David Carr y un mensaje sobre el periodismo que olvidamos con frecuencia

A lo largo de todo el viernes, un número inagotable de periodistas norteamericanos, y de otros países, han mostrado su dolor por la muerte de David Carr, sin ser necesariamente amigos suyos. Como ocurrió cuando murió Anthony Shadid, lo que reflejaban esos comentarios era: necesitábamos a un tipo como Carr. No nos engañemos, en parte, porque trabajaba en el NYT, pero también por el tipo de trabajo que hacía en ese periódico.

Quizá fuera por su experiencia personal como alguien que había caído realmente bajo por culpa de la droga y había conseguido salir de ese infierno, pero Carr demostraba que se podía ser duro en el análisis de algo (en su caso, los medios de comunicación) sin dejar de ser justo. Es decir, un periodista puede realizar la labor de crítico sin comportarse como ‘el juez de la horca’, condenando al calor de la masa enfurecida a todos aquellos que han cometido un error grave, imperdonable, y que en teoría deberían aún tener el derecho a contar su versión. Aunque sólo sea el último deseo que concedes al reo antes de subir al patíbulo.

Dave Weigel es una de esas personas que acabó formando parte de la categoría de ‘persona entrevistada por Carr’. No era una posición envidiable, porque, al escribir sobre comunicación, el periodista del NYT tenía que cubrir con frecuencia historias que comenzaban por: alguien la ha cagado en los medios y se ha montado un escándalo fenomenal.

Weigel, periodista del Post, no había matado a nadie, pero habían aparecido comentarios suyos escritos en una lista privada de correo que no le dejaban en buen lugar y que hacían muy difícil que continuara realizando su trabajo.

En otras palabras, Weigel se había metido, o lo habían metido, en un agujero de proporciones considerables y, una vez pasada la tormenta inicial, lo mejor que podía hacer era no hablar con ningún periodista y confiar en que dejara de llover mierda sobre él. Pero aceptó hablar con Carr y, aunque sus errores quedaron bien reflejados en el artículo (él mismo dice que había sido “imperdonablemente estúpido”), descubrió que la historia que salió en el NYT no era un trabajo de carnicería en el que él jugaba el papel de trozo de carne fileteado y servido con algo de guarnición para disfrute de los comensales.

Todo estaba situado en un contexto que destacaba otros muchos elementos, como por ejemplo el hecho de que el periodismo político de Washington prima a los que llevan pegada una etiqueta ideológica y profesional indeleble. Aquellos como Weigel a los que podríamos colocar en el bando de los heterodoxos, y a los que no se perdona ningún error, suelen sufrir las consecuencias de esa hipocresía.

Carr hizo lo mismo hace sólo unos días en un artículo sobre Brian Williams, del que escribí esta semana. Williams estaba en la élite de su profesión, era un famoso, y por tanto presa fácil para otros periodistas. Carr no optó por sacar la motosierra (lo que en inglés se llama un ‘hatchet job’) y acabar para siempre con la reputación de ese millonario presentador de televisión. Prefirió elegir los matices y acabar el artículo con una breve reflexión sobre los inalcanzables requerimientos de un trabajo, extraordinariamente bien pagado por otro lado, como el de Williams.

Podemos llamarlo misericordia, compasión o sencillamente criterio profesional. Sólo tenemos que pensar que en periodismo cualquier persona, incluso una que ha cometido errores terribles, tiene una historia que merece ser contada. El periodista no es juez ni fiscal ni mucho menos verdugo. Hay ya mucha gente que se presenta voluntaria para ocupar esos roles, tengan o no cualificación profesional. El reportero debe simplemente conformarse con ser un testigo. Su primera labor consiste en escuchar, no en juzgar. Si debe hacerlo al final, sea. Pero en el proceso de buscar información sobre el tema, debe ser tanto fiscal como abogado defensor. Sólo a partir de ese proceso algo esquizofrénico, puede llegar honestamente a una conclusión.

Viene esto a cuento también de otro artículo, también aparecido en el NYT, sobre una chica que la cagó en Twitter hasta niveles difícilmente tolerables. Es la historia de alguien que publicó en Twitter unos comentarios entre estúpidos y racistas –pero sólo si los tomabas literalmente, que es lo que todo el mundo hizo– antes de tomar un vuelo internacional de muchas horas. Para más escarnio, trabajaba en una empresa de relaciones públicas. Cuando aterrizó, ya se había montado un escándalo imparable y ella había perdido su puesto de trabajo y parte de su vida.

En el tribunal diario sin opciones de recurso ante instancia superior que son las redes sociales, alguien puede cometer el mayor error de su vida y recibir un castigo multiplicado por diez. No sirve ya con pedir perdón ni clemencia. Las sentencias se ejecutan con la máxima celeridad. Antes de que se conozca de verdad a esa persona y las razones de su desvarío, el verdugo ya está afilando el hacha. Qué demonios, para entonces lo más normal es que el verdugo ya haya separado la cabeza del tronco.

Es posible que eso sea inevitable. Si alguien acepta expresar sus comentarios más brutales en un medio que los puede amplificar en cuestión de minutos no importa cuántos seguidores tengas, debería asumir las consecuencias. Pero si ese error terrible se convierte en una historia y cae en manos de un periodista, esa persona debería aspirar a que ese profesional cuente su verdadera historia. No la que todo el mundo está esperando leer, esa llena de sangre, lágrimas y un castigo brutal.

Alguien como David Carr.

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