Villarejo nos tira unos cacahuetes y todos nos apresuramos a cogerlos

José Manuel Villarejo llevaba casi dos horas de su comparecencia en la comisión de investigación de la Operación Kitchen y decidió que tenía que presumir de su experiencia de agente secreto. «Yo me he reunido en el desierto con gente muy próxima al ISIS comiendo dátiles y esperando que me corten la cabeza, y yo me tuve que pagar los gastos», dijo orgulloso dejando para los restos a James Bond. A 007 no solo le pagaban los gastos, sino que destrozaba los coches que le entregaban y luego nunca le obligaban a abonar los desperfectos. En España, somos unos ingratos. Es lo mismo que les ocurría a Mortadelo y Filemón, a los que el superintendente Vicente les prometía un viaje con todos los lujos y acababan en un carro tirado por un burro.

Villarejo apareció por segunda vez ante esta comisión. La primera fue en mayo, cuando el comisario jubilado dio un gran espectáculo. Los diputados se debieron de quedar con ganas de más, a pesar de que no aportó ninguna prueba sobre sus acusaciones, y volvieron a convocarlo. Ahora acaba de comenzar el juicio en el que la Fiscalía le pide 105 años de cárcel por delitos cometidos en sus negocios privados para distintas empresas. Lógicamente, no iba a autoincriminarse en su comparecencia del miércoles. Lo que sí podía hacer y además con mucho gusto era lanzar todo tipo de insinuaciones y denuncias de las que te dejan con la boca abierta, siempre que no seas muy exigente con la verosimilitud.

Al igual que en mayo, el Partido Popular salió muy contento de la sesión. Aquí todo el mundo utiliza a Villarejo para lo que le interesa. En el caso del PP, para afirmar que la investigación judicial del caso Gürtel fue un montaje del Ministerio de Interior de un Gobierno socialista, y eso a pesar de que ya hay sentencias judiciales al respecto. En ese sentido, Villarejo sería una víctima. «Pretenden meterle en la cárcel para que no hable», dijo el diputado Luis Santamaría, que debe de creer que la Audiencia Nacional está metida en el barullo. Santamaría sacó a colación una supuesta operación contra un alcalde de Burgos en los años noventa con la intención de acabar después con José María Aznar. Ese alcalde, José María Peña, fue condenado en 1992 a doce años de inhabilitación por un delito de prevaricación continuada. Años después, fue indultado por el Gobierno de Aznar.

Como Villarejo dijo sin concretar nada que tuvo contactos entonces con un político socialista que fue delegado del Gobierno en Castilla y León, Santamaría se vino arriba y sufrió un delirio de grandes dimensiones al comentar que es «un caso que se podría asemejar al Watergate». Por tanto, tampoco hay que extrañarse de que preguntara a Villarejo si había formado parte del «comando Rubalcaba» en un pequeño homenaje a las viejas obsesiones de su partido. Tampoco era un día como para tomarse en serio las intervenciones en la comisión.

Macarena Olona también quedó satisfecha, quizá porque todo lo que dice Villarejo puede interpretarse como un desprestigio para las instituciones, algo que forma parte de la dieta parlamentaria de Vox. Tan encantada estaba la diputada que le despidió con un «cuídese mucho».

La izquierda tuvo la oportunidad de recibir su parte de la merienda con una nueva acusación a Mariano Rajoy, como hizo en mayo. No solo insistió en que Rajoy le envió mensajes, sino que se reunieron «tres o cuatro veces más». Resulta que el expresidente se arriesgaba a verse con un policía de pasado tan oscuro para preguntarle por cosas que él ya había contado a los intermediarios del PP. Y eran preguntas tan esenciales como «¿hay algo nuevo?» o «¿esa persona se había reunido con Pedro J.?». No tiene pruebas de eso, aunque se ha hecho famoso por haber grabado todo tipo de reuniones.

Unidas Podemos optó por la estrategia de considerar a Villarejo un mártir o al menos alguien a quien han utilizado. Ismael Cortés comentó que algunos le tratan «como a un pagafantas», de ahí que le preguntara: «¿Por qué le dejan a usted solo?». A eso, el policía respondió que le tratan como a un cáncer. Y luego aclaró: «Yo era el que intentaba destapar el cáncer». Villarejo se rio del diputado y de todos los demás cuando dijo que sus encuentros secretos con Cospedal y su marido eran «reuniones sociales», porque así los ha definido el juez instructor que ha decidido no procesarlos. Reuniones en las que se hablaba de cosas menores, como «qué tal va todo, cómo te va la vida, estudias o trabajas». Con razón, Villarejo se reía a gusto en esos momentos.

No estaba contando nada que sirviera para armar una acusación de ningún tipo, pero lanzaba unos cuantos cacahuetes escandalosos para que políticos y periodistas saltaran a pillarlos al vuelo. Se refirió a los «encaladores», de los que dijo que «son gente que se dedica a surtir de droga a todo aquel al que se quiera controlar». O cuando «se usaron hormonas para rebajar la libido» del rey Juan Carlos. Eso ya salió en 2020 cuando se conoció una conversación entre Villarejo y Corinna Larsen. Pero cómo desperdiciar la oportunidad de volver a ponerla en circulación. Hay que reconocer que tiene un punto perversamente gracioso en relación a la intensa actividad sexual del anterior monarca fuera del matrimonio. Lo mismo encaja en un chiste de Wyoming en ‘El intermedio’.

A Gabriel Rufián le confirmó la historia de los encaladores, que daría para una buena película de intriga. Como ya estaba lanzado, sugirió que existe una organización que se ocupa de hacer desaparecer a la gente. El portavoz de ERC se quedó a cuadros e insistió para que diera algún ejemplo. Villarejo respondió con el caso de «la muerte de García Calvo», que dice que investigó. Como no parece que se refiriera al filósofo Agustín García Calvo, que falleció a los 86 años por insuficiencia cardíaca, es posible que estuviera pensando en el periodista Carlos García Calvo, que escribía un blog en El Mundo sobre la reina Letizia y que murió de un infarto. Resulta un poco rastrero introducir conspiraciones en la muerte de personas por causas naturales, pero a estas alturas a Villarejo ya le da igual ocho que ochenta.

En los últimos minutos de su actuación, Villarejo dejó una frase que igual ha sacado de algún artículo de Pérez Reverte: «El espíritu de los tercios de Flandes ha desaparecido de los cromosomas españoles». Quizá sí, pero el de los estafadores que se ganan la vida siguiendo los pasos del Lazarillo de Tormes goza de buena salud.

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