El Gobierno británico tuvo la opción de reaccionar en febrero ante el coronavirus, pero Johnson estaba de vacaciones

A mediados de febrero, varios gobiernos europeos, pero no todos, eran conscientes de que la pandemia del coronavirus podía llegar a sus países. Asesores científicos del Gobierno británico ya habían recibido los primeros modelos epidemiológicos que alertaban de la posibilidad de un alto número de contagios y muertes. El primer ministro, Boris Johnson, inició en esos momentos unas vacaciones de dos semanas fuera de Londres con su novia.

«No puedes ir a la guerra si el primer ministro no está allí. Y lo que aprendes con Boris es que no preside muchas reuniones. Le gustaban los descansos en el campo. No trabajaba los fines de semana. Era como trabajar para un responsable de la vieja escuela en un Ayuntamiento de hace 20 años. Existía la idea de que no se ocupaba de la planificación de crisis. Era exactamente como la gente temía que fuera».

Es la frase de un asesor de Downing Street que aparece en un amplio reportaje del equipo de investigación de The Sunday Times que pasa revista a la reacción del Gobierno conservador ante esta crisis.

Las reuniones del comité Cobra –el gabinete de crisis del Gobierno para todas las situaciones de emergencia, sea un atentado terrorista o una catástrofe natural– dedicadas a la pandemia se iniciaron el 24 de enero. Suelen ser presididas por el primer ministro si el asunto es realmente grave. En este caso, quien las encabezaba era el ministro de Sanidad, porque Johnson no asistió a ellas hasta el 2 de marzo. Hubo hasta cinco reuniones en las que no estuvo presente. El día en que se celebró la primera, estaba asistiendo a una celebración por el Año Nuevo chino.

Las semanas perdidas en febrero fueron decisivas para entender la falta de reacción del Gobierno, en especial en dos puntos: la realización de pruebas suficientes de coronavirus y la compra de material de protección para el personal sanitario.

En enero, varios científicos eran conscientes de la amenaza. «A principios de enero, discutía con muchos de mis colegas en todo el mundo. ¿Qué está pasando? China aún no había confirmado que el virus se contagiaba entre personas. Muchos sospechábamos que sí, porque era un patógeno respiratorio, y no verías el número de casos que estábamos viendo fuera de China si no hubiera contagios entre seres humanos. Eso era preocupante», dice al periódico la profesora Devi Sridhar.

El 17 de enero, el equipo de epidemiólogos del Imperial College dirigido por Neil Ferguson, cuyos modelos fueron decisivos semanas más tarde para provocar un cambio en la respuesta del Gobierno, ya mostró su preocupación. Ferguson informó de sus primeras conclusiones en una reunión del comité científico para emergencias del 22 de enero y dos días después los miembros del comité Cobra recibieron el informe. Calculaba una tasa de infecciones de entre 2,6 y el 3,5 (por el número de individuos contagiados por cada infectado). En la gripe de 1918, que causó al menos 50 millones de muertes en todo el mundo, ese número estuvo entre 2 y 3.

El informe recomendaba reducir esa tasa en un 60%, lo que inevitablemente conducía a medidas de confinamiento y por tanto a la parálisis económica.

El comité Cobra no pareció muy impresionado por esas conclusiones. Tampoco sus dos principales consejeros científicos. Persistía la esperanza de que el coronavirus no llegaría a Europa. Un estudio posterior de la Universidad de Southampton reveló que 190.000 personas volaron a Reino Unido desde Wuhan y otras ciudades chinas afectadas por la pandemia. Si el 1% de ellos estaba contagiado, era imposible evitar que la enfermedad llegara al país.

Los planes para proteger a Reino Unido de una pandemia existían desde hace muchos años. Habían recibido los fondos correspondientes en la década posterior a los atentados del 11S. «Éramos la envidia del mundo, pero la planificación ante una pandemia fue víctima de los años de austeridad, cuando había otras necesidades más urgentes», dice una fuente de Downing Street que conocía esos planes.

Un científico británico que asesoró al Gobierno de Singapur en 2003 y 2009 explicó al periódico que las autoridades de la ciudad asiática básicamente copiaron esos planes diseñados en Londres. La diferencia es que ellos aplicaron los programas desde muy pronto, a principios de febrero.

Un estudio interno del Gobierno concluyó en 2016 que los servicios sanitarios podían sufrir un colapso a causa de una pandemia, precisamente por la falta de suministro de material de protección y ventiladores para las UCI que ahora se ha hecho evidente. No se hizo nada para solventar esa carencias. En esos años, la Administración estaba centrada en las negociaciones del Brexit.

En cualquier caso, ninguno de estos planes se activaron en febrero para corregir esas deficiencias.

Una frase anónima de un político en el artículo ayuda a explicar esa complacencia: «Tuve conversaciones con Chris Whitty (principal consejero médico del Gobierno) a finales de enero. Ellos estaban completamente centrados en la idea de inmunidad de grupo. La inmunidad de grupo es la respuesta correcta si no tienes una vacuna». Todos los preparativos estaban diseñados para responder a una epidemia de gripe, mucho menos letal que el coronavirus.

Aprovechando el fin del periodo de sesiones en el Parlamento, Boris Johnson inició unas vacaciones el 13 de febrero y desapareció durante doce días. Le acompañaba su novia Carrie Symonds, 23 años más joven que él. Ambos preparaban el anuncio de que ella estaba embarazada y que se habían comprometido para casarse, una vez que se formalizara el divorcio de Johnson con su anterior esposa, que se produjo durante esas vacaciones. La azarosa vida sentimental del primer ministro iniciaba un nuevo capítulo.

El 21 de febrero, el virus ya había infectado a 76.000 personas en el mundo, causado 2.300 muertes en China y llegado a Italia con 51 casos. El Gobierno británico mantuvo el nivel de riesgo en moderado. Algunos de sus consejeros científicos no eran tan optimistas. Peter Openshaw, profesor del Imperial College, calculaba que si no se tomaban medidas, 400.000 personas podían morir en Reino Unido. Pocos días después, sólo había 13 casos conocidos de coronavirus en el país.

Acostumbrados a tomar decisiones difíciles y de alto coste político o económico cuando es imprescindible, los políticos aún no veían motivos de alarma.

A su vuelta a Londres y con los datos de varios estudios, Boris Johnson asumió el 28 de febrero que el asunto requería la máxima atención del Gobierno. Dos días después, una reunión del comité científico hizo saltar las alarmas de forma definitiva. Basándose en los datos de Italia, llegó a la conclusión de que el 8% de los contagiados podría necesitar tratamiento hospitalario (la cifra anterior era el 4%-5%). «El riesgo para la sanidad pública se había doblado en un instante», dijo una fuente de la Administración.

La reunión del comité Cobra del 2 de marzo, ya con Johnson, sirvió para poner en marcha medidas de emergencia. Pero era ya era demasiado tarde, sobre todo para comprar material de protección para los hospitales en un momento en que todos los gobiernos del mundo intentaban solucionar sus carencias en un mercado global presa del pánico.

50 trabajadores del personal de la sanidad pública británica han fallecido en esta crisis. El total de muertos en Reino Unido es de 15.464, según las cifras conocidas este sábado. El número de infectados supera los 100.000.

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