Trump encaja la primera derrota en su tercera semana en la Casa Blanca

Donald Trump sólo ha necesitado tres semanas para descubrir que ser presidente de EEUU no es tan fácil como ser Donald Trump. Prometió una ofensiva en todos los frentes para aplicar su programa («you won’t believe it», anunció) y se ha encontrado con una sonora derrota en el asunto más polémico, el paso que algunos decían que no se iba a atrever a dar) y con el que quería dejar su sello nada más llegar al despacho oval.

El veto inmigratorio a los nacionales de siete países musulmanes ha sufrido dos derrotas judiciales tan claras que varios medios dan por hecho que ya es historia, al menos en su redacción actual. La Casa Blanca aún no ha decidido si recurrirá al Tribunal Supremo, pero se considera poco probable porque sólo serviría para ralentizar el proceso, que supuestamente es urgente para Trump, sin muchas garantías de éxito. Por eso, el presidente de EEUU anunció el viernes que a principios de la próxima semana aprobará nuevos decretos para impedir la llegada de gente peligrosa al país.

Las decisiones judiciales y las informaciones de los medios han confirmado que el caos que se vivió en los aeropuertos también se produjo puertas adentro en la Casa Blanca. Fue el consejero Stephen Bannon, el más ultraconservador de los asesores de Trump, el que llevó la iniciativa sin que los especialistas legales de los departamentos de Justicia y Seguridad Interior pudieran plantear cambios. Esa improvisación también molestó a varios congresistas republicanos que se vieron obligados a defender unas medidas mal diseñadas y a encajar las protestas de muchos votantes de su circunscripción. En EEUU, los congresistas prestan atención a los emails y llamadas telefónicas que reciben en su oficina, y la respuesta que comprobaron no fue nada positiva.

Cada día, muy poco después de levantarse, Trump utiliza su arma más preciada y que tan útil le fue en campaña: su cuenta de Twitter con 24 millones de seguidores (la cuenta oficial de @Potus la emplea en general para fines menos exóticos o para retuitear a su cuenta personal). Con esos mensajes, genera noticias y también ruido, porque a la hora de la verdad hay decisiones que no se pueden poner en marcha a golpe de tuit.

Como dice el WSJ: «La tercera semana ha mostrado los límites de la forma de gobernar de Trump, y ha estado llena de ejemplos de que el estilo desinhibido que le dio numerosas victorias en campaña puede verse neutralizado por los obstáculos habituales en el sistema político estadounidense».

El artículo cita a un alto cargo del Gobierno que dice que se pondrán en marcha controles internos para que los decretos del presidente pasen por los filtros necesarios: «La gente se lo pensará dos veces antes de actuar por su cuenta».

El Gobierno a golpe de tuit de Trump se ha topado con las instituciones y no ha salido bien parado. Los tribunales, los fiscales generales de estados demócratas, el Congreso y el aparato administrativo del Gobierno son obstáculos muy correosos, incluso para un presidente de EEUU. No lo tienen más fácil los que tienen la obligación de poner en práctica la política del presidente, incluidos los que se ocupan de asuntos delicados de política exterior. En otro artículo del WSJ, un miembro del Consejo de Seguridad Nacional explica qué efecto tienen esas andanadas de Twitter: «Todo son tuits y declaraciones escandalosas, así que tienes a toda esa gente con experiencia (en el Consejo) intentando cómo encontrar un sentido a todo eso».

La respuesta airada, casi infantil, de Trump al verse derrotado –por un juez federal de ideas conservadoras nombrado por George Bush– no habrá tranquilizado a los republicanos que creen en la división de poderes. Cuenta además con el toque siniestro de amenazar a todos los jueces de hacerles responsables de cualquier atentado terrorista que se produzca.

Con ocasión del veto migratorio, ya se vio la capacidad de los demócratas en el Congreso y en los gobiernos de los estados para contraatacar. Trump también corre el riesgo de recibir fuego amigo si no procede con rapidez con temas favorecidos por muchos congresistas republicanos. Aún no se sabe qué hará con la reforma sanitaria de Obama. Trump ha prometido que acabará con el llamado Obamacare, pero sin reducir el número de personas que tienen ahora acceso a cobertura sanitaria ni la cartera de servicios a la que tienen derecho.

Hay congresistas republicanos que ya se están impacientando. «El mayor problema con esperar es que eso no es lo que dijimos a los votantes que haríamos», ha dicho el congresista Jim Jordan, de Ohio. El senador Mike Lee, de Utah, no quiere esperar más tiempo y plantea que el Congreso apruebe el proyecto de ley de 2015 con el que los republicanos pretendían anular la reforma, y que fue vetado por Obama: «Si podemos conseguir algo más agresivo, estupendo. Pero no podemos hacer progresos hasta que no anulemos el Obamacare».

Con el primer decreto del veto migratorio, Trump ha encajado la primera derrota, y todo el mundo sabe cómo odia la etiqueta de perdedor (es un insulto que usa con frecuencia contra sus enemigos). Gobernar a golpe de decreto no es muy efectivo si se hace de forma tan caótica que los jueces –también los conservadores elegidos por presidentes republicanos– encuentran múltiples agujeros jurídicos que les obligan a intervenir. Necesita alimentar además al Congreso dominado por los republicanos, y en el Senado varios de los republicanos le están marcando de cerca por si se demuestra demasiado amistoso con Rusia, mientras otros temen que el estilo disperso que caracteriza al presidente no les funcione tan bien a ellos.

Una catarata de tuits matutinos no cambiará eso.

23.15

La encuesta de Gallup del domingo demuestra que la tercera semana de Trump ha tenido un precio: un 40% de apoyo, frente a un 55% de rechazo. No hay precedentes recientes de caer tan bajo tan poco tiempo después de llegar a la Casa Blanca. Para alguien acostumbrado toda su vida a ser popular, conocido y elogiado, tiene que ser un golpe bajo. Obviamente, eso no quiere decir que vaya a cambiar de rumbo.

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