Las trampas de Schäuble y de los economistas alemanes

En muchos artículos sobre la visión alemana de la crisis de Grecia y de la eurozona, es habitual encontrar referencias al punto de vista nacionalista y xenófobo del diario sensacionalista Bild, para quien todo se reduce a que los griegos son unos perezosos y manirrotos a diferencia de los serios y austeros alemanes.

Definir lo que piensa un país por los arrebatos de los tabloides no es, desde luego, un criterio muy sólido, por muy influyentes que sean esos medios. Lo que ocurre con Alemania es que no es extraño descubrir opiniones tan maniqueas como esas entre los miembros de la élite económica del país.

El historiador Jacob Soll asistió a principios de julio a una conferencia económica sobre la deuda griega en Munich. No es el tipo de público o participantes que extrae sus análisis de las páginas del Bild. La virulencia de las opiniones de los economistas de ese país le sorprendió («Germany’s Destructive Anger»). Creyó ver en sus intervenciones un «mensaje moral»: los alemanes son gente honesta mientras que los griegos son «corruptos, nada fiables e incompetentes».

«Clemens Fuest, del Centro de Investigación Económica Europea y que ha asesorado a Schäuble, seguía recitando números sobre la deuda y el crecimiento griegos, y dijo que los griegos habían fracasado a todos los niveles en los últimos años al gestionar su deuda. Creía que deberían ser expulsados de la eurozona. Henrik Enderlein, del proeuropeo Instituto Jacques Delors, dijo que Grecia debería continuar en la eurozona, pero sólo si aplicaba más austeridad y mejor dirección (a su política económica). Daniel Gros, director del Centro de Estudios Políticos Europeos, teorizó que la deuda y los problemas económicos griegos podían solucionarse con mejores cifras de exportación.»

En sus intervenciones, nunca aceptaban que Alemania tuviera alguna responsabilidad en la crisis griega, como si el dinero con el que los gobiernos anteriores en Atenas construyeron una falsa prosperidad tras su entrada en el euro hubiera llegado de Marte. Tampoco por su insistencia en aplicar políticas de austeridad que no han funcionado desde 2010.

«Cuando comenté que muchos veían la austeridad como una nueva versión del Tratado de Versalles de 1919 del que saldría un Gobierno «caótico y nada fiable» en Grecia en el futuro –uno parecido al que Enderlein avisó que podía producirse en un ensayo en The Guardian–, respondieron que estaban furiosos por haber sido comparados con nazis y terroristas». 

Esa reacción viene a ser como una Ley de Godwin, pero al revés.

Soll se pregunta cómo puede liderar Europa una Alemania que se considera la víctima de todas estas discusiones. Cuando se trata de uno de los países más prósperos del continente y el arquitecto de las políticas que impone Bruselas.

Si las élites políticas y económicas están difundiendo un mensaje similar al escuchado en esa conferencia, ¿cómo podemos sorprendernos de que los estereotipos sobre el sur de Europa se extiendan entre los ciudadanos alemanes, lean o no el Bild?

Esa negación de la realidad se extiende hasta la cúpula del poder, y a ese nivel no hay muchos que estén por encima de Wolfgang Schäuble. En una entrevista con Der Spiegel, el ministro de Hacienda niega que exista un dominio alemán sobre el resto de Europa (y dice que no existe tal «supremacía» porque Alemania no es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU), y luego consigue contradecirse unas pocas respuestas después.

En primer lugar, vende la idea de idea de que todo es culpa del actual Gobierno de Syriza: «Hace medio año, Grecia estaba preparada para volver a los mercados financieros (y emitir su propia deuda). Hoy, la economía del país está arruinada».

Esa es la versión oficial que muchos gobiernos europeos sostienen sobre la responsabilidad de Alexis Tsipras. Pero poco después el periodista le pregunta si cree que Grecia se va a convertir ahora en un «protectorado de la eurozona» a causa de las medidas que se van a imponer con el tercer rescate. Su respuesta completa a esa pregunta:

«No. En su mayor parte, los elementos del nuevo programa fueron acordados en 2010. Simplemente, nunca fueron llevados a la práctica, desgraciadamente. Hasta ahora, la economía y la sociedad griegas apenas han caminado en la dirección correcta. Lo que ha cambiado de forma dramática desde principios de este año es la necesidad de financiación adicional. Según las previsiones más conservadoras, se necesita ahora al menos 80.000 millones de euros. Para mucha gente, esa es una suma inimaginable».

No voy a decir que en la segunda parte de la respuesta Schäuble esté equivocado, pero con respecto a la primera hay algo claro. No puede decir antes que toda la culpa es de Syriza y luego decir que las nuevas condiciones no son tan extraordinarias porque a fin de cuentas entre 2010 y enero de 2015 no se hizo nada por cambiar la economía griega, es decir, que los anteriores gobiernos no cumplieron lo prometido. Y no lo hicieron, a pesar de que supuestamente, según Schäuble, hace medio año Grecia podía poco a poco empezar a financiarse en los mercados por su cuenta.

¿Cómo fue posible tal milagro si antes los gobiernos de Papandreu y Samarás se olvidaron de llevar a cabo reformas supuestamente tan importantes?

Estas cosas pasan cuando uno se cree que una política económica se impone por razones estrictamente económicas, como si fueran unas cuentas que tienen que cuadrar, y que sólo cuando se hace eso se puede salir del agujero. En realidad, son razones políticas las que están detrás de todo esto, y los trucos son también políticos cuando de lo que se trata es de castigar a los otros. Por decirlo de otra manera, cuando el delantero se prepara a lanzar el penalti, se mueve la portería para que nunca pueda marcar el gol. Y luego se le echa la culpa al delantero.

Y ahora algo de humor para contar lo mismo de otra manera. Es del mismo programa televisivo que hizo esa parodia tan buena de Varufakis. En la configuración se pueden poner subtítulos en inglés.

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Tsipras, el último hombre en pie en Grecia

tsipras banderas

Los acontecimientos ocurridos en Grecia en el último mes provocarían un terremoto político en cualquier país. Podrían derribar gobiernos, causar una ola de violencia o provocar la aparición de nuevas fuerzas políticas. Podrían. Pero para tener claro qué consecuencias pueden tener, habría que recordar el punto de partida.

Una encuesta difundida el sábado ha desmentido la hipótesis del terremoto. Un 42,5% afirma que votaría a Syriza si se celebraran ahora elecciones, un porcentaje que le daría la mayoría absoluta. Un 73% está a favor de que Grecia continúe en la eurozona (y un 66% de los votantes de Syriza), frente a un 20% que desea la vuelta del dracma. Un 70% apoya el acuerdo pactado con la troika, frente a un 24% que apuesta por la suspensión de pagos y la salida de la eurozona.

Antes que nada, hay que recordar que no conviene sacar muchas conclusiones de una sola encuesta, en Grecia o en otro país. Y también que las encuestas fracasaron al prever el resultado del referéndum. Pero el valor de este sondeo proviene del hecho de que no se diferencia de otras muchas encuestas realizadas antes y después de la campaña del referéndum, tanto en relación al apoyo a Syriza como al deseo de los griegos de continuar en la eurozona.

Los momentos políticos más dramáticos funcionan a veces como un test de Rorschach. Vemos en ellos lo que queremos ver. La decisión de Tsipras de convocar un referéndum en el último momento de las negociaciones con la troika provocó todo tipo de análisis y especulaciones sobre sus intenciones y lo que debería hacer después en función del resultado. Siempre se descartó como alternativa realista lo que Tsipras dijo que iba a hacer y que los votantes entendieron: continuar negociando.

Los acontecimientos posteriores parecieron quitarle la razón, lo que parecía bastante obvio porque él pensaba que el resultado podía influir en la conducta de los gobiernos europeos, y eso era una quimera, teniendo en cuenta la conducta del Gobierno alemán desde el inicio de la crisis de la eurozona.

Al final, Tsipras se vio forzado a aceptar un principio de acuerdo tan malo o peor como el que le presentaban antes del referéndum. En términos políticos, había sufrido una derrota completa que le pasaría factura en su propio país después de que un 61% de los griegos desafiara a la troika con su voto.

Su defensa del acuerdo en el Parlamento no impidió que un número muy significativo de diputados de Syriza votara en contra. Además, tuvo que afrontar la humillación de depender de los votos de Nueva Democracia, Potami y el Pasok para ganar la votación y al mismo tiempo escuchar a los diputados de la derecha decir por ejemplo: «Al final habéis hecho lo que había q hacer, pero tampoco esperéis que os aplaudamos por ello». Otro avisó de que votaban a favor, pero que eso no quería decir que fueran a defender todas y cada una de las medidas punitivas incluidas en el acuerdo.

Tsipras apostó por centrar su defensa no en los hipotéticos méritos (inexistentes) del acuerdo, sino en la imposibilidad de encontrar otra alternativa y en sostener que su Gobierno había llegado hasta el final en su lucha por una vía mejor. Ahí no le faltaba razón. La propia convocatoria del referéndum le respaldaba al haber demostrado que podía poner a la UE en vilo con una sola decisión. En otras palabras, hacer algo que Papandreu no se había atrevido a hacer y que Samarás ni se planteó.

Pero no hizo después lo que suelen hacer los gobiernos: buscar algunas medidas y presentarlas como una gran victoria (excepto la promesa de reestructurar la deuda en el futuro). «Reconozco que el acuerdo es malo, pero todas las alternativas eran peores», dijo el ministro de Economía, Giorgios Stathakis, que también admitió que no había nada en el acuerdo que pudiera servir para aumentar el crecimiento.

Hay que recordar que Rajoy pidió un rescate de la banca española a la UE y lo vendió como si fuera un crédito para comprar un coche y pagarlo en cómodos plazos en inmejorables condiciones.

Las declaraciones de Tsipras y sus ministros no podían responder a un supuesto plan secreto para forzar una situación –la salida de la eurozona– sin asumir la culpabilidad y conseguir que los votantes responsabilizaran a Berlín, la UE o quien fuera. En ese caso, lo que ocurrió en los días posteriores al referéndum hubiera concedido a Tsipras múltiples excusas para dar el paso que los votantes no quieren que se produzca. Y no lo dio.

En la política griega, Alexis Tsipras (el hombre más odiado de Europa, según los grandes medios de comunicación de unos cuantos países) es el último hombre que queda en pie. No lo es ya Samarás, que dimitió en la noche de la consulta, ni los demás dirigentes conservadores. No lo son los dirigentes de Plataforma de Izquierdas, el ala más izquierdista de Syriza, que defienden la salida de la eurozona, una opción rechazada en todos los sondeos desde hace años y nunca prometida en los programas de Syriza. Una alternativa que sería derrotada en las urnas.

Muchos periodistas en Atenas cuentan que la gente con la que hablan no considera culpable directo de la situación actual a Tsipras. Es una prueba circunstancial, pero relevante. Parecen tener claro, y en eso no están muy equivocados, que el Grexit supondría un salto hacia lo desconocido o una opción incluso peor que la actual. Asocian continuar en la UE (es decir, en Europa) con seguir en la eurozona. Piensan que a Grecia le irá mejor dentro del núcleo duro de la UE que solos en una zona en la que su ventaja cualitativa sobre su gran enemigo histórico, Turquía, será siempre eso mismo, la pertenencia a la UE. Seguro que valoran tener en el Gobierno a un político que no les ha mentido, como lo hicieron los anteriores. Les ha vendido una esperanza inalcanzable, pero hubiera sido demasiado bonito creer que todos los terribles problemas por los que han pasado en los últimos años desaparecerían sólo con poner un voto en la urna.

Evidentemente, todo esto puede cambiar en seis meses o un año cuando Grecia siga en el agujero. Tsipras deberá responder a la pregunta de cómo puede un Gobierno radicalmente izquierdista que cuenta con varios ministros marxistas aplicar políticas neoliberales impuestas desde el BCE o el FMI. Esa es una endiablada ecuación que de momento no tiene solución.

Aun así, parece claro que ahora la política griega sólo tiene a Tsipras.

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Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Tim Burton y el expresionismo alemán.

Chuck Jones, el mayor artista de los dibujos animados.
–El montaje de ‘El bueno, el feo y el malo’.
–Cuando los efectos especiales hacen peores las películas.
–Los peores efectos especiales.
–Honest Trailers hace la autopsia a Terminator 2.
–Stephen Colbert reclama a Neil Degrasse que Plutón vuelva a ser un planeta.
–El desodorante de los años 70 aún es un peligro.
Fernando Alonso sigue siendo bueno en los karts.
–El origen de OK.
–Cómo es un laboratorio de autopsias.

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Las muy rentables relaciones entre las televisiones griegas, los gobiernos y la troika

Las principales televisiones privadas griegas formaron un frente unido en la campaña a favor del en el referéndum. No es extraño ni denunciable que una empresa de comunicación tenga ideología. Es más discutible, como ha denunciado mucha gente, que en los debates celebrados antes de la consulta, la inmensa mayoría de los participantes estaba a favor del , y la presencia en las pantallas del no era casi testimonial. Eso es mala televisión, porque en esos casos una presencia nutrida de ambas partes es lo que garantiza interés público y espectáculo.

Lo ocurrido en la campaña no fue una excepción con respecto a lo ocurrido en los últimos años. El periodista Costa Efimeros, productor del documental Debtocracy, escribe sobre las muy rentables relaciones entre las empresas propietarias de las televisiones, los gobiernos anteriores y la troika. Detrás de las compañías están las corporaciones de la construcción, destino de los contratos de infraestructuras concedidos por los gobiernos, y las grandes navieras, uno de los sectores económicos con más poder en Grecia.

Para las televisiones, es un chollo. Han operado durante años en un marco de ilegalidad que les ha salido muy rentable:

«Desde el comienzo de la crisis y la aplicación del programa de austeridad, todos los grandes medios de comunicación se apresuraron a defender las duras políticas de los acreedores de Grecia. No era una decisión unilateral. A pesar de que desde la aprobación del primer memorándum (MoU) hay una norma para imponer un impuesto del 20% a la publicidad televisiva, esta es la única medida que la troika ha permitido que se aplace a través de un decreto que se aprueba el 31 de diciembre de cada años, y ya llevan cinco años consecutivos.

Pero va más allá. Los canales griegos operan en Grecia sin licencia, gracias a una ley de 1989 que les concede licencias por investigación y desarrollo. Y en caso de que no se hayan cansado por esto, hay más: los oligarcas, además de no pagar por sus licencias televisivas, tampoco han pagado impuestos durante años por el uso de frecuencias públicas, según el organismo nacional de contabilidad. Por eso, cuando la troika entró en escena, el compromiso era perfecto: los grandes medios de comunicación apoyaron el programa de austeridad, y los acreedores les permitieron funcionar en una situación de dudosa legalidad (el Consejo de Estado, máxima autoridad legal del país, ha dictaminado en dos ocasiones que es ilegal el uso de frecuencias sin licencia).»

En abril el Gobierno de Syriza dijo que iba a poner fin a esta «anarquía» y exigir a las televisiones que paguen su deuda por el uso de las licencias. La cantidad asciende a 40 millones de euros por los últimos cuatro años.

La respuesta de los medios dice mucho sobre cómo se han hecho las cosas en Grecia en las últimas décadas. Los que hacían favores al Gobierno podían contar con que no tendrían que hacer frente a sus obligaciones fiscales. Algo daban a cambio, pero no precisamente al Estado. Las televisiones dijeron que no iban a pagar porque los partidos se han aprovechado de una ley de 2002 para emitir sus anuncios electorales en esos canales sin pagar nada a cambio.

Las televisiones han apoyado los programas de austeridad todos estos años, incluidos los sacrificios exigidos a los ciudadanos. Pero ellos no sólo no se sacrifican, sino que ni siquiera pagan lo que deben.

 

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Así se estrena en Westminster la diputada más joven

En el Parlamento británico es costumbre que los diputados que se estrenan den un breve discurso para presentarse ante los demás parlamentarios de la Cámara. Esta vez ha sido el turno de Mhairi Black, del SNP escocés, de 20 años, la más joven desde el siglo XVII.

El discurso ha sido muy elogiado, tanto por su brío y consistencia como por las historias sobre la lucha contra la pobreza en Escocia, y en especial en su circunscripción, donde –dijo– uno de cada cinco niños se va a la cama con hambre. Y el uso de la ironía. Gracias a que el Parlamento paga a los diputados los gastos de vivienda en una ciudad tan cara como Londres, Black comentó que es la única persona de 20 años a la que el ministro de Hacienda, George Osborne, está dispuesto a ayudar para que tenga acceso a la vivienda.

Y ahora pensemos en cuántos jóvenes políticos españoles podrían estar a la altura de Black.

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El fin de la Primavera Griega

risas troika

Por una vez hay que estar de acuerdo con el ministro eslovaco de Finanzas, Peter Kazimir, uno de los halcones que ha presionado estas semanas con más intensidad para que Grecia fuera expulsada de la eurozona, y quizá de la UE. «El compromiso sobre Grecia que hemos alcanzado esta mañana es duro para Atenas porque es el resultado de su Primavera Griega», ha escrito en Twitter.

Eso sí, hay que dejar a un lado la perplejidad que suscita que este hombre olvide lo que ocurrió la primera vez que se utilizó la palabra ‘primavera’ para definir una rebelión popular. Igual es que sencillamente es un idiota. Alguien se lo habrá recordado porque ha borrado después el tuit.

Había dos objetivos fundamentales en el cierre de esta crisis: mantener la reputación crediticia de la eurozona en su conjunto con la idea de que la pertenencia al sistema monetario es eterna, y acabar con la rebelión del sur de Europa contra la austeridad, que es ya un sistema político en sí mismo, y no sólo una serie de recetas económicas.

Lo primero ha sido dañado de forma irreversible con la apuesta final de Schäuble de llevar a las negociaciones la idea de Grexit temporal, algo manifiestamente ilegal según los tratados. Los gabinetes de análisis de bancos y fondos de inversiones lo han apuntado en su mayoría, aunque las repercusiones son aún difíciles de adivinar. Al menos formalmente, la eurozona sigue existiendo con todos sus miembros actuales.

Lo segundo ha sido un éxito completo. A lo que dijo anoche el director del FT sobre la «paz cartaginesa», hay que añadir el lunes numerosos testimonios que no es necesario buscar en las filas de la extrema izquierda. Mohamed El-Erian ha escrito: «La triste realidad de Grcia y Europa: no pasará mucho tiempo hasta que los historiadores establezcan una comparación con episodios históricos de la ‘diplomacia de las cañoneras». Las propuestas del acuerdo se quedan muy cerca de exigir a Grecia que se convierta en un Estado vasallo de Bruselas», dice un informe del Deutsche Bank. Wolfgang Münchau ha titulado su columna «Los brutales acreedores de Grecia han demolido el proyecto de la eurozona».

Todos estos análisis no son nada comparados con lo que ocurrió en las reuniones de la madrugada del lunes. Según el relato que hace el FT, el nivel de violencia verbal fue inaudito, casi estuvo a la altura de una reunión de Al Capone con sus socios del sindicato del crimen de Chicago. El artículo acaba con esta frase:

«Han crucificado a Tsipras ahí dentro», destacó un alto cargo de la euozona que asistió a la cumbre. «Crucificado».

Una frase similar pronunció una fuente de la eurozona ante un periodista de The Guardian. «Fuentes de la UE nos contaron que Tsipras fue sometido a un ‘waterboarding mental’ en la reunión a puerta cerrada con Angela Merkel, Donald Tusk y François Hollande». «Fue una locura, como una guardería», se leía en una crónica de Reuters del día anterior.

Todos esos detalles se conocen a través de fuentes anónimas. Lo que se ha dado en llamar una jornada histórica se ha desarrollado en secreto y sólo puede saberse a través de ese tipo de testimonios. Así funcionan las cumbres, pero es importante destacar que lo mismo ocurre c0n el Eurogrupo, que opera como una organización casi secreta en cuanto a su funcionamiento interno. En una época en que hasta instituciones muy celosas de sus deliberaciones, como el BCE, la Reserva Federal norteamericana o el FMI, publican con posterioridad sus actas, el Eurogrupo mantiene la ficción de que sólo es un órgano de coordinación entre ministerios de Finanzas.

El destino de Europa se decide en un organismo que ni siquiera aparece en los tratados. Se ha dado la paradoja de que la Comisión Europea, que obviamente sí sale mencionada en los tratados, afirmó hace unos días que no daría una respuesta determinada hasta que se reuniera el Eurogrupo. Así se ha convertido en el instrumento definitivo de los gobiernos para mantener su control sobre la UE, años después de que se nos dijera que la democratización de la institución avanzaba imparable gracias a que se había convertido a la Comisión en un auténtico poder ejecutivo y al Parlamento Europeo en la Cámara legislativa con plenos poderes de control.

Conviene tenerlo en cuenta a la hora de valorar las profesiones de fe europeísta y la confianza en la construcción europea tan habituales en las declaraciones de nuestros políticos y de los expertos que se ganan la vida bastante bien ayudando a conservar ese statu quo.

Siguiendo la lógica del ministro eslovaco, si la ascensión al poder de Syriza fue una Primavera Griega, ¿contra qué dictadura se alzó? La de Alemania, supongo.

En una larga entrevista en The New Statesman, Yanis Varufakis ha descrito cómo han sido las negociaciones dentro del Eurogrupo en los últimos meses, un anticipo de lo que seguramente contará en un libro. Lo describe como una cábala en la que siempre se hace la voluntad de Schäuble. «Es una orquesta bien afinada y él es el director». Sólo el ministro francés Sapin se aleja algo de la línea oficial –de forma «sutil»–, pero cuando Alemania ha tomado una decisión, Francia se pliega a ella sin problemas.

El sábado en que se celebraron dos reuniones del Eurogrupo, y Varufakis no fue invitado a la segunda, el ministro griego preguntó si eso era legalmente admisible. Ahora cuenta que un abogado le dijo: «Bueno, el Eurogrupo no existe en ninguna ley, no hay un tratado que regule este grupo». Y Varufakis lo define así:

«Lo que tenemos es un grupo que no existe y que tiene todos los poderes para decidir sobre la vida de los europeos. No responde ante nadie, dado que no existe en ninguna ley, no se elaboran actas, y es confidencial. Ningún ciudadanos sabe lo que se dice dentro. Son decisiones casi de vida o muerte, y ningún miembro tiene que responder ante nadie».

El nivel de presión ejercido sobre Tsipras ha sido inmenso. Pusieron una pistola apuntando a su cabeza y esperaron a que terminara aceptándolo todo. Hay que decir, y esto es algo de lo que tendrá que hablarse en Grecia en los próximos días, que el fin de la Primavera Griega ha sido tan brutal gracias a un error estratégico de Syriza. Como ya escribí, la premisa de que una victoria del no reforzaría la posición negociadora de Grecia ante sus socios europeos –como sostuvo Tsipras en la campaña– ha resultado ser falsa o una simple ilusión. Es difícil denunciar la «estrategia criminal» de la troika o calificarla de «terrorismo», como hizo Varufakis, y confiar en que se vayan a ablandar por una demostración de voluntad popular. La diplomacia de las cañoneras no atiende a esas razones en la muy democrática Europa desde la instauración del euro.

Quizá esta debacle griega hubiera sido la misma sin el referéndum. No podemos saberlo con total seguridad. Quizá Alemania sólo iba a aceptar imponer este vasallaje porque la única alternativa que aceptaba era la expulsión de Grecia de la eurozona, y ahí Tsipras no podía llegar tan lejos porque pensaba que su opinión pública no lo hubiera aceptado. Quizá los bancos griegos se hubieran hundido igual por la fuga de depósitos una vez que el país no pudiera hacer frente a los pagos pendientes al FMI o al BCE. Pero lo que es indudable es que el desenlace ha sido mucho peor que lo que contenía la última oferta de la troika anterior a la consulta.

La promesa que aparece en el comunicado final de la cumbre sobre reestructuración de la deuda sólo es eso, una promesa de «posibles medidas» si Grecia cumple todos los términos de la rendición y pasa el humillante examen correspondiente en otoño. Y no incluirá una quita, porque el Gobierno griego se compromete por escrito a cumplir todos los compromisos financieros con sus acreedores, los mismos que le han obligado a firmar ese documento.

Como ha dicho el primer ministro francés, Manuel Valls, «ha sido una victoria para Europa». Es la Europa que hemos construido.

16.30

Hay gente que no aprende. Peter Kazimir ha repetido el tuit que borró ayer con un pequeño cambio. Donde antes se leía «Primavera Griega», ahora se lee «Primavera de Syriza». Sólo le sirve para volver a desmentir la versión oficial del tercer rescate a Grecia: es sólo una venganza.

Foto: Los ministros de Finanzas, Wolfgang Schäuble, Jeroen Dijsselbloem y Pierre Gramegna, en la reunión del Eurogrupo del lunes.

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Un nuevo Versalles pero con Alemania como ejecutor

No ocurre todos los días que el director del Financial Times afirma que las condiciones impuestas a un Gobierno lleno de marxistas se parecen a una «paz cartaginesa». Se refiere a lo que el Gobierno alemán ha intentado hacer este domingo con Grecia, lo que será recordado como una jornada negra en eso que antes se llamaba la «construcción europea» y que ahora ha pasado a ser un triste sarcasmo.

La expresión tiene su origen en las guerras púnicas de Roma contra Cartago, y los brutales términos de rendición que el imperio obligó a aceptar a los rebeldes cartagineses. Tras la tercera guerra, ya no hubo espacio para tales castigos. Cartago fue destruida y sus habitantes, esclavizados.

Continúa en Zona Crítica.

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La fiesta de la expulsión de Grecia

Primero, fueron los líderes de la eurozona en la noche del martes y a partir de ahora serán los demás los que señalen con el dedo a Grecia y a su Gobierno. No se toma una decisión de consecuencias tan dramáticas e imprevisibles como la expulsión de un país de la eurozona sin preocuparse antes de que no aparezcan tus huellas dactilares en la escena del crimen y de armar un relato en el que las culpas vayan dirigidas a la víctima.

Resulta que en la trama participan varios gobiernos e instituciones internacionales y al final el culpable es el tipo que está arrinconado contra la pared y que no deja de hacer concesiones.

Grecia está hundida –y continúa en bancarrota– después de cinco años de políticas impuestas desde fuera que han fracasado, y el único responsable es el partido que lleva cinco meses en el poder. Para eso, hay que montar una gran conspiración: todo lo ha montado Alexis Tsipras desde el primer minuto para crear las condiciones que hagan posible el Grexit y convencer así a su opinión pública.

Desde su llegada al Gobierno, Syriza ha cambiado el discurso político predominante en Grecia, pero en el plano de las negociaciones ha cedido en múltiples frentes. No podía hacer otra cosa porque el Estado griego no puede dar la vuelta a la situación económica por sus propios medios dentro de la eurozona y porque al final sus bancos son la primera ficha que puede caer, arrastrando consigo a todas las demás.

La lógica política con que se planteó el referéndum no ha funcionado. No podía funcionar. La premisa de que la victoria del no fortalecería la posición del Gobierno en las negociaciones, como sostenía Tsipras, encontró eco en muchos votantes, según lo que escucharon en la campaña periodistas griegos y extranjeros, pero no en los destinatarios del mensaje fuera del país. Y esto es así porque ya no había negociaciones.

Las concesiones, insuficientes a ojos de la troika que sólo aceptaba continuar con el ajuste ordenado al anterior Gobierno, han sido respondidas con frases tachadas en rojo o simplemente ignorándolas, como ocurrió con la última carta de Tsipras enviada después de la convocatoria del referéndum. El relato impuesto desde Bruselas continúa siendo el mismo: los griegos no hacen lo suficiente como para que se les ayude. Da igual lo que diga la realidad.

Será que los datos también quieren imponer un régimen semiautoritario en Grecia. Para los gobiernos europeos que han seguido los criterios impuestos por Alemania, ha llegado por fin la hora de la fiesta.

Un testimonio de una persona que conoce Grecia. Mariangela Paone, autora del libro ‘Las cuatro estaciones de Atenas’.

 

 

 

 

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Arrogancia y estupidez

juncker superado

En dos párrafos, Wolfgang Münchau, columnista del FT, explica los tres grandes errores de la campaña del sí en Grecia y de sus poderosos aliados extranjeros. En primer lugar, el agrio nivel de las amenazas que llegaban de fuera. El segundo, el argumento imposible de que la austeridad puede sacar del agujero a una economía hundida.

En el tercer error, Münchau deja patente el poco respeto que le merecen los actuales gobernantes europeos.

«El tercer error monumental fue la arrogancia. Los partidarios del sí pensaban que lo tenían hecho. Como los laboristas británicos antes de las últimas elecciones, se habían fiado de las encuestas, que resultaron estar absolutamente equivocadas. Lo que creo que es más inaudito es el argumento de que Grexit supondría una catástrofe económica, como si la catástrofe no hubiera ocurrido ya. Si llevas cinco años en paro y no tienes posibilidades de encontrar un empleo, no supone ninguna diferencia para ti si el dinero que no tienes están denominado en euros o dracmas.

El desprecio por la democracia y el analfabetismo político no son sólo errores tácticos. Esas dos cualidades forman la última plataforma ideológica que resta en el proyecto europeo. Grecia nos recuerda que la unión monetaria europea, tal y como se ha construido, es básicamente insostenible. Eso significa que necesita un cambio o que en algún momento desaparecerá.»

Por las primeras reacciones producidas este lunes, esos gobernantes están decididos a confirmar la hipótesis de Münchau.

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Un gran día para la democracia

tsipras

Dicen que la victoria tiene mil padres, o algo parecido, y lo mismo se podría decir del resultado del referéndum griego. La lista no llega a mil, pero es bastante larga: Schäuble, Schulz, Juncker, Dijsselbloem, Gabriel, Rajoy, De Guindos, Renzi, Draghi, los ministros de Austria, Holanda, Eslovaquia, Letonia y los muchos analistas que decían, gritaban, que los griegos debían rendirse a la evidencia y asumir su destino de perdedores. Toma lo que te ofrecemos o sufrirás mucho más. Y empieza a pensar que esto no acaba aquí porque vamos a sacar a Syriza de tu Gobierno.

Los medios de comunicación comenzaron a especular con un posible Gobierno de concentración que agrupara a todos los partidos tras la victoria del . Se daba ya por muerto a Alexis Tsipras. Martin Schulz habló de un Gobierno de tecnócratas, como ya se hizo en Italia y muy brevemente en Grecia, porque la democracia (todo ese rollo complicado de elegir gobiernos en las urnas) está bien para los pueblos responsables, pero no para los diletantes del sur de Europa que no saben equilibrar presupuestos. Incluso se manejó el nombre del gobernador del Banco de Grecia –y exministro de Nueva Democracia– como posible primer ministro.

Han cambiado mucho las cosas desde Spengler. Aparentemente, la última línea de defensa de la civilización es ahora el jefe del banco central, una persona razonable y con amplia experiencia financiera que siempre cumplirá las órdenes que le lleguen de Bruselas, Frankfurt o el sitio donde Christine Lagarde se gaste su escaso salario.

Los griegos han dicho no a todos esos planes de una forma tan atronadora que hasta han dejado sorprendidos a los propios dirigentes de Syriza. Los anuncios como el de Varufakis de dimitir si ganaba el sólo se hacen cuando las cosas pintan mal y hay que poner todo sobre la mesa.

Sobre la reacción de los demás dirigentes europeos, sólo hay que fijarse en la respuesta colérica de los socialdemócratas alemanes. Sigmar Gabriel ha dicho que los griegos «han roto todos los puentes». Schulz, que ha sufrido una transformación que convierte el paso de doctor Jekyll a Mr. Hyde en un mero cambio de humor pasajero, se ha referido al «fanatismo político» (del Gobierno griego) que él mismo va a conjurar con un programa de «ayuda humanitaria» (sic).

Ha sido un intento de intimidar a los votantes griegos que nunca se produjo cuando franceses, holandeses e irlandeses decidieron votar en las urnas cambios estructurales que afectaban a toda la UE. Es difícil definir esa presión sin caer en niveles de miseria moral parecidos a los de Schulz, pero hay algo en lo que todos podemos coincidir: nunca antes se había caído a tales extremos. Aquí no había ni ambigüedad, ni la imposición de un sistema económico sin preocuparse por los perdedores, ni intereses nacionales.

Era una imposición de voluntades que en la UE no se ha ejercido desde su fundación. Primero, se consideró una afrenta que los griegos tuvieran la posibilidad de decidir directamente su destino. Luego, se dijo que si no votaban de la forma adecuada, se llevarían el castigo que merecían. Porque eran culpables. Los dirigentes europeos nunca aceptaban ni como hipótesis que ellos también fueran responsables. Grecia debía ser castigada.

La victoria del no sólo es la expresión de la voluntad popular de los griegos (o nada menos que eso). Como unas elecciones, no resuelve por sí misma ningún problema económico. Grecia continúa siendo un Estado en bancarrota. Sus bancos están al borde de cerrar sus puertas para siempre. La economía de todo el país se encuentra casi en una especie de limbo a la espera de saber lo que ocurrirá con el control de capitales.

Pero esta vez, contra lo que siempre pensamos periodistas y políticos, el voto del miedo no funcionó. Y eso sólo puede ser bueno para la democracia. Como también lo es que muchos griegos votaran por el sí sin estar vendidos a ninguna trama extranjera o sin tener tanto dinero que les daba igual lo que les pasara a sus compatriotas que viven en la pobreza o no tienen derecho ya a tener un médico de cabecera. Muchos de los griegos del pensaban que era lo mejor para su país, al igual que muchos votantes del no, que decidieron plantar cara a los que llevan años diciéndoles que no hay alternativa, que deben rendirse.

Si la UE no puede defender eso, exactamente ¿cuál es la razón de su existencia?

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