Theresa May impone a los tories un Brexit pragmático y nada radical

“Brexit means Brexit”, dijo Theresa May en julio de 2016. Dos años después, Brexit significa una versión menos tajante y más pragmática, muy alejada de las aspiraciones de los ministros de su Gobierno partidarios del llamado Brexit ‘duro’. Quizá la única esperanza de estos resida en que la Comisión Europea decida que las concesiones que plantea May no son suficientes. Como no tienen más respuesta que la ruptura total con la UE, se supone que se quedarán con la alternativa de que finalmente no haya acuerdo, una posibilidad de consecuencias muy negativas para la economía británica.

May reunió el viernes a todo su Gabinete en Chequers, la residencia para los fines de semana del primer ministro británico. Fueron cerca de diez horas de negociaciones, incluidos almuerzo y cena, que comenzaron con un detalle revelador. Los ministros acudieron sin sus asesores y debían entregar sus móviles a la entrada. Un apagón informativo total que impedía filtraciones y que demostraba quién marcaba las normas. Además, una fuente anónima de Downing Street indicó que si algún ministro presentaba la dimisión allí mismo, perdía el derecho a usar su coche oficial y tendría que pedir un taxi para volver a Londres a 60 kilómetros de distancia.

El acuerdo alcanzado fue definido de inmediato por los medios británicos como un ‘Brexit blando’ y una victoria de May al plantear como objetivo una unión aduanera con la UE para el intercambio de bienes, no de servicios, que impida una frontera real entre Irlanda y el Ulster. En ese caso, Londres se ocuparía de recaudar los aranceles de los productos (incluidos los agrícolas) que llegaran al Reino Unido cuyo destino final fuera un país de la UE y luego entregaría esa cantidad a Bruselas. En el caso de discrepancias sobre los criterios sobre la admisión de esos productos, intervendría el Tribunal Europeo de Justicia (auténtica bestia negra para los partidarios del Brexit en el Partido Conservador).

Bruselas se ha mostrado hasta ahora reticente a esa idea por las dificultades técnicas de aplicarla y la posibilidad de que permita el fraude y el contrabando. No está claro que exista la tecnología necesaria para implementarla con seguridad. Al mismo tiempo, no será fácil que la Comisión acepte una excepción en las cuatro libertades de movimiento. Lo que vale para un bote de tomate no serviría para los seres humanos, porque Londres pondría fin a la libertad de movimiento de personas.

El acuerdo no afecta a los servicios, sólo a la importación y exportación de bienes industriales y agrícolas. Es algo que perjudica a la economía británica muy volcada en los servicios (en torno al 80% de su PIB). Es una especie de concesión que Londres hace a la UE, que obviamente nunca aceptará una relación comercial completa con el Reino Unido con todas las ventajas de pertenecer a la UE, pero sin ninguna de sus obligaciones.

Michel Barnier, jefe del equipo negociador de la Comisión, saludó el acuerdo con la precisión de que ahora es el momento de analizar si las propuestas que contiene son “viables y realistas” en función de los principios para la negociación adoptados por la UE.

En el análisis de urgencia pero muy concreto que hace Robert Peston –jefe de Política de ITV News–, se destaca que el acuerdo no supone una pérdida de soberanía similar a la relación de Noruega con la UE, pero tampoco está muy lejos. Si la negociación llega a buen puerto, el Reino Unido abandonará la UE, pero no recuperará por completo “el control”, que fue una de las grandes banderas de la campaña del Brexit.

Políticamente, no hay dudas sobre el desenlace. Todos los comentarios de los últimos meses sobre la incapacidad de May para imponer una solución pragmática y teóricamente viable a la banda del Brexit duro encabezada por el ministro de Exteriores, Boris Johnson, parecen quedar desmentidos. De momento. May no se fía de Johnson y por eso su gente ya se ha ocupado de filtrar a The Times que envió un mensaje a su ministro: si boicotea el acuerdo desde dentro del Gobierno, será destituido.

Los primeros mensajes de los antiguos partidarios del Remain en el Gobierno de May revelan que están muy satisfechos. Es el mejor acuerdo que se podían permitir. El grupo del Brexit duro no piensa lo mismo. Sus más encendidos seguidores lo han comenzado a llamar en Twitter “Brexit in name only”. Ha llegado la hora de la verdad y a los diputados tories más euroescépticos sólo les queda promover una moción de censura dentro del grupo parlamentario conservador con el objetivo de forzar la dimisión de la primera ministra.

Veremos el lunes si se atreven a tanto.

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