De salvar la Navidad al toque de queda: otra semana loca para añadir más confusión y cansancio

Ya tenemos una expresión que nos acompañará este otoño hasta el punto de que acabaremos hastiados de ella: fatiga de pandemia. Esta vez, no es un mal típicamente español ni es culpa exclusiva de Sánchez o Ayuso. Muchas personas empiezan a pensar que ya no pueden más, que no soportarían volver a la situación de la primavera, que necesitan saber qué hay que hacer ahora exactamente para conseguir algo que no es posible: expulsar a la pandemia de sus vidas. «Desde que llegó el virus a Europa hace ocho meses, los ciudadanos han hecho inmensos sacrificios para contener la Covid-19», explicó hace dos semanas Hans Kluge, director de la OMS para Europa. «Ha supuesto un coste extraordinario, que nos ha dejado a todos exhaustos con independencia de dónde vivamos o a qué nos dediquemos. En tales circunstancias, es natural sentirse apático y desmotivado y experimentar fatiga».

Ante este panorama tan deprimente, los gobiernos empiezan a manejar planes, hipótesis y prohibiciones, algunas imprescindibles, pero que llegan con retraso. Otras son promesas con las que anunciar que esta vez será diferente. Sólo hay que esperar un poco más y alcanzaremos el destino deseado. Si luego sólo generan frustración, ya se nos ocurrirá otra cosa. Una de las últimas es la campaña «Salvar la Navidad», lanzada el domingo por el vicepresidente madrileño, Ignacio Aguado: «Tal vez sea necesario hacer una parada, un stop and go que dicen en la Fórmula 1, durante unos días definidos, siete, catorce o veintiuno, donde todos hagamos esa parada, consigamos bajar la curva y eso nos permita llegar a Navidades con más garantías». Salvemos la Navidad, salvemos a los niños, salvemos los polvorones. Sólo necesitamos un impulso más. ¿Durante cuánto tiempo? No se sabe. Siete días. Quizá catorce. Veintiuno sería mejor. Y ya con veintiocho ni te cuento. Stop. Enciendan los motores. Go. Gas a tope. Ya están aquí los Reyes Magos con mascarilla y guantes. En realidad, siempre llevaban guantes, pero ahora con más razón.

Es indudable que Madrid y otras comunidades necesitan bajar el número de contagios, y no por debajo de 500 por 100.000 habitantes, sino de forma drástica. También es obvio que el daño de un estancamiento económico en noviembre y diciembre sería mayúsculo para el sector servicios en la situación actual. ¿Pero alguien está en condiciones de garantizar que a finales de diciembre se podrá salir a lo loco a hacer compras, montar fiestas y reunirse con la familia? Nadie encontrará a un científico dispuesto a ir tan lejos, a hacer promesas que no sabes si puedes cumplir.

Primero, se habló de salvar las vacaciones de verano para no perder el turismo extranjero. El 30 de abril, Cuca Gamarra, diputada del PP, exigió al ministro de Sanidad que le devolviera de inmediato lo que le habían quitado: «Queremos que nos devuelva la vida que ya teníamos el 14 de marzo». 45 días de pandemia ya le parecían demasiados. A finales de mayo, Moncloa lanzó esa campaña psicodélica al estilo de los anuncios de Campofrío con el eslogan «salimos más fuertes», prólogo del triunfo que nos habíamos ganado, porque «ahora eres más fuerte de lo que pensabas». Ya en octubre, el PP de Madrid se dejó llevar por la furia porque el Gobierno impuso la prohibición de salir de Madrid durante el puente del Pilar. Había que salvar ese derecho inalienable.

En una rueda de prensa de esta semana, un periodista preguntó a Fernando Simón por el puente de Todos los Santos, como si fuera otro momento trascendental en la vida del país. «No creo que haya ahora mismo en España nadie que no entienda que la movilidad entre comunidades con diferente experiencia de transmisión es un riesgo», fue la respuesta calmada de Simón, aunque ahí podría haber repetido su imagen con los brazos abiertos y dicho algo así como ¿cuál es la parte de luchar contra una pandemia que ha matado a 1,1 millones de personas en todo el mundo no hemos entendido para pensar que nos podemos ir tranquilamente a la costa en dos semanas a ponernos ciegos de cervezas y calamares?

Este martes, surgió otra idea mágica, lanzada al aire desde el Gobierno de Madrid a ver qué pasa. Su consejero de Sanidad anunció que estudian la aplicación de un toque de queda nocturno desde las doce de la noche, pero con una salvedad típica del Gobierno de Isabel Díaz Ayuso. Tendría que ser aprobado por el Gobierno central y «sería de aplicación en toda España», según Enrique Ruiz Escudero. ¿Va a decidir el Gobierno madrileño por todo el país?

Hagamos memoria en relación a hace un par de semanas. Díaz Ayuso se levantó en armas para denunciar el estado de alarma en Madrid –el que prohibía salir de puente– y dijo que era una medida autoritaria e innecesaria, ya que la situación ya estaba mejorando en su comunidad. «El virus ahora mismo en Madrid está más debilitado», dijo. De repente, se muestra abierta a aceptar un toque de queda que sólo podría imponerse jurídicamente con un estado de alarma.

Para entender este súbito giro: es probable que el día anterior su Gobierno ya supiera que el martes iban a dimitir dos de las responsables de las áreas más importantes de la Consejería de Sanidad, Atención Primaria y Hospitales. Había que ocupar el sitio de esos titulares con otros más gordos. Un toque de queda nocturno como el de Francia. Cómo te quedas, ministro.

Salvador Illa dijo después que esa decisión «ni mucho menos está tomada». Sin embargo, no sea que en el futuro haya que adoptarla por la razón que sea y que luego la oposición diga que al principio dijo que no, se apresuró a precisar: «estamos abiertos a todo». Los medios de comunicación ya tenían el titular más barato de la historia del periodismo: el Gobierno no descarta… Los periodistas también saben cómo aportar incertidumbre a una situación ya de por sí muy confusa.

Son esos momentos en que es difícil culpar al ciudadano si empieza a temer cuál será la decisión inesperada que se tomará mañana, si a estas alturas será o no efectiva, si es tan buena, por qué no se tomó antes, si existe un horizonte en el que se pueda atisbar el final. Pagamos ahora las desescaladas a toda prisa. «Fue una carrera a ver quién tenía el premio al primero», ha dicho la viróloga Margarita del Val. Sufrimos las consecuencias de la pasividad de algunos gobiernos en verano y del comprensible intento de la gente de recuperar su vida en vacaciones.

Ahora volvemos a estar exhaustos, porque todo esto vuelve a empezar. Quizá porque nunca había terminado.

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