La política es una profesión y los paracaidistas terminan estrellándose en el suelo

Con el fin del bipartidismo, se extendió en España la idea de que los políticos profesionales, que son casi todos, eran una parte esencial del problema. Las encuestas del CIS lo certificaron en sucesivas oleadas. Los numerosos casos de corrupción parecían confirmar esa sospecha. La partitocracia se empezó a utilizar como concepto negativo, aunque los partidos políticos hayan sido siempre un elemento clave de la democracia liberal en Europa. Luego llegó Albert Rivera y dijo que no era ni de izquierdas ni de derechas. Lo que de verdad quería decir es que pretendía dejar en la irrelevancia a los partidos tradicionales de izquierda y derecha. Al final, los votantes decidieron que el que sobraba era el líder de Ciudadanos. Por sus declaraciones posteriores, se intuye que no se enteró muy bien de lo que pasó o que creía que la culpa del fracaso era de todos, menos de él. Una reacción muy típica en políticos profesionales.

Buena parte de esas críticas generales estaban justificadas. El sistema político que había comenzado a finales de los setenta daba señales de un agotamiento evidente. A partir de 2014, muchos políticos de primer nivel se fueron a su casa arrollados por circunstancias que ni podían ni sabían controlar, porque en el fondo no las entendían. Hubo un relevo generacional con la entrada progresiva de nuevos políticos de Podemos, Ciudadanos y Vox que acercó a la política a la realidad a cambio de hacerla más agresiva.

Lo que no cambió fue el ansia de los partidos de optar a la renovación a través de los fichajes de (presuntos) galácticos. Personas de las que se decía que venían de la sociedad civil –¿de qué otro sitio iban a venir?– para aportar un punto de vista más fresco y pegado a la calle. O simplemente eran gente muy conocida por su trayectoria en otro campo profesional. Evidentemente, en cada partido estos fichajes eran recibidos como un golpe maestro del líder. Desde fuera, los periodistas los miraban con escepticismo. Algunos sólo necesitaban una entrevista para delatar su desconocimiento sobre asuntos básicos. O su arrogancia. A veces, suscitaban un cierto cariño condescendiente: este no sabe dónde se ha metido.

Esto último es lo que ocurrió con Pepu Hernández, que este jueves ha dimitido como concejal del PSOE en Madrid y su portavoz en el Ayuntamiento. Fue un fichaje de Pedro Sánchez para ocupar esa plaza –candidato a la alcaldía de Madrid– en la que los socialistas no han parado de hacer experimentos que siempre acaban igual de mal. Como entrenador y seleccionador de baloncesto, había alcanzado un gran éxito y además lo había acompañado con un mensaje sobre la importancia del trabajo en equipo que era bien recibido por los medios. «La política nunca me ha sido ajena. No tengo carné, pero soy socialista de corazón y de pensamiento», dijo Hernández en un intento de justificarse ante los periodistas tras su presentación.

Su problema no era carecer de un carné de militante, sino que pronto se vio que su discurso estaba repleto de generalidades y buenos deseos con muy poca intención política. Eso quedó de manifiesto en los debates electorales en que participó. Hablar en público es una de esas cosas que los políticos –no todos, claro– consiguen ir puliendo gracias a la experiencia. Como también saber responder a las preguntas de un periodista que te va lanzando sin descanso bolas a varios puntos de la cancha. Cuando no llegas ni a rozarla, se nota que eres un novato en esas lides. Y no tendrá mucho tiempo para ponerse al día.

Los ejemplos de paracaidistas que se lanzaron con decisión desde el avión y acabaron estampados contra el suelo o con una pierna rota son numerosos en los partidos. Alguno hasta se quedó en la puerta sin saltar. El PP fichó a Daniel Lacalle, economista y rostro mediático por su presencia en tertulias televisivas, y lo puso en el cuarto puesto de la lista de Madrid en abril de 2019. Era el puntal con el que Casado quería plasmar la derechización del mensaje económico del PP. No llegó a tomar posesión del escaño y no apareció en la repetición electoral de noviembre.

Con Rajoy, el partido había picado más alto al sumar a uno de los empresarios más conocidos, Manuel Pizarro, expresidente de Endesa, al que quizá pensaban nombrar ministro de Economía si ganaban las elecciones de 2008. El número dos de la lista que encabezaba Rajoy en Madrid se tuvo que conformar con la presidencia de una comisión del Congreso. Uno de los directivos más poderosos de España podía haberse convertido en la voz económica del PP, pero sólo se dedicó a ser la persona que daba la palabra a los diputados. Poco trabajo para tanto currículum. Duró menos de dos años.

Un ejemplo más chusco fue el de Marcos de Quinto. Rivera lo presentó entusiasmado como el fichaje del año. Lo vendieron como un directivo de éxito que iba a explicar cómo se crean de verdad puestos de trabajo en la economía. Muy pronto se vio que presumir de que eres millonario no es la mejor carta de presentación en un país en el que el salario más frecuente es de 18.489 euros al año (dato de 2019). Lo que importaba es que De Quinto ni siquiera se molestaba en hablar de economía desde su cuenta de Twitter. Lo que le gustaba era sacudir a la gente de izquierda con un estilo procaz y a veces insultante. Si lo que necesitas es un matón, no necesitas hacer fichajes estelares.

Podemos era un partido nuevo y trajo por tanto a gente nueva a la política. No le sirvió para impedir caer en uno de los peores vicios de la política profesional, las luchas internas cuando las cosas se tuercen o hay discrepancias. Los dos principales fundadores del partido acabaron peleándose, lo que en la práctica ponía fin a la aspiración de superar al PSOE como principal fuerza de la izquierda. En varias regiones, las divisiones han sido una constante entre sus dirigentes, lo que inevitablemente ha generado peores resultados electorales en esas comunidades.

Durante un tiempo, parecía que Manuela Carmena, fichada para ser candidata a la alcaldía de Madrid cuando estaba ya en edad de jubilación, iba a dejar su sello con un mensaje en el que abjuraba de los partidos como pieza básica de la política. Consiguió ser elegida alcaldesa, lo que era un indudable éxito, pero después gestionó las diferencias internas en Ahora Madrid con el mismo gesto implacable con que los partidos acaban automutilándose. Resultó que el liderazgo incuestionable del líder también era un requisito imprescindible en una formación que en realidad no era un partido. Vicios parecidos en contenedores diferentes.

Un fichaje inesperado de Sánchez en su primer Gobierno acabó en la calle en una semana. Eligió al presentador televisivo Màxim Huerta para la cartera de Cultura sin saber que la ingeniería fiscal con la que se manejan las estrellas de la TV no casaba mucho con los principios que él había anunciado. El astronauta e ingeniero Pedro Duque fue otra incorporación sorprendente. Después de tres años en el Ministerio de Ciencia, Sánchez lo dio por amortizado y puso en su lugar a la alcaldesa de Gandía, que al menos también es ingeniera.

La política es una profesión y, como todas, debe estar en una tensión permanente para no caer en sus peores aspectos (de esto saben mucho los periodistas). Requiere una experiencia y estado de ánimo que no se dan en todos los oficios. Necesita una extraña mezcla de arrogancia y humildad en función de los acontecimientos. Es importante estar especializado en un asunto y al mismo tiempo contar con una base generalista que te permita salir vivo de cualquier discusión. Hay que ser disciplinado, pero sin renunciar a las ideas propias.

Los paracaidistas llegan con la sonrisa del triunfador y lo que ven es un mundo muy loco en el que ellos no cuentan con las herramientas necesarias para sobrevivir.

Por buenas intenciones que tengan, en la vida hay que huir de los aficionados.

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