Qué ha contado Iker Jiménez en su vuelta televisiva y por qué puede ser un problema para todos

Este verano fue testigo en España del rebrote del coronavirus y de otro fenómeno más sobrenatural. Iker Jiménez descubrió horrorizado que muchos de sus seguidores en televisión y YouTube lo tachaban de traidor y vendido al poder. Si dos extraterrestres hubieran aparecido en su plató y le hubieran comunicado en perfecto español que ellos construyeron los pirámides en un fin de semana para matar el tiempo, se habría sorprendido menos (de hecho, eso no le habría sorprendido en absoluto). Esa reacción despechada se le echó encima por admitir que el Covid-19, que ha matado a más de 800.000 personas en todo el mundo, es real, no una conjura montada para favorecer a Bill Gates, George Soros y Pedro Sánchez, por este orden. «Son los mismos que hace semanas me llamaban patriota», dijo Jiménez, lo que da algunas pistas sobre la ideología de los desafectos.

Perplejo y dolorido, el presentador televisivo reaccionó en agosto de forma confusa en Twitter. Le interesaba mucho decir lo que no era: «No soy un traidor, no estoy a favor de Soros, Bildelberg ni la Masonería». El desmentido no parecía suficiente e insistía después: «No soy judío, no soy masón, no pertenezco a ninguna sociedad secreta u oculta». Judíos y masones, los enemigos declarados de la propaganda del franquismo que parece que no han perdido capacidad de hacer el mal en ciertas mentes.

¿Cómo pudisteis hacerme esto a mí?, era el argumento principal de Jiménez. Yo, que he analizado temas «intocables», como «la pederastia de las élites» o «el marxismo cultural» (este último, un tema que también preocupa a Cayetana Álvarez de Toledo)

«Algo he debido hacer mal yo durante muchos años», contó también en un instante de lucidez. Este fin de semana, volvió a Cuatro su programa ‘Cuarto Milenio’, interrumpido por la pandemia en marzo, con lo que existía la oportunidad de comprobar su presunto propósito de enmienda. Falsa alarma. «Nosotros no hemos cambiado de chaqueta», dijo al principio. Continúa residiendo en ese lugar donde los hechos son sólo una versión que hay que desmontar.

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