¿Faltan camareros o faltan salarios dignos después de la pandemia?

Joe Biden bajó la voz y se acercó al micrófono como si fuera a contar un secreto. Le habían preguntado por las dificultades de muchas empresas en EEUU para encontrar trabajadores ahora que la mayoría de las restricciones por la pandemia se ha levantado. Lo resumió en tres palabras: «Pay them more» (pagadles más). Algunos empresarios acaban de descubrir la ley de la oferta y la demanda. Cuando hay escasez de los productos y servicios que ellos ponen en el mercado, sus precios tienden a subir. Ahora que está sucediendo eso con la mano de obra en algunos sectores en EEUU y España, no entienden que esas leyes no escritas de la economía también funcionan para ellos. «Los empresarios van a tener que competir entre sí y empezar a pagar a la gente trabajadora unos sueldos decentes», explicó el presidente norteamericano.

En España, los titulares se han centrado en los camareros con el inicio de la temporada turística. Faltan camareros en Almería. Soria necesita camareros. Lo mismo en Valencia. En realidad, en casi toda España. Acostumbrados a ofrecer un sueldo bajo junto a un horario interminable, los dueños de bares y restaurantes respondían con un ‘lo tomas o lo dejas’ a cualquier queja sabiendo que tenían todas las de ganar. Ahora el equilibrio del poder ha girado en dirección contraria.

«¿No será que las condiciones son tan lamentables que no hay suficiente personal dispuesto a trabajar en condiciones indignas?», dijo la líder de Adelante Andalucía, Teresa Rodríguez.

Una conversación por mensaje de texto entre un empresario y un trabajador aparecida en Twitter confirmó esa sospecha. Una jornada de unas 15 horas diarias. Un solo día libre a la semana. Un sueldo de 800 euros. La última frase del dueño: «Es verano. Tú verás». Cada vez más personas lo ven muy claramente, pero no en el sentido que esperan escuchar los que hacen esas ofertas.

Algunas informaciones indican que las grandes cadenas de restauración en EEUU, como McDonald’s, «se han visto obligadas a subir salarios», como si fuera un drama de proporciones bíblicas. Ni siquiera eso es suficiente. El sector de la restauración cuenta con 1,7 millones de empleos menos que antes de la pandemia, y eso que ofreció un millón de puestos de trabajo en marzo cuando muchos de esos locales volvieron a abrir sus puertas. Subieron de media los salarios un 3,9% en los primeros meses de este año, pero se trata de negocios que pagan habitualmente muy poco a sus empleados.

Veinte gobernadores republicanos y la Cámara de Comercio de EEUU acusan al Gobierno de Biden de haber extendido demasiado en el tiempo los subsidios de desempleo y otras ayudas sociales. La denuncia esconde una intención muy clara: hay que apretar las tuercas a los pobres para que vuelvan a aceptar esos trabajos mal pagados.

En realidad, sólo uno de cada 28 trabajadores parados, un 3,5% del total, rechazó una oferta de trabajo porque aún estaba cobrando un subsidio, según un estudio de la Reserva Federal. Los que se negaron trabajaban precisamente en los empleos peor pagados.

«La gente olvida que los trabajadores de restaurantes han experimentado décadas de abusos y traumas. La pandemia ha sido simplemente la última gota», explicó uno de ellos a The Washington Post. No es una casualidad que la mayoría de esos negocios con problemas para contratar paguen menos de 15 dólares la hora, el umbral que sindicatos y organizaciones progresistas han establecido como sueldo digno y por el que hacen campaña para que sea el salario mínimo en todo el país.

La falta de personal suficiente para atender a los clientes que vuelven a las tiendas puede suponer una importante merma en la imagen de una empresa. Es lo que le está ocurriendo a Zara en algunas tiendas de las principales ciudades de EEUU. Las largas colas ante las cajas por el escaso número de dependientes han provocado furiosas protestas en el sitio donde tienen más influencia. No en el libro de reclamaciones, sino en redes sociales.

En Reino Unido, el déficit de personal en restaurantes, también en puestos especializados, se ha visto agravado por las consecuencias del Brexit. Antes de la pandemia, uno de cada cuatro trabajadores había nacido en otro país de la Unión Europea. Con los establecimientos cerrados, la mayoría de ellos volvió a sus países en 2020.

En su empeño por reducir el número de inmigrantes de forma drástica, el Gobierno está restringiendo los visados a personas muy cualificadas y el sector servicios se está viendo perjudicado. Y los británicos no muestran especial interés en aceptar empleos en una industria de sueldos bajos, condiciones duras de trabajo y escasas posibilidades de promoción. En una encuesta realizada por Adecco entre decenas de miles de solicitantes de empleo, sólo el 1% estaba interesado en trabajar en la restauración.

Hay otro factor psicológico difícil de medir. La pandemia ha hecho que muchas personas se replanteen su forma de vida, el trabajo que tienen, el tiempo que les deja para hacer otras cosas o estar con su familia, y las condiciones económicas. En el caso de los empleos más duros, la tentación de no regresar a la vida anterior es muy fuerte.

En un mundo en el que el salario mensual real de los jóvenes españoles de entre 18 y 35 años es menor que en 1980 –el descenso es del 26% para los que tienen entre 30 y 34 años y hasta el 50% para los de 18 a 20 años–, ahora es más importante que nunca reflexionar sobre el precio personal que se paga por elegir determinados trabajos.

Los empresarios pueden prestar atención a lo que hizo el dueño de una cadena de heladerías de Pittsburgh, que probó a doblar el sueldo en su oferta de empleo y lo subió a 15 dólares la hora. De repente, recibió mil solicitudes en una semana para cubrir 16 puestos.

Si una compañía no se lo puede permitir, es posible que su factor diferencial sea únicamente el uso de mano de obra barata. Quizá le convenga revisar su modelo de negocio.

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