la mayoría blanca de ese país, y que ahora es un fijo en casi todas las campañas tories en el Reino Unido.

Ese estilo es la posición de partida de los conservadores en todas las citas en las urnas, no algo reservado para algunos de sus oponentes. Khan no encajaba en el perfil del peligroso izquierdista. No votó a Jeremy Corbyn en las primarias laboristas y en la campaña se mantuvo alejado de las peleas internas que están desangrando al partido y de muchas de las ideas de su líder actual. Condenó rápidamente las estúpidas declaraciones del exalcalde Ken Livingstone sobre Hitler y el sionismo. Y dijo que la comunidad musulmán tiene una responsabilidad especial en la denuncia del extremismo yihadista. Declaraciones similares le han valido ataques de auténticos extremistas (no los que aparecen en la propaganda tory) y le han obligado a contar con protección policial en algunas ocasiones.

Aunque el alcalde de Londres en los últimos ocho años ha sido el conservador Boris Johnson, los tories lo tenían difícil en la capital, una ciudad que suele votar a los laboristas. Pero la suya no era una campaña teñida de desesperación, sino una estrategia deliberada en épocas electorales: presentar a sus oponentes como individuos que no son auténticos británicos y que se muestran comprensivos con los enemigos internos y externos del país.

Esta vez, la táctica del miedo y el resentimiento racial no funcionó. Khan recibió 1.300.000 votos y tuvo una ventaja de 14 puntos sobre su rival (57%-43%). Y con una participación del 45,6%, la mayor nunca en unas elecciones locales en Londres. Goldsmith perdió con deshonor.

En una época en que Europa ignora los valores que dice defender y se blinda como una fortaleza ante los dramas del exterior, incluidos aquellos en los que tiene una responsabilidad, y en que varios gobiernos de Europa del Este han hecho de la xenofobia su principal activo político, las elecciones de Londres arrojan un breve momento para la esperanza, como lo fueron las derrotas en España de Javier Maroto y Xavier García Albiol.

No todo está perdido.

El sábado por la noche, Khurram Zaki, activista por los derechos civiles en Pakistán, fue asesinado en Karachi mientras cenaba con dos periodistas. Recientemente, había denunciado a un clérigo extremista por sus amenazas a los chiíes de la ciudad. Esto es lo que escribió sobre Sadiq Khan unas horas antes de ser acribillado a balazos.

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El retrato de Juan Luis Cebrián

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Por pura supervivencia mental o porque ya carecen de valores, muchos líderes del mundo político, económico o cultural terminan negando todo lo que fueron y todas las ideas que fueron suyas. Sostienen la ficción de que ellos no han cambiado, sólo las circunstancias, y claman que las críticas que reciben forman parte de una corriente de conspiraciones que se remontan a mucho tiempo atrás. En general, apelarán a la envidia para desdeñar cualquier crítica.

En el mundo periodístico no hay mejor ejemplo de todo esto que Juan Luis Cebrián. Primer director de El País, fue por tanto el primer responsable de su éxito periodístico y económico. Años después, fue el principal culpable del hundimiento económico de Prisa. En los últimos años, ha debido de ocuparse de conseguir nuevos accionistas para la empresa y de las relaciones con los bancos que se convirtieron en accionistas porque era imposible devolver los créditos recibidos. Cebrián continúa recibiendo una compensación económica multimillonaria, lo que ayuda a explicar por qué a los 71 años sigue en el puesto. La empresa es cada vez más pobre y él es cada vez más rico.

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Ted Cruz deja al Partido Republicano en manos de Trump

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Este mismo mes, John Boehner dio el veredicto menos ambiguo sobre el candidato con el que muchos dirigentes republicanos pretendían frenar a Donald Trump en las primarias presidenciales. El que fue presidente de la Cámara de Representantes durante casi 15 años hasta 2015 definió así al senador de Texas Ted Cruz en una conferencia en la Universidad de Stanford:

“Lucifer en cuerpo y alma. Tengo amigos republicanos y demócratas. Me llevo bien con casi todo el mundo, pero nunca he trabajado con un hijo de puta más miserable en toda mi vida”.

Tras sufrir una rotunda derrota en Indiana, el “hijo de puta” ha retirado su candidatura.

nydn trumpYa nada puede detener a Trump en su carrera para hacerse con la nominación presidencial. El juego de la “convención abierta” que permitió tantas especulaciones con poco fundamento en los medios de comunicación no tiene sentido. John Kasich aún sigue siendo candidato, pero es sólo una anécdota. Trump llevará su campaña ultranacionalista, xenófoba y autoritaria a primera línea de fuego, y probablemente se quemará en ella de forma espectacular.

Lo que aterroriza a los republicanos no es que sea derrotado por Hillary Clinton con claridad, sino que arrastre consigo en la debacle a muchos congresistas del partido y que los demócratas recuperen la mayoría, al menos en el Senado.

El veredicto de Boehner sobre Ted Cruz no se justificaba sólo por el hecho de que ya retirado no tiene por qué preocuparse de lo que dice. Otros congresistas republicanos tenían la misma opinión. Una muy divertida fue la que expresó el senador Lindsey Graham en una cena con periodistas en febrero: “Si mataras a Ted Cruz en el hemiciclo del Senado, y el juicio se celebrara en el Senado, nadie te condenaría”. Un mes después, Graham apoyó la candidatura de Cruz, lo que demuestra hasta qué punto estaban desesperados los políticos republicanos.

Por seguir con el circo, una definición algo gastada para referirse al proceso electoral norteamericano, pero que nunca fue tan cierta como en estas primarias republicanas, hay que aprovechar la oportunidad para volver a desmentir que Cruz fuera el asesino del Zodiaco. Vale, sólo era una broma de Internet, pero algunos artículos mencionaban que al menos Cruz cumplía algunos requisitos básicos del perfil de un asesino múltiple. Un tipo solitario, de no demasiadas luces, al que ni sus colegas más cercanos respetan y que alberga ideas un tanto terroríficas sobre lo que le haría a la sociedad si pudiera. Hay gente que ha matado por menos.

Cruz era un ultraconservador, como también lo fueron otros políticos republicanos que llegaron bastante lejos en las primarias en las dos últimas elecciones. Era el candidato natural de la derecha evangélica para la que la separación de la Iglesia y el Estado es uno de los grandes errores de la Constitución de EEUU. Sólo la irrupción de Trump le convirtió en la única esperanza para acabar con el millonario. Y también el hecho de que las figuras del establishment que se presentaron resultaron ser especialmente ineptas en una de las exigencias naturales del puesto: buscar votos entre gente que tiene ideas similares a las tuyas.

Al final, los republicanos se han quedado encerrados en una habitación muy pequeña con el monstruo de Frankenstein que contribuyeron a crear con todas las piezas que han ido acumulando con su política destructiva de los últimos 15 años. Como dice la senadora demócrata Elizabeth Warren, Donald Trump es ya el líder del Partido Republicano.

Y ahora, si yo fuera la policía de Texas, tendría un ojo puesto en Ted Cruz. Los asesinos múltiples pueden reaccionar muy mal ante el desprecio de sus semejantes.

17.15

Para terminar de cerrar su fracasada campaña, Cruz golpea (sin querer) no una sino dos veces a su mujer en la cara. Primero con la mano, luego con el codo. Si hubiera tratado desde el principio a Trump igual de mal que a su mujer, lo mismo lo habría tenido mejor en las primarias.

Hay que sumarlo a uno de los momentos más embarazosos que se recuerdan en un candidato presidencial, alguien que debe estar acostumbrado a besar y coger niños de desconocidos para pescar votos (de sus padres). Fue a besar su propia hija y la niña reaccionó como si le estuviera acosando un desconocido de aspecto asqueroso. Algo sabía ella que nosotros desconocemos.


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Historia de una traición

packerLa aparición en España de un libro sobre la invasión de Irak once años después de su publicación en EEUU invita a recordar que la mayoría de los libros escritos por periodistas tienen una esperanza de vida determinada. No hay un elixir de la vida que los mantenga vivos eternamente si los acontecimientos se suceden y no cesan de arrojar tierra sobre las obras escritas años atrás. ¿Cómo decidirse a leer un libro que contó hace tiempo una historia que desde entonces has encontrado en muchos artículos y otros libros?

Nunca es demasiado tarde para hacerse la pregunta ¿dónde empezó todo?, pero el lector sentirá la tentación de ahorrar tiempo y buscar una versión más reducida y poder dedicar las horas ganadas a lo que está ocurriendo ahora. Sin embargo, La puerta de los asesinos, de George Packer, periodista de la revista The New Yorker, merece una oportunidad del lector español que no lo conozca.

En primer lugar, por la identidad del autor. Packer era un firme partidario de la invasión de Irak para derrocar a Sadam Hussein. Como uno de los denominados liberal hawks (halcones progresistas), creía que acabar con una dictadura tan cruel como la iraquí era casi una exigencia moral.

Sus razones no eran las de los neoconservadores, pero su objetivo terminaba siendo el mismo. El fin de Sadam sólo podía traer consecuencias positivas a Oriente Medio, porque entre otras cosas negaría ese determinismo histórico, orientalista, se podría decir, por el que los pueblos árabes sólo pueden ser gobernados por regímenes tiránicos.

La segunda razón viene por el hecho de que después de lo que algunos llamaron el fin de la guerra, Packer decidió volver a la escena del crimen y comprobar por qué el sueño de un nuevo Irak se parecía mucho más a una pesadilla. Y al mismo tiempo entrevistó en EEUU a algunos de los que habían promovido la invasión como la solución a todos los problemas. En otras palabras, a los auténticos responsables de la traición.

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Guerra de exterminio en Alepo

Esta mujer ha perdido a su hijo en la última semana de bombardeos sobre la ciudad de Alepo. La única diferencia con las decenas de víctimas ocurridas estos días en los dos lados en que está dividida la ciudad es que podemos ver su cara y ser testigos de su dolor durante unos segundos. Después de eso, podemos seguir con nuestras vidas porque esa tragedia está fuera de nuestro control.

Lo malo, lo que es mucho peor, es que los gobiernos también han decidido lo mismo, bien porque no pueden hacer nada al respecto o porque no les sirve con que acabe esa guerra. Necesitan un desenlace determinado, uno que favorezca sus intereses o su posición sobre quién debe gobernar lo que quede de Siria en el futuro.

Este sábado, los equipos de emergencia que operan en la zona de Alepo controlada por los insurgentes habían contabilizado en los últimos ocho días 260 ataques aéreos, 110 de artillería y 18 impactos de misiles. Esa lluvia de fuego constante se había llevado por delante 189 vidas.

El viernes, fueron atacados cuatro centros médicos, entre los que estaba un hospital apoyado por Médicos sin Fronteras y la Cruz Roja. Es una estrategia deliberada para aumentar el número de víctimas. Cada médico muerto equivale a muchas más vidas que no podrá salvar.

Los barrios controlados por el Gobierno también sufrieron el ataque indiscriminado de los grupos insurgentes en forma de cohetes y proyectiles de mortero. La cifra de muertos en esa zona se cuenta por decenas, 96 según un recuento citado por Reuters.

En ambos casos, la inmensa mayoría de víctimas son civiles.

Tras el fracaso del alto el fuego, Washington y Moscú han negociado una especie de sucedáneo de cese de hostilidades temporal. Sólo se aplica en dos zonas este fin de semana, la provincia de Latakia, controlada en su mayoría por el Gobierno sirio, y el enclave oriental de Ghuta, un barrio de la periferia de Damasco que dominan los insurgentes. Los norteamericanos quisieron incluir Alepo, pero los rusos no lo aceptaron. El Gobierno está en mitad de una ofensiva para acabar con sus enemigos en esa provincia y no va a aceptar que lo frenen. En cualquier caso, este amago de nueva tregua sólo tiene una duración de 24 horas para Ghuta y 72 para Latakia.

En esta guerra de varios frentes y múltiples contendientes, Alepo se ha convertido en el lugar en el que la victoria puede suponer un triunfo propagandístico y militar de grandes dimensiones. Tiene el valor simbólico de haber sido la mayor ciudad del país (hoy quizá queden dentro 400.000 habitantes de los dos millones que había en la ciudad y sus inmediaciones antes de la guerra). Su división en los últimos cuatro años era un símbolo del empate estratégico de la contienda. Demostraba que los insurgentes no podrían derrocar a Asad y también que el régimen no podría eliminar a sus enemigos.

Lo ocurrido en los últimos meses ha cambiado la situación. Las victorias de las milicias kurdas en el norte del país han hecho más difícil que Turquía pueda seguir ayudando a los insurgentes. Estos se encuentran divididos y nunca han podido contar con un mando unificado. Su única esperanza era que EEUU hubiera impuesto una zona de exclusión aérea en el norte de país, como pretendía Turquía, pero una vez que Rusia envió sus aviones a Siria, esa medida era imposible. Antes Washington tampoco estaba muy interesado en una idea que habría contado con el veto ruso en la ONU y que podría haber causado el hundimiento del régimen y la victoria subsiguiente de los grupos insurgentes más poderosos, los yihadistas de Al Nusra o ISIS.

Los periódicos gubernamentales sirios anuncian estos días que los bombardeos son el preludio de una ofensiva general para recuperar el control de todo Alepo. Intentos anteriores han fracasado desde 2012, pero esta vez el Gobierno cree que el apoyo ruso le ha permitido recuperar la iniciativa en estos meses y tiene que aprovechar esa oportunidad.

Esa ventaja militar no lo es tanto en el plano económico. Ahí, la legitimidad del Gobierno –su capacidad para aislar al ciudadano de las consecuencias de la guerra– ha sufrido un duro golpe con la constante depreciación de la moneda y la espiral inflacionista posterior. En el mercado negro, el dólar ha superado la barrera de las 500 libras sirias por primera vez. El cambio oficial (443) no se aleja demasiado de esa cifra. En 2015 estaba a 250.

En los años anteriores, la ayuda económica iraní permitió defender la cotización de la libra y contener el aumento de precios. Ya no es posible. Eso ha afectado al suministro de combustible para uso civil y al precio de alimentos básicos. El Estado carece de fondos para seguir manteniendo los subsidios a productos como el azúcar, harina o aceite. A finales de marzo, el precio del pan subvencionado –fundamental para las personas con menos recursos, incluidos los desplazados por la guerra– subió un 40%. Hasta la versión en árabe de Russia Today ha informado que la inflación está fuera de control. Y como siempre que el mercado negro es un factor esencial de la economía, la corrupción alcanza a todos los niveles del funcionamiento del Estado. Hay mucho dinero que ganar en una guerra.

Todos esos sacrificios minan la capacidad del Gobierno para presentarse como la única alternativa al caos. Tiene que ofrecer algo a cambio, alguna perspectiva de que puede ganar la guerra, un triunfo que haga ver que el futuro será diferente. Alepo es la mejor oportunidad que se le presenta. Su destrucción es un precio que está dispuesto a pagar.

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En una guerra contra las mujeres, Trump pierde siempre

trump mujeres

Hay varios aspectos de la campaña de Donald Trump que son un regalo caído del cielo para Hillary Clinton. Ninguno es más importante que su desprecio, poco disimulado, por las mujeres. Hay innumerables testimonios que lo demuestran de la época en que ni imaginaba que podía presentarse como candidato a unas elecciones. Pero la cosa no acaba ahí. Ya inmerso en las primarias republicanas, ha vuelto a dejarse llevar por su visión extrema de la misoginia, siendo sus ataques a la presentadora de Fox News Megyn Kelly el ejemplo más conocido.

Como su rival en las elecciones va a ser una mujer, Trump no podía evitarlo. Más tarde o más temprano, tenía que recurrir al machismo invertido, es decir, afirmar que su rival goza de ventaja por el hecho de ser una mujer.

Clinton ha obtenido hasta ahora 12.135.109 votos (en las republicanas, Trump ha recibido 10.056.690, lo que le pone en camino de un récord).

La cifra de Clinton es un 57% de los votos emitidos en las primarias. Según la teoría del millonario, todo lo que supera el 5% hasta el 57% sería el ‘plus femenino’ del que disfruta Clinton. Con tal regalo, resulta difícil comprender cómo es posible que nunca antes una mujer haya sido elegida presidente de EEUU.

Este tipo de declaraciones, además de no resistir una mínima comparación con la realidad, suponen una carga insuperable para la campaña de Trump por el pequeño detalle, bien conocido por todos, de que más o menos la mitad del censo electoral está compuesto por mujeres. Por eso, no debe sorprendernos que todas las encuestas que tienen en cuenta el factor de género estén ofreciendo datos nunca antes vistos sobre el rechazo que Trump provoca entre las mujeres.

Como todos los candidatos republicanos, Trump parte con desventaja entre las minorías como negros o latinos. Pero sus números entre las mujeres de raza blanca son también deplorables. Según un sondeo reciente, el 75% de las mujeres tiene una opinión negativa de él. Pero a los republicanos no les suele ir tan mal con las mujeres de raza blanca (Romney tuvo el 56% de sus votos en 2012). Un sondeo de finales de marzo indica que en ese segmento Trump sólo llegaría al 38% frente a Clinton.

En el caso de que Trump tenga alguna posibilidad en unas elecciones presidenciales, parece claro que las mujeres se ocuparán de que se quede muy lejos de la Casa Blanca.

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