Ataque a una sinagoga en Jerusalén

Seis personas han muerto a primera hora de la mañana en un ataque a una sinagoga en Jerusalén. Dos de los muertos son los agresores, que entraron en el recinto religioso con una pistola, un hacha y un cuchillo. El atentado se ha producido en el barrio de Har Hofa, en la zona oeste de Jerusalén, habitado en su mayor parte por judíos ultraortodoxos. Según las primeras informaciones, los atacantes son primos y uno de ellos trabajaba en una tienda cercana a la sinagoga.

Se trata del último de una serie de ataques que se han producido en las últimas semanas. Una mujer de 26 años fue asesinada el lunes de la semana pasada apuñalada por un palestino cerca del asentamiento de Alon Shvut, en Cisjordania. La prensa informó de que el atacante había pasado cinco años en prisión por un ataque con cóctel molotov. Ese mismo día un soldado de 20 años corrió el mismo destino cerca de una estación de tren al sur de Tel Aviv. También ese día un palestino de 21 años murió de un tiro en el pecho en un enfrentamiento con soldados cerca de Belén. Los militares respondieron con fuego real una manifestación de jóvenes que lanzaban piedras y cócteles molotov.

En la noche del domingo, un conductor palestino de la compañía israelí de autobuses Egged fue encontrado ahorcado en lo que la policía ha dictaminado como un suicidio después de la autopsia. Tenía 32 años y era padre de dos hijos. Su familia y compañeros de trabajo niegan que acabara con su vida y han denunciado que tuvo que tratarse de un asesinato.

Todos estos incidentes violentos han dado lugar a comentarios y análisis sobre la posibilidad de una tercera intifada. Parecen prematuros si consideramos como tal un iniciativa promovida por organizaciones políticas palestinas. Siempre se ha tratado de ataques aislados realizados por personas de perfiles diferentes. Este ciclo de venganzas se produce meses después de la operación de castigo de Gaza. El hecho de que no no hubiera una respuesta masiva en Cisjordania no quería decir que fuera imposible que se produjeran tiempo después respuestas violentas, y así parece que está ocurriendo.

Cabía la posibilidad de que, precisamente para impedir esa reacción, los gobiernos israelí y palestino aprovecharan la tranquilidad siempre relativa de Cisjordania para llegar a acuerdos políticos sobre el futuro. El margen de maniobra del Gobierno de Mahmud Abás no era muy amplio ni el Gabinete de coalición de Netanyahu mostró mucho interés cuando John Kerry viajó a la zona.

Posteriormente, tuvo lugar una serie de incidentes en torno a la explanada de las Mezquitas en Jerusalén originados por el intento de grupos ultras israelíes de forzar una situación en la que se permita a los judíos rezar dentro de lo que para ellos es el lugar donde estaba emplazado hace 2.000 años el Segundo Templo (las autoridades rabínicas de Israel lo prohíben). Esa es una de las líneas rojas que todos los gobiernos israelíes saben que no se pueden cruzar si no se quiere provocar un enfrentamiento de dimensiones imposibles de prever. Cuando Netanyahu se decidió a pedir en público que se detuvieran esas provocaciones era ya demasiado tarde. Es fácil encender el fuego de la violencia religiosa cuando no se frena a los grupos más extremistas, y es mucho más complicado apagar ese incendio si empieza a causar hechos violentos.

Ahora el primer ministro dice que el ataque a la sinagoga es «una consecuencia directa de la incitación realizada por Hamás y Abú Mazen (Mahmud Abás) que la comunidad internacional ha ignorado de forma irresponsable». Es habitual que la derecha israelí ponga en el mismo frente a los islamistas y a Fatah cuando se produce esta violencia con la intención de cortocircuitar las presiones en favor de unas negociaciones de paz condenadas desde el principio al fracaso por la falta de voluntad política de sus protagonistas.

En los últimos días, el partido de Netanyahu ha difundido la idea de que las diferencias internas dentro del Gobierno de coalición hacen casi inevitable la convocatoria de elecciones anticipadas. Nada solucionará la vuelta a las urnas si entendemos por eso la formación de un Gobierno diferente y más estable. Lo que sí originará será una competición de mano dura entre los principales partidos.

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Paul Danahar incide en esa idea de una violencia de respuesta que no está organizada ni controlada por una cadena de mando. Algunos de sus autores pueden haber formado parte en el pasado de grupos palestinos o tener simpatía por ellos (lo que hace que esos mismos grupos puedan reivindicar como propios esos ataques, como así parece haber hecho esta vez el FPLP). Pero no han tomado la decisión de apuñalar a alguien por órdenes directas de un superior, ni les han encargado matar a alguien ese día concreto.

Netanyahu ya ha ordenado la demolición de las dos viviendas de las familias de los autores del ataque a la sinagoga. Eso ya no tiene ningún efecto disuasorio porque se da por descontado en caso de atentados graves.

Como apunta Danahar (autor de ‘The New Middle East: The World After the Arab Spring’), esa situación hace más difícil a las autoridades israelíes poner fin a los ataques, lo que no impedirá por otro lado que se hagan las promesas de costumbre sobre una respuesta despiadada y eficaz, además de acusar a Mahmud Abás de estar detrás de una violencia que no puede controlar.

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