Trump, el presidente-empresario que no sabe que su poder no es ilimitado

‘Damage control’ es una de las expresiones que más aparece en la información política de los medios norteamericanos. No hay que ser un político hundido en la miseria para que tus asesores se dediquen a intensos ejercicios de ‘damage control’. En realidad, es una actividad a tiempo completo. El trabajo de todos los días.

Los requisitos son varios. Reunir a las tropas. Negar la evidencia. Montar algún tipo de acto para el político en territorio favorable, algo que no pueda salir mal. Desdeñar las acusaciones como ejemplo de politiqueo. Sobre todo, pasar cuanto antes a modo ataque: recordar a tus votantes que nada honesto sale de las bocas de sus rivales políticos. Y aún menos de los periodistas.

Cualquier cosa menos dejarse llevar por el pánico. Más o menos, lo contrario de la práctica habitual de la Casa Blanca de Donald Trump.

Trump cometió un error de manual, algo que ningún político profesional habría osado hacer en estos momentos: destituir al director del FBI en mitad de una investigación que puede implicar a gente cercana al presidente. Se aseguró así que las indagaciones sobre lo que la Casa Blanca sabía y cuándo lo supo se prolonguen durante años.

Pensaba que los demócratas le iban a aplaudir por eliminar al que algunos acusaban de ser el máximo responsable de la derrota de Clinton. Pero una historia del pasado por reciente que sea no puede competir con el más rabioso presente.

Los demócratas afilaron los cuchillos, pero pronto descubrieron que iban a necesitar armamento con potencia de fuego. No paraban de llegarles regalos.

La revelación de que James Comey había convertido sus conversaciones con Trump en informes –para que quedara constancia oficial de los preocupantes mensajes que recibía del presidente– confirmaba una vez más que hay altos cargos que pueden ser más peligrosos muertos que vivos.

La frase «I hope you can let this go» estalló en todos los medios. Trump intentaba convencer al director del FBI de que cerrara la investigación de Michael Flynn, su por poco tiempo consejero de Seguridad Nacional que dimitió por mentir al vicepresidente Pence sobre sus contactos con el embajador ruso. O quizá sólo fuera la expresión de una esperanza, porque Trump se había revuelto contra sus asesores por haberle convencido de que tenía que deshacerse de Flynn.

Con siete palabras, no puedes iniciar un proceso de destitución de un presidente. Pero nadie sabe cuántas palabras más ha pronunciado Trump que estén ahora en esos informes de Comey. Y sabemos que nada más ser elegido Trump le preguntó si iba a ser «leal» hacia él, una situación realmente embarazosa para el director del FBI de la que salió como pudo.

Comey no fue «leal» y prosiguió la investigación sobre Flynn e incluso pretendía ampliarla con la petición de más recursos al Departamento de Justicia. Eso condujo a su cese y al inicio de un periodo de varios días que todos definen como los peores momentos para Trump y sus ahora perplejos asesores. No paran de mirar a sus móviles para ver si ha llegado una alerta del New York Times o el Washington Post. Las noticias suelen ser entre malas y horribles.

¿Por qué Trump se dejó llevar por el instinto y acabó con Comey? Porque es Trump, el mismo empresario millonario que siempre se salía con la suya. Aplicó el manual del magnate inmobiliario de Manhattan a las primarias republicanas y le salió bien. Lo adaptó a las elecciones y volvió a obtener el resultado que parecía fuera de sus posibilidades. Ya en la Casa Blanca, ¿por qué iba a cambiar de método?

¿Cómo dirigía a su gente cuando era el jefe de la corporación que lleva su nombre? ¿Cuáles eran sus métodos? Muy sencillo. Cuando un empleado no cumple las órdenes o no muestra la necesaria lealtad, se le despide. Si se le ocurre presentar una demanda en los tribunales, se le lanza un ejército de abogados para que lo hundan en la miseria y se intenta destruir su reputación. Si un socio le demanda por no haber cumplido un contrato o negarse a pagar una deuda, se le responde con otra demanda.

Eso es lo que hizo con el director del FBI. Para él, sólo un empleado más. No el responsable de la máxima agencia federal de seguridad, que en teoría debería servir al Estado, que tiene un mandato de diez años para intentar garantizar su independencia. No el jefe de policía de una ciudad que puede ser cesado por el alcalde.

Sus empleados, los de verdad, saben cómo deben comportarse y también como aprovecharse. Un periodista de The Economist, que entrevistó a Trump en el despacho oval, escribió que «era como estar en un palacio real hace cientos de años con gente entrando y saliendo, intentando captar la atención del rey… El papel de algunas figuras bastante importantes, incluidos secretarios del Gabinete, era meterse en la conversación para mostrarse de acuerdo con lo que el presidente acababa de decir».

Como en una antigua Corte, los asesores se ocupan de suministrar al rey las noticias que más favorecen sus prioridades. Trump tiende a verse influido por la última novedad que recibe. Puede hacer que cambie de planes o que se oponga a un nombramiento en su Gobierno (y en el caso de un asesor del secretario de Vivienda, Ben Carson, que sea despedido de forma fulminante). Y la dieta informativa a veces incluye piezas que podrían definirse como teorías de la conspiración que circulan por Internet. Sobre lo que sale en Fox News, a veces no mucho más fiable, se ocupa directamente el presidente, un ávido consumidor de sus programas.

El cese y la aparición del contenido del informe de Comey, además de provocar una futura comparecencia del exdirector del FBI en el Senado, han originado la aparición en escena de un nuevo protagonista en el complicado universo de los problemas legales de Trump. El número dos del Departamento de Justicia ha nombrado consejero especial para la investigación de la conexión rusa a otro exdirector del FBI, Robert Mueller.

Los demócratas se quedan sin un fiscal especial como pedían, pero los poderes que tendrá Mueller son muy similares a los de un fiscal. Puede citar a testigos e incluso procesar a un sospechoso. Dependerá del fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, que podría cesarle, pero esto último sólo aumentaría los problemas legales de Trump hasta niveles aún desconocidos. Y si Trump destituye a Rosenstein por no deshacerse de Mueller en unos meses, ahí sí que tendríamos el equivalente perfecto a la matanza del sábado noche en la presidencia de Nixon.

Mueller, de 72 años, no será por tanto un simple empleado del presidente.

Tras la comparecencia de Rosenstein en el Senado, el senador Lindsey Graham dijo: «Hasta ahora era una investigación de contrainteligencia (por esa posible interferencia rusa). Me parece que ahora deberíamos considerarla una investigación penal».

En esa investigación penal, los sospechosos están en dos sitios: la campaña electoral de Trump y la Casa Blanca. Y a largo plazo, no es seguro apostar por la lealtad de alguien que debería pensar en contratar a un abogado para no acabar en prisión.

Dos mensajes de Trump y Rajoy sorprendentemente parecidos. 19 mayo.

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