La política británica es brutal y Theresa May lo sabe

La portada de The Economist de enero ya se ha quedado vieja. «Theresa Maybe» (quizá) se ha convertido en la primera ministra que deja claro a sus rivales –dentro y fuera del partido– que ella está al mando y que estaba dispuesta a utilizar su principal arma política: convocar por sorpresa unas elecciones generales.

Cuando May fue elegida primera ministra tras el referéndum del Brexit y la dimisión de David Cameron, todos se preguntaban cuándo daría el paso que este martes se ha producido. Como una y otra vez ella negó que tuviera la intención de buscar unas elecciones anticipadas, los periodistas dejaron de pensar en ello en voz alta. El último juego especulativo consistía en esperar a las elecciones locales del 4 de mayo y calcular si la muy posible derrota laborista aumentaría las posibilidades de ir a las urnas este año. No ha habido que esperar tanto tiempo.

A pesar del tumulto que vive la política británica desde la victoria del Brexit en las urnas, había una cosa que estaba bastante clara: Theresa May controlaba a su partido y la situación política, y no se estaba viendo arrastrada por los acontecimientos. A pesar de algunos reveses en los tribunales y la Cámara de los Lores, su mayoría en la Cámara de los Comunes seguía siendo suficiente. El Parlamento había avalado el inicio del proceso de salida de la UE con la activación del famoso artículo 50. A día de hoy, May estaba donde quería estar.

Había, eso sí, una trampa. Su Gobierno no había dejado claro cuál era el tipo de Brexit por el que apostaba. No es que haya muchas opciones, pero la ambigüedad permitía hasta cierto punto no concretar cuál era el precio que habría que pagar. Por otro lado, en unas negociaciones muy complicadas con la UE, tampoco sería muy inteligente mostrar todas las cartas desde el principio.

Los medios han consumido miles de palabras sobre el dilema entre un «Hard Brexit» y un «Soft Brexit», y la distinción no tiene sentido. El Brexit sólo puede ser duro, porque ninguna negociación puede vulnerar el sentido del referéndum y la única opción que tiene el Gobierno –y Bruselas– es convertirlo en un proceso que dure tantos años que su final sea difícil de vislumbrar. Y esto último es algo que no gustaría a buena parte de los tories.

A la espera de acontecimientos, May se conformaba con frases de no excesiva inteligencia («Brexit significa Brexit») o de retórica nacionalista («un Brexit rojo, blanco y azul», por los colores de la bandera). Ganar tiempo nunca es un pecado mortal en política.

Lo importante estaba por delante. Un primer ministro británico nunca tiene el mismo poder dentro de su partido (y lo más importante, en su grupo parlamentario) cuando tiene una mayoría escasa en el Parlamento que cuando supera la mayoría absoluta por una distancia considerable. Debe resignarse a contar con un grupo casi permanente de disidentes en los llamados ‘backbenchers’, diputados sin cargo en la Administración y con el escaño asegurado en su circunscripción. Como bien podría recordar John Major, una mayoría absoluta de unos veintitantos diputados no permite dormir bien por las noches, sobre todo si el tema de Europa está de por medio.

May había heredado la victoria de Cameron en las últimas elecciones. Su mayoría era de 17 escaños.

Las encuestas ofrecían un pronóstico muy claro. Con los laboristas en torno a 20 puntos por detrás en la mayoría de los sondeos (18 en la media de sondeos del FT el miércoles) , los tories no iban a tener nunca un pronóstico tan favorable. Algunos asesores de May creían que había que moverse rápido. Temían que un mal resultado laborista en las elecciones locales de mayo provocara la dimisión de Jeremy Corbyn.

Los que piensan que no hay que fiarse mucho de las encuestas, entre ellos Nate Silver, deberían recordar que tienden a sobrevalorar el voto laborista durante la legislatura, al menos desde los años 90. Además, May no necesita una victoria de 20 puntos de diferencia para obtener una cómoda mayoría absoluta que justifique el adelanto electoral.

Esperar hasta el fin de la legislatura en 2020 supondría un riesgo excesivo. Para entonces, el Brexit estaría ya perfilado o cerrado en las negociaciones (lo primero es más probable), y con él las inevitables decepciones de los que pensaran que el resultado iba demasiado lejos o no lo suficiente. El Gobierno no tiene ahora ninguna garantía sobre cuál será la situación económica entonces y cómo influiría en los comicios. Sí sabe cuál es la actual, y por ahí no cree que vaya a tener problemas.

Es posible que haya dirigentes europeos en Bruselas y Berlín que aún piensen que las negociaciones podían hacer que los tories se echaran atrás y en unos pocos años intentaran revertir el Brexit, y también hay periodistas británicos que se creen esa lectura. Si eso fuera cierto, el resultado del Brexit y la convicción de los conservadores de que no hay vuelta atrás indican hasta qué punto la UE vive una vez más en un mundo alejado de la realidad.

Convocar elecciones ya supone atar en corto al partido conservador y centrarlo en ganar en las urnas, incluidos aquellos diputados que aún recuerdan que May pidió el voto a favor de seguir en la UE, cierto que con la boca pequeña y sin participar prácticamente en la campaña. Reduce la capacidad de presión de los diputados tories que quieran condicionar las negociaciones con la UE desde posiciones más radicales. Una clara victoria el 8 de junio reforzará a May, no frente a los negociadores de Bruselas, sino frente a su propio partido. La UE no tiene ninguna posibilidad de influir en la opinión pública británica, mucho menos ante los que votaron por el Brexit. Los diputados tories y los medios de comunicación eufóricos desde el referéndum, sí.

Esa política de riesgo cero se extenderá a la campaña electoral. Downing Street ya ha avisado de que no tiene la intención de que se celebren debates televisados entre los cabezas de lista. May tampoco está pensando en un programa electoral excesivamente prolijo y detallado sobre sus intenciones.

Las elecciones de junio son sólo un trámite para que May pueda tener las manos libres para lo que sea que tiene en mente. Algunos comentaristas lloran con el argumento de que se trata de una decisión cínica o deshonesta. Son las lágrimas de los perdedores. La política británica es un deporte brutal que no tiene nada que ver con el rugby. Cuando el adversario –como ahora los laboristas– está en una posición débil, se le pisa la cabeza. Si está demasiado crecido –como algunos diputados tories–, se le pisa la cabeza. Theresa May puede ser la hija de un reverendo, pero sabe que  los primeros ministros británicos de su partido duran más tiempo cuanto más brutales son.

Todo eso no impide que muchos votantes británicos hayan recibido la noticia como esta señora.


22.40

A veces, una carta al director dice todo lo que hay que decir en cinco líneas.

Por otro lado, hay cifras que son tan evidentes que cualquier político las entendería y sabría qué hacer después.

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