La falta de credibilidad de Clinton no se cura con antibióticos

Escribí hace unos días que la cobertura de una campaña en EEUU puede cambiar por completo si los medios deciden por alguna razón que un candidato es más vulnerable que la semana anterior. Abandonar antes de tiempo el homenaje del 11S, caminar con paso inseguro hasta el coche, estar a punto de desvanecerse y ser agarrada por los brazos por los escoltas… sí, ese tipo de cosas te hace parecer más vulnerable.

Segundo revés para Hillary Clinton: su campaña dijo después que ella se encontraba bien. Clinton abandonó después del susto el piso de su hija y salió a la calle sonriente y saludando. Todo bien hasta que unas horas más tarde se supo que el viernes un médico le había comunicado que tenía neumonía.

Primero, se comprobó que tenía dañada la salud. Más tarde, fue la credibilidad la que sufrió un duro golpe. Suficiente para alimentar a los medios de comunicación durante varios días como mínimo.

Clinton no se va a morir y se recuperará con antibióticos y descanso. Lo malo es que cuando su campaña lo anuncie, habrá muchos que no le crean. El tradicional secretismo de Clinton y su aversión a los periodistas forman una mala combinación a menos de dos meses de las elecciones. Por contraproducente para tus propios intereses, pero los políticos que no se fían de los periodistas siempre terminan llegando a la conclusión de que ante la duda, mejor no contar nada. Eso incluye a los votantes, una decisión nada inteligente si se acerca la cita con las urnas.

En una contienda entre dos candidatos de edad avanzada (Clinton, 68 años; Trump, 70), su estado de salud es motivo del máximo interés para los ciudadanos. Tienen derecho a saber si su edad o salud influirá en la forma en que ejerzan el cargo. Ambos han presentado a la opinión pública mucha menos información que candidatos anteriores sobre su condición física. En el caso de Trump, casi no ha contado nada, excepto una nota de cuatro párrafos escrita en cinco minutos por un médico de aspecto bastante singular.

Nadie espera nada diferente de alguien como Trump, que se ha negado a hacer pública su declaración de impuestos, como es tradición allí. Pero a Clinton le conviene no continuar confirmando su fama de política poco honesta y no muy creíble para conservar el mayor número de votos de la coalición de electores que dio dos victorias a Obama.

Hay otra forma de ver la actitud de Clinton y su decisión de seguir haciendo la campaña después de que le avisaran que estaba enferma. Es desgraciadamente una costumbre «muy americana». Una cuarta parte de los trabajadores de ese país confiesan que se presentan a trabajar cuando están enfermos. Sobre todo, porque no tienen elección, no se pueden permitir el sueldo que perderán por ausentarse aunque sea con motivo, o porque creen que es lo que se espera de ellos. En especial, en el sector servicios y entre los empleos con menores sueldos, los trabajadores norteamericanos no tienen derecho a ponerse enfermos.

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