Un balance de la invasión de Gaza: Netanyahu cumplió sus objetivos

Viernes

El fracaso de las negociaciones de El Cairo ha hecho que las milicias de Hamás y Yihad Islámica hayan reanudado el lanzamiento de cohetes sobre territorio israelí, que han causado dos heridos en Sha’ar Hanegev y pequeños daños materiales en otras zonas. Ya hay noticias de ataques de la Fuerza Aérea y la artillería israelíes sobre varios puntos de Gaza. Seis personas han resultado heridas en Yabalía y, según el diario egipcio Al Akhbar un niño de 10 años ha muerto en el ataque a una mezquita en el norte de Gaza.

En principio, los hechos del viernes confirman que Hamás no ha obtenido de este mes de violencia ningún rédito político que pueda compensar los sacrificios. Israel se niega a aceptar ninguna concesión sobre el fin del bloqueo o la liberación de los presos detenidos en Cisjordania en junio. Eso confirma que la llamada Operación Límite Protector no era otra cosa que una operación de castigo contra Gaza a la que se ha puesto fin cuando la continuación de los ataques ya no suponía más ventajas políticas que las ya obtenidas durante esas cuatro semanas.

La continuación de los ataques con cohetes sirve además para demostrar a los políticos israelíes que su exigencia de desarme de las milicias de Hamás está muy lejos de convertirse en realidad. Por tanto, cuanto más insistan en ello, más difícil será para el Gobierno convencer a su opinión pública que la ofensiva de Gaza ha culminado con éxito.

netanyahu En la guerra, el lenguaje lo es todo. En primer lugar, para saber si el hecho analizado es o no una guerra. Aparentemente, el número de víctimas no es el único factor que considerar, al menos desde el punto de vista del Ejército israelí. Una comisión tendrá que dilucidar en las próximas semanas si lo ocurrido en Gaza en julio es una «guerra» o una «operación militar».

Definir victoria o derrota es aún más complicado. Es también una labor fundamental para los contendientes: en el primer lugar, un Gobierno no tardará en recoger los frutos de esa sangre derramada; en el segundo caso, se le hará responsable de las vidas perdidas. No siempre es una suma cero.

«Hay una inmensa diferencia entre una confrontación militar y un acontecimiento deportivo», escribe el periodista Nahum Barnea en el artículo principal del Yediot. «En el deporte, hay un ganador y un perdedor. En la guerra, no siempre es así. Hay guerras en las que ambos bandos pierden».

No dice que Gaza sea un ejemplo de esto último, pero se acerca bastante (aquí otro artículo más triunfalista desde la perspectiva israelí). El artículo de Barnea revela la frustración de la sociedad israelí, que esperaba un resultado más concluyente. Si eso incluía la eliminación física de los dirigentes de Hamás o de todo su arsenal de cohetes, no lo sabemos con seguridad, pero no sería sorprendente. Que ese objetivo fuera realista, es otra cosa.

Confiada en la total superioridad de su Ejército sobre cualquier fuerza militar de Oriente Medio, por no hablar de las milicias de Hamás, esa sociedad cree que una ofensiva de este calibre debería ser suficiente. No hay lugar en ese relato colectivo, y casi seguro mayoritario, para la idea de que la ocupación de los territorios palestinos esté detrás de esa violencia. Su incapacidad de sentir compasión por las víctimas civiles que son responsabilidad de su Ejército es aterradora.

Los israelíes no parecen reaccionar ante el hecho de que sus gobiernos prometen resultados al desatar todo el poder de su maquinaria de guerra que no siempre se cumplen. Es cierto que al menos Netanyahu y el alto mando militar no han llegado a los niveles de triunfalismo exacerbado con que el Gobierno de Ehud Olmert vendió el ataque contra Hizbolá en Líbano en 2006. Pero donde no han llegado ellos sí lo han hecho otros políticos del Gobierno y muchos medios de comunicación.

Algunos mandos militares han dado la visión optimista, por ejemplo con el argumento de que esta guerra ha devuelto atrás cinco años en el tiempo a la capacidad militar de Hamás. Está por ver si la muerte de 64 soldados se considerará un precio razonable.

Líbano en 2006 y los ataques a Gaza en 2009, 2012 y 2014 se sitúan en una cadena de acontecimientos en la que es difícil sustraerse a una conclusión: Israel vive un estado de guerra permanente haciendo buena la típica comparación del país con una Esparta moderna, incapaz de solventar sus problemas externos con otra cosa que la aplicación indiscriminada de la fuerza. La muerte de centenares de civiles del enemigo es un factor que ni siquiera se contempla.

Más allá del análisis inmediato después de cada conflicto, no se detectan señales de cansancio en esa opinión pública o de decepción por los escasos resultados (Barnea se refiere a la sensación de «decepción y oportunidad perdida», se supone que para eliminar a Hamás).

Más bien al contrario, lo que es más evidente es que cualquier muestra de disidencia ante esta escalada belicista es interpretada como una traición.

Israel ha puesto fin a los bombardeos de Gaza cuando ha querido. Hábilmente, el Gobierno fue alterando el objetivo estratégico de la campaña, desde propinar un castigo definitivo a Hamás (un horizonte siempre abierto a múltiples interpretaciones) a poner fin a los ataques con cohetes (que en realidad siguieron cayendo con la misma cadencia o similar hasta el último día), hasta al final centrarlo todo en la eliminación de los túneles que las milicias de Hamás habían construido a lo largo de años para poder infiltrarse en territorio israelí.

Los túneles, de los que el Ejército dice haber destruido 32, se han convertido en la gran amenaza que poco menos que ponía en peligro la supervivencia de la sociedad.

Hasta hace unos meses, en su campaña internacional contra el programa nuclear iraní, Netanyahu y sus ministros insistían en que, a diferencia de la cuestión palestina, Irán sí suponía una amenaza existencial, una dramática sombra para la que se invocaba el recuerdo del Holocausto y, por tanto, el peligro de una aniquilación casi total.

Los europeos podían preguntar todo lo que quisieran sobre los palestinos, pero no eran ellos, con sus rudimentarios cohetes, los que quitaban el sueño a las autoridades israelíes, sino la idea de que el ayatolá Jamenei tuviera acceso al botón nuclear.

Pasado el tiempo, resulta que unas decenas de túneles suponen una amenaza estratégica tan grave como el arma nuclear. Tampoco hay que subestimar la importancia de los túneles, que han tenido una presencia destacada en la historia de la guerra desde hace siglos. Pero si echamos la vista atrás, no vemos muchos casos en los que Hamás los haya utilizado para operaciones contra el Ejército del enemigo. Y la inmensa mayoría de los soldados israelíes ni siquiera habían recibido preparación específica para la detección y destrucción de esos túneles.

Lo cierto es que la opinión pública compró el mensaje (por cuánto tiempo a partir de ahora no lo sabemos). El Gobierno ya tenía una métrica a la que atarse, algo que le permitiera cantar victoria cuando surgiera la oportunidad. Y eso ocurrió cuando Hamás aceptó la última propuesta egipcia de alto el fuego.

Es significativo que al iniciarse ese periodo de 72 horas todo el mundo daba por hecho que esta vez iba en serio. Hay que suponer que antes de que llegaran los representantes de Hamás a El Cairo, los egipcios ya tenían la seguridad de que estábamos ante el fin de la violencia. Hamás había llegado al límite que podía soportar o sencillamente pensaba que los habitantes de Gaza habían llegado hasta el final de su resistencia.

¿Qué puede ofrecer el Gobierno de Gaza a los palestinos a cambio de su terrible sufrimiento? Hay un hecho evidente. Hamás rechazó la primera propuesta egipcia de alto el fuego una semana después del inicio de los ataque. Más que una propuesta, era una imposición no negociada con el Gobierno de Gaza, y sí con Netanyahu. No aportaba ninguna salida a la cuestión del fin del bloqueo de Gaza. Pero lo que ha aceptado ahora, al menos lo que se está negociando en El Cairo, no incluye de momento ninguna salida al respecto, y no parece que Israel esté interesado en abrir esa negociación. ¿A cambio de qué han muerto todas esas personas desde el 15 de julio? A día de hoy, nada.

Tanto es así que las negociaciones que prosiguen en El Cairo no parecen tener este jueves a primera hora garantías completas de éxito. Hamás reclama el fin del bloqueo. Israel exige el desarme de las milicias islamistas. Este alto el fuego finaliza el viernes a las 8 de la mañana, y no hay de momento garantías de que vaya a subsistir.

Hamás está ahora en peor situación estratégica que en 2012 a causa del golpe de Estado de Egipto. En El Cairo tienen a un enemigo en el exgeneral Sisi, empeñado en acabar con los islamistas. En las últimas semanas, el Ejército egipcio ha destruido decenas de los túneles que van desde su territorio hasta Gaza. Lo más importante es que no se trata de una novedad. Según el WSJ, egipcios e israelíes llevan tiempo estudiando la forma de neutralizar a Hamás.

Esos túneles sustentaron la economía de Gaza durante años. Según un estudio citado por este artículo y referido al primer trimestre de 2013, por allí estaba llegando el 65% de la harina consumida en Gaza, el 52% del arroz, el 100% del pescado fresco, el 100% del acero y del cemento. Por los túneles, entraban hasta terneros y vacas.

Como toda actividad económica, la construcción de los túneles y el paso de bienes a través de ellos suponían el pago de un impuesto al Gobierno. Concedían unos fondos a Hamás imprescindibles para pagar los salarios de los funcionarios, que son también una fuente importante de apoyo popular. El Gobierno de Gaza cuenta con 42.000 funcionarios y 5.000 trabajadores temporales.

El que ya podríamos llamar bloqueo egipcio empezó en el verano de 2013. En el último año, eso ha supuesto largos retrasos en el pago de salarios a funcionarios de Gaza, que a veces han tenido que conformarse con el abono de una parte de la nómina. En enero de este año, ya se calculaba que los 200 millones de dólares que el Gobierno de Gaza recaudaba al año gracias al ‘IVA de los túneles’ había quedado reducido a una cantidad mínima.

La repercusión va más allá de los ingresos públicos. El cemento y acero que ya no entran no dan trabajo a los que tienen un puesto en la construcción. La falta de combustible egipcio subvencionado en origen deja secos a generadores y vehículos. El sector comercial también nota la falta de actividad económica. Su impacto total en la economía de Gaza podría alcanzar los 700 millones de dólares anuales.

Hamás no podrá reconstruir por sí sola Gaza, y eso le coloca en una posición de vulnerabilidad. Pero los islamistas continúan representando el espíritu de resistencia frente a la ocupación israelí. No se puede decir lo mismo del Gobierno de la Autoridad Palestina que preside Mahmud Abás y de Fatah, condenados a malvivir a expensas de la tolerancia de los gobiernos israelíes. Está por ver si Abás proseguirá el camino trazado por el acuerdo de coexistencia con Hamás o si este quedará en nada como ocurrió en varias ocasiones anteriores.

La reconstrucción de Gaza podría servir para que Abás tuviera un protagonismo mayor allí, pero nunca lo conseguirá si pretende hacerlo dando la espalda a Hamás.

Para comprender mejor la estrategia del movimiento islamista, nada mejor que este artículo de Nathan Thrall en el LRB, publicado el 1 de agosto, es decir, antes del fin de los ataques. Explica que el acuerdo con Fatah no fue popular entre las bases de Hamás, y que los islamistas pronto descubrieron que los términos del pacto que podían beneficiarles no aparecían por ningún lado.

Thrall explica que Hamás no podía dejar de aceptar el reto bélico que le lanzó Netanyahu. La guerra también le permitía intentar alterar una situación de agonía económica en la que sale perdiendo. «Su objetivo fundamental es que Israel cumpla tres acuerdos anteriores: el intercambio de presos por Shalit (incluida la puesta en libertad de los antiguos presos que han vuelto a ser detenidos), el alto el fuego de noviembre de 2012 que requería el fin del bloqueo de Gaza, y el acuerdo de reconciliación (con Fatah) de abril de 2014, que haría que el Gobierno palestino (de Abás) pagara los salarios de Gaza, asumiera la vigilancia de las fronteras, recibiera los necesarios materiales de construcción y abriera el paso fronterizo con Egipto».

Políticamente, el aislamiento y el bloqueo favorecen a Hamás, como demuestran los sondeos realizados en Gaza en los últimos años (bien es verdad que cuando la ‘economía de los túneles’ había hecho posible una cierta mejora de las condiciones de vida de los gazatíes).

Aquellos que lo han perdido todo en esta guerra culpan, como es lógico, a los que lanzaron las bombas que mataron a sus familiares o destruyeron sus casas. Los bombardeos sobre zonas civiles tienen como uno de sus objetivos doblegar la moral de la población, y en eso Israel no está más cerca de obtener la victoria que tras anteriores campañas militares.

Netanyahu cuenta con eso. Su prioridad reside a corto plazo en mantener la estabilidad de su Gobierno de coalición, y en última instancia impedir en Cisjordania la formación de un Estado palestino que haga imposible la continuación del sueño colonial de la derecha nacionalista israelí.

El estado de guerra permanente es algo más que una respuesta a un problema complejo o de difícil solución. Es un requisito imprescindible, la razón de ser del Gobierno de Netanyahu y, desgraciadamente, de los que le sucedan en el futuro. — El último balance de víctimas del Ministerio de Sanidad de Gaza en la tarde del jueves: 1.886 muertos (incluidos 432 niños).

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