El hundimiento de Europa

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Los jefes de Gobierno y Estado de la UE ya tienen una idea firme sobre cómo asumir su responsabilidad como firmantes de la Convención sobre el Estatuto de Refugiados de 1951: a partir de cierto número, esas obligaciones inscritas en el Derecho Internacional se convierten en papel mojado y es legítimo expulsar a decenas de miles de personas fuera de las fronteras exteriores de la UE. Es el triunfo de las posiciones xenófobas y racistas de varios gobiernos de Europa del Este, aunque estos no hayan conseguido todo lo que pretendían. Es una forma de ignorar el compromiso previo de acoger a miles de refugiados a través de unas cuotas que fueron ignoradas por los gobiernos. En unos casos, como en el Este, de forma tajante. En otros, como el Gobierno de Rajoy, de forma hipócrita al anunciar que estaban dispuestos a hacer todo lo necesario y luego terminar recibiendo a 18 refugiados, 17 eritreos y uno de Siria.

Convencidos de que algunos de los países más ricos del mundo no podían aceptar sus responsabilidades, la UE ha optado por convertir a Grecia en un inmenso campo de internamiento y poner en marcha un proceso por el que los que no tengan el derecho a ser acogidos sean devueltos a Turquía. Y para ello, ha firmado un pacto con el diablo al hacer varios regalos al Gobierno turco, embarcado en una deriva autoritaria y represiva del mismo tipo que los países europeos denuncian en otras zonas del mundo.

El Estado turco ha reanudado la histórica campaña militar contra el grupo armado del PKK kurdo utilizando medios indiscriminados para atacar zonas civiles. Se ha incautado de la propiedad del periódico más leído del país para cambiar su línea editorial por una acusación a sus dueños de promover un golpe de Estado nunca probado. Ha entregado armas y dinero a los grupos insurgentes responsables, junto al Gobierno de Asad, de convertir Siria en un infierno. Y el presidente Erdogan se ha jactado de que no está obligado a respetar las decisiones del Tribunal Constitucional.

A estas horas, no menos de 15.000 refugiados malviven en condiciones penosas en Idomeni, junto al paso fronterizo entre Grecia y Macedonia. El temporal de lluvia y frío ha convertido esa zona en un lodazal. Por razones estrictamente humanitarias, los gobiernos de la UE deberían haber asumido su rescate como una prioridad. Lo que han hecho es cerrar un trato con Turquía para deshacerse de ellos.

La idea es vaciar Grecia, un país cuyo Estado no está en condiciones de gestionar esta ola humana, y prometer a Turquía que por cada uno de los integrantes del grupo de «migrantes que no estén necesitados de protección internacional» recibirá a «otro sirio desde Turquía en los Estados miembros de la UE, en el marco de los compromisos vigentes».

«Desde Turquía». Como se trata de solucionar un problema a ese país, el acuerdo no contempla nada específico sobre los atrapados en Idomeni. Hace unos días, ya probaron la medicina. Fuentes policiales griegas informaron a varios medios que las autoridades de Macedonia sólo aceptaban dejar pasar a un reducido número de refugiados procedentes de la provincia siria de Alepo. Los que venían de la provincia de Damasco tenían prohibido el paso. Como si la guerra nunca hubiera afectado a la capital siria ni a los que viven allí (lo que es obviamente falso).

Macedonia es uno de los países de los Balcanes que celebraron unos días antes una cumbre promovida por Austria con la intención de cortar de raíz el flujo de refugiados. Como la UE había cerrado el grifo, ellos iban a hacer lo mismo.

En el comunicado de la cumbre europea celebrada en Bruselas, hay una frase que lo dice todo sobre la promesa de acoger a refugiados sirios que vivan ahora en Turquía: «El presente documento no establece ningún nuevo compromiso para los Estados miembros por lo que a reubicación y reasentamiento se refiere». Traducción: no esperen un número muy alto de llegadas desde Turquía. Si no salen las cuentas, miles de refugiados quedarán atrapados en la prisión griega, donde las condiciones no dejarán de empeorar.

La ONU, a través de su agencia ACNUR, y las ONG ya han dicho que el acuerdo alcanzado puede ser ilegal por su carácter indiscriminado. Cada solicitante de asilo tiene derecho a que su petición sea analizada de forma individual teniendo en cuenta sus circunstancias personales. Nada de esto ocurrirá en esta deportación masiva de personas. La ONU ha dicho en numerosas ocasiones que la mayoría de las personas que intentan llegar a Europa proceden de países en guerra o que sufren conflictos bélicos en su interior: Siria, Afganistán, Irak y Eritrea. Nada de eso importa ahora cuando la prioridad es cerrar las puertas de la fortaleza para que no entren personas de otras razas y religiones que huyen de la muerte y la represión.


El cinismo y hipocresía de los dirigentes europeos pueden enfurecernos, pero no sorprendernos.

La representante de política exterior de la UE, Federica Mogherini, ya dio muestras de ese doble rasero cuando dijo que Turquía estaba obligada a abrir su frontera para permitir la entrada de miles de sirios que huían de los recientes combates en la provincia de Alepo entre el Ejército y los grupos insurgentes. Aparentemente, esa obligación no rige para el paraíso democrático europeo, que puede evadirse de sus responsabilidades sobornando al autoritario Gobierno turco.

La UE recibió en 2012 el Premio Nobel de la Paz por su contribución al desarrollo de «la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa». Menos de cuatro años después, esos valores, que son los mismos sobre los que se fundamentó la Unión Europea, han quedado enterrados bajo el comunicado de la última cumbre y el barro del campo de Idomeni. La xenofobia de unos y la cobardía de otros han hecho posible este hundimiento político y moral.

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Los datos sobre las llegadas a Grecia en 2015 a los que me refería por origen de los aspirantes a solicitar asilo político. La fuente es ACNUR. Las cifras:

Siria: 56%. Afganistán: 24%. Irak: 10%. Pakistán: 3%. Somalia: 1%. Otros: 6%.

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