Rusia aumenta su papel como la potencia extranjera más influyente en Siria

Esta animación con mapa del NYT explica los acontecimientos ocurridos en Siria en las últimas semanas que han permitido a Erdogan expulsar a las milicias kurdas y árabes del norte del país, al Gobierno sirio recuperar una gran porción de territorio y confirmar la posición de Rusia como la potencia extranjera más influyente sobre el terreno.

EEUU contaba con 2.000 soldados en el norte, una intervención reducida en número de efectivos, pero que le permitía, gracias a su pacto con las milicias kurdas, mantener una importante influencia en los acontecimientos. La situación era de cierto empate estratégico que impedía Damasco aumentar su control territorial. La decisión de Donald Trump de dar luz verde a la última ofensiva turca cambió todo esto. Aún queda por saber cómo se concretará el último paso de Trump con su intención de mantener fuerzas en la zona este del país en torno a los campos petrolíferos existentes allí.

Sin acceso a los fondos por la extracción de ese petróleo, el Gobierno sirio se queda sin el dinero que necesita para afrontar la reconstrucción del país, pero políticamente supone ciertas ventajas para Asad. En unas declaraciones a la televisión de su país, el presidente sirio ha dicho que Trump es «el mejor presidente posible» a causa de su «total transparencia» a la hora de dejar claro su deseo de controlar el petróleo sirio. Eso muestra, según Asad, que EEUU se comporta como la típica potencia colonial que más tarde o más temprano tendrá que abandonar Siria, tal y como pasó en Irak.

Asad se muestra realista sobre los límites de la expansión del poder de su Gobierno en las zonas controladas hasta ahora por las milicias kurdas. De hecho, no exige que estas milicias entreguen sus armas al Ejército ahora mismo, pero «el objetivo final es que se vuelva a la situación anterior, que es el control total por el Estado».

Abandonados por EEUU, las milicias kurdas están abocadas a negociar un acuerdo permanente con Damasco en el que el Gobierno tendrá más posibilidades de imponer su autoridad si hace concesiones a los kurdos sobre un cierto nivel de autogobierno en esas zonas. Los rusos e iraníes se ocuparán de convencer a Asad de que es el momento adecuado para cortar de raíz cualquier posibilidad de que en el futuro los kurdos vuelvan a aliarse con Washington.

El objetivo último del Gobierno sirio es recuperar el control de la provincia de Idlib, dominada ahora por varios grupos insurgentes de los que el más importante es el que hasta hace un año estaba asociado con Al Qaeda. Las relaciones de Rusia y Turquía son el factor decisivo en cualquier estrategia que pase por debilitar a esos grupos antes del asalto final.

Esta semana, representantes del Gobierno sirio, algunas organizaciones de la oposición, en su mayoría sostenidas por Turquía, y de la sociedad civil se reunieron en Ginebra en una ronda de contactos que continúa el proceso iniciado en Astana, apadrinado por rusos, turcos e iraníes. El objetivo es llegar a un acuerdo sobre la futura Siria que saldrá de la guerra. EEUU y la UE tuvieron un papel menor en los contactos anteriores y no parece que eso vaya a cambiar mucho.

Fabrice Balanche, profesor francés y experto en Siria, es de los que creen que Rusia puede utilizar en su beneficio la presencia militar turca en el norte del país: «La presencia turca concede a los rusos capacidad de presión sobre el régimen (sirio). Es similar en parte a la estrategia de Moscú en el Cáucaso, donde hay conflictos estabilizados sobre territorios en disputa. Rusia juega el papel de ‘mediador útil’ entre los ocupados y los ocupantes. Rusia tampoco quiere que Turquía abandone el norte de Siria, porque ve a Turquía como su caballo de Troya en la OTAN. Mientras Turquía esté en Siria, su cooperación militar con Rusia debe continuar», dice en esta entrevista.

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EEUU abandona a su suerte a los kurdos, pero no al petróleo sirio

Al principio, parecía una broma o un intento del Pentágono por tranquilizar a los congresistas republicanos alarmados por la decisión de Donald Trump de retirar las tropas del norte y este de Siria. Washington había vuelto a traicionar a los kurdos dejándolos a merced del Ejército turco. Pero resultaba que había algo más importante que sí convenía proteger: el petróleo. Dieciséis años después de la invasión de Irak, volvía a aparecer el mismo tema como justificación de una intervención militar de EEUU y esta vez la fuente era el mismo Pentágono.

La información terminó confirmándose. No era una broma ni un rumor para enfurecer aun más a los kurdos. EEUU desplegará centenares de soldados en el este de Siria para proteger los campos petrolíferos existentes en esa zona. «Se mantendrá una presencia (militar) reducida en Siria para negar al ISIS el acceso a los ingresos del petróleo», dijo el secretario de Defensa el viernes. La cifra de tropas implicadas estará en torno a 500 y el despliegue tendrá que incluir blindados y apoyo logístico para sostener a esas tropas.

El anuncio previo de retirada había producido la sucesión ya habitual de análisis sobre cuál es en realidad la política exterior y de defensa de Trump. Una vez más, la realidad que se impone es que no existe tal cosa o al menos una estrategia que merezca ese nombre. Todo se reduce a las improvisaciones que surgen de la Casa Blanca, basadas a veces en su intento de tener buenas relaciones con Rusia y Turquía o bien en su permanente denuncia de que EEUU es timado por sus aliados por todo el mundo.

Buscar coherencia en sus mensajes es una empresa imposible, porque puede decir una cosa y la contraria en cuestión de días o semanas. Con los kurdos, pasó algo más de tiempo. Elogió en 2018 su valentía al luchar contra el ISIS. Un año después, decía que «no eran unos ángeles».

Los campos petrolíferos a los que se ha referido Trump son los de la provincia de Deir al-Zour, que eran protegidos por milicianos kurdos y soldados de EEUU. En un tuit del jueves, Trump sugirió que los kurdos podrían «quizá» trasladarse a esa zona, en el este del país, y por tanto abandonar el norte de donde los turcos quieren expulsarles. Pocas veces se ha visto a un presidente de EEUU certificar de forma tan a la ligera un proyecto de limpieza étnica, en este caso provocado por la invasión de las tropas turcas.

No es la primera vez, ni será la última, que EEUU traiciona a los kurdos. La coalición de fuerzas kurdas y árabes se enfrentó a ISIS en todo el norte de Siria hasta expulsarlos de las ciudades que controlaba. No lo hubiera conseguido sin el apoyo aéreo norteamericano, pero el precio fue muy alto. Murieron 11.000 de sus combatientes, hombres y mujeres. Los norteamericanos tuvieron seis bajas mortales.

La rápida retirada estadounidenses ofreció imágenes nada habituales, como la de la base en Manbij abandonada. Las tropas no habían tenido mucho tiempo para organizar la retirada, con lo que dejaron atrás material que en otras circunstancias se hubieran llevado con ellos. Se subieron a sus vehículos y se dirigieron a Irak.

«Las fuerzas militares turcas y una coalición de grupos armados sirios apoyados por Turquía se han comportado (en esta ofensiva) con un total desprecio por las vidas de civiles llevando a cabo graves violaciones y crímenes de guerra, incluidos asesinatos sumarios y ataques ilegales que han matado y herido a civiles», según ha denunciado Amnistía Internacional.

No caben mucha dudas sobre los planes de Erdogan. Él mismo los ha descrito esta semana con un mapa del norte de Siria en una entrevista televisada. Esas zonas son apropiadas para árabes, dijo, no para kurdos –»por su estilo de vida»– al tratarse de una región desértica.

Los kurdos que huyeron de Afrin en una ofensiva turca anterior nunca han podido regresar a sus pueblos. La zona que Erdogan pretende poblar con sirios suníes desplazados por la guerra ya contaba antes de estos combates con unos 800.000 habitantes, de los que 650.000 eran kurdos.

Trump concedió a Erdogan el visto bueno para iniciar su nueva invasión del norte de Siria. Antes había eliminado los obstáculos que podían frenar el avance de las tropas. En agosto, militares estadounidenses obligaron a los kurdos a destruir las defensas y túneles, además de llevarse los depósitos de munición escondidos, que estaban preparadas para responder a una posible ofensiva turca. Erdogan no tardó muchos meses en aprovechar la oportunidad.

La polémica causada en EEUU hizo que Trump intentara justificarse con argumentos confusos o simplemente absurdos, además de amenazar con «destruir» la economía de Turquía por hacer lo que él mismo les había permitido. También se ganó el derecho a figurar en futuros libros sobre diplomacia, no en la parte dedicada a los éxitos, con una extraña y pueril carta dirigida personalmente a Erdogan. Se hizo famosa muy pronto al ser difundida por una periodista de Fox News. Es la carta en la que acababa escribiendo «no seas un tipo duro, no seas estúpido», que según los medios turcos acabó de inmediato en la papelera.

Erdogan tiene la guerra que quería. El Gobierno de Damasco ha entrado en negociaciones con los kurdos sirios, que no están ya en condiciones de elegir aliado, y ha conseguido así recuperar el control de más territorio en un día que en un año de combates. Rusia continúa con su labor de mediación entre Siria y Turquía y reforzando su influencia sobre ambos. Putin es recibido por el rey saudí en Riad, lo que supone en la práctica el reconocimiento de Rusia como una potencia que hay que tener en cuenta en Oriente Medio.

EEUU se ha quedado con los tuits de su presidente como principal fuente de influencia internacional. Y su instinto personal de promotor inmobiliario de Nueva York.

Foto superior: vehículos militares norteamericanos abandonan el norte de Siria con destino a Irak.

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El bicho abandona volando el mausoleo de Cuelgamuros

No mucho tiempo después del entierro de Franco, circuló la broma de que habían colocado una losa de tonelada y media sobre el ataúd para que no pudiera volver a salir. Por si acaso. En 1978, el escritor franquista Fernando Vizcaíno Casas publicó la novela Y al tercer año resucitó, en cuya trama el dictador abandonaba la tumba y se daba unos paseos por la España de la Transición, una excusa para burlarse de la confusión y caos de la nueva democracia. Hubo hasta película con un nutrido reparto con algunos de los actores españoles más conocidos y un cameo de Tip y Coll. El libro vendió centenares de miles de ejemplares. Vizcaíno llegó a vender cuatro millones de todos sus libros al tener un público mayormente derechista ávido de sus tramas satíricas.

La democracia ha tardado mucho en desprenderse de la figura de Franco, más que nada porque es imposible. La historia persigue a todos los pueblos y siempre termina por atraparlos. «La historia no se repite, pero rima», dice la frase falsamente atribuida a Mark Twain. La intención de olvidarse del pasado, hacer como si no hubiera existido –uno de los rasgos cruciales de la Transición española– es un ejercicio un tanto deshonesto, pero sobre todo inútil. En EEUU llevan más de siglo y medio afrontando las consecuencias de la Guerra Civil (1861-1865) y su legado racista. También en lo que se refiere a la pervivencia de los monumentos dedicados mucho tiempo después a las figuras políticas y militares de la Confederación.

La historia siempre está ahí. En Italia, hubo un partido con amplia representación parlamentaria –neofascista primero, posfascista después– que echaba de menos a Mussolini, con su nieta incluida, o entendía que era una figura lógica en su tiempo. Hay una Francia reaccionaria que nunca creyó que Petain fuera un traidor. En Reino Unido, sectores del Partido Conservador han mantenido durante décadas un discurso sobre la inmigración que no es menos racista que el del nazi Oswald Mosley o del tory Enoch Powell.

Ninguno de esos países cuenta con un mausoleo levantado a mayor gloria de un dictador y financiado con fondos públicos. Esa es la gran diferencia, la anomalía o aberración.

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El libro del juicio

«Justicia y libertad son palabras que los políticos repiten hasta la exasperación. En los últimos años y a causa de la crisis de Catalunya, se han unido otras como Estado de derecho y Constitución. Los conceptos que políticos y periodistas utilizan con profusión tienen a veces un periodo de caducidad de 24 horas o menos. En otros casos, se insiste en ellos con tanta frecuencia que no es raro que terminen perdiendo su significado o que quede alterado en función de los intereses particulares de quienes los emplean».

Este es el primer párrafo de la introducción de mi libro ‘El juicio. Una mirada crítica al proceso y a su sentencia que marcarán el destino de Catalunya y de España’ que publico con Roca Editorial y que saldrá a finales de octubre. Se venderá también traducido al catalán. Es una recopilación de las crónicas escritas a lo largo de los cuatro meses que duró el juicio a los responsables políticos del procés en el Tribunal Supremo. Todos los capítulos incluyen al final contenido extra dedicado a hechos de la vista y que no habían aparecido en las crónicas y a otros asuntos que ocurrieron fuera del tribunal. El libro no se ha publicado hasta ahora para poder dedicar un espacio a la sentencia, obviamente un elemento fundamental del juicio.

Cuenta con un prólogo escrito por el magistrado Joaquim Bosch. Hace una semana, Bosch publicó en el diario.es un artículo con su visión de la sentencia.

Estas líneas son para anunciar que el libro, de 208 páginas, ya se puede comprar como ebook en este mes de octubre, eh, con descuento. Está disponible en Amazon y también en el Amazon británico y el norteamericano. También está en Google Play y en Apple Books.

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La moda que mata más rápido al planeta

La industria textil nunca ha tenido muy buena fama en cuanto a las condiciones y trato a sus trabajadores. Ahora hay que incluir su impacto en el cambio climático y en la contaminación de los océanos a través de la dispersión de microfibras y la basura que genera la ropa desechada. En el libro ‘Fashionopolis. The Price of Fast Fashion & the Future of Clothes’, Dana Thomas explica el daño que está haciendo la ‘Fast Fashion’ y la ilimitada producción de prendas cuya esperanza de vida en los escaparates y los armarios es cada día menor.

Las cadenas de producción ofrecen ahora productos baratos de buena calidad que son indudablemente atractivos para el consumidor sin que este sea consciente del impacto global de la industria. Tragedias como la del edificio Rana Plaza en Bangladesh aumentan de forma súbita el nivel de concienciación de la gente y las promesas de la industria por hacer las cosas de forma diferente. La impresión posterior es que es difícil evaluar el nivel de los avances, en el caso de que existan. NYT:

«Thomas nos recuerda que la industria textil ha sido siempre uno de los rincones más oscuros de la economía mundial. Como producto representativo de la Revolución Industrial, los productos textiles fueron cruciales en el desarrollo del sistema capitalista globalizado y los abusos que se producen hoy se asientan sobre una larga historia. El trabajo esclavo en el sur de EEUU suministraba material a las fábricas de Inglaterra, conocidas por el trabajo infantil y otros horrores, y Estados Unidos, en la que los incendios en las fábricas acabaron con las vidas de nuevos inmigrantes en el comienzo del siglo XX. Thomas informa de que existen inmigrantes hoy en Los Angeles víctimas de la explotación y del robo de sus salarios, por no mencionar a los trabajadores de Bangladesh, China, Vietnam y otros lugares que afrontan condiciones laborales como poco siniestras o inhumanas en el peor de los casos. La moda es una industria que se ha basado en las penalidades que sufren los que no tienen poder ni voz, y en mantenerlos en ese estado».

La maldición de Bangladesh empieza en las tiendas de Europa y EEUU. Abril 2013.
Qué es lo que se puede y se debe hacer en Bangladesh. Mayo 2013.
John Oliver y esa ropa tan barata que compramos. Abril 2015.

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La respuesta de Warren a una cuestión que no desaparece

Elizabeth Warren dio la respuesta casi perfecta en un ‘town hall’ televisado sobre igualdad de derechos y comunidad LGTBi a la pregunta: ¿qué respondería a alguien que dijera que el matrimonio sólo puede darse entre un hombre y una mujer?

«Voy a suponer que es un tipo quien dice eso. Y diría: pues cásate con una mujer» (aplausos). «Estoy a favor de eso». Pausa. «Suponiendo que encuentres a una» (más aplausos).

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Trabajadores explotados en Qatar

Se acaban de celebrar los Mundiales de atletismo en Qatar y en 2022 será el momento del Mundial de fútbol. A pesar de todas las presiones recibidas y las promesas hechas, en ese país los derechos de los trabajadores que levantan las infraestructuras –todos ellos inmigrantes extranjeros– continúan siendo vulnerados con impunidad, según un informe de Amnistía Internacional:

«El informe ‘All work, no pay: The struggle of Qatar’s migrant workers for justice’ destaca que centenares de trabajadores extranjeros de tres empresas de construcción y limpieza han abandonado sus demandas en la justicia y vuelto a sus países sin dinero desde marzo de 2018. Ha ocurrido a pesar de la puesta en marcha por las autoridades qataríes de nuevos comités destinados a resolver rápidamente los conflictos laborales, como parte de las reformas acordadas antes del Mundial de 2022. Los comités recibieron el año pasado más de 6.000 quejas. La mayoría de ellas no se habían resuelto a finales del año».

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Por qué Trump aún no está en una posición como la de Nixon en los peores momentos del Watergate

Una de las mejores cronistas del Watergate –Elizabeth Drew desde The New Yorker– explicó el ambiente en que vivían los periodistas en los momentos más dramáticos de esa crisis: «Las noticias llegan demasiado rápido. Es más rápido y complicado de lo que cualquiera podría esperar. Es casi imposible asimilarlas». Se podría decir algo parecido de la semana en la que el ‘impeachment’ de Donald Trump pasó de repente de ser una posibilidad lejana a algo muy real, casi inminente, y de las muchas semanas que quedan por delante.

Las presiones de Trump al nuevo presidente ucraniano para que investigue los negocios de un hijo del candidato demócrata Joe Biden en ese país se convirtieron en el ‘smoking gun’ que los demócratas estaban esperando casi desde el primer minuto de su presidencia. Todo lo que resultó imposible en el caso de la investigación de la posible interferencia rusa en la campaña electoral de 2016 ahora se antoja al alcance de los enemigos de la Casa Blanca.

Frente a la complejidad y confusión del Rusiagate, el escándalo relacionado con Ucrania tiene la virtud de la simplicidad. Los protagonistas son muy pocos –y el más importante es Trump–, las intenciones del presidente parecen muy claras y el resultado buscado tiene una relación directa con las elecciones de 2020 que obviamente son más importantes ahora que las de 2016.

El proceso de destitución de un presidente en EEUU es inevitablemente un juicio político. La Cámara de Representantes debate y vota lo que sería el procesamiento del jefe de Estado. Es el Senado el que hace las veces de jurado en una votación que requiere una mayoría de dos tercios. La comparecencia de testigos en la Cámara Baja es similar a la que se produce en un juicio, pero no es menos importante lo que sucede fuera del legislativo. Las encuestas y el cálculo político que hacen los parlamentarios sobre las consecuencias que tendrá su voto para ellos son factores esenciales.

El presidente puede ser destituido si las pruebas contra él son irrefutables. Eso sólo es posible si además es políticamente vulnerable.

Las comparaciones de Trump con Richard Nixon son inevitables. Hay muchos elementos en común. Se trata de denuncias de abuso del poder del cargo para obtener beneficios políticos en la pelea con los adversarios. Se producen en una sociedad extremadamente polarizada a favor y en contra del presidente, donde las revelaciones de los medios de comunicación son vistas a partir de ese prisma. No es cierto, como se ha escrito tantas veces en EEUU, que los ataques de Trump a medios y periodistas no tengan precedentes. Los hay y los más graves se produjeron en la Administración de Nixon. En diciembre de 1972, dijo a Henry Kissinger, receptor habitual de sus confidencias: «No lo olvides nunca. La prensa es el enemigo. La prensa es el enemigo. El ‘establishment’ es el enemigo. Los profesores son el enemigo. Los profesores son el enemigo. Escríbelo cien veces en una pizarra».

La gran diferencia es que el Watergate fue un escándalo que se desarrolló a cámara lenta a lo largo de dos años. Implicó a un presidente que sería después reelegido con una mayoría abrumadora en noviembre de 1972 y que en enero de 1973 contaba con el apoyo del 68% de los encuestados por Gallup. El asaltó a las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate se había producido en junio de 1972, varios meses antes de las elecciones.

La evolución de las encuestas de Gallup sirve para saber en qué momentos la credibilidad de Nixon estaba en un punto tan bajo que provocó un crecimiento sostenido del número de personas que pensaban que debía ser destituido. También permite ver que sus partidarios tardaran mucho tiempo en perder la confianza en él.

Antes de valorarlo, conviene recordar algunas fechas. En septiembre de 1972, la prensa informó de que el fiscal general, John Mitchell, controlaba un fondo secreto en el Comité para la Reelección del Presidente que se utilizaba para obtener información confidencial sobre los demócratas. En octubre, Bob Woodward y Carl Bernstein, de The Washington Post, contaron que el FBI creía que el asalto al Watergate formaba parte de una operación de espionaje y sabotaje para favorecer la reelección de Nixon. Como sabemos, esas informaciones no perjudicaron en lo más mínimo a la campaña de Nixon, que derrotó con suma facilidad al demócrata George McGovern.

Los primeros meses de 1973 fueron una sucesión de pésimas noticias para Nixon. Eso contribuyó a ir minando su popularidad, pero no a hundirla. En marzo de ese año, el juez Sirica hizo pública una carta de uno de los autores de la operación del Watergate en la que se reconocía que se había cometido perjurio en el juicio por esos hechos.

En abril, Nixon forzó la dimisión de dos de sus principales consejeros, Haldeman y Ehrlichman, en lo que era un reconocimiento de que el juego sucio y el encubrimiento de los delitos habían tenido su origen en el corazón de la Casa Blanca. En ese momento, el apoyo a Nixon aún estaba en torno al 50%, según Gallup, y era mucho mayor entre los votantes republicanos.

Foto de los edificios Watergate presentada como prueba en la investigación en el Congreso.

 

En mayo de 1973, el Senado inició las audiencias de un comité especial para investigar el Watergate con capacidad para llamar a declarar a testigos y reclamar documentos al Gobierno. Eso aún no formaba parte de los procedimientos del ‘impeachment’, pero podía generar las pruebas que lo hicieran inevitable. Poco después, Gallup preguntó por primera vez en sus encuestas si Nixon debería abandonar el puesto con la pregunta «¿cree que el presidente Nixon debería ser destituido («impeached») y obligado a abandonar la presidencia?». Es la línea azul en el gráfico.

En esa primera encuesta, sólo el 19% respondió afirmativamente.

Muchas de las audiencias del comité investigador del Senado tuvieron un seguimiento masivo en la retransmisión televisiva. En julio de 1973, se produjo el primer momento dramático con la declaración de Alexander Butterfield, asesor de Nixon, que reveló que existía un sistema de grabación de las conversaciones del presidente en el Despacho Oval. La negativa de Nixon a entregar las cintas al fiscal especial del caso terminó provocando la ‘matanza del sábado noche’, es decir, el cese del fiscal especial y la dimisión del fiscal general y su número dos para no tener que cumplir las órdenes del presidente. Nixon estaba dispuesto a llegar a lo que fuera necesario para bloquear la investigación.

La cobertura del escándalo pasó a estar presente de forma destacada en todos los medios de comunicación. Los que habían ignorado la cobertura de The Washington Post y The New York Times o le habían prestado una atención secundaria no podían ignorar estos hechos. En ese momento, los norteamericanos que creían que Nixon debía dimitir era una minoría, el 38% frente al 51% que se mostraba en contra.

Eso no quiere decir que fuera muy popular. El porcentaje de los que apoyaban su gestión era aun menor de ese 38%. Es sólo que una cosa no llevaba a la otra. La idea del ‘impeachment’, sin precedentes en las décadas anteriores, era algo difícil de concebir para los votantes. Sabían que Nixon era responsable de lo que había ocurrido, aunque no estaban totalmente seguros de que eso justificara su destitución.

En la primavera de 1974, los partidarios del cese ya superaban a los opuestos, pero dentro del margen de error de la encuesta de Gallup. El país estaba dividido casi por la mitad.

En agosto, cuando el Comité de Justicia de la Cámara de Representantes votó a favor de su destitución, ya había una clara mayoría, el 57%, que reclamaba su salida del cargo. A partir de ahí, no había vuelta atrás. El pleno de la Cámara Baja votó a favor del ‘impeachment’. Nixon dimitió antes de que el Senado pudiera hacer las veces de jurado con un resultado que era ya previsible.

En la comparación entre Nixon y Trump, resulta fundamental valorar el papel de los medios de comunicación, en especial los de tendencia conservadora. El problema para Nixon es que muchos de los periodistas y académicos de derechas no consideraban al presidente como uno de los suyos. La revolución conservadora surgida gracias a la candidatura fracasada de Goldwater había iniciado el proceso de los republicanos a posiciones más radicales que se harían con el control del partido en la época de Reagan.

No se podía decir lo mismo de las bases del partido. Cuando la revista conservadora National Review endureció su discurso contra Nixon por el Watergate, sus lectores respondieron de forma masiva contra esas críticas. En ese ambiente de polarización, el hecho de que los medios considerados progresistas, como el Post y el Times, atacaran a Nixon era motivo suficiente para apoyarle a muerte.

En la actualidad, medios como National Review cuentan con una influencia mucho menor. Es Fox News quien casi monopoliza la atención de los votantes republicanos. No se puede descartar en absoluto el poder de las emisoras de radio por todo el país de ideología ultraconservadora siempre dispuestas a defender a Trump. «Lo único que necesitan saber es que prácticamente todo lo que aparece en los medios sobre el ‘impeachment’ es mentira», dijo el presentador de radio más conocido, Russ Limbaugh.

Trump presume en algunos de sus tuits que su apoyo entre los votantes republicanos es incluso mayor que el que disfrutaba Reagan. Todo depende de la encuesta en que te fijes, pero no está del todo equivocado.

Como ejemplo, esta frase de un congresista republicano: «Trump dijo que podía plantarse en mitad de la Quinta Avenida y matar a alguien de un tiro y ni aun así perdería partidarios. Si eso ocurriera, sería mejor que me sacaran fotos metiendo el cadáver en el maletero de un coche o mis votantes querrían saber por qué no había apoyado al presidente».

Trump ha demostrado varias veces que puede ser una amenaza para los congresistas republicanos que no le obedecen o votan en un sentido contrario a sus deseos. Los cargos electos en EEUU siempre están muy atentos a las respuestas que reciben de sus votantes a través de llamadas telefónicas o emails. Son muy conscientes de las consecuencias que tendría oponerse al presidente.

Las noticias de que Trump había presionado al presidente de Ucrania para que investigara los negocios del hijo de Biden en ese país fueron recibidas con el silencio por los congresistas republicanos. Nadie quería meterse en ese avispero. Cuando Trump animó en público a que el Gobierno de China investigara a Biden, el malestar era ya difícil de ocultar y algunos como el senador Mitt Romney dieron un paso al frente. La mayoría prefirió seguir callada. La rápida e insultante respuesta de Trump a Romney les convenció de las ventajas de la discreción. Colin Powell dijo que estaban «aterrorizados» ante lo que el presidente podía decir y no le faltaba razón.

Este artículo del Post cuenta con varios testimonios que ayudan a explicar la actitud de los políticos republicanos. La media de sondeos en ese momento indicaba que los encuestados estaban divididos casi al 50%. Un 48% a favor y un 46% en contra. Sin embargo, el resultado era muy distinto entre los votantes republicanos. Sólo el 11% apoyaba el ‘impeachment’.

Hasta finales de septiembre cuando las revelaciones sobre el escándalo ucraniano aún no habían echado raíces en la opinión pública, el apoyo al ‘impeachment’ de Trump era minoritario, como en general lo había sido a lo largo de la crisis por la interferencia rusa en la anterior campaña. Eso empezó a cambiar muy pronto.

La última media de encuestas que aparece en RealClearPolitics coloca la popularidad de Trump justo por encima del 43% y el rechazo cerca del 54%. Nada que ver con los números de los que disfrutaba Nixon cuando arrancó el Watergate. El actual presidente parte de una posición muy inferior. La abundancia de fuentes periodísticas y el efecto multiplicador de las redes sociales introducen además elementos nuevos que pueden hacer que los acontecimientos se aceleren y tengan consecuencias inmediatas. Es un lugar común, pero el mundo contemporáneo discurre a más velocidad que en los años 70.

Una encuesta de The Washington Post, conocida este martes, confirma que una clara mayoría apoya la investigación iniciada por la mayoría demócrata de la Cámara de Representantes (58%-38%). Un porcentaje inferior (49%) se muestra a favor de la destitución de Trump. Es significativo que casi un 30% de los votantes republicanos apoye la investigación previa iniciada por la Cámara de Representantes, según esa encuesta, un número mucho mayor que lo descubierto por sondeos anteriores. En función de las revelaciones que se conozcan en las próximas semanas o meses, ese grupo de votantes será examinado con detenimiento por los políticos republicanos.

Hasta entonces esos congresistas intentarán pasar desapercibidos y no provocar la furia de un presidente muy capaz de convertir sus ataques de cólera en ataques directos contra los sospechosos de traición. «Nadie quiere ser la cebra que se aleja de la manada para ser devorada por el león», dijo de forma anónima un ex alto cargo de la Administración en el artículo del Post.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

La música tiene una gran capacidad de expresar nuestros sentimientos, y eso también ocurre en el cine. Pocos cineastas lo han entendido tan bien como Sergio Leone.

–Cuatro notas de música gregoriana del siglo XIII onmnipresentes en las bandas sonoras.
‘Alien’, una parábola de la explotación laboral.
–¿Qué ha ocurrido con la carrera de John Travolta?
Nueva York es una estrella cinematográfica por derecho propio.
–Una de las grandes escenas de ‘El sentido de la vida’.
Nasville vs. Jaws. Un extracto del libro ‘Make My Day: Movie Culture in the Age of Reagan’.
–Por qué Brian De Palma es uno de los cineastas más subestimados.
Sean Bean ya no quiere morir en el cine.
Los pulpos duermen y quizá sueñan y entonces algo fascinante sucede.
–La muerte de Alejandro Magno, uno de los grandes misterios de la historia.
Fotografiando los lugares más radiactivos de Chernóbil.

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El misterio de Mohamed Ali, el empresario egipcio que ha provocado un temblor en el régimen de Sisi

En la dieta audiovisual de los egipcios en las últimas semanas se ha hecho hueco una producción visualmente poco notable –un hombre hablando a la cámara–, pero de máximo interés. Un empresario refugiado en Barcelona ha explicado en sucesivos vídeos colgados en redes sociales algo que la mayoría de los habitantes del país conoce o sospecha. Eso no le ha restado ningún interés.

Mohamed Ali ha contado hasta qué punto los militares se aprovechan de la corrupción habitual en Egipto; es más, cómo generales y coroneles utilizan los fondos públicos en su beneficio para construirse grandes mansiones o malgastar el dinero en proyectos inmobiliarios sin más razones económicas que los beneficios personales que ofrecen. Entre ellos, está el presidente Sisi y su familia.

A principios de septiembre, Ali lanzó el primer vídeo, en el que se veía a él junto a una imagen de Sisi y su mujer. La credibilidad de las denuncias venía dada por el hecho de que procedía de un empresario de la construcción que había recibido contratos del Ejército a lo largo de 15 años, encargos que ignoraban los procedimientos legales de contratación y eran asignados directamente.

Ali no ofreció pruebas documentales sin que eso pareciera mermar la credibilidad de su testimonio. Adelantándose a lo que pudieran decir los partidarios del Gobierno, dijo que que le debían doce millones de dólares por proyectos ya realizados.

Como explica el medio independiente egipcio Mada Masr en este artículo, los primeros señalados fueron los generales Kamel al-Wazir, ministro de Transporte, y Essam al-Kholy, responsable del departamento del Ejército que adjudica las grandes obras públicas. Tras su llegada al poder, Sisi acentuó una tendencia bien conocida en el Estado egipcio: los privilegios con los que cuentan las Fuerzas Armadas, que controlan una parte muy importante de la economía del país, se ampliaron con el nombramiento en puestos de la Administración de generales o militares retirados. La primera acusación de Ali se refería a una inversión de 122 millones de dólares para la construcción de un hotel de lujo plagada de irregularidades. Era además un hotel que no se iba a levantar en una zona turística y que sería gestionado por un general al que el Gobierno debe favores.

Ali también se refirió a la construcción de una mansión en Alejandría para Sisi y su familia con un presupuesto de 15 millones de dólares. La esposa de Sisi exigió después algunos cambios que costaron más de un millón. A día de hoy, el edificio no se ha utilizado.

La primera tanda de denuncias fue ignorada o desdeñada por la mayoría de los medios de comunicación, privados o públicos, con lo que era posible deducir que la respuesta del régimen iba a ser ignorar a Ali. Nadie se iba a atrever a presentar una demanda en los tribunales contra el Ejército ni el poder debía temer que la polémica apareciera en el muy controlado Parlamento.

De repente, ocurrió algo inesperado. Sisi en persona decidió responder a las acusaciones en un congreso dedicado a los problemas de la juventud, uno convocado con tanta celeridad que parecía que se iba a celebrar para que Sisi dejara claro su mensaje. Y no fue un discurso muy coherente: «Todos los servicios de inteligencia me dicen, por favor, no hables de esto. Todos los servicios… ya saben, les diré algo, besan mi mano (una señal de respeto) y me dicen, por favor, no lo hagas. Yo les digo, lo que hay entre el pueblo y yo es confianza. La gente cree en mí. Cuando alguien intenta quebrar eso y dice que esa persona en la que confías no es una buena persona… eso es lo más peligroso del mundo».

El manual básico del dictador dice que todo el pueblo confía en él, y si alguien pone en peligro eso, está amenazando el futuro del país.

No funciona tan bien cuando la mayor parte de la población es consciente de que la corrupción es un elemento integral del sistema. Cuando Sisi dice que esos palacios, al igual que las demás obras públicas, no son para él, sino para todo Egipto, está defendiendo un argumento que poca gente creerá.

Obviamente, al hablar el presidente de toda esta polémica, los medios oficiales se vieron obligados a ofrecer sus palabras. No importaba que no detallaran las denuncias iniciales. Ya las conocía todo el mundo.

A partir de ahí, la historia se hace más complicada. Han aparecido más vídeos de personas que confirman lo que ha dicho Ali o la situación general de los contratos económicos concedidos por el Estado. Hasta han surgido algunos vídeos de gente enmascarada con un mensaje similar que dicen ser miembros o exmiembros del Ejército o de los servicios de inteligencia.

Ali ha difundido 35 vídeos y en muchos de ellos ha pasado de hacer denuncias concretas sobre proyectos económicos a reclamar que Sisi abandone el poder. En un país con más teorías de la conspiración de las que puede digerir, muchos se preguntan si este empresario no cuenta con algún apoyo en el régimen con la intención de desembarazarse del dictador. Lo que es seguro es que no habla como un político, lo que no es un problema. Entre otras cosas porque eso sería imposible. Cualquier dirigente de la oposición, por menor que sea su perfil, estaría encarcelado en Egipto o, si hubiera huido del país, no sabría lo que sabe Ali.

En julio, Ali dio una entrevista a Vanity Fair en Barcelona. No para hablar de política. Explicó algunos de sus proyectos en España y habló de su pequeña incursión en el mundo del cine. Quedaba claro que si bien el Gobierno le debía mucho dinero, a él le sobraba. Su tren de vida no era desde luego el de un adversario de la dictadura que se ve obligado a malvivir en otro país.

Este fin de semana, ocurrió algo en Egipto que fue tan inesperado como la aparición de Ali. En varias ciudades, también en El Cairo y Alejandría, se produjeron manifestaciones contra el régimen convocadas por el empresario, que animó a los que le escuchaban a que salieran a la calle después de un partido de fútbol que jugaban dos de los mejores equipos de la Liga.

La asistencia no fue masiva, centenares de personas en el mejor de los casos, pero el hecho de que ocurrieran ya era sorprendente. En Egipto, la más pequeña muestra de disidencia pública es castigada con la detención y una larga estancia en prisión sin derecho a juicio. Decenas de miles de personas están encarceladas por razones políticas. Hay que tener mucho valor para salir a la calle para corear eslóganes contra Sisi. El hecho de que esos manifestantes, la mayoría muy jóvenes, no supieran hace un mes quién era Mohamed Ali no había supuesto ningún problema.

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