Brian Williams y el poder de las mentiras de las periodistas

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Una de las cosas más sorprendentes de la polémica en la que se ha metido Brian Williams (uno de los periodistas más conocidos de EEUU, o habría que decir famosos al trabajar en televisión) es leer que un montón de personajes públicos de ese país alardearon en el pasado de ‘hazañas bélicas’, de haber participado de una manera u otra en acciones de guerra. No necesariamente como protagonista, pero al menos como testigo que asumió su cuota de riesgo. Lo cuenta Jack Shafer, que se alegra de que el Tribunal Supremo anulara por vulnerar la Primera Enmienda una ley de 2006 que pretendía castigar esas mentiras o exageraciones. A menos que alguien se beneficie materialmente del engaño, lo que en su caso sería un fraude, mentir está protegido por el derecho a la libertad de expresión (*).

Protegido sí, pero eso no quiere decir que no pueda censurarse. Y si eres el presentador del informativo principal de la NBC, has firmado hace unos meses un contrato de diez millones de dólares anuales por cinco años y se supone que te pagan tanto porque entre tus responsabilidades está la de dar imagen de credibilidad, entonces no hay Tribunal Supremo que te salve.

Williams mintió cuando dijo que el helicóptero Chinook que le llevaba en un desplazamiento en Irak en 2003 recibió fuego de RPG y se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia. Incluso esta frase no es del todo cierta, porque, como suele ocurrir cuando alguien se mete en una espiral de fabulación, no incluye todas las versiones muy diferentes que el periodista ha dado desde entonces. Al principio, sólo dijo que «en tierra, supimos que un helicóptero que iba por delante había volado en pedazos en el aire» (lo que tampoco era cierto).

Con el paso de los años, en sus intervenciones públicas él fue apareciendo en el centro del relato en una especie de progresivo acercamiento a la situación de máximo riesgo, hasta que fue su helicóptero el atacado (aquí hay una cronología con todas sus versiones).

¿Por qué alguien en una posición de prestigio se arriesga a ser avergonzado en público? La respuesta más rápida es conocida: porque no piensa que le van a pillar. Los militares son muy conscientes de que no ya los civiles, sino incluso muchos uniformados tienden a exagerar el peligro por el que pasaron. Digamos que está en la naturaleza humana.

Pero puede ocurrir, como ha sucedido en este caso, que alguien se canse de tantas trolas, o las escuche en detalle por primera vez, y denuncie que esa heroica historia es falsa. La publicación Star and Stripes lo contó y forzó la primera disculpa de Williams. El presentador sí viajaba en helicóptero ese día, pero ese aparato llegó a la zona del ataque una hora después.

En EEUU se produce una situación paradójica. Los militares gozan de un reconocimiento superlativo entre los políticos y la mayoría de los periodistas, casi nunca se dejan patentes sus errores o se achacan a las decisiones de las autoridades políticas, y luego resulta que las tropas están mal pagadas y las instituciones cuya función consiste en proteger a los veteranos de guerra, en especial si sufren secuelas físicas o mentales permanentes, son un desastre. Esto último genera titulares que denuncian el escándalo hasta que años después vuelve a producirse la misma situación.

Pero en términos de reputación la de los militares es inmaculada. Como se vio en el caso de Abu Ghraib, cualquier noticia horrorosa es limitada a la responsabilidad de las habituales «manzanas podridas», lo que deja siempre limpio de polvo al alto mando militar y a veces hasta a los mandos medios. Los periodistas se dedican a la hagiografía y sólo cuando esa guerra se prolonga durante años aceptan que se produjeron errores, limitados en general a los responsables políticos.

Hay que apoyar a las tropas es el mantra generalizado, que en la práctica se convierte en garantía de impunidad para los errores o crímenes de los militares.

Un periodista famoso y millonario como Williams cree que su imagen mejorará si se le ve como alguien cercano a los militares, y aún más si ha compartido situaciones de riesgo con ellos. Además, es un tipo simpático, con sentido del humor y que sabe contar una historia, y por eso aparece con mucha frecuencia en programas como los de Jon Stewart y Conan O’Brien, donde no vale sólo con ofrecer análisis político, sino que también se valora mucho esas historias personales del tipo ‘yo estuve allí’.

Hay críticas que sí tienen un punto algo cómico. Un analista dice que la historia despierta dudas «sobre su credibilidad en un negocio que valora esa virtud sobre cualquier otra». Es probable que valore mucho más los índices de audiencia y la cuenta de resultados, aunque es cierto que la falta de credibilidad puede llegar a tener resultados funestos en el precio de las acciones de una empresa de comunicación.

Antes de llegar a ese punto, las empresas se ocupan de proteger su inversión. En el caso de presentadores de informativos, las cadenas los envían a veces a cubrir guerras o catástrofes no porque lo sepan hacer mejor que los reporteros que conocen esos lugares, sino para reforzar su estatus profesional. Eh, no se limitan a leer el autocue o elegir los contenidos. También se la juegan para viajar a ese sitio peligroso, como cualquier otro periodista. Se trata de una inversión inteligente en la imagen de alguien que será durante muchos años uno de los símbolos de la cadena.

Ahora Williams ha anunciado que dejará de presentar el informativo durante algún tiempo, lo que quiere decir que aspira a volver al puesto. Dependerá del nivel de la tormenta que caiga sobre él. Ya dijo alguien que «Internet se lo iba a comer vivo». Eso es precisamente lo que está pasando. Cuando eres carne de meme, vas a necesitar algo más que tiempo para reconstruir tu imagen.

En el peor de los casos, le sustituirá alguien que tendrá más cuidado con sus historias personales, pero que no tardará en viajar a esos sitios peligrosos para estar en condiciones de decir ‘yo estuve allí’.

(*) Me confieso fascinado por ese veredicto del Tribunal Supremo de EEUU, que revela una concepción de la libertad de expresión que va más allá de los derechos de los periodistas. La libertad de expresión no es (o no es sólo) una facultad que permite a los periodistas hablar de asuntos públicos de la máxima importancia. Y no es un derecho que protege únicamente a los que hacen una aportación positiva a la sociedad, sino a todos. De lo contrario, estaríamos dejando al Gobierno y al Parlamento, es decir, al poder, que decida qué opiniones son tolerables o no (lo que a su vez pondría en peligro los derechos de esos periodistas de los que hablaba en la frase anterior).

Por la misma razón, el ejercicio de ese derecho puede dar lugar a declaraciones que sean censurables políticamente o moralmente, como es el caso de alguien que diga ser un héroe de guerra y no lo haya sido, pero no penalmente. Ese es un buen baremo para valorar a aquellos que dicen ser defensores de la libertad de expresión.

Corrección: en una edición anterior, escribí que Williams había firmado un contrato de diez millones de dólares por cinco años. Era un contrato de cinco años pero por unos diez millones cada año, según los medios norteamericanos.

21.30

Hay un factor que he dejado fuera del artículo: los privilegios de las estrellas de la televisión. Eso de apropiarse de experiencias pasadas por otros, más que un error esporádico, es la forma habitual de comportarse de las estrellas en esas coberturas. Se lo cuentan a Jay Rosen.

 

 

 

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