Portugal envía un mensaje claro y diáfano a la izquierda española

En España pocas veces se mira hacia el oeste, es decir hacia Portugal. En los últimos años, la izquierda ha encontrado motivos para hacerlo. Antes de que la moción de censura llevara a Pedro Sánchez al poder en 2018, en ese país se había marcado el camino con un pacto de los socialistas portugueses con los dos partidos que están a su izquierda. Uno de ellos, el partido comunista, nunca se sintió muy cercano a los socialdemócratas. Pero al final se consiguió un acuerdo parlamentario en el que ambas partes dieron un ejemplo de pragmatismo. El primer ministro, António Costa, intentaría reducir el déficit presupuestario, mientras que los socios lo apoyarían en la Asamblea a cambio de medidas que mitigaran el coste social.

El modelo portugués ha durado casi seis años. El Bloque de Izquierda (BE), con 19 escaños, y el Partido Comunista (PCP), con doce, votaron el miércoles en contra de los presupuestos presentados por Costa, lo que supone el fin del Gobierno. El presidente de Portugal, el conservador Marcelo Rebelo de Sousa, ya había anunciado que convocaría elecciones anticipadas en los próximos meses si las cuentas no salían adelante. Es muy posible que las urnas no ofrezcan un veredicto muy diferente al actual y que el PS –ahora con 108 escaños sobre 230– continúe como partido más votado, pero con una salvedad. La extrema derecha se convertirá en uno de los principales grupos de la Cámara.

Da la impresión de que España y Portugal transitan por rumbos similares. La duda ahora es si se repetirá aquí lo que acaba de suceder allí. El Gobierno de Pedro Sánchez se encuentra en la misma tesitura. Ofrece unos presupuestos expansivos gracias a la previsión de la llegada de los fondos europeos, pero sus socios le piden más y que cumpla las promesas sobre varias reformas legislativas. Para sumar otro tema común de debate, el BE y el PCP también exigían una reforma laboral y el PS prefería dejar las cosas como están por temor a la reacción en Bruselas.

Costa había ofrecido un aumento de 40 euros en el salario mínimo hasta alcanzar los 705 euros mensuales, así como un incremento del gasto en sanidad de 700 millones. Eran ofertas moderadas, coherentes con la insistencia de Costa en mantener la disciplina fiscal, pero insuficientes para sus aliados. La pandemia provocó en 2020 una caída del 8,4% en el PIB, la mayor sufrida desde los años treinta. La previsión para este año, que probablemente se verá revisada a la baja como en otros países europeos, es de un crecimiento del 4,8%.

Los socialistas se quedaron a ocho escaños de la mayoría absoluta en las elecciones de 2019. Muchos sospechan que el partido de Costa no se siente alarmado por la posibilidad del fin anticipado de la legislatura. La última encuesta de hace solo unos días no les garantiza mucho margen para sus aspiraciones. Les ofrece un 38%, dos puntos más que en 2019, mientras que el principal partido de la derecha, el PSD, se queda a diez puntos de distancia. El Bloco de Esquerda pierde la mitad de sus votos con el 5,1%. La coalición que encabezan los comunistas se mantiene en números similares con un 5,6%.

La gran diferencia con respecto a hace solo dos años es la irrupción de Chega, el partido de extrema derecha, que tuvo solo un diputado entonces y que ahora podría convertirse en la tercera fuerza política con un 9,2%. Es otro elemento que juega en paralelo a la situación de España y que supondría una baza propagandística que Vox intentará aprovechar.

Las elecciones aún no tienen fecha. Los medios portugueses creen que lo más probable es que sean entre mediados y finales de enero.

Los seis años de Gobierno de Costa no deben entenderse como un periodo único. Hasta las elecciones de 2019, hubo un acuerdo firmado entre el PS y sus dos aliados. Los socialistas mejoraron los resultados en esos comicios y decidieron manejarse en solitario en el Gobierno con acuerdos puntuales. Es decir, al revés de lo ocurrido en España.

La estrategia del PS no ha funcionado en relación a la votación que no se podía perder, la de los presupuestos, en el momento en que hay que gestionar la recuperación económica. Las recientes elecciones municipales, en las que perdió la alcaldía de Lisboa, ya fueron un aviso de que correr hacia las urnas no es una apuesta muy inteligente en un momento en que los electorados no han terminado de superar el castigo de la pandemia y de sus consecuencias económicas. Como se ha visto en Alemania, pueden reaccionar de forma inesperada.

Cuando Costa llegó al poder a finales de 2015, la derecha portuguesa calificó de «geringonça» (un artilugio mal montado) su pacto con el BE y el PCP. Al final, lo que ha sido una chapuza ha sido la incapacidad de alcanzar un acuerdo presupuestario que permita completar la legislatura después de haber gestionado la primera llegada de los fondos de la UE. Los partidos del Gobierno de coalición en España y sus aliados parlamentarios pueden tomar nota de lo que ha sucedido en Portugal. Lo mismo les conviene esta vez alejarse un poco del modelo portugués.

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