El apoyo de Cruz demuestra por qué Trump se ha acercado a Clinton

Cruz y Trump en las primarias, cuando se odiaban

Ted Cruz tuvo una intervención espectacular en la Convención republicana. Consiguió un puesto relevante en la tribuna de oradores sin haberse comprometido a apoyar a Donald Trump y luego en el discurso se dedicó a explicar de forma sutil por qué podía no ser una buena idea votar al aclamado candidato del partido. Pero fue en un desayuno con toda la representación del Estado de Texas donde Cruz clavó el cuchillo a Trump hasta lo más hondo:

«No tengo la costumbre de apoyar a gente que ataca a mi esposa y ataca a mi padre. Y esa promesa (de apoyar al candidato) no era un cheque en blanco que dice que si difamas y atacas a Heidi (su mujer), voy a comportarme como una mascota servil a pesar de eso».

Moviendo la cola, la mascota, es decir, Ted Cruz ha anunciado el viernes su apoyo a la candidatura de Trump.

La airada reacción de Cruz en la convención le ganó el respeto de muchos izquierdistas que odian a Trump, y que hasta ese momento odiaban con más motivo a un reaccionario integrista como el senador de Texas. Otros comentaban que se estaba colocando en el sitio perfecto para afrontar las primarias para las elecciones de 2020, partiendo de la base de que Trump perdería con claridad y los republicanos que le hicieron frente se sentirían reivindicados.

Si esto último es así, la decisión de Cruz es un buen ejemplo, tan bueno como dos o tres encuestas, de que Trump está muy cerca de Hillary Clinton en los pronósticos de cara a las elecciones de noviembre. No es el favorito, pero ya se puede decir que ha compensado la mayor parte del daño sufrido en su horrible mes de agosto.

Cruz ha tragado lo que no está escrito antes de dar este paso. Recordemos que Trump no sólo se burló del aspecto físico de la esposa del texano, dando a entender, con dos fotos de Heidi Cruz y Melania Trump, que él sí que podía presumir de tía buena en su matrimonio. También sugirió que el padre de Cruz pudo tener algo que ver con el asesino de Kennedy, una acusación ridícula que obligó a los medios a tomarse un tiempo en comprobar que efectivamente era una acusación ridícula.

A pesar de todos los insultos que se dirigieron, era cuestión de tiempo que Cruz se bajara los pantalones aceptara la realidad y, conteniendo la respiración, escribiera un comunicado expresando su apoyo a Trump. Ya tras la convención, sufrió el repudio de grandes millonarios –es decir, grandes donantes a sus campañas–, que le acusaron de pasarse al enemigo y propiciar la victoria de la odiada Clinton. Lo mismo ha ocurrido con otros congresistas que han tenido que pasar por el mismo bochorno, después de todas las invectivas que lanzaron contra el magnate inmobiliario.

En 2018, Cruz afronta la reelección en Texas. Si Trump pierde por una escasa diferencia, el texano será uno de los presuntos culpables y podría tener un recorrido difícil en las primarias republicanas. Obviamente, si Cruz pierde en 2018, ya puede olvidarse de intentar ser presidente en 2020.

Durante muchos años, hemos leído que los dos grandes partidos norteamericanos no son como los europeos. Para empezar, no tienen ningún aparato –algo que se pueda resumir con las palabras Ferraz o Génova– que mantenga la disciplina e impida cualquier conato de disensión interna. Eso era antes. La combinación del poder republicano en el Congreso y la acción concertada de grupos de presión externos (think tanks, grupos de donantes, algunos medios de comunicación como Fox News…) forman una estructura menos definida que la habitual en un partido europeo, pero no menos poderosa.

Una parte de ese poder interno hizo lo posible por que Trump no fuera elegido, no con mucho éxito. Una vez que quedó frente a Clinton para el duelo decisivo, se acabaron las dudas. Desde la extrema derecha más racista hasta los patricios del Partido Republicano, con algunas excepciones, todos piden ahora el voto para Trump.

Algunos periódicos conservadores, como el Cincinnati Enquirer que llevaba un siglo apoyando a candidatos republicanos, ahora prefieren el mal menor de Clinton, pero, claro, ¿cuántos votantes republicanos leen la prensa a estas alturas?

Lo mismo se puede decir de la mayoría de los votantes habituales de ese partido, o al menos los suficientes como para que les haya entrado un sudor frío a todos los que pensaban que Trump no tenía ninguna posibilidad de ganar. O sea, a casi todos nosotros.

En agosto, Trump estaba en esa misma situación. Con menos votantes de raza blanca que Romney, en especial entre las mujeres y las personas con educación universitaria, y muchísimos menos votantes latinos o de raza negra, no podía ganar. Esos números han ido cambiando, como se aprecia en los estados importantes (Ohio, Florida, Carolina del Norte…) donde Clinton llevaba una ventaja pequeña o significativa.

Hay que dejar claro que Clinton podría ganar en varios de esos estados y obtener una victoria fácil, precisamente como es el caso de Ohio, Florida y Carolina del Norte, porque la media de encuestas no puede ser más igualada. Pero también podría perder en todos ellos.

Cruz llamó a Trump «mentiroso patológico». Es muy posible que siga pensando lo mismo, pero está obligado a apoyar su campaña, aunque sólo sea con un comunicado. Muchos votantes republicanos estarán pensando algo parecido: el tipo es infumable, pero cualquier cosa es mejor que Clinton.


La foto es de un debate en las primarias republicanas en marzo.

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