Cómo se fabricó el discurso de Colin Powell en la ONU sobre el arsenal iraquí que no existía

Colin Powell, que ha fallecido esta semana a los 84 años, fue el mejor vendedor de una guerra en la que en el fondo no terminaba de creer. Es lo que lleva a Spencer Ackerman a escribir que Powell fue «el único hombre que pudo haber parado la guerra de Irak». Es una observación algo arriesgada, aunque sólo sea por el hecho de que la decisión de invadir Irak y derrocar a Sadam Hussein estaba tomada desde muchos meses atrás en la Casa Blanca de George Bush. Sin embargo, la cobertura política de la campaña militar dependía de otros muchos factores que podían hacerla descarrilar o quizá retrasar (el apoyo en Estados Unidos o en la comunidad internacional), y ahí es donde la intervención del secretario de Estado y antes jefe de las Fuerzas Armadas en la Guerra del Golfo resultó decisiva.

En los ambientes políticos y periodísticos de EEUU, el discurso de Powell en el Consejo de Seguridad de la ONU cimentó la idea de que la guerra era necesaria por la magnitud de la amenaza que suponía Irak y por la claridad de las pruebas obtenidas. Así era más fácil desdeñar el deseo del secretario general de la ONU de que continuaran las inspecciones y el rechazo de Francia, Alemania, Rusia y China a la vía militar.

Powell era la herramienta de propaganda más efectiva al alcance de la Casa Blanca y de los neoconservadores. Precisamente, porque no era como estos últimos, no era un ideólogo que creyera que el mantenimiento de la hegemonía norteamericana en el mundo, y en concreto en Oriente Medio, requería eliminar a Sadam. Los medios lo consideraban un intervencionista reticente que había combatido en Vietnam, muy consciente de la necesidad de que una guerra sólo podía entablarse con un claro apoyo de la opinión pública y el despliegue masivo de medios militares.

Cómo se llevó a cabo el proceso de elaboración del discurso ayuda a entender las prioridades de los gobernantes de EEUU y hasta qué punto estaban dispuestos a hacer lo que fuera para conseguir la guerra que deseaban.

A finales de enero de 2003, Bush encarga a Powell que sea él quien pronuncie un discurso en la ONU para explicar al mundo los argumentos de EEUU contra Irak. Los índices de apoyo al secretario de Estado en las encuestas superan el 70%, muy superiores a los de los demás miembros del Gabinete. «Te puedes permitir perder algunos puntos», le dice el vicepresidente, Dick Cheney. La Casa Blanca va a ordeñar su credibilidad para convencer a los gobiernos más escépticos de la solidez de las acusaciones norteamericanas.

El paso siguiente es preparar el discurso de Powell. La Casa Blanca recibe el material solicitado a la CIA, pero no le parece lo bastante contundente, así que encarga la tarea a dos convencidos de la causa, Stephen Hadley, número dos del Consejo de Seguridad Nacional, y Scotter Libby, jefe de gabinete de Cheney. En el texto estánn todos los asuntos empleados por las autoridades en sus declaraciones públicas, así como las informaciones filtradas a los grandes medios de comunicación, incluida la alegación (falsa) sobre los contactos entre Irak y Al Qaeda. Ese informe, o borrador de discurso, tiene 48 páginas.

Powell ya había garantizado a Bush que lo apoyaría en la decisión de ir a la guerra. Encarga a su jefe de gabinete, el coronel Larry Wilkerson, que revise cada uno de sus puntos. En los medios, ya se lee que puede ser un discurso con tanto impacto como el que tuvo en 1962 el de Adlai Stevenson en la crisis de los misiles de Cuba. Powell y Wilkerson examinan grabaciones de ese discurso.

Condoleezza Rice, Colin Powell y George Bush en 2003.

Cuando Wilkerson pide saber cuáles son las pruebas que sostienen cada acusación, empieza a detectar inconsistencias. Recibe el informe de inteligencia que sustenta una determinada alegación y ve que no dice exactamente lo que le han contado. Hay artículos de periódicos que emplean información filtrada por altos cargos del Pentágono o de la oficina de Cheney ansiosos por promover la invasión. Buena parte de la información, comprueba Wilkerson, procede del Congreso Nacional Iraquí, el grupo de exiliados iraquíes dirigido por Ahmed Chalabi al que los neoconservadores pretenden poner en el poder en Bagdad.

Las objeciones de Wilkerson hacen que se decida utilizar como materia prima del discurso el último informe consensuado por todos los servicios de inteligencia sobre la amenaza iraquí, el llamado National Intelligence Estimate. Ahí están los principales argumentos que Powell presentará en la ONU: los laboratorios móviles donde se producían armas biológicas o los tubos de aluminio con una serie de especificaciones técnicas que los hacían útiles para un programa de armas nucleares. Sobre este último punto, un informe de la IAEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) ya los había descartado como prueba por creer que se habían utilizado en la producción de cohetes de artillería, no en las centrifugadoras de una planta nuclear.

En las reuniones, se sugiere que Powell enseñe un tubo similar de forma dramática en su discurso. Finalmente, se decide que muestre un pequeño vial que podría contener una cantidad similar de ántrax en polvo a la empleada en un ataque contra el Congreso de EEUU ocurrido en 2001. Esa será la imagen que aparecerá al día siguiente en las portadas de muchos periódicos del mundo.

El 1 de febrero, el equipo de altos cargos que prepara el discurso recibe del Pentágono un informe de 25 páginas con los supuestos contactos de Sadam con grupos terroristas. Buena parte de la información no contiene ninguna prueba consistente. La relación en el pasado del Gobierno iraquí con terroristas de Oriente Medio era conocida, pero lo que de verdad interesa a la Casa Blanca es la conexión con Al Qaeda. En la versión final, se incluye con el consentimiento de la CIA referencias a un terrorista jordano llamado Abú Al Zarqaui, del que se dice que ha encontrado refugio en una zona del norte de Irak.

Powell se refiere en 21 ocasiones en el discurso a Zarqaui, que años después dirigiría el grupo Al Qaeda en Irak. Sólo eso ya le convirtió en una celebridad. Antes no era muy conocido en círculos yihadistas. Según una investigación del programa ‘Frontline’ de la cadena pública PBS, su aparición estelar en el discurso le dio un perfil público que no tenía y le permitió conseguir más partidarios y fondos.

«Las autoridades iraquíes niegan las acusaciones de tener relaciones con Al Qaeda. Sus desmentidos simplemente no son creíbles», dice Powell. Zarqaui nunca tuvo contactos con altos cargos del Gobierno o la inteligencia iraquíes. Huido de Jordania, donde fue condenado a muerte en ausencia, se estableció en una zona del norte de Irak controlada por el grupo yihadista Ansar el Islam, opuesto al régimen de Sadam.

Ilustración con los laboratorios móviles presentada por Powell en su discurso de la ONU.

Otro de los momentos dramáticos del discurso es la referencia a los laboratorios móviles de armas biológicas, fundamentalmente porque además se ofrecen unas ilustraciones que reflejan su interior. Demuestra un elevado nivel de conocimiento sobre esos vehículos al incluir una descripción de su interior. George Bush lo había citado en su discurso del Estado de la Unión unas semanas antes. Lo que no se dijo entonces es que había un fuerte debate dentro de la CIA sobre la fiabilidad de esas pruebas.

En su mayor parte, la revelación procede de una sola fuente a la que han puesto el sobrenombre de Curveball. Había sido captado por los servicios secretos alemanes. Un informe de la estación de la CIA en Berlín informó a finales de enero de que los alemanes no habían podido verificar los datos aportados por esa fuente a la que consideraban «problemática». Después de la invasión, quedó confirmado que Curveball era un ingeniero de bajo nivel que había sido despedido de un centro de investigación militar en una fecha tan lejana como 1995 y que había terminado trabajando como taxista en Bagdad.

El día del discurso, 5 de febrero de 2003, George Tenet, director de la CIA, está sentado detrás de Powell. El secretario de Estado le ha pedido que esté en la ONU con la intención de que dé más fuerza a sus alegaciones. Que se vea que el mayor servicio de inteligencia de EEUU ha suscrito las acusaciones que se presentan a la opinión pública internacional.

«We know» son dos palabras que usa con frecuencia. No hay margen para la incertidumbre. No hay podrías ni quizás. «Sabemos que…» es el comienzo de varias frases. Muestra fotografías obtenidas vía satélite que dan a todo un aire de precisión. Aparecen zonas que EEUU está vigilando de forma estrecha con sus avanzadas técnicas de espionaje. Se ofrecen fragmentos de conversaciones entre responsables iraquíes de las que se deduce que estaban ocultando algo.

El gran ejemplo del secretismo con el que Irak oculta su programa de armas de destrucción masiva son los laboratorios móviles para la fabricación de armas biológicas en forma de camiones o vagones. «La descripción que nuestras fuentes nos facilitaron, sobre las condiciones técnicas requeridas en estas instalaciones, es muy detallada y extremadamente precisa», dice. Su carácter móvil hacía que fuera sencillo que se ocultaran a las inspecciones de Naciones Unidas. Esos laboratorios «podían producir una cantidad de veneno biológico similar a todo lo que Irak dijo haber producido en los años anteriores a la Guerra del Golfo» en 1991, sostiene Powell.

Powell afirma que un dirigente de Al Qaeda había confirmado que «Irak había facilitado entrenamiento en el uso de estas armas (químicas) a Al Qaeda». La fuente es Ibn Al-Shaykh al-Libi, que había sido detenido e interrogado en Egipto. Además del hecho de que probablemente había sido torturado, un informe interno de la CIA de enero había llegado a la conclusión de que no estaba en la posición de «poder saber si ese entrenamiento se había llegado a producir».

El discurso dura 67 minutos. «Cada declaración que he hecho hoy está apoyada por fuentes, fuentes sólidas. No son aseveraciones. Lo que les estamos ofreciendo son hechos y conclusiones basados en inteligencia sólida».

Powell habla en la ONU con una decisión y claridad que nunca ha tenido en privado en las semanas de deliberación sobre el contenido del discurso.

Las dudas de Wilkerson son aún mayores. El jefe de gabinete de Powell dijo después que ese discurso fue «el punto más bajo de mi carrera profesional». Powell tuvo que reconocer la evidencia años después y su incomodidad cuando le preguntaban por su intervención. En algunas ocasiones, lamentó que no le llegaran las dudas que había dentro de los servicios de inteligencia sobre la entidad de las pruebas. En otras, culpó de todo a la CIA.

Casi todas las acusaciones presentadas por Powell resultaron ser falsas. El ejemplo más evidente son los laboratorios móviles tan bien dibujados en las ilustraciones. Fue después de la caída del régimen de Sadam cuando las tropas de EEUU descubren unos camiones que podían parecerse a la descripción hecha de los laboratorios (lo que no era complicado). A finales de mayo, la CIA toma la poco habitual decisión de hacer público un informe en el que se identifica estos camiones como centros móviles para la producción de armas biológicas. Durante una visita a Polonia y al saber la noticia, un entusiasmado Bush llega a decir que ya se han encontrado las armas de destrucción masiva.

David Kay, que había dirigido el equipo de inspectores de la ONU en 1991 y al que Tenet encarga que viaje a Irak después de la invasión de 2003 para encontrar pruebas del arsenal, dice posteriormente que la difusión de ese informe fue un error. En junio, la DIA (Agencia de Inteligencia de la Defensa) y la sección de inteligencia del Departamento de Estado llegan a la conclusión de que el uso más probable de estos camiones encontrados era la producción de hidrógeno para su uso en globos meteorológicos.

La recepción del discurso de Powell en los medios de comunicación de EEUU y Europa es incluso mejor de lo que esperaba la Casa Blanca. En la CNN, preguntan a Bob Woodward qué podría pasar si EEUU va a la guerra y no se encuentran después las armas de destrucción masiva, como así ocurrió: «Creo que las posibilidades de que eso ocurra son cercanas a cero», dice el célebre periodista de The Washington Post. «Irrefutable», titula el Post. Las pruebas son «abrumadoras», dice el editorial del diario. El columnista Roger Cohen escribe que es obvio que Sadam conserva el arsenal prohibido: «Sólo un idiota, o posiblemente un francés, podría pensar distinto».

El discurso es «impresionante en su amplitud y elocuencia», señala The San Francisco Chronicle. El Denver Post compara a Powell con «el marshall Dillon enfrentándose a un pistolero en Dodge City» (Dillon es el marshall de la ciudad en el western ‘Gunsmoke’).

La magia de Colin Powell ha funcionado. George Bush tendrá su guerra.

Texto íntegro del discurso de Colin Powell en la ONU.

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