Qué difícil es que los políticos conozcan la diferencia entre un botellón de jóvenes y una fiesta de lujo

Quédate en casa a menos que sea imprescindible salir. No llenes los bares. No es el momento de hacer fiestas. No te reúnas con más de seis personas. Guarda la distancia de seguridad. No te veas durante mucho tiempo con otros en un espacio cerrado. Piensa en aquellos a los que podrías contagiar sin saberlo. Protege el sistema sanitario para que no ocurra lo que sucedió en primavera. De forma constante, el ministro de Sanidad ha advertido a la opinión pública de que es imprescindible «cumplir estrictamente la orden de no reunirse más de seis personas, excepto en el trabajo y los ámbitos que suponen excepciones». Hace unos días, Salvador Illa dijo: «Nos esperan cinco, seis meses muy duros si todo va bien». Pero no tan duros como para rechazar la invitación a asistir a la fiesta organizada por El Español en la noche del lunes en el Casino de Madrid para celebrar su aniversario.

¿Cómo puede el ministro de Sanidad justificar su presencia en un acto de estas características cuando ha suplicado a la gente que restrinja al máximo sus contactos sociales? ¿Hay dos reglas, una para los ciudadanos de a pie y otra para la élite política y empresarial del país? En términos epidemiológicos, ¿en qué se diferencia en cuanto a riesgo de contagio un botellón con jóvenes en un parque público de una fiesta en que los invitados están sentados en mesas circulares conversando durante más de una hora?

Illa no fue el único ministro que acudió al acto. También estuvieron los de Justicia, Defensa y Cultura, así como la fiscal general. Además, los presidentes de las Comunidades de Madrid, Murcia y Castilla La Mancha, y el alcalde de Madrid. Prácticamente toda la cúpula del PP, incluidos Pablo Casado, Teodoro García Egea y Ana Pastor. Una amplia representación de la élite empresarial del país. Y hasta el jefe del Estado Mayor de la Defensa, el general Miguel Ángel Villarroya, ese que se hizo famoso en las ruedas de prensa de hace meses con su frase «todos los días son lunes en tiempos del coronavirus».

Este lunes, cumplió con su deber en las trincheras de esa guerra entrando con el uniforme lleno de condecoraciones en el Casino de Madrid para recoger un premio concedido a las Fuerzas Armadas.

Sólo en la foto en la que el director de El Español, Pedro J. Ramírez, posa con Casado y otros dirigentes del PP hay siete personas, una más que el número máximo permitido para las fiestas o reuniones en una vivienda.

El ministro de Sanidad ha sido particularmente efectivo en varias ocasiones a la hora de intentar convencer a la opinión pública de la imperiosa necesidad de respetar las normas que limitan los contactos sociales. «No hay más ciego que el que no quiere ver», dijo para insistir en la idea de que la Comunidad de Madrid debía reforzar esas medidas. Es difícil saber en qué estaba pensando cuando aceptó la invitación de un acto social celebrado por la noche, precisamente cuando la noche se ha convertido en un factor de riesgo con el que se justifica la aplicación de una medida tan inusual como el toque de queda.

Lo que sí sabemos es la explicación del Ministerio de Sanidad: «Se sentó en una mesa con cinco personas, cumpliéndose las medidas de distanciamiento social. Estuvo aproximadamente una hora y en ningún momento se quitó la mascarilla. Tras la entrega de premios, se fue».

A efectos de no incurrir en una sanción, se recomienda no utilizar esta versión si la policía te pilla saliendo de una fiesta en una casa en la que hay más de seis individuos. La policía no tiene tanto sentido del humor como los periodistas.

El Ministerio alega que se les informó de que asistirían 80 personas. El Español destaca que esa fue la cifra de invitados, que se cumplieron las normas de seguridad sanitaria y que se ocupó el 33% del aforo del local. El acto concluyó antes del inicio del toque de queda.

Las normas del Ministerio de Sanidad aprobadas en el Consejo Interterritorial de Salud dejan muy claro que para las comunidades autónomas en situación de nivel 3 de alerta sólo se pueden celebrar de forma telemática los «congresos, encuentros, reuniones de negocio, conferencias y seminarios», categoría en la que se puede enclavar la entrega de premios de El Español. El número de asistentes reconocido en el acto del lunes supera también los límites establecidos para los niveles 1 y 2, máximo de 50 asistentes en el primer caso y de 30 en el segundo. Madrid no se encuentra en ninguno de estos dos supuestos.

En la comunicación enviada por el Gobierno al Congreso para la prórroga del estado de alarma, se dice: «La restricción de la movilidad nocturna se considera una medida proporcionada con un potencial impacto positivo en el control de la transmisión, al evitarse situaciones de contacto de riesgo vinculadas a encuentros sociales». Sólo falta la referencia a ‘excepto si se trata de una fiesta organizada por un medio de comunicación a la que un ministro no se atreve a renunciar’.

«El acto contó con las garantías, pero, después de ver la información, toca una autorreflexión por parte de todos los que tenemos que participar en actos públicos para limitar nuestra presencia física», explicó la portavoz del Gobierno, María Jesús Montero cuando le preguntaron por la polémica. A la hora de escribir estas líneas, ninguno de los políticos asistentes ha pedido disculpas, por lo que hay que deducir que consideran que su conducta fue irreprochable. Inés Arrimadas sí hizo algo. En la mañana del martes, su foto desapareció de la fotogalería publicada por El Español. Almeida tampoco dio señales de vida y eso que él escribió que «los políticos deberíamos ser capaces de hacer aquello que exigimos a los ciudadanos» cuando quiso criticar a Isabel Celaá por viajar a Bilbao para ver a su médico hace unas semanas.

A los políticos les encanta decir que es importante hacer «pedagogía» con la gente sobre sus decisiones. No recuerdan con la misma facilidad que eso vale para sus palabras, pero también para sus actos. Otros políticos extranjeros han pagado un precio alto por ignorarlo. Errores similares durante la pandemia han costado el puesto al ministro de Sanidad de Nueva Zelanda y al comisario europeo de Comercio. En la República Checa, el primer ministro ha exigido al titular de Sanidad que dimita si no quiere ser cesado por una visita a un restaurante.

En su próxima comparecencia pública, sería conveniente que Illa contara si las estrictas normas sanitarias contra las fiestas se aplican con rigor a los de abajo, mientras que los de arriba pueden seguir con sus fiestas corporativas. El tema es algo más que un asunto de la crónica social, porque tiene que ver con la credibilidad de aquellos que están reclamando duros sacrificios a los ciudadanos. Si la pierden, lo que digan tendrá mucho menos valor.

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