Qué ocurre si un país está gobernado por idiotas

El cierre parcial de la Administración federal de EEUU ya ha permitido que se produzca una de esas frases de los políticos que tanto gustan a la gente. “Nuestro país fue fundado por genios, pero está siendo gobernado por idiotas”, dijo el viernes el senador John Neely Kennedy, republicano de Luisiana.

Los idiotas no se han convertido en genios, pero al menos republicanos y demócratas alcanzaron un acuerdo el lunes que permitirá volver a dotar de fondos al Gobierno federal, pero sólo hasta el 8 de febrero.

Los republicanos se han comprometido a negociar el destino de los Dreamers, unos 800.000 jóvenes que llegaron como niños a EEUU con sus familias sin que sus padres tuvieran papeles para residir legalmente en el país, y que ahora están amenazados por la deportación. No es un compromiso muy definido, con lo que la interpretación más extendida es que han sido los demócratas los que han cedido, aunque sólo para tres semanas.

En 25 años, los congresistas han forzado en cuatro veces el llamado shutdown, por su incapacidad de pactar el presupuesto o la asignación de fondos que permite que la Administración central siga operando. Los republicanos son expertos en provocar esa situación. En esta ocasión, los demócratas también la contemplaron como arma negociadora, aunque al final la mayoría de ellos cedió en el Senado y votó el acuerdo que ha puesto fin a la última crisis.

La imagen de un país desarrollado con un Gobierno que no puede pagar salarios a sus funcionarios (incluidos aquellos que sí tienen que ir a sus puestos por trabajar en funciones consideradas esenciales) es lamentable. El impacto económico inmediato no ha sido muy grande en esta ocasión. La reputación con que se queda la política es mucho peor.

¿Pero luego los votantes hacen pagar a los políticos ese descrédito? Los datos indican que no. FiveThirtyEight echa la vista atrás a anteriores cierres de la Administración y llega a la conclusión de que, si bien los sondeos registran subidas y bajadas a corto plazo, esos efectos no duran mucho:

“Los republicanos se habían recuperado en febrero de 1996 (tras el bajón inicial en los sondeos por el cierre de 1995-1996), sólo un mes después de que acabara el periodo final del cierre. Y en las elecciones de ese año, mantuvieron sus mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado. Mientras tanto, (Bill) Clinton recuperó el apoyo perdido en marzo de 1996. Luego ganó la reelección con facilidad en 1996. Básicamente, América entrega otra vez las riendas del poder a los mismos que cerraron el Gobierno”.

Entonces, siguiendo la frase del congresista Kennedy, ¿quiénes son los idiotas? ¿Los elegidos o los que eligen?

Foto: retirada de nieve frente al Capitolio de EEUU en Washington. Architect of the Capitol CC, Flickr.

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Operación Rama de Olivo (sic) de Turquía en el norte de Siria con aviones, artillería y soldados

Estos son los planes del Gobierno de Erdogan en su invasión del norte de Siria controlado hasta ahora por la milicia kurda del YPG, según la televisión pública turca. Primero, fueron los bombarderos con artillería desde el lado turco y ahora toca el turno a la aviación y las fuerzas de tierra, que cuentan con el apoyo del FSA, el grupo insurgente sirio que recibió financiación y armas de EEUU y que ahora cumple el papel de fuerza mercenaria en favor de Turquía.

El Gobierno de Ankara ha dado a la invasión el nombre de Operación Rama de Olivo. Como siempre ocurre con los nombres de las operaciones militares, sin ninguna intención irónica. Tampoco pretendía ser sarcástico el viceprimer ministro turco cuando dijo el domingo que la presencia del YPG en Afrin “ha supuesto una amenaza a la integridad territorial de Siria”. Como si eso preocupara mucho en Turquía.

La ofensiva se había retrasado unos días a la espera de que Erdogan la comunicara y pactara con Rusia, que contaba con fuerzas en la provincia de Afrin en calidad de “observadores militares”. Para ello, el jefe de las Fuerzas Armadas turcas viajó a Moscú hace unos días. Hay mucho tráfico aéreo en la zona y resulta conveniente coordinar con los rusos ataques aéreos en unos cielos en los que ellos tienen una presencia constante.

Columna de miembros del grupo insurgente sirio FSA con la bandera turca el 19 de enero en la provincia de Afrin. Foto: EFE.

Todo esto ocurre unos días después de que se supiera que EEUU tenía la intención de formar una fuerza militar de unos 30.000 combatientes, compuesta sobre todo por milicianos del YPG y sus aliados. Era la confirmación de que Washington pretende llevar a cabo una ocupación permanente de la zona del norte que los kurdos arrebataron al ISIS con el apoyo aéreo imprescindible de los norteamericanos.

Como por otra parte es habitual, las noticias sobre esa milicia tuvieron reacciones diferentes de organismos distintos de la Administración de Trump. La fuente confirmada venía del Pentágono y de las fuerzas militares estadounidenses en la región. El Departamento de Estado la desmintió a través del secretario de Estado, Rex Tillerson: “No estamos creando una fuerza de seguridad fronteriza en absoluto”.

Es cierto que Tillerson no cuenta con mucha autoridad en el Gobierno de Trump, sobre todo en temas de Defensa. Pero los militares intentaron matizar sus intenciones con un comunicado: “Estas fuerzas de seguridad están centradas en el aspecto interno para impedir que los combatientes de Daesh huyan de Siria. Las fuerzas aumentarán la seguridad local en las zonas liberadas y proteger a la población local”.

Traducción de “centradas en el aspecto interno” (internally-focused): no, esto no tiene nada que ver con Turquía. Evidentemente, los turcos están convencidos de que la estabilización de una fuerza kurda con continuidad territorial en buena parte del norte de Siria compite directamente con su intención del borrar del mapa al PKK y considera que el YPG es sólo una extensión del PKK al otro lado de la frontera.

En el argumentario con el que el Gobierno turco resume sus objetivos para que sean empleados dentro y fuera del país, queda bastante claro: “Turquía contempla la fusión de la zona de Kobani con Afrin como el pilar más importante del proyecto del corredor kurdo”. Algo que no van a tolerar.

En toda la provincia de Afrin viven unas 500.000 personas, muchas de ellas desplazadas por la guerra desde otras zonas de Siria.

La retórica belicista de Erdogan da a entender que pretende acabar también con el YPG. No sería la primera vez que la realidad tiende a limitar el impacto de los objetivos militares turcos. La opción intermedia es expulsar al YPG de todas aquellas zonas rurales de la provincia de Afrin habitadas por sirios árabes, que no tienen ninguna intención de ser vigilados por milicias kurdas. Esa es la parte tampoco muy creíble del comunicado militar norteamericano cuando hablaba de “proteger a la población local”.

Una segunda parte de esa improbable rama de olivo sería la formación de una milicia siria árabe armada y financiada por Turquía en el norte de Siria. Ese es el papel que le corresponde al FSA, cuya capacidad de hacer la guerra al Ejército sirio es nula desde hace tiempo. De ahí que se establezca como meta en los comunicados que el FSA controle una zona de unos 10.000 kilómetros de cuadrados.

Sería una franja de seguridad –el eufemismo con el que se disfraza habitualmente la ocupación de territorio extranjero– que podría tener 10 o 15 kilómetros. Sus dimensiones reales dependerán del tiempo que dure esta operación militar, de la capacidad de los kurdos del YPG para contenerla y de lo que pueda hacer el FSA con el apoyo turco en el futuro para mantener su presencia allí.

Una vez más, los gobiernos extranjeros tienen una amplia capacidad para continuar con la guerra en Siria al servicio de sus intereses y a través de socios locales.

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Caos y furia en el primer año de la presidencia de Trump

Hace un año, Donald Trump tomó posesión de su cargo en Washington con un discurso ultranacionalista cuyo grito “America First”  sonó como una amenaza en todo el mundo. El principal inspirador del mensaje, Steve Bannon, está hoy fuera de la Casa Blanca y ha sido repudiado por el entorno de Trump. Pero en la Casa Blanca permanece el hombre que cree firmemente en esas ideas.

Todas los gobiernos norteamericanos se parecen bastante en su funcionamiento interno, sobre todo cuando pasan unos meses. Ninguno en el pasado reciente es como el de Trump. El caos ha sido su estado natural, porque ninguno de los puestos clave ha gozado de la más mínima estabilidad.

En un año, el presidente ha perdido a su jefe de gabinete, su principal consejero estratégico, su consejero de Seguridad Nacional, su secretario de Prensa y su director de Comunicación (dos veces).

Entre los puestos más influyentes sólo queda desde el principio su familia, porque la Casa Blanca es ya sin dudas lo que parecía al principio: una corporación familiar con un presidente ejecutivo al frente y un ego del tamaño de la torre de la Quinta Avenida que lleva su nombre. Ivanka Trump y su esposo Jared Kushner continúan estando a su lado, no en calidad de hija y yerno, sino de consejeros políticos.

Ella tiene 36 años; él, 37. La experiencia política de ambos se limita a su pertenencia a La Familia.

La calidad de su asesoramiento queda clara con un ejemplo: fueron ellos quienes insistieron en que se cesara al director del FBI, James Comey, una medida temeraria con la que querían cortar de raíz la investigación sobre los presuntos contactos con Rusia. Su principal consecuencia fue el nombramiento de un exdirector del FBI con competencias similares a la de un fiscal para ocuparse precisamente de esa investigación. Jugada maestra.

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La eliminación del auténtico legado de Martin Luther King

Cada año ocurre lo mismo en EEUU: el intento de despolitizar a Martin Luther King para que se olvide su mensaje político y por qué hoy sigue siendo actual. Un ejemplo entre muchos es este artículo de opinión publicado en la web de Fox News con el argumento de que este lunes (el Día de Martin Luther King en EEUU) era “un día para la unión nacional, no para la división política”.

Muchos congresistas republicanos tuitearon mensajes en honor del día de King, incluidos aquellos que nunca han mostrado mucha preocupación por las proclamaciones racistas de Donald Trump. Eso afecta también a la última polémica sobre los “países de mierda”, en referencia a países africanos. El propio Trump grabó el mensaje de rigor recordando al líder de los derechos civiles en los años 60. El presidente utilizó el día festivo para jugar al golf, como es su costumbre.

King es una especie de santo laico en EEUU por ser el símbolo de la lucha contra el racismo. Por eso mismo, su figura es desnaturalizada, encerrada en la época histórica en que vivió para que no contamine los acontecimientos actuales. Si hay algún hecho del presente que se puede relacionar con el legado de King (el racismo que existe ahora, Black Lives Matter, la guerra, la desigualdad económica…), de inmediato los políticos y medios conservadores se apresuran a afirmar que no se debe “politizar” su mensaje. Como si fuera George Washington o Abraham Lincoln, lo convierten en un protagonista del pasado que poco tiene que ver con el presente.

De ahí que muchos destaquen sus palabras en favor del amor y en contra del odio. ¿Quién no está a favor del amor?

Es lo mismo que ocurrió tras la muerte de Nelson Mandela. Conviertes a alguien en un símbolo patrimonio de todos para que a nadie se le ocurra recordar sus ideas. La figura es sagrada, intocable. Y para ello, sus ideas sobre cómo defender los derechos ante una injusticia son apartadas.

Algunos datos sobre lo que decían las encuestas a cuenta de la opinión de los norteamericanos sobre King son muy reveladores. Su posición de partida sobre los derechos de los negros recibía a principios de los años 60 un apoyo amplio, pero no mayoritario. Según Gallup, un 41% tenía una opinión favorable sobre él en mayo de 1963, y un 37% la tenía desfavorable. En julio de 1964, el presidente, Lyndon Johnson, firmó la Ley de Derechos Civiles, un momento de la máxima importancia histórica, pero que tuvo menos repercusiones sobre el terreno en el sur de EEUU de lo que nos podemos imaginar.

Un mes después, los datos de Gallup no habían cambiado mucho. Un 44% se mostraba favorable a King y un 38% en contra (los datos aquí, vistos gracias a Matthew Yglesias). En octubre de 1964, King recibió el Premio Nobel de la Paz.

Muchos pensaron que la Ley de Derechos Civiles era el final de un camino. La ley había consagrado el fin de la segregación racial. Seguía existiendo en la realidad, pero no en los textos legales. Problema solucionado para los políticos de Washington y probablemente para la mayor parte de los ciudadanos.

No para King y los suyos. Como sabrán los que hayan visto la película ‘Selma’ que se emitió hace unos días en La 2, el reverendo sabía que era sólo el principio de una nueva lucha. No servía de nada que la ley hubiera acabado con la segregación racial si en el mundo real los negros del Sur tenían prohibido el derecho al voto a través de todo tipo de subterfugios legales, algunos muy poco disimulados, aplicados por las autoridades locales. Sin poder votar, los negros, individualmente y como colectivo, continuaban siendo ciudadanos de segunda clase.

Las movilizaciones continuaron, mientras Johnson rogaba a King que lo dejará estar, que esperara más tiempo, porque en ese momento él tenía otras prioridades políticas.

Las encuestas de Gallup recogieron el cambio de opinión de la gente, que se puede resumir en la idea ‘los negros ya tienen lo que quieren, ¿por qué piden más?, ¿qué pedirán más adelante?’. La película ‘Selma’ pone esas palabras en la voz del gobernador racista de Alabama, George Wallace. Seguro que muchos blancos del Norte pensaban algo parecido.

En otro sondeo de 1966, los que tenían una opinión favorable sobre King habían bajado al 33%. Los contrarios eran el 63%. Y todo por reclamar los derechos en la calle en lo que era una violación de las normas impuestas por las autoridades locales sobre cómo y de qué manera se podía hacer una manifestación. En definitiva, por continuar luchando por algo que la mayoría de la sociedad no percibía como una injusticia intolerable.

Además en 1966 King también llevó la movilización a ciudades del Norte como Chicago para denunciar la falta de viviendas para negros en zonas donde donde no eran admitidos.

La presión ejercida por King, una acción definida como radical por las encuestas, había sido efectiva en Washington. En agosto de 1965, Johnson firmó la Ley de Derecho al Voto, aprobada antes por el Congreso. Esa ley sí tuvo un efecto real en los años posteriores. Centenares de miles de afroamericanos obtuvieron el derecho al voto que formalmente les reconocía la Constitución, pero que se les negaba en la realidad.

Antes de ese cambio, las encuestas revelaban algo que no nos debería sorprender. Los norteamericanos, incluso antes de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles, creían que las manifestaciones perjudicaban a la causa de la igualdad racial: un 61% lo pensaba en 1961, en relación a la movilización de los Freedom Riders; aun más, un 74%, en 1963.

Los que opinaban así podían llegar a creer que la situación era injusta, pero también opinaban que salir a la calle era contraproducente para esa misma causa. Había que esperar, confiar en las instituciones, aunque los que las dirigieran estuvieran ocupados en otras prioridades. Cualquier presencia no autorizada en la calle, o sencillamente prohibida, sería una perturbación del orden público que sólo serviría para provocar la división y hacer más difícil la solución del problema. Como ocurre en muchas situaciones cuando alguien reivindica sus derechos, la respuesta que recibían era: ahora no es el momento.

Actualmente todo el mundo recuerda la apuesta completa de King por la no violencia, pero él mismo reconocía que sin violencia en la calle, no la de los manifestantes, sino la procedente de la respuesta policial en algunas zonas del Sur, nadie en el poder iba a sentir la urgencia de encontrar una solución. No iba a haber portadas de periódicos ni minutos en la televisión. Sin ese impacto, sólo recibiría promesas.

Cuando varios reverendos blancos de ideas progresistas para la época escribieron que sus acciones eran contraproducentes por provocar situaciones de violencia, King respondió en abril de 1963 con la Carta desde la cárcel de Birmingham. El objetivo de la movilización era “dramatizar el problema para que no pudiera ser ignorado”. En ese sentido, era imposible escapar de la violencia como forma de afrontar esa lucha, aunque esa violencia previsiblemente iba a ser ejercida por los otros, por las autoridades racistas del Sur.

King llevó su mensaje contra la violencia hasta el final y comprendió que la denuncia de las injusticias raciales no podía limitarse a las fronteras de su país. La lucha contra el racismo no era una causa que pudiera aislarse de otras injusticias. La guerra, la pobreza y el racismo estaban íntimamente conectadas. Por eso, pronunció en abril de 1967 su famoso discurso contra la guerra de Vietnam en la iglesia de Riverside en Nueva York: “Yo sabía que no podría seguir alzando mi voz contra la violencia que sufren los oprimidos en el gueto sin haber hablado antes claramente sobre el mayor promotor de violencia hoy en el mundo: mi propio Gobierno”.

King, en lo que representaba ya una parte esencial de su mensaje en ese momento, un año antes de ser asesinado, dijo: “Una nación que continúa año tras año gastando más dinero en defensa militar que en programas de bienestar social se está acercando a la muerte espiritual”.

Gallup no hizo encuestas sobre la imagen de King en 1967 y 1968. Para entonces, esa popularidad anterior ya se había desplomado y sus relaciones con la Administración de Johnson se habían roto por su posición contra la guerra de Vietnam y su lucha contra la pobreza de blancos y negros, no sólo en el Sur, sino en todo el país.

En 1983, Ronald Reagan firmó la ley que declaraba el 15 de enero como Día de Martin Luther King, un festivo nacional en EEUU. Desde entonces, su mensaje queda restringido a la lucha contra el racismo y de ahí que muchos quieran despolitizarlo, es decir, ignorar todo su activismo con el que cuestionaba el sistema político de Estados Unidos.

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EEUU fabrica un nuevo aliado para mantener su intervención en Siria

Estados Unidos no ha dado por terminada su intervención en la guerra de Siria, a pesar de la práctica desaparición del ISIS en el norte del país. Todo lo contrario, el Pentágono pretende ocupar las zonas fronterizas con la vecina Turquía en lo que supone de hecho una partición de Siria con independencia de los acontecimientos futuros de la guerra civil.

El objetivo es formar una nueva fuerza de unos 30.000 hombres, según ha confirmado un portavoz militar a AFP. La mitad de ellos pertenecería a la SDF, la milicia kurdo-árabe que dominan los kurdos de la YPG y que fue básica, con el apoyo aéreo norteamericano, en la derrota del ISIS en el norte del país y en la provincia de Raqqa. El entrenamiento ya ha empezado con 320 miembros de esa milicia.

Conscientes de que una fuerza exclusivamente kurda tendría problemas en zonas del norte de Siria habitadas por árabes, donde las consideran extranjeros, los militares norteamericanos sugirieron en su momento al YPG que formara una coalición más amplia a la que se llamó Fuerzas Democráticas de Siria (SDF en sus siglas en inglés).

Los nombres son importantes. A esta nueva fuerza pagada por EEUU se le llamará en inglés Syrian Border Security Force para darle una apariencia oficial.

El plan prevé que sean fuerzas kurdas las que controlen las zonas fronterizas con Turquía y que sean otras árabes las que se ocupen del valle del Éufrates. Según esos cálculos, faltan 15.000 combatientes por reclutar, que bien podrían salir de los grupos insurgentes sirios financiados por EEUU, o lo que quede de ellos.

Oficialmente, la razón aducida es impedir el regreso de ISIS a esas zonas, pero no se puede ocultar que se busca también que el Gobierno sirio no pueda extender su autoridad hasta el norte en el caso de que consiga acabar con los insurgentes sirios que resisten en la provincia de Idlib.

El secretario de Defensa, James Mattis, ya dijo que EEUU, que cuenta con más de 2.000 soldados en Siria, se quedará en el país “tanto tiempo como sea necesario”, lo que bien podría traducirse en unos cuantos años.

Si hay un país que considera este paso una declaración hostil es Turquía, que ya ha comenzado a tomar medidas para dificultarlo. Ankara afirma que nunca permitirá una presencia permanente del YPG al otro lado de su frontera. Considera a ese grupo una extensión del PKK, el grupo armado kurdo de Turquía, catalogado como grupo terrorista por EEUU, la Unión Europea y Turquía.

El miércoles, el Ministerio turco de Exteriores convocó al encargado de negocios de la embajada de EEUU en Ankara al conocer las primeras noticias de estos planes. Tras hacerse públicos, el portavoz de Erdogan emitió un comunicado con el que acusaba a Washington de “intentar legitimar y reforzar al grupo terrorista YPD mientras debería poner fin al apoyo que le presta”.

Pero no es en el campo de las declaraciones o de los movimientos diplomáticos donde Turquía tiene la oportunidad de contraatacar. En realidad, ya lo ha hecho.

El sábado, el Ejército turco atacó con artillería desde el sur de Turquía varios objetivos relacionados con el YPD en la provincia de Afrin, en el noroeste de Siria, después de que Erdogan anunciara que habrá una operación militar en el norte de Siria “a menos que los terroristas abandonen las provincias de Afrin y Manbyi en una semana”.

Entre agosto de 2016 y marzo de 2017, Turquía realizó una incursión terrestre en el norte de Siria dentro de las operaciones contra ISIS para ocupar dos poblaciones. Pero el objetivo real era impedir que las fuerzas del YPG desplegadas en distintos puntos pudieran unirse y extender su control de la zona norte. Según la versión militar, los turcos perdieron 70 soldados, un precio alto que el Gobierno estaba dispuesto a pagar para alcanzar su objetivo.

Sin presencia del ISIS sobre el terreno, la rivalidad entre EEUU y Turquía, aliados en la OTAN, ya no tiene ninguna pantalla en la que ocultarse. La Administración de Trump ha decidido convertir en permanente su presencia en Siria y el apoyo a los kurdos del YPG iniciado en la época de Obama. Para Ankara, sólo son terroristas. Washington los ve como el aliado a sueldo de conveniencia para que ISIS no vuelva a aparecer y para que Asad nunca pueda volver a controlar toda Siria, incluso aunque gane la guerra. Porque la guerra continuará de otras formas, en algunos casos con protagonistas idénticos.

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La historia de un linchamiento de 1930

Inevitablemente, la persona que nos cuenta esta historia está pensando en lo que está ocurriendo ahora en EEUU, en Donald Trump y en lo que piensan algunos de sus compatriotas.

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Cómo identificar las noticias falsas

Dámaso Reyes explica a sus alumnos cómo distinguir las noticias falsas de las verdaderas. Todos los consejos son apropiados. El único problema es que se necesita algún tiempo para hacer las comprobaciones pertinentes. De ahí la recomendación de ser “detectives digitales”. Eso es complicado teniendo en cuenta la voracidad y rapidez con la que ahora se consume la información.

También hay que reconocer que medios de comunicación tradicionales y de una larga trayectoria se han embarcado en prácticas periodísticas que no son muy diferentes de las de esas oscuras páginas web que suministran una dieta diaria de información manipulada. Y para eso los consejos de Reyes no sirven de mucho.

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Presidenta Oprah Winfrey, el último salto al vacío de la política norteamericana

Oprah Winfrey es la estrella del momento en EEUU. Oprah –uno de esos personajes públicos en ese país a la que todo el mundo conoce por el nombre de pila– tuvo la mejor intervención en la entrega de los Globos de Oro; primero, porque recibía un premio a toda su trayectoria, y en segundo lugar, por su discurso vibrante en una gala en la que todo el mundo quería dejar su sello.

A diferencia de los Oscar, en los Globos de Oro los hombres y mujeres se sientan en mesas redondas con comida y bebida, sobre todo, bebida, y todo tiene un aire más informal. Los presentadores tienen licencia para ir más lejos con sus chistes, y algunos han sido especialmente salvajes. Hay un montón de premios, y los hay hasta para los parientes pobres del mundo del espectáculo –ahora ya menos–, los actores y actrices de televisión.

Esta vez era diferente. La ola de denuncias de acoso sexual iniciada por el caso Weinstein debía tener una respuesta firme y nada frívola, un alegato colectivo con el mensaje ‘nunca más’. Oprah fue más lejos y se convirtió con sus palabras en el símbolo que todos estaban esperando. “A new day is in the horizon!”, y todos se rompieron las manos aplaudiendo.

¿Símbolo de qué? No sólo de la desigualdad sistemática en que viven las mujeres que trabajan en Hollywood o Nueva York. También de todos los que creen que el país se está yendo por el sumidero a causa del presidente. Y si necesitaban más ejemplos, la publicación del libro de Michael Wolff había despejado las pocas dudas que quedaban en una comunidad en la que la inmensa mayoría de sus protagonistas votan al Partido Demócrata y financian generosamente sus campañas.

¿Y de ahí a presidenta Winfrey? El impulso de apoyar a la presentadora de TV como candidata a las elecciones de 2020 provino de las redes sociales, donde las opiniones son casi como la escritura automática de los surrealistas. O sencillamente una forma de expresar con el corazón lo que aún no se ha madurado en la cabeza, tanto por su calidad intrínseca como por sus posibilidades de éxito. Fuera de Twitter o Facebook, un ejemplo de alguien del gremio: “Quiero que se presente a la presidencia. No creo que tenga ninguna intención de hacerlo. Pero ahora no tiene elección”, dijo Meryl Streep.

Hubo otras personas fuera del mundo cinematográfico que no tardaron en sumarse a la ola. Aún más cuando CNN, citando a dos personas anónimas que son amigas de Oprah, dijo que ella está “pensando seriamente” en presentarse a las elecciones de 2020, y que de hecho lleva unos meses reflexionando sobre ese paso.

Si alguien sin experiencia política como Donald Trump no sólo dio el paso, sino que ganó las elecciones, ¿por qué no ella, nacida hace 63 años en Kosciusko, Mississippi, o alguien como ella? A eso se reduce todo el razonamiento. EEUU como el gran plató televisivo donde se enfrentarán dos estrellas de la pequeña pantalla (no hay que olvidar que Trump, empresario inmobiliario de éxito en Nueva York, se convirtió en una figura nacional gracias a un programa de televisión, The Apprentice).

¿Cuáles son las ideas políticas de Oprah? ¿Qué bagaje ideológico arrastra? Sí se sabe que apoyó con todas sus fuerzas a Barack Obama y Hillary Clinton, con lo que hay que situarla en el campo de los demócratas. Más allá de eso, queda el hecho de que su fama procede del programa de televisión que presentó durante 25 años, a lo que hay que sumar algunas incursiones en el cine; la más celebrada, su papel en ‘El color púrpura’, de Spielberg.

Su programa tenía las características habituales en los espacios matinales de las televisiones de EEUU dirigidos fundamentalmente al público femenino. Muchos famosos como invitados, sobre todo del mundo del cine, calidad de vida, dietas, consejos de salud, algunos muy cuestionables, moda, pero también un empeño especial por fomentar la lectura. Las novelas recomendadas por ella en un segmento especial dedicado a los libros se convertían de forma automática en superventas. Y no tardó mucho en dedicar programas a examinar por qué la invasión de Irak en 2003 no estaba resultando lo que la Casa Blanca y el Pentágono habían prometido.

Nada era más espectacular como cuando regalaba cosas, hasta coches a veces, a todas las personas que presenciaban en directo el programa. Gracias, claro está, a los patrocinios de grandes marcas. Una forma de caridad patrocinada por obra y gracia de la reina de la televisión.

Viniendo del mundo del espectáculo, no es extraño encontrar el amplio repertorio de fotos de ella con un tal Harvey Weinstein.

La mera consideración de la idea de Oprah como presidenta tiene mucho que ver con el escaso plantel con que los demócratas se enfrentan a cada elección presidencial. No por nada Hillary Clinton se presentó como favorita a dos primarias diferentes separadas por ocho años. De entrada su hipotética candidatura complace al neocon Bill Kristol: “Es más sensata ante la economía que Bernie Sanders, comprende mejor la América media que Elizabeth Warren, menos sensiblera que Joe Biden, más agradable que Andrew Cuomo, más carismática que John Hickenlooper”.

Desde luego, para alguien como Kristol, un candidata como Oprah debilitaría al que sea el candidato con más opciones de representar al ala izquierda del partido, como Sanders o Warren. Otros, como Jim Messina, director de la campaña de Obama en 2012, sólo ven ventajas en ella: “Ella cuenta con una marca que representa la inclusión, juntar a la gente y sumar todas sus aspiraciones. Para derrotar a Trump en 2020, los demócratas necesitarán a un candidato que pueda unir al partido, enfrentarse a los ataques de Trump e ir más allá de la política de los bajos instintos. Sin duda, Oprah puede ser uno de esos candidatos”.

Un duelo en las urnas Donald-Oprah alcanzaría el nivel máximo en el proceso por el que la política norteamericana se ha convertido en un inmenso reality. No importa ya la política, y sí los sentimientos. Los conocimientos profesionales de política y economía, por no hablar de asuntos internacionales (un argumento habitual de los demócratas en la campaña contra Trump) son secundarios; siempre se puede contratar a los mejores expertos, que luego nunca aparecen o que no saben que dirigir una Administración no es como presidir una empresa o mandar una división del Ejército. Hay que inspirar a los votantes con una historia personal edificante y no vale la pena perder el tiempo con propuestas políticas complejas. Y si el candidato es millonario, mejor, porque por algún milagro conseguirá que la economía funcione tan bien como lo hizo su patrimonio personal.

El trumpismo como cultura política se haría también con el poder en el principal partido de la oposición. Porque todo empieza y acaba con la capacidad de generar ilusión, y ahí la experiencia puede ser hasta contraproducente en una época en la que los políticos profesionales son sospechosos por definición.

En otras palabras, adiós a Karl Marx y Adam Smith. Bienvenido, Paulo Coelho, a la primera línea de la política.

Sábado:
Hay algo que había olvidado sobre la trayectoria de Oprah Winfrey en su programa: su apoyo a seudociencias, dietas milagro y teorías falsas sobre las vacunas.

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2017 no fue sólo el año en que Trump nos divirtió/horrorizó

Un resumen en imágenes de 2017 por cortesía de Vox.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

‘Fargo’ nos presenta un mundo en el que las vidas de los personajes están marcadas por la regularidad y la monotonía hasta que se produce la tragedia. Con un movimiento mínimo de la cámara, el encuadre –la composición de cada plano– resultaba básico.

‘Bonnie and Clyde’ sigue impactando tanto como hace 50 años.
–El thriller erótico de los 90 pasó a mejor vida.
–En tiempos de crisis, los westerns vuelven a las pantallas de EEUU.
–51 grandes películas de superhéroes.
–El mito de Frankenstein nunca pierde valor.
–La vida y el legado de Jackson Pollock.
–Arriba ese ánimo. 99 cosas buenas que pasaron en 2017.
Leñadores en Suiza.
–Hay un patrón en los libros que se roban en las librerías de EEUU.
–Jugarse la vida para recuperar los cuerpos de los montañeros muertos en el Everest.

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