Hagan las cuentas con Obama y los republicanos

Why Obama Now: Una pieza de animación dirigida por Lucas Gray, con experiencia en Los Simpson y Family Guy. El audio es de un discurso de Obama de abril.

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Diez claves sobre la victoria de Chávez

1. Chávez, sólo Chávez

Hubo un periodista español que inició su crónica sobre la derrota de Hugo Chávez en el referéndum de reforma constitucional con la frase: «El chavismo derrota a Chávez». Resultaba una extraña forma de describir la situación entonces, pero quizá tuviera algo de sentido si tenemos en cuenta que el presidente no había convencido a toda su base social de las virtudes de la reforma. Ahora no cabe duda de que es absurda. El presidente venezolano domina por completo la política de su país. Es un árbol que no deja crecer a sucesores potenciales a su vera y que resulta infranqueable para la oposición.

Chávez dominó por completo la década pasada y no da muestras de estar cerca de su final político. Atrae todo el odio de sus rivales y lo devuelve multiplicado. A oídos europeos, su retórica suena como mínimo exagerada –en especial, ahora que está teñida más que nunca de mensajes religiosos–, pero para la mayoría de los venezolanos es la única garantía de que el Estado no se olvidará de los desposeídos. Eso es lo que ocurría precisamente antes de la llegada de Chávez al poder.

Continúa en Zona Crítica.

Foto: Flickr de Globovisión.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

La obvia relación entre masaje cardíaco y zombis.

–Escribir mientras conduces nunca ha sido una buena idea.
–Por qué el cielo está oscuro de noche.
–140 frases en películas de James Bond.
–Análisis del primer capítulo de The Newsroom.
Miel de colores por culpa de una fábrica de dulces.
–La candidata de World of Warcraft.
–Un año terrible en el Everest.
–Cómo no escribir sobre África.
–Algunos apocalipsis financieros.
–Galería de fotos de Al Capone.
–Según Dreamworks, una familia de neandertales es como las de ahora pero con peor ropa.

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Zombis, viejos, periodistas

Y de repente el estallido. La prensa española ya no puede hablar de crisis. ¿Demolición? ¿Hundimiento? En pocas horas, supimos el viernes que El País dará la baja a cerca de 150 personas (despidos más jubilaciones anticipadas) de una redacción de 470, y rebajará el sueldo a los que se queden. Entre 175 y 190 personas tendrán que abandonar las empresas de Unidad Editorial, editora de El Mundo y Marca, que se suman a otros despidos masivos ocurridos en el grupo en los últimos años.

Las cifras del deterioro económico de El País son concluyentes. Como ocurre habitualmente con los números, no cuentan toda la historia. Aun siendo terrible el descenso de los ingresos publicitarios, las razones de la hecatombe hay que buscarlas en la incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos y la adopción de estrategias digitales equivocadas tanto en el plano periodístico como en el de la rentabilidad.

A los periódicos no se les han muerto los lectores por razones biológicas, como se decía hace unos años de forma malévola. Los han matado de aburrimiento y no han sabido reclutar a los que debían relevarlos. Cuando las cosas iban bien, cualquier idea innovadora era rechazada. ‘Si funciona, no lo toques’ es una idea desgraciadamente muy extendida en las empresas españolas. Cuando se viene encima la catástrofe, ya es demasiado tarde y las soluciones son una repetición de lo que ya se hacía antes o una loca carrera hacia ninguna parte. A lo más que se llega es a enterrar dinero en promociones o en apostar por contenidos propios de la prensa de corazón para el fin de semana.

Pero en realidad la crisis de El País no empieza en El País, es decir, en el papel, sino en Prisa, en los errores de dirección que obligaron a la empresa a asumir un nivel de deuda insostenible para cubrir sus inversiones en televisión.

En muchos grupos de comunicación del mundo –News Corporation es un caso obvio–, es al revés. Los intereses en televisión y otros negocios ayudan a asumir las pérdidas de la prensa. The Times y The New York Post pierden decenas de millones de libras o dólares cada año con una asombrosa regularidad. Al menos hasta ahora han sido los beneficios de otras áreas del grupo las que han permitido tal ‘dispendio’.

Ahí es donde entra el presidente de Prisa, Juan Luis Cebrián, y donde la herida recibe una lluvia de sal. «No podemos seguir viviendo tan bien», dice al comunicar la política de recorte de gasto. Es la muerte de la ironía viniendo de un directivo que cobra un sueldo más extras de varios millones de euros, muy superior al de cualquier otro grupo de comunicación.

Pero no es sólo Cebrián. Miquel Roig comparaba ayer en Twitter la remuneración del consejo y alta dirección de Prisa en 2011 (20,44 millones para una empresa con un valor en Bolsa de 226 millones) con la de Inditex (19,95 millones en remuneraciones con un valor en Bolsa de 62.308 millones).

Si Cebrián estaba pensando en el sueldo más bonus de Rupert Murdoch (30 millones de dólares en el último año), conviene recordar que la capitalización bursátil de News Corporation es de 56.000 millones de dólares. Pero incluso en el caso de Murdoch, hay que mencionar que él y otros directivos han aceptado un recorte en sus bonus para responsabilizarse de los efectos económicos del escándalo del News of The World. No hay noticias de que el consejo de Prisa vaya a adoptar una actitud similar por sus malos resultados económicos.

La culpa siempre es de los otros, en especial de los periodistas que han puesto en práctica las distintas estrategias aprobadas por sus directivos. Y además no parece que haya mucho respeto por una redacción que con su trabajo consiguió que en los últimos 30 años El País haya sido uno de los periódicos más rentables de España, o quizá el que más.

Esa es la razón de los altos sueldos existentes en esa redacción, cortesía también –todo hay que decirlo– de las virtudes negociadores de sus compañeros de rotativa, agrupados en esas organizaciones llamadas sindicatos, que tenían la peregrina idea de que los trabajadores también debían disfrutar de una parte de las decenas de millones de euros de beneficios.

Como también Cebrián es/era periodista, hay que aceptar en sus explicaciones sobre la crisis de la prensa un cierto grado de ironía o sarcasmo que otros miembros de la profesión también practican para soportar estos tiempos oscuros. ¿Eso incluye llamar muertos vivientes a los periodistas que tienen la responsabilidad de defender la fortaleza sitiada?

Yo digo que somos zombies. Ya nos hemos muerto. Lo que pasa es que, como buenos zombies, nos negamos a pensar que estamos muertos. Nos sentamos con los demás y ellos saben que somos zombies, pero nos aceptan en la mesa.

¿Un desliz o un exceso irónico? ¿Es una definición simbólica con la que se refiere a los periódicos más que a las personas que trabajan en ellos?

Sus interlocutores del viernes que recibieron las malas noticias ya saben que el desdén que siente Cebrián por los periodistas va más lejos. Son unos viejos y además irrecuperables para los tiempos modernos. Según la descripción hecha por el comité de empresa:

El presidente del  grupo considera que la plantilla del periódico está envejecida y carece de profesionales con “perfiles digitales”, además de resultar muy cara, por tener “un salario medio de 88.000 euros”. Para Cebrián, la tercera edad en periodismo empieza a los 50 años. “El tema más preocupante es que la edad media de la plantilla es de 53 años”, ha subrayado al recordar que 189 personas superan los 50 mientras que solo 10 están por debajo de los 30. “Esto afecta a los perfiles profesionales y al modelo de periódico que queremos hacer”, ha añadido.

Esta es una constante en muchas empresas españolas, también en el sector de la comunicación. La idea de que la formación no sólo es conveniente, sino imprescindible es completamente ajena a las costumbres de los directivos. Es una pérdida de tiempo, un gasto superfluo. Resulta mucho más cómodo exprimir al trabajador por lo que sabe hasta que no queda ni una gota. Invertir en formación es cosa de extranjeros.

El propio Cebrián dijo en la entrevista citada antes que «hay nativos de la era digital que no entienden nada y hay gente ya bastante madura que lo ha comprendido bien». Entre la gente «bastante madura» debe de estar él, responsable de tantos giros absurdos en la estrategia digital de El País, aún a estas alturas incapaz de rentabilizar las altas cifras de audiencia. El problema es el negocio, no los periodistas, que a fin de cuentas forman un ejército que cumple órdenes. Y cuando tienes a una persona con un sueldo alto y no sabes qué hacer con ella y la envías a algún pasillo oscuro o la pones en una mesa para hacer un trabajo irrelevante, la culpa de ese dispendio económico, de esa pérdida de capital humano, no es del zombi viejo, sino de sus jefes (que por cierto siempre van a cobrar más que él).

Es más fácil enamorarse de los cacharros y despreciar a las personas. Es más sencillo enarbolar un iPad en una reunión como si fuera las tablas de Moisés para anunciar cual profeta con línea directa con el ser supremo que el futuro está en las tabletas. Lo malo es que al final, tienes que meter un contenido de calidad en esas tabletas, o cualquier otro dispositivo móvil, que te diferencie de los demás y que justifique que el cliente, antes llamado lector, esté dispuesto a pagar.

Son esos molestos zombis, viejos y periodistas los que tendrán que rellenar el cacharro. El País y otros grandes medios de comunicación están en el negocio de los contenidos, no en el de la tecnología. ¿Cobrarán menos los zombis que lo que sacaban con esos fantásticos convenios obtenidos por los márgenes de beneficios que daban los productos sacados de una rotativa? Es muy posible. ¿Los necesitan las empresas? Desde luego. Porque  de lo contrario ¿qué es lo que puede ofrecer una empresa como El País? ¿Artículos de Boris Izaguirre?

¿Quién es el zombi aquí?

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Romney juega desde el centro y gana el primer asalto

Sorpresa. Mitt Romney no simuló lo que no es (un ultra furibundo) y le fue bien. Hizo una muy buena intervención inicial en minuto y medio, y marcó los términos del debate.

No fue una sorpresa que Obama se mostrara arrogante y retraído. Es su carácter. Hay que sumar a eso el aura presidencial que siempre acaba por comerse al personaje. El político más poderoso del planeta tiene que bajar al cuadrilátero y aparentar que no le molesta. Obama no es bueno fingiendo eso. No es Bill Clinton.

Leo que Obama utilizó una media de 172 palabras por minuto. Romney, 217. El republicano iba bien preparado, habló rápido sin comerse las palabras, sin divagar, yendo directamente al grano en la mayoría de los casos. El presidente dudaba, empezaba demasiadas veces con un «first of all», hacía algunas pausas innecesarias. Cuando Romney le interrumpía –no de forma demasiado agresiva–, le costaba coger otra vez el hilo.

Nunca cometió un error dramático, pero la impresión general de los medios es que Romney ganó el debate con claridad. Luchar contra esa percepción de los periodistas y analistas no tiene sentido. Hasta ahora, la campaña consistía en que los demócratas dejaban pasar el tiempo hasta que los republicanos, empezando por su candidato, hacían o decían algo que les hundía aún más. Romney ha puesto fin a esa sangría y, a pesar de sus limitaciones, ha sentado las bases para que la carrera vuelva a comenzar.

Claro que si los sondeos de los próximos días no revelan que Romney ha limado dos o tres puntos de desventaja gracias a su actuación, volverán los sudores, las recriminaciones y la idea de que sólo puede hacer daño a Obama recurriendo a la retórica desatada. Es más efectivo si Romney convence a una parte del electorado de que Obama es un incompetente que pretender hacer creer a todos que está llevando a EEUU por el camino del socialismo.

George Bush también se presentó al primer debate de 2004 con la idea de que se trataba de una molesta obligación indigna de su cargo. No se tomó en serio a John Kerry y éste le dio una buena tunda. Contra lo que se ha dicho en los últimos días, los otros dos debates fueron mucho más igualados, lo que permitió a Bush cerrar esa herida. No importa tanto ganar o perder el debate, según los sondeos inmediatos, sino confirmar en ‘prime time’ las debilidades de tu candidatura y aumentar la estatura del adversario. Eso es lo que mueve las encuestas.

Romney respondió anoche bastante bien a la incógnita sobre qué tipo de presidente será y cuáles son sus respuestas a la crisis. Eso no quiere decir que todo lo que dijo encaje con la realidad. Pero recuperó la imagen de lo que parecía que iba a ser antes de que comenzaran las primarias republicanas: un candidato solvente, aunque nada carismático, para una campaña centrada en la crisis económica. Tener que complacer al ala derecha del partido le hizo abandonar el terreno donde podía ser fuerte y dejó al descubierto sus carencias.

Algunos partidarios de Obama no han ocultado que anoche se quedaron profundamente deprimidos. Por lo que cuentan, el plató de la cadena MSNBC parecía un funeral. Andrew Sullivan llegó a escribir: «Puede haber perdido las elecciones esta noche».

No tanto. Es sólo que ha permitido que Romney ocupe una posición central en el duelo. Un grave error. Tiene dos debates más para convencer a los norteamericanos de que cuenta con un plan para su segundo mandato y que el plan de su rival tendrá efectos nefastos para la clase media. No puede aparentar creer que la victoria de 2008 le entregó un mandato de ocho años con un incómodo trámite electoral a mitad de camino.

Arriba está la emisión íntegra del debate. La referencia de Romney a España está en el minuto 32′ 10». La respuesta, inevitablemente cómica, de Cospedal, aquí.

Transcripción del debate.

 

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El mito del debate Nixon-Kennedy

A pocas horas del primer debate entre Obama y Romney, los medios desempolvan todas esas imágenes legendarias de anteriores duelos en la campaña norteamericana. Desde luego, ese instante que inauguró la democracia televisiva: el joven y atractivo Kennedy frente al sombrío, sudoroso y mal afeitado Nixon. George Bush, padre, incómodo, mira al reloj sobre un taburete en el que no sabe cómo ponerse. Gerald Ford niega que la URSS imponga su hegemonía en Europa del Este. Reagan cierra el debate sobre su avanzada edad con un buen chiste preparado. Dukakis reacciona como un robot sin emociones a una pregunta un tanto ventajista y tramposa.

El momento decisivo que todo lo explica.

Historias.

Veo otra versión diferente en un artículo que duda de las dramáticas repercusiones del debate Nixon-Kennedy. Por primera vez, no se basa en análisis, sino en hechos. Sólo hubo una encuesta que contara que Nixon había ganado para las personas que habían seguido el debate por la radio, y por tanto no habían podido captar la diferencia entre ambos candidatos en términos de imagen. Ni el número de encuestados ni su probable localización (rural, con ventaja clara para Nixon) permiten considerar representativos esos resultados.

Y no es la primera vez que se cuenta esto, pero la leyenda echó raíces hace tiempo. Como decían en ‘El hombre que mató a Liberty Valance’: «No, sir. This is the West, sir. When the legend becomes fact, print the legend».

En interpretaciones anteriores, ha habido gente que ha restado importancia a ese debate, sin llegar a decir que fuera irrelevante. Las versiones más cínicas son las que inciden en lo que pasó en Illinois, donde Kennedy venció por menos de 9.000 votos, un margen del 0,2%. La maquinaria demócrata del alcalde Dailey –experta en ‘acarrear’ votos con todo tipo de trucos legales y menos legales– concedió al demócrata una diferencia de votos tan abrumadora en Chicago que hay razones de peso para sospechar. Pero Kennedy habría ganado también sin los votos electorales de Illinois.

Lo que importa de este ejemplo (y tampoco hay pruebas de que el fraude fuera la razón de ese resultado) es que sin la capacidad del clan Dailey para convertir empleos, favores y deudas en votos, Kennedy no habría ganado, aunque se hubiera presentado en el plató del debate subido a un carruaje de oro y escoltado por vírgenes vestales. Y lo mismo se puede decir de la victoria conseguida en Texas gracias a lo que Lyndon Johnson sabía sobre cómo se ganaban elecciones en ese Estado.

En una campaña electoral casi eterna como la de EEUU, raramente un candidato gana sólo por un motivo, aún menos por un hecho concreto y distinguible. Pero los errores graves tienden a ser magnificados por los medios de comunicación, y pocos errores pueden ser tan dramáticos como los que se producen en los duelos cara a cara a pocas semanas de la votación.

Por eso, una estrategia a la defensiva se antoja como una opción inteligente para el candidato que va por delante en los sondeos. Obama ya hizo de centrocampista italiano de contención en sus debates ante McCain y no le fue mal. Cuantas menos cosas pasen en los tres debates, mejor para él.

La experiencia de Romney en los debates de las primarias republicanas le sirven de poco. Allí sólo debía mostrarse como una persona cuerda y de discurso sobrio entre una manada de perturbados vestidos con cinturones de explosivos. Ahora tiene, eso sí, un terreno en el que podría dar un gran paso adelante. No tiene nada que ver con Obama, sino con él mismo.

A Ronald Reagan y George Bush (hijo), les fueron muy útiles los debates en las primeras elecciones que ganaron, porque les sirvieron para desmentir interpretaciones muy arraigadas sobre ellos. Ambos supieron ‘venderse’ como candidatos viables, como gente que despertaba confianza incluso entre gente que tenía dudas sobre ellos. Eran políticos de pocas ideas concretas, pero de principios muy claros. Sobre todo eran capaces de explicarlos con convicción en los escasos minutos que duraba cada intervención. No se trata de dar largos discursos, sino de administrar píldoras sugerentes en pequeñas dosis.

Romney puede intentarlo. Puede hacernos creer que no es un robot programado para decir lo que supuestamente funciona en una campaña. Puede convencernos de que no está defendiendo ideas en las que no cree para congraciarse con el votante más conservador.

Puede intentarlo, pero mucha gente lleva esperando desde su elección como candidato a que haga algo así, y aún sigue esperando.

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Qué ocurre cuando el periódico más influyente del planeta te aplica el tercer grado

Jóvenes que buscan entre los contenedores para encontrar algo que comer. Un reportaje fotográfico con imágenes en blanco y negro. Depósitos que huyen de los bancos. La cuantiosa fortuna de un rey y sus problemas para asegurar el futuro de la monarquía. Todos esos temas y algunos más sobre la crisis española han aparecido en las últimas ediciones de The New York Times, incluidas sus portadas. En un país como el nuestro en el que los artículos aparecidos en medios extranjeros se reseñan con frecuencia si tocan aspectos de la realidad de España, a veces con indisimulado orgullo, este estrecho marcaje del diario es de los que dejan huella.

¿Sobrevivirá la denominada Marca España, o lo que quede de ella, al análisis crítico del NYT?

Continúa en eldiario.es.

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En eldiario.es: El golpe en Grecia que nunca existió.

Publicada el por Iñigo Sáenz de Ugarte | Deja un comentario

A tiro limpio en Afganistán

Imágenes espectaculares de un soldado norteamericano en Afganistán en una emboscada grabadas por la cámara que lleva en el casco. Aparentemente, no recibió ninguna herida grave, gracias al chaleco de kevlar. No parece que en ningún momento el soldado sepa dónde está exactamente el enemigo, una característica habitual en esa guerra. Por los impactos en la tierra y las rocas, está claro que se salvó por poco.

12.00

Las imágenes comentadas en Mother Jones.

 

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El mercado de Alepo, en llamas

Son imágenes del mercado medieval de Alepo en Siria, una ciudad reconocida por la Unesco por su valor histórico. Nunca hay que olvidar que no hay nada peor en una guerra que la pérdida de vidas humanas, pero la destrucción de zonas conservadas de la ciudad desde hace siglos resulta algo más que descorazonador. Según las primeras informaciones, centenares de tiendas han quedado destruidas.

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