El choque de legitimidades en el referéndum de Colombia

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Se ha convertido en una costumbre tras unas elecciones o referéndum. Un resultado imprevisto que las encuestas no vieron venir, como tampoco la mayoría de partidos o medios de comunicación, se convierte en un nuevo ejemplo de la fuerza del populismo y de la crisis de la política tradicional. Es una excusa perezosa porque, a menos que nos creamos que el concepto de aldea global es un hecho innegable y no una idea ingeniosa, es dudoso que los votantes de Medellín, Manchester o Tampa tengan las mismas motivaciones ante problemas complejos y muy diferentes. La política sería muy sencilla de analizar si fuera así. No lo es.

La derrota del acuerdo de paz de Colombia en las urnas ofreció en la noche del domingo un primer dato llamativo. Lo contaba así la web de Semana: “Un vistazo a las regiones más afectadas por el conflicto permite ver una de las grandes paradojas de Colombia: quienes más muertos pusieron en la guerra apoyaron más el Acuerdo”. La noticia daba los nombres de lugares donde se produjeron terribles matanzas: Cauca, Guaviare, Nariño, Caquetá, Vaupés, Putumayo, Meta y Chocó. Esos crímenes fueron tanto responsabilidad de las FARC como de los paramilitares. Allí, el al acuerdo alcanzó altos porcentajes, en algunos casos por encima del 70% u 80%.

Esos datos me llevaron a escribir en Twitter algo que no sé correspondía con lo ocurrido, aunque sí con otros conflictos: “Cuando la violencia no afecta a tu vida cotidiana, no estás dispuesto a pagar un precio político por su fin”. “No estás dispuesto” podría haber pasado a ser “se reducen las posibilidades de que…”, porque la frase inicial más parece una relación causa-efecto que no se puede sostener para todos los casos, aunque sí para algunos.

Los datos ofrecidos por Semana son significativos, pero no del todo concluyentes. El recuento por provincias puede arrojar otras conclusiones. Las dos grandes ciudades sufrieron las consecuencias de la violencia política y del narcotráfico, pero su conducta no pudo ser más opuesta. Bogotá estuvo por el sí. Medellín por el no.

El análisis por provincias, y dentro de ellas, arroja resultados que no responden todos al mismo patrón, como se puede apreciar en la descripción que hace El Espectador. En el caso de Antioquia, provincia muy castigada por la guerra y donde está Medellín, el 62% votó ‘no’, y eso a pesar de que el actual gobernador de la provincia y el alcalde de Medellín estaban por el ‘sí’. Es sobre todo el feudo del expresidente Álvaro Uribe, completamente enfrentado al presidente Santos y el gran protagonista de la campaña del ‘no’.

Pero en la localidad de Apartadó, en Antioquia, donde hubo varias matanzas, incluida la muy conocida de La Chinita, el ‘sí’ ganó (no con gran diferencia, un 52%).

En la provincia de Valle del Cauca, ganó el ‘sí’, en buena parte por la participación activa de las víctimas en la campaña. Pero en otros lados donde viven muchos desplazados por el conflicto el resultado fue otro. El Espectador comenta que eso incluye localidades donde nunca se cumplieron las promesas hechas por los gobiernos a los refugiados internos para que comenzaran una nueva vida. Es el caso de Soacha, en la provincia de Cundinamarca: “Este territorio vecino a la capital ha sufrido de un abandono estatal que hoy fue recordado en las urnas. Además, no hay que olvidar que la mayoría de casos de Falsos Positivos ocurrieron allí y que hay una fuerte presencia de bandas criminales, muchas de ellas constituidas por exparamilitares”.

Los mapas en los que se corresponden zonas de gran actividad de las FARC con la victoria del ‘no’ no cuentan toda la realidad. Dejan fuera zonas de presencia de los paramilitares o de otros grupos violentos. Incluyen ciudades que sufrieron matanzas de civiles, pero que votaron por el sí. Otras menos castigadas, que votaron no.

Alvaro Uribe

Álvaro Uribe.

Aquí es donde interviene un factor político actual, no del pasado, que sí dice más cosas sobre las razones del resultado. Por ejemplo, el hecho de que Uribe se opusiera al acuerdo en amplias zonas del país donde sigue siendo muy popular. Donde el Gobierno de Santos era más fuerte o contaba con aliados locales de prestigio, pudo ganar el . Es el caso de la provincia de Región Caribe, que votó a favor de Santos en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y donde el alcalde de Barranquilla estaba claramente por el .

Nos imaginamos siempre que en los referendos los ciudadanos se limitan a dar su opinión sobre la pregunta planteada sin dejarse contaminar por otras consideraciones, y eso no siempre es cierto. Ahí sí que se parece Colombia a otros países del mundo en los que se ha celebrado un referéndum sobre un asunto crucial. La popularidad del Gobierno o de los partidos que apoyan una opción determinada influye poderosamente en la decisión expresada en las urnas.

En los primeros meses de este año, la popularidad de Santos estaba en el punto más bajo de su presidencia, en marzo en el 25%. La principal razón era la situación económica. Un 80% decía que era mala o muy mala. Era la primera vez desde 2012 en que la economía era el mayor motivo de preocupación por encima de la inseguridad.

Por el contrario, la opinión sobre Uribe era mucho más positiva. Un 48% era favorable al expresidente. El mismo porcentaje estaba en contra, pero eso no es inusual con la personalidad polarizadora de Uribe. Buena parte de la presidencia de Santos se construyó bajo la premisa de que Uribe estaba equivocada por su posición revanchista sobre el proceso de paz. Está claro que eso no sirvió para minar su popularidad en amplias zonas de la nación.

Al final, Santos se convirtió en un factor negativo para la campaña del . Como mínimo, eso contribuyó a desmovilizar a votantes que podían haber votado a favor y que contribuyeron a aumentar la abstención (del 62%) en un país en el que un 50% no es inusual. Los llamamientos a una convocatoria de carácter histórico no van a cambiar en unos meses tendencias muy arraigadas en el electorado.

Es cierto que en verano el apoyo a Santos subió gracias a la firma del acuerdo con las FARC, pero no demasiado, hasta el 32%. Ya en ese momento los sondeos mostraban una amplia satisfacción con el pacto que luego fue diluyéndose y que las encuestas no detectaron (o se equivocaron al principio al colocarlo en cifras tan altas). Pero en la opinión negativa sobre la gestión de Santos no parece que esas predicciones estuvieran muy equivocadas.

Pensamos que ante un referéndum la población va a olvidarse de la reputación de los promotores de la consulta, como suelen hacer la mayoría de políticos, expertos y medios de comunicación en un ejercicio de frialdad. Es una presunción demasiado optimista. La credibilidad del mensajero importa, más allá del valor del mensaje.

Incluso hay que tener en cuenta otros factores políticos que nada tenían que ver con la paz. Varios medios colombianos cuentan que las medidas del Gobierno en favor de los derechos de la mujer y de la comunidad LGTBi enfurecieron a los sectores más conservadores o ultracatólicos, que se unieron a las filas de Uribe. El expresidente vio esa tendencia y la aprovechó con alianzas con iglesias evangélicas a las que no fue muy difícil de convencer de que el acuerdo de paz era el prólogo que conduciría al reforzamiento de las posiciones izquierdistas en la sociedad colombiana gracias a la entrada de las FARC en el juego político.

En el caso colombiano, se han citado varias razones concretas por las que una parte de la sociedad, la que venció en el referéndum, pensaba que las concesiones hechas a las FARC eran excesivas: por reservarles escaños en el futuro Parlamento o por no haber previstas fuertes penas de prisión para sus comandantes. Son razones legítimas, al menos no irracionales, porque cualquier acuerdo que ponga fin a décadas de conflicto debe incluir concesiones relevantes al otro bando.

Uribe también supo aprovechar la oportunidad presentada, dando a entender que era posible renegociar ese acuerdo en términos más favorables. Si una nueva negociación encalla porque las FARC no aceptan más concesiones que las ya hechas, eso no molestaría a Uribe. Una vez más, la paz puede no ser tan satisfactoria como la victoria.

La paz nunca es gratis y siempre tiene un precio político. Si no estás dispuesto a pagarlo, la alternativa más deseable es la continuación del conflicto, que no es una opción terrible si el país cree que pasó hace tiempo lo peor de esa guerra. Y no hay que olvidar que en ambos bandos habrá grupos para los que su objetivo nunca fue la paz, sino la victoria.

La estrategia del Gobierno para conseguir la aprobación del acuerdo también llama la atención por arriesgada o directamente contraproducente. Primero, se firmó la paz, luego se celebró una gran ceremonia con presencia de líderes internacionales –con discursos en los que se destacaba el valor de la paz tras 50 años de guerra y elogios al impopular Santos– y finalmente se pidió la opinión a los colombianos, como si su decisión fuera el trámite final que sólo debía sellar lo ya acordado. Algunos dijeron que el discurso del líder de las FARC no contribuyó en nada a convencer a los sectores más reacios a aceptar el acuerdo. Fue un discurso de victoria, aunque sólo fuera por el logro alcanzado. Ofreció una estampa de una realidad que se imponía a sí misma, con independencia de la opinión de los ciudadanos.

Hay otro debate político, e inevitablemente subjetivo, sobre si el Gobierno necesitaba una consulta para refrendar el acuerdo con las FARC. Parece que son más en Colombia los que creen que la celebración del referéndum era imprescindible para dotar de legitimidad al pacto. Por otro lado, Santos ganó las elecciones presidenciales con un mensaje nada ambiguo sobre lo que pretendía hacer. Esa victoria le daba una legitimidad que aparentemente no le parecía suficiente para cerrar una guerra que ha durando medio siglo.

En el mundo real, sabemos que la legitimidad es un concepto difuso porque se ve influido por muchos condicionantes políticos. Alguien como Santos gana las elecciones de forma arrolladora en 2010 con un 68,9% de los votos, es reelegido en 2014 con el 50,7% (ya con la feroz oposición de Uribe) y se hunde en la miseria política dos años más tarde.

La situación económica puede pasar a ser catastrófica y acabar con el capital político de un dirigente. Una organización armada como las FARC da un paso inmenso al comprometerse a poner fin a la guerra, pero no puede pretender que los ciudadanos olviden décadas de matanzas: desconfiaban de ellos cuando había una guerra; no van a confiar en ellos sólo porque abandonen las armas.

El ciudadano debe ser consciente de que está ante una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse, pero tiene todo el derecho de ignorar una convocatoria realizada por un Estado que le abandonó hace tiempo a su suerte. Políticos, periodistas, combatientes y expertos tienen todos los incentivos posibles para aceptar lo que se les propone. La gente de abajo no ve los incentivos por ningún lado y está acostumbrada a que les digan desde arriba que ahora sí, este es el momento en que todo cambiará.

En los referendos, como en las propias elecciones, compiten distintas legitimidades. No está escrito que siempre que tengan que vencer las mismas.

Jorge Galindo hace una recopilación con distintos gráficos sobre los resultados del referéndum. No parece haber una relación directa entre actividad de las FARC y resultado, pero sí con otros dos factores: el partidismo (influencia del apoyo de partidos o políticos al sí o no, en especial en relación al apoyo a Uribe y, por tomar una referencia concreta, los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales) y en segundo lugar la pobreza, asociada al medio rural, con más apoyo al sí.

En una entrevista, el escritor Héctor Abad Faciolince da en el clavo sobre alguno de los aspectos decisivos, en especial la rivalidad entre Santos y Uribe. En mi opinión, hace excesivo énfasis sobre la influencia del populismo encarnado en políticos como Berlusconi y Trump. Es lo que llamaba antes la excusa perezosa. Creer que todo se debe a la ventaja adquirida por el populismo, con independencia de lo que signifique en cada país, frente a la política tradicional. En el comienzo de su carrera política, Uribe se distanció claramente del Partido Conservador, pero terminó siendo el líder más poderoso de esas ideas, enarbolando la bandera de la guerra hasta el final contra las FARC.

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