La rebelión de Grecia contra la Santa Alianza

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En julio de 2012, Timothy Geithner viajó a Sylt, una pequeña isla en la costa alemana del Mar del Norte donde Wolfgang Schäuble tiene una casa de vacaciones. El entonces secretario del Tesoro norteamericano creía que las molestias del desplazamiento merecían la pena. Para hablar de Grecia y la crisis de la eurozona, había pocos políticos más relevantes que el ministro alemán de Hacienda.

Si Geithner, atendiendo a las instrucciones de su jefe, el presidente de EEUU, pensaba que podía influir en Alemania para que se pusiera fin a esa crisis, pronto debió de darse cuenta de que lo tendría difícil. «Me dijo que había mucha gente en Europa que aún pensaba que expulsar a los griegos de la eurozona era una estrategia plausible, incluso deseable», escribió Geithner en sus memorias tras abandonar el cargo. Con Grecia fuera, el Gobierno alemán lo tendría más fácil para convencer a sus compatriotas de la implicación financiera de Berlín en la solución de los problemas de la eurozona. Ya no consistiría sólo en rescatar a los griegos.

Lo que dijo después fue aún más revelador, según el relato de Geithner: «Al mismo tiempo, un Grexit sería lo bastante traumático como para asustar al resto de Europa para que entregara más soberanía a una unión fiscal y bancaria más fuerte. La razón era que dejar que Grecia se quemara facilitaría construir una Europa más fuerte con un cortafuegos más creíble».

En otra conversación, Schäuble dejó claro el punto de vista moralista con que los alemanes ven el tema de la deuda. «Él tiene una opinión clara: Grecia no se había privado de nada («Greece had binged»), y ahora tenía que pasar por una dieta estricta».

Y eso fue lo que ocurrió.

 

Es tentador abrazar la idea de la conspiración permanente contra Grecia para explicar su hundimiento económico y situación actual. Si fuera así, sería también la conspiración más lenta y chapucera de la historia, casi desarrollada a cámara lenta ante nuestros ojos y terriblemente cara. También es tentador dar rienda suelta a la ira y llamar «terrorismo» a esa política, como ha hecho Varufakis, si no fuera porque ese ardid retórico se ha utilizado tantas veces por la derecha para criminalizar la disidencia, no sólo en España, que resulta descorazonador que la izquierda la emplee también para calificar a sus enemigos.

Lo que sí se puede es compartir la perplejidad de Geithner por esta visión distorsionada de la historia económica de Europa. Al definir la catástrofe financiera de las subprime, En EEUU a nadie se le ocurrió achacar toda la culpa a los norteamericanos de clase baja y media baja que aceptaron firmar hipotecas que no podían pagar. Nadie dijo que la mayor responsabilidad residía en esos desfavorecidos que, por utilizar el lenguaje de Schäuble, no se habían «privado de nada». Incluso en la derecha republicana, se denunció la conducta irresponsable y temeraria de las entidades financieras que se lanzaron a una loca carrera de concesión de créditos a clientes insolventes.

En Europa, por el contrario, fue el Estado subprime, el que se ha convertido en el culpable de todos los males, según los gobiernos y los grandes medios de comunicación. Los políticos europeos que diseñaron el sistema que permitió una corriente masiva de dinero fácil con destino a un Estado clientelar y corrupto como el griego no son los responsables. Los bancos franceses y alemanes que concedieron los créditos o que compraron bonos griegos (¡por decenas de miles de millones de euros!) no son los responsables. Los gobiernos que aprobaron un rescate que consistía en seguir prestando más dinero a Grecia para que devolviera ese dinero a los bancos no son los responsables. Los economistas del FMI y del BCE que calcularon en 2010 unas previsiones económicas irreales sobre el PIB, la deuda y el paro griegos que nunca se cumplieron no son los responsables. Los conservadores y socialdemócratas griegos que llevaron a su país a la ruina…, bueno, ellos eran responsables al principio, pero como luego aceptaron la receta de la troika pasaron a serlo en otro sentido: ahora eran políticos responsables, sobrios y patriotas.

Los únicos culpables parecían ser los griegos, y lo fueron aún más cuando concedieron la victoria a Syriza en las elecciones de este año.

La estrategia negociadora de Tsipras no ha estado carente de errores. Varufakis ha resultado ser mucho mejor economista que ministro de Finanzas. Muchas promesas hechas en la campaña electoral que dio la victoria a Syriza eran irreales (toda una novedad en una democracia). Poner fin a la austeridad exigía algo más que llamar «instituciones» a la troika o impedir la visita de sus inspectores a Atenas.

Pero no podemos obviar la premisa de la troika antes incluso de que Tsipras jurara su cargo. Como dijo Schäuble, se esperaba que el nuevo Gobierno cumpliera al pie de la letra las condiciones firmadas por el anterior Ejecutivo, que el electorado griego había rechazado. En la primera reunión, Dijsselbloem dijo a Varufakis que no tenía más opción que firmar el papel que le presentaban. Cuando Tsipras hizo una oferta que incluía concesiones claras aparentemente bien recibidas por Bruselas, le devolvieron un papel lleno de tachaduras y añadidos en rojo.

Una fuente de la UE lo explicó a The Times en estos términos: «Pretendía ser un puñetazo en la cara de Tsipras. Espero que cause efecto. Nos hemos quitado las guantes».

Tsipras devolvió el golpe y convocó el referéndum. Es una consulta como mínimo heterodoxa, porque plantea al votante que decida sobre asuntos complejos como deuda, impuestos, gasto social, pensiones…, casi todo lo que tiene que ver con política económica. No hay que olvidar que eso mismo es lo que se hace en unas elecciones generales cuando se vota a un partido que ofrece un programa que abarca todos esos campos, y algunos más.

Aceptar lo que la troika quiere imponer supone violar el mandato que llevó a Syriza al Gobierno. Es lo que han hecho algunos gobiernos, y por eso han pagado el precio definitivo. Por ahí, por el principio de la legitimidad, pocas objeciones pueden presentarse. Es por las consecuencias de esa decisión donde las críticas al método elegido son más sólidas.

Tsipras ha trasladado la rebelión que le convirtió en primer ministro a esta nueva cita en las urnas, pero al hacerlo depende de la troika para que tenga éxito. Afirma que la victoria del no reforzará la posición de su Gobierno en futuras negociaciones. Pero eso depende de cuál sea la actitud de la troika a partir del lunes. Es decir, los griegos deben poner las esperanzas en que sus enemigos –porque así los ha descrito Tsipras en esta campaña– entren en razón y mejoren su oferta. Son los mismos que les han presentado el chantaje definitivo: deben elegir entre el euro y el dracma, y si votan no, será como decir no a la Unión Europea. Es arriesgado poner tu vida en manos de un chantajista.

Todo Estado en bancarrota sufre de múltiples vulnerabilidades. El lado débil del escudo de Syriza es el sistema financiero griego. La realidad es que, por muchas promesas que haga Varufakis, los bancos no abrirán y el control de capitales no se levantará hasta que el BCE acuda en su ayuda. Y cada semana que pase, la economía griega sufrirá las consecuencias.

Es un escenario deprimente. Tanto que, con independencia de las convicciones de cada uno, es difícil reprochar a ningún griego que vote o no este domingo. Moralmente, nunca se puede acusar a la familia de un rehén que pague el rescate de un secuestro. Pero políticamente se puede admirar la valentía, siempre que no se base en fantasías y se ejerza asumiendo las consecuencias.

Todo el mundo dice que los griegos tienen en su mano el futuro de Europa. No es cierto. La carga de la prueba sigue estando en Bruselas. Fueron los políticos los que crearon la moneda única, los que crearon un sistema inherentemente disfuncional que casi se vino abajo al acabar la época del dinero fácil. Ellos son los responsables. Esos mismos gobiernos que cuando franceses, holandeses e irlandeses votaron en sus referendos sobre cuestiones básicas para el futuro de Europa aceptaron la voluntad popular, contuvieron la respiración y confiaron en que el resultado fuera el deseado. Y no, el Tratado de Maastricht o el de Lisboa no presentaban cuestiones menos complejas que lo que ahora votan los griegos.

La Santa Alianza que conservadores y socialdemócratas han formado contra Grecia, también contra muchos griegos que asustados votarán sí, es una continuación del mensaje que Schäuble transmitió a Geithner. Someter a Grecia o, si se rebela, ejecutar el Grexit y «asustar al resto de Europa».

Es lo que haría un imperio ante una colonia insurrecta con la vista puesta en otros territorios controlados por la metrópoli.

¿Cómo reprochar algo a aquellos que se rebelen contra ese poder absoluto?

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Grecia y el FMI: una historia basada en hechos reales

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La última sorpresa del drama en muchos más de tres actos ha llegado el jueves desde Washington. Un informe del FMI confirma a tres días del referéndum que la deuda griega en su nivel actual es insostenible y propone alternativas, como un periodo de carencia de 20 años, que suenan como violines a los dirigentes de Syriza. También afirma que Grecia necesitaría decenas de miles de millones de euros en ayuda, además de duras reformas, como las impuestas hasta ahora. El informe es anterior a la ruptura de las negociaciones. No está claro por qué no se ha dado a conocer hasta ahora. La alternativa más preocupante es que una filtración haya provocado su publicación esta semana. Es probable que la directora del FMI, Christine Lagarde, hubiera preferido esperar hasta la celebración del referéndum.

Nos encontramos ante una situación algo más que paradójica. Conservadores y socialdemócratas europeos se lanzan contra Tsipras y Syriza a los que consideran unos irresponsables por plantear como irrenunciable la reestructuración de la deuda. Políticos europeos sostienen que lo que quieren los griegos es que los demás países financien sus salarios y pensiones. Y llega el FMI y afirma que el planteamiento de Syriza no carece de lógica.

Los nuevos números son brutales. Como para dejar sin dormir a un político alemán durante una semana. Con unas previsiones no demasiado optimistas en cuanto a crecimiento y superávit primario, el informe del Fondo estima que habría que eliminar los 53.000 millones de deuda del primer rescate.

Para saber en qué momento el FMI se preguntó si los números tras los sucesivos programas sobre Grecia tenían algún sentido hay que irse hasta el principio de la historia: 2010. A la reunión del Consejo del Fondo que el 9 de mayo de 201o aprobó la participación del organismo en el primer rescate de Grecia. ¿Qué se dijo allí, según el acta?

Cojamos al representante suizo Rene Weber y sus dudas sobre la viabilidad del programa: «Tenemos dudas sobre las previsiones de crecimiento, que parecen ser claramente optimistas. Incluso una pequeña desviación de las proyecciones de crecimiento haría que la deuda llegara a un nivel insostenible a largo plazo».

¿Qué decía el consejero brasileño Paulo Nogueira Batista? «Podría no ser un rescate de Grecia, que tendría que pasar por un ajuste desgarrador, sino un rescate de los acreedores privados de Grecia, principalmente las instituciones financieras europeas».

«En última instancia, la estrategia aprobada podría tener un impacto marginal en los problemas de solvencia de Grecia. (…) Es muy probable que Grecia acabe peor que después de aplicar este programa», dijo el argentino Pablo Andrés Pereira.

Casi todos los integrantes no europeos del Consejo del FMI se mostraron muy escépticos y preocupados por la viabilidad del programa, la ausencia de la quita en la deuda y las previsiones de crecimiento. Incluso el equipo directivo del Fondo que había intervenido en las negociaciones y que proponía que se aprobara el rescate (como así ocurrió por unanimidad) admitía «los riesgos excepcionalmente altos del programa», en especial por el asunto de la sostenibilidad de la deuda.

Los que proponían el acuerdo creían que la carga de la deuda era sostenible a medio plazo, pero «la significativa incertidumbre sobre esto hace difícil declarar con total seguridad que eso vaya a ocurrir con alta probabilidad». Traducido a lenguaje de seres humanos: creemos que esto va a ocurrir, pero no estamos totalmente seguros de que esto vaya a ocurrir».

¿Quién iba a decir que en el Consejo del FMI había tantos irresponsables izquierdistas radicales, como ahora se define en las capitales europeas a Tsipras, Varufakis y demás dirigentes de Syriza?

Quizá no era más que la perplejidad de saber que el Fondo iba a destinar 30.000 millones de euros en la mayor ayuda aprobada nunca antes por la institución desviándose de los principios aplicados en rescates similares. El FMI no es precisamente una organización humanitaria, pero antes de aplicar la cura de caballo (lo que algunos han llamado la terapia del shock) se ocupa de que la deuda no sea una carga insoportable. En este caso, se iba a solucionar los problemas de deuda de un país multiplicando su deuda. Era, digamos, un enfoque novedoso.

El asunto de la deuda y de los estragos causados en la economía griega para que devolviera los créditos volvió a surgir en años posteriores. En una famosa entrevista con The Guardian en mayo de 2012, Lagarde reaccionó con furia a la pregunta de si pensaba en los enfermos griegos que no tenían dinero para pagar sus medicinas: «Pienso más en los niños de una escuela de un pequeño pueblo de Níger que tienen clase dos horas al día, compartiendo una silla entre tres, y que tienen muchas ganas de estudiar. Pienso en ellos todo el rato. Porque creo que necesitan más ayuda que la gente de Atenas». En otras palabras, paga o muérete.

2012 fue un año en que los inspectores del FMI siguieron al pie de la letra las instrucciones de Lagarde. Su presión sobre el Gobierno conservador de Andonis Samarás alcanzó tal nivel que en una reunión entre el ministro de Finanzas, Yannis Stournaras (hoy gobernador del Banco de Grecia) y el representante del Fondo, Poul Thomsen, el griego se hartó. Señaló un agujero que había en una ventana del Ministerio. «¿Ve eso? Es de una bala. ¿Quiere derrocar a este Gobierno?».

El Gobierno estaba acorralado en la calle con manifestaciones cada vez más violentas. Samarás tenía que amenazar a sus diputados con la expulsión del partido para impedir que votaran con la oposición. Al FMI le daba igual. «Los números tienen que salir», dijo un portavoz del FMI, «de otra manera sería irresponsable prestar más dinero. Está claro que hay problemas serios en el sistema político (de Grecia), pero necesitamos 13.500 millones de euros. La pelota está en el tejado de Grecia». Hay expresiones que se repiten, no importa que gobierne la derecha o la izquierda en Grecia.

De repente, en la primavera de 2013, los miembros del Consejo del FMI que habían mostrado su escepticismo sobre las condiciones del programa se vieron reivindicados cuando la institución reconoció los errores cometidos en 2010. Un informe interno casi repitió los mismos argumentos al afirmar que las previsiones de crecimiento de la economía griega eran demasiado optimistas y que se debía haber acometido antes el tema de la sostenibilidad de la deuda.

«El estudio señala que el rescate se puso en marcha aunque Grecia no cumplía uno de los cuatro criterios del FMI para programas con dimensiones tan grandes –que haya posibilidades reales de que la deuda sea sostenible a medio plazo– y que podría no haber cumplido tampoco otros dos», según informaba el Financial Times.

La razón de que no se hubieran dado los pasos necesarios: «Los socios europeos», es decir, la Comisión Europea y el BCE. Es cierto que el informe destacaba las ventajas de esa política cuestionada. Se había evitado la suspensión de pagos de Grecia y su impacto en la eurozona y la economía mundial.

Lagarde intentó entonces el truco de reescribir la historia: «En mayo de 2010, sabíamos que Grecia necesitaba un rescate, pero no que requiriera una reestructuración de su deuda. (…) No podíamos saber que la situación económica general iba a deteriorarse tan rápidamente». Algunos miembros del Consejo del FMI ya lo habían visto venir. No existían para Lagarde.

En 2013 fue cuando sí se aplicó un programa de reestructuración de la deuda en manos privadas con la aprobación del segundo rescate. Todo estaba encauzado, según el FMI, aunque sabían que la solución a los problemas de Grecia exigiría más tiempo. A la vista de lo ocurrido desde entonces, no parece que fuera suficiente.

El economista griego Yiannis Mouzakis tuvo que escribir ese año algo que también podría anotarse ahora. «El FMI admite ahora sin ninguna duda que el principal beneficiario del llamado rescate griego de 201o no iba a ser Grecia, sino la eurozona, al darle la oportunidad de que se pagara a los bancos franceses y alemanes liberándolos de su gran exposición a la deuda griega, que pasó de sus balances al sector publico y a los contribuyentes europeos».

Mouzakis continuaba diciendo que lo que en 2013 se había convertido ya en la versión oficial de uno de los miembros de la troika había sido «demonizado y ridiculizado como parte de una teoría conspiratoria» durante tres años en Europa.

En esa época, Merkel había adoptado a Samarás como su hijo griego predilecto. Fuera o no cierto, como se decía en 2012, que las cuentas no salían, la Comisión Europea –es decir, Alemania– había decidido confiar en el primer ministro conservador. Entonces, estaba claro que la única alternativa era Syriza.

El FMI era el ‘poli malo’ de la negociación. Para eso, lo habían fichado en Berlín. Siempre se dijo que la participación del FMI en el primer rescate era algo que ni la Comisión Europea ni el BCE dirigido por Trichet veían con buenos ojos. Fue la presión de Merkel la que acabó con la discusión. A la canciller alemana le gustaba la idea de sumar al FMI al rescate de Grecia, porque lo presuponía más libre de presiones políticas que las instituciones europeas.

A pesar del giro de 2013, el FMI siguió presionando a Samarás hasta el final de su mandato. Frente a la idea tan extendida ahora de que todos los problemas han comenzado con Syriza, el Fondo continuó negándose a que Grecia accediera al último tramo de ayudas si no se recortaban unos 2.000 millones más en una economía arrasada por la recesión para alcanzar el objetivo de un 3% de déficit presupuestario. Samarás no podía aceptarlo. Al no poder tener el apoyo suficiente para la elección parlamentaria del presidente, tuvo que convocar elecciones, sólo dos años y medio después de las anteriores. Se esperaba que intentara evitarlas presentando como candidato a una personalidad independiente para llegar a acuerdos con otras fuerzas a las que no les interesaba presentarse en las urnas tan pronto, pero hizo justo lo contrario.

Se pensó que no lo hizo porque lo apostó todo a la idea ficticia de que la recuperación había comenzado sólo porque ya había conseguido las primeras cifras de crecimiento. Los votantes griegos no se lo creyeron.

Gran error, pero tampoco tenía muchas alternativas. La troika sólo le dejaba la opción del suicidio financiero (negarse a más recortes) o el suicidio político (aceptarlos y perder toda opción de ganar en las urnas). Lo mismo que ahora ocurre con Alexis Tsipras.

En estas últimas negociaciones, abruptamente canceladas al apurarse los plazos y por la convocatoria de referéndum, el FMI volvió a jugar el papel de ‘poli malo’, ahora sí con pleno apoyo alemán. No había socio al que proteger en Atenas. Lagarde tuvo la oportunidad de pronunciar otra frase para los libros de historia: «Para avanzar, necesitamos adultos en la sala».

Cualquier adulto tendría problemas para seguir todos los giros que ha dado la posición del FMI en la crisis griega.

20.55

Las sospechas sobre la repentina aparición del informe del FMI se han confirmado. Ya había ocurrido algo extraño, porque el enlace en que aparecía inicialmente el informe llevaba al principio a una página en blanco.

Los representantes de los países de la eurozona en el Consejo del FMI intentaron impedir la publicación del análisis sobre las necesidades financieras de Grecia y la sostenibilidad de su deuda, según Reuters. No hubo una votación formal, pero los europeos se vieron superados en número, sobre todo porque EEUU estaba a favor de la publicación.

Obviamente, los europeos temían, como así ocurrió, que el Gobierno griego utilizara las conclusiones del informe sobre la deuda en su favor en la campaña del referéndum. La reestructuración es uno de los principales argumentos de Tsipras y Varufakis en su rechazo de la última propuesta de la troika.

Reuters: «No fue una decisión fácil», dijo una fuente del FMI que participó en la discusión sobre la publicación. «Aquí no vivimos en una torre de marfil. Pero la UE tiene que comprender que no todo puede decidirse en función de sus órdenes».

«Los hechos son tercos», continuaba esa fuente. No puedes esconder los hechos porque puedan ser aprovechados» por otros.

Resulta curioso que los gobernantes europeos que se han quejado de que las condiciones del referéndum no son honestas con los griegos al votarse unas propuestas que ellos ya han retirado, luego no quieran que la gente tenga acceso a toda la información sobre la posición de las instituciones en relación a uno de los temas básicos de esta crisis.

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No dejes que la realidad de Grecia te arruine tu próximo estereotipo

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Jorgo Chatzimarkakis dimitió como europarlamentario liberal en abril de 2013 y decidió dejar la política. Nacido en la cuenca del Ruhr y con la doble nacionalidad alemana y griega, se rindió ante la persistencia de los peores estereotipos sobre los griegos entre los políticos alemanes. El rescate de Chipre y las opiniones que escuchó entonces fueron lo que le hizo tomar la decisión.

Dentro de su propio partido (en ese año aún formaba parte del Gobierno de Angela Merkel) abundaban las opiniones despectivas sobre Grecia y circulaban ideas como «vender las islas y la Acrópolis» para pagar la deuda. «Eran tan extremistas que decidí no ir al Congreso del partido».

«Es muy difícil intentar responder con mensajes que no encajan en los estereotipos», como que los griegos trabajan muy duro, incluso más que los alemanes. Eso no entra en el pensamiento de los alemanes», explicó Chatzimarkakis. «Quieren mantener el estereotipo del griego perezoso, de los chipriotas como gángsters y de esta gente como alguien que debe ser castigada».

En 2012 un grupo llamado Omikron Project intentó luchar contra esa imagen con dos vídeos.

Este es el segundo.

El vídeo cita estadísticas de Eurostat que desmienten el prejuicio de los griegos como gente perezosa, en relación al número medio de horas trabajadas. Hace unos meses, BBC desmontó esa idea y otras similares con una serie de gráficos, entre ellos uno sobre horas de trabajo con datos de la OCDE.

horas trabajo

El ranking de productividad sería muy diferente y habría que relacionarlo con la estructura económica del país, pero en ese caso la acusación de vagancia no tendría sentido, ¿no?

El tema de las pensiones es otro de los que se citan en estos casos. Ya he contado antes que el gran porcentaje de gasto en pensiones en relación con el PIB se debe al hundimiento del PIB. Existe el caso de las jubilaciones anticipadas (un modelo muy poco sostenible pero que se debe a las escasas posibilidades de encontrar un empleo para las personas de más de 55 años), pero incluso los datos oficiales no indican grandes diferencias con otros países europeos. Y después de los sucesivos recortes, el gasto per cápita en Grecia (en el caso de mayores de 65 años) está por debajo de la media de la eurozona, y al nivel de España.

Así que por un lado tenemos al Wall Street Journal escribiendo que el sistema de pensiones no es tan generoso como parece (lo que no quiere decir que no vaya a ser un problema grave en el futuro, como lo es en otros países europeos por el envejecimiento de la población), y por otro escuchamos a varios líderes europeos, por ejemplo Renzi, quejándose de que es una locura que sus votantes tengan que subvencionar las pensiones de los griegos. Cuando sus votantes jubilados gozan de pensiones que están muy por encima del umbral de pobreza relativa, a diferencia del 45% de los pensionistas griegos.

Al final, lo llamativo no es que haya estereotipos nacionales en Europa. Siempre han existido. Ni que en Grecia también se hayan empleado esos lugares comunes o resentimientos históricos para todo tipo de denuncias en los últimos años (algunas especialmente sangrantes). Todo tiene que ver con la política.

Los problemas económicos de Grecia son profundos y muy reales, y no sólo en relación a la deuda: el clientelismo político creado por el bipartidismo tras la dictadura de los coroneles, una Administración inflada por el nepotismo, medios de comunicación públicos al servicio del poder, medios privados controlados por grandes corporaciones beneficiadas por el Gobierno que luego devolvían los favores, el alto nivel de fraude fiscal no ya en las grandes fortunas, sino también entre profesiones liberales y autónomos, un gasto militar inmenso a causa de la rivalidad histórica con Turquía… Como decía, el compositor Stamatis Kraounakis, «a partir de 1981, los políticos sólo se dedicaron a robar».

Nada de eso es nuevo, ocurrió mucho antes de la llegada al poder de Syriza y nunca impidió la absurda entrada de Grecia en el euro ni las excelentes relaciones de conservadores y socialdemócratas europeos con sus colegas griegos.

El estereotipo griego de los últimos años es más político que sociológico. Tiene que ver con la crisis de la eurozona y la forma en que políticos europeos se han evadido de sus responsabilidades. Era más fácil culpar a los mediterráneos del sur de los inmensos desequilibrios financieros creados tras la llegada del euro que reconocer la responsabilidad propia en el diseño de ese sistema (una moneda única sin una política fiscal o bancaria únicas, gran idea). Como en una empresa mal gestionada, siempre es más sencillo culpar de los males a los trabajadores que son unos vagos. A eso se ha dedicado la prensa alemana todo este tiempo con excepciones esporádicas y algunos ejemplos muy penosos, como el reciente artículo en Die Welt en el que el autor, un historiador, sostenía que los griegos no eran auténticos europeos, como mucho descendientes de los turcos. Cualquier diría que el mercado de las ideas sobre pureza étnica había quedado muy reducido en Alemania desde 1945, y en cualquier caso alejado de las páginas de los principales periódicos del país).

En ese sentido, los griegos se han convertido en cabezas de turco de la eurozona. También lo fueron antes españoles e italianos. ¿Alguien se acuerda de lo mucho que molestaba en España ese estereotipo hace tan sólo dos o tres años?

Sobre este asunto, y en concreto sobre la responsabilidad de la imagen que presentan los medios de comunicación, dos artículos interesantes:

–What’s wrong with how the Greek crisis is reported by international media.
–Pride and Prejudice in reporting the Greek story.

14.00

Seguro que muchos han leído, sobre griegos o españoles, eso de ‘vivir por encima de sus posibilidades’. Esto es lo que escribe la economista británica Vicky Price en relación a Grecia:

«Contra lo que piensa mucha gente, los griegos no estaban viviendo por encima de sus posibilidades. En el comienzo de la crisis, la deuda de los hogares como porcentaje de la renta disponible estaba entre las más bajas de Europa, al igual que en el caso de la deuda empresarial como porcentaje del PIB. Los bancos se metieron en problemas no por prestar dinero en exceso al sector privado, como en Irlanda y España, sino por sus compras de deuda pública griega, cuyo valor estaba cayendo cuando los mercados descubrieron que, a pesar de la moneda única, no todos los países de la eurozona presentaban el mismo riesgo».

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Kissinger 1970 – Gabriel 2015

gabriel

«No veo por qué tenemos que quedarnos de brazos cruzados mientras un país se vuelve comunista por la irresponsabilidad de su pueblo. Estos asuntos son demasiado importantes como para dejar que los votantes chilenos decidan por sí solos».

Son palabras de Henry Kissinger que se han citado en numerosas ocasiones. Las pronunció en junio de 1970 cuando después de las elecciones presidenciales chilenas ningún candidato obtuvo la mayoría necesaria y era el Parlamento el que debía tomar la decisión definitiva. Había tres candidatos en liza y Salvador Allende fue el elegido.

Hoy el ministro alemán de Economía, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, ha dicho algo que me ha recordado la cita del entonces secretario de Estado norteamericano. Su forma de defender la solidaridad con los griegos fue decir que «quizá no deberíamos haber dejado solos a los griegos con su Gobierno».

El argumento de Gabriel: La UE se equivocó al no vigilar «el despotismo, clientelismo y corrupción» de Grecia. «Nos limitamos a enviar dinero». Alemania, una pieza fundamental en la concepción, diseño y construcción del euro, no sólo no admite ninguna responsabilidad en los desequilibrios financieros creados por la moneda única, sino que sostiene que si hubieran podido controlar Grecia, nada de lo que estamos sufriendo ahora habría sucedido. Los gobernantes alemanes se han acostumbrado a reescribir la historia reciente si con eso evitan asumir culpas. Veamos si no lo que ha dicho hoy Schäuble.

 

Cuando Yorgos Papandreu propuso su idea de celebrar un referéndum, todos se le echaron encima, empezando por Merkel y Sarkozy. Ahora en la historia según Schäuble, esa consulta fue un pacto con Papandreu que el primer ministro griego canceló por su cuenta. Veremos lo que dicen dentro de seis meses de lo que está ocurriendo estos días.

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Delendus est Tsipras

tsipras aplausos

En el primer día de la campaña electoral del referéndum griego, la actividad fue frenética en Berlín, París, Roma, Madrid, Frankfurt y algunas capitales más. En todas ellas, un grupo muy escogido de votantes dejó claras sus preferencias y apuntaron sus cañones no tanto a un Gobierno, como a un hombre, Alexis Tsipras, 40 años, ingeniero por formación, activista estudiantil en su juventud, líder de un pequeño partido en 2008 y primer ministro de Grecia desde enero.

Tsipras labró su carrera en la lucha contra un sistema clientelar por el que dos tribus políticas muy arraigadas en la historia reciente griega se disputaban el poder. A causa del hundimiento de la economía del país, consiguió lo que pocas veces se ha visto en política. Pasar de obtener algo más del 4% de los votos en 2009 a gobernar un país traumatizado por la crisis en 2015.

Ahora el adversario es mucho más poderoso. Toda la nomenklatura europea se ha alzado contra él. Sólo la reina, Angela Merkel, se ha mantenido discreta e institucional, como es habitual en ella. Pero eso es porque los papeles están repartidos. Son los centuriones y los bufones los que tienen vía libre. En la misma rueda de prensa en la que Merkel prefirió no hacer sangre, el ministro de Economía, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, fue directo a la yugular. Alexis Tsipras quiere cambiar las reglas de la eurozona y sus políticas la están poniendo en peligro, dijo Gabriel. No sólo le negó toda legitimidad para oponerse a una política que ha hundido a Grecia en una recesión que es casi una depresión, sino que casi lo tachó de enemigo público número uno de Europa.

En la misma línea, el presidente de la Comisión Europea, el extravagante Juncker que lo mismo besa a sus colegas europeos como les pone las dos manos en el cuello, como hizo a De Guindos, se presentó como una doncella de honor mancillado, típica de las novelas de caballería. Juncker se sentía herido, traicionado por Tsipras, con todo lo que él quiere a los griegos, sangre de su sangre, que nadie dude de que siempre están presentes en sus oraciones. Sólo le faltó llorar y amagar con pegarse un tiro por despecho delante de todos los periodistas.

Más allá del estilo de ‘drama queen’ de Juncker, el mensaje estaba claro en todas las capitales europeas. La victoria del no en el referéndum supondría la salida de Grecia de la eurozona. Lo dijeron los alemanes, entre ellos, Schäuble, que ve más cerca el momento de deshacerse de los molestos griegos. Pero también Hollande y Renzi, los únicos aliados potenciales con los que Tsipras creía poder contar al poco de llegar al poder. Pero en eso los socialdemócratas no se han salido de la línea oficial de la eurozona, ni durante las negociaciones ni ahora. También ellos han afirmado que lo que se juegan los griegos el domingo es elegir entre el euro y el dracma. No en aceptar o rechazar la última propuesta de la troika, como sostiene Tsipras. Es un lo tomas o lo dejas, que es lo que Tsipras ha dicho en una entrevista en la noche del lunes en la televisión pública griega. Le dieron 48 horas para aceptar esa última oferta.

Un momento, dirá el lector que siguió la rueda de prensa de Juncker. El presidente de la Comisión dijo que las puertas estaban abiertas para proseguir la negociación. Y acusó a Tsipras de haber puesto fin a las conversaciones de forma unilateral con la convocatoria del referéndum.

Forma parte del teatro. Dices que estarías encantado con volver a negociar, pero en las declaraciones públicas afirmas que si los rebeldes votan en el sentido equivocado, quedarán condenados a refugiarse en el mísero dracma.

La estrategia de Tsipras ante esta consulta y sus mensajes a la opinión pública cuentan con algunos puntos débiles. El principal, convencer a sus compatriotas que el gran desafío del no servirá para fortalecer la posición negociadora de Grecia y convencer a la troika de que están obligados a cambiar sus propuestas. Es decir, pone la carga de la prueba en manos de sus enemigos, de los que quieren acabar con él y con su Gobierno.

El argumento de partida de Tsipras es irreprochable en términos históricos. Siempre se ha dicho que la Unión Europea era un proceso político que se basaba en una comunidad democrática de naciones, a veces algo disfuncional, pero basada en que todos caminaban juntos en la misma dirección. Si alguien se movía demasiado rápido, debía acompasar su paso con el de los demás. Si alguien intentaba frenar la marcha, debía apresurarse un poco.

Cuando en distintos momentos franceses, holandeses e irlandeses celebraron consultas para convalidar pasos de gigante en la construcción europea, todo era buenas palabras y consejos de amigo. Las amenazas hubieran sido completamente contraproducentes. Incluso cuando los irlandeses rechazaron esos planes en las urnas, nadie montó en cólera, se hicieron los cambios pertinentes, no muchos, y se esperó a un segundo referéndum en el que los votantes, ya algo más deprimidos por su situación económica, aceptaron lo que antes habían descartado.

Hay una diferencia básica con respecto a esa época. Ahora existe la eurozona, y sobre todo está embarcada en un proyecto ideológico sustentado en la idea de convertir la austeridad (al principio, una respuesta de emergencia a una profunda crisis) en una solución permanente, destinada a convertirse en la teología oficial para las próximas décadas.

Tsipras cuestiona esa idea y por tanto debe ser destruido. Es un hereje y un peligroso precedente y, como todos los herejes, su único destino es la hoguera.

Corregido el titular. Delenda es femenino. Obviamente, con Tsipras debe ser en masculino. Gracias a los que lo han señalado en Twitter.

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La teología de la eurozona

Cinco años después, Grecia vuelve a otro momento definitivo, pero esta vez parece que va en serio. No importa todo lo que ha ocurrido desde entonces. Al final, estamos donde estábamos en 2010. El máximo responsable de la Eurozona, el ministro holandés Dijsselbloem, lo ha dicho en la tarde del sábado en Bruselas: «Grecia debe pagar sus deudas». El imperativo moral no ha perdido fuerza en el credo oficial de la UE. Contra toda lógica económica, los responsables de la troika afirman que la receta para salir del agujero es una dosis aún mayor de la medicina que hasta ahora no ha funcionado. Y a los dirigentes de Syriza se asigna el papel de herejes a los que hay que lanzar a la hoguera.

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Y después llegó el corralito.

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Con nocturnidad, alevosía y desprecio por la realidad política del país

La Asociación de Perfumería y Cosmética estará ahora más tranquila. Sus responsables  estaban molestos con el Gobierno porque se había anunciado que los cambios que se preparaban no iban a ser «cosméticos», es decir, superficiales, una simple cuestión de apariencia, de fingir lo que no se es. El relevo anunciado en la noche del jueves en el Ministerio de Educación no llega ni siquiera a ese nivel. Es como si alguien se levanta de la cama, no se ducha, sólo se enjuaga la boca en vez de lavarse los dientes y se peina un poco con la mano.

Mariano Rajoy sigue viéndose estupendo cuando sale de casa de esa manera. Buena parte de su partido y de los medios de comunicación que le están apoyando le habían suplicado para que hiciera cambios profundos en el Gobierno y el partido de cara al final de la legislatura. Exigían una mejor coordinación entre el PP y el Ejecutivo, una «cara más social» del Gobierno que no se limitara a cantar las novedades del BOE, como hace la vicepresidenta los viernes tras el Consejo de Ministros. Querían una política de comunicación más agresiva y desde luego no pretendían que el cambio de gobierno se limitara a encontrar a un sustituto temporal a José Ignacio Wert, que necesitaba huir lo antes posible a París para encontrarse con su novia millonaria (esta debe de ser la única decisión de Wert como ministro que comprende la opinión pública).

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La operación de castigo contra Grecia

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La imagen de la jornada del miércoles en las negociaciones de la troika con Grecia no es una foto de Tsipras, Lagarde o Draghi. No es una mirada de ‘killer’ de Varufakis. No es una imagen de Merkel hablando con Schäuble. Lo que de verdad representa este nuevo momento decisivo en la historia de la UE (y ya llevamos demasiados) es un pdf de cinco páginas repleto de frases añadidas, tachadas o subrayadas en rojo. Es la respuesta de la troika a las propuestas concretas del Gobierno griego que se supone que habían sido recibidas con gran alivio por las autoridades europeas.

Como el profesor que puntúa implacable el examen de un alumno problemático, los jerarcas de la UE/BCE/FMI habían suspendido a Alexis Tsipras y roto las esperanzas propiciadas 24 horas antes.

portada horca«Las instituciones [antes llamadas troika] han presentado una nueva propuesta que transfiere la carga [de la austeridad] sobre los asalariados y jubilados de una forma socialmente injusta, mientras al mismo tiempo evita aumentar la carga sobre los que más tienen», dijo el comunicado de respuesta del Gobierno griego.

Rebobinemos. Un día antes, todos los medios informaron que Tsipras había cedido y traspasado las líneas rojas delimitadas por su Gobierno. Hasta entonces habían dicho que no se tocaban las pensiones y esta última oferta suponía reducir el gasto en pensiones. También se planteaba la progresiva reducción de la jubilación anticipada, un tema de gran carga simbólica por las comparaciones que se podían hacer con otros países. Parecía que estaba dispuesto a hacer algunos cambios en los tramos del IVA para aumentar la recaudación, y no se descartaba que aceptara aumentar el IVA en las islas griegas, lo que sería una declaración de guerra para sus socios en el Gobierno, los conservadores nacionalistas de Anel.

Algunos dirigentes, como los del Gobierno español, se alegraron de esas medidas, hasta el punto de que Rajoy y otros dirigentes del PP las utilizaron en el Parlamento para ajustar cuentas con sus rivales nacionales. ¿Veis lo que pasa cuando se hacen promesas irreales?, venían a decir.

Sólo Schäuble había dicho que todo esto no le valía de nada, pero el ministro alemán de Finanzas parece haber decidido ya que es mejor un divorcio traumático con Grecia que continuar una relación insatisfactoria.

Volvemos al miércoles. Lo que vemos en esos cinco folios tachados es un rechazo completo de las propuestas de Tsipras. El Gobierno estaba dispuesto a obtener 7.900 millones de euros en dos años, pero en más de un 90% la diferencia procedía de aumento de ingresos vía impuestos. Pero el FMI exige dar la vuelta al cálculo. Quiere que los ingresos extra procedan en un 80% del recorte de gasto, y sólo el resto del aumento de impuestos. La negociación ha continuado en la noche del miércoles y proseguirá este jueves.

Los folios tachados por la troika exigen que el «complemento de solidaridad» que reciben los jubilados más pobres queden eliminados a final de 2017. Tsipras proponía empezar a recortarlos a partir de 2018 y acabar con ellos en 2020. Y eso que Olivier Blanchard, del FMI, dijo hace unos días que los planes del Fondo suponían recortar el gasto en pensiones pero sin tocar a los pensionistas más pobres.

Lo que la troika propone es endurecer la austeridad para obtener a cambio los fondos que permitan a Grecia seguir pagando los intereses de una deuda insostenible.

Un momento. Sólo hace unos días, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, dijo esto a Der Spiegel: «Grecia ha experimentado recortes profundos en su red de asistencia social. El resultado ha sido una crisis humanitaria inaceptable. (…) Por otro lado, hay gente en Grecia que es asquerosamente rica. Yo le pedí a Tsipras que subiera los impuestos a los ricos en su país. Sorprendentemente, su respuesta a mi petición no fue tan entusiasta como yo esperaba».

Y ahora el Gobierno griego se decide a incrementar la presión fiscal, no sólo sobre los «asquerosamente ricos», sino también sobre empresas y pensionistas en relación a sus cotizaciones. No digo que eso vaya a funcionar, pero hay dinero que se puede recaudar a riesgo de aumentar la recesión, cosa que ya sabemos que la troika está dispuesta a aceptar. Estamos acostumbrados a ver a los gobiernos presumir de los incrementos de recaudación que supondrán las subidas de impuestos directos e indirectos, y luego no siempre las sumas se hacen realidad. Pero como viene a sugerir Juncker, llega un momento en que ya no se puede cortar más en un país en el que menos del 10% de los parados tiene acceso a un subsidio o donde el 45% de los jubilados vive bajo el umbral de la pobreza.

Pero la troika, de la que forma parte la Comisión, sigue confiando en las virtudes curativas de los recortes para salir de la recesión. No se cree las previsiones de ingresos que presenta ahora Grecia. La pregunta que hay que hacerse es: ¿por qué hay que creerse las previsiones que hace el FMI para justificar otra dosis de austeridad cuando su historial es una sucesión de errores?

Todas esas previsiones fallidas se produjeron mucho antes de que Syriza llegara al poder. Por entonces, gobernaba en Atenas Nueva Democracia, que aceptó en lo fundamental las imposiciones europeas, y por lo que Merkel elogió en innumerables ocasiones al primer ministro Samarás. ¿Y todo eso a cambio de qué? Grecia era en esos años un Estado en bancarrota y sigue siéndolo.

Los planes de la troika preveían que Grecia bajara su deuda hasta el 120% del PIB para 2020, pero eso sólo era posible si el país crecía año tras año un 3% o en torno a esa cifra y tenía un superávit primario de un 4%. Ningún país del mundo ha sostenido esta última cifra durante tanto tiempo. Sólo se podría conseguir en un laboratorio, usando a los ciudadanos de un país de la UE como cobayas, es decir, manteniendo a esa economía permanentemente en la recesión.

Eso no es sostenible cuando los análisis comparativos demuestran que sólo los países que habían pasado por una guerra o cuya economía dependía por completo de la exportación de unas materias primas cuyo precio se había desplomado han sufrido caídas superiores de su PIB y renta nacional desde 1950.

Al final, el problema de Grecia continúa siendo el mismo que había el primer día. No era el único país en una situación financiera desesperada por los problemas estructurales creados por la moneda única, además obviamente por sus propios errores. Otros países se encontraban en una situación similar y tenían el tamaño perfecto, es decir, no demasiado grande, como para gastar dinero en ellos para que siguieran pagando sus deudas. Sólo había dos que podían caer en la misma situación, pero eran demasiado grandes como para ser digeridos, España e Italia. El principio (moral e ideológico, no económico) de que las deudas hay que pagarlas, aunque supongan una carga insostenible, obligaba a sostener a Grecia moribunda en la UVI, pero sin aplicar la cirugía habitual en la deuda en estos casos, la que el FMI siempre ha impuesto en Asia, África y Latinoamérica, para impedir que España o Italia abandonaran sus habitaciones de planta  o exigieran el mismo trato.

Una reestructuración de la deuda griega sería ahora un ejemplo terrible para cualquier otro país europeo, para sus habitantes, porque se da la molesta circunstancia de que esos estados son democracias en las que los ciudadanos pueden exigir en las urnas soluciones diferentes a las impuestas desde Bruselas.

De ahí las frases tachadas en rojo.

Foto: portada del diario griego To Pontiki del jueves.

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Aznar promueve un informe que elogia a Israel por su ataque a Gaza en 2014

La organización promovida por José María Aznar para apoyar a Israel intentó influir en la investigación de la ONU del ataque israelí a Gaza en 2014 con su propio informe. Lo que no es una práctica inusual en cualquier grupo o Estado que pretenda que los responsables de una investigación internacional presten atención a sus puntos de vista se convirtió en un ejercicio de solidaridad con el Gobierno de Netanyahu y sus Fuerzas Armadas en el que los elogios son constantes.

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Sobre el acoso a mujeres en Internet

La palabra acoso no abarca todas las amenazas, también de muerte y de violación, que reciben las mujeres en Internet en EEUU y en España. John Oliver da aquí algunos ejemplos, los más graves, pero es algo que vemos todos los días en las redes sociales a distintos niveles. Todos los días. Y en la mayoría de las ocasiones, no es porque haya muchas mujeres, al igual que muchos hombres, que expresen sus puntos de vista de forma especialmente agresiva. Les ocurre cuando dan su opinión sobre cualquier tema y de cualquier forma. Les atacan e intentan intimidar porque son mujeres.

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