Londres hace un gran servicio a los intereses del Gobierno ruso

Era demasiado pedir que Boris Johnson no terminara estrellándose en un tema lo bastante serio como para tener que medir sus palabras.

El análisis ofrecido por el Laboratorio de Ciencia y Tecnología de Defensa de Porton Down confirma el tipo de producto químico utilizado en el ataque al exespía Skripal, pero no puede determinar su origen exacto: “Identificamos que era de la familia de Novichok y que es de tipo militar, pero nuestro trabajo no es decir dónde se fabricó realmente”, dijo su máximo responsable. Como mucho, pudo decir que en su elaboración intervinieron “métodos extremadamente sofisticados, algo que probablemente sólo está al alcance de un Estado”.

Es decir, pueden afirmar que el arma utilizada pertenece a la familia de agentes químicos conocida como Novichok. Se sabe que su origen se remonta a los últimos años de la URSS en los 80. Pero los análisis no pueden ofrecer el país concreto del que salió el arma química utilizada contra Skripal y su hija.

Es difícil concebir otra hipótesis que la idea de que alguien en Rusia decidió vengarse de Skripal por la traición que cometió al convertirse en agente doble o por haber seguido trabajando después para los británicos. Pero si el análisis de laboratorio no permite identificar la firma exacta del arma, mucho menos puede acusar de forma directa a Vladímir Putin.

La noticia de ayer ya empezó a preocupar al Gobierno. El titular de portada de The Times lo indicaba: “May lucha para preservar la alianza contra Rusia”. La expresión “limitación de daños” aparecía en el subtítulo. Algunos gobiernos europeos podían pensar que habían decidido expulsar a diplomáticos rusos sobre la base de unas acusaciones menos sólidas de lo que ellos creían.

Todo iba a ser peor cuando apareciera en escena Boris Johnson. En estos casos, es posible contener los efectos de los deslices de algunos miembros de la Administración recurriendo a un ministro de Exteriores que sepa lo que está en juego y que sea capaz de hacer declaraciones sin pisarse la lengua. No es el caso de Johnson.

En vez de intentar defender la credibilidad del análisis forense reconociendo hasta dónde podía llegar, el ministro de Exteriores prefirió mentir (entrevista completa).

Boris Johnson lo hizo en persona en una entrevista con una televisión alemana cuando le preguntaron si podía estar seguro de que el origen del producto usado en el ataque era Rusia: “La gente de Porton Down. Fueron absolutamente categóricos. Lo pregunté al mismo tipo. Le dije ‘¿estás seguro?’, y él dijo que no había duda”.

Para terminar de arreglarlo, la cuenta de Twitter del Ministerio de Exteriores había patinado también, y lo hizo hace ya algún tiempo, el 22 de marzo. “Los análisis realizados por los expertos de primer nivel mundial” de Porton Down dejaban claro que se trataba de un agente químico “producido en Rusia”. Luego borraron el tuit, porque decían que no habían reflejado bien la intervención del embajador británico en Moscú.

El análisis de Porton Down no era el único argumento con el que Londres convenció a EEUU y muchos gobiernos europeos de que Rusia estaba detrás del ataque a Skripal, pero sí constituía la prueba forense más sólida. Los antecedentes, no escasos, de ataques a rusos fuera de su país o las muertes en circunstancias sospechosas son también relevantes, pero por sí solos no sirven para explicar lo que pasó en Salisbury. Informaciones conseguidas por los servicios de inteligencia no se ponen a disposición de la opinión pública y a estas alturas su valor quedaría cuestionado si se filtra una versión reducida a los medios de comunicación.

Toda esta confusión es un regalo para el Gobierno ruso que no cree estar obligado a presentar una versión alternativa creíble. Lo único que necesita es arrojar dudas sobre la información que llega de Londres.

“Esto es poder blando con un toque ruso. Están utilizando nuestras vulnerabilidades contra nosotros. Al estilo del judo”, ha dicho al FT Mathieu Boulègue, del think tank Chatham House.

Desgraciadamente para el Gobierno británico, dar bazas al adversario con su tendencia a hablar de más y sin pensar demasiado es una de las características de Boris Johnson.

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