Cuando los políticos se suben a la rueda del hámster y no saben cómo bajarse de ella

En una conversación con el jefe de un estudio cinematográfico, Herman Mankiewicz –conocido por ser el autor del guión de ‘Ciudadano Kane’–, dio la respuesta perfecta a la idea de que la gente terminará haciendo lo correcto si recibe el mensaje adecuado: «Creo que lo que quiere decir es que si insistes en contar algo falso a la gente, en voz alta y durante mucho tiempo, terminará creyéndolo».

Fue en los años 30, lo que puede ser toda una sorpresa para aquellas personas que piensan que la desinformación y la difusión masiva de noticias falsas son un fenómeno rabiosamente contemporáneo que no existía antes de la era de las redes sociales y para el que se necesitan herramientas nuevas. Ese es un discurso que gusta a los políticos, acostumbrados a pensar que la humanidad se enfrenta a nuevos problemas para los que sólo ellos tienen la respuesta correcta. O para los que creen que han sido víctimas en solitario de tal infamia, y de la forma más injusta, de algo que afecta a todo el mundo desde antes de que ellos nacieran.

En su nueva etapa fuera de la política pero con medio pie dentro por lo que pueda pasar, Albert Rivera fue este sábado el anfitrión de un encuentro online con empresarios, exdeportistas y políticos para hablar de liderazgo. Suele resultar interesante escuchar a un político echar la vista atrás después de que haya abandonado el campo que le absorbió durante años todas las horas del día y parte de las horas de la noche con insomnio. Admitirá cosas que antes no hubiera aceptado ni bajo tortura y tendrá un punto de vista algo diferente sobre asuntos que antes sólo veía en los términos más estrictos.

Rivera lo tuvo todo durante un tiempo, incluido un futuro prometedor. De repente se quedó con nada, diez escaños en las segundas elecciones de 2019, y decidió que la aventura había terminado. La misma política-espectáculo que lo encumbró, luego lo lanzó al vacío. Tampoco es un drama. En ese ‘vacío’, para alguien como Rivera, se gana más dinero y se vive más feliz que en la política.

Rivera compartió uno de los tramos de ese encuentro con Verónica Fumanal, que fue su directora de comunicación entre 2010 y 2014 –y más tarde lo fue de Pedro Sánchez–, y Fernando de Páramo, secretario de Comunicación de Ciudadanos hasta 2019. Ahí Rivera tenía mucho que decir, porque tanto él como Pablo Iglesias irrumpieron en la escena nacional a mediados de esta década demostrando a la adocenada clase política tradicional que había que exponerse con frecuencia en los medios y que cómo cuentas algo es tan importante como lo que cuentas. Cuando los otros quisieron darse por aludidos, ya era demasiado tarde.

Rivera estaba casi obsesionado con eso. A Páramo se le escapó una frase reveladora: «El secretario de Comunicación era él, no era yo». Lo decía un poco de broma, pero en realidad no estaba exagerando.

La discusión se centró en los excesos de la comunicación en política y la supuesta agresión que recibe cada día procedente de las redes sociales y los medios de comunicación, esa «influencia brutal», como la llamó Páramo. Los políticos se han subido a un coche de carreras que da vueltas a un circuito durante horas, conducen a velocidades altísimas y, para hacerlo todo más arriesgado, reciben impactos de objetos que les llegan desde la grada. El que frena un poco antes de la curva para no matarse o no matar a nadie es el cobarde que perderá la carrera.

Fumanal definió como un «cambio vertiginoso» lo que se está viviendo, ya que no hay ninguna garantía de que lo que estés escuchando o leyendo sea cierto. «Los contenidos desinformativos pululan sin ningún control», dijo, y no hay solución clara ni inmediata. Ni el control por los gobiernos o por los medios son alternativas deseables, dijo.

Lo peor es que la política lo ha asumido como el terreno lógico de juego. «¿Cuál es el incentivo para no generar noticias falsas? Ninguno. Uno puede ir dopado a las elecciones y no pasa nada», afirmó preocupada.

Eso es cierto, pero no es nuevo de ninguna de las maneras. Ese gran tótem de la democracia liberal que fue Winston Churchill dijo esto de los laboristas en julio de 1951: «Seis años de Gobierno socialista han asestado a nuestras finanzas y a nuestra economía un golpe aún más demoledor que el que nos hizo encajar Hitler». No le fue mal por difundir tales falsedades. Ganó las elecciones que se convocaron ese año y volvió a ser primer ministro.

Rivera y Páramo recordaron algunos de sus errores. Esa omnipresencia en los medios y la necesidad de responder a cualquier noticia o declaraciones con mensajes y apariciones. «Los políticos hemos entrado en una rueda de hámster cuyo ritmo lo marcan las redes sociales», comentó el exlíder de Ciudadanos. Será porque ellos quieren, pero es indudable que se sienten obligados. Esa política del espectáculo permanente comenzó en 2015 y no ha parado desde entonces. Los resultados están a la vista. Los políticos reaccionan al segundo con la disciplina de un hámster dándole a la rueda, pero responden con las garras de un leopardo. «Reconozco que como persona no supe parar esa noria», dijo Rivera.

Páramo comentó que la política se ha convertido en un plato esencial del menú televisivo. Los programas de televisión que antes se dedicaban al entretenimiento ahora se ocupan de la política. La televisión impone su propio estilo de confrontación brutal y sin descanso antes de dar paso a la publicidad. Los temas cambian. El estilo, no. «Cuántas veces nos hemos dicho: hay que reaccionar sobre esto, y si no lo hacemos, nos quedamos fuera del informativo», recordó Rivera. «Cuando estás tres días sin salir, te dicen: Albert Rivera ha desaparecido».

Gestionar los silencios es una de las cosas más complicadas en política. Sólo el presidente del Gobierno suele reservarse un poco y dejar que sean otros los que le hagan el trabajo sucio. En la oposición, la presión por salir a decir lo que sea es mayor. El miedo a no aparecer en los medios, muchísimo más intenso. Por eso, Pablo Casado no pasa 24 horas sin hacer o decir algo para que le saquen en los medios. No está claro que esa sobreexposición le esté siendo muy útil.

Fumanal fue más directa para definir esos espacios televisivos donde los políticos hacen de hámsters: «Las parrillas informativas no hablan de la política, sino de las historias de la política. Son el ‘Sálvame’ de la política». Para participar en ellos, hay que correr, saltar y gritar, y al mismo tiempo ser capaz de lanzar tu mensaje. Todo debe ir empaquetado en píldoras cortas y fácilmente digeribles. Es un espectáculo y no puedes saltarte las reglas. El tragasables, la mujer barbuda, el hombre bala y el candidato a la Presidencia del Gobierno. «Hemos devaluado la palabra ‘política’ y lo digo yo que participo en esos programas», dijo. Se agradece la sinceridad.

Rivera y Páramo tuvieron su momento para hacer una cierta autocrítica. Todo tiene un límite. Continúan muy satisfechos por algunas de las píldoras comunicativas con las que intentaron dominar el debate. Una de ellas fue la ocurrencia de Rivera de llamar «la banda» a Pedro Sánchez y a sus aliados parlamentarios, y de repetirlo sin cesar. «Estoy muy orgulloso de haber creado» esa expresión, destacó Páramo.

Esa expresión –y otras como la de que Sánchez era «un peligro público»– fueron las que achicaron el espacio político en el que podía moverse Ciudadanos y las que les dejaron a merced de acontecimientos que no podían controlar. Las que les llevaron a ganar 57 diputados en abril de 2019 –éxito espectacular– y luego les hundieron hasta los diez de noviembre, una humillación inaudita.

Quizá lo que ocurre es que es muy difícil darse cuenta de estas cosas cuando estás corriendo sin descanso en la rueda como un hámster.

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