Maliki, el tipo duro creado por EEUU

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La crisis iraquí tiene una solución, según EEUU. Maliki debería formar un Gobierno de gran coalición que agrupe a las mayores fuerzas políticas de las tres comunidades: chiíes, suníes y kurdos. El mayor obstáculo es el propio Maliki, que este miércoles ha cortado de raíz cualquier especulación al respecto: ”Es un intento de golpe contra la Constitución y un intento de acabar con la experiencia democrática”, ha dicho el primer ministro.

Maliki se considera ganador de las últimas elecciones legislativas, aunque la coalición que dirige sólo consiguió una tercera parte de los escaños en disputa (92 de 328). De entrada, rechaza la idea de que esté obligado a buscar pactos con los partidos suníes. Dedicó toda la pasada legislatura a silenciar y acosar a sus dirigentes. El vicepresidente del país, el suní Tariq Al Hashemi, huyó a Turquía cuando el Gobierno le acusó de estar al frente de una red de milicias armadas. Luego fue condenado a muerte en ausencia en 2012.

La deriva autoritaria del Gobierno de Maliki es uno de los hechos menos sorprendentes de la política iraquí de los últimos años. El propio Maliki podría mostrarse perplejo hasta cierto punto. Lo eligieron precisamente por eso. Se necesitaba un tipo duro y él estaba disponible. ¿Quién requirió sus servicios? Evidentemente, los sospechosos habituales.

En abril, Dexter Filkins, de The New Yorker, recordaba cómo llegó Maliki al poder. A principios de 2006, EEUU decidió que el carácter dubitativo del primer ministro, Ibrahim Al Yafari, lo convertía en una mala elección cuando ya el país estaba en las primeras etapas de una terrible guerra civil entre suníes y shiíes. Washington no creía que Yafari fuera a ser el tipo duro que se necesitaba en la guerra contra la insurgencia suní ni que tuviera el poder suficiente como para controlar a las milicias chiíes de Moqtada Al Sáder.

En esas fechas, el embajador de EEUU en Bagdad, Zalmay Khalilzad, recibió una llamada por videoconferencia para recibir instrucciones de George Bush y Tony Blair. “¿Puedes deshacerte de Yafari?”, pregunto Bush a su embajador. “Sí, pero será difícil”, respondió Khalilzad.

Se habían celebrado unas elecciones, pero eso era un detalle menor.

Al igual que ahora, la principal coalición chií había ganado en las urnas sin mayoría absoluta, y Yafari pretendía continuar en el cargo. Khalilzad confirmó a Filkins que de entrada impidió que el primer ministro pudiera formar una mayoría parlamentaria. Esa era la parte fácil. Lo complicado vino después.

Descartado Yafari, hubo que buscar un dirigente apropiado en las filas de su partido. Había un nombre interesante, Ali al-Adeeb, pero tenía un inconveniente: su padre era iraní y, fuera o no cierto, para mucha gente era más iraní que iraquí. Filkins describe el gran momento:

“Frustrado, Khalilzad preguntó al analista de la CIA asignado a su oficina, alguien que hablaba muy bien árabe y cuyo trabajo consistía en conocer a los líderes iraquíes: “¿Cómo puede ser que en un país de 30 millones la elección de primer ministro sea entre un incompetente como Yafari y un iraní como Ali Adeeb? ¿Hay alguien más?”.

“Tengo un nombre para usted”, dijo el hombre de la CIA. “Maliki”.

Claro, ¿cuándo se ha equivocado al CIA a la hora de elegir a un líder extranjero eficaz y favorable para los intereses de EEUU?

Washington ya tenía a su “tipo duro”, alguien capaz de estar a la altura de las necesidades del cargo. Lo cierto es que consiguió pronto el apoyo necesario en el Parlamento, algo en lo que había fracasado Yafari. Khalilzad niega que fuera un dedazo, pero no hay que ser un paranoico para suponer que cuando los partidos iraquíes supieron de los deseos de EEUU llegaron a la conclusión de que resistirse no serviría de nada.

Si alguien esperaba que Maliki presidiera una época cuyo gran objetivo fuera la forja de consensos, no tardó mucho tiempo en chocar de bruces contra la realidad. La provocación de la insurgencia suní al destruir el santuario chií de Samarra desencadenó una ola de represalias con miles de muertos. El Ministerio de Interior permitió, cuando no organizó, la formación de escuadrones de la muerte chiíes que persiguieron a los suníes en la provincia de Bagdad. Fue un baño de sangre.

Miles de soldados norteamericanos no pudieron impedir que Bagdad fuera el escenario de una limpieza étnica casi completa que redujo la población suní de la capital del país (aunque algunos medios afirman que parte de ellos regresaron en los años posteriores). Siempre se destaca la responsabilidad de los cascos azules holandeses en la matanza de 7.000 bosnios por las fuerzas serbias de Mladic. Hay que situar lo que no hicieron las tropas de EEUU en Bagdad en una escala mucho mayor.

Toda esa matanza no tuvo consecuencias políticas negativas para Maliki. Le sirvió para reforzar su poder en la comunidad chií. Las tribus suníes de Anbar terminaron asumiendo que ese conflicto acabaría con ellos y se pasaron al enemigo. Financiados por el Ejército norteamericano, formaron las milicias que frenaron a Al Qaeda, el grupo dirigido por Zarqaui, y a los baasistas. Cuando los norteamericanos se retiraron de Irak, se acabó el flujo de dinero y Maliki se negó a mantener en nómina a decenas de miles de suníes armados.

El primer ministro contaba con un socio más fiable al otro lado de la frontera. En Teherán estaba su aliado natural. A pesar de todas las especulaciones sobre lo que EEUU puede hacer por Bagdad y del anuncio de Obama de que enviará 300 militares para asesorar al desprestigiado Ejército iraquí, Maliki ya está recibiendo asesoramiento de calidad. De otro lado.

Hace unos días, se informó de que el general iraní Qasim Suleimani estaba en Bagdad inspeccionando las defensas de la capital y ayudando a reorganizar las fuerzas militares de Irak. Suleimani, jefe de la Fuerza Quds, es uno de los personajes más intrigantes de Oriente Medio. Con responsabilidad sobre fuerzas militares y servicios de inteligencia, es responsable de la mayor parte de las intervenciones iraníes en Irak, Siria y Líbano. Cuenta con toda la confianza del líder supremo del país, el ayatolá Jamenei. Y la prioridad del ayatolá es mantener a EEUU alejado de Irak.

Algunas informaciones indican que Suleimani continúa en Irak. Es probable que Teherán ya haya entregado algún tipo de ayuda militar, pero no a gran escala. Todo dependerá de lo que decida el enviado iraní. Según los norteamericanos, esa ayuda no es menor, pero tampoco la única disponible: hay diez divisiones iraníes cerca de la frontera dispuestas a intervenir si fuera necesario. Es improbable que esa fuerza militar pueda utilizarse para recuperar Mosul y otras zonas suníes controladas ahora por el ISIS. Maliki aún se presenta como el único líder que puede mantener unido a Irak y no puede presentarse simplemente como una marioneta de Irán. Pero al menos es un comodín básico para descartar por completo la posibilidad de que Bagdad caiga en manos de los yihadistas.

Esta relación especial entre Bagdad y Teherán no es extraña ni ha surgido de improviso. Tanto Maliki como la mayoría de los dirigentes chiíes iraquíes pasaron años de exilio en Irán y cuentan con una amplia red de contactos en el país vecino. Su objetivo político nunca fue plasmar las fantasías de los neoconservadores, sino asegurar el dominio de Irak por los chiíes, históricamente postergados por los suníes. En ese horizonte estratégico, contaban y cuentan con el pleno apoyo de Irán. Si Teherán cree que al final Maliki es un obstáculo para ese plan, el primer ministro tendrá los días contados. No faltarán candidatos para sustituirlo que tengan el visto bueno iraní.

Suleimani es uno de los grandes rivales directos de EEUU en Oriente Medio, o al menos así se le define en Washington y Londres. “Suleimani es uno de los agentes más inteligentes y fríos de Oriente Medio”, ha dicho una “fuente diplomática occidental” a The Times. “Su influencia puede encontrarse en Afganistán, Siria, Irak y Líbano. Es difícil encontrar a una sola persona que haya hecho más por extender la influencia militar de su nación y es aún más difícil encontrar a alguien con quien sea más complicado llegar a un acuerdo”.

En cierto modo, los norteamericanos apostaron por Maliki y se han quedado con Suleimani. No ha sido un gran negocio para ellos.

Una demostración gráfica del impacto de la guerra civil entre suníes y chiíes en la composición demográfica de Bagdad. Todo ocurrió ante la complicidad del Gobierno de Maliki y la pasividad de las tropas norteamericanas.

 

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Sisi deja tirados a los periodistas de Al Jazeera

En las redacciones de BBC y Al Jazeera se han reunido hoy para protestar por la condena a tres periodistas de la cadena de Qatar en Egipto. Uno de ellos, Peter Greste, trabajó años atrás en BBC.

Había alguna esperanza en que el presidente Sisi diera a entender que estaría dispuesto a aprobar una medida de gracia cuando la sentencia sea firme (los condenados aún pueden recurrir), aunque sólo fuera por cuestiones de imagen. Muy al contrario. Sisi ha dicho que “no interferirá” en el veredicto y que “todos debemos respetar las decisiones judiciales y no criticarlas aunque otros no las comprendan”.

Es difícil comprender una sentencia en la que las pruebas presentadas por la fiscalía son absurdas (como un reportaje sobre Somalia o imágenes que nada tienen que ver con Egipto). Desde el punto del vista del Gobierno, todo tiene un sentido. Los periodistas, no sólo egipcios, ahora también extranjeros, conocen ahora el precio de hacer una información que disguste a las autoridades que surgieron del golpe militar.

No es algo que pueda sorprender a los reporteros egipcios. Ya han recibido de distintas formas el mensaje desde el Gobierno o sus empresas: el que cuestione la versión oficial pagará las consecuencias. Mohamed Hegazy ha sido condenado a cinco años por informar de los conflictos sectarios, en su caso por tomar imágenes de las casas quemadas de familias coptas. Eso ha llevado no a la detención de los responsables de estos ataques, sino a su propia condena por incitar al odio sectario al revelar que los coptos sufren discriminación en Egipto.

Los medios egipcios, públicos o privados, han informado del veredicto de los periodistas de Al Jazeera sin ningún atisbo de crítica o apoyando el duro castigo. Ni siquiera consideran periodistas a los reporteros sentenciados.

El escritor Alaa Al Aswany ha anunciado que dejará de escribir su columna semanal en el diario Al-Masry Al-Youm porque ya no se permite la más mínima crítica. Al Aswany fue un crítico constante del Gobierno islamista de Morsi y apoyó el golpe que acabó con el poder de los Hermanos Musulmanes. De hecho, negaba escandalizado que se hubiera tratado de un golpe.

Ahora descubre la realidad que había ignorado en numerosas ocasiones.

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Sigue la flecha de la política exterior de EEUU

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A primera vista, parece un gráfico complicado, pero no. Sigue las flechas con las distintas hipótesis y verás que se ha cumplido en muchas ocasiones.

Ejemplo actual Irak. Este es un posible camino (no el único): Dictatorship >> Not friendly to US >> Lots of oil >> Has no nuclear weapons >> Find pretext to invade >> Invade >> Provoke civil war >> Failed state. ¡Bingo!

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Condenados tres periodistas de Al Jazeera en Egipto

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Un tribunal egipcio ha impuesto una durísima condena a los tres periodistas de Al Jazeera que fueron juzgados por colaboración con el terrorismo y poner en peligro la seguridad nacional. Peter Greste, australiano, y Mohamed Fahmy, canadiense de origen egipcio, han sido condenados a siete años de prisión. Baher Mohamed, egipcio, ha recibido una pena aún más dura: diez años. ¿El motivo? Según abogados locales citados por la prensa egipcia, por posesión de una bala.

El veredicto incluye a otros periodistas. Los británicos Sue Turton y Dominic Kane y la holandesa Rena Netjes han sido condenados en ausencia a diez años.

La sentencia ha sido recibida con incredulidad por los observadores internacionales que han asistido al juicio, incluidos los representantes de las embajadas. “A partir de las pruebas que hemos visto (en el juicio), no entendemos este veredicto”, ha dicho el embajador australiano en El Cairo, Larry King. El Foreign Office británico ha convocado al embajador egipcio en Londres.

Algunas de las pruebas presentadas por el fiscal eran totalmente absurdas por su origen y autoría. El tribunal aceptó como prueba vídeos de otras cadenas de televisión, como Sky News Arabia, o un reportaje para BBC sobre Somalia hecho por Greste en 2011.

El régimen no necesitaba buscar pruebas para condenar a los periodistas cuando los tribunales estaban compitiendo entre ellos para ver quién imponía la sentencia más dura contra los enemigos del sistema, supuestos o reales. Centenares de seguidores de los Hermanos Musulmanes, incluido su líder, han sido condenados a muerte.

Inmediatamente después del golpe, quedó claro que las nuevas autoridades militares consideraban una amenaza a Al Jazeera. La cadena había apoyado al Gobierno islamista de Morsi y se había ganado el rechazo de la oposición. A diferencia de años atrás, su cobertura informativa estaba condicionada por los intereses del Gobierno de Qatar.

La victoria del golpe militar cambió la situación. Al Jazeera ya no se arriesgaba sólo al descenso de su audiencia en Egipto. La histeria nacionalista promovida por medios oficiales convirtió a los periodistas extranjeros en enemigos que estaban promoviendo la sedición.

“La única razón por la que estos tres hombres están en prisión es porque a las autoridades egipcias no les gusta lo que dicen. Son presos de conciencia y deben ser puestos en libertad de forma inmediata y sin condiciones. En el Egipto de hoy cualquier que se atreve a desafiar el relato oficial del Estado se convierte en un objetivo legítimo”, ha dicho Amnistía Internacional en un comunicado que define todo el proceso como “un auténtico fraude”.

El secretario de Estado norteamericano estuvo este fin de semana en El Cairo para confirmar el apoyo de Washington al régimen egipcio. John Kerry anunció que los diez helicópteros Apache pendientes de entrega llegarán “muy pronto” a Egipto. El enfriamiento de las relaciones que se produjo justo después del golpe (en parte por los intereses propagandísticos de los militares) ya es historia.

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Fotos de la Primera Guerra Mundial

IGM

Un oficial francés ante un cementerio con soldados enterrados en Saint-Jean-sur-Tourbe, en Francia en diciembre de 1916. Más fotos: Unseen Black & White Photos of the World War I from the front, ca. 1915-1916.

trinchera

Una trinchera francesa. Más fotos: Old Photographs of The First World War in the Pas-de-Calais.

World War I at Sea (19)

Los marineros huyen en botes de un barco a punto de hundirse por el ataque de un submarino alemán, 1917. Más fotos: Amazing Photos of World War I at Sea.

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La lista de Felipe VI

letizia toros

Unas 3.000 personas acudieron invitadas por la Casa Real a la recepción en el Palacio Real con motivo de la proclamación de Felipe VI. Se supone que estaban allí en representación de la sociedad civil de España, aunque hay que imaginar que la mayoría de ellos forma parte en realidad de los tres poderes del Estado; el ejecutivo, el legislativo y el judicial, con una nutrida representación de los medios de comunicación y del mundo de la empresa.

Fue un acto público pagado con fondos públicos, procedentes de la Casa Real, y al que asistieron en su mayoría personajes públicos, si por tales entendemos aquellas personas conocidas por su posición pública. Invitados por ser ministros, diputados, jueces, directivos de empresas, etc.

La Casa Real se niega a facilitar esa lista de invitados a los medios de comunicación. Tan solo 24 horas después de su coronación, Felipe VI cosechó el viernes su primer suspenso en transparencia, algo muy llamativo dado que esa palabra aparecía precisamente en el discurso que dio ante las Cortes. Y con ella se alimentaron algunos de los titulares: “Una Corona íntegra, honesta y transparente”, tituló entre comillas en portada El País. En El Correo leíamos: ”La Corona debe ser transparente y honesta; sólo así tendrá autoridad”.

De hecho, en todos esos análisis que hemos leído estos días en los principales periódicos, se cita constantemente esa necesidad de transparencia como uno de los retos del nuevo monarca. Algo más que eso. Los cortesanos, perdón, periodistas dan por hecho que desde luego el nuevo rey adaptará la Casa Real a los modos y costumbres del siglo XXI. Están tan convencidos de ello que saben que tendrá éxito en esa misión incluso antes de hacer nada al respecto. Ocurre mucho con los escribas de la monarquía. Ven el futuro con la misma claridad que un hechicero y muestran su entusiasmo con la misma intensidad que una cheerleader de la NBA.

Algunos periodistas tuvieron la oportunidad de echar un vistazo a la lista ese día y tomar notas para apuntar los nombres de algunos invitados. Les prohibieron hacer copias, como si fuera un documento secreto.

Alguien no quiere que se haga el ejercicio de comparar la lista de seleccionados con la sociedad a la que supuestamente representan. Así cuando el rey diga en un discurso ante un colectivo que representa lo mejor de la sociedad o que su labor es fundamental, nadie podrá pensar: vaya, pues sólo había cuatro de ese colectivo en la recepción. Supongo que también se ahorran críticas por el previsible alto número de políticos, que ya sabemos que últimamente no son muy populares.

Lo que no es esa lista es un documento privado ni su difusión afecta a la intimidad o vida privada de nadie. Los invitados sabían que se trataba de un acto público en el que todos iban a ser fotografiados. La recepción se financió con el presupuesto de la Casa Real, que procede de los Presupuestos Generales del Estado que aprueban el Congreso y el Senado y cuya partida de ingresos ya sabemos dónde se origina.

Por una razón u otra, la Casa Real vuelve a dejar patente que no se ha enterado del cambio de siglo o de la dificultad de justificar la supervivencia de la monarquía en una sociedad muy distinta a la que contemplaba su padre cuando llegó al trono. Quizá algún día se den cuenta de que van a necesitar apoyos mas sólidos que los de Rajoy y Rubalcaba.

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La guerra de Irak comenzó en 2003 y aún no ha terminado

mision“Si lo rompes, lo pagas”, dijo Colin Powell a George Bush. Eso no impidió que Powell se presentará en el Consejo de Seguridad de la ONU para presentar pruebas falsas o manipuladas sobre el arsenal iraquí para justificar la invasión, pero al menos dejó claro en la Casa Blanca lo que podía ocurrir tras el derrocamiento de Sadam Hussein, un acto cuyas consecuencias estamos viendo en las últimas semanas en Irak.

La portada de este periódico alemán es un ejemplo tan perfecto como irónico. Son ahora los yihadistas suníes los que de momento (y no sabemos por cuánto tiempo) pueden colgar la pancarta de “Misión cumplida”.

La propaganda con la que se justificó la invasión de Irak contenía algo más que un programa inexistente de armas nucleares. Una recopilación de frases de dirigentes norteamericanos, con el añadido de Tony Blair, nos devuelve a esos años. “El régimen (de Sadam) tiene relaciones antiguas y actuales con grupos terroristas, y hay terroristas de Al Qaeda dentro de Irak”, dijo George Bush en septiembre de 2002. “Este régimen ha tenido contactos de alto nivel con Al Qaeda que se remontan a una década atrás y ha facilitado entrenamiento a terroristas de Al Qaeda”, dijo Dick Cheney en diciembre de 2002.

Cheney –y no sólo él– mantuvo durante mucho tiempo la alegación de que habían existido contactos de Mohamed Atta (uno de los ejecutores del atentado del 11S) en Praga con responsables de los servicios de inteligencia iraquíes en abril de 2001. Formaba parte de una operación de propaganda que fue luego desacreditada por el informe oficial de la comisión de investigación del 11S. Tampoco la CIA encontró pruebas que respaldaran esa sospecha.

Toda esa ficción permitía agrandar el peligro que suponía Sadam, a pesar de que Washington había tenido la oportunidad de acabar con su régimen en 1991 y había decidido pasar la oportunidad para no tener que asumir la responsabilidad de gobernar el país. Les bastaba con mantener estrangulada a la economía iraquí con un sistema de sanciones que por otro lado nunca hubiera provocado el fin de la dictadura de Sadam.

Pero de repente, Irak se convirtió en una amenaza inminente.

En su última década en el poder, Sadam dio un baño religioso a su Gobierno. Se fotografió en los rezos de la mezquita, ordenó la construcción de una de dimensiones gigantescas y se dejó sacar sangre para que se escribiera un Corán entero con ella (es de suponer que también hubo otras aportaciones).

Todo ello pretendía reforzar la legitimidad del sistema, pero tampoco engañó a nadie. El suyo siempre había sido un régimen laico y para cualquier grupo fundamentalista ese Gobierno era una negación de la voluntad de Dios.

Su derrocamiento acabó con el dique de contención que suponía para la extensión de las ideas yihadistas en Irak, favorecidas desde entonces por el factor nacionalista de lucha contra un ocupante extranjero y después por el carácter sectario del Gobierno de Maliki, dominado por partidos chiíes.

Pero hubo algo más. Resulta improbable que una ocupación más ‘eficaz’ hubiera cambiado mucho las cosas, pero los errores de esa postguerra contribuyeron de forma decisiva al caos subsiguiente. El más citado es la disolución del Ejército iraquí: alimentó las filas de la resistencia de oficiales con experiencia militar y acabó con una de las instituciones que podían haber servido de campo de pruebas para la coexistencia entre suníes y chiíes.

La arrogancia imperial no se detenía en esos detalles. La idea consistía en crear de la nada un sistema democrático en el que los chiíes actuarían como freno del nacionalismo árabe y propalestino de los suníes. El petróleo de Irak, en manos de un Gobierno supuestamente prooccidental, serviría de contrapeso al poder de Arabia Saudí. Era una especie de efecto dominó en favor de la democracia partiendo de un país que nunca había tenido unas elecciones libres. De la sumisión al imperio turco había pasado a una monarquía controlada por el imperio británico y después a una dictadura, que comenzó siendo inspirada por el nacionalismo del Baas y acabó siendo controlada por la facción de Tikrit bajo la voluntad de Sadam Hussein.

Cómo pudieron pensar algo así en Washington cuando la mayoría de los nuevos líderes chiíes había pasado su exilio en Teherán y eran fieles aliados de Irán, y por tanto estaban muy alejados de las ideas políticas occidentales, es un misterio que sólo se explica por la estupidez humana o la ceguera habitual en los imperios: no importa cómo de evidentes sean sus intromisiones en otros países, ellos siempre las contemplan como una mezcla de generosidad e inteligencia.

En este escenario, Tony Blair ocupa un lugar especial. La guerra entre la insurgencia suní y las tropas norteamericanas y, más tarde, la guerra civil de 2006 y 2007, con la limpieza étnica contra los suníes en la misma Bagdad, abrió algo los ojos de políticos y periodistas norteamericanos. Esa carnicería con decenas de miles de víctimas en poco más de un año era difícil de encajar con el pronóstico heroico de tres años antes.

Blair buscó las excusas necesarias. Nunca asumió que la invasión fue un error o una decisión absurda a la vista de los efectos originados. Sí dijo que no llegó a prever que la violencia fuera a alcanzar tal nivel. No podía decir que no le habían avisado. Seis de los principales expertos británicos en Oriente Próximo y seguridad internacional le advirtieron en 2002 de que las consecuencias del ataque podían ser “catastróficas”. Los servicios de inteligencia le avisaron en febrero de 2003 que la amenaza de Al Qaeda aumentaría a causa de la acción militar en Irak.

Tras la última ofensiva del ISIS, la gente se ha preguntado en el Reino Unido si Blair tendría que decir algo al respecto. Y lo ha hecho en un artículo publicado en su web y en dos entrevistas televisivas (aquí la de Sky News). El exprimer ministro británico sostiene que hace tres o cuatro años Al Qaeda estaba derrotada en Irak, y que han sido los errores de Maliki y la guerra de Siria los que le han dado una nueva oportunidad. Si no hubiéramos acabado con Sadam, dice, las rebeliones que han sacudido a la zona desde el inicio de la Primavera Árabe, habrían provocado una represión salvaje y una situación de caos similar a la actual: “Con independencia de lo que hicimos en 2003, habríamos tenido una situación difícil en Irak, porque toda la región está en una situación difícil”.

No es que ese pronóstico de Blair sea completamente infundado, pero los juegos de ‘what if’ (qué habría pasado si…) salen siempre gratis. Es una especulación que sólo se puede rebatir con otra especulación. Lo que es indudable en él es que cree que la guerra debe ser el estado natural de la política occidental en Oriente Medio. Guerra (o un ultimátum que termina conduciendo a la guerra) en Irak en 2003. Guerra en Irán (como defendió ante el pasmo de los medios de comunicación cuando prestó declaración ante la comisión Chilcott sobre la invasión de Irak). Guerra en Siria (porque cree que EEUU y Europa deberían haber intervenido en Siria para derrocar a Asad y supuestamente impedir así que el poder recayera en los grupos fundamentalistas).

En favor de su idea de democracia, Blair mantiene excelentes relaciones comerciales de las que obtiene grandes beneficios económicos con las monarquías feudales del Golfo Pérsico o con dictaduras como Kazajstán). Su apoyo a la dictadura egipcia salida de un golpe de Estado es completo. Esos son los aliados que Blair quiere adoptar en la lucha en favor de la “modernidad” contra los grupos yihadistas de Oriente Medio.

Cuando tu apuesta por la guerra es total, ¿cómo puedes extrañarte de que te acusen de haber propiciado una guerra de consecuencias imprevisibles?

No, un momento, de consecuencias perfectamente previsibles, como alertaron a Blair esos ingenuos que habían dedicado toda su vida profesional a estudiar la zona del mundo que el entonces primer ministro del Reino Unido desconocía por completo.

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Todo esto se puede contar también con una sola viñeta.

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¿Qué ocurre mientras tanto en EEUU? Los mismos idiotas que dijeron que las tropas norteamericanas serían recibidas como libertadores, que comentaron que no existían precedentes históricos de guerra o discordia entre suníes y chiíes, que sostenían que Irak podría financiar su reconstrucción con sus propios fondos, que afirmaban que esa invasión era el equivalente a plantar “semillas de libertad” en el país… todos esos embusteros profesionales aparecen estos días como expertos en Irak en las televisiones norteamericanas. Todos, incluido Douglas Feith, número tres entonces del Pentágono, al que el general Tommy Franks (que no era precisamente Patton) llamó “el tipo más jodidamente estúpido sobre la faz de la Tierra”.

Es mejor tomárselo como si todo fuera una maldita broma, como hace Jon Stewart. Porque entre esos expertos está Judith Fucking Miller.

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Los políticos se relajan con el fútbol

El presidente de Irán aparece en su cuenta de Twitter de una forma poco habitual para animar a su selección de fútbol en su debut de ayer en el Mundial. Vestido con ropa deportiva de la selección, Rohani sale sin el turbante blanco tradicional. En la mesa, un té y unos pistachos, aunque se echa a faltar el ambiente bullicioso de alguien que ve el fútbol con los amigos.

Condoleezza Rice también se fotografía con ropa deportiva para la ocasión. Pero como lo hace de espaldas, más parece que se celebra a sí misma que a la selección. El 66 viene de que ella fue la 66ª secretaria de Estado de EEUU.

En línea con Rohani y en el apartado ‘cosas que sólo hago en los Mundiales’, Merkel supera a todos con su visita al vestuario de la selección alemana. Para estar a tono con la ocasión, los jugadores salen bastante vestidos. Joe Biden también bajó al vestuario.

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Los yihadistas quieren una guerra civil en Irak

Las terribles imágenes provienen de una cuenta en Twitter partidaria del ISIS en las redes sociales. Decenas de soldados iraquíes fueron asesinados a sangre fría, pero el número real de represaliados puede contarse por centenares. Los transportaron en camiones como si fueran ganado y los obligaron a tenderse en el suelo en fila. Una hilera de yihadistas armados con fusiles los iba eliminando de forma fría y metódica.

Los soldados son descritos como chiíes, es decir, no fueron eliminados por ser soldados, sino por ser chiíes.

La intención del grupo yihadista no es tanto derrocar al Gobierno de Bagdad, lo que está probablemente fuera de sus posibilidades, sino provocar una nueva guerra civil entre suníes y chiíes, como la de 2006 y 2007, para poder contar con el apoyo de los primeros y estar en condiciones de controlar la mayoría de las zonas donde viven. Una represalia masiva con bombardeos, como ha ocurrido en los últimos meses en algunas zonas de Faluya, les sería muy útil para sus propósitos.

Por eso, en Mosul los yihadistas han vaciado las cárceles (una medida popular porque muchos de sus habitantes creen que los suníes son encarcelados injustamente), han reanudado el suministro de agua y electricidad y han reducido el precio del combustible. Esta vez confían en que las tribus suníes no abandonen la causa yihadista como ocurrió hace siete años. La táctica será la misma que entonces: el asesinato indiscriminado de los chiíes por ‘herejes’. Es una guerra de religión dentro del Islam.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

‘Band of Brothers’, el día D.

–Era cuestión de tiempo que Hollywood se cachondeara de Kim Jong Un.
–Lo que cambió ‘Parque Jurásico’.
–Películas guardadas en un armario durante años hasta su estreno.
Un abejorro recibe la ayuda de un colega.
Rayos.
–’Dead Island 2′, o sea, zombis.
No uses el móvil al volante.
–Jugando al fútbol en la Estación Espacial.
–Tony Trombino y Tony Brancato tuvieron un mal final en Los Angeles.
La sesión de fotos de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.
–Afortunadamente, la mafia ya no es lo que era.
–’Chavs’ en España: cómo la televisión ridiculiza a la clase obrera.

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