Dos mil muertos para volver al punto de partida

Una vez que ordenó la retirada de las tropas de tierra, Netanyahu había dado por finalizada la operación de castigo contra Gaza. Había conseguido sus objetivos: proyectar la imagen de dureza contra los palestinos sobre la que ha cimentado su carrera política, salvaguardar la estabilidad de su Gobierno de coalición y hacer más difícil el acuerdo entre Hamás y Fatah.

Para todo lo demás, hay que bucear en el mito fundacional del Estado de Israel: los palestinos sólo entienden el lenguaje de la violencia y quieren acabar con la existencia del Estado judío. Pocos políticos israelíes han visto hundirse su carrera al apostar por esas ideas como eje de su actuación.

Su problema era que Hamás no tenía nada que ofrecer a sus partidarios para justificar el sacrificio, y por eso continuó con el lanzamiento de cohetes, primero permitiendo que otros grupos lo hicieran, luego utilizando su arsenal.

Ahora se ha acordado otro alto el fuego permanente, y Hamás ha adoptado la misma actitud que Netanyahu el 7 agosto. Firmar el papel y declarar la victoria. Es cierto que algunos puntos le permiten esta vez ofrecer algo tangible, por ejemplo el compromiso israelí de abrir la frontera para que entren los materiales con los que iniciar la reconstrucción. La prioridad será el suministro de agua y energía, las comunicaciones telefónicas y el material sanitario. Los pescadores podrán fanear hasta a 12 millas de distancia. De momento.

Todo lo demás (liberación de presos o el levantamiento del bloqueo) queda pendiente de la continuación de los negociaciones a través de la mediación egipcia. Puede ser el comienzo de unas conversaciones lentas pero con avances o el inicio de la nada. Hamás ya debe de saber que no tiene en El Cairo a un aliado, sino a un enemigo. No podrá sorprenderse si al alto el fuego permanente le sucede el impasse permanente.

Y Hamás tendrá que seguir gobernando Gaza y asumiendo la responsabilidad de pagar 40.000 salarios mensuales de funcionarios con dinero que no tiene. Es probable que Qatar asuma parte de la factura, pero el dinero no llega del aire y para eso necesitará el visto bueno egipcio.

No olvidemos que el Gobierno israelí tampoco cumplió todo lo prometido en el alto el fuego firmado tras la ofensiva de 2012.

Según un sondeo del Canal 2 de la TV israelí, el apoyo a Netanyahu ha caído del 82% al 38% en unas pocas semanas. El primer dato era irreal –en la medida en que era producto de la marea belicista en Israel, como también será ahora mismo muy alto el apoyo a Hamás en Gaza–, y el segundo se acerca a la realidad habitual en el fragmentado escenario de la política israelí. Si cala en la opinión pública la idea de que no ha habido vencedores, es muy posible que Netanyahu atraviese momentos difíciles pero podrá superarlos recurriendo al lenguaje violento de costumbre.

Netanyahu no sometió a votación en el Gabinete de Seguridad del Gobierno la propuesta egipcia que ya ha sido aceptada por ambas partes. Sencillamente, se la comunicó a sus aliados por teléfono. Eso dará cobertura a los más ultras para mostrar en público su enfado, no tanto como para amenazar con salirse del Gobierno. Otros respirarán aliviados por no haber tenido que retratarse en la votación. Si la tan comentada “desmilitarización de Gaza” no se produce, el cerco a Netanyahu se estrechará, y entonces aumentarán sus incentivos para volver a llamar a filas a los reservistas.

A corto plazo, es difícil aceptar que 2.133 palestinos muertos (y 64 soldados israelíes) sean el precio que hay que pagar para restablecer otro concepto intocable: la capacidad de disuasión de Israel contra sus enemigos.

La política es en parte un juego con el que manejar las expectativas de la gente. Y las expectativas en Israel son realmente violentas.

 

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Otro edificio de viviendas destruido en Gaza

70 familias vivían en el edificio de 13 plantas que llamaban ‘la pequeña Italia’ y que fue destruido en un ataque israelí.

Si bien se habla que dentro de unas horas entrará en vigor otro alto el fuego, es indudable que el Gobierno israelí había dado por terminada su ofensiva sobre Gaza y que todo lo ocurrido en las últimas dos semanas era una continuación que no le convenía a sus intereses. Más que nada porque le resultaba difícil vender a su opinión publica la idea de que la operación de castigo había concluido con éxito después de la eliminación de la mayoría de los túneles.

Obviamente, Hamás no quería conceder esa victoria a su enemigo.

En la prensa israelí, son numerosos los comentarios que indican que una guerra de desgaste, aunque tenga efectos más dramáticos en Gaza que en Israel, no conviene al Gobierno. La pregunta que se hacen en Israel es: si los enfrentamientos continúan, ¿para qué murieron 63 soldados israelíes? ¿Dónde está la victoria?

La destrucción de hasta tres torres de viviendas es sólo un extra con el que contentar a la opinión pública israelí. Si nuestros civiles sufren, los del otro lado sufren aún más. A eso se reduce la estrategia de Netanyahu de los últimos días.

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Los Emiratos y Egipto mueven sus fichas en Libia

Si aún esperábamos que algún nuevo acontecimiento nos sorprendiera en este verano de furia y sangre en Oriente Medio, el lunes tuvimos una nueva oportunidad con la noticia de la autoría del doble ataque aéreo contra las milicias islamistas libias por aviones de los Emiratos Árabes con la ayuda logística de Egipto (mapa). A lo que hay que añadir un detalle interesante: los primeros sorprendidos fueron los norteamericanos.

En primer lugar, hay que recordar que los ataques eran conocidos, pero no su autoría. Una primera hipótesis es que procedían de las fuerzas del exgeneral Jalifa Heftir, que intentó hace unos meses sin éxito un golpe de Estado. Heftir, al que se suele calificar de antiislamista, dijo que pretendía acabar con el chantaje de las milicias, pero en realidad sus fuerzas no son más que otra milicia, aunque tiene el apoyo del Parlamento libio.

Hasta la semana pasada, las milicias de las Brigadas Zintán, que reciben financiación del Gobierno o de lo que queda de él, controlaban el aeropuerto, pero fueron desalojadas de él por las fuerzas islamistas Amanecer de Libia, una coalición de grupos islamistas de varias zonas del país, incluida la provincia de Bengasi y la de Misurata. Una descripción de las distintas coaliciones enfrentadas puede encontrarse aquí.

Las Brigadas Zintán y las de Misurata, en especial las primeras, fueron decisivas en el derrocamiento de Gadafi, y ahora luchan entre sí.

La noticia del NYT, que citaba fuentes del Gobierno norteamericano, apuntó el lunes a la autoría de los Emiratos, que junto a Arabia Saudí tiene su propia lista de milicias satélite, que se enfrentan a las milicias apoyadas por Qatar. En este embrollo, llamar a unas islamistas y a otras es tan confuso como dudoso. Más que diferencias ideológicas, que las hay, lo que ocurre en Libia es una lucha por el poder ante la desaparición del Estado.

La inutilidad del segundo ataque, dirigido contra las milicias que sitiaban el aeropuerto de Trípoli, quedó de manifiesto tras ver las imágenes de la terminal en llamas.

El Gobierno egipcio ha negado su implicación en el ataque de forma bastante poco convincente. Un día después, ha anunciado un plan para desarmar a las milicias, pero su prioridad está clara: impedir que su vecino del oeste sea gobernado por fuerzas islamistas, sean o no similares a los islamistas que han sido aplastados en Egipto.

El desconocimiento previo por Washington de esta operación de castigo revela hasta qué punto la Administración de Obama ha perdido el control de los acontecimientos en Oriente Medio. Las Fuerzas Aéreas de los Emiratos cuentan con aviones vendidos por EEUU y pilotos entrenados por EEUU. Hay algo de justicia poética en todo esto, como indica Juan Cole, en especial la denuncia de la interferencia en los asuntos internos de Libia, que comenzó por parte de los países occidentales mucho tiempo antes de que los aviones de Emiratos despegaran de sus bases.

Hay quienes no se creen que este ataque haya pillado por completo por sorpresa a EEUU. “Con tantos buques con el sistema Aegis de la Armada de EEUU en el Golfo Pérsico y el Mediterráneo, no hay ninguna posibilidad de que los Emiratos hayan hecho esto sin que lo supiera EEUU”, ha dicho Christopher Harmer, del Institute for the Study of War. Otra cosa es que EEUU fuera avisado con antelación del ataque.

Es posible que tuvieran algunas dudas sobre el primero, pero ninguna con el segundo, y de ahí la información del lunes. Los Emiratos cuentan con al menos 60 de los modelos más avanzados del F16, y otros 20 de otros tipos, así como 33 Mirage 2000-9 franceses.

Acuciados por lo ocurrido en los últimos meses en Gaza, Irak o Siria, Washington y Londres han aparcado la crisis libia por no tener ni idea sobre una posible salida, mientras otros países de la zona creen que la medicina del uso de la fuerza puede serles de utilidad para sus intereses. Los imperios no son los únicos que creen que la violencia es un argumento legítimo cuando es ejercida en favor de tus clientes. Que eso sea de utilidad o completamente contraproducente para reconstruir un país hecho pedazos es obviamente un asunto muy diferente.

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El castigo colectivo a 40 familias de Gaza

Un edificio entero de 12 plantas (14 plantas según algunos medios) vuela por los aires en Gaza. Es prácticamente una demolición. Dos impactos en el lugar exacto provocan que el bloque entero se venga abajo.

Unas 40 familias vivían dentro. Un residente recibió un aviso por teléfono de que el edificio iba a ser destruido. Salió a la escalera para avisar a gritos a los vecinos de lo que se avecinaba. Todos salieron corriendo aterrorizados. Muchos no se arriesgaron a esperar para recoger lo más valioso, dinero por ejemplo. Veinte minutos después, cayó un misil de poca potencia en la azotea. Otros veinte minutos después, se produjo el ataque definitivo.

22 personas resultaron heridas, entre ellas 11 niños y cinco mujeres.

Todas esas familias perdieron sus viviendas, lo perdieron todo, porque el Ejército israelí dijo que la torre albergaba un “centro de mando” de Hamás. Los vecinos lo negaron.

En el primer párrafo de la noticia, el NYT dice que “el ataque (contra el edificio de viviendas) demuestra que Israel está dispuesta a acciones militares más audaces en Gaza, mientras los radicales palestinos continúan disparando cohetes y proyectiles de mortero sobre Israel”. Las negritas son mías.

En cualquier otra guerra, la destrucción completa de un edificio civil se consideraría un crimen de guerra. La posible existencia de un objetivo militar en su interior nunca justificaría la voladura completa de la torre. A menos que consideres que toda la población civil de Gaza es culpable y se merece cualquier castigo.

También el sábado fue destruido un centro comercial en Rafá que albergaba tiendas y oficinas de abogados, médicos y otros profesionales.

El domingo, 17 misiles lanzados en 20 minutos sobre un barrio de Jan Yunis han causado la destrucción de 13 casas y un centro gestionado por una ONG.

60 palestinos han muerto desde que el martes se reanudaron los ataques con cohetes sobre Israel y los bombardeos de Gaza. La cifra de total de víctimas mortales se acerca a 2.100. La ONU calcula que 17.000 casas han sido destruidas o muy gravemente dañadas.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Cómo se hizo ‘La edad de la inocencia’, de Martin Scorsese. El resto del documental, aquí.

–La entrevista de Robert de Niro en Playboy en 1989.
–El negocio de crear dinero falso para los rodajes de Hollywood.
–Fotos del rodaje de ‘La reina de África’.
–Todas las muertes de las películas de Tarantino.
–Un ebook sobre el rodaje de ‘El gran Lebowski’.
–Internet y los SMS en las películas.
–’Up’ al estilo de Michael Bay.
Frank Miller, genial, obsesivo y desquiciado por el 11S.
–El dictador Robert Mugabe y Wall Street.
–La reseña de George Orwell de ‘Mein Kampf’.
Blindaje artesanal de vehículos en Ucrania.
–Lo raro es que no haya muerto gente con lo del cubo de hielo.
John Oliver, sobre Ferguson y la militarización de la policía.
Los padres negros pegan más a sus hijos que los blancos en EEUU.

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La respuesta contra ISIS y la ley de consecuencias no deseadas

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Los que se preguntan por qué alguien puede hacer públicas imágenes tan horrendas como las del asesinato del periodista James Foley ya tienen su respuesta. El efecto buscado ha sido inmediato. Obama ha calificado al ISIS de “cáncer”. John Kerry ha dicho que el ISIS “debe ser destruido”. Los gobiernos occidentales creen verse obligados a abandonar su pasividad en relación a las guerras de Siria e Irak. La falta de una estrategia viable ya no parece ser excusa para dejar pasar más el tiempo. Algunos periodistas afirman que lo que está en juego es la misma civilización en una línea de pensamiento que en realidad ya se utilizó después del 11S en innumerables ocasiones y con los efectos conocidos.

Creer que las mayores potencias tecnológicas y militares del mundo pueden estar en peligro por un grupo insurgente de entre 10.000 y 20.000 miembros cuyas víctimas son musulmanes (civiles indefensos o soldados dirigidos por incompetentes) exige un salto de fe que resulta algo difícil de justificar. Y sin embargo, se sigue empleando.

No es posible poner en marcha una estrategia para acabar con ISIS sin analizar previamente las razones de sus éxitos militares de los últimos seis meses. Y para eso hay que remontarse a los acontecimientos ocurridos en Siria e Irak en los últimos dos años, en especial en el caso de la guerra civil siria, y a la invasión de Irak de 2003 que sustituyó la dictadura de Sadam Hussein por un Estado corroído por las tensiones sectarias y un Gobierno autoritario y corrupto. Pero no se debe a un solo factor ni hay un culpable único al que se le pueda adjudicar toda la responsabilidad.

Es en la búsqueda de razones estructurales donde resulta interesante este artículo de Hassan Hassan, publicado hace unos días en The Observer. En primer lugar, explica que ISIS se ha beneficiado de la desunión de los rebeldes sirios y de la debilidad de sus rivales dentro de la insurgencia. Pero hay algo más, y el problema para Occidente es que su capacidad de influir en los otros dos aspectos es muy limitada.

El ascenso de ISIS y su popularidad en muchos países árabes tienen su origen, según Hassan, en el sentimiento de alienación y victimismo de la población suní. Se da la paradoja de que el grupo mayoritario en el Islam se siente ahora como una minoría en retirada, lo que alimenta tendencias paranoicas, al comprobar que los chiíes han sabido explotar la situación creada tras la invasión de Irak y la toma del poder por los chiíes, que son mayoría allí: “Por primera vez en la historia, los combatientes chiíes cruzan fronteras para hacer la yihad, como ha ocurrido en Siria con el pretexto de proteger los santuarios chiíes. Los suníes se sienten atacados, sin defensores. La idea de que la guerra es la única manera de conseguir sus derechos gana cada vez más apoyos”.

En ese sentimiento, tienen el apoyo de gobiernos de Arabia Saudí, Qatar y Egipto, que no esconden que están dispuestos a todo para frenar a Irán y a sus aliados en Irak, Líbano y Siria.

La segunda tendencia que apunta Hassan es aún más peligrosa. Aprecia que se ha producido un cambio ideológico en el salafismo suní, una corriente radical (que él dice que no hay que confundir con el wahabismo saudí, aunque sí tiene algunas similitudes) que hasta ahora se había mantenido en un segundo plano político. La islamización de la sociedad era su prioridad.

Es una de las consecuencias menos citadas de la Primavera Árabe. Históricamente, el salafismo había combinado puntos de vista religiosos extremos con un alejamiento de la lucha política, lo que le permitía sobrevivir bajo regímenes que le eran hostiles, al no ser una amenaza directa, y también gozar de un amplio apoyo en algunos países. Eso está cambiando al calor de ese sentimiento suní de estar rodeado por demasiados enemigos (73 personas han muerto el viernes en el ataque de una milicia chií a una mezquita suní en la ciudad iraquí de Baquba, en uno de esos ataques que pasarán desapercibidos a causa de la constante sucesión de noticias violentas).

“ISIS no es una enfermedad”, escribe Hassan. “Es un síntoma de un vacío político, un sentimiento de rechazo entre los suníes y una ruptura ideológica dentro del salafismo”.

No es una batalla perdida en el mundo islámico. Como ocurrió con Al Qaeda, instituciones políticas y religiosas son ya muy conscientes de la amenaza que supone el ISIS en sus propias sociedades. Es en países que sufren guerras civiles o que ahora cuentan con Estados fallidos o en proceso de descomposición (como Libia) donde los yihadistas pueden aprovechar ese vacío para obtener un poder que hubiera estado fuera de sus posibilidades en circunstancias menos dramáticas.

Siria ha permitido al ISIS alcanzar su protagonismo actual. Su reaparición en Irak, primero en Faluya y seis meses después en Mosul, no hubiera sido posible sin la profundidad estratégica que le da el frente sirio y su dominio sobre los demás grupos que se enfrentan al Ejército de Asad.

En Washington y Londres, son muchos los que creen que nada de eso habría ocurrido si Occidente hubiera volcado su apoyo militar sobre los insurgentes “moderados” (o “mainstream”, como dicen algunos en inglés, aparentemente sin querer hacer un chiste). Una vez más, se parte del concepto absurdo de que en el mundo islámico hay una mayoría de liberales o socialistas que sólo necesitan dinero, o armas en caso de guerra, para que en sus países prosperen las mismas ideas que tienen éxito en Occidente.

En cualquier caso, la ayuda masiva que no llegó de EEUU o el Reino Unido sí acabó siendo proporcionada por Arabia Saudí y Qatar, y fue básica para que los grupos rebeldes más radicales cobraran ventaja dentro del juego de poder interno en la oposición a Asad. Y en una guerra, las preferencias ideológicas importan, pero aún más contar con los medios necesarios para alimentar a los soldados y armarlos. Eso ha hecho que otros grupos insurgentes hayan ido perdiendo efectivos en favor del ISIS.

Es cierto que Siria es un caso extremo, pero no se puede negar que hay pocas guerras civiles en las que son los moderados los que llevan la iniciativa en cada bando.

La forma más rápida con la que poner fin a una guerra es la victoria de uno de los dos contendientes, y la opción de una salida diplomática suele ser más la excepción que la norma. El frente sirio ha dado lugar a una especie de empate estratégico en el que ningún contendiente puede acabar con el otro y, a causa de la sangre derramada, no hay ya más incentivos que valgan que la victoria total. Contra lo que mucha gente desea, ni la ONU ni la comunidad internacional ni EEUU o Rusia pueden ya crear esos incentivos en favor de una salida negociada.

Las últimas informaciones indican que el ISIS está cerca de dar el tiro de gracia a los otros grupos insurgentes en la provincia de Alepo. Han ocupado varias localidades en el norte de la provincia que habían perdido a comienzos de año y vuelven a estar a las puertas de la ciudad donde a su vez sus rivales están sitiados por el Ejército sirio. Perder esa zona supone también quedarse sin una vía de escape y de recepción de suministros que conecta con Turquía. De lo que ocurra en los próximos días o semanas en la localidad de Marea, dependerá el desenlace de esa ofensiva.

Según algunos análisis, estos reveses pueden suponer el comienzo de la derrota definitiva para grupos como Ejército Libre de Siria (FSA en sus siglas en inglés) y Frente Islámico, que han recibido ayuda de distinto tipo de Washington. También hay en Alepo y los pueblos cercanos milicianos de Jabhat al-Nusra (que juró lealtad a Al Qaeda), pero muchos de ellos se han pasado a las filas del ISIS en los últimos meses. A fin de cuentas, su ideología no es muy diferente.

Un portavoz de esos grupos rebeldes ahora a la defensiva resumió el balance de fuerzas en pocas palabras al NYT: “No tenemos un mando central, mientras que el ISIS tiene un mando central y una ideología”. Y seguía: “Los combatientes del ISIS no llegaron de Marte. La mitad de ellos son de aquí, sirios, y los conozco personalmente. Dejaron el FSA después de ver lo que hacían sus corruptos jefes. Algunos de ellos dijeron: o nos vamos o morimos”.

Cada ciudad que toman los yihadistas les permite aumentar el número de sus efectivos. Por momentos, parece que el factor tiempo juega en su favor.

Los bombardeos norteamericanos de las posiciones del ISIS en el norte de Irak han servido para detener su avance. Cualquier ofensiva de una fuerza militar es vulnerable a un ataque desde el aire contra el que no tiene respuesta (otra cosa muy distinta es sacarlos de las ciudades que controlan). ¿Veremos algo parecido en Siria aunque eso suponga que EEUU esté ayudando directamente a Asad? No es muy probable, pero cada día se escuchan más análisis que lo dan por inevitable con el argumento de que el dictador sirio no supone una amenaza directa para los intereses de EEUU.

Con independencia de cuál sea su intención última, el general Martin Dempsey, jefe de las FFAA norteamericanas, ha dicho que el ISIS no puede ser derrotado sin atacar sus posiciones en Siria. Su destrucción completa sería imposible sin fuerzas de tierra, algo para lo que la Casa Blanca no parece tener ningún interés.

¿Se puede intentar convencer a los suníes de Irak que se enfrenten al ISIS, y por tanto colaboren con el Gobierno de Bagdad, y al mismo tiempo pactar con Asad para atacar al principio grupo insurgente suní en Siria? Resulta difícil de creer, porque el problema es que la frontera entre ambos países no existe para el ISIS, pero sí para el resto de protagonistas de la crisis.

Si los yihadistas terminan dominando la provincia de Alepo, el Ejército de Asad les atacará, pero no necesita acabar con ellos. Les vale con contenerlos. La presencia de un miniEstado yihadista es la mejor aportación a la campaña propagandística del régimen: para los sirios, cualquier cosa es mejor que el terror del ISIS.

Malcolm Rifkind es de los que creen que ha llegado el momento de rendirse a la evidencia. El exministro británico de Exteriores y Defensa ha dicho al FT que es necesario colaborar con el Gobierno de Asad para eliminar al ISIS. Rifkind, hoy diputado tory y presidente de una Comisión del Parlamento, es uno de los políticos británicos que con más empeño solicitó el apoyo a las fuerzas rebeldes. Ahora piensa de forma diferente: “A veces tienes que mantener relaciones con gente extremadamente desagradable para poder deshacerte de gente aún más desagradable”.

Es un clásico de Oriente Medio que se suele expresar con la frase “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Realpolitik en su más fría expresión. Se basa en hacer un pacto con el diablo y confiar en que luego todo saldrá bien. Los ejemplos de los errores estratégicos que han provocado esta mentalidad son innumerables en una región en la que los socios indeseables son legión. Es la aplicación en Oriente Medio y Asia Central del principio de consecuencias no deseadas. La que es la opción menos mala en un primer momento termina siendo un ingrediente básico de un resultado mucho peor tiempo después.

La periodista alemana Souad Mekhennet lo ha descrito muy bien en un artículo de título revelador: “The terrorists fighting us now? We just finished training them”. Ofrece el caso de un tal Abú Salé –no es su nombre real–, un libio de la zona de Bengasi que recibió entrenamiento militar de militares occidentales en la guerra contra Gadafi. Después se fue a luchar a Siria, ahora está herido en Turquía y cuando regrese a Siria se unirá a las filas del ISIS. Otros insurgentes entrenados en Turquía cuando estaban con el FSA se han pasado después a los yihadistas más radicales.

¿Cuál son las opciones para los que creen que en estos momentos la prioridad es ir contra el ISIS antes de que se haga aún más fuerte?

¿Aliarse con una dictadura como la de Asad y acabar con la poca credibilidad que queda a los países occidentales en sus llamamientos en favor del respeto a los derechos humanos? ¿Confiar en que un Estado corrupto y fallido como Irak reconstruya en unos pocos meses su Ejército para hacer frente a sus enemigos? ¿Ese mismo Ejército que fue una creación de los norteamericanos y del que se tenían supuestamente plenas garantías de que iba a poder mantener la seguridad de Irak? ¿Confiar en que los gobiernos de Arabia Saudí y Qatar impidan más ayudas a los insurgentes sirios?

Evidentemente, todas las opciones son malas o poco realistas. Quizá lo que veamos es una combinación de todas ellas en distintos grados con la esperanza de que alguna funcione.

La realidad que hay que afrontar es que no hay una solución inmediata ante un problema alimentado durante años en crisis originadas en varios países y propiciadas por otros tantos gobiernos, por mucho que ahora algunos digan que es necesaria una reacción de urgencia porque nuestra misma civilización está en peligro.

Por lo menos, que no nos digan que esta vez será diferente.

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Netanyahu rentabiliza el asesinato de Foley

Un periodista norteamericano es decapitado por un enmascarado negro. Se difunden imágenes que provocan horror y furia en los países occidentales. ISIS controla amplias zonas de Irak y es la principal fuerza insurgente en la guerra de Siria. ¿Qué supone todo eso para el Gobierno de Israel?

Una oportunidad magnífica.

La propaganda israelí se apresta a sacar beneficio de la situación ahora que la imagen de su Gobierno en Europa está en uno de los puntos más bajos tras la operación de castigo contra Gaza y la muerte de centenares de civiles.

Netanyahu utiliza su propia cuenta de Twitter en la campaña (con la imagen incluida de Foley pocos momentos antes de ser asesinado) para sostener un argumento desdeñado por la mayoría de los expertos. Incluso si uno examina las cuentas de partidarios de ISIS no es extraño encontrar insultos a los Hermanos Musulmanes egipcios y a Hamás a los que suelen tachar de “demonios” o “Shaitán”. Cualquier lucha nacional, aunque se haga en nombre del Islam, es anatema para los yihadistas sirios e iraquíes que aspiran a imponer un régimen de terror en todo el mundo islámico por encima de sus fronteras.

Netanyahu pretende que eso que se ha llamado la “guerra contra el terrorismo” pase a ser una guerra contra el Islam, y que Israel reciba la distinción de ser la vanguardia de Occidente en la contienda. Evidentemente, en ese caso los crímenes cometidos en nombre de Israel pasan a ser el duro precio que hay que pagar para hacer frente a una amenaza global.

No es una iniciativa nueva en la política israelí, pero no suele ocurrir que un primer ministro se rebaje al extremo de utilizar de esta manera el cadáver de un periodista como mercancía propagandística.

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Se lo han pensado mejor. Tras recibir unas cuantas críticas por el uso de la imagen de Foley y su asesino, unas horas después han eliminado esa foto del tuit.

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El caso de Ferguson: segregación de derechos y militarización de la policía

st_louis_post.750No he seguido cada detalle de la crisis de Ferguson, Missouri (las vacaciones, ya saben) pero, además de esa gigantesca ironía de ver en Twitter a gente de Gaza o Cisjordania dando consejos a residentes de una ciudad norteamericana sobre qué hacer en caso de ataque con gases lacrimógenos, hay un par de detalles que me llamaron la atención.

La ciudad de Ferguson, de 21.000 habitantes, tiene un 67% de población de raza negra, lo que contrasta con la composición de su élite política y de sus fuerzas policiales. El alcalde, el jefe de policía y cinco de sus seis concejales son blancos, así como más del 90% de sus policías. ¿Hay gente que está demasiado ocupada como para votar en el día de las elecciones?

Si bien el índice de participación en las elecciones es más bajo en EEUU que en Europa Occidental, la diferencia es sencillamente espectacular en el caso de las elecciones locales. En Ferguson fue del 12,3% en 2014 y aún menos en los dos años anteriores (11,7% y 8,9%). Una inmensa mayoría de la población vive a espaldas de los procesos políticos locales y esa falta de interés se paga. En el artículo que da esas cifras, hay una opinión que resulta reveladora:

“Creo que hay una grandísima desconfianza en el sistema”, dice Broadnax, una habitante de Ferguson. Muchos negros piensan: “No importa demasiado, y mi único voto no marcará la diferencia”, dice. ‘Bueno, si consigues que toda una comunidad se sienta así, colectivamente ya hemos perdido”.

Hay razones sociológicas y económicas que ayudan a entender esa actitud. No es tanto una instrucción que llega de arriba ni una conspiración diseñada por las élites, aunque algunas cosas ayudan, como celebrar las elecciones locales en abril en vez de noviembre, cuando hay una movilización general a causa de las elecciones presidenciales o legislativas.

La composición racial de Ferguson es un fenómeno relativamente reciente. En 1990, los blancos eran el 74% de la población. Muchos negros de la ciudad de St. Louis (población: 319.000 habitantes), de la que Ferguson es un suburbio, se han trasladado a esas ciudades dormitorio en las últimas décadas y tienen un arraigo mucho menor. Lo que quiere decir que su tejido social es ‘de menor calidad’, por así decirlo, menos sentimiento de pertenencia, menos participación en actividades públicas, menos asociaciones que defiendan sus intereses y que en los casos necesarios sirvan de motor de movilización.

Como explica este profesor de desarrollo urbano y ex senador del legislativo de Missouri, los blancos mantienen su control de la ciudad gracias a que esa riqueza asociativa, incluidas asociaciones empresariales o profesionales y sindicatos, maneja las subvenciones y presupuestos en favor de sus necesidades (o sus intereses, palabra que siempre tiene peor imagen), y eso crea un efecto multiplicador.

Como ocurre, no ya sólo en EEUU, las clases bajas o medias bajas creen tener pocos incentivos en la participación en un sistema político que les perjudica. Su pasividad contribuye precisamente a perpetuar esa situación.

ny controlLos policías que se dedican a vigilar de cerca a los jóvenes negros (es decir, acosar) saben que no recibirán un aviso de sus jefes porque un líder de su comunidad ha llamado al alcalde para protestar por ciertas prácticas policiales.

De hecho, ocurrirá lo contrario. Un aumento de detenciones o sanciones económicas entre los sospechosos habituales será la métrica que se utiliza para valorar su productividad.

Los tribunales municipales operan con la misma mentalidad. Buena parte de los ingresos del Ayuntamiento proceden de las multas de tráfico y los negros de Ferguson sienten que están siendo ordeñados para financiar los presupuestos locales. Enviar a la gente a prisión, o la simple amenaza, es una forma de que la gente pague, incluso cuando se trata de cantidades muy por encima de su patrimonio.

La situación de Ferguson es un caso de segregación en el campo de los derechos, aunque no sea correcto referirse a ese concepto en términos geográficos. No es tanto que blancos y negros vivan en zonas diferentes, sino que en el mundo real sus derechos son diferentes.

El otro aspecto llamativo de esta crisis es fácil de identificar porque lo hemos visto en numerosas imágenes. Los policías de la ciudad aparecen con unos uniformes y armamento que no se diferencia mucho a simple vista de lo que vemos en los soldados norteamericanos desplegados en zonas de guerra. De eso ya se ha escrito bastante en los últimos años, pero ahora en Ferguson hemos visto su aplicación. Y no es sólo una cuestión de que el vestuario hace al hombre.

El proveedor no es otro que el Pentágono. Gracias a una ley de principios de los 90, puede traspasar a las fuerzas policiales estatales y locales de material militar que no necesite y que se pueda utilizar por ejemplo en operaciones antidrogas. Fusiles de asalto, munición de guerra, rifles equipados con visión nocturna, vehículos blindados con capacidad para resistir explosiones provocadas por minas y, cómo no, uniformes de camuflaje. En algunos casos, hasta lanzagranadas.

nyt policia

 

Inevitablemente, con el material militar, viene también el entrenamiento para su uso y una cierta mentalidad que hay que añadir a la muy escasa tolerancia de las fuerzas policiales de EEUU a las concentraciones no autorizadas, que suelen ser todas en caso de crisis. La militarización del trabajo policial tiene sus consecuencia. Los agentes no tardan mucho tiempo en comportarse como fuerzas de ocupación.

Casi todo este material acaba en los equipos SWAT (esos que hemos visto tantas veces en películas y series), como señala este artículo del NYT con algunos ejemplos singulares: “Los SWAT son desplegados decenas de miles de veces cada año, cada vez más en operaciones policiales rutinarias. Policías enmascarados y fuertemente armados asaltaron un nightclub en Luisiana en 2006 como parte de una inspección sobre bebidas alcohólicas. En Florida en 2010 agentes de SWAT con sus armas listas realizaron redadas en peluquerías (en general propiedad de gente de minorías étnicas) que en su mayoría sólo concluyeron en denuncias por operar sin licencia”.

Cuando te montas una guerra particular, no tardas mucho tiempo en creer que la población civil es el enemigo (potencial). Y cuando estalla la crisis, es hora de utilizar esos juguetes tan atractivos que se dedican a coger el polvo el resto del año.

Intervención en directo de Jack Tapper de CNN en la noche del lunes.

Hay algunas historias de Ferguson que son delirantes. Una policía atizó un puñetazo en 2009 a una persona sospechosa de conducir borracho. Entre las acusaciones a las que tuvo que hacer frente el detenido, de raza blanca, estaba la de “destrucción de propiedad” por haber manchado con su sangre los uniformes de los policías.

Esa policía es hoy una de los concejales de Ferguson.

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Pausa

Por aquello de las vacaciones, estaré alejado del teclado de un ordenador durante algún tiempo. Teniendo en cuenta cómo han sido julio y el principio de agosto (Gaza, Irak, Ucrania, África…), lo más probable es que no pase nada importante.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Ricky Gervais en su espectáculo ‘Fame’ (puedes activar los subtítulos en español).

–¿El boom de la prostitución en el Mundial de Brasil? Nunca existió.
–Mi vida después de Charles Manson.
–Auge y caída (catastrófica) del zeppelin.
–Algunas cosas que debes saber sobre el ébola.
Steve Buscemi ya daba algo de miedo cuando era un crío.
Por qué Nueva York dejó de ser la gran cantera de la NBA.
–Cómo la IGM transformó a Washington.
–Cuál es la mejor novela de John Le Carre.
–Una historia de la masturbación.
–Qué ocurre dentro del Programa de Protección de Testigos.
–The Economist disecciona el negocio del sexo.

nixon dimite

–Hace 40 años dimitió Nixon. Así le despidió Hunter S. Thompson en 1994.

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