Los republicanos asumen que es el principio del fin para Trump

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La lista de enemigos de Donald Trump incluye a Hillary Clinton, los demócratas, las mujeres, los medios de comunicación, los latinos –sobre todo si son de origen mexicano–, los chinos –pero no Putin–, los negros, los sindicatos… y desde hoy el Partido Republicano.

Paul Ryan es el político republicano con un puesto más importante por ser presidente de la Cámara de Representantes. Su relación con la campaña de Trump ha sido uno de los elementos de la intrahistoria republicana más analizados desde el verano. Después de pensárselo mucho, Ryan decidió apoyar en público a Trump, lo que a su vez facilitó que otros muchos congresistas republicanos hicieran lo mismo, no todos con entusiasmo.

Se especulaba con que Ryan y el establishment del partido decidieran marcar distancias con él y centraran sus esfuerzos en mantener la mayoría de ambas cámaras legislativas. Era una especulación con no demasiado futuro, porque buena parte de su base de votantes no se lo habría perdonado. Trump era su candidato, el que había ganado las primarias y enfrente tenía a la odiada Hillary Clinton. Como el rehén de un secuestro, los políticos republicanos estaban obligados a pagar el rescate y hacer lo posible por que Trump fuera elegido.

Hasta este lunes en que Ryan ha optado por hacer lo que en su momento descartó por inviable. En una conferencia telefónica con otros congresistas, ha comunicado que «no defenderá» en público a Trump y que se centrará en conseguir que el partido mantenga la mayoría en ambas cámaras. No dijo que vaya a retirar su apoyo al candidato republicano, porque eso ya sería demasiado. Y recomendó a sus compañeros que se centren en sus respectivas campañas y que cada uno decida qué actitud adopta ante Trump.

Fue una especie de ‘sálvese quien pueda’ y la confirmación de que el liderazgo republicano teme que Trump le arrastre en su caída. En lo que se refiere a la Cámara de Representantes, eso era imposible en verano (el Senado está mucho más igualado). Hasta ese punto ha llegado el pánico entre los dirigentes del partido.

Ryan hizo este anuncio el lunes, al día siguiente del segundo debate entre Trump y Clinton. Este duelo fue más igualado que el anterior, pero quedó condicionado por la agresividad extrema de Trump, dispuesto a escarbar hasta el fondo del armario de los viejos escándalos sexuales de Bill Clinton para atacar a su esposa. Precisamente, lo que evitó hacer en el primer debate. Unos días después de la difusión de la cinta en la que explicaba cómo metía mano a las mujeres, a Trump ya sólo le queda intentar que el barro alcance a todo el mundo.

«Nadie respeta a las mujeres más que yo», dijo Trump. Las encuestas ya han empezado a decirle que el electorado tiene una opinión diferente.

El impacto de la conversación con Billy Bush en el autobús no se puede conocer de forma inmediata y se corre el riesgo de sobrevalorar su efecto en los estudios que se conozcan esta semana. Nate Silver da el ejemplo de un crash bursátil, cuando la Bolsa se hunde, el miedo posterior incrementa esa caída y luego se necesitan varios días para que la situación se estabilice y se pueda apreciar el coste real de esos movimientos.

Con las encuestas, pasa algo similar. Las primeras pueden revelar un impacto mayor que el real. Nuevas noticias (¿nuevas cintas?) podrían tapar los efectos de las anteriores. Lo malo para Trump es que la reacción de Ryan y otros dirigentes de su partido confirma que el escándalo dejará una huella que ya no se podrá limpiar. Y antes de la cinta y del segundo debate, Trump ya estaba varios puntos por detrás en la media nacional de encuestas y perdiendo terreno en estados importantes en los que en el último mes se había puesto a la par de Clinton o en algunos sitios por delante.

Lo conocido este lunes arroja un panorama tétrico para Trump. La encuesta de NBC y WSJ pone a Clinton 11 puntos por delante (46%-35%). Está hecha el sábado y el domingo, antes del debate y después de que se conociera la charla del autobús. El sondeo de Rasmussen, que suele arrojar cifras favorables para los candidatos republicanos, no es mucho mejor: 45%-38% para Clinton.

Algunos republicanos han recordado a Ryan que su decisión del lunes es como admitir que Trump ya ha perdido y que sólo queda intentar que el hundimiento se limite a la elección presidencial. No les falta razón. En el conservador Weekly Standard, se comenta que el gran derrotado del segundo debate es el Partido Republicano. El argumento, francamente desesperado, es que Trump no estuvo tan mal como para mantener viva la posibilidad de que se retire y deje el campo libre a Mike Pence, algo que por lo demás el insufrible ego del millonario nunca permitiría.

Sí, quedan 29 días en el barro, y cada vez que alguien diga que no se puede caer más bajo en esta delirante campaña electoral corre el peligro de que la realidad le desmienta en cuestión de horas. La única alternativa viable que tienen los republicanos es que Trump muera antes del 8 de noviembre. De muerte natural, claro. Que quede claro que no estoy haciendo ninguna sugerencia.

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