
Una vez más, las palabras de Obama sonaron con la fuerza necesaria tras conocerse la noticia de la detención del sospechoso del atentado de Boston:
«Fracasaron porque la gente de Boston se negó a ser intimidada. Fracasaron porque, como norteamericanos, nos negamos a ser dominados por el terror. Fracasaron porque no renunciaremos al carácter, la compasión y los valores que nos definen como país. Ni romperemos los lazos que nos unen como norteamericanos».
Palabras tan bellas como falsas. Los responsables de la ciudad de Boston aceptaron cerrar una ciudad de 600.000 habitantes (cuatro millones con su zona metropolitana) únicamente por la amenaza que presentaba un joven de 19 años. Si aceptamos la idea de que el mayor objetivo del terrorismo, con independencia de cómo lo definamos, es condicionar a la población para que renuncie a sus ideas y valores, en definitiva, a su forma de vida, y hacerles creer a los ciudadanos que todos son combatientes y por tanto objetivos legítimos, ese adolescente y su hermano consiguieron un éxito mayor que el obtenido por la organización terrorista más peligrosa.
Antes de ponernos estupendos, hay que recordar algo obvio. Si varios policías hubieran muerto tiroteados, a nadie se le habría ocurrido convertir Boston en una ciudad fantasma. Fue el hecho de que se tratara de un atentado indiscriminado contra la población civil el que provocó esta reacción sobredimensionada.
En cualquier esquina transitada de cualquier gran ciudad, se junta el número suficiente de personas para que una bomba cause una tragedia. En cualquier centro comercial en fin de semana, puedes provocar una matanza. Pero la idea de que los asistentes a un maratón, como los que asisten a un espectáculo deportivo, puedan pagar con su vida resulta especialmente intolerable. Si el Gobierno no nos puede proteger en esos momentos, ¿exactamente para qué sirve?
Todo tiene más sentido si optamos por actuar de forma racional (a menos que queramos seguir pagando el impuesto del terrorismo).
Una vez más, Bruce Schneier toca las teclas adecuadas. Ya hace tiempo dejó claro que la alternativa era negarse a ser aterrorizado. Hace unos días, poco después del atentado de Boston, volvió a escribir sobre el tema, antes de que viéramos esas imágenes de una ciudad encerrada en sus hogares, no presa de un terror irracional, sino aconsejada por las autoridades, que hasta decidieron interrumpir el servicio de tren entre Boston y Nueva York.
No somos idiotas por pensar que el número minúsculo de víctimas producido por atentados terroristas en nuestras sociedades comparado con los miles de muertos causados por la droga o los accidentes de tráfico representa una amenaza intolerable. No somos muy buenos como especie a la hora de calibrar los riesgos. Por eso, hay tanta gente que tiembla cuando despega un avión mientras que no siente el más mínimo temor cuando viaja en un coche que supera el límite de velocidad. Da igual lo que digan las cifras, es decir, la realidad.
Pero si nuestros valores están en juego, se supone que se nos debe exigir que pongamos en marcha el cerebro a pleno funcionamiento.
Schneier nos recuerda los hechos. No es tan fácil cometer un atentado terrorista y sobrevivir para reincidir. Un Estado puede, a veces con dificultades, aprender de lo sucedido para que sus fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia hagan mucho más difícil que se repita esa amenaza. A veces, muy raramente, se produce la tragedia y es más fácil que ocurra precisamente si se trata de un hecho imprevisible, como parece ser el caso de dos hermanos de Boston.
Incluso así, no hay motivos para la alarma. En las sociedades en las que es posible aprender a ensamblar una bomba con los conocimientos adquiridos en Internet sus habitantes tienen una mayor esperanza de vida que en aquellos lugares en los que las organizaciones terroristas cuentan con campos de entrenamiento. Y no sólo por razones económicas. Es más fácil que los segundos mueran por razones políticas que los primeros.
Hay razones que permiten explicar la histeria promovida por algunos dirigentes políticos. Los mismos que se niegan en EEUU a aceptar un mínimo control de los antecedentes de los compradores de armas reclaman a gritos que los hechos de Boston obliguen a reforzar los controles de inmigración. El mal siempre viene de fuera. Los miles de muertos por armas de fuego en EEUU son sólo un precio que gustosamente hay que pagar.
El presunto autor del atentado de Boston acabó escondido en un bote porque no tenía otro sitio donde ir. No había ningún plan de fuga y ni aun así miles de policías, armados como para ir a una guerra, pudieron encontrarle. La ciudad paralizada le dio un poder que nunca tuvo.
Al final, Dzhokhar Tsarnaev fue localizado gracias a un vecino que, después de que se levantara el ‘toque de queda’, descubrió unas manchas de sangre en el bote que tenía en el jardín y vio a una persona dentro. Todos esos agentes del FBI, la policía de Boston, la ATF o los SWAT no pudieron encontrarlo antes, a pesar de su extraordinaria exhibición de poderío armamentístico.
Como en muchos otros incidentes de delincuencia común, un vecino llamó a la policía y le dio la pista definitiva. En ocasiones, no es LA pista, pero sí una muy importante con la que empezar a trabajar. Todo eso es imposible cuando la operación policial forma parte de la gran «guerra contra el terrorismo» en la que los ciudadanos sólo tienen como función esconderse en sus casas, cerrar las ventanas y subir las persianas.
Las palabras de Obama son aún más falsas cuando conocemos que ningún policía le recordó a Tsarnaev que tenía derecho a llamar a un abogado tras ser detenido, nadie le leyó los derechos de la declaración Miranda. Si hubiera estrangulado a un niño de ocho años, nadie le habría negado ese derecho. Como ha puesto una bomba que ha matado a un niño de ocho años y alguien ha decidido que podría formar parte de una organización terrorista, la ley no cuenta en este caso.
¿Por qué? Por una decisión de la Administración de Obama. Mucho antes de que Tsarnaev pusiera la bomba, el Gobierno había desmentido las bellas, y falsas, palabras de su presidente.
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Foto de Eduardo Suárez. Boston en la mañana del viernes.