La caza de espías soviéticos entre los laboristas termina con un espía de verdad en la redacción de un periódico

En mitad del caos permanente del Gobierno tory por las negociaciones del Brexit y la inestable posición de la primera ministra May, la prensa conservadora se lanzó hace una semana sobre Jeremy Corbyn con la acusación de que pudo facilitar información a los espías del otro lado en la Guerra Fría. Ahora en un caso de curiosa justicia poética, se ha sabido que el mayor experto en países comunistas de uno de esos periódicos en los años 50 fue realmente un espía de la URSS cuando trabajaba para el Foreign Office.

Las noticias sobre Corbyn en la época en que acababa de ser elegido diputado tenían como fuente un antiguo espía checoslovaco que afirma que el líder laborista le facilitó información sabiendo que su trabajo como diplomático de la embajadade su país era sólo una pantalla para ocultar su verdadera función. La credibilidad del denunciante resultaba un tanto discutible, porque también decía que el famoso concierto benéfico Live Aid en 1985 había sido promovido desde Moscú.

Las informaciones aparecieron en The Sun y The Daily Mail en primer lugar, y luego el Daily Telegraph les dio honores de portada durante varios días sacando también a colación a la Stasi.

Un diputado tory fue aún más allá al anunciar en Twitter que Corbyn era sospechoso de haber vendido secretos británicos a espías comunistas. Advertido de que se iban a querellar contra él, tuvo que reconocer rápidamente que era un tuit “difamatorio” y falso, lo borró, pidió disculpas y, como pedían los abogados de Corbyn, hizo una donación (dicen que de cinco cifras) a una organización benéfica elegida por el líder laborista.

El último intento de intentar regresar a la Guerra Fría para minar a los laboristas –empatados con los conservadores en la mayoría de las encuestas– ha tenido otro giro final. Documentos desclasificados gracias a la Ley de Libertad de Información y revelados por The Sunday Times han permitido saber que David Floyd –el mayor experto sobre los países comunistas en el Telegraph en los años 50– había sido un espía soviético cuando estaba destinado como diplomático británico en Moscú al final de la Segunda Guerra Mundial.

Floyd lo confesó todo en julio de 1951 pocas semanas después de que estallara el caso de Guy Burgess y Donald Maclean, dos de los cinco espías del Círculo de Cambridge (uno de ellos era Kim Philby). Floyd era un caso que no estaba a la altura de los otros y el Foreign Office decidió que ya había tenido demasiados escándalos y convenció a la Fiscalía de que no presentara cargos. 

A cambio de la confesión completa, el MI5 le encontró muy pronto un empleo en el Daily Telegraph, donde Floyd se convirtió en su mayor experto en comunismo. Como el director y subdirector del periódico habían trabajado antes en el MI6, es posible que estuvieran informados de los detalles del caso.

Las nuevas obligaciones de Floyd en el Telegraph no se limitaban al área periodística, como es de imaginar. Queda claro en el último párrafo del artículo de The Sunday Times:

El tratamiento de Floyd por el Foreign Office le parece a Jonathan Halsam (experto en temas de inteligencia soviética) “excesivamente indulgente a menos que hicieran un pacto con él. El pacto podría haber sido ‘vamos a meterte en uno de los periódicos más importantes y es hora de que nos compenses. Cubrirás esta zona y nos informarás sobre algunas personas’. No creo que lo dejaran completamente libre y le encontraran un empleo estupendo. Estas cosas no funcionan así”.

En su cacería de supuestos espías soviéticos, el Telegraph ha terminado convirtiéndose en la presa.

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