Qué ocurre después de un ataque israelí

Son las imágenes inmediatamente posteriores al ataque israelí a una casa de Jan Yunis, en el sur de Gaza. Siete personas han muerto, entre ellas un niño de ocho años, y 25 han resultado heridas. Como ha ocurrido en otras ocasiones en este tipo de bombardeos desde el aire, la familia que vive en esa casa recibió un aviso de que iba a ser atacada en unos pocos minutos. Cuando estaban saliendo, vieron un drone que arrojaba una bengala luminosa. En ese momento, se produjo la explosión. Pero varios vecinos del barrio habían acudido a la casa, y algunos estaban en la azotea, con la intención de impedir el ataque con su presencia.

El Ejército israelí afirma que este tipo de avisos es una forma de reducir el número de víctimas civiles. Las organizaciones de derechos humanos responden que esa política, que también se utiliza como arma de guerra psicológica, de ningún modo libera de responsabilidad a los agresores. El Ejército también sostiene que sólo ataca las viviendas de miembros de Hamás implicados en ataques a objetivos israelíes, lo que en varias ocasiones ha supuesto la eliminación de sus familiares.

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Una defensa de las libertades amenazadas por el Gobierno

Bienaventurados los periodistas que cubren el mundo de la justicia y los tribunales porque deben enfrentarse a la ímproba tarea de explicar e interpretar las sentencias judiciales. No sé si llegarán a ver el cielo, pero lo que es seguro es que hasta ese momento sufrirán interminables dolores de cabeza para convertir el lenguaje jurídico en algo que puedan entender los ciudadanos.

No siempre es así. A veces, las sentencias son de tal claridad y contundencia que no necesitan de muchos comentarios. Es lo que ha ocurrido con la sentencia de la Audiencia Nacional que absuelve a los 19 juzgados por la manifestación que rodeó el Parlament de Catalunya el 15 de junio de 2011. La Fiscalía pedía cinco años y medio de prisión para los acusados.

Continúa en Zona Crítica.

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Una paliza de la policía israelí

Tarek Abu Khdeir, de 15 años, recibió esta paliza a manos de policías israelíes el jueves. Mientras un agente lo tiene inmovilizado contra el suelo, quizá ya esposado, el otro le golpea en repetidas ocasiones en la cara y lo patea. Luego se lo llevan arrastrándole porque ha perdido el conocimiento. Estuvo cinco horas sin recibir tratamiento médico, según su familia, a pesar de las heridas en la cabeza.

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La policía lo condujo ante un tribunal el domingo, aún con obvias marcas en la cara por los golpes, donde fue condenado a una multa de 3.000 shekels (646 euros) y a un arresto domiciliario durante nueve días.

Parece que recibir una paliza no fue un castigo suficiente para el tribunal por lo que pudiera haber hecho.

No se conocen muchos más detalles porque, como es habitual en Israel en estos casos, la policía aún no lo ha permitido. Se dice que le han acusado de lanzar piedras a la policía junto a otros cinco jóvenes a los que les encontraron cuchillos.

Su familia dice que fue detenido de forma indiscriminada junto a otros jóvenes, cerca de la casa de Muhamad Abu Khdeir, el joven de 16 años que fue asesinado en venganza por el asesinato de tres israelíes.

Khdeir tiene nacionalidad estadounidense. Vive en Tampa, Florida, y estaba en Jerusalén visitando a unos familiares. Es pariente de Muhamad Abu Khdeir.

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El califa (o aspirante a califa)

Lanzas una gran ofensiva sobre una inmensa zona de Irak, ocupas la segunda ciudad del país, te incautas de material militar Made in USA y de millones de dólares, diriges el grupo yihadista más famoso del mundo, tanto es así que Al Qaeda parece en la comparación un grupo de jubilados con mucho tiempo libre, y terminas declarando un califato islámico nada menos.

¿Y cuál es la imagen que tiene de ti el mundo?

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Una foto antigua algo cutre, difundida en su momento por el Gobierno iraquí, que encima utilizan los tabloides para reírse de ti (Big Daddy). Un califa se merece algo mejor cuando se quiere presentar ante todos los musulmanes como el líder político y religioso no sólo de la zona de Irak que aparentemente controla sino de todo el mundo islámico.

Por eso, Abu Bakr al-Bagdadi, líder del ISIS (ahora IS porque se hace llamar sólo Estado Islámico), hizo el viernes una presentación en sociedad más apropiada en la Gran Mezquita de Mosul.

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Esto es otra cosa. La indumentaria hace mucho, por no hablar de la mirada al suelo con la que se pretende reflejar humildad (las fotos han sido distribuidas por el ISIS). Por un lado, declararse como califa supone una obligación para el resto de los musulmanes de obedecer al líder. Por otro, Al-Baghdadi ha dado la opción a los que no estén de acuerdo con sus decisiones que le aconsejen “para volver al buen camino”, siempre que le obedezcan “como yo obedezco a Dios”.

En el apartado de atrezzo, antes de pronunciar el sermón en la mezquita, se ha limpiado los dientes con una pequeña rama, como solía hacer Mahoma y la gente de su tiempo. No le falta valor a Al-Bagdadi para identificarse con estos pequeños detalles con el fundador de la religión musulmana.

Al-Bagdadi tiene estudios religiosos, incluido un doctorado, y llegó a ser el predicador de una mezquita de Samarra. Su gran activo para asumir un título de resonancias míticas en el mundo islámico ha sido la arrogancia. Ha llegado a donde está por ser un implacable líder militar, no un experto en el Corán.

Ese mismo viernes, se conocieron más imágenes de ejecuciones de soldados iraquíes, probablemente chiíes. Un califato que lleva a cabo crímenes de guerra tan evidentes no pasa de ser la ensoñación de un grupo fanático pero sería un error subestimar la influencia de Al-Baghdadi. El último dirigente integrista que asumió el título de ‘Amīr al-Mu’minīn’ (jefe de los creyentes) fue el mulá Omar, el líder espiritual de los talibanes afganos.

En el apartado del humor, está bien la ‘transcripción’ que hace Karl Sharro de la sesión de Al-Bagdadi con su psiquiatra. Muy divertida. Para entendernos, Sharro es la versión musulmana de Mi Mesa Cojea.

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Eliminar la financiación pública de los partidos es un ahorro que no sale gratis

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Cada vez hay más gente, muy enfurecida, que está en contra de la financiación pública de los partidos. Aunque exista, obviamente eso no impide que se produzcan casos de financiación ilegal, sobornos y otras formas de corrupción. Algunas cuentas en Suiza pueden probarlo. Y aportaciones al Partido Popular por parte de empresarios que han salido a la luz en el caso Bárcenas.

Y sin embargo, ¿cuál es la alternativa a la financiación pública?

The Bureau of Investigative Journalism nos ofrece unos documentos con los que nos podemos hacer una idea. Se refiere a la cena anual que el Partido Conservador organiza para invitar a sus grandes donantes.

“Los documentos muestran que los asistentes, que disfrutan en conjunto de unos activos superiores a 11.000 millones de libras, pagaron 12.000 libras por mesa (unos 15.000 euros) para cenar con los miembros del Gobierno, incluido el primer ministro, los ministros de Interior y Defensa, así como los de Sanidad, Transporte, Cultura y Justicia”.

Según el Bureau, entre los 449 asistentes había seis multimillonarios (con una fortuna superior a 1.000 millones de libras), 15 empresarios con una fortuna superior a cien millones, 73 financieros y 47 magnates del sector servicios e inmobiliario.

Desde luego los laboristas también cuentan con actos de este tipo.

Donar dinero a los partidos está al alcance del que lo tiene. El que lo aporta muestra así su apoyo ideológico, pero espera algo más a cambio. No tiene por qué ser nada estrictamente ilegal. Lo que sí se recibe es el privilegio de que en algún momento del año ese donante podrá explicar al primer ministro británico o a algunos de sus ministros sus necesidades en cuanto a regulación, impuestos o lo que sea que les interese.

No es algo que estará al alcance del votante medio.

Por ejemplo, en 2010 70 personas donaron al menos 50.000 libras a los tories, lo que les garantizaba acceso directo a David Cameron.

Si dejamos a los partidos sin financiación pública en un arranque de furia, podemos estar seguros de que no faltarán las personas que no tendrán inconveniente en poner la diferencia. Para ellos, será como una inversión.

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El precio de la venganza

Ante otro acto de violencia contra civiles, el Gobierno israelí ha reaccionado de la forma acostumbrada. No hay ninguna novedad con respecto a otros casos similares. “Y mientras continúa la caza de los sospechosos, estamos bombardeando Gaza, deteniendo a centenares de palestinos y manteniéndoles en régimen de detención administrativa (sin derecho a comparecer ante un juez). Hubo un tiempo en que si alguien era detenido, era porque había cometido un delito. Ya no, ahora detenemos a centenares de personas sin pensarlo dos veces, simplemente porque entran en la categoría de ‘sospechosos habituales’”, escribe Marc Goldberg.

En realidad, Goldberg es un tanto ingenuo. No es la primera vez que pasa algo así, y no será la última.

Tres jóvenes israelíes fueron secuestrados hace dos semanas en territorio palestino, Naftali Fraenkel y Gilad Shaar, ambos de 16 años, y Eyal Yifrach, de 19. Sus cuerpos han aparecido el lunes. Fueron asesinados a tiros poco tiempo después de su captura. Tras la primera noticia, se produjo una movilización masiva, que incluyó una concentración a la que asistieron decenas de miles de personas. El Gobierno prometió que haría todo lo posible por encontrarlos, pero en realidad la única esperanza de que estuvieran vivos era que hubieran sido secuestrados para utilizarlos como moneda de cambio en una negociación. Es decir, que hubieran sido atrapados por una milicia que respondiera a las órdenes de Hamás. Eso era extraño, no imposible, dado que los islamistas acaban de firmar un acuerdo de reconciliación con Fatah, que no pasaba por provocar una confrontación militar con Israel de forma inmediata.

Como recuerda Goldberg, la operación militar para encontrar a los rehenes incluyó la detención de 500 personas, la mayoría de los cuales ni siquiera fueron interrogadas, el bombardeo de Gaza y la muerte de seis palestinos. Las declaraciones de los ministros estuvieron en la línea de lo habitual en estos casos, tanto para prometer resultados como para extender el campo de los sospechosos. Esto último quiere decir dar por hecho que los autores eran en realidad todos los palestinos. El ministro de Vivienda, Uri Ariel, dijo que debía producirse “una adecuada respuesta sionista”, lo que quiere decir aumentar el número de asentamientos en territorio palestino. La diputada Ayelet Shaked, de uno de los partidos que forman parte del Gobierno, dijo: “Debemos actuar en consecuencia contra una nación cuyos héroes son asesinos de niños”.

En la madrugada del miércoles, un joven palestino de 16 años, Muhamad Abu Khdeir, de 16 años, se dirigía a la mezquita para el primer rezo del día en Beit Hanina, un barrio de Jerusalén Este. Cuando estaba en el exterior del edificio, fue obligado a entrar en un coche por sus ocupantes. Su cadáver apareció quemado horas más tarde en un bosque cercano a Jerusalén. Durante todo el día se produjeron manifestaciones de israelíes en la capital clamando venganza y gritando “Muerte a los árabes”. Decenas de palestinos resultaron heridos en actos de venganza y en enfrentamientos con la policía.

Tampoco es la primera vez que ocurre.

“Un asesinato es un asesinato”, dijo el tío de uno de los israelíes asesinados tras conocer la muerte del joven palestino. “No importa cuál sea la nacionalidad o edad, no hay justificación, no hay perdón por cualquier asesinato”.

En Haaretz, Chemi Shalev comienza su artículo recordando una razzia contra judíos en Berlín en 1933. Ese es el típico arranque que suele provocar coléricas acusaciones de antisemitismo, que no se detendrían por el hecho de que la familia de los padres de Shalev sufrió la pérdida de muchas personas eliminadas en la Segunda Guerra Mundial. Shalev continúa así:

“No se equivoquen: las bandas de criminales judíos a la caza de árabes no son una aberración. No ha sido un hecho aislado a causa de la ira incontrolable tras el descubrimiento de los cuerpos de los tres estudiantes secuestrados. Su odio no existe en el vacío. Es una presencia constante, que crece cada día, que abarca a cada vez mayores sectores de la sociedad israelí, y que bebe del resentimiento y el victimismo, que es alimentado por políticos y periodistas, algunos de forma cínica, otros de forma sincera, que ya no creen en la democracia y sus debilidades, y que ansían un Israel, y no hay que aligerar algo así, que consiste en un Estado, una nación y, al final, un líder”.

Suele ocurrir cuando un Estado está en manos de políticos que denuncian que hay una conspiración internacional contra ellos y que se niegan a asumir ninguna responsabilidad por sus acciones. Cuando ese Gobierno cree que la historia le ha encomendado una misión que prevalece sobre cualquier obligación legal o responsabilidad internacional.

12.30

Las dos personas a las que la policía israelí ha acusado de matar a los tres jóvenes forman parte del clan familiar de Qawasmeh, en Hebrón. Aunque ha estado relacionado en el pasado con Hamás, tiene un largo historial de ignorar las órdenes de los islamistas cuando les conviene. Como ha ocurrido con otras grandes familias, los Qawasmeh se encuentran inmersos desde hace muchos años en un enfrentamiento personal y directo contra Israel. Siempre que Hamás ha alcanzado algún tipo de acuerdo con el Gobierno israelí a través de la mediación egipcia, esta familia ha lanzado un ataque con numerosas víctimas. Sólo responden ante sí mismos.

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La guerra con la que comenzó el siglo XX

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Europa recuerda estos días la época en que se sumió en una locura criminal. La Primera Guerra Mundial (la Gran Guerra como se le llamaba en su tiempo) se inició a partir de toda una serie de acontecimientos impulsados por un hecho: el asesinato del heredero del imperio austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 28 de junio de 1914, hace cien años.

Si los aniversarios sirven para revisar e intentar comprender los acontecimientos del pasado, se puede decir que también son útiles para ajustar cuentas con el presente. Eso es lo que pretenden los serbios de Bosnia al levantar una estatua a Gavrilo Princip en la zona oriental de Sarajevo. El hombre que asesinó a tiros al archiduque y a su mujer embarazada es un héroe para ellos, como símbolo del nacionalismo serbio que no se inmuta ante las derrotas, porque en realidad su historia consiste en un fracaso tras otro.

El terrorismo y la guerra (en el caso de que se pueda establecer una diferencia clara entre ambos conceptos) aparecen entremezclados en la mayoría de los análisis sobre la IGM que leemos estos días. Resulta ingenuo pensar que si Princip hubiera fallado con su pistola, Europa se habría ahorrado tal carnicería. Sin que nadie pueda decir que el debate sobre el inicio de esa guerra esté cerrado, existe un amplio consenso sobre la idea de lo inevitable de ese conflicto.

Todos esos caminos pasan por Alemania, dirigida por una élite militarista convencida de que el país debía imponer su voluntad en Europa por ser el país más poderoso del continente. El razonamiento tenía su lógica: ¿por qué Gran Bretaña se sentía con el derecho de dominar los mares y preservar su imperio negando el derecho de otras naciones, es decir, Alemania, a buscar su propia expansión colonial? ¿Por qué los británicos dominaban el sistema financiero internacional cuando su implicación en los asuntos europeos era tan reducida?

Siempre es el que se queda fuera del reparto el que está más dispuesto a pegar una patada a la mesa para que todo salte por los aires. Pero saber cuándo dar esa patada es una decisión fundamental. Y los alemanes tenían prisa. El general Moltke dijo en 1912 que necesitaban una guerra cuanto antes porque Rusia se haría más y más fuerte cada año. No es cierto que antes de la Revolución de Octubre el imperio ruso fuera un enfermo crónico al que finalmente la guerra y la insurrección bolchevique le dieron el tiro de gracia. Sí era un sistema político disfuncional y arcaico que no estaba a la altura del desarrollo económico del país, y terminó pagando esa carencia. Pero Rusia era entonces lo que es ahora, un gigante demográfico y económico que no se debe subestimar.

El militarismo alemán sólo temía a largo plazo las inmensas reservas humanas de Rusia. Por el contrario, despreciaba a Francia en términos machistas y xenófobos. El káiser pensaba que los franceses eran “una raza afeminada”, que nunca sería un adversario a la altura del soldado alemán. Contaba con grandes estrategas militares que habían asimilado mejor que franceses y británicos los últimos cambios tecnológicos en el ‘arte’ de la guerra. Sólo un detalle, no el más importante: los alemanes se presentaron en la guerra con un uniforme gris, difícil de detectar en el tiempo oscuro y lluvioso del norte de Europa. Los franceses mantuvieron el pantalón rojo reglamentario, y la casaca azul, de sus tropas.

En un debate parlamentario dos años antes de la guerra, un diputado reformista reclamó el fin de los pantalones rojos. El ministro de la Guerra afirmó que eso nunca ocurriría: “¡Le pantalon rouge c’est la France!”. Los jinetes llevaban cascos de latón que brillaban al sol, lo que hacía que se les viera a mucha distancia. Los franceses no estaban por la labor de entrar de forma discreta en el campo de batalla.

En el apartado de la incompetencia militar, los británicos dieron algunas lecciones a los franceses en el uso de la tecnología de guerra. En un informe enviado al Ministerio de Municiones por el Estado Mayor del general John French dos meses después de la batalla de Loos (el 26 de septiembre de 1915), se puede encontrar este análisis del uso de las ametralladoras: “La introducción de la ametralladora no ha alterado, en opinión del Estado Mayor, el principio aceptado universalmente de que un número superior de bayonetas acercándose al enemigo es lo que al final inclina la balanza”.

En esa ofensiva, iniciada casi sin apoyo de artillería o sin ninguno en algunas zonas, las tropas británicas fueron diezmadas por las ametralladoras alemanas hasta extremos difícil de imaginar. Sí fue la primera ofensiva en la que los británicos utilizaron armas químicas.

 

10.000 soldados avanzaron por la tierra de nadie ante la mirada sorprendida de los alemanes. Un informe militar alemán da sólo una idea aproximada de lo que debió de ser esa carga suicida realizada con la misma frialdad con la que se realizan unas simples maniobras militares: “Las ametralladoras nunca habían tenido que desempeñar una misión tan sencilla, (…) con los cañones recalentándose (…) barrieron de un lado a otro las filas del enemigo. Una sola ametralladora disparó 12.500 proyectiles esa tarde. El resultado fue devastador. Se podía ver cómo el enemigo caía literalmente por centenares, pero seguía avanzando”.

Al llegar a la formidable defensa formada por varias hileras de alambre de espino, los supervivientes tuvieron que retirarse. Podrían haber sido masacrados igualmente en su retirada, pero varios testimonios indican que los alemanes se apiadaron. “Mis artilleros estaban tan llenos de conmiseración, remordimientos y náuseas que se negaron a disparar un solo tiro más”, escribió un oficial alemán.

De esos 10.000 hombres, los británicos sufrieron 8.000 bajas, entre muertos y heridos, en esa jornada del 26 de septiembre.

Los alemanes nunca pensaron que fuera necesaria una guerra de cuatro años. No querían destruir media Europa. Tenían una fe ciega en el Plan Schlieffen. Creían que podían derrotar a Francia en 40 días. Por muy rojos que fueran los pantalones de los franceses, no era una empresa fácil, quizá ni siquiera realista. La inesperada resistencia de los belgas contribuyó a ralentizar su avance, que ya de por sí suponía un desafío logístico descomunal.

Antes de eso, era necesario encontrar un motivo para entrar en guerra. Cuando surgió, Berlín tuvo la oportunidad de impedir un conflicto continental, pero decidió no hacerlo. Las opciones habían quedado claras sobre la mesa cuando concedió a Viena la garantía de que la defendería en caso necesario. Una ofensiva masiva austriaca en Serbia inevitablemente forzaría la entrada de Rusia en la guerra, y a partir de ahí la implicación de Alemania, y después en cadena la de otros países europeos.

Atarse a las decisiones que pudiera tomar un aliado tan inestable como Austria no parecía una actitud muy razonable, a menos que se buscara precisamente ese objetivo.

Eso es lo que convirtió en un hecho fundamental el asesinato de Sarajevo. Serbia era lo que hoy llamaríamos un Estado fallido, con un Gobierno incapaz de controlar al Ejército y a las milicias o grupos terroristas apoyados por los militares. El nacionalismo serbio, siempre predispuesto a sobrevalorar su poder, se sentía condenado a enfrentarse a Viena, a la que veía, no sin motivo, como un imperio a punto de desmoronarse. Princip formaba parte de uno de esos grupos armados, apoyados desde Belgrado, que escasamente formaban una fuerza de choque que pudiera preocupar a los austriacos… a menos que el archiduque tomara la poco inteligente decisión de pasearse por Sarajevo en coche descubierto. En ese caso, incluso un grupo de terroristas tan poco competentes como el de Princip podía conseguir su objetivo.

El carácter autoritario de los imperios facilitó la pendiente hacia la guerra. Unos pocos dirigentes tenían el destino del continente en sus manos. El más importante, el káiser Guillermo, no daba muestras de disfrutar de mucha estabilidad emocional, y era muy dado a emitir órdenes contradictorias y a creer ciegamente las promesas de sus generales.

El emperador austriaco formaba parte de una élite anacrónica y reaccionaria, incapaz de entender que el imperio que gobernaba se sostenía sobre bases muy endebles. En los primeros meses de guerra, la actuación de su Ejército ante Serbia fue un desastre, por lo que tampoco se le podía considerar una potencia militar. Y sin embargo, fue en Viena donde se juntaron las masas para celebrar el comienzo de la contienda, y sus líderes estaban convencidos de que todo iba a ser un paseo para ellos. A veces, la estupidez y la ceguera son las únicas explicaciones posibles para entender las decisiones de los gobernantes en momentos críticos.

Congelados en el frente, ambos bandos apostaron por una guerra de desgaste de proporciones dementes. Aun así, la mayoría de las víctimas se produjo en el comienzo y en el final de la guerra. La tecnología de la defensa estaba más desarrollada que la del ataque. La ametralladora segaba vidas con una facilidad incomprensible para los mandos militares de la época, mientras que la aviación todavía no se había convertido en un arma formidable contra las grandes concentraciones defensivas.

La carnicería se produjo ante la mirada impasible de las cúpulas militares. Quizá no tenían más opciones a su alcance pero su frialdad contribuyó a que su reputación quedara cercenada tras la guerra. El segundo día de la batalla del Somme, informaron al general británico Haig de que sus fuerzas habían sufrido 40.000 bajas entre muertos y heridos (la cifra real era incluso mayor). La respuesta que dejó escrita en su diario: “No se puede considerar grave si se tiene en cuenta el número de combatientes y la longitud del frente atacado”.

En un momento de lucidez, o quizá de impotencia, el primer ministro Lloyd George dijo en un discurso tras la batalla de Passchendaele, definida por Haig como una gran victoria (al menos 250.000 británicos muertos y heridos, un número aún mayor entre los alemanes): “Hemos logrado grandes victorias. Cuando miro las terribles listas de bajas, a veces deseo que no hubiera sido necesario ganar tantas”.

A la voz solitaria de Bertrand Russell y un puñado de organizaciones pacifistas, minoritarias y acosadas por la Policía, se unió con una carta en el Daily Telegraph en noviembre de 1917 una figura del establishment, Lord Landsdowne, ex virrey de la India y ex ministro de Guerra: “No vamos a perder esta guerra, pero su prolongación significará la ruina para el mundo civilizado y supondrá un infinito aumento a la carga de sufrimiento humano que ya pesa sobre él”.

Su llamamiento fue pronto olvidado. El imperialista y racista Ruyard Kipling, que odiaba a los alemanes como si fueran para él una raza inferior, le llamó “viejo imbécil”, además de un cobarde que probablemente se había dejado influir por alguna mujer.

El objetivo de llevar al enemigo al límite de su resistencia, que parecía una quimera, terminó haciéndose realidad en el caso de Alemania. El bloqueo naval, además de las consecuencias de ir a la guerra contra sus antiguos socios comerciales, sumió a los alemanes en la indigencia y el hambre. Su última ofensiva fue un gesto desesperado (cuando EEUU ya había entrado en guerra), una apuesta a todo o nada que acabó en lo segundo. La élite alemana llegó a la conclusión de que había algo peor que la victoria aliada: la revolución en sus territorios.

Pocos se sintieron victoriosos tras el fin de la guerra. Como dice Margaret MacMillan, fue la guerra que lo cambió todo, pero no “para acabar con todas las guerras”, como dijo Woodrow Wilson, sino para sentar las bases de un siglo de guerras.

Alemania fue derrotada, pero no ocupada, lo que permitió a los militares y a los sectores reaccionarios extender la teoría de la conspiración por la que los políticos habían hecho imposible la victoria con su “puñalada por la espalda” al Ejército.

No hubo paz después, sino una simple suspensión de hostilidades durante 20 años. El hundimiento de los imperios ruso, turco y austriaco abrió un número increíble de nuevos conflictos. Casi todo lo que ocurrió después durante décadas en Oriente Medio tuvo su origen en el fin del dominio otomano, las fronteras trazadas en Versalles y el sello que dejó el colonialismo francés y británico. La partición del imperio austrohúngaro dio lugar a la creación de Yugoslavia con los resultados por todos conocidos. El mantenimiento de las fronteras del imperio ruso pero ya como la URSS fue después el gran dique contra el que se estrelló Hitler y después la némesis del imperio americano.

Aún hoy seguimos pagando en varios puntos del mundo las consecuencias de esa guerra.

Foto: Soldados alemanes se acercan a las trincheras francesas para rendirse.

–Especial del NYT dedicado a la Primera Guerra Mundial.
El legado de la IGM. WSJ.
–Photographers on the Front Lines of the Great War.
–Why was first painting to truly depict the Great War immediately censored? BBC.
–Europe’s Landscape Is Still Scarred by World War I. Smithsonian.
Los avances científicos y tecnológicos de la Primera Guerra Mundial, en imágenes.

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La muerte de un periodista

Anatoly Klyan, de 68 años, es el tercer periodista ruso que ha muerto en Ucrania. En las imágenes se ve a Klyan en sus últimos momentos cuando está siendo evacuado. Está en un autobús en un viaje organizado por un grupo prorruso con destino a una base militar. También estaban madres de soldados ucranianos que pretendían convencer a sus hijos para que abandonaran la base.

Cuando el autobús se acercó a la base de noche, comenzaron los disparos procedentes de la base, con lo que tuvo que retroceder. Unos 500 metros más atrás, el vehículo paró y algunos de sus pasajeros bajaron para fumar un cigarrillo. En ese momento, la zona se iluminó por el lanzamiento de una bengala y el grupo volvió a ser tiroteado.

Klyan recibió un tiro en el estómago. Trabajaba como cámara para el primer canal de la televisión pública rusa.

Según sus compañeros, cuando le sacaron del autobús, sus últimas palabras fueron: “La cámara. La cámara”.

“La muerte de un periodista ruso muestra una vez más que las fuerzas de seguridad ucranianas no quieren un descenso del conflicto armado en la zona oriental y que están bloqueando un ya frágil alto el fuego”, ha dicho el Ministerio de Exteriores en un comunicado.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Un western de ocho minutos con un papel protagonista para la voz en off.

–El silencio en el cine de Martin Scorsese.
Eli Wallach, el actor de mil vidas.
–Honest Trailers descuartiza ‘Transformers 2′.
–George R.R. Martin explica la escena final de ‘Juego de tronos’ (spoilers).
–Inevitablemente, la prisión de ‘Orange Is the New Black’ no es muy realista.
The Suárez Of The Lambs, terror en el césped.
–Las auténticas razones de la derrota de Betamax.
–La hierba hace daño en Wimbledon.
–Volar con Air India no es una experiencia muy agradable.
–Una inmensa foto de Londres.

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No apuestes por un hashtag para solucionar una crisis

La curva no deja lugar a dudas. Máxima atención al principio, interés nulo después. Una campaña internacional con fotos de famosos ¡y un hashtag! ¿Qué puede salir mal? Todo en realidad. Cuanto más rápido se extiende una reivindicación, cuantos más minutos ocupa en los informativos de televisión en los primeros días, más rápido se olvida. El interés se propaga porque existe la idea bienintencionada de que existen soluciones fáciles para problemas complejos. No se tarda mucho tiempo en descubrir que eso no ocurre prácticamente nunca.

Los destrozos que se producen año tras año en un país, como es el caso de Nigeria, no se reparan en semanas ni en meses. Si mucha gente cree que ha llegado el momento de actuar, se abre todo un abanico de posibles salidas. Las únicas que funcionarán, o que tendrán alguna posibilidad de funcionar, serán aquellas que incluyan toda una serie de actuaciones políticas, militares y económicas. El remedio inmediato no consistirá en más dinero o más soldados. No habrá soluciones mágicas.

La materia prima que puede alimentar ese interés es la información. La que llegue a los gobiernos que pueden estar implicados y a los ciudadanos interesados en cualquier lugar del mundo. Sin periodistas, esa fuente se seca. Sin medios de comunicación que hagan público el trabajo de esos periodistas, lo mismo. Sin libertad y seguridad para los periodistas locales, que son los que mejor conocen ese país, sólo habrá un agujero negro del que no saldrá nada.

Y el interés por esa crisis pasará para dejar sitio a otra. Ucrania. Siria. Irak. Hay candidatos de sobra.

Esta última semana, otra incursión de Boko Haram acabó con el secuestro de 60 mujeres y niñas, además de otros 30 chicos, en el pueblo de Kummabza, en el noreste de Nigeria. Durante el Mundial, ha habido dos atentados con bomba en el país. En el segundo murieron 21 personas. En el primero, una bomba contra un grupo de gente reunido para ver un partido por televisión mató a 14 personas.

Según el Gobierno, 219 niñas del grupo que despertó la atención internacional continúan secuestradas.

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