Syriza y la «bulimia neocolonial» de la UE

kotzias

Antes de empezar a hablar de deuda y troikas, los periódicos ya tuvieron la oportunidad de lanzar la voz de alarma con la reunión de ministros de Exteriores de la UE dedicada a la crisis de Ucrania. Grecia había impedido la aprobación de nuevas sanciones a Rusia cuando la UE pretendía dar imagen de dureza pocos días después del bombardeo de Mariupol, decían. Así salió en algunas portadas.

No fue para tanto si nos creemos lo que dijo el ministro lituano de Exteriores, Linas Linkevicius, siempre dispuesto a aplicar mano dura frente a su peligroso vecino ruso, cuando restó importancia al drama. Los griegos «borraron algunas palabras, pero no fue para tanto», dijo al NYT.

Algunos gobiernos querían que el comunicado incluyera las palabras «medidas restrictivas» (es decir, sanciones) y se tuvieron que conformar con «acciones apropiadas». En ambos caso, dudo de que Putin estuviera temblando. Con razón decía Margallo que se había producido una «discusión bizantina».

La realidad es que los países del Este y Londres estaban interesados en aplicar mayor dureza al texto, pero franceses e italianos no parecían tener ninguna prisa. Berlín dijo que aún es demasiado pronto para hablar de nuevas sanciones. Tampoco cuentan con ninguna técnica milagrosa para solucionar una crisis que a día de hoy sólo puede ir a peor.

Nadie puede negar que los gobiernos griegos –y el actual no es una novedad– siempre han tenido una cercanía especial hacia Moscú a causa de la religión ortodoxa y la historia. Ya se vio en la época de las guerras de los Balcanes. La rivalidad histórica con el imperio turco les unió tiempo atrás. La guerra civil posterior a la Segunda Guerra Mundial fue otro episodio que envenenó las relaciones de la izquierda griega con las potencias occidentales. Comenzó cuando la policía, apoyada por los soldados británicos, abrió fuego contra una manifestación pacífica de las fuerzas de izquierda y mató a 28 personas. Stalin aceptó que Grecia caía bajo el dominio occidental y los comunistas nunca tuvieron la menor oportunidad contra sus enemigos, apoyados por británicos y norteamericanos.

La izquierda nunca perdonó a EEUU y la OTAN que toleraran el golpe de Estado de los coroneles en 1967 y que luego la Administración de Nixon apoyara al Gobierno militar fascista. Grecia era base habitual de la VI Flota y los militares continuaron con sus compras de material militar norteamericano. Que el golpe no fuera obra directa de la CIA no importaba mucho, en especial si algunos de sus promotores estaban en su nómina.

El nuevo ministro griego de Exteriores, Nikos Kotzias, ha sido acusado por la actual oposición de ser «ultranacionalista» y prorruso. Lo primero no es una novedad en Grecia si entendemos como tal considerar que Turquía es el mayor adversario del país. Para lo segundo, enarbolan una foto posterior a un debate en la Universidad de El Pireo, de la que él era profesor, moderada por Kotzias y en la que el invitado estrella era un profesor filofascista ruso llamado Alexander Dugin. Kotzias ha negado que él invitara a Dugin, uno de esos personajes oscuros habituales en Moscú que el Kremlin utiliza en ocasiones si le sirven a sus intereses y de los que se deshace con rapidez cuando empiezan a dar problemas.

Es posible encontrar frases de Durgin elogiando a Syriza. También hay que saber que concedió una entrevista a la web de Amanecer Dorado hablando en buenos términos de los neonazis griegos. Las universidades invitan a veces a gente muy perturbada.

La posición oficial de Syriza en relación a Ucrania ha consistido en denunciar tanto «el régimen corrupto y autoritario de Yanukóvich» (ver comunicado de abril de 2014), como en criticar duramente la participación de EEUU y la UE en la desestabilización del país, mientras «apoyan directa e indirectamente a grupos neonazis y extremistas» presentes en el Gobierno de Kiev.

Los eurodiputados de Syriza han votado en Bruselas contra resoluciones que suscribían las sanciones a Rusia. El portavoz de temas de internacional del partido, y actual viceministro de Defensa, Costas Isychos, dijo en septiembre que esas sanciones eran un ejemplo de «bulimia neocolonial» de la UE y elogió la resistencia de las milicias prorrusas contra el Gobierno de Kiev. Alexis Tsipras estuvo en Moscú en mayo de 2014, donde dejó claro que estaba en contra de la política oficial de la UE en relación a Ucrania: «Para nosotros es una vuelta atrás ver al fascismo y los neonazis entrar otra vez en gobiernos europeos y que la UE lo acepte». «La UE se está disparando en el pie con esta estrategia» (de las sanciones).

Todo eso debió sonar estupendamente en los oídos de Putin, cuyo gobierno ha apoyado a cualquier partido, con independencia de su ideología, que pudiera resquebrajar el frente común de la UE.

Pero lo que Tsipras pidió entonces fue una solución «política y diplomática» para acabar con la violencia en Ucrania, que con ser muy difícil es la única viable para afrontar un problema que era político en origen, mucho antes de que el primer soldado ruso, con o sin uniforme, traspasara la frontera.

La política exterior suele ser un tema en el que los partidos ajustan su enfoque una vez llegan al poder. Muchos sectores dentro de Syriza han pedido a lo largo de años la salida de Grecia de la OTAN. Tsipras ha dicho en más de una ocasión que tras la guerra fría la OTAN no tiene razón de existir, pero que no pediría, si llegaba al poder, la salida de la organización, aunque sí la renegociación de la participación de Grecia en las relaciones internacionales.

Es cuestión de prioridades, y las del Gobierno de Syriza tienen mucho más que ver con la UE y la recuperación económica del país. Pero no parece que en futuras cumbres europeas los demás países encontrarán a Tsipras dispuesto a firmar cualquier comunicado que sólo sirva para intentar meter miedo a Putin.

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