Guerra de exterminio en Alepo

Esta mujer ha perdido a su hijo en la última semana de bombardeos sobre la ciudad de Alepo. La única diferencia con las decenas de víctimas ocurridas estos días en los dos lados en que está dividida la ciudad es que podemos ver su cara y ser testigos de su dolor durante unos segundos. Después de eso, podemos seguir con nuestras vidas porque esa tragedia está fuera de nuestro control.

Lo malo, lo que es mucho peor, es que los gobiernos también han decidido lo mismo, bien porque no pueden hacer nada al respecto o porque no les sirve con que acabe esa guerra. Necesitan un desenlace determinado, uno que favorezca sus intereses o su posición sobre quién debe gobernar lo que quede de Siria en el futuro.

Este sábado, los equipos de emergencia que operan en la zona de Alepo controlada por los insurgentes habían contabilizado en los últimos ocho días 260 ataques aéreos, 110 de artillería y 18 impactos de misiles. Esa lluvia de fuego constante se había llevado por delante 189 vidas.

El viernes, fueron atacados cuatro centros médicos, entre los que estaba un hospital apoyado por Médicos sin Fronteras y la Cruz Roja. Es una estrategia deliberada para aumentar el número de víctimas. Cada médico muerto equivale a muchas más vidas que no podrá salvar.

Los barrios controlados por el Gobierno también sufrieron el ataque indiscriminado de los grupos insurgentes en forma de cohetes y proyectiles de mortero. La cifra de muertos en esa zona se cuenta por decenas, 96 según un recuento citado por Reuters.

En ambos casos, la inmensa mayoría de víctimas son civiles.

Tras el fracaso del alto el fuego, Washington y Moscú han negociado una especie de sucedáneo de cese de hostilidades temporal. Sólo se aplica en dos zonas este fin de semana, la provincia de Latakia, controlada en su mayoría por el Gobierno sirio, y el enclave oriental de Ghuta, un barrio de la periferia de Damasco que dominan los insurgentes. Los norteamericanos quisieron incluir Alepo, pero los rusos no lo aceptaron. El Gobierno está en mitad de una ofensiva para acabar con sus enemigos en esa provincia y no va a aceptar que lo frenen. En cualquier caso, este amago de nueva tregua sólo tiene una duración de 24 horas para Ghuta y 72 para Latakia.

En esta guerra de varios frentes y múltiples contendientes, Alepo se ha convertido en el lugar en el que la victoria puede suponer un triunfo propagandístico y militar de grandes dimensiones. Tiene el valor simbólico de haber sido la mayor ciudad del país (hoy quizá queden dentro 400.000 habitantes de los dos millones que había en la ciudad y sus inmediaciones antes de la guerra). Su división en los últimos cuatro años era un símbolo del empate estratégico de la contienda. Demostraba que los insurgentes no podrían derrocar a Asad y también que el régimen no podría eliminar a sus enemigos.

Lo ocurrido en los últimos meses ha cambiado la situación. Las victorias de las milicias kurdas en el norte del país han hecho más difícil que Turquía pueda seguir ayudando a los insurgentes. Estos se encuentran divididos y nunca han podido contar con un mando unificado. Su única esperanza era que EEUU hubiera impuesto una zona de exclusión aérea en el norte de país, como pretendía Turquía, pero una vez que Rusia envió sus aviones a Siria, esa medida era imposible. Antes Washington tampoco estaba muy interesado en una idea que habría contado con el veto ruso en la ONU y que podría haber causado el hundimiento del régimen y la victoria subsiguiente de los grupos insurgentes más poderosos, los yihadistas de Al Nusra o ISIS.

Los periódicos gubernamentales sirios anuncian estos días que los bombardeos son el preludio de una ofensiva general para recuperar el control de todo Alepo. Intentos anteriores han fracasado desde 2012, pero esta vez el Gobierno cree que el apoyo ruso le ha permitido recuperar la iniciativa en estos meses y tiene que aprovechar esa oportunidad.

Esa ventaja militar no lo es tanto en el plano económico. Ahí, la legitimidad del Gobierno –su capacidad para aislar al ciudadano de las consecuencias de la guerra– ha sufrido un duro golpe con la constante depreciación de la moneda y la espiral inflacionista posterior. En el mercado negro, el dólar ha superado la barrera de las 500 libras sirias por primera vez. El cambio oficial (443) no se aleja demasiado de esa cifra. En 2015 estaba a 250.

En los años anteriores, la ayuda económica iraní permitió defender la cotización de la libra y contener el aumento de precios. Ya no es posible. Eso ha afectado al suministro de combustible para uso civil y al precio de alimentos básicos. El Estado carece de fondos para seguir manteniendo los subsidios a productos como el azúcar, harina o aceite. A finales de marzo, el precio del pan subvencionado –fundamental para las personas con menos recursos, incluidos los desplazados por la guerra– subió un 40%. Hasta la versión en árabe de Russia Today ha informado que la inflación está fuera de control. Y como siempre que el mercado negro es un factor esencial de la economía, la corrupción alcanza a todos los niveles del funcionamiento del Estado. Hay mucho dinero que ganar en una guerra.

Todos esos sacrificios minan la capacidad del Gobierno para presentarse como la única alternativa al caos. Tiene que ofrecer algo a cambio, alguna perspectiva de que puede ganar la guerra, un triunfo que haga ver que el futuro será diferente. Alepo es la mejor oportunidad que se le presenta. Su destrucción es un precio que está dispuesto a pagar.

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