¿Quién es el responsable de la destrucción de Gaza?

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¿Cómo empezó todo? Una vez que comienzan a volar los misiles y los cohetes, el origen pasa a ser secundario para muchos en la medida en que no servirá para poner fin a la violencia. Cada bando recoge una lista de agravios lo bastante amplia como para continuar con los ataques. Pero la pregunta no es irrelevante. Pone a prueba cualquier argumento propagandístico con el que se sostiene la necesidad de matar.

Una declaración del portavoz de la policía israelí para la prensa extranjera a un periodista de BBC ha vuelto a sacar a la luz el hecho que desencadenó toda la serie de sangrientos acontecimientos que estamos presenciando ahora en Gaza. No es una declaración en nombre del Gobierno, pero en realidad no puede sorprendernos demasiado. Una parte de esa historia ya se contó.

Tres jóvenes israelíes (Gilad Sha’ar y Naftali Fraenkel, de 16 años, y Eyal Yifrah, de 19) fueron secuestrados y asesinados el 12 de junio en el sur de Cisjordania cuando estaban de excursión en una zona montañosa. Lo que supo la opinión pública fue que habían sido secuestrados y que su situación era desconocida. Se desató una inmensa caza policial para encontrar a los captores con la esperanza de que eso ocurriera antes de que los jóvenes fueran eliminados.

Antes Hamás y Fatah habían firmado un acuerdo con el que poner fin a sus tradicionales diferencias con la vista puesta en formar un Gobierno de coalición que se hizo realidad el 2 de junio. Netanyahu había intentado sin demasiado éxito provocar la movilización de EEUU y Europa contra el acuerdo.

El secuestro suponía una oportunidad nueva para Netanyahu que no iba a desaprovechar. Comentó que era un ejemplo de cómo el Gobierno de coalición de Hamás y Fatah iba a suponer un «incremento del terrorismo».

Hasta ese momento seguía siendo un secuestro. Una orden judicial planteada por la policía prohibió a los medios de comunicación israelíes informar de nada que no tuviera el visto bueno oficial de las fuerzas de seguridad, lo que es lo mismo que decir el Gobierno.

Entonces no se sabía que los jóvenes habían sido asesinados muy poco después de su captura. Uno de ellos había conseguido realizar una breve llamada telefónica con su móvil al número policial de emergencias. «Me han secuestrado», dijo uno de ellos. Luego se oían gritos («Bajad la cabeza»), disparos, unos quejidos de dolor, más disparos, y unas voces en árabe cantando. Lo contó J.J. Goldberg en la web del semanario judío Forward el 10 de julio.

Al día siguiente, la grabación llegó a manos de la policía. Habían encontrado el coche con ocho impactos de bala y manchas de sangre, cuyo ADN se correspondía con el de los jóvenes.

Esa información fue ocultada a la gente, que confiaba en que un milagro consiguiera salvar a los jóvenes. Se montó una campaña nacional en los medios de comunicación, las escuelas y las redes sociales. «Bring Back Our Boys» fue el lema, recordando el «Bring Back Our Girls» extendido por todo el mundo tras el secuestro de las niñas de Nigeria por Boko Haram. La Oficina del Primer Ministro difundió una foto de la esposa de Netanyahu con ese mensaje.

El 30 de junio, se encontraron sus cadáveres.

El 3 de julio, las primeras unidades de infantería comenzaron a tomar posiciones en la frontera entre Israel y Gaza.

Netanyahu no tuvo dudas. Desde el mismo momento, acusó a Hamás de estar detrás del crimen («Hamás es responsable. Pagará por esto y continuará pagando»). En una reunión del Gobierno, dijo «que Dios vengue su muerte», lo que ha sido interpretado como una forma de reclamar venganza. Alguien le tomó la palabra y asesinó quemándolo vivo a un joven palestino en Jerusalén.

Este último crimen provocó un shock en Israel. No había manera de justificar tal atrocidad, y el Gobierno no lo intentó. Y el eje del debate público se estaba alejando peligrosamente de los términos que necesitaba el Gobierno.

Durante el tiempo en que la sociedad israelí pensó que los tres jóvenes estaban vivos, las fuerzas de seguridad lanzaron una operación masiva contra Hamás en Cisjordania. La llamó «El guardian de tu hermano». Centenares de personas fueron detenidas, incluidos periodistas y miembros de ONG a los que se consideraba cercanos a Hamás. Lo más importante fue la detención de decenas de miembros de Hamás a los que se había puesto en libertad como parte del acuerdo que permitió la liberación del soldado Shavit, y que no tenían ninguna relación con la muerte de los tres jóvenes. Una provocación en toda regla destinada a Hamás.

Hamás no reivindicó el secuestro. Sí es cierto que Jaled Meshal, líder de Hamás en el exilio, elogió a sus autores. Como mínimo, fue una declaración estúpida que parecía redactada por Netanyahu. El poder en Hamás está desde hace tiempo más dentro que fuera de Gaza. La autoridad de Meshal venía en parte por ser el interlocutor oficial de la organización con Siria, y las relaciones entre Hamás y Damasco se habían visto muy dañadas por la guerra civil siria.

Dos nombres habían surgido en relación con el caso. Las fuerzas de seguridad israelíes anunciaron que los principales sospechosos eran Marwan Qawasme y Omar Abu Aysha. El apellido del primero daba algunas pistas. El 2 de julio, cité un artículo que contaba una historia conocida en Hebrón (dos semanas antes, otro artículo planteaba las mismas dudas pero con menos datos).

El clan familiar de Qawasme está relacionado con Hamás, pero desde hace mucho tiempo hace la guerra por su cuenta en un enfrentamiento con Israel lleno de víctimas por ambos lados que va más allá de razones políticas. En ocasiones ha realizado atentados precisamente cuando a Hamás no le convenía, por ejemplo por haber firmado un alto el fuego con Israel con la mediación egipcia. Es muy posible que este secuestro y asesinato fuera su manera de impedir que el pacto entre Hamás y Fatah culminara con éxito.

¿Por qué Hamás no cortó relaciones con este clan hace tiempo? En la lógica de un movimiento insurgente, nunca se rechaza la ayuda de alguien dispuesto a utilizar la violencia para conseguir unos determinados objetivos políticos. Y era una forma de presionar al Gobierno de la Autoridad Palestina, que por otro lado no estaba en condiciones ni de hacer honor a su nombre en Hebrón (por la presencia de fuerzas militares israelíes) ni de controlar a ese clan.

Los ministros ultraderechistas del Gobierno de coalición israelí exigían una represalia directa contra Hamás en Gaza. Netanyahu aún no estaba dispuesto a dar ese paso. Quizá dudaba o quizá esperaba que el Gobierno islamista de Gaza le echara una mano. Desde noviembre de 2012, el número de ataques desde Gaza había sido muy reducido. El alto el fuego conseguido entonces con la mediación egipcia había surtido efecto. No sin dificultades, el liderazgo político de Hamás había convencido a sus milicias y a las de pequeños grupos yihadistas de que no provocaran a Israel. Pero en Gaza Hamás ya no tenía el monopolio de la lucha contra el enemigo. Y en esos casos, la contención en momentos de crisis puede ser interpretada como rendición.

Israel no se había sentido tan obligado por ese acuerdo. Sus violaciones de los términos pactados en forma de breves incursiones habían sido mucho más numerosas que las que se podían adjudicar a Hamás. Por ejemplo, en las fechas cercanas a toda esta historia, el 11 de junio, un ataque aéreo destinado a acabar con Mohamed al-Woo, miembro de un grupo yihadista, no sólo le mató a él, sino también a su sobrino, de siete años, que le acompañaba en la moto.

Hamás cree en la necesidad de responder a la oleada de detenciones y se produce un aumento del lanzamiento de cohetes desde Gaza. Su repercusión no es muy grande. De los 60 que el Ejército dijo haber contabilizado ese mes, sólo 28, y de muy corto alcance, llegaron a Israel causando sólo daños materiales.

Todo cambia en los últimos días del mes. El 27 de junio, un ataque israelí acaba con dos miembros de las Brigadas Tauhid, sin relación con Hamás. Al día siguiente, las milicias de Hamás atacan Israel con seis cohetes, en concreto las zonas más cercanas a la frontera, también sin causar víctimas. Lo más grave son los daños materiales sufridos por una fábrica de Sderot en la que un cohete prende fuego de noche al edificio.

El 29, Israel responde con bombardeos a 12 objetivos diferentes. El ministro de Exteriores, el ultranacionalista Avigdor Lieberman, deja claras las opciones: «La alternativa es clara. O bien atacamos la infraestructura terrorista tras cada ataque, y después ellos vuelven a disparar, o bien vamos a la ocupación completa» (de Gaza).

Unos días después, se toma la decisión política. Es casi seguro que los planes militares estaban ya preparados y actualizados. El 8 de julio, el Gobierno autoriza al Ejército a poner en marcha la llamada a filas de decenas de miles de reservistas. El ministro de Seguridad, Yitzhak Aharonovitch, anuncia en la radio que «el Ejército tiene las manos libres para actuar».

Ese mismo día, comienzan los bombardeos. 20 personas mueren esa primera noche en Gaza y centenares resultan heridas. Entre los fallecidos, un niño de ocho años en una casa de Jan Yunis.

21 días después, la lista de muertos llega a 1.032, de los que 236 son niños, según el recuento del Ministerio de Sanidad de Gaza.

En noviembre de 2012, escribí una recopilación de los hechos que habían conducido a otra operación masiva de Israel contra Gaza.

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