La sangre como materia prima de las guerras

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El jefe de las tropas británicas en Afganistán tiene dos ideas claras sobre la guerra. Los talibanes están perdiendo y los países occidentales no pueden abandonar el país porque el precio que les ha costado el conflicto en bajas sólo puede justificarse con una victoria completa.

“We almost owe it to those who have gone before to see the job through,” he said. “Having made this investment in blood, I am more determined. If I didn’t think we could do this I would take a very different view but I am confident we can do it.”

Los militares envían a hombres jóvenes a la guerra, lo que en muchos casos significa la muerte, no por algún tipo de maldad intrínseca sino porque creen que están convencidos de que es la única manera de obtener el objetivo, básicamente derrotar al enemigo. Eso les iguala a todos. Tanto a Eisenhower como al mariscal Douglas Haig, general británico en la Primera Guerra Mundial, que muchos creen que debería haber sido juzgado por crímenes de guerra cometidos contra sus propias tropas, tan grande era el nivel de su incompetencia.

Todo lo que no sea la victoria –los desfiles de celebración son opcionales– se considera morir en vano. La imposibilidad estratégica de una derrota completa de los talibanes es un detalle irrelevante por absurdo. Nunca hay un punto final. Si la situación es preocupante, es porque no se ha destinado el número adecuado de tropas. 10.000, 20.000, 30.000 soldados más, los que sean, marcarán la diferencia. Y si no es así, volverán a pedir más. Una y otra vez, como descubrió Johnson cuando el general Westmoreland le convenció de que sólo una escalada militar más, esta vez sí la definitiva, convertiría Vietnam en una rotunda victoria.

En ambos casos, la sangre es el argumento clave. Hemos llegado hasta aquí, hemos perdido a centenares o miles de soldados, y su sacrificio no puede quedar en vano.

En el mundo real, los talibanes encajan derrota tras derrota y da igual. No son una fuerza extranjera, aunque reciban un flujo constante de voluntarios desde Pakistán. No pueden irse a otro país. Cuando se creen invencibles, intentan ataques frontales contra posiciones norteamericanas y lógicamente son arrasados. Pero como fuerza insurgente, niegan una y otra vez al enemigo la capacidad de controlar la mayor parte del territorio de la mitad de país. Como siempre ocurre en las guerras contra insurgentes, ellos ganan cuando no pierden.

Hoy en Kabul un atentado contra un santuario chií ha causado 54 muertos y 150 heridos. Los militares lo venderán como un gesto de desesperación de sus enemigos. Cualquier cosa antes de aceptar que diez años después de comenzada la guerra el equilibrio de fuerzas no ha mejorado.

El teniente general James Bucknall afirma que la violencia en Kabul es inferior a la de Karachi. El mismo argumento que empleaban los norteamericanos en Irak cuando decían que Bagdad no era mucho más peligroso que Chicago o Baltimore. Comparar listados de muertos de orígenes diferentes no lleva a ninguna parte, como tampoco compararlos con los que se producen en accidentes de circulación.

Pero al final el argumento definitivo es el de la sangre como inversión, por brutal que suene. Murieron para conseguir un beneficio político o militar. No se puede computar como pérdidas.

Este razonamiento atávico es lo único que queda cuando el Gobierno afgano, prodigio de incompetencia y corrupción, afirma que necesita aún ayuda durante otra década más. Miles de millones de dólares después, aún no ha podido construir un Estado viable.

Ni lo conseguirá.
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Foto del Flickr de Downing Street. Soldados británicos escuchan a Cameron en el sur de Afganistán.
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Un vídeo recoge el momento de la explosión, que ocurrió durante la fiesta chií de la Ashura. De ahí que aparezcan esos penitentes flagelándose.

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