Por qué ha fracasado la «guerra contra las drogas»

Ya lo decían en ‘The Wire’. No se le puede llamar guerra porque las guerras tienen un final.

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El supermartes de Trump

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La «misión desesperada» del Partido Republicano para detener a Donald Trump fracasó en el supermartes. El millonario consiguió lo que quería y necesitaba, no tanto como para dar por cerradas las primarias, pero sí lo suficiente como para pensar que tiene que pasar algo espectacular, dramático o inesperado para que él no sea el candidato del partido. Algunos medios norteamericanos insisten en que si Trump sufre un desastre autoinfligido, todo puede cambiar. Es toda una obviedad, lo que revela hasta qué punto algunos de ellos siguen dando palos de ciego a la hora de analizar el fenómeno de Trump.

Incluso los resultados de sus principales rivales le han beneficiado en la medida de que les permite seguir adelante, es decir, mantener la ficción de que pueden superar a Trump en el número de delegados. Ted Cruz ganó en su Estado, Texas, además de en Oklahoma. Le concede una suma interesante de delegados, pero ningún impacto político extra a lo previsible. Marco Rubio consiguió la primera victoria, en los caucus de Minnesota, un premio ínfimo para la gran esperanza del establishment del partido y de muchos medios de comunicación.

Cruz entra ahora en territorio menos propicio, menos estados del sur con un alto porcentaje de cristianos evangélicos. Y de Rubio es difícil decir algo que suene alentador para sus expectativas. Lo que tiene ante sí para dentro de 15 días es un match-ball: si pierde en Florida, donde es senador, debería olvidarse de todo.

Las derrotas en el supermartes son aún más gravosas porque Rubio había cambiado de estrategia de ataque. Durante meses, se había cuidado mucho de atacar a Trump (el millonario es como una serpiente de cascabel, sólo te ataca si le amenazas). Luego empezó a ser más crítico, y en los últimos días intentó ser más hiriente con insultos personales (incluso con referencias a eso que se dice sobre los hombres con las manos pequeñas; el debate de las ideas, lo llaman), sobre todo después de que Trump comenzara a llamarle «Little Rubio». Resultado: otra paliza encajada. Ha llegado el punto en que sus padres deberían decirle que es hora de volver a casa.

Trump está crecido. Aún más. Ya hasta se permite enviar amenazas directas a Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes: si no nos llevamos bien, va a pagar un precio muy alto. Sus siete victorias en Alabama, Georgia, Massachusetts, Tennessee, Arkansas, Vermont y Virginia son significativas porque revelan que es un candidato aceptado por el ala más derechista del partido en el Sur, sin que eso signifique que es débil, como Cruz, en otras zonas del país. Su victoria en Massachusetts apunta en la misma línea de los resultados que los sondeos le dan en futuras citas en la costa Este o el Medio Oeste.

No llega al 50% de los votos en ningún Estado, pero eso es irrelevante ahora mismo. En una competición con varios candidatos el voto se fragmenta inevitablemente. Ocurre en todas las primarias. Sólo cuando el favorito se queda solo o casi empieza a alcanzar porcentajes mayoritarios. Los analistas indican que si alguno de sus rivales hubiera abandonado, el efecto todos contra Trump sería eficaz. Olvidan que Cruz es un candidato muy poco atractivo para alguien que no sea ultraconservador. Y que si se retira Cruz, es muy posible que una buena parte de su electorado se vaya con Trump.

El dato más relevante en las tripas de los sondeos hechos el martes en los estados que votaron es la supremacía de Trump entre los votantes sin estudios universitarios, hasta un 62% en el caso de Massachusetts. Ese es un electorado al que le da igual lo que digan los medios, si acaso los programas de radio tipo talkshow, un poco menos Fox News, y que parece que ha comprado por completo el mensaje nacionalista del millonario contra las élites republicanas.

Y si una conspiración evidente –tiene que serlo para que funcione– deja a Trump sin los delegados necesarios y se celebra una «convención abierta» en la que todos los elegidos pueden votar a quien quiera, ese electorado que está entusiasmado por el millonario tendrá serios motivos para sentirse traicionado y quedarse en casa en noviembre. O bien votar en masa a un Trump que se presentaría como candidato independiente.

¿Cómo quedan las primarias demócratas tras el supermartes? Muy desequilibradas en favor de Hillary Clinton, desde luego. El Partido Demócrata es una coalición multirracial en la que las comunidades negra y latina cuentan con un porcentaje decisivo en varios estados. Bernie Sanders viene de un Estado mayoritariamente blanco en la Costa Este. No se le conocía hasta ahora una preocupación destacada por los problemas específicos de esas comunidades. Su mensaje ideológico necesita más tiempo del que dispone para echar raíces en ellas. Entre los votantes latinos de Texas, el 71% votó a Clinton.

Eso no quiere decir que Sanders vaya a retirarse. Aunque la suma de delegados le presente un panorama imposible, la suya es una campaña ideológica. Cuanto más tiempo esté en la batalla, más condicionará desde la izquierda a Clinton. Puede ocurrir que, en caso de enfrentarse a Trump, Clinton tenga la tentación de girar el centro de su candidatura hacia la derecha para recabar el apoyo de republicanos moderados (si es que existen aún). La presencia de Sanders hará más difícil ese desplazamiento.

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Por qué Donald Trump ha tomado al asalto el Partido Republicano

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Y de repente, en los días anteriores al supermartes, el Partido Republicano entró en estado de pánico. No es que antes estuviera muy relajado pero, también en EEUU, el establishment tarda su tiempo en encarar la realidad. Cuando se vio que varios sondeos daban una ventaja clara a Donald Trump en la mayoría de los Estados que celebran primarias el supermartes, con la excepción de Texas, quedó patente que ese millonario demagogo y reaccionario, pero, aunque parezca mentira, de dudosas credenciales conservadoras, puede convertirse en el candidato del partido a las elecciones presidenciales.

Todo lo que han utilizado contra él ha fallado. Ha fallado incluso todo lo que el propio Trump ha utilizado contra sí mismo, si por tal cosa entendemos vulnerar buena parte de las reglas no escritas sobre cómo se ganan o pierden unas primarias en el Partido Republicano. Lo más risible de todo es ver a tantos conservadores escandalizados por que alguien como Trump parezca imparable. Y algunos se preguntan cómo es posible que «el partido de Abraham Lincoln» haya caído tan bajo. Quizá porque ya queda poco de Lincoln, y mucho de Jefferson Davis en él.

Es también el partido que niega el cambio climático contra el consenso científico, que en su mayoría no cree que el waterboarding deba ser desterrado del manual antiterrorista, que jaleó una invasión en Oriente Medio que prendió fuego a una zona del mundo bastante combustible, que estaba convencido de que los Clinton dirigieron en la Casa Blanca una cábala responsable de los crímenes más horribles, que alentó o no descartó en origen la teoría de que Obama no era ciudadano norteamericano, que forzó en más de una ocasión el cierre de la Administración federal por sus discrepancias en política económica con el presidente elegido en las urnas, que ha promovido en la clase trabajadora de raza blanca la idea de que hay una conspiración contra su bienestar económico para favorecer a las minorías étnicas lo que no les impide recibir cuantiosos fondos de grandes corporaciones, que los medios de comunicación están controlados por una élite izquierdista que desprecia al Ejército, la bandera y las auténticas tradiciones del país, que la debilidad congénita de los presidentes demócratas ha dejado indefensa a la mayor potencia militar del planeta…

En fin, para qué seguir. ¿Qué criatura podía surgir de ese proceso?

Ha quedado claro que el partido alimentó la semilla que regada con TNT racista ha permitido florecer a Donald Trump. Pero hay algo más que eso. Al igual que en Europa, una buena parte de la opinión pública, en la derecha y la izquierda, ha desafiado elementos básicos del consenso político y económico. Lo ha explicado muy bien en una serie de tuits Daniel McCarthy, director de la revista The American Conservative. Dos ejemplos:

A pesar de las grandes diferencias ideológicas entre republicanos y demócratas, incrementadas en las últimas dos décadas, la evolución de la economía norteamericana en ese espacio de tiempo ha creado una serie de vencedores y perdedores. Entre los primeros, están sectores como el petrolífero, las nuevas tecnologías y gran parte del sector servicios, no de forma uniforme en todo el país. Entre los perdedores, están todos aquellos cuyo trabajo dependía de un sector industrial que fue perdiendo empleos e influencia política.

trump kkkLos acuerdos de libre comercio promocionados desde la Casa Blanca y el Congreso, con presidentes demócratas y republicanos, generaron a su vez nuevos perdedores, no ya en los otros países firmantes, sino también en EEUU. La globalización fue vendida en los 90 como la nueva realidad económica de la que no se podía escapar, aunque en realidad también estaba siendo fomentada desde las élites de los partidos políticos.

Al igual que en Europa, el nacionalismo económico del que habla McCarthy se ha enfocado contra los trabajadores inmigrantes en una retórica xenófoba de la que se ha aprovechado Trump, como quedó de manifiesto desde el principio con sus ataques a los mexicanos. Pero no se quedó en eso, y Trump, a pesar de todas sus locuras, es muy consciente. Por eso, ataca a las élites del Partido Republicano con un mensaje ‘nativista’, ligándose a una tradición política muy norteamericana que se remonta a los años del siglo XIX cuando los inmigrantes irlandeses llegaban por miles a Nueva York. Trump no es más de derechas que Ted Cruz y Marco Rubio, pero sabe que ahí hay una veta de votos esperando a que alguien empiece a perforar en ella.

La diferencia entre la xenofobia y el racismo más extremo puede llegar a ser muy escasa, y es inexistente para los más ultras. Por eso, David Duke, exlíder del Ku Klux Klan, o Jean-Marie Le Pen han elogiado al magnate inmobiliario. Nunca antes un político que encabezara los sondeos nacionales en un partido había difundido un mensaje tan parecido al suyo. Acostumbrados a perder, están ahora eufóricos.

La propuesta de expulsar a once millones de personas sin papeles es no ya inmoral, sino absurda por imposible de llevar a la práctica. Sólo un Estado totalitario, y no lo tendría fácil, podría intentar ejecutar una política como esa. El precio sería provocar una confrontación civil que desbordaría a las fuerzas de seguridad. En otras palabras, EEUU tendría que declararse la guerra a sí misma. A Trump le da igual porque no tiene ninguna intención de llevarla a la práctica. Sabe que con expulsar a, pongamos, 100.000 se convertiría en un héroe para esos votantes a los que ha entusiasmado. Sólo tiene que mantener esa quimera hasta el día de las elecciones.

Mientras estas tendencias sociológicas se iban acentuando, el Tea Party, supuesto mascarón de proa de las tendencias más conservadoras entre los republicanos, centraba la mayor parte de su ofensiva en el conservadurismo fiscal, en la denuncia del supuesto derroche del dinero de los contribuyentes por un Estado manirroto, y en el problema de la deuda como la mayor amenaza del futuro económico de EEUU. Y lo que ocurre es que a los votantes de Trump les da igual la deuda, al no afectar a su situación económica personal, y sí la falta de empleos, la decadencia de sus ciudades por la desaparición de fábricas y la ficción de que es la ‘minoría blanca’ la que carece de defensores en los centros de poder de Washington.

Como el protagonista de ‘Network’, Trump está furioso («I’m as mad as hell and I’m not going to take it anymore»), o aparenta estarlo para recoger el apoyo de todos aquellos dominados por la ira.

¿Quiénes son sus enemigos o los enemigos que a Trump le interesa denunciar? Hay un mensaje que Trump repite en varios mítines y que no he visto con frecuencia en los medios norteamericanos. Sí estaba en un loco reportaje de Matt Taibi en Rolling Stone, una especie de versión de los artículos de Hunter Thompson sobre Richard Nixon pero con menos consumo, supongo, de sustancias psicotrópicas. Taibi cuenta que Trump reserva algunos de sus dardos a las compañías de seguros médicos, grandes corporaciones que durante décadas han recibido el apoyo de Washington para eliminar la competencia, evadirse de las legislaciones que la fomentan a nivel federal y alimentar sus beneficios. Esas empresas forman un lobby poderoso, muy cercano a los dirigentes republicanos, que sí sufrió una derrota con la reforma sanitaria de Obama, pero que de ningún modo ha quedado indefenso.

Trump también ataca a las grandes empresas farmacéuticas para denunciar sus privilegios que contribuyen a que el gasto sanitario en EEUU sea inmenso. Lo hace con cifras exageradas por miles de millones, pero no anda muy equivocado en la raíz del problema. Pero da igual que su análisis esté distorsionado o que no plantee soluciones efectivas. Lo que le importa es sostener a voz en grito que esas compañías sufragan las campañas de los Jeb Bush o Marco Rubio, como hicieron con tantos otros políticos republicanos.

Obama demostró que la victoria en las primarias se consigue sumando delegados, no triunfos en grandes estados. Hasta el 15 de marzo, los republicanos no conceden todos los delegados al vencedor («winner takes all»), sino que lo hacen de forma proporcional. Por lo que Trump puede salir como gran vencedor del supermartes y tener aún una ventaja no definitiva sobre sus rivales. O al menos eso decía un artículo reciente en el NYT que no decía nada falso, pero que sostiene que un peso pluma como Rubio puede mantenerse en la carrera sin ganar primarias y superar a Trump en el recuento de delegados o llegar en condiciones de ganar en una «convención dividida» en la que nadie tenga la mayoría necesaria. La conclusión política parece estar en la mente del autor.

La media de encuestas de Florida, Estado del que Rubio es senador, pone a Trump con 19,5 puntos de ventaja sobre su joven rival. Florida vota el 15 de marzo y es un «winner takes all». Si gana de esa manera, no quedará mucho de «Little Rubio», como le llama.

Trump es un tirano, como le llama Taibi, un personaje acostumbrado a que se haga su voluntad y que ha vivido siempre obsesionado por su imagen pública. Sabe cómo dar espectáculo a los medios de comunicación. Y en el circo de las primarias, él puede ser director de pista, payaso, domador de fieras y trapecista sin cambiarse de traje.

Es un empresario devorado por su ego al que un sistema político disfuncional le ha concedido la oportunidad de su vida. El doctor Frankenstein ya no puede controlar a la bestia.

Bola extra: John Oliver prometió hace tiempo que no iba a perder el tiempo con Trump, cuando ya todas las televisiones le dedicaban la máxima cobertura posible. Pero con el supermartes ya no podía ignorarlo. Aquí están los 20 minutos que le dedica, como era de esperar, demoledores.


16.30

Matthew Yglesias explica muy bien por qué Trump está recibiendo tantos apoyos entre las bases conservadoras por encima de los deseos del aparato republicano: «Está ganando porque comprende que el nacionalismo es más importante para la política conservadora actual que el dogma del mercado libre. Ofrece lo que preocupa a los conservadores: un nacionalismo populista que se plasma en compromisos de política conservadora, pero que no está en absoluto limitado por ella».

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Chris Rock, el racismo y la política en el cine

En su monólogo inicial de la gala de los Oscar, Chris Rock sólo habló de política. ¿Qué otra cosa se podía esperar?

«OK? You’ve got to figure that it happened in the ’50s, in the ’60s, you know? In the ’60s, one of those years Sidney (Poitier) didn’t put out a movie. I’m sure there wasn’t no black nominees some of those years, say ’62 or ’63. And black people did not protest. Why? Because we had real things to protest at the time.

We had real things to protest! Too busy being raped and lynched to care about who won best cinematographer. You know, when your grandmother is swinging from the tree, it’s really hard to care about best documentary foreign short.»

Por ahí, Rock conseguía cubrir las dos bases, la crítica a Hollywood por su olvido permanente de actores y actrices negros, y a la campaña contra la Academia por eso. Sobre esto último, cuando dijo que no es justo que Will Smith no fuera nominado por ‘Concussion’, como tampoco fue justo que cobrara 20 millones por protagonizar algo como ‘Wild, Wild, West’.

Puestos a repartir, también hubo para muchos de los asistentes, toda esa gente de ideas progresistas del mundo del cine tan distintas a la mayoría de los norteamericanos. Y lo hizo recordando un acto de recaudación de fondos en favor de Obama cuando este ya era presidente (recordad que en la jerga política norteamericana ‘liberals’ significa lo que nosotros llamamos progresistas).

So, at some point you get to take a picture with the president, you know. As they’re setting up the picture, you get like a little moment with the president. I’m like, «Mr. President. You see all these writers and producers and actors, they don’t hire black people. And they’re the nicest white people on earth. They’re liberals.» Cheese!

Estaba claro que Rock iba a utilizar el racismo como eje central de su intervención.

Aquí está la transcripción del monólogo.

Hubo otras intervenciones de corte político o de denuncia social, sobre los casos de pedofilia en la Iglesia por los creadores de ‘Spotlight’, sobre el cambio climático por DiCaprio, sobre la influencia del dinero de Wall Street en los candidatos a las elecciones por el guionista de ‘The Big Short’, o sobre la solidaridad con la comunidad LGTB por uno de los autores de la canción de ‘Spectre’.

Es decir, cuando se premian películas con un mensaje político o social evidente, no es raro que en la ceremonia algunos de los premiados o el propio presentador hagan referencias inequívocamente políticas.

A diferencia de España, donde como sabemos si los cineastas hacen estas intervenciones en los Goya la mayoría de los medios de comunicación tuerce el gesto, se burla o denuncia que los artistas quieren «politizar» el cine.

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Cómo se ganan unas elecciones

El NYT ha hecho en vídeo un ensayo interesante a partir de una entrevista con Mark McKinnon sobre la vieja pregunta que se hacen desde siempre los partidos: ¿cómo se ganan unas elecciones? Sus opiniones valen sobre todo para la política norteamericana, pero tienen interés para la de otros países.

McKinnon fue un importante asesor de George Bush en las campañas de 2000 y 2004, y comenzó a trabajar en la de John McCain hasta que decidió retirarse varios meses antes de las elecciones porque no quería formar parte de la maquinaria diseñada para triturar a Barack Obama, alguien de quien discrepaba ideológicamente pero al que consideraba un hombre honesto cuyas ideas podían ser beneficiosas para el país.

A la vieja pregunta, McKinnon ofrece la respuesta que hemos oído mucho en los últimos años, también en España. Storytelling, la historia, el relato. Cuando alguien se presenta a las elecciones en EEUU, tiene más posibilidades de éxito si plantea una historia, una historia personal (quién es, en qué cree) y una historia sobre lo que quiere que sea su país. Es una de las claves del éxito de Bush en 2000 y de Obama en 2008, como antes lo había sido de Kennedy y Reagan.

McKinnon también estuvo en la campaña de Bush de 2004. Esa fue muy diferente a la de cuatro años antes. Admite que una de sus apuestas principales fue la del miedo. Al final, citando sus palabras, se puede decir que las campañas se dividen en dos tipos: las que eligen el miedo y las que prefieren la esperanza. Desde luego, en muchas se mezclan los dos temas, pero alguno suele predominar sobre el otro.

A la hora de traducir, hemos escuchado en España a muchos hablar de la narrativa (una traducción literal del inglés) o del relato. Tanto insistir sobre lo mismo lo ha convertido en un lugar común. Quizá sea mejor hablar de la historia o la idea que hay tras una candidatura o un partido. Hay elecciones fáciles de ganar cuando el principal adversario se autodestruye. Si no es así, conviene buscar en la idea que hay detrás del cartel electoral. Si la apuesta por la esperanza es sólida, resulta creíble a una parte importante del electorado y queda bien representada por el candidato, sus posibilidades de ganar aumentan.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Plano/contraplano en el cine de los Coen.

Remakes.
Estrellas de cine leen tuits insultantes sobre ellos.
–Fotos del rodaje de ‘El padrino’ en Little Italy.
Terry Gilliam by himself.
Danny DeVito, estrella de Twitter.
–La vida sexual de Rodolfo Valentino.
Una película de HBO pone nerviosos a algunos políticos en Washington.
–Juego de tronos + Donald Trump.
–El autor del peor videojuego de la historia.
–Un ensayo de Umberto Eco sobre el fascismo.

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Irlanda se apunta a la vía española en las urnas

0.10

Ya hay un sondeo realizado a la salida de las urnas. El escrutinio no comienza hasta el sábado. En la línea de la media de sondeos de la campaña, deja a los partidos de la coalición de Gobierno muy lejos de la mayoría absoluta. El partido más beneficiado por estos datos es el Fianna Fáil, que se queda a tres puntos del Fine Gael. Por la complejidad del sistema electoral irlandés, los responsables de la encuesta no pueden hacer aún una estimación del reparto de escaños.

Fine Gael: 26,1%. Fianna Fáil: 22,9%. Independientes: 16,1%. Sinn Féin: 14,9%. Laboristas: 7,8%.

Entre los partidos pequeños destaca la candidatura AAA-PBP (Anti-Austerity Alliance-People Before Profit) con un 3,6%, y los verdes, con un 3,5%. Los verdes volverán probablemente al Parlamento después de haber perdido sus seis escaños en las elecciones de 2011. Pagaron entonces el precio de haber apoyado en la legislatura anterior al Gobierno conservador del Fianna Fáil.

Es en Dublín donde estos dos partidos han obtenido sus mejores resultados, 7,8% y 4,8%, según el sondeo. En la capital, como es habitual, el Fine Gael ha sacado mucha distancia al Fianna Fáil, y es en el resto del país donde las diferencias de voto entre ambos son mucho menores.

irlanda

Irlanda tiene la oportunidad de encontrarse desde hoy en una situación parecida a la española: unas elecciones en la que el partido o partidos del Gobierno se quedan lejos de la mayoría absoluta y no tienen muchos socios potenciales para alcanzarla (la votación se celebra el viernes, pero el escrutinio no comienza hasta el sábado). El Fine Gael y los laboristas han gobernado en estos cuatro años sin que se cumplieran las peores predicciones tras las elecciones de 2011. El país ha recuperado tasas altas de crecimiento, superiores (con un 4,5%) a las de España en 2015, pero no precisamente por la devaluación interna recetada por Bruselas, sino por la potencia exportadora del país a los países de fuera de la eurozona.

Esos resultados económicos no han concedido una prima de votos al primer partido del país, el Fine Gael del primer ministro Enda Kelly. Más bien al contrario. La media de sondeos da a su partido un 28,5%, muy por debajo del 36% de 2011. Sus aliados en el Gobierno lo pasan aún peor. Los laboristas están en un minúsculo 6,5% (19,4% en 2011). Han cumplido el adagio que dice que el socio menor en una coalición termina pagando un precio mayor, pero en su caso hay que decir que desde muy pronto en la legislatura empezaron a perder el apoyo obtenido en las urnas.

El PIB no da votos. Pero tampoco parece haber beneficiado al Gobierno una tasa de paro del 8,6% (con el paro juvenil en el 19,1%), la menor desde finales de 2008, pero alta para lo que es habitual en la economía irlandesa. Llegó hasta el 14% en 2013. Hubiera sido peor si muchos jóvenes irlandeses no hubieran optado por emigrar al extranjero, una tendencia habitual en la historia del país en épocas de crisis.

La tendencia al voto es a la fragmentación. Los partidos pequeños y los independientes pueden llegar en conjunto al 25%. Los escaños que obtengan son la única esperanza con la que cuenta Kenny para tener mayoría suficiente para gobernar.

En la izquierda, el Sinn Féin se ha convertido en el gran referente entre los sectores sociales que rechazan los años de austeridad. Hace un año, estaba en torno al 20% y subiendo tras haber engullido la mayor parte del voto laborista. Ahora la media de sondeos le deja en el 16,5% (tuvo el 9,9% en 2011). El Sinn Féin es ya algo más que el partido de los republicanos católicos del Ulster, pero el hecho de que continúe estando liderado por Gerry Adams condiciona su nueva identidad. El que muchos votantes compartan la esperanza de que algún día se produzca la reunificación de la isla no quiere decir que confíen en alguien relacionado directamente con el IRA y las décadas de violencia en el Ulster.

Hace cinco años, el Fianna Fáil sufrió la peor derrota desde la fundación del Estado en 1922. Ahora, con una media del 21% en los sondeos recupera una parte del electorado perdido y la segunda posición. Al igual que en España, se ha hablado mucho en Irlanda de la posibilidad de un Gobierno de gran coalición. Como la ideología de ambos partidos no es muy diferente, la opción no es descartable. Su único problema es la historia del país.

Irlanda, un país en general conservador, ha tenido desde el siglo pasado un sistema político basado en la rivalidad entre esos dos partidos. Hace unos días, un artículo del Financial Times definía al Fianna Fáil como partido de centroizquierda, lo que no puede ser más falso. Su corresponsal en Bruselas, Peter Spiegel, lo explica mucho mejor: «A diferencia de la mayoría de democracias de Europa Occidental, el sistema moderno de partidos en Irlanda no se desarrolló sobre el plano tradicional izquierda-derecha. Se basa más en lo que en ciencias políticas se llama modelo ‘centro-periferia’. Durante la guerra civil irlandesa, los que apoyaron el Tratado Anglo-Irlandés de 1921, que concedió a Dublín la independencia, terminaron formando el Fine Gael. Los que creían que el tratado se quedaba corto (sobre todo, porque el Estado Libre de Irlanda no incluía a Irlanda del Norte) terminaron siendo el Fianna Fáil».

El Fine Gael tiene especial predicamento entre las clases medias urbanas, lo que le convierte en más liberal que conservador. El Fianna Fáil pasó a ser el gran partido nacionalista y conservador, muy relacionado con la Iglesia pero con gran capacidad para conectar con las clases trabajadoras. Pero en las últimas décadas el partido tuvo una relación incestuosa con las grandes corporaciones, con escándalos de corrupción que raramente le perjudicaban en las urnas hasta que el estallido de la burbuja inmobiliaria y su repercusión financiera abocaron al país al rescate para salvar a los bancos y desembocaron en su hundimiento electoral.

En este vídeo del Irish Times, explican las diferencias entre ambos. Lo que es muy probable es que una vez más la suma de los dos partidos que dominaron la política irlandesa durante décadas vuelva a caer al punto más bajo. Y al igual que en España, la alternativa de unas nuevas elecciones dentro de unos meses no se puede descartar.

Foto: un agente de la Garda (policía irlandesa) y un votante llevan una urna en la isla de Innisfree. EFE.

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Y la montaña parió un ratón con esteroides

En el periodismo deportivo, el apelativo ‘histórico’ ha quedado reducido a un suceso casi banal. Si un resultado no se ha producido en los últimos diez años, se gana el adjetivo a pulso. Si un equipo de una ciudad pequeña sube a Primera División por primera vez en los últimos 20 años, la hazaña deja pequeña la batalla de Lepanto y la invención de la penicilina. Ahora el periodismo político ha alcanzado ese mismo estatus retórico. Todo lo que está pasando es nuevo, y por tanto todo es histórico.

Pedro Sánchez se presentó junto a Albert Rivera en una de las salas donde se reúnen las comisiones en el Congreso para presentar el acuerdo entre ambos partidos. Como debían ocupar el centro de la imagen, se sentaron en la mesa donde se sitúan las personas que tienen el duro trabajo de transcribir todo lo que se dice allí. No era un escenario épico, pero para eso están las palabras.  «Es un acuerdo histórico. Suma, porque no excluye, porque la única victoria política que hay en él es un acuerdo abierto, y tiende la mano a izquierda y derecha», dijo Pedro Sánchez.

Si esa es la primera vara de medir del pacto, el fracaso fue inmediato.

Continúa en Zona Crítica.

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Irak, corrupción y petróleo

irak policia

Ni siquiera el hundimiento de los precios del petróleo, y con ellos de los ingresos del Estado iraquí, ha podido contener el avance de la corrupción en Irak. Es posible que ahora haya menos dinero que robar, pero un Gobierno tiene recursos que están fuera del alcance de muchas organizaciones criminales: puede pedir prestado a otros países o a los mercados de deuda para seguir aumentado su adicción.

La corrupción es una forma de vida en ese país desde hace muchos años. Los partidos políticos, al tener una fiel base sectaria, tienen pocos motivos para reformarse o expulsar a los corrompidos. Los puestos en la Administración o en el Ejército y policía se adjudican a la oferta más alta. Aquel que obtiene la prebenda paga una cantidad de dinero que en realidad es una inversión. A partir de ese momento, comenzará a recaudar dinero sucio para compensar ese gasto.

No es sólo una catástrofe económica o social. También afecta a la seguridad, como demostró la caída de Mosul en manos de ISIS. Irak tiene un Ejército fantasma.

Uno de los principales responsables de la lucha contra la corrupción explica por qué nada va a cambiar. El robo de los recursos públicos es ya una tradición que nadie puede frenar:

«Créame, la mayoría de los altos cargos del país han sido responsables de robar casi toda su riqueza. Hay nombres en lo alto de la jerarquía que me matarían si los persiguiera. Aquí, cuando la gente roba, lo hace abiertamente. Alardea de ello. Aquí hay un virus, como el ébola. Se llama corrupción. No hay esperanza, siento decirlo».

«Aquí solo vamos a por los objetivos fáciles. Hace poco un empresario cristiano fue encarcelado dos años por robar 200.000 dólares para construir su casa. Eso no es nada. Ni siquiera se cuenta como delito en comparación con el resto de cosas que están pasando».

«Hemos pagado 1.000 millones de dólares por aviones de guerra que nunca llegaron. En Tikrit se han pagado presupuestos para juzgados que nunca se han construido. Lo mismo ocurre con proyectos de carreteras por todo el país, o con el puerto de Umm Qasr, cerca de Basora. Si tuviera 50 empleados para ayudarme, apenas podríamos arañar la superficie. Aquí los problemas son tan sociales como todo. Eres considerado como débil si no robas. Todo el mundo quiere acaparar poder, porque saben que nadie más va a compartir el poder con ellos».

Como otros estados que viven de los ingresos de la exportación de petróleo, Irak ha alimentado un gigantesco sector público. Una de las principales razones de existencia es crear empleo para los partidarios de los partidos en el poder, tanto en Bagdad como en el norte kurdo. Ante la caída de los precios del crudo, ha aumentado su producción para intentar compensar la pérdida de ingresos, sin conseguirlo. En enero, Irak exportó 3,28 millones de barriles al día, la segunda mayor cifra desde 2003. Pero no es suficiente:

«Irak se enfrenta a un gran dilema. Más del 90% de sus ingresos proceden del petróleo. Tiene un sector público exagerado que creció durante años cuando le sobraban los fondos. Ahora también se enfrenta a la guerra contra Estado Islámico y una grave crisis interna por los desplazados. Sólo sobrevive gracias a las reservas, que no pueden sostener el alto nivel de gasto durante mucho tiempo. En vez de aprovechar la oportunidad para desarrollar el sector privado y recortar el gasto público inútil, es probable que Bagdad aumente su deuda pidiendo prestado a inversores y bancos, y podría llegar a hacer lo mismo que el Gobierno regional kurdo y dejar de pagar a sus funcionarios o recortar servicios cuando se le acabe el dinero. Como muchos países dependientes del petróleo, Irak no puede librarse de su adicción ni siquiera durante una crisis».

El nuevo Estado originado con la ocupación norteamericana sentó las bases del actual estado de cosas. Los extranjeros desmontaron un Gobierno dictatorial pero eliminando las partes del Estado que aún funcionaban. Los nuevos dirigentes venían de años o décadas en el exilio y utilizaron los fondos públicos para crearse su propia base de poder. Es habitual que décadas de dictadura destruyan el sentimiento de comunidad y el respeto al Estado. En Irak, nunca se construyó sobre esas cenizas algo que mereciera la pena ser defendido.

La guerra es la mejor forma de perpetuar la corrupción. Por otro lado, la corrupción alimenta la confrontación interna y propicia la ley del más fuerte, una estupenda materia prima para la guerra. Es un círculo diabólico y perfecto, muy presente en algunos países africanos y una realidad que se ha convertido en permanente en el Estado iraquí.

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Veinte disparos sobre un cuerpo tendido en el suelo

Jerusalen violencia

En octubre de 2015, Amnistía Internacional denunció que la respuesta de la policía israelí a los ataques de palestinos con cuchillos podría llegar a ser definida en algunos casos como asesinatos extrajudiciales en aplicación de una política de disparar a matar.

Las imágenes de lo ocurrido el viernes junto a la Puerta de Damasco, en Jerusalén, son bastante reveladoras y confirman esta denuncia. El agresor, de 20 años, cae al suelo y los policías continúan disparando. Se pueden contar no menos de una veintena de disparos sobre el cuerpo (la escena comienza en el segundo 18 de estas imágenes de un equipo de Al Jazeera). Antes, dos policías habían resultado heridos leves.

El comisionado adjunto de la Policía de Fronteras, Yaakov Shabtai, dijo de esos policías: «Actuaron con valentía y les felicito. Estoy orgulloso de su profesionalismo. La velocidad de su respuesta y su precisión consiguieron acabar en segundos con este ataque terrorista».

La velocidad de la reacción es evidente. En cuanto a la precisión, no es extraño teniendo en cuenta que el cuerpo del agresor estaba tendido en el suelo mientras disparaban sobre él.

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