
Netanyahu ha pasado de la preocupación a la alarma. Aún le queda tiempo para entrar en la fase de pánico porque en realidad no hay todavía acuerdo entre Irán y los países occidentales sobre el programa nuclear de Teherán. Kerry y los demás ministros de Exteriores ya están en Ginebra, aunque no están ahí sólo para certificar el pacto. Quedan aspectos sustanciales por negociar.
Netanyahu lo da por hecho: «Creo que los iraníes se están paseando muy satisfechos por Ginebra, y es lógico porque han conseguido todo a cambio de nada. Todo lo que querían».
Es cierto que el ministro iraní de Exteriores no podía esconder su satisfacción, ni su sonrisa, tras una reunión con Fabius. Todo parece indicar que los iraníes tienen prisa por llegar a un pacto. Saben que existe un cierto rechazo entre los sectores más radicales del régimen iraní, que se suma al escepticismo que ya ha manifestado el principal líder del país, el ayatolá Jamenei.
Por la parte que toca a Occidente, el presidente Rohani tiene que ser consciente de que las expectativas e interés despertados en EEUU y Europa por su elección y el fin de la era de Ahmadineyad no van a durar eternamente. Cualquier conflicto, por no hablar de la continuación de la guerra civil siria con la implicación iraní, hará que se olviden los valores más moderados que defiende Rohani en términos de una relación más civilizada con otros países del mundo. Rohani sabe que tiene aprovechar el tiempo.
Por mucho que el programa nuclear goce del apoyo de la opinión pública iraní, es mucho más importante la situación económica severamente castigada por las sanciones. Y es ahí donde Rohani tiene un cierto margen para buscar un acuerdo que Jamenei no pueda rechazar.
Como aún no hay acuerdo, no podemos saber si Netanyahu tiene razón o hasta qué punto y durante cuánto tiempo Irán obtendrá un alivio en estas sanciones. Por lo que ha salido en varios medios, Washington propone que Irán deje de enriquecer uranio al 20% y luego inutilice todo su stock acumulado. El programa nuclear continuaría, pero el límite de enriquecimiento sería del 3,5%, el porcentaje habitual con el que el uranio enriquecido puede utilizarse como combustible de una central nuclear. Además, limitaría el número de centrifugadoras en funcionamiento, sin destruir las sobrantes, no emplearía sus modelos más avanzados, y no pondría en funcionamiento el reactor de Arak, que iba a usar plutonio, en vez de uranio.
Todo ello a cambio del levantamiento total o parcial de las sanciones durante un periodo de seis meses a la espera del acuerdo definitivo. Es posible que ese sea uno de los puntos sobre los que se continúa discutiendo. Obama puede levantar con una orden ejecutiva la mayoría de las sanciones financieras, pero para hacer lo mismo con el embargo de la venta de petróleo necesitará el visto bueno del Congreso. Quizá no crea que pueda obtener la aprobación de los congresistas, en especial si Israel presiona para que el acuerdo no salga adelante. Está por ver si los iraníes se conformarán con este panorama.
Jamenei dijo que no tenía muchas esperanzas en las negociaciones. Un acuerdo de estas características servirá para que Rohani le demuestre que continuar el programa nuclear bajo ciertas condiciones y librarse de las sanciones no son opciones excluyentes.
En su época de negociador nuclear y cuando el presidente era Jatamí, Rohani ya logró convencer a Jamenei de las ventajas de una moratoria nuclear temporal. Esa vía de negociación no condujo a nada y, al llegar al poder Ahmadineyad, se eliminó la alternativa del diálogo y se apostó por la confrontación.
Seguro que a estas horas Netanyahu echa de menos a Ahmadineyad. Todo era tan fácil para él entonces.