El miedo tiene mala fama como herramienta para conseguir que los ciudadanos cambien de conducta en un momento de crisis. A lo largo de la historia, se ha utilizado muchas veces con las peores intenciones, sobre todo, para alentar peligros imaginarios con los que azuzar el odio o la guerra. En el historial de los grandes discursos políticos, se cita con frecuencia una de las primeras frases de Franklin Roosevelt en su intervención al tomar posesión como presidente de Estados Unidos en 1933: «En primer lugar, déjenme afirmar mi profunda convicción de que lo único a lo que debemos tener miedo es al miedo mismo, al terror indescriptible, sin motivo ni justificación que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en progreso».
A los políticos les encanta inspirarse en las palabras de Roosevelt, también durante esta pandemia, para demostrar que no todo está perdido, que la situación es horrible, pero no irreversible, que hay motivos para el optimismo en el caso de que la gente haga lo que debe. Evidentemente, si todo estuviera perdido, el primero en pagar el precio político sería el Gobierno. Hay que vender optimismo, porque el pesimismo es un arma trituradora de gobiernos.
De ahí viene esa necesidad no muy inteligente de cantar victoria antes de tiempo. El Gobierno de Pedro Sánchez lanzó a finales de mayo la campaña ‘Salimos más fuertes’, un ejercicio de homenaje colectivo que era evidente que iba a verse desmentido o incluso ridiculizado por la realidad. El PP de Madrid difundió un vídeo en julio que celebraba cómo Isabel Díaz Ayuso había salvado a Madrid y hasta a España. En ese discurso de propaganda, la heroína pasó a ser luego la víctima de los oscuros designios de sus rivales cuando se vio que el mensaje anterior era casi una broma macabra. Sigue leyendo









