Un intento de golpe de Estado que lleva la firma de Donald Trump

La presidencia de Donald Trump siempre ha estado ligada a la idea de la violencia. En la campaña electoral de 2016, el entonces candidato republicano jaleaba a sus seguidores para que trataran con dureza a los que intentaban reventar sus mítines. En el discurso inaugural de su toma de posesión, enarboló la idea de ‘America First’ que había sido el grito de batalla de los norteamericanos reaccionarios para impedir que el Gobierno de Roosevelt declarara la guerra a la Alemania nazi. En los incidentes violentos provocados por grupos racistas en Charlottesville, en los que una mujer murió asesinada tras ser atropellada de forma intencionada, Trump se negó a condenar a los responsables y dijo que «ambos bandos» eran responsables de los hechos.

El final de su presidencia ha estado a la altura de su trayectoria en la Casa Blanca. Todo se ha acelerado después de su derrota de noviembre en las urnas. A partir de ese momento, Trump se ha lanzado a una campaña de incitación a la violencia con la que responder al supuesto fraude electoral que ha sido negado por los tribunales.

El mismo día en que una turba de centenares de radicales ultraderechistas asaltaron el Congreso de EEUU, el presidente aún en el cargo pronunció un discurso ante sus seguidores con la intención de animarles a luchar hasta el final. Les animó a desfilar por Pennsylvania Avenue para «dar a los congresistas republicanos el tipo de orgullo y la valentía que necesitan para recuperar nuestro país». No se trataba de realizar una protesta política frente al Capitolio, sino de algo más: «Tenéis que luchar hasta el final, porque si no lucháis hasta el final, ya no tendréis un país».

Le tomaron la palabra. Ayudados por una insólita pasividad policial, centenares de ellos entraron por la fuerza en el Congreso. Obligaron a que el Servicio Secreto sacara de inmediato del hemiciclo del Senado al vicepresidente, Mike Pence, que presidía la sesión que debía ratificar los resultados electorales enviados por los estados. Forzaron a los congresistas a huir para ser resguardados en zonas seguras del complejo de edificios. Entraron en el hemiciclo del Senado, donde uno de ellos se sentó en la butaca donde había estado Pence minutos antes para dar gritos en favor de Trump. Entraron en el despacho de la presidenta de la Cámara de Representantes y se hicieron fotos con los pies sobre la mesa.

Fue un asalto al lugar en el que reside la soberanía popular de Estados Unidos en lo que un congresista republicano de Illinois llamó «un intento de golpe de Estado». Pretendían subvertir el resultado de las elecciones, que es lo mismo que querían hacer trece senadores y un centenar de miembros de la Cámara de Representantes en la sesión parlamentaria.

Fueron imágenes inéditas en la historia de EEUU. Los últimos que asaltaron el Congreso fueron las tropas británicas en 1814. En los años treinta del siglo XX, los militantes del Ku Klux Klan desfilaron en la explanada del Capitolio. Esta vez, entraron dentro.

Alyssa Farah, que fue directora de Comunicaciones de la Casa Blanca con Trump, pidió al presidente que condenara la invasión del Congreso. Añadió una frase muy reveladora, además de cierta: «Usted es el único al que escucharán» (los asaltantes). Trump siempre ha tenido palabras elogiosas para los grupos ultraderechistas que le han apoyado, incluidos los adictos a la teoría de la conspiración de Qanon. Los supremacistas blancos sabían que tenían en la Casa Blanca a alguien que les comprendía. En un debate de la campaña presidencial, dijo sobre los neofascistas Proud Boys: «Dad un paso atrás y estad preparados». Los iba a necesitar después de las elecciones.

Su hija, Ivanka Trump, les llamó «jóvenes patriotas» en un tuit que luego borró. Después de un tuit en el que no reclamaba el fin del asalto, Trump escribió otro en el que sí pedía a los violentos que se fueran a casa, pero no sin elogiarles: «Os amamos. Sois muy especiales». Evidentemente, reiteró sus denuncias sobre el inexistente fraude electoral. «Conozco vuestro dolor. Sé que estáis heridos. Tuvimos unas elecciones que nos han robado». Luego difundió en Twitter un mensaje en vídeo en el que prácticamente homenajeaba a los agresores: «Recordad siempre este día». Twitter borró después sus tuits no sin que antes tuvieran una inmensa difusión.

Las reacciones de condena fueron inmediatas, también entre los republicanos. Los periodistas afirmaban en televisión que nunca habían pensado que se pudieran ver imágenes como esas en Estados Unidos. Algunos lo compararon con lo que sucede en los países del Tercer Mundo cuando un presidente en el poder se niega a entregar el poder a su sucesor o envía a sus milicias o bandas para perseguir a la oposición. El expresidente George Bush dijo en un comunicado que lo presenciado era propio de «una república bananera».

Todos mostraban su sorpresa u horror, como si todo fuera una pesadilla imposible de creer. En parte lo era –nunca antes había pasado algo parecido–, pero no se trata de una aberración, sino de una continuación del mensaje de violencia e intolerancia que ha caracterizado la presidencia de Trump. «Nos engañaríamos a nosotros mismos si tratáramos todo esto como una sorpresa», dijo el expresidente Barack Obama.

Muchas personas citaron el miércoles una frase que se adjudica al escritor Sinclair Lewis que dice que «cuando el fascismo llegue a EEUU lo hará envuelto en la bandera y llevando una cruz». Los partidarios de Trump llevaban banderas de EEUU y al menos en un caso una bandera del Sur racista. Como ocurre con muchas grandes citas, Lewis nunca la pronunció o escribió. Pero la idea estaba en su novela de 1935 «Eso no puede pasar aquí», una distopía política que presenta a un demagogo que llega a la presidencia de EEUU ayudado por un mensaje lleno de patriotismo y valores tradicionales para imponer después un control totalitario similar al de los fascismos europeos.

Trump ha demostrado a los norteamericanos que eso sí puede pasar allí.

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