El virus del racismo y la xenofobia se instala en la Casa Blanca

ACLU, la organización de derechos civiles norteamericana, ha calificado las medidas de restricción de la inmigración decretadas por Donald Trump de “inmorales, ilegales y estúpidas”. Para justificar lo primero, da el ejemplo del barco St. Louis que llegó al puerto de Miami en 1939 con 937 pasajeros, la mayoría judíos. Fue rechazado y obligado a volver a Europa. 254 de esos pasajeros perecieron en el Holocausto, muchos en los campos de concentración nazis.

La inmigración a EEUU estaba sujeta entonces a cuotas nacionales y la de Alemania y Austria ya estaba cubierta cuando llegó el barco, que antes había intentado dejar su pasaje en Cuba. El Gobierno podría haber hecho una excepción unos meses antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, pero no lo hizo por el clima existente en la opinión pública contrario a la inmigración y por las alegaciones, no basadas en ningún hecho pero alentadas por algunos medios de comunicación de que podían colarse espías alemanes infiltrados entre los solicitantes de asilo. Entonces y ahora, la gente era capaz de creer cualquier cosa para justificar ese rechazo.

La xenofobia y el miedo son los mismos ingredientes que está utilizando ahora Trump. Los ciudadanos de Siria, Irak, Irán, Sudán, Libia, Somalia y Yemen tienen prohibida la entrada en EEUU. Estos países tienen dos características que los unen. Su religión mayoritaria es la musulmana y su territorio ha sido atacado en varias ocasiones por fuerzas militares norteamericanas en las dos últimas décadas o antes, con la excepción de Irán.

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Lo que Lincoln diría a Trump

En una carta enviada el 24 de agosto de 1855, Abraham Lincoln explicó a un amigo por qué estaba en contra del movimiento contra la inmigración que formó el Partido Nativo Americano y a cuyos seguidores se les llamaba no-sé-nada (know nothing) porque es lo que decían cuando se les preguntaba si formaban parte de ese partido. Esa primera muestra de ultranacionalismo blanco y xenófoba, además de racista, odiaba especialmente a los inmigrantes irlandeses de religión católica.

“No soy un no-sé-nada. Eso, seguro. ¿Cómo podría serlo? ¿Cómo puede alguien que aborrece la opresión de los negros estar a favor de la degradación de la gente blanca? Nuestro progreso hacia la degeneración parece ser bastante rápido. Como nación, empezamos declarando que ‘todos los hombres son creados iguales’. Ahora casi se dice que ‘todos los hombres son creados iguales, excepto los negros’. Cuando los ‘yo-no-sé-nada’ consigan el control, se dirá que ‘todos los hombres son creados iguales, excepto los negros, los extranjeros y los católicos’. Cuando se llegue a esto, preferiría emigrar a algún país en el que no finjan amar la libertad, por ejemplo, a Rusia, donde el despotismo puede ser puro sin degradarlo con la hipocresía”.

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Los medios son el enemigo, dice el consigliere de Trump

Stephen Bannon ha cogido el teléfono a un reportero del New York Times. Eso ya es una novedad, porque el NYT es el enemigo para el cofundador de Breitbart News y ahora principal consejero de Donald Trump en la Casa Blanca. En realidad, no sólo el NYT, sino todos los medios de comunicación norteamericanos, con la posible excepción de Fox News.

Bannon, principal inspirador y coautor del discurso ultranacionalista de Trump en su toma de posesión, ha resumido en unas pocas frases cuál va a ser la actitud de la Casa Blanca hacia los medios y el periodismo en general:

“Los medios de comunicación deberían estar avergonzados y humillados, mantener la boca cerrada y limitarse a escuchar por un tiempo”. “Quiero que me cite con esto. Los medios son aquí el partido de la oposición. No comprenden a este país. Aún no comprenden por qué Donald Trump es el presidente de EEUU”.

Vamos a dejar a un lado las dos últimas frases, porque quizá Bannon no esté del todo equivocado, aunque lo mismo se podría decir de él. Es un ultraconservador de ideas reaccionarias que cree que la mitad del país está compuesto por traidores o gente engañada por los medios. Lo que importa no es tanto su análisis político, sino el hecho de que Trump habla por su boca.

El motivo de la conversación era preguntarle por la conducta del portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, en su primera comparecencia ante los medios, cuando no aceptó preguntas y se lanzó a un ataque total contra los medios por informar –con fotos– que habían asistido menos personas a la toma de posesión de Trump ante el Capitolio que las que hubo en la primera de Obama en 2009.

Preguntado sobre si le preocupaba que Spicer hubiera perdido su credibilidad para los medios informativos, Bannon se rió. “¿Es una broma?”, dijo. “Creemos que eso fue (para Spicer) como una condecoración (“badge of honor”). Cuestionar su integridad, ¿es una broma? Los medios no tienen ninguna integridad, ninguna inteligencia, y no trabajan duro”.

Fue ahí, según el artículo, cuando Bannon dejó claro lo que piensa: “Ustedes son el partido de la oposición. No el Partido Demócrata. Ustedes son el partido de la oposición. Los medios son el partido de la oposición”.

Es un detalle adicional que no conviene olvidar. Bannon no cree que el Partido Demócrata sea el principal adversario de su jefe, al menos en los primeros meses de la presidencia, lo que indica que Trump está bastante confiado, con razón o sin ella, en su capacidad para controlar a los demócratas. Desde luego, si la principal voz de oposición en el Senado es Chuck Schumer, senador por Nueva York y líder de la minoría demócrata en esa Cámara, es muy posible que su optimismo esté bien fundado.

Trump ya dijo en su discurso en la sede de la CIA que está embarcado en una guerra contra los medios. Como siempre ocurre con el presidente de EEUU, hubo unos cuantos que lo justificaron por la retórica victimista propia de Trump, con una piel tan fina como la de un niño de ocho años y un ego de proporciones gigantescas.

Las palabras de Bannon indican, por si era necesario confirmarlo, que se trata de una estrategia diseñada y meditada, no sólo un pequeño defecto personal típico en los que llegan a lo más alto. Trump y sus asesores están convencidos de que los medios deberían estar callados, que no tienen ningún derecho a cuestionar las decisiones del caudillo, porque ignoran lo que necesita el país, defienden intereses extranjeros y además son unos perdedores.

Hay muchos regímenes autoritarios y dictatoriales en los que los caudillos piensan igual. En muchos de esos casos, los que mandan prefieren no dejarlo tan claro, porque fingir también tiene sus ventajas políticas. No en el caso de la Administración de Trump. Para alguien como Bannon, sería desperdiciar la oportunidad que llevan esperando toda la vida.

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Trump pone fin al libre comercio como política oficial de EEUU

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Donald Trump ha tardado menos de dos días en tomar su decisión más previsible y al mismo tiempo más reveladora de lo que será su política económica. Anunciar que EEUU abandona el TPP, el acuerdo de libre comercio del Pacífico firmado por los gobiernos de doce países, entre ellos, Canadá, Mexico, Japón, Vietnam, Malaysia y Australia, además de EEUU durante la Administración de Obama.

El pacto no había sido ratificado por el Congreso de EEUU, con lo que no había entrado en vigor. Corresponde al poder ejecutivo enviarlo al legislativo para su votación, con lo que la decisión de la Casa Blanca supone su final en lo que respecta a EEUU. Los demás países podrían continuar con él si quisieran, aunque el acceso al mercado norteamericano era para ellos una de sus principales ventajas.

La realidad es que ya antes de las elecciones el futuro del TPP era dudoso, e inexistente en caso de victoria de Trump. La exitosa campaña de Trump en las primarias republicanas y las críticas de Bernie Sanders a los tratados de libre comercio en las primarias demócratas habían girado por completo el debate sobre estos acuerdos en la política norteamericano. El apoyo al libre comercio ya no era la opción por defecto de la mayoría de los congresistas. Habían comenzado a ser conscientes del coste político de su aprobación.

Antes de eso, Obama había pactado con los líderes republicanos del Congreso en 2015 que se concediera al Gobierno lo que se llama el “fast-track”, es decir, los congresistas tendrían la opción de votarlo, pero en su conjunto, sin posibilidad de introducir cambios. La Cámara de Representantes aprobó el “fast-track” por 218 votos a 208 (con 28 demócratas votando en contra). El Senado, por 60 votos a 38 en junio de 2015. Los líderes del grupo demócrata en el Senado se mostraron en contra de la medida, así como la mayoría de los sindicatos.

Fue la última victoria de Obama en relación al TPP. Luego comenzaron las primarias y todo cambió. Los congresistas republicanos, principales aliados de Obama en la aprobación del TPP, se vieron arrollados por Trump, y los demócratas perdieron todo interés en su aprobación.

Hillary Clinton había apoyado el TPP durante su negociación cuando era secretaria de Estado, y también en los discursos que dio en EEUU y el extranjero tras abandonar el cargo. Ya en la campaña descubrió que eso pondría en peligro su candidatura y pasó a expresar sus dudas. Finalmente, pidió que fuera renegociado. Eso era ya imposible, a menos que se pusiera en marcha otra vez todo el proceso, que había consumido los ocho años anteriores. Era una forma de salvar la cara que no le sirvió de mucho.

El cambio de Clinton no resultó muy creíble y tuvo consecuencias probablemente en los tres estados que resultaron decisivos (Pennsylvania, Michigan y Wisconsin) y que dieron la ventaja definitiva a Trump.

En agosto de 2016, Rachel Rothschild, profesora de la universidad de Nueva York, escribió por qué el TPP podía ser decisivo en la caída de Clinton. Su principal crítica: el tratado daba una escasa protección al medio ambiente, la seguridad alimentaria y los derechos humanos (en especial, los derechos laborales). No había en el texto ninguna referencia al cambio climático y los derechos humanos, apuntaba Rothschild, y sí desde luego a los derechos de las corporaciones a denunciar a los gobiernos por sus leyes medioambientales a través de polémicos sistemas de arbitraje.

Si en algo fue coherente Trump en su campaña fue en su rechazo a los acuerdos de libre comercio, en especial en NAFTA firmado con México y Canadá en la Administración de Bill Clinton, al que acusó de ser responsable de la pérdida de innumerables puestos de trabajo en la industria de EEUU. Eso le valió el rechazo inicial de los líderes republicanos, pero ya sabemos lo poco que importó eso. Al final, tuvieron que resignarse a aceptar las ideas de Trump.

Este lunes, Trump ha anunciado el fin del TPP y también el de los acuerdos comerciales multilaterales. A partir de ahora, sólo se negociarán pactos bilaterales con países concretos. El NAFTA correrá un destino similar, aunque esperará antes a reunirse con el presidente de México y el primer ministro de Canadá. Aún desconocemos cuáles son sus alternativas y las de los otros dos países.

Trump se reunió con varios líderes sindicales en la Casa Blanca para el anuncio de su decisión, los mismos dirigentes que en su mayoría hicieron campaña en favor de Clinton. Ahora estaban encantados con la actuación de Trump. “La decisión traza una línea roja que espero que sea el comienzo del programa en favor de los trabajadores, en favor del crecimiento del empleo prometido por el presidente Trump con el fin de dar prioridad al impulso de la industria”, dijo Leo Gerard, presidente del principal sindicato de la industria del acero.

En el WSJ, Eswar Prasad, exresponsable del departamento chino en el FMI resume en una frase las conclusiones a las que deben llegar el resto de gobiernos. “Esta decisión abrupta, tan pronto en la Administración de Trump, avisa al mundo de que todas las alianzas tradicionales económicas y políticas de EEUU están abiertas a su revisión, renegociación y posiblemente incluso su cancelación”.

El libre comercio como herramienta económica y, fundamentalmente, política ha sido una de las prioridades de EEUU desde 1945. Ha sido una pieza clave del sistema de alianzas trazado por ese país en varios continentes. Eso ocurrió mucho antes de la globalización, pero obviamente se vio acelerado con ella. Se convirtió en una especie de religión oficial de los economistas y los gobiernos, como apunta en este artículo Dani Rodrik, y fueron perdiendo la credibilidad a la hora de responder con argumentos a la tendencia nacionalista que se ha ido desarrollando en los últimos años:

“Recurrentemente (los economistas) han minimizado los temores en materia distributiva, aunque hoy resulte evidente que el impacto distributivo de, por ejemplo, el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) o el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio fue importante para las comunidades más directamente afectadas en Estados Unidos. Sobreestimaron la magnitud de las ganancias agregadas a partir de los acuerdos comerciales, aunque esas ganancias han sido relativamente pequeñas desde por lo menos los años 90. Han respaldado la propaganda que retrata los acuerdos comerciales de hoy como “acuerdos de libre comercio”, aunque Adam Smith y David Ricardo se revolcarían en sus tumbas si leyeran el Acuerdo Transpacífico”.

El debate sobre el libre comercio, el TPP o el TTIP (otro acuerdo también congelado que ya no verá la luz) quedó congelado en una posición de partida según la cual sólo podían traer beneficios, ignorando que siempre hay ganadores y perdedores en su aplicación. Lo cierto es que los segundos también votan y Trump se ha aprovechado de ello. No será el último.

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Trump es la América furiosa que ajustará cuentas con el mundo

Donald Trump

Fue como volver a leer ‘The Plot Against America’, de Philip Roth. O ‘The Man in the High Castle’, de Philip K. Dick. El primer discurso de Donald Trump como presidente nos arroja a una realidad alternativa cuyo desenlace aún desconocemos.

Cierto, el Eje no ha ganado la Segunda Guerra Mundial, Charles Lindbergh no es presidente de EEUU y el antisemitismo y el fanatismo no se han apoderado del país. Dick imaginaba que las potencias fascistas habían ganado la guerra y sometido a EEUU. Roth sitúa a Lindbergh, heroe norteamericano por sus hazañas como aviador, como vencedor de las elecciones de 194o con un programa aislacionista contrario a la participación en la guerra.

Y sin embargo, los paralelismos no son rebuscados. Dos veces ha dicho Trump “America First”, el grito de guerra con el que los norteamericanos más reaccionarios se movilizaron en 1940 y 1941 para impedir que el Gobierno de Roosevelt declarara la guerra a la Alemania nazi. Es un eslogan de resonancias fascistas.

El portavoz más carismático de ese movimiento fue Charles Lindbergh y su mensaje, procedente de alguien que había admirado los logros de Hitler en Alemania, tenía tonos claramente antisemitas, pero entre las personas que lo apoyaron había también figuras de izquierda y pacifistas, republicanos y demócratas. Llegó a contar con 800.000 miembros y se disolvió días después del ataque a Pearl Harbor.

A pesar de la variedad política y sociológica de sus partidarios, el movimiento quedó impreso con la idea del nativismo y el aislacionismo. EEUU era el país más puro de la Tierra y no debía mezclarse con los conflictos de la vieja y decadente Europa.

La Segunda Guerra Mundial y la guerra fría hicieron que los conservadores se mantuvieran alejados de esas banderas. El orden mundial posterior a 1945 consagró el imperio norteamericano –la “república imperial”, en expresión de Raymond Aron– y los beneficios evidentes de un sistema político y económico instaurado por EEUU y sus aliados estaban a la vista de todos.

Donald Trump ha retrasado el reloj de la historia, ayudado por el contraataque contra la globalización de la forma en que la siente una buena parte de sus votantes. Muchos de ellos son republicanos de toda la vida que votan sin más al candidato que gana las primarias del partido. Otros –los más conservadores o los más convencidos contra toda evidencia de que los demás países estafan a EEUU– querían el Trump que ha pronunciado el discurso: ultranacionalista, nativista (es decir, no creen que las minorías sean auténticos estadounidenses) y aislacionista.

“Durante muchas décadas, hemos enriquecido a la industria extranjera a expensas de la industria americana”, ha dicho en su visión revisionista de la historia. “Hemos subvencionado los ejércitos de otros países mientras hemos permitido que el nuestro se quede tristemente sin medios. Hemos defendido las fronteras de otras naciones mientras nos hemos negado a defender las nuestras. Nos hemos gastado billones de dólares en el extranjero mientras las infraestructuras de América se han deteriorado y caído en la decadencia”.

La economía mundial se convierte así en una gran estafa en la que los buenos norteamericanos de raza blanca son los paganos de los que se aprovechan los negros, las mujeres, los homosexuales, los musulmanes y, sobre todo, los extranjeros. Es hora de que EEUU piense sólo en los suyos. Compra productos estadounidenses y contrata a estadounidenses (“Buy American and hire American”), ha dicho Trump a sus compatriotas, porque supuestamente esa será la misión de su Gobierno.

Como empresario, Trump invirtió en proyectos inmobiliarios en el extranjero, por ejemplo, torres de oficinas, hoteles y casinos. Puso en el mercado todo tipo de productos con su nombre, incluida ropa hecha en China (las gorras con la inscripción “Make America Great Again” que llevan muchos de sus partidarios están hechas en China, Vietnam y Bangladesh).

Ahora, como presidente, chantajea a las empresas de su país que invierten en México y amenaza con aranceles gigantescos a las compañías europeas que pretenden exportar sus productos a EEUU. No hay más plan económico que reducir al mínimo los impuestos a las empresas y a los más ricos, y confiar en que el dinero fluya hacia el país por las buenas o por las malas y abandone los lugares que se aprovechan de la generosidad de EEUU.

La consistencia ideológica no es uno de los puntos fuertes de Trump, pero hay una cosa innegable. Lo que se ha escuchado el viernes en la escalinata del Capitolio es el mensaje en el que el nuevo presidente ha centrado su discurso desde que se lanzó a las primarias republicanas. Son ideas que van contra el argumentario económico del Partido Republicano desde hace décadas, pero eso no le impidió ganar las primarias y las elecciones. En política exterior y en especial en las relaciones con Rusia, se va a encontrar con una dura oposición de algunos senadores republicanos, pero en política económica son los dirigentes del partido los que han cedido, no él.

No hay que dejarse engañar por los tuits delirantes, el maquillaje color naranja, el pelo imposible o la sintaxis confusa. El personaje tiene muchos elementos ridículos, una mina para cómicos y las viñetas de humor. Por debajo de esa fachada, late una idea siniestra.

La de Trump es la “América” furiosa dispuesta a ajustar cuentas con todos sus enemigos, reales o inventados. Sería entre ingenuo y ridículo pensar que los únicos que se verán perjudicados serán los norteamericanos que no le votaron.

Texto íntegro del discurso de Trump.

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Todo lo que debemos a Chelsea Manning

Chelsea Manning ha salvado la vida. El soldado norteamericano que entregó a WikiLeaks centenares de miles de documentos sobre la guerra norteamericana en Irak y Afganistán ha visto conmutada su pena por Barack Obama para que salga de prisión el 17 de mayo cuando cumpla siete años entre rejas. Por sus circunstancias personales –intentó suicidarse en dos ocasiones– y las condiciones de su encarcelamiento, no es exagerado decir que no habría sobrevivido mucho tiempo a su condena a 35 años.

¿Qué debemos a Manning? Entregó a WikiLeaks vídeos de operaciones militares en Irak y Afganistán que demostraban la comisión de crímenes de guerra. El más conocido es el que WikiLeaks difundió con el título  Collateral Murder. Conviene detenerse en él porque es un buen ejemplo de lo que nos cuentan que ocurre en las guerras y lo que realmente sucede.

En las imágenes se ve a un helicóptero Apache disparar contra un grupo de personas al este de Bagdad. Entre los muertos, estaban dos empleados de la agencia Reuters, un fotógrafo y su conductor. La versión oficial indicaba que el helicóptero disparó contra un grupo de insurgentes que habían abierto fuego y se mantuvo después de que Reuters reclamara una investigación.

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¿Hasta dónde puede aguantar Arabia Saudí?

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Raif Badawi acaba de cumplir 33 años en prisión. El disidente saudí fue detenido en 2012 y acusado de “insultar al islam por medios electrónicos” (un blog) y de apostasía. Fue condenado a siete años de prisión y 600 latigazos, pena elevada a diez años y 1.000 latigazos en segunda instancia. Sufrió el primer castigo con 50 latigazos en enero de 2015. Desde entonces, no ha vuelto a pasar por ese tormento, porque probablemente lo mataría. Amnistía Internacional lo considera un preso de conciencia. En 2015, el Parlamento Europeo le concedió el Premio Sajarov.

Mientras en Arabia Saudí continúan imponiéndose estos castigos medievales, su Gobierno está embarcado en un ambicioso programa de modernización económica para intentar reducir su dependencia del petróleo. Riad provocó una caída abrupta del precio del crudo para intentar acabar con la competencia de la producción de EEUU y castigar a Irán, su enemigo tradicional. Todos los países exportadores pagaron un alto precio, pero también los saudíes. El Gobierno ha contratado a PwC para que le ayude a aplicar un recorte del gasto público de 20.000 millones de dólares en los ministerios de Sanidad, Educación, Vivienda y Transporte.

Los mercados financieros están atentos a otra medida mucho más rentable para ellos, la posible salida a Bolsa de una parte de las acciones de Aramco, la empresa pública dueña de los activos petrolíferos del país, en lo que se ha denominado la mayor OPV de la historia, aunque sus auténticas dimensiones aún son desconocidas.

No importa cuántos Bardawi permanezcan en las prisiones saudíes. El poder económico del país lo convierte en un socio irresistible para los gobiernos y empresas occidentales. Los negocios con países como Irán, Rusia o Venezuela son cuestionados por razones políticas o por denuncias de las violaciones de derechos humanos. Con los saudíes, no sólo no hay inconvenientes, sino que los más altos dirigentes se implican en satisfacer personalmente los deseos de esa monarquía.

Hollande condecoró al príncipe heredero, Mohamed bin Nayef, con la Legión de Honor. El rey Felipe VI viajó este fin de semana a Arabia Saudí para amarrar la venta de cinco corbetas y terminar de solucionar los problemas de las empresas españolas en el contrato del AVE La Meca-Medina.

La combinación entre un poder económico que intenta modernizarse y un sistema autoritario y teocrático sin derechos civiles aparece reflejada en múltiples estudios sobre Arabia Saudí. Acaba de aparecer en español un estudio muy completo sobre la evolución de ese país, la inestabilidad intrínseca de su sistema político y lo que se ha dado en llamar la “bomba de relojería” por sus condiciones sociales. Está firmado por Itxaso Domínguez de Olazábal y lo publica la Fundación Alternativas: Arabia Saudí: un gigante con pies de petróleo.

La tensión interna del país procede del enfrentamiento entre el wahabismo como religión de Estado –la versión más intransigente del islam– y la realidad de un país cuya evolución demográfica y tecnológica compite con esa visión rigorista: “Debe tenerse en cuenta en este sentido, que la población saudí es la más joven de todo el mundo árabe y que las nuevas tecnologías le permiten estar más informada e interconectada que las anteriores generaciones. Son, por lo tanto, más conscientes de la ausencia de derechos elementales y también más críticos con las lógicas autoritarias imperantes”, escribe Domínguez de Olazábal.

La ausencia de medios de comunicación libres hace muy difícil apreciar hasta qué punto la sociedad continúa aceptando la legitimidad de su Gobierno. Olazábal ofrece un análisis tanto de la dimensión interior de la inestabilidad inherente del régimen saudí como de su política exterior, que en los últimos años ha convertido a Arabia Saudí en el Estado más agresivo a la hora de defender sus intereses. El Gobierno ha adoptado una lógica de guerra que ya está teniendo consecuencias graves en toda la región.

Hay serias dudas de que el contrato social existente en el país desde hace décadas sea sostenible en el futuro. “Un informe de Chatham House advertía en 2011 que, siguiendo el ritmo de extracción actual, el reino podría convertirse en un importador neto de petróleo en el año 2038”, dice el estudio de Olazábal. Los ciudadanos tienen acceso a numerosos subsidios en educación, vivienda y sanidad, además de créditos blandos y combustible barato, que el Estado está teniendo dificultades en sostener, explica Olazábal, aún más en la situación actual. Aún más delicado desde el punto de vista político es el asunto de la financiación de la familia real, que componen miles de personas: “Una parte considerable de los presupuestos estatales se destina a cubrir los elevados gastos de la familia real, apodada en algunos círculos ‘Al Saud Inc.’: alrededor de 13.000 príncipes y princesas reciben una asignación mensual que varía de un par de miles a más de 250.000 dólares al año”.

El Gobierno ha pretendido siempre solucionar sus problemas internos con dinero, pero la realidad oculta deja claro que esa política no puede prolongarse eternamente. El 20% de los saudíes vive bajo el umbral de la pobreza (480 dólares al mes). La educación es gratuita, pero de baja calidad. Las mujeres estudian, pero el sistema legal les impide acceder a puestos de trabajo. Los hombres jóvenes obtienen títulos que no tienen gran valor y sólo buscan empleos poco exigentes en una Administración inflada.

“De los 1,7 millones de puestos de trabajo ocupados por saudíes, 1,1 millones se enmarcaban dentro del sector público, donde los salarios son un 70% más altos que los pagados por empleadores privados”, destaca Olazábal. Pagar a los jóvenes muy generosamente para que en realidad no trabajen es inviable a largo plazo. El Gobierno ha intentado que los jóvenes saudíes se animen a buscar empleo en las empresas privadas, pero hasta ahora sin mucho éxito.

Eso es un problema serio en un país con un 70% de la población con menos de 30 años.

Cualquier disidencia ante un sistema de este tipo se castiga con dureza, como demuestra el caso de Badawi y la ejecución del clérigo chií Al-Nimr a principios de 2016. La llegada del nuevo rey Salmán reforzó la tendencia natural del régimen. El anterior monarca aumentó los subsidios en 2012 con las primeras protestas provocadas por la Primavera Árabe. Salmán optó por reforzar sus credenciales autoritarias –en dos años consecutivos se ha ejecutado a más de 150 personas, la mayor cifra en una década– para dejar patente que su autoridad no iba a ser cuestionada. “Uno de los primeros movimientos del Rey Salman tras la muerte de Abdullah fue reemplazar al líder del cuerpo que dirige la policía religiosa por una autoridad de la línea dura”, destaca el informe.

El estudio dedica un espacio a las cuestiones sucesorias de la dinastía, tema tocado con amplitud por los medios de comunicación internacionales, y que será especialmente interesante para el lector español.

Salmán ha colocado a su hijo al frente del Gobierno, con la excepción de los asuntos de seguridad interna que quedan bajo la responsabilidad del príncipe heredero, cuyo padre fue ministro de Interior durante 37 años. Mohamed bin Salmán ha puesto en marcha un programa de reformas económicas que toca asuntos tabúes hasta ahora en el país (la propiedad del sector petrolífero, la posible imposición de impuestos, la reducción de los subsidios sociales) sin que haya constancia, más bien al contrario, de que cuenta con el apoyo completo de los miembros más importantes de la familia real.

Olazábal describe por qué una apuesta tan insólita por su hijo de apenas 30 años en un sistema en que la sucesión de los monarcas se ha ido trasmitiendo a través de los ancianos hermanos del fundador de la dinastía supone un riesgo nunca antes visto en la historia saudí:

“Sin embargo, concentrar tanta responsabilidad en manos de una de las ramas de la familia, así como en tecnócratas ajenos a los clanes, no sólo corre el riesgo de acabar con el equilibrio de poder imperante hasta el momento, sino también de erosionar un sistema de reparto de poder intrafamiliar puesto en marcha cuando se fundó el Estado moderno. Un sistema que puso fin a décadas de luchas intestinas y ha ayudado a preservar la unidad de la familia. Los príncipes herederos lideraban sus propias cortes”.

La ofensiva general del Estado saudí contra Irán ha tenido efectos dramáticos en Yemen y Siria, y significativos, aunque menos violentos, en Egipto y Líbano. En ese campo, es improbable que se enfrente a una contestación interna tras años de propaganda sectaria que señala a los chiíes como principales enemigos del islam.

“La política exterior saudí ha adoptado tintes cada vez más sectarios en los últimos años. Lo que es esencialmente una lucha geopolítica se ha visto reducida a un enfrentamiento religioso entre suníes y chiíes, en una instrumentalización interesada de la religión destinada a movilizar a la población”.

Pero las aventuras militares exteriores, que en el caso de Yemen suponen un considerable gasto económico, pueden ser utilizadas como excusa para deslegitimar al hijo del rey. Los halcones tienen éxito cuando ganan las guerras, no cuando hunden al país en un conflicto sin fin previsible.


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Trump confirma en su primera rueda de prensa que hay que temerse lo peor

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Los medios de comunicación llevaban desde hace tiempo apuntando que Donald Trump no había dado una conferencia de prensa desde julio. La reclamación era aún más pertinente desde su victoria electoral de noviembre. Más allá de las dudas razonables sobre si ese mito periodístico –la rueda de prensa de toda la vida– sirve de algo para conseguir que los políticos cuenten lo que en realidad no quieren contar, es obvio que resultaba como mínimo llamativo que el presidente electo no quisiera explicar lo que hará a partir del 20 de enero. Es de suponer que sus votantes estarán interesados en saberlo.

Trump concedió este miércoles su primera rueda de prensa como presidente electo a una semana de tomar posesión. Los periodistas descubrieron lo que ya deberían saber. Trump sigue siendo Trump. Ni ha cambiado las ideas que le dieron la victoria en las urnas, ni siente ningún respeto por las instituciones, usos y costumbres de la política norteamericanas y tampoco va a desligar por completo su imperio empresarial de sus nuevas responsabilidades. Lo tomas o lo dejas.

¿Hackers rusos?

“As far as hacking, I think it was Russia”. Ahí dio una noticia. Nunca antes había concedido credibilidad a las acusaciones del Gobierno de Obama, los servicios de inteligencia y la mayoría de los medios de comunicación sobre la responsabilidad rusa en el ataque informático al Partido Demócrata y la campaña de Clinton. Es cierto que poco después dijo que “podrían haber sido otros”.

Esa es una constante en las intervenciones públicas del futuro presidente. Puede decir una cosa y unos minutos después, la contraria. Puede desmentir sin pestañear algo que dijo días, meses o años después, incluso cuando hay grabaciones que lo demuestran. Siempre le queda el recurso de sostener que los medios de comunicación manipulan sus declaraciones. Lo cierto es que la mayoría de sus votantes le creen a él, no a los medios. Eso le da licencia para mentir, un activo que suele ser peligroso en manos de políticos.

Putin y yo

“If Putin likes Donald Trump, guess what, folks: That is called an asset, not a liability”. Es preocupante que un político se refiera a sí mismo en tercera persona, pero no vamos a hacer un mundo de eso. No es el primero. El autor del libro autobiográfico ‘The Art of the Deal’ sigue empeñado en creer que las relaciones internacionales no son muy diferentes a la compleja negociación de un proyecto inmobiliario. Una vez, llegó a decir que la histórica rivalidad entre turcos y kurdos se podía solucionar sin problemas hablando. Con él dirigiendo las negociaciones, claro.

Es alentador que un político no crea que las disputas políticas internacionales sólo pueden resolverse a cañonazos, pero su optimismo está muy alejado de la realidad. Cree que las buenas relaciones personales pueden hacer que países importantes lleguen a acuerdos sobre conflictos difíciles. Hay algo de razón de eso. No en el sentido en que él lo explica.

Ese es un error que también cometió George Bush en su relación con Putin. “Miré al hombre a los ojos. Vi que hablaba con claridad y que se podía confiar en él. Tuvimos una buena conversación. Pude captar lo que hay en su interior (“to get a sense of his soul”), un hombre profundamente comprometido con su país y con los intereses de su país”, dijo en 2001.

Los países defienden intereses nacionales que a veces entran en disputa con los de otros estados. Trump no va a negociar con Putin la construcción de un casino en Moscú que pueda beneficiar a ambas partes. EEUU debería tener como prioridad tener las mejores relaciones posibles con Rusia, pero también depende de sus relaciones con otros países en Europa y Oriente Medio, que pueden tener conflictos pendientes con Moscú. No puedes satisfacer a todos.

Esa habitación de un hotel ruso

“I’m also very much of a germophobe, believe me”. Trump no resistió la tentación de hacer un chiste –malo, pero divertido– sobre el informe anónimo que cuenta la historia de su estancia en un hotel de Moscú donde se dice que pagó a prostitutas para que mearan en una cama en la que Obama supuestamente había pasado la noche tiempo atrás. Como es una especie de Howard Hughes, no iba a permitir tal guarrería alguien al que no le suele gustar dar la mano a extraños.

Por lo demás, Trump hizo bien en no entrar en más detalles. Se trata de un informe que no incluye ninguna prueba que confirme su contenido y cuyo autor es desconocido. Ningún político cometería el error de darle credibilidad o bajar a discutir hechos concretos. Salvo si es Trump y quiere hacer una gracia.

La familia

Cada día está más claro que no es un político el que ha ganado las elecciones norteamericanas, sino una empresa familiar. Uno de sus principales consejeros será su hija. Otro, el marido de su hija. Sus otros dos hijos se ocuparán de la empresa. ¿Conflicto de intereses? En absoluto.

Las leyes norteamericanas establecen límites muy estrictos para  altos cargos y funcionarios sobre su implicación en compañías privadas, pero es cierto que no dicen nada concreto sobre el presidente. Obviamente, la costumbre durante décadas ha sido que los presidentes no podían tener intereses privados porque sólo sirven a los ciudadanos. Eso no quiere decir que se cumpliera a rajatabla, al menos, por lo que se sabe ahora, en el caso de Lyndon Johnson.

Trump ni siquiera se molestará por guardar las apariencias. Entrega los mandos de la empresa a sus hijos y se supone que debemos confiar en que no seguirá dirigiéndola ni aconsejando a sus nuevos responsables sobre futuros negocios. Los únicos vetados serán los del extranjero, pero los existentes fuera de EEUU continuarán.

“No se puede esperar que el presidente electo Trump destruya la compañía que fundó”, dijo en la rueda de prensa una de sus abogadas, refiriéndose a una venta apresurada y en malas condiciones de todos esos activos. Pero debemos creer que si la empresa va mal, él se quedará tranquilamente en el Despacho Oval viendo cómo se viene abajo y preguntándose por qué sus hijos no son tan listos como él.

Trump insiste en que su empresa tiene un “muy bajo nivel de deudas” con los bancos, algo que es falso y manifiestamente imposible en los grandes proyectos inmobiliarios en que está metida. Sus compañías tienen pendientes de devolver créditos por valor de 650 millones de dólares, según el NYT. El periódico explicó que un edificio de oficinas en la Avenida de las Américas en Manhattan, del que Trump es copropietario, soporta un crédito de 950 millones. Uno de los bancos que lo concedió es el Bank of China. Otro, Goldman Sachs. Son instituciones que evidentemente se verán influidas por las decisiones que tome Trump, como presidente de EEUU.

Centenares de millones en créditos de las empresas de Trump y de sus inversiones inmobiliarias, algunos de ellos avalados por Trump y su patrimonio, han sido convertidos en bonos y vendidos a inversores en los últimos cinco años, según el WSJ. Esas inversiones estaban al final respaldadas por el imperio de Trump y la experiencia de su fundador.

Trump nos quiere hacer creer que eso no supone ningún conflicto de intereses. Que no hará nada por favorecer a la dinastía familiar que mantiene el control de sus activos. En este campo, EEUU se pone al mismo nivel que por ejemplo Ucrania, donde su presidente prometió desligarse de sus multimillonarios activos empresariales sin que lo haya hecho de forma creíble. O de todos aquellos países del Tercer Mundo, donde los hijos del presidente hacen rentables negocios gracias a su parentesco.

Junto al atril de la rueda de prensa, había decenas de carpetas sobre una mesa donde estaban los acuerdos firmados para entregar el control de las empresas a los hijos de Trump. No es extraño que los periodistas no tuvieran la oportunidad de examinarlos. Estaban ahí para la foto.

Trump vs. los periodistas

En la rueda de prensa, Trump se negó a dar la palabra a un periodista de CNN (CNN dio la primera noticia sobre el informe que cuenta que los rusos tienen pruebas que pueden utilizar contra Trump, pero no el contenido del informe; fue BuzzFeed quien lo difundió poco después). “You are fake news”, le dijo.

El incidente fue la típica represalia que se repetirá en muchas ocasiones, y en situaciones mucho más graves que una rueda de prensa. No es la primera vez que Trump anuncia que los medios que le ataquen (él lo llama publicar noticias falsas, aunque no lo sean) pagarán las consecuencias.

Como empresario, se encargaba de amenazar con demandas y presentarlas en muchos casos, lo que no impresionaba mucho a los grandes medios de comunicación. No es una exageración decir que ahora como presidente tendrá mucho más poder.

Esto es lo que dijo después el presentador de Fox News, Shepard Smith, en una respuesta poco frecuente de una de las principales caras de la cadena conservadora a un presidente republicano que acaba de ser elegido.

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Reverte y la ignorancia cipotuda

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A estas alturas, parece un poco previsible rectificar a Arturo Pérez-Reverte (ya lo hice una vez ante un prodigioso ejemplo de ignorancia, y con eso ya debía de ser suficiente). Pero tampoco sería muy inteligente dejar pasar la contaminación de ideas propias del discurso tradicional de la extrema derecha europea, ¿no?

Pregunta. Por sus artículos, lo que ve más negro es la amenaza del terrorismo islámico.

Respuesta: Es que van a ganar. Los derrotarán en Irak o en Siria pero van a triunfar, porque son jóvenes, tienen hambre, un rencor histórico acumulado y absolutamente comprensible, cuentas que ajustar, desesperación, cojones, fuerza demográfica… Occidente y Europa en cambio son viejos, cobardes, caducos y no se atreven a defenderse. Cuando hay lobos y hay ovejas no hay duda de quién va a ganar. Estamos teniendo el resultado de nuestra pasividad, de nuestro confort, de nuestra demagogia. Ellos no tienen esos obstáculos. Como dijo uno de los imanes, “usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia”. Está perfectamente definido. Europa es vieja e indefensa.

Los yihadistas tienen cojones; nosotros, no. Los yihadistas no tienen escrúpulos para matar a civiles; nosotros, no. Los yihadistas atacan; nosotros no nos atrevemos ni a defendernos. Los yihadistas usan nuestra democracia para destruirla. Aparentemente, nosotros la protegemos y eso es una muestra de “nuestra pasividad, de nuestro confort, de nuestra demagogia”.

En el universo medieval de Reverte, los yihadistas saben que todo consiste en matar, matar y matar. Y nosotros no matamos lo suficiente.

Como se trata de un escritor de inmenso éxito, los medios le entrevistan con frecuencia, lo que es enteramente lógico, pero reflejan sin pestañear sus ideas políticas sin reparar en que se trata del mismo mensaje que en Francia extiende el Frente Nacional de Le Pen y otros políticos menos ultras en momentos en que atentados terroristas masivos ponen a prueba nuestras convicciones democráticas. Pero Reverte no aparece reflejado en los medios como el Le Pen de las letras españolas, sino “el Mick Jagger de nuestra literatura”.

O el Sarkozy de la literatura cipotuda, por seguir con las definiciones frívolas. Ya dijo el expresidente francés que debíamos afrontar una “guerra total”. Manuel Valls también dijo que estamos ante una “guerra mundial”.

Si hay que fijarse en la respuesta occidental de los últimos años, ejemplo de pasividad e indefensión para el escritor, mejor recupero lo que escribí hace algo más un año: “Desde 2001, los países occidentales han invadido Afganistán e Irak. Han lanzando sus drones sobre Pakistán, Yemen y Somalia en una campaña permanente que nunca tendrá fin. Han impuesto en Libia una zona de exclusión aérea que propició el derrocamiento de Gadafi. Han tolerado la invasión saudí de Yemen. Han reconstruido ejércitos como el iraquí que se han revelado como una banda mediocre y corrompida. Han anunciado que el régimen sirio debía desaparecer, ayudado a algunos grupos insurgentes y tolerado que saudíes y turcos armen a los más peligrosos de los enemigos de Asad. Han lanzado una campaña de bombardeos contra ISIS que lleva ya 8.125 ataques aéreos hasta el 12 de noviembre (con un coste de 5.000 millones de dólares, una media de 11 millones diarios), a la que ahora se ha sumado Rusia”.

A esa descripción hecha a finales de 2015 le falta lo ocurrido en 2016, la continuación de esas operaciones militares en todos esos países, y en el caso de Yemen habría que añadir la cuantiosa ayuda militar proporcionada a Arabia Saudí para destruir el país. Por dejarlo en cifras, que lógicamente se quedan cortas al tratarse de una estimación, este es el número de bombas lanzadas por EEUU en el año que acaba de terminar.

Como especifica después el autor en otros tuits, estos números no incluyen los ataques de Arabia Saudí sobre Yemen ni los de Rusia en Siria, como tampoco los de Francia y Reino Unido contra ISIS en Irak o Siria.

Pues eso,  nos faltan cojones. Bombas tenemos muchas, pero de cojones estamos escasos.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

A veces ocurren cosas geniales después del The End de las películas. Puede suceder que hasta la película continúe, como en ‘Wall-E’.

‘Hijos de los hombres’ fracasó en taquilla, pero era una película fantástica.
–En las películas, también se bebe leche.
–Prolongar el tiempo con la cámara lenta.
Stoyboard en ‘El imperio contraataca’.
–Traedme la cabeza de Charlie Brown.
Martin Scorsese habla de Trump y de otras cosas.
–Parece que quieren hacer algo horrible con ‘Watchmen’.
–El hombre que se ocupa de todo después del accidente de un avión.
–La historia de un hombre sin memoria y sin pasado.
–Esperemos que no hayan muerto todos los extraterrestres.
–Qué debe tener una buena fotografía.
–Este no es el típico anuncio de coches.

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