Los talibanes tienen ahora un peligroso enemigo que no esperaban

En los últimos días, algunos afganos comentaban en redes sociales que Kabul vivía por primera vez una extraña tranquilidad no vista en muchos años. De entrada, no era insólito. La mayor parte de la violencia sufrida por la capital de Afganistán había sido obra de los talibanes, que ahora controlan todo el país. Las únicas escenas de tensión se vivían en las entradas del aeropuerto de Kabul, donde miles de personas intentan que se les permita pasar los controles para ser evacuados. Al mismo tiempo, esa concentración caótica de civiles, militares norteamericanos y talibanes suponía un excelente objetivo para un grupo yihadista que no existía en Afganistán hasta hace unos seis años.

Dos explosiones provocadas por terroristas suicidas infiltrados entre la multitud mataron el viernes a 90 personas, de los que 78 eran civiles afganos y doce militares de EEUU, según el último recuento facilitado por hospitales de Kabul y el Ejército norteamericano. Ocurrió cinco días antes de que EEUU ponga fin a la evacuación.

El atentado fue reivindicado horas después por ISIS, también conocido como ISIS-K, por ISIS-Khorasan, el nombre que asumió el grupo en Afganistán, antes de prestar lealtad a la organización dirigida entonces por Al Bagdadi en Irak y Siria. Se cree que comenzó a operar en 2015 y que al principio estaba compuesto fundamentalmente por talibanes paquistaníes, aunque desde entonces ha sumado a sus fuerzas a centenares de afganos.

Desde el principio, dirigió sus ataques contra los talibanes en la zona este en torno a la ciudad de Jalalabad. Una de sus primeras acciones fue capturar a un grupo de insurgentes y decapitarlos. Como hicieron sus mentores en Irak y Siria, también han realizado numerosos atentados contra civiles chiíes. En sus comunicados, ISIS-K califica de «milicia apóstata» a los talibanes, críticas que aumentaron con el comienzo de las negociaciones de Doha entre EEUU y los insurgentes.

La victoria de los talibanes en agosto fue recibida como un gran triunfo por todos los grupos yihadistas del mundo, incluida Al Qaeda. No por ISIS-K. Los talibanes han prometido que no volverán a dar refugio a las organizaciones que tengan como punto central de su estrategia lanzar ataques contra países extranjeros, lo que contribuirá a hacer aún más evidente las diferencias entre ambos grupos. Algunos gestos simbólicos en favor de los chiíes –como se vio en la reciente celebración de la Ashura en Kabul que fue protegida por milicianos talibanes– habrán despertado la furia de los dirigentes de ISIS-K. Para ellos, los chiíes no son más que unos infieles, que es por cierto la misma posición que tuvieron los talibanes cuando gobernaron el país entre 1996 y 2001.

Se sabe que ISIS-K cuenta con una presencia significativa en las provincias afganas de Konar y Nangahar, pero no tanto en Kabul. No es la primera vez que realizan una matanza en la capital. En mayo de este año, pusieron una bomba en una escuela femenina en Kabul con la que asesinaron a 85 personas, la mayoría estudiantes de entre 13 y 18 años. La escuela daba clases a niñas de la comunidad hazara, que profesa la religión chií.

EEUU ha ejecutado varios ataques contra objetivos relacionados con ISIS en Afganistán. El más conocido fue el realizado en 2017 en Nangahar, cuando se utilizó la llamada «madre de todas las bombas», la mayor bomba convencional del arsenal norteamericano, contra un complejo de túneles situado en una zona montañosa. Nunca se supo si el lanzamiento de esa bomba masiva había servido para algo.

A lo largo de 2019, el grupo sufrió los efectos de una ofensiva del Ejército afgano que le produjo grandes pérdidas. En mayo de 2020, el Gobierno afgano anunció que había detenido en Kabul a Abu Omar Khorasani (seguramente no es su verdadero nombre), identificado como líder del ISIS en el sur de Asia. Según The Wall Street Journal, los talibanes eliminaron a Khorasani y a otros ocho miembros del grupo después de tomar el poder en Kabul.

En el comunicado con el que reivindicaron la matanza de Kabul, ISIS-K presumió de que uno de los terroristas suicidas llegó a estar a cinco metros de los soldados norteamericanos que vigilaban el perímetro del aeropuerto, lo que indica que ellos serían el principal objetivo del ataque. Sin embargo, la mayoría de las víctimas son afganas. El atentado sirve también para dejar en evidencia a los talibanes, que han dicho que su primer objetivo es dar seguridad a la capital. Los terroristas tuvieron que superar los controles colocados por los talibanes en los accesos al aeropuerto para causar el mayor daño posible.

Ahora que han ganado la guerra y son responsables de su seguridad, los talibanes se encuentran en una situación que no esperaban. Deben hacer frente a un grupo yihadista que utiliza los mismos métodos que ellos emplearon durante años para provocar el terror en Kabul.

Sábado
La última cifra de afganos muertos en el atentado es de 170, según fuentes hospitalarias locales. Además murieron 13 militares norteamericanos. Según un portavoz militar de EEUU, sólo hubo una explosión provocada por un terrorista suicida. Varios testigos contaron a un reportero de BBC que en la confusión posterior a la explosión soldados norteamericanos dispararon sobre la multitud y mataron a algunos supervivientes.

Foto: centenares de personas se agolpan en el exterior del aeropuerto de Kabul el jueves cerca de la zona donde se produjo después la explosión. Akhter Gulfam / EFE.

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