Un país secuestrado por un mentiroso

rajoy mentiroso

Nadie como Rajoy para secuestrar la esperanza. Incluso en este tiempo de escepticismo y desdén hacia los políticos, él es capaz de rebajar el listón de la decencia hasta niveles insospechados. Tiene secuestrado a su partido gracias al hecho de que es un remedo moderno de una monarquía feudal. Los dirigentes se reúnen para escucharle y romperse las manos aplaudiendo sus divagaciones y pronósticos errados. No importa cuántas veces la realidad haya demostrado que no se enteraba de nada. Ahí están todos para ovacionarle en una estampa más propia del siglo XX y de ciertos regímenes que no se basaban precisamente en el sufragio universal y la división de poderes.

Lo malo es que a causa de los endemoniados resultados de las dos últimas elecciones –y aún tendremos tertulianos que tengan claro lo que han dicho los españoles con su veredicto en las urnas–, los rehenes no son sólo los votantes del PP, sino todos los españoles. Han pasado casi dos meses después de los últimos comicios y aún no se ha avanzado casi nada en la formación del Gobierno.

Ciudadanos cedió y se mostró dispuesto a apoyar la investidura de Rajoy, poniendo de entrada un precio alto, pero eso no es raro en el comienzo de las negociaciones. Ni por esas.

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El fantasma de la vieja Europa

alambre de espino contra refugiados en la frontera de Hungría

En el verano de 2015, Europa revivió una época cuyas imágenes recordamos en blanco y negro. Fue en Hungría donde se hizo más evidente. Los refugiados que huían de una guerra y que por lo demás no pretendían quedarse en ese país fueron rodeados por centenares de policías, subidos por la fuerza a trenes y conducidos bajo engaño a campos de internamiento. En el incidente más detestable, pintaron números en el brazo de los extranjeros para tenerlos identificados.

El gran rabino de Hungría no podía creer lo que estaba viendo: “Fue horrible ver esas imágenes de policías poniendo números en los brazos de esa gente. Me recordó a Auschwitz. Y luego subían a las personas a un tren, vigiladas por guardias armados para llevarlos a un campo donde los encerraron. Desde luego que eso evoca los recuerdos del Holocausto”, dijo Robert Frolich.

El rabino no pretendía hacernos creer que esos refugiados iban a ser asesinados ni que sus vigilantes eran nazis. Sí tenía claro que las tácticas empleadas no eran muy diferentes de las habituales en las dictaduras, sobre todo del régimen cuya destrucción permitió mucho tiempo después a Europa iniciar un proceso para que nada de lo que ocurrió entonces pudiera repetirse.

La memoria histórica, el recuerdo del horror de la primera mitad del siglo XX, ha sido un elemento fundamental en el reconocimiento de todo lo que ha hecho posible la Unión Europea, y también ha servido para justificar premios como el Nobel de la Paz. Siempre que la UE parece al borde del precipicio, un símil casi tópico en la última década, se ha aludido a ese pasado, ahora ya supuestamente imposible.

La UE ha enterrado a ese monstruo en una esquina del jardín, pero no ha dejado de mirar hacia ese lugar, como si temiera que pudiera revivir algún día.

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El bikini como reserva cultural de Occidente

brasil voleyplaya

Ha servido una foto de una deportista de un país musulmán en los Juegos de Río para desenterrar prejuicios e ideas francamente confusas sobre el célebre concepto de “choque de las civilizaciones”. Todo eso sólo por un partido de voleyplaya. Qué no harán con las guerras y los conflictos políticos. Una jugadora egipcia compitió con el cuerpo cubierto por completo, piernas, brazos y cabeza incluidos. Una auténtica afrenta para los programadores de televisión que sitúan sus partidos en ‘prime time’ por la gran tradición de este deporte en muchos países.

Enfrente, una jugadora alemana con el uniforme de rigor, un bikini de dimensiones reducidas. Lo curioso es que muchos lo interpretaron como una muestra del retraso del mundo musulmán o de la discriminación –muy real– que sufren las mujeres en esos países. La paradoja viene porque esa imagen bien podría haber aparecido con otra interpretación en la propaganda de ISIS, Al Qaeda o de otro grupo yihadista, precisamente para utilizarla como carnaza propagandística, para hacer creer a los europeos musulmanes que en la sociedad en la que viven las mujeres son sólo son unas prostitutas a menos que vistan exactamente como ellos dicen que deben vestir.

Ellos ven a las mujeres como un objeto sexual y/o de procreación. Nunca como ciudadanas con los mismos derechos. No es necesario enseñarles un bikini. Unos pantalones son suficientes para provocar su furia.

La respuesta más apropiada a esa imagen bien podría ser la que dejó en la web de BBC una mujer alemana, Lissa Pelzer, de Stuttgart: “Creo que muestra hasta qué punto se considera el cuerpo de una atleta como una posesión pública. Debe verse, o debe no verse, de la forma que decidan los organismos deportivos, los países y las culturas en vez de que sean ellas quienes lo hagan”.

Lo de los organismos deportivos no es una exageración. Hasta 2012 las jugadoras de voleyplaya, no así los jugadores, estaban obligadas a llevar bikini en los partidos, y la parte inferior no podía tener una altura de más de siete centímetros en la cadera. También podían llevar un traje de baño completo. La condición de deportistas quedaba subordinadas a tener un aspecto sexy por el bien de las audiencias televisivas. Era una imposición que nunca suscitó protestas por parte de los medios que publicaron sorprendidos la foto de las deportistas egipcias.

A partir de 2012, la normativa se hizo menos restrictiva, entre otras cosas para permitir la participación de países de culturas diferentes. A fin de cuentas, los Juegos Olímpicos deben ser también una forma de fomentar la participación de la mujer en el deporte, que se enfrenta a todo tipo de obstáculos en muchos países, y en otros vive ignorada por los medios de comunicación y los patrocinadores.

El equipo egipcio aprovechó esa oportunidad, pero no de forma uniforme. Doaa Elghobashy iba toda cubierta, incluida la cabeza (suele llevar hiyab en su vida diaria). Su compañera, Nada Muawad, llevaba descubierto el pelo.

Cuando unos días más tarde, bajaron las temperaturas y llovió sobre Río, el equipo brasileño tuvo que jugar con pantalón y manga largas. Ese día, nadie definió esa ropa como un símbolo religioso.

Este fin de semana, se ha sabido que el alcalde de Cannes prohibió que las mujeres musulmanas entren en las playas de la ciudad vestidas con lo que llaman el burkini, que no es otra cosa que un vestido ligero que tapa todo, menos el rostro. Con la incoherencia propia de las justificaciones xenófobas o racistas, sostiene que esa vestimenta no respeta “las buenas costumbres y la laicidad” ni “las reglas de higiene y de seguridad”. En este caso, habrá que entender por “laicidad” la cultura oficial del Estado que, según este alcalde del partido de Sarkozy, dice a las mujeres cómo deben de ir vestidas en los lugares públicos. No es algo muy distinto a lo que ocurría en la España de los años 50 en un régimen en el que no había “laicidad” por ninguna parte.

Para unir la ignorancia a la intolerancia, el alcalde David Lisnard dijo en una entrevista que “el burkini es el uniforme del islamismo extremista, no de la religión musulmana”. Ahora los gobernantes supuestamente laicos también dan lecciones sobre otras religiones.

El hiyab (el pañuelo que cubre la cabeza) es un símbolo religioso y también cultural. Puede significar cosas diferentes para personas distintas. Es incluso un mecanismo de autoprotección en países como Egipto donde el acoso sexual en la calle en un problema endémico. En países occidentales, puede ser un gesto de rebeldía en una sociedad en la que los musulmanes son una minoría. En algunas sociedades musulmanas, también procede a veces de la presión familiar y de la mayor parte de la sociedad que aspira a que las mujeres observen códigos de conducta similares a los de sus madres y abuelas.

En definitiva, como decía Lissa Pelzer, toda esa presión social, las prohibiciones en Francia y las miradas confusas sobre la vestimenta de jugadoras de voleyplaya nos devuelven a épocas que no olvidamos y a países actuales: lugares y momentos donde los hombres decían y dicen a las mujeres cómo deben ir vestidas. Ese es el choque cultural que importa.

 

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Trump no decepciona al campeón de las teorías de la conspiración

Decía hace unos días que Trump se estaba hundiendo más y más. Como un avión que entra en barrena y en el que la flecha del altímetro da vueltas a gran velocidad y los números indican el descenso en barrena. La caída continúa y no hay día sin una declaración que deja a casi todo el mundo con la boca abierta (como veremos, incluidos varios de sus partidarios).

La revista Time lo ha definido muy bien con una portada minimalista pero que lo dice todo en el ejemplar que ha salido este jueves. Minimalista, porque sólo tiene una palabra que ni siquiera es Trump. Derritiéndose.

meltdown

Está claro a qué película nos recuerda esta portada.

raiders

El artículo incluye una frase muy reveladora de un asesor de Clinton:

“En el cuartel general de Clinton en Brooklyn, los asesores que aún curan sus heridas de las peleas con Bernie Sanders no se creen la suerte que tienen. Como en todas las campañas, los que se ocupan de la investigación observan cada acto público (del otro candidato), leen cada entrevista y guardan cada tuit. “En otras campañas, estaríamos recogiendo las migajas”, dice un asesor de Clinton. “Ahora, estamos inundados. Él (Trump) puede montar un incendio en el desayuno, matar a una monja a la hora de comer y torturar con el waterboarding a una mascota a primera hora de la tarde. Y aún no habríamos llegado al prime time”.

Uno se imagina a la gente que trabaja en esa campaña felicitándose con aplausos y ‘high five’ cada vez que su rival abre la boca. Y a muchos republicanos, en especial la gente que ha llevado antes campañas, leyendo en sus móviles la ocurrencia más reciente y conteniendo las ganas de lanzarlo contra la pared.

Al artículo le falta lo último. Porque, como dice la frase citada en Time, por muchas cosas que hayan pasado durante el día, aún queda el prime time para que Trump lance más bombas. La última fue a última hora del miércoles cuando dijo en un mitin que Obama (en realidad dijo “Barack Hussein Obama”; no había ninguna necesidad de ser sutil) era “el fundador de ISIS” y Clinton, la “cofundadora”.

Una vez más, en vez de fijarse en los ataques de los demócratas hay que prestar atención a la forma en que los republicanos intentan defenderle ante unos medios de comunicación que ya se cortan muy poco. Entre otras cosas, porque Trump no se lo pone fácil después del exabrupto. Lean este diálogo del candidato en el programa de radio de Hugh Hewitt, en el que este intenta dar a la acusación un aire simbólico hasta que Trump le corrige. No intentaba hablar en términos generales de la responsabilidad de Obama y Clinton en los años que permitieron a ISIS hacerse fuerte en Irak y Siria. Ellos son los fundadores de ISIS, y no hay más que hablar.

Hewitt es un gran partidario de Trump. Hace lo posible para defenderlo contra sus propias palabras, pero no hay manera.

Después, en otro acto público Trump se reafirmó en la acusación y le añadió un chiste: ISIS debería dar a Clinton el premio de MVP, el jugador más valioso del grupo yihadista. Porque nada como incluir algún contenido humorístico al hablar del terror que sufren varios países de Oriente Medio a causa de ISIS.

Y luego un congresista de Texas, partidario de Trump, se presenta en un programa de CNN, utiliza la misma carta de intentar poner las palabras del candidato en un contexto más favorable, hasta que le recuerdan que no hay metáfora que valga y le repiten sus últimas palabras. El hombre duda y queda en evidencia finalmente cuando le preguntan cuál es el plan de Trump para derrotar a ISIS. Un par de segundos de silencio embarazoso y responde: “Bueno, mire, yo, yo… en relación a la batalla de ISIS, el Congreso tiene que dar los próximos pasos, y eso sería dar la autorización para el uso de la fuerza militar”. Y sigue hablando de lo que puede hacer el Congreso. Los presentadores, misericordiosos, deciden dar por finalizada la entrevista.

Lo que mejor define la campaña de Trump no es, sin embargo, las críticas que recibe en los medios, los ataques demócratas o las excusas que sueltan los republicanos. Es lo que ha dicho en su programa Alex Jones, el predicador de todas las teorías de la conspiración en EEUU: “Y os digo que es fantástico hablar sobre ciertos cosas aquí en directo y luego escuchar a Trump repetirlas palabra por palabra dos días más tarde. Es increíble. Y demuestra lo centrado que está este tipo y que por eso están todos tan asustados con él”.

Hay que reconocerlo. En este caso, Alex Jones tiene toda la razón del mundo. Sobre todo, por lo segundo, aunque el susto se pasa al leer las encuestas.

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La crisis de la prensa, según John Oliver

John Oliver dedica sus 20 minutos demoledores de costumbre a la crisis de la prensa en EEUU, a la pérdida de calidad de los grandes periódicos y a su reconversión en plataformas de contenidos digitales donde quien sale perdiendo a veces es el tipo de periodismo que vimos reflejado en la película ‘Spotlight’, y nunca las cosas que interesan a la gente, pero que son entretenimiento (los gatitos ahora, los deportes ahora y antes).

Tiene razón en casi todo lo que dice. Nadie como Oliver para detectar las gilipolleces con las que se intenta justificar lo injustificable, sobre todo desde gobiernos y empresas.

Hay algunos hechos que no están contados y que no se pueden obviar. Esos periódicos locales a los que se refiere son los periódicos de las grandes ciudades norteamericanas, de lugares como Chicago, Los Angeles, Detroit o Miami. Hay que recordar que hasta que salió USA Today en 1982 en EEUU no había prensa nacional como la conocemos nosotros.

Esos medios locales funcionaban en su mayoría en régimen de monopolio. Muchos no tenían un competidor de su misma estatura (y si existía era un periódico de características muy diferentes), y por tanto monopolizaban el mercado publicitario. Ganaban cantidades inmensas de dinero, lo que les permitió convertirse en lo que eran.

En realidad, su crisis empezó mucho antes de Internet. Casi todos eran propiedad de empresas familiares que años después terminaron siendo vendidos a grandes corporaciones o entraron en Bolsa para que sus dueños se embolsarán aún más dinero. Como bien ha explicado unas cuantas veces David Simon, la solución para sostener beneficios progresivamente irreales fue recortar gastos en la redacción. Evidentemente, con Internet y las nuevas tecnologías, esas empresas han visto cómo se ha acelerado esa pérdida de ingresos publicitarios. Su reacción sólo ha servido para agudizar la crisis.

Sólo hay que hacer la prueba –en EEUU, España o cualquier sitio– y ver la página web de un medio informativo. Si empiezas a ver muchas cajas con noticias de temas ligeros y curiosos, ya sabes dónde están las prioridades.

A la Asociación de Periódicos de América (NAA), es decir, la patronal, no le ha hecho mucha gracia. Su presidente ha hecho un poco el ridículo con la protesta, porque no te puedes quejar de que Oliver no haga propuestas constructivas. Es un maldito comediante, no un consultor. Con razón ha dicho el director del Washington Post que la NAA no se entera.

Oliver sí recuerda algo obvio en lo que es una propuesta dirigida a los ciudadanos: si la gente no paga por el periodismo, por el que merezca la pena, tendrá garantizado el suministro de gatos adorables y otras formas de entretenimiento, no así el de noticias. Up to you, people.

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La guerra de Siria se alimenta gracias a la intervención exterior

alepo

En los últimos meses, el Gobierno sirio había conseguido una posición de ventaja sobre los insurgentes que ocupan una parte de la ciudad de Alepo, en el norte del país. La conexión de sus enemigos con la frontera turca, y por tanto, con la llegada de suministros y armas, estaba en peligro. Se dijo que Damasco podía llegar a controlar toda la ciudad, lo que supondría un factor decisivo en la guerra civil siria. El último contraataque de los insurgentes ha cambiado la situación sobre el terreno muy poco tiempo después de que el Frente Al Nusra anunciara que abandona su vinculación a Al Qaeda y cambia su nombre.

Un artículo en el FT da algunas pistas, no del todo claras como es habitual en esta guerra, cuya información escritas fuera del país se basan a veces en fuentes anónimas. La principal, los insurgentes han recibido una considerable ayuda exterior recientemente. Sin ella, esta ofensiva habría sido imposible.

“Pero la ofensiva contra las tropas del presidente Basar Al-Asad puede haber tenido más ayuda extranjera de la que parece. Activistas y rebeldes dicen que las fuerzas de la oposición han recibido nuevas armas, dinero y otros suministros antes y durante los combates. “En la frontera conté ayer decenas de camiones con armas”, dice un activista sirio, que suele pasar entre Siria y la vecina Turquía. “Está ocurriendo todos los días, durante semanas. Pasan armas, artillería, no hablamos sólo de algunas armas y munición”.

La sospecha, bastante probable en este caso, es que la ayuda procede de Arabia Saudí y Qatar, colaboración que suele contar con el obvio permiso de Turquía, por cuya frontera tiene que pasar, y de EEUU. Tras el golpe de Estado, la atención del Gobierno turco está centrada en los asuntos internos, pero eso no quiere decir que haya abandonado su política de propiciar el derrocamiento de Asad.

En esta ofensiva está participando la nueva Al Nusra, ahora llamada Fatah al-Sham. Los yihadistas son el grupo dominante en la coalición responsable de romper el cerco sobre una parte de Alepo y de permitir que lleguen suministros a las zonas urbanas.

Su ideología es la misma que antes. No ha habido una ruptura con Al Qaeda por discrepancias de fondo. De hecho, al Zauahiri había pedido a Al Nusra que llegara a acuerdos con otros grupos insurgente sirios, no necesariamente yihadistas, y ese pacto no era posible sin poner fin a su juramento de lealtad hacia Al Qaeda.

Con independencia de lo que ocurra en Alepo –ya hay informaciones que indican que las fuerzas del Gobierno, ayudadas por las milicias libanesas de Hizbolá, han recuperado parte del terreno perdido–, la duda es si ahora EEUU dará por certificado el ‘blanqueo’ de Al Nusra, lo que conduciría a reconocer su papel predominante en cualquier coalición de fuerzas contrarias al Gobierno de Asad.

El intento de Washington por encontrar una fuerza que estuviera tan lejos de Asad como de los yihadistas de ISIS o Al Nusra ha cosechado estos años un claro fracaso. Tomemos el ejemplo de un artículo de hace unos días en el NYT, que recuerda la situación inmediatamente anterior a la intervención directa de las fuerzas rusas que salvaron a Damasco del riesgo de un colapso. Se dice que antes de eso “los grupos rebeldes apoyados por la CIA habían ganado territorio en las provincias de Idlib, Hama y Latakia” en el norte de Siria. Y el artículo comenta que había un problema para Washigton, que “estos grupos habían combatido en ocasiones junto a soldados del Frente Al Nusra”.

Más allá de que nunca he visto un artículo en la prensa norteamericana que llame “soldados” a miembros de Al Qaeda, no es cierto lo que dice. La ofensiva del norte que obtuvo esos éxitos en Idlib y amenazaba seriamente al Gobierno en la provincia de Latakia fue ejecutada por una coalición llamada “Ejército de la Conquista”, cuyo principal integrante era entonces Al Nusra. Es algo ampliamente conocido y no sé cómo a estas alturas se puede omitir.

El artículo cita una frase del líder de uno de esos grupos entonces aliados con Al Nusra que comenta que en esa época recibían cargamentos de misiles antitanque tan pronto como gastaban los envíos anteriores. Esa ayuda constante continuó en los meses posteriores a la intervención rusa, aunque no fue suficiente para impedir que se frenara el avance de los enemigos de Asad hacia el sur.

Tanto antes como ahora nos encontramos ante un escenario en el que ninguno de los contendientes de la guerra siria podrían avanzar posiciones sin ayuda exterior. El Gobierno, sin la Fuerza Aérea rusa y las milicias de Hizbolá. Los insurgentes, sin las armas y municiones que reciben de Arabia Saudí, Qatar, Turquía y EEUU. Es la garantía perfecta para que la guerra continúe durante años. Cuando uno de los bandos esté cerca de sufrir una derrota decisiva, tendrá el apoyo exterior que le permitirá compensar esa desventaja.

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La cruzada sexista contra Hillary Clinton tiene su origen en los 90

clinton agosto5

En las elecciones, se vota a favor de alguien –un partido o un candidato– y también en contra de alguien. La segunda intención puede llegar a ser tan poderosa como la primera. Pero habitualmente el primer factor es el primero que considera un votante. Hasta que llegan las elecciones norteamericanas y resulta necesario cambiar los cálculos.

Con diversas variaciones, estos datos aparecen en varias encuestas. El rechazo a Hillary Clinton y Donald Trump es mucho más amplio que lo habitual en EEUU. Casi la mitad de los votantes de cada candidato está pensando más en lo que odia del rival a la hora de decidir su voto, al menos según esos datos que proceden de un sondeo de Fox News. Es una carrera por ver quién es el menos malo.

No nos debería extrañar mucho en el caso de Trump dada su trayectoria del último año, ¿pero qué ocurre con Clinton?

Las razones ideológicas son perfectamente legítimas. Por ejemplo, el votante demócrata que apoyó a Bernie Sanders en las primarias no puede sentirse muy entusiasmado con la exsecretaria de Estado. En cuestiones de política exterior y económica, las diferencias políticas son profundas. Clinton es vista como una representante perfecta del establishment del Partido Demócrata, que ha decepcionado en muchas ocasiones a esos votantes.

Sin embargo, el electorado norteamericano no está tan a la izquierda como para que ese sea el único factor decisivo. El rechazo a Clinton entre los votantes registrados como republicanos e independientes cuenta en todos esos sondeos, y no son el tipo de gente que apoyaría a Sanders, su defensa de clase trabajadora, o su rechazo de los tratados de libre comercio y del poder de Wall Street. Tiene que haber algo más y para eso hay que remontarse a los años 90. Este vídeo da algunas pistas.

Es una recopilación de preguntas de periodistas a Clinton desde la época en que su marido era presidente. Bill Clinton acabó su segundo mandato con un alto apoyo en las encuestas, pero su presidencia tuvo su buena dosis de escándalos, comenzando con Whitewater y acabando con Monica Lewinsky y el proceso de ‘impeachment’ en el Congreso. Por alguna razón, la obsesión, en parte justificada, por Bill se trasladó a Hillary, que en los medios derechistas apareció descrita como una persona despiadada y sin escrúpulos. De ahí esas preguntas, algunas delirantes, como la que la compara con Lady Macbeth, siempre, claro está, con el subterfugio de decir que se dice, se comenta…

Como primera dama, Hillary no podía ostentar ningún cargo político. Lo primero que llamó la atención, y escandalizó a los más conservadores, es que no iba ser la típica esposa del presidente dedicada a obras caritativas y promover causas justas. Tuvo un papel importante dentro de la Casa Blanca en la fracasada reforma sanitaria. Esa participación fue utilizada por los republicanos y muchos medios de comunicación para acabar con ese proyecto. Que una mujer con formación universitaria y fuertes convicciones políticas pudiera intervenir en esas decisiones, por ser la esposa del presidente, se definió poco menos que como un ultraje a las instituciones. Hillary Clinton era el flanco vulnerable de la Casa Blanca en esa discusión y por eso los conservadores se emplearon a fondo contra ella.

Clinton desarrolló entonces una aversión intensa hacia los periodistas que llega hasta nuestros días. No ha dado una rueda de prensa desde hace 260 días, aunque ha concedido innumerables entrevistas. Siempre se dice que Bill es alguien que necesita que le quieran, al que le importa mucho lo que opinen de él. A Hillary le trae sin cuidado. Eso siempre tiene un precio en política.

El acoso alcanzó niveles paranoicos con la propagación de teorías de la conspiración. La más conocida tiene que ver con el suicidio de Vince Foster, consejero de la Casa Blanca y amigo de los Clinton, que se pegó un tiro después de años de luchar contra la depresión. Evidentemente, en la mayor parte de las veces era Hillary más que Bill la responsable del asesinato de Foster, bien para ocultar el escándalo de Whitewater o para ocultar una relación íntima con la esposa del presidente. Desde entonces, las conspiraciones sobre Hillary han continuado.

Más recientemente (las relaciones de la Fundación Clinton con corporaciones y gobiernos autoritarios, el uso de un servidor privado de email en su casa cuando era secretaria de Estado o el ataque al consulado de EEUU en Bengasi, Libia), se han originado en polémicas políticas reales, aunque infladas hasta la exageración por los republicanos en el caso de Bengasi, y han tenido más que ver con su condición de favorita para la candidatura demócrata a las elecciones de 2016.

Pero desde hace más de 20 años las críticas a Hillary Clinton tienen que ver tanto con sus ideas como con la imagen que inventaron de ella los conservadores en los 90: una mujer que no tenía derecho a participar en política.

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Trump se hunde más y más

trump pantalla

Pongamos que Donald Trump es un millonario egoísta, xenófobo e ignorante que pretende ser presidente del país más poderoso del planeta. Sólo eso ya da bastante miedo, pero si pensamos que está loco, el miedo se convierte en terror. ¿Loco? Eso sería ya demasiado. Y sin embargo…

En una entrevista con Michael Hayden, exdirector de la CIA y la NSA, el presentador Joe Scarborough sacó una conversación que tuvo hace unos meses con un experto en temas de política exterior con el que se reunió Trump. No dijo quién era ni cuándo fue esa reunión. El objetivo era asesorar al candidato sobre esos asuntos. Si lo eligió la campaña y él aceptó, se supone que era alguien de ideas conservadoras y posiblemente que había tenido algún cargo en los dos mandatos de George Bush. Scarborough cuenta que en tres ocasiones le preguntó por el uso de las armas nucleares: “En tres ocasiones, le preguntó: si las tenemos, ¿por qué no podemos usarlas?”.

Scarborough dio a Trump todos los minutos que quiso en su programa televisivo durante las primarias republicanas. Ahora empieza a estar preocupado. Demasiado tarde.

Aceptemos la idea de que Trump no sabe nada de política exterior. Otros candidatos republicanos o demócratas en el pasado tenían un conocimiento entre escaso y nulo sobre asuntos internacionales. Algunos no habrían podido identificar en un mapa países fundamentales para los intereses de EEUU en el mundo. Pero hay ciertos temas para los que no es necesario ser catedrático, y las armas nucleares son uno de ellos. Se supone que se tienen para no tener que usarlas.

El vídeo ha hecho que un tal John Noonan exprese en Twitter que esos comentarios le ponen los pelos de punta. Noonan fue asesor de Mitt Romney y Jeb Bush –es por tanto un republicano–, pero para el tema que nos ocupa lo más importante es que cuando estaba en la Fuerza Aérea, donde era capitán, sirvió en un silo de misiles nucleares como oficial responsable del lanzamiento de misiles Minuteman III. Estos son algunos de sus comentarios en Twitter al saber que Trump necesitaba saber qué es lo que hace impensable utilizar esas armas para resolver una crisis internacional por grave que sea:

A estas alturas nada nos puede sorprender si un político nos dice que hay soluciones simples, de sentido común, para resolver problemas complejos. Trump lo ha hecho con cuestiones relacionadas con el comercio, los impuestos, la sanidad o la deuda. También ha alardeado de que acabaría con ISIS con facilidad (no es el único político occidental que presume de eso). Pero cuando se trata de armas nucleares la ignorancia o la más completa falta de responsabilidad hacen que los votantes se pregunten si no es una locura apostar por alguien como Trump.

Durante décadas, los republicanos han presumido de que ellos son los grandes defensores de la seguridad de EEUU, frente a sus dubitativos y “blandos” adversarios demócratas. Ahora ese partido está preso de alguien que se ha pasado de frenada hasta un punto en que resulta muy difícil pensar que pueda ganar unas elecciones.

Pero dentro del Partido Republicano hay valores que incluso son más importantes que poner el gatillo nuclear en manos de un aficionado con delirios de grandeza. Los republicanos idolatran a las Fuerzas Armadas y la ofensiva de Trump contra el padre de un capitán muerto en Irak en 2004 ha superado todo lo que podían permitir. Su idea de que podían domesticar a la bestia ya está olvidada. La esperanza de que iba a hacer una campaña más convencional al estilo republicano, una vez que venciera en las primarias, ha quedado hecha pedazos.

Las encuestas nacionales tras las dos convenciones de julio ofrecen un panorama horrendo para Trump. La última, de Fox News, tiene a Clinton diez puntos por delante (49%-39%). Pero son peores y más significativos sus malos resultados en los estados que cuentan, en aquellos sin los cuales no puede ganar. En un plano más anecdótico está el hecho de que Clinton le supera por un punto en Utah, gracias al fuerte apoyo que tienen el libertario Gary Johnson. Quién iba a decirlo, en Utah, paraíso de los muy conservadores mormones.

En Virginia, un Estado con muchos militares retirados y una importante base militar, Trump va muy por detrás. En Pennsylvania, donde quizá su mensaje podía tener eco en la clase trabajadora de raza blanca, lo mismo. En Florida, están empatados, pero su apoyo ínfimo entre votantes latinos, muy por debajo del que obtuvieron Bush y Romney, no hace pensar en nada bueno para sus posibilidades. A día de hoy, Clinton mantiene buena parte de los números que dieron dos victorias a Obama: no pierde en los estados donde suelen ganar los demócratas y tiene muchas posibilidades de vencer en varios estados en los que los republicanos arrancaban con ventaja siempre, al menos hasta 2008. No va por delante porque los votantes la consideren una candidata atractiva y honesta (no es el caso), sino sólo porque no es tan horrible como su rival.

Todavía es pronto para sacar conclusiones definitivas. Sí está claro que en el inicio de la campaña real el republicano parte con una clara desventaja. Agosto suele ser un mes de baja actividad en las campañas presidenciales norteamericanas. Después de la convención, los candidatos dedican tiempo a tomar algún descanso –luego comenzará una locura de mítines y viajes–, celebrar algunos actos para recaudar dinero y mantener reuniones con sus asesores para preparar la estrategia final. Cuando empiece septiembre, ya no pararán hasta noviembre.

En cambio, Trump enlaza una polémica tras otra, alarma a los republicanos y no hay medio de comunicación al que no se haya enfrentado. Sigue conduciendo el coche a una velocidad superior en mucho a la autorizada, da bandazos en las curvas y ya ha atropellado a varios de los que iban a ser sus aliados.

Este asesor de campañas republicanas en Texas lo dice de forma más cruda. Es de los que piensan que tienen que convencer a Trump para que se retire y poder así presentar un nuevo candidato. Puede seguir soñando porque están condenados a continuar con esta pesadilla.

Por qué Donald Trump ha tomado al asalto el Partido Republicano. Guerra Eterna, 13 marzo.


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La legislatura del escaqueo

Dos elecciones después, 35 días después de las últimas, la política española continúa en el congelador. Vaya por delante que los números son chungos –es decir, las combinaciones parlamentarias son complicadas–, pero la incapacidad de los partidos para encontrar la forma de elegir un Gobierno es cada día más patente. Hablamos no de un Gobierno estable con mayoría suficiente para sacar adelante reformas estructurales, sino de cualquier Gobierno cuyos integrantes puedan hacerse la foto en la entrada de La Moncloa. Hasta ese punto han bajado las expectativas de mucha gente.

Pero eso no es lo peor. Tiene más delito que no se haya dado aún una negociación de contenidos con mayores o menores posibilidades de éxito. Sí la hubo entre PSOE y Ciudadanos tras el 20D, pero acto seguido la actitud de los firmantes de un pacto que era insuficiente fue parecida a la de Rajoy ahora: ahora nos apoyaréis, ¿verdad?

Continúa en Zona Crítica.

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Hambre en Venezuela

Un reportero venezolano de BBC viaja a su país para detallar el impacto de la crisis alimentaria. El reportaje también se emitió en BBC News. Vladimir Hernández visita zonas fuera de Caracas y comprueba cómo son las clases populares las que más están sufriendo. Sin acceso a dólares, sólo pueden comprar en tiendas estatales donde se vende a precio regulado –subvencionado por el Estado– una serie de alimentos básicos que se pueden comprar una o dos veces al mes. No les da para alimentar a toda una familia en ese periodo de tiempo. Fuera de esas tiendas, la inflación ha dejado los precios en un nivel inalcanzable para los pobres del país.

Hay dos Venezuelas. En este artículo, se apunta que aquellos que tienen acceso a dólares pueden pagar los precios de los restaurantes que sirven todo tipo de productos: “En un restaurante de nivel alto de una zona llamada Las Mercedes hay platos de pasta que cuestan entre 4.000 y 9.000 bolívares. Un trabajador que gane el salario mínimo en Venezuela tendría que gastarse más de la mitad de su sueldo mensual para comer aquí. Pero si tienes acceso a dólares, me dice David Smilde, sociólogo de la universidad de Tulane con el que hablo en el restaurante, el coste de la comida sería de entre ocho y nueve dólares, ‘un precio muy bueno para un plato gourmet de pasta’. Aquellos que cobran en petrodólares, empresarios partidarios de la oposición y las élites políticas del partido en el poder, pueden permitirse comer aquí”.

La clase alta y media alta sufre las consecuencias de la falta de abastecimiento de productos importados de uso cotidiano. Sin acceso a divisas, controladas por el Gobierno en un momento crítico por el hundimiento del precio del petróleo, esos productos no llegan al país. Pero no pasan hambre. Los que tienen dinero siempre van a soportar mejor la hiperinflación o la existencia del mercado negro.

Al final, en una economía que depende de las importaciones el mercado negro lo es todo, excepto la ayuda limitada que pueda prestar el Gobierno con sus menguantes recursos en tiendas que no cuentan con suministros necesarios para alimentar a toda la población.

Venezuela es un importador neto de alimentos. El Gobierno ha tenido que reducir las importaciones drásticamente porque no tiene con qué pagarlas y por ello restringe el acceso a las divisas. Sin el suministro, por limitado que sea, que facilitan las tiendas estatales, mucha gente no tendría nada que comer. La inflación coloca los precios de los alimentos a precios inalcanzables para millones de venezolanos.

En este artículo de hace unas semanas, Gabriel Hertland, profesor de la Universidad de Albany y colaborador habitual de medios de izquierda norteamericanos, niega que la situación de Venezuela sea un colapso completo, pero no oculta el impacto dramático del desabastecimiento en la alimentación con testimonios escuchados a venezolanos tras una de sus últimas visitas al país. Su resumen de lo que está ocurriendo: “Inflación de tres dígitos, escasez de bienes básicos, cambios numerosos en los hábitos de consumo de alimentos y creciente malestar político y social”.

Al igual que en el otro artículo, Hertland ha visto restaurantes llenos y tiendas bien aprovisionadas para los que se las pueden pagar. Pero para el resto es muy diferente, como lo demuestran algunos testimonios. “La situación es difícil y ha empeorado en los últimos dos años’, dice Jesús Rojas, profesor y padre de dos hijos en el pequeño pueblo de Río Tocuyo (población: 7.000 habitantes) en el Estado de Lara. ‘Está golpeando duro a las familias. No es fácil conseguir comida, y la que consigues tiene precios muy altos. Ya ha visto las largas colas (en las tiendas que venden a precios controlados). La gente tiene poder adquisitivo, tiene dinero. El problema es que la gente vende cosas a seis o siete veces el precio (regulado), y no hay control por el Estado. Eso es lo que más molesta a la gente'”.

Con la hiperinflación, el Gobierno pierde el control de la economía. Los precios regulados no son ya reales. Las subidas de salarios nunca van a compensar el aumento de precios y el Estado sólo puede aminorar el impacto, lo que no es suficiente. “Los trabajadores y los pobres son los más perjudicados, es decir, la base social del chavismo. “Hay colas (para comprar productos con precios controlados) de hasta un kilómetro’, dice Jesús Rojas, ‘y no sabes si conseguirás algo cuando estás al final de la cola. Algunas personas comen sólo una vez al día o ninguna. A mí me ha ocurrido”, dice y calcula que esto ha afectado “al 20% o 30%” de los habitantes de Río Tacuyo. En el último año, Rojas ha perdido siete kilos. Muchos otros dicen que ellos y sus familias han perdido peso recientemente. ‘La mayoría de la gente en los barrios (de su localidad natal de Aragua) come sólo dos veces al día’, dice Atenea Jiménez (cofundadora de Red de Comuneros, un red nacional de organizaciones de base). Los habitantes de Petare cuentan lo mismo. Además de la reducción de calorías, los sectores menos prósperos de la población sufren una clara reducción en el consumo de proteínas. ‘La situación con la carne es dramática’, dice Jiménez’.

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