Un mensaje terrorífico de Bin Salmán a la oposición saudí

The Washington Post publicó el viernes un espacio en blanco en su sección de opinión bajo la firma de Jamal Khashoggi, colaborador habitual del periódico. El periodista saudí exiliado llevaba desaparecido desde su entrada en el consulado saudí de Estambul.

La investigación de la policía turca ha llegado a la conclusión de que Khashoggi fue asesinado por un grupo de personas que había llegado antes a Turquía para matarlo o secuestrarlo. Su cuerpo fue cortado en trozos y oculto en bolsas que fueron sacadas del país como parte de la valija diplomática.

El Gobierno saudí ha demostrado con este crimen hasta qué punto está dispuesto a eliminar cualquier voz crítica que cuestione al príncipe heredero Mohamed bin Salmán. Ni siquiera alguien refugiado en el extranjero y que perteneciera antes a la élite política, como era el caso de Khashoggi, podrá estar seguro.

Khashoggi entró en el consulado saudí para conseguir la documentación que le permitiera volver a casarse. Al abandonar su país, su esposa decidió divorciarse o fue obligada a hacerlo. El periodista pretendía contraer matrimonio con una mujer turca y necesitaba una copia de los papeles del divorcio. Su novia le esperaba frente al edificio. Nunca le vio salir.

La versión inicial saudí es que Khashoggi había dejado el consulado el mismo día en que entró. Es la misma explicación que dio MbS en una entrevista con Bloomberg: “Por lo que sé, entró y salió después de unos pocos minutos dentro o una hora. No estoy seguro. Estamos investigando a través del Ministerio de Exteriores para saber exactamente qué ocurrió”.

Un periodista de Reuters fue invitado por el cónsul saudí para que comprobara que Khashoggi no estaba ya en el edificio.

La primera hipótesis es que el periodista había sido secuestrado y sacado del país en secreto. El desenlace fue mucho peor. Medios turcos y extranjeros citan fuentes anónimas que conocen la investigación y que revelaron sus conclusiones. Khashoggi fue probablemente torturado y después asesinado. Sus restos fueron cortados en pedazos para ser extraídos del país.

Las autoridades no tiene pruebas exactas de lo que ocurrió en el interior del consulado. Por las cámaras que rodean el edificio, saben que Khashoggi nunca llegó a abandonarlo. Las imágenes muestran a un coche negro que sale del consulado y en el que podrían haber trasladado su cadáver.

Según la agencia turca Anadolu, quince saudíes, entre los que había diplomáticos, habían llegado a Turquía en dos aviones. Se encontraban en el consulado cuando se produjeron los hechos y abandonaron el país tras el asesinato.

El asesinato de Khashoggi es un mensaje de Bin Salmán a todas aquellas personas cercanas a los círculos de poder saudíes y la familia real para advertirles lo que hará con aquellos que se atrevan a cuestionar su poder, incluso si se refugian en el extranjero. El periodista había sido durante muchos años una persona cercana al Gobierno para el que había servido como director de dos periódicos y asesor de un embajador saudí en Estados Unidos. También había sido destituido en dos ocasiones como responsable del periódico Al Watan, la última en 2010, por publicar artículos críticos con el poder o las autoridades religiosas.

Las medidas tomadas por Bin Salmán al llegar al poder como príncipe heredero y futuro rey lo convirtieron en un crítico al régimen. Sus opiniones no eran muy radicales ni cuestionaban a la familia real, pero hicieron que el Gobierno le prohibiera escribir en medios saudíes o en Twitter. El desencadenante fue una columna en la que advertía de que el Gobierno no debía mostrar un apoyo completo a Donald Trump tras su victoria electoral.

Finalmente, decidió abandonar el país y refugiarse en el extranjero. Su influencia aumentó al empezar a publicar artículos de opinión en The Washington Post, en el que era un colaborador habitual.

En septiembre de 2017, publicó en ese periódico un artículo para explicar las razones de su huida con el título: “Arabia Saudí nunca ha sido tan represiva. Ahora es insoportable”.

Marc Lynch no está muy equivocado. La estrecha relación de MbS con Donald Trump y su yerno, Jared Kushner, ha sido utilizada por el príncipe saudí como un aval tanto en el plano interno como en la cruel campaña de bombardeos sobre Yemen y la ofensiva contra Qatar. Al mismo tiempo que MbS se presentó ante los medios de comunicación y los empresarios norteamericanos más importantes como propulsor de las reformas económicas que necesita su país, aumentó la represión contra cualquier persona que pudiera representar una amenaza para su ascenso futuro al trono.

“Si esto es cierto, que los saudíes atrajeron a una persona residente en EEUU a su consulado para asesinarlo, debería representar un cambio fundamental en nuestra relación con Arabia Saudí”, ha escrito un senador demócrata, Chris Murphy, en un pronunciamiento poco habitual entre políticos norteamericanos.

Es poco probable que Trump dé ese paso cuando ha secundado todas las iniciativas de MbS, incluidas las más temerarias, y a veces contra el criterio del Pentágono y del Departamento de Estado. Ha llegado a alardear de que el rey saudí no seguiría mucho tiempo en el poder sin la ayuda de EEUU.

Khashoggi sabía que el apoyo de Trump concedía vía libre a MbS para cualquier medida represiva. No pensó que hasta el punto de que él mismo fuera la víctima de un asesinato cometido en una delegación diplomática en el extranjero.

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