
Esa fue la primera portada del Huffington norteamericano sobre el golpe en Egipto. Después, la cambiaron en lo que puede interpretarse como un signo de confusión o quizá de perverso sentido del humor (porque el titular y la foto cuentan en cada caso una historia muy diferente).

Las portadas de la prensa han destacado esa paradoja o sencillamente han elegido una de las vías de explicación. En The Guardian apostaron por la discutible idea de titular con «la segunda revolución» (en una línea parecida está Le Monde). El director andaba un poco despistado. Esa es una impresión que desde luego no se puede sacar después de leer el editorial del periódico que comienza así: «Si el Ejército egipcio quería ocultar el hecho de que lo que acababa de hacer era un golpe militar, no le salió muy bien».
The Economist sale hoy con una portada que define lo ocurrido como «una tragedia». El rostro del joven fotografiado no refleja en absoluto esa euforia expresada en la calle por los partidarios de la oposición. En Twitter esa imagen ha provocado un buen número de ataques de gente, supongo que la mayoría egipcios, indignados porque no se dé en la portada una imagen triunfal y positiva del fin del poder islamista en Egipto.
Algunos denuncian la existencia de una conspiración internacional contra Egipto. Recordemos que fueron numerosos en Tahrir los gritos y pancartas contra EEUU con la acusación de que Washington era el principal apoyo del Gobierno islamista de Morsi, algo difícil de creer. Y eso a pesar del considerable despiste y ambigüedad de las declaraciones de EEUU, que ahora ni siquiera se atreve a utilizar la palabra golpe. De ello depende por razones legales la ayuda militar al Ejército egipcio y, por tanto, el tratado de paz con Israel. Si la paz o ausencia de guerra entre Israel y Egipto es una prioridad para EEUU, y lo es, el socio más viable a disposición de Washington es el Ejército.
Egipto siempre ha sido una tierra fértil para las teorías de la conspiración.
Es muy razonable la hipótesis de que el Ejército no se habría atrevido a dar este paso si no hubiera sido testigo de una movilización popular masiva contra los islamistas. Pero el golpe de Egipto no es el primero que goza de un considerable apoyo popular. Buena parte de la clase media argentina recibió con entusiasmo el fin de una democracia convulsa en 1976. En Pakistán, los partidos políticos han sido históricamente tal desastre plagado de corrupción e incompetencia que los golpes han sido acogidos con una nada disimulado alivio. Ese no es un factor que define por su ausencia a golpes y pronunciamientos militares.
Lo que no entiendo es que se niegue la evidencia en el caso de Egipto. ¿Destitución del presidente electo? Hecho. ¿Suspensión de la Constitución? Hecho. ¿Elección de un nuevo presidente a dedo? Hecho. ¿Elogios superlativos del Ejército como fuerza clave en la sociedad? Hecho. ¿Promesa vaga y sin fecha de nuevas elecciones? Hecho. ¿Blindados y soldados en las calles para mantener el orden? Hecho. ¿Detención de los líderes del partido en el poder? Hecho. ¿Cierre de los medios de comunicación contrarios al golpe? Hecho. Los militares han rellenado todas las casillas necesarias.
¿Puede hablarse de un golpe de Estado «democrático» o al menos de consecuencias favorables para la democracia? Suena un poco a inteligencia militar (muy apropiado en este caso), pero es cierto que es lícito reflexionar al respecto. En este artículo, citan un estudio que hizo precisamente eso y que se publicó en la revista de derecho internacional de Harvard en 2012. El autor establecía unos requisitos (destacados en cursiva). Veamos en qué medida pueden aplicarse a lo ocurrido en Egipto:
1. El golpe se produce contra un régimen totalitario o autoritario.
Es difícil llamar régimen al Gobierno egipcio de Morsi cuando sólo llevaba un año en el poder y no controlaba por completo todos los resortes del Estado (ni el Ejército ni los tribunales). Las tendencias autoritarias existen dentro de los Hermanos Musulmanes pero eso no ha convertido al país en una dictadura.
2. Los militares responden a una persistente oposición popular a ese régimen.
Esa oposición ha existido en Egipto y ha sido enorme. Ha incluido sectores reaccionarios e izquierdistas, liberales y conservadores. Es imposible saber qué hubiera ocurrido ahora en unas elecciones. Un hecho incuestionable es que los islamistas ganaron todas las elecciones celebradas desde la caída de Mubarak, y también que muchos de sus propios votantes estaban ya desencantados. Esto último por cierto ocurre también en Europa.
¿Son más populares los líderes de la oposición que se han enfrentado a Morsi? ElBaradei, al que el Ejército ha dado una relevancia especial en estos días, decidió no presentarse a las elecciones presidenciales, donde no tenía muchas posibilidades. Ideológicamente, el candidato que más se le acercaba aunque con menos prestigio en el establishment (políticos de ideas vagamente liberales y prooocidentales que tuvieron cargos de primer nivel en los años de Mubarak) era Amr Musa y obtuvo el 11% de los votos en la primera vuelta. Sí hay otros líderes antiMorsi que tuvieron más votos, como el izquierdista Sabahi con el 20,7% o el conservador Shafiq (23,6%).
3. El régimen totalitario o autoritario se niega a dejar el poder en respuesta a la revuelta popular.
Para responder a esto, hay que remitirse al punto 1. Además, como hemos visto en Turquía, un Gobierno no siempre se va a casa cuando hay manifestaciones masivas en su contra, con independencia de que sea dictatorial o democrático. A veces, por ejemplo en España en 2003 con las manifestaciones contra la invasión de Irak, ni siquiera cambia la política que provoca ese amplio rechazo popular.
4. El golpe es obra de un Ejército que goza de un alto nivel de respeto en la sociedad, sobre todo porque se basa en el reclutamiento obligatorio.
Si definimos al Ejército egipcio como principal rival de los islamistas, es posible que haya una parte muy importante de la sociedad egipcia que esté dispuesto a defenderlo o a considerarlo un mal menor frente a los Hermanos. De hecho, lo mismo se puede decir del alto porcentaje de votos (48,2%) que recibió Ahmed Shafiq en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Shafiq era un genuino representante de la dictadura de Mubarak.
Muchos de los sectores liberales e izquierdistas que se han enfrentado a Morsi y que ahora apoyan el golpe desconfían del Ejército en el mejor de los casos o sencillamente lo desprecian porque saben que es el legado más sólido que ha dejado el Egipto de Mubarak. El hecho de que ahora muchos de ellos digan que están dispuestos también a salir a la calle para oponerse a las tentaciones autoritarias de los militares, y a su saqueo de una parte de la economía del país, sólo revela su ingenuidad. No lo tendrán tan fácil como contra Morsi, y lo saben.
5. Los militares llevan a cabo el golpe para derrocar al régimen autoritario o democrático.
La verdad es que no termino de entender esa idea como si fuera una razón. Más parece una consecuencia de los puntos anteriores.
6. Los militares permiten la celebración de elecciones libres en un plazo corto de tiempo.
Es lo que han prometido (siempre se promete algo así en la mayoría de los golpes) y aún no sabemos si lo cumplirán. Sobre todo, habría que saber cómo de libres serán esos comicios. Si los Hermanos Musulmanes (51% en las elecciones legislativas) son ilegalizados o se impide con medidas legales ad hoc que se presenten ante las urnas, difícilmente pueden considerarse unas elecciones democráticas, con independencia de la opinión que cada uno tenga de sus ideas.
7. El golpe termina con la transferencia del poder a los líderes elegidos democráticos.
Es consecuencia del punto anterior, y por tanto aún no sabemos si se producirá.
En definitiva, un golpe forma parte de un proceso político de final incierto. No todas las incógnitas han quedado resueltas. Pero los hechos acontecidos hasta ahora dejan poco margen para la duds. Es cierto que las urnas son condición necesaria pero no suficiente para consolidar una democracia (no fue eso lo que se dijo tras las primeras elecciones en Irak y Afganistán, por cierto). Lo que sí es seguro es que derrocar por la fuerza a un Gobierno elegido en las urnas sólo un año después de su llegada al poder es el ingrediente fundamental de un golpe de Estado.