Durante mucho tiempo, se ha comentado cómo podía ser que el partido de Víktor Orbán pudiera estar aún dentro del Partido Popular Europeo. ¿Cómo podía compartir plataforma política Angela Merkel con el primer ministro húngaro que ha enarbolado la bandera de la xenofobia en la crisis de los refugiados? El jueves hemos tenido la respuesta en el congreso celebrado en Madrid. La mayoría de los delegados ha aplaudido a Orbán, quizá algunos avergonzados, cuando se ha dirigido a la tribuna a pronunciar su discurso. Aquí está lo que ha dicho en una intervención centrada en la «crisis migratoria» (así la ha llamado) que ha comenzado con un elogio a la posición del Gobierno español sobre el tema.
Sus párrafos están entrecomillados y en cursiva. Las negritas son mías.
«En primer lugar, queridos amigos, lo que afrontamos no es una crisis de refugiados. Es un movimiento migratorio compuesto por emigrantes económicos, refugiados y también combatientes extranjeros. Esto es un proceso sin control y sin regulación. Quisiera recordarles que la libre elección del país de acogida no está incluido en el Derecho internacional. Quiero también destacar que hay una una fuente ilimitada de gente desde Siria, Irak, Pakistán y Afganistán. África también se mueve. La dimensión y el volumen de este peligro están muy por encima de nuestras expectativas».
Desde el principio, Orbán plantea la crisis de los últimos meses como una amenaza a Europa. A pesar de que la mayoría de las personas que llegan desde Turquía, vía Grecia, son refugiados de guerras, incluye también a los ‘inmigrantes económicos’. Y habla de combatientes para incidir en la idea, no basada en pruebas o indicios reales, de que grupos como ISIS aprovechan este inmenso éxodo humano para infiltrar a terroristas. Pinta un mundo que está a punto de invadir Europa.
«Somos demócratas cristianos, por lo que el asunto de la responsabilidad moral debe estar en primera línea de nuestras consideraciones. Sentimos una compasión intensa por la gente que tiene que abandonar sus hogares. Son víctimas del mal gobierno de sus propios países. Son víctimas de malas decisiones políticas internacionales. Y son víctimas de nuestra equivocada política europea, que genera expectativas que son imposibles de cumplir. Obviamente, son víctimas de los traficantes de personas. Pero pensar en ellos como víctimas no debe llevarnos a que nosotros nos convirtamos en víctimas. Sólo porque no los consideramos nuestros enemigos no debe hacer que actuemos contra nosotros mismos. Nuestra responsabilidad moral consiste en devolver a esta gente a sus hogares y sus países».
Frente a todas las críticas recibidas en los últimos meses, también de otros gobiernos europeos horrorizados por la conducta de su Gobierno, Orbán intenta utilizar la carta moral en su favor. La culpa es de los otros, dice. Lleva a cabo un reduccionismo inaudito al referirse como «mal gobierno» a guerras civiles de consecuencias dramáticas o violaciones de derechos humanos. Todo eso no le importa a Orbán, que olvida aquí las obligaciones legales que los gobiernos europeos asumieron al suscribir la Convención sobre refugiados de 1951. Da a entender que los refugiados no huyen de la guerra, sino atraídos por la política errónea y débil de la UE. Muy pronto, asigna a los ciudadanos europeos el papel de «víctimas». Invoca la moral para sostener que lo ético sería expulsar a esos refugiados. ¿De vuelta a Siria donde su vida correría peligro? ¿De vuelta a Turquía donde tendrían una existencia miserable? La invocación al cristianismo haría que el Papa Francisco probablemente le dijera lo equivocado que está.
«Nuestro objetivo no puede ser facilitarles una nueva vida europea. El derecho a la dignidad y la seguridad son derechos básicos. Pero el estilo de vida alemán, austriaco y húngaro no es un derecho básico para todos los habitantes de la Tierra. Es sólo un derecho para los que han contribuido a que exista».
Orbán ignora las obligaciones internacionales de los países europeos y se inventa un «estilo de vida alemán» que supuestamente sólo está al alcance de los que viven allí. Por la misma razón, hubiera deseado que los centenares de miles de alemanes de origen turco no existieran porque a sus padres no les habrían permitido llegar hasta allí. Es la típica afirmación ultranacionalista por la que sólo tienen derecho a vivir en Hungría u otro país los que pertenezcan a determinada etnia. Los demás no tienen ningún derecho. Un inmigrante aporta siempre algo al país al que llega. Orbán niega esa evidencia.
«No podemos evitar referirnos a la calidad de nuestras democracias. ¿Qué tiene que ver con la libertad de información y expresión que los medios de comunicación muestren a mujeres y niños cuando el 70% de los inmigrantes son hombres jóvenes que parecen un ejército?«.
El viejo truco de echar la culpa a los periodistas. Por dar la foto del niño muerto en la costa turca se convierten en cómplices de la amenaza. Por dar las fotos de familias enteras con niños que llegan empapados a la costa griega intentan jugar con las emociones de la gente. Orbán no tiene forma de saber qué porcentaje de hombres han llegado en este éxodo. Sus fuerzas de seguridad no han podido hacer un registro de todos los que llegan. Sencillamente, se inventa la cifra. Y vuelve a presentarlos como una amenaza al utilizar la palabra ‘ejército’, porque los considera una invasión.
«No es ya un argumento convincente decir que hacemos esto porque nos enfrentamos a una emergencia. Creo que debemos reunir todo nuestro valor, olvidarnos de la corrección política y lanzar un gran debate. Tenemos que hablar de nuestras intenciones en relación a nuestro continente sin hipocresía ni fariseísmo. ¿Qué tenemos que pensar sobre nuestra civilización? ¿Podemos cambiar nuestro sistema cultural a causa de una imposición exterior? ¿Aceptaremos sociedades paralelas? ¿O defenderemos nuestra tolerancia y Estado de derecho basado en la forma de vida que hemos tenido hasta ahora?».
Una vez más, Orbán nos quiere hacer creer que es la civilización europea la que está en peligro. Que se está produciendo una invasión premeditada para cambiar nuestras sociedades. No importa que la prioridad de los refugiados sea escapar de una guerra y construir una nueva vida. No importa que algunos países europeos, como España, hayan acogido a millones de extranjeros en la última década sin que su «estilo de vida» se haya alterado en lo más mínimo. Según él, estamos ante una invasión y nuestra tolerancia y «corrección política» nos están dejando indefensos.
«Si somos incapaces de hacerlo (proteger nuestras fronteras) en Grecia que es la puerta oriental de los Balcanes y la primera línea de defensa, entonces tendremos que hacerlo en la puerta occidental de los Balcanes en Hungría y Eslovenia».
De nuevo, las metáforas bélicas (primera línea de defensa). Presenta a Hungría como la inevitable puerta de defensa de Europa, en el caso de que Grecia no realice esa misión, para justificar el maltrato de los refugiados denunciado desde gobiernos, ONG y medios de comunicación.
«No podemos ocultar que la izquierda europea tiene un claro programa. Apoyan la inmigración. En realidad, están importando futuros votantes izquierdistas escondiéndose detrás del humanismo. Es un viejo truco y no comprendo por qué debemos aceptarlo. Consideran que el registro (de extranjeros) y la protección de las fronteras son asuntos burocráticos y nacionalistas y contra los derechos humanos. Sueñan con un mundo con una sociedad construida políticamente para negar las tradiciones religiosas, sin fronteras, sin naciones. Atacan los valores centrales de nuestra identidad europea: familia, nación, subsidiaridad y responsabilidad».
Ante un cónclave conservador, Orbán intenta conseguir la complicidad de sus correligionarios, aunque es dudoso que incluso la mayoría de los democristianos alemanes compartan su visión integrista y centrada en la religión. Los izquierdistas son los quintacolumnistas de la amenaza exterior. Su idea de una izquierda que no respeta las fronteras es la típica del que ve comunistas internacionalistas por todas partes. Y la idea de que en el futuro vayan a votar en masa a partidos de la izquierda proviene de su imaginación y no está fundamentada en precedentes históricos.
«Somos el Partido Popular Europeo. Partie Populaire, Volkspartei, Partido Popular, Party of the People. Nuestra responsabilidad es hacia la gente. Escuchad a la gente. Seamos decididos. Defendamos a Europa. ¡No dejemos que los izquierdistas confundan y reconstruyan Europa! ¡Y no dejemos que acaben con el alma de Europa! ¡No dejemos que los liberales y los socialistas arrebaten Europa a la gente!».
Orbán juega aquí a que los dirigentes conservadores del resto de Europa piensen que muchos de sus votantes comparten las ideas del primer ministro húngaro. Ya hemos visto que en caso de necesidad Sarkozy puede lanzar mensajes no tan distintos a los de Marine Le Pen. O hemos presenciado cómo Rajoy elegía como su candidato en Cataluña a Albiol, famoso por su política xenófoba.
Hay que confiar en que esos dirigentes del PPE no olviden cuál es la ideología de Orbán y su partido, más allá de la crisis de los refugiados. Él ha dejado claro que la democracia liberal como modelo es algo del pasado. Sus referentes políticos no están en Europa Occidental, sino en Rusia, China y Turquía, gobiernos autoritarios que, sobre todo en el caso ruso y turco, fundamentan su legitimidad en los valores nacionalistas y la religión (y en este caso no importa que en cada país la religión sea diferente).
Orbán es la derecha que, después de un paréntesis de varias décadas de gobierno comunista, ha resurgido en Europa del Este con los mismos valores habituales a principios del siglo XX y que mostraron toda su crudeza en los años 30. Defensa radical del Estado nación frente a la amenaza exterior, de un cristianismo reaccionario, oposición radical a la separación de poderes y a la libertad de expresión, acoso constante a las minorías nacionales o extranjeras.
Pensábamos que la derecha europea englobada en el PPE terminaría expulsando a Orbán de sus filas para que se reuniera con sus auténticos correligionarios, como los grupos ultraderechistas o ultranacionalistas de Francia, Holanda o Dinamarca, entre otros lugares. Lo que hemos presenciado es lo contrario. Orbán ha tenido sus minutos de gloria en el congreso de Madrid y ha sido aplaudido cuando ha lanzado su mensaje xenófobo. Quizá sea una imagen de la Europa que nos espera.
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Los párrafos del discurso de Orbán proceden de la traducción al inglés facilitada por la embajada húngara en Madrid. Aquí puede leerse el texto íntegro: Sigue leyendo →