Trump en la Cúpula del Trueno republicana

Había una oportunidad que el circo republicano tuviera hoy una de sus últimas actuaciones por todo lo alto. Pasaba por que Donald Trump ganara en Florida y Ohio en un día en el que se votaba en cinco estados con un importante número de delegados en juego. Obtuvo la victoria en Florida con un millón de votos y sacó 19 puntos a Rubio y 29 a Cruz. También ganó en Illinois y Carolina del Norte demostrando otra vez que es el único candidato que ha conseguido ganar en zonas diferentes del país sin estar atado a un sector determinado del partido o perfil sociológico concreto (a esta hora el resultado aún no está decidido en Missouri). No lo consiguió en Ohio, donde el gobernador del Estado, John Kasich, le sacó 11 puntos.

Esta última derrota ha servido para alentar más especulaciones en los medios sobre una convención abierta en verano a la que se llegue sin que ningún candidato haya sumado los 1.237 delegados necesarios para alcanzar la nominación. Es la clase de alternativa con la que los periodistas pueden pasarse semanas especulando hasta perder la noción del tiempo y la realidad. Pero es también la única opción que le queda al establishment republicano para frenar a Trump, del que creen que les llevará a una rotunda derrota en las elecciones de noviembre.

A causa del dato de Ohio, algunos periodistas han comentado que Trump tendría que hacerse con el 56% de los delegados aún en juego (otros dan porcentajes menores, como el 52%) para llegar a la meta y convertir en imposible una conspiración de los jefes del partido. No lo creen posible, pero el caso es que tampoco daban ninguna posibilidad a que Trump encabezara el duelo republicano con amplia ventaja y ya vemos dónde está.

Trump es como una granada de mano con la anilla de seguridad a punto de saltar colocada sobre una mesa coja en la que también han puesto una botella de nitroglicerina sin tapón. Sus enemigos republicanos llevan tiempo aspirando a que algún día se autoinflinja una herida mortal que le haga perder las siguientes primarias en cascada. Lo primero en cierto modo ya ha pasado, y varias veces, sin que se haya producido el hundimiento de Trump.

Sólo queda ya la opción del golpe, forzar la convención abierta (“brokered convention” es la expresión más habitual en inglés, no la única) por la que una vez que una primera votación no ofrece un ganador con al menos 1.237 votos, a partir de ese momento los delegados están liberados de votar al candidato que prefieran. Como si fuera un cónclave papal, las votaciones se suceden hasta que haya un ganador. En 1924 los demócratas tuvieron que votar 103 veces sin que saliera elegido ninguno de los dos que se habían neutralizado en las 102 anteriores.

Explicado así, parece sencillo, pero en realidad no lo es. Cada Estado tiene normas diferentes y además en 1960 se aprobaron una serie de reformas para limitar el poder de los dirigentes republicanos en las convenciones e impedir que impusieran su voluntad sobre los deseos de las bases del partido expresados en las primarias.

Se le llama en inglés “brokered”, porque la idea es que las negociaciones, amenazas y promesas que se hacían los dirigentes fueran las que orientaran las votaciones hasta alcanzar el resultado deseado por el establishment. La última convención de este tipo entre los demócratas fue en 1952, entre los republicanos en 1948. No hay que decir que en esa época no había Internet ni canales televisivos de noticias.

En la situación actual, los únicos candidatos que llegarían a esa convención con legitimidad suficiente para ser elegidos serían Trump y Cruz. En ambos casos, podemos asegurar que una parte importante de los votantes del partido preferiría quedarse en casa antes que votar por alguno de los dos en noviembre. Sacarse del cajón otro nombre más presentable convertiría a todo el proceso electoral de las primarias en una inmensa broma o pérdida de tiempo. ¿Tres meses después, esas personas engañadas aceptarían votar al candidato misterioso? Buena suerte con eso.

Eso sí, como espectáculo televisivo sería grandioso. En esa convención disfrazada de Cúpula del Trueno republicana (dos entran y sale uno que quizá no sea ninguno de esos dos), veríamos a Trump en estado psicótico denunciando un golpe y lanzando su acostumbrado torrente de amenazas que siempre escuchan con atención sus airados partidarios.

Y ahí es donde conviene fijarse en la polémica de las últimas semanas con Trump alentando la violencia contra los que protestan en sus mítines, apoyando a los que se tomen la justicia por su mano (aunque de lo de pagarles la defensa jurídica se tendría que olvidar porque al haberlo anunciado ya podrían acusarle a él de conspiración para cometer delitos violentos), rectificando sólo a medias al día siguiente para después volver a recitar que el país se está yendo al carajo porque los norteamericanos ya no se defienden de la forma, digamos, viril, que siempre les caracterizó. Y la granada de mano y la botella de nitro siguen dando pequeños saltos sobre la mesa, y nadie sabe si todo puede estallar en cualquier momento.

Trump no le debe nada al Partido Republicano, no tiene ningún cargo en él ni muchos amigos entre sus principales dirigentes y cargos electos. Toda esa incursión en la violencia que ha escandalizado a políticos y medios en EEUU tiene una ventaja para él. Es una forma de decir: puede que os caiga mal, pero estoy tan loco que puedo llevarme a todo el partido por delante si me dejáis sin la candidatura.

Lo dicho, sería un espectáculo grandioso, no apto para menores de 14 años ni personas con antecedentes de enfermedades coronarias.

Los números que MSNBC dio por la noche (es una estimación que en otros medios es diferente, aunque no por mucho) antes de los resultados de Missouri indican que Trump está con 621 delegados, Cruz con 400, Rubio –ya retirado– con 169, y Kasich con 133.

No ha habido que esperar mucho para que Trump ponga su amenaza en los titulares.

A fin de cuentas, ¿quién dijo que todos los disturbios tienen que ser malos?

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