Robert Fisk y los periodistas que corren hacia el volcán

Robert Fisk siempre tenía muy claro qué es lo que debía contar. A veces, demasiado claro, pero esa es una tendencia muy habitual entre periodistas británicos. En algún lugar de Oriente Medio, alguien estaba intentando ocultar algo o que quedara enterrado bajo la montaña habitual de versiones, acusaciones o denuncias cruzadas. Los gobiernos eran el sospechoso habitual para él, un pronóstico con el que pocas veces te sueles equivocar.

Fisk recordaba obsesivamente la historia –no la de los últimos años, sino la que se prolongaba en el tiempo hasta la época en que los imperios británico y francés se repartieron sus zonas de influencia a través de la línea Sykes-Picot o el día en el que el rey saudí Abdul Aziz subió al barco USS Murphy para reunirse con Roosevelt– con la intención de avisar de que algo iba a acabar mal. Otros afirmaban que esta vez sería diferente. Tratándose de Oriente Medio, no es difícil saber quién estaba equivocado.

El periodista británico ha fallecido a los 74 años en una de sus visitas a Dublín. Su carrera es un recorrido por todas las guerras de Oriente Medio desde los años 70 y algunas en otras partes del mundo.

En el prólogo de su mejor libro ‘Pity the Nation. Lebanon at War’, ofrecía un apunte de lo que entendía como trabajo periodístico en esas condiciones:

«Creo que estaba en Líbano porque creía, de una forma no muy clara, que estaba siendo testigo de la historia, que vería con mis propios ojos una pequeña parte de los épicos acontecimientos que habían dado forma a Oriente Medio después de la Segunda Guerra Mundial. En el mejor de los casos, los periodistas se sitúan en los límites de la historia, como los vulcanólogos que se colocan en el borde de un volcán humeante, intentando ver por encima de la cresta, estirando el cuello para otear lo que ocurre dentro a través del humo y la ceniza. Los gobiernos se ocupan de que eso no cambie. Sospecho que de eso se trata en el periodismo, o que al menos así debería ser: observar y ser testigo de la historia y después, a pesar de los peligros y las limitaciones de nuestras imperfecciones humanas, registrar todo eso de la forma más honesta».

Antes había cubierto para The Times el conflicto del Ulster, donde había comprobado cómo el colonialismo deja heridas que pueden escupir sangre durante décadas o incluso siglos. En Beirut cubrió la permanente guerra civil desde sus orígenes y todas las intervenciones militares de potencias extranjeras, asumiendo grandes riesgos en los años 80 cuando los periodistas extranjeros eran candidatos automáticos al secuestro. Su amigo, el norteamericano Terry Anderson, de AP, pasó seis años y nueve meses secuestrado por una milicia chií proiraní. Llegó un momento en que sólo quedaban cuatro periodistas de medios occidentales en Beirut. Fisk era uno de ellos.

Cubrir esa guerra suponía ser testigo de un horrible catálogo de atrocidades. Otro de esos reporteros, el boliviano Juan Carlos Gumucio, que años después sería corresponsal de El País en Jerusalén, le acompañó en un viaje a Sidón donde se había descubierto otra fosa común llena de cadáveres. Gumucio hizo uno de esos comentarios típicos de él, entre irónico y desesperado: «¿Somos reporteros o analistas? Creo que me voy a convertir en un corresponsal de fosas comunes». Luego comprobaron que los huesos se remontaban a dos mil años atrás. Fue un inusual ejemplo de cómo el pasado se reunía con el presente, porque Fisk y Gumucio habían sido testigos de enterramientos masivos de otras víctimas más recientes.

Fisk fue de los primeros que entraron en el campamento de Chatila, habitado por refugiados palestinos, poco después de que lo abandonara la milicia falangista aliada de Israel. Lo que vieron primero fue un número infinito de moscas atraídas por la sangre. Muy pronto, descubrieron las consecuencias de la matanza que, junto a la ocurrida en el campamento de Sabra, definió las consecuencias de la invasión de Israel. Para vengar el asesinato de su líder, Bashir Gemayel, los falangistas asesinaron a sangre fría a entre mil y dos mil palestinos de forma metódica, con cuchillos, pistolas y fusiles, a jóvenes, mujeres, niños y abuelos, mientras las tropas israelíes contemplaban lo que sucedía desde sus puestos de observación en el exterior del campamento.

«Lo que encontramos en el campamento palestino de Chatila a las diez de la mañana del 18 de septiembre de 1982 no hacía imposible su descripción, aunque hubiera sido más fácil contarlo con la prosa fría de un examen forense. Había habido antes masacres en Líbano, pero raramente a esta escala y nunca observados de cerca por un Ejército regular y supuestamente disciplinado. En el pánico causado por la batalla, decenas de miles de personas habían muerto en este país. Pero esta gente, centenares de ellos, había sido eliminada a tiros cuando estaba desarmada. Esto era un asesinato en masa, un incidente –qué fácilmente usábamos la palabra ‘incidente’ en Líbano– que era también una atrocidad. Iba más allá de lo que los israelíes habrían llamado en otras circunstancias una atrocidad terrorista. Era un crimen de guerra».

En 2019 en el documental ‘This Is Not a Movie’ dedicado a su trabajo, recordó esa visita a Chatila y en The Independent dejó clara una lección: hay que escribir en detalle sobre esas matanzas para que años después la gente no las llame ‘supuestas matanzas’.

El periodista fue testigo de otras muchas masacres, y de las consecuencias que tuvieron. Estuvo en Siria cuando el Ejército aplastó la rebelión islamista en la ciudad de Hama en 1982. O en Afganistán donde el Ejército soviético bombardeaba los pueblos donde el mando militar creía que se escondían los muyahidines.

Fisk reunió toda una vida de trabajo en ‘The Great War for Civilisation: The Conquest of the Middle East’, un libro inmenso de más de mil páginas. Su extensión casi abruma al lector. Ahí volcó todo lo que había visto. Un periodismo para el que había que ser neutral, pero siempre «del lado de los que sufren». Eso te obliga a contar la verdad. Al menos, la parte de la verdad a la que tienes acceso.

Nunca fue muy popular para los gobiernos, empezando por el británico. Cómo iba a serlo si no se privaba de contar que Gran Bretaña aportaba a Arabia Saudí todo lo que necesitaban sus gobernantes: aviones de guerra, whisky y prostitutas. Sin hacer preguntas. Fisk se convirtió en un símbolo del periodista que destaca que las ocasiones en que un país occidental se ve castigado por el terrorismo que tiene su origen en Oriente Medio no acarrean más dolor que las muchas otras violencias de las que esos mismos países son responsables, bien por su pasado imperial o por las guerras iniciadas en el presente o el apoyo a regímenes dictatoriales a los que se sostiene por ser presuntamente el mal necesario, como está ocurriendo ahora en Egipto.

Ningún periodista está libre de cometer errores ni todas sus predicciones suelen cumplirse. Fisk los tuvo, porque no siempre el desenlace de un conflicto es el prólogo del siguiente. La historia no siempre se repite en cada país en calidad de maldición. En los últimos años, ya no veía los problemas de Líbano con los ojos distanciados de un reportero extranjero, sino como alguien que llevaba viviendo décadas en el país y ya no podía ocultar los sesgos normales. Ya no era un testigo, sino una parte interesada, como cualquiera de sus habitantes.

Pero muchos de los que le criticaron a partir de año 2000 no pueden presumir de haber estado más acertados que él después del derrocamiento de un dictador criminal como Sadam Hussein. Su experiencia como reportero es la que le sirvió para señalar que la invasión de Irak por EEUU sólo iba a perpetuar la violencia o a prolongarla con actores diferentes.

Es indudable que Fisk se acercó al volcán mucho más que los que le criticaban. Allí vio que la violencia ha sido una de las grandes herramientas de la historia en manos de los que tienen el poder. Y se ocupó de contar lo que vio para impedir que otros dijeran después que esos hechos no habían ocurrido.

From Beirut to Bosnia: The Martyr’s Smile. Primera parte. Un documental dirigido por Robert Fisk. Segunda parte: The Road To Palestine. Tercera parte: To the Ends of the Earth.

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