¿Cuántos votos movió Putin en Pennsylvania?

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Obama ha pedido a los servicios de inteligencia que le informen sobre el alcance del presunto hackeo de las cuentas del Partido Demócrata y de la campaña de Hillary Clinton por parte de los servicios de inteligencia rusos. Y que lo hagan antes del 20 de enero, cuando Donald Trump tomará posesión de la presidencia.

La CIA ya lo tiene claro. En el mismo día, The Washington Post y The New York Times han contado este sábado de que la agencia de espionaje ha informado al Congreso y la Casa Blanca de que Rusia fue responsable de un ataque deliberado de ciberespionaje que tenía como objetivo ayudar a Trump a ganar las elecciones. No se trataba simplemente de interferir en el proceso electoral para cuestionarlo, según la acusación.

El Gobierno ruso suele responder a las críticas por la limpieza de las elecciones en su país con el argumento de que también existen problemas en otros países a los que no se les da la misma atención. Pero en este caso fueron más allá, según el análisis publicado en los dos periódicos.

Como es habitual con las informaciones sobre servicios de inteligencia, los artículos no aportan pruebas concretas. En el Post, se dice que se ha identificado a personas que tienen «conexiones con el Gobierno ruso» como los responsables de entregar a WikiLeaks los emails que luego fueron conocidos. No aparecen esos nombres.

El propio artículo del Post establece algunas limitaciones sobre la calidad de esa información: «Por ejemplo, los servicios de inteligencia no tienen información específica que muestre a los responsables del Kremlin «dirigiendo» a los individuos identificados para que pasaran los emails de los demócratas a WikiLeaks, según dice una fuente de la Administración. Estas personas están separadas del Gobierno ruso, y no son funcionarios del Gobierno. En el pasado, Moscú ha utilizado intermediarios para participar en operaciones sensibles de inteligencia y poder así negar su responsabilidad de forma creíble».

Ese modo de operar, que puede ser cierto, no sólo permite esos desmentidos plausibles de Moscú. También que las acusaciones sean genéricas y que carezcan de pruebas convincentes.

Eso es lo que da la oportunidad al equipo de transición de Trump de afirmar que los denunciantes «son los mismos que decían que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva».

En un ambiente tan enconado como el actual en la política norteamericana, todo el mundo ha reaccionado en función de sus intereses. Los demócratas dan por hecho que lo que dice la CIA es cierto con la intención de restar legitimidad a la victoria electoral de Trump. Los republicanos, al igual que hizo Trump en campaña, no dan ningún valor a estas revelaciones. Trump incluso retó a los rusos a que difundieran los 30.000 emails desaparecidos de Clinton de su época del Departamento de Estado (lo que era falso). Sus portavoces dijeron luego que sólo pretendía ser irónico.

En toda esta historia hay un margen inmenso para la ironía. Como escribí durante la campaña, en términos de interferencia en procesos electorales ajenos, es imposible superar la reputación de EEUU en ese campo. Y en la campaña norteamericana el papel del Gobierno de Putin quedó distorsionado por un enfrentamiento en el que todos intentaban defender a su candidato y atacar al contrario.

Algunos hechos han demostrado que Putin hacía bien en desear la victoria de Trump. El último es el más evidente. La próxima semana, el nuevo presidente anunciará quién será su secretario de Estado. Varios medios indican que el favorito es Rex Tillerson, consejero delegado de Exxon Mobil. Los negocios en gas y petróleo de Exxon han hecho que Tillerson haya firmado acuerdos con el Gobierno ruso, que conozca muy bien a Putin y que esa relación le sirviera para ser condecorado por Moscú con la Orden de la Amistad. No es extraño que Tillerson se haya mostrado en los últimos años contrario a las sanciones a Rusia.

Es otro hecho indudable que Putin no fue el artífice de que cerca de 100.000 votantes de Pennsylvania, Michigan y Wisconsin abandonaran a los demócratas y dieran a Trump los votos decisivos para ganar las elecciones. En esa parte de la historia, no salen Putin ni la CIA, pero no conviene olvidarla en estos días convulsos de la política norteamericana.

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