El humor de Obama

Este año el discurso de Obama en la cena de corresponsales de la Casa Blanca ha sido mejor que el anterior, es decir, le han escrito mejores chistes. Algunas perlas:

–«La prensa y yo tenemos trabajos distintos. Mi trabajo es ser presidente. El suyo, conseguir que yo sea humilde. Francamente, yo estoy haciendo mejor mi trabajo».

–Sobre el senador republicano Marco Rubio, presumible candidato republicano a las presidenciales: «No sé qué pasará en 2016, pero… ¿el tipo que no ha completado un solo mandato en el Senado cree que está preparado para ser presidente?» (que es lo que hizo él mismo).

–Sobre los 100 millones de dólares que se gastó Sheldon Adelson para conseguir la derrota de Obama en las elecciones: «Sheldon habría salido ganando si me hubiera ofrecido a mí 100 millones para que me retirara. Probablemente, no los habría aceptado, pero me lo habría pensado».

–«Sé que CNN ha recibido algunos ataques últimamente, pero admiro su compromiso al cubrir todos los lados de una historia, no sea que alguno resulte ser el verdadero».

–El sketch de Obama haciendo de Daniel Day Lewis que hace de Obama.

Transcripción del discurso. 

Como aperitivo, hubo un sketch de ‘House of Cards’ con Kevin Spacey al frente y varios políticos y periodistas como estrellas invitadas. Spacey hacía de Frank Underwood y los demás, de sí mismos, con lo que estaba claro quién quedaba de pena. Pero, claro, quién se resiste a compartir pantalla con Spacey.

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La maldición de Bangladesh empieza en las tiendas de Europa y EEUU

Las imágenes de los informativos de televisión presentan el derrumbe del edificio de Bangladesh en el que ya se han encontrado 336 cadáveres casi como si fuera una catástrofe natural. Son las mismas imágenes habituales en los terremotos. Edificios convertidos en bloques amontonados de hormigón de los que los equipos de emergencia sacan a los supervivientes, y también los cuerpos sin vida.

Una tragedia del Tercer Mundo.

Los clientes de las empresas radicadas en ese edificio son más cercanas a nosotros. La imagen de arriba es un documento encontrado por un reportero del Financial Times entre los escombros de Rana Plaza. Aparece el nombre de El Corte Inglés y una serie de pedidos diarios de chaquetas. El edificio de ocho plantas albergaba empresas textiles que trabajan, como contratistas o subcontratistas, para varias marcas occidentales, Primark, The Children’s Shop y Mango entre otras.

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El Gobierno que no ve, no escucha y no habla

El Mundo retrata de forma brillante al Gobierno, aún más con las fotos que con el titular. No sé si esa era la intención, pero me ha recordado otra imagen bastante conocida.

 

Pero quizá hay otra imagen similar que define aún mejor al Gobierno.

 

En una situación de emergencia nacional, la vicepresidenta se reía, el ministro de Economía se sumergía en un lenguaje tecnócrata indescifrable y el ministro de Hacienda se lanzaba a sus divagaciones de costumbre con frases que quedaban suspendidas en el aire sin un final coherente.

¿Está muerto el Gobierno? No lo sé, pero hay algunos días que lo parece. El viernes fue uno de ellos.

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En Zona Crítica: Los compañeros de viaje de Cifuentes, Báñez y Marhuenda.

Publicada el por Iñigo Sáenz de Ugarte | 1 comentario

La UE fracasa en su intento de eliminar la corrupción en Kosovo

Dino Asanaj apareció muerto en su despacho en junio de 2012. El cuerpo del jefe de la Agencia de Privatización de Kosovo tenía 11 heridas de arma blanca. Al lado estaba un cuchillo, manchado con su sangre.

Sorprendentemente, unos días después la investigación dictaminó que en realidad se trataba de un suicidio. No se halló rastros del ADN de otra persona en la sangre encontrada. Había una nota de suicidio de su puño y letra. Asanaj estaba siendo investigado por la acusación de haber solicitado un soborno –de cuatro millones de euros, nada menos– por la privatización de un hotel. No parecía que esta denuncia pudiera hacer peligrar la posición del político, ni mucho menos llevarle a prisión.

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Sobre algoritmos, Twitter y la destrucción de la Casa Blanca

La imagen llama la atención pero se queda en anécdota comparada con el Flash Crash de 2010, que supuso una pérdida de 1.000 puntos en el Dow Jones. El tuit falso de Associated Press anunciando un ataque a la Casa Blanca ha provocado el martes una caída mucho menor, corregida minutos después. En este caso, la razón estaba clara desde el primer momento, lo que no es un alivio, pero al menos servirá para que no haya largas investigaciones con conclusiones discutibles.

La culpa es de Twitter. O de los algoritmos. O de las limitadas medidas de seguridad de los medios de comunicación a la hora de controlar sus cuentas en las redes sociales. O de todos al mismo tiempo.

Sobre la primera razón, vamos a escuchar muchos comentarios sobre lo absurdo que es que los mercados financieros presten atención a un medio en el que Justin Bieber tiene 38 millones de seguidores. En el mundo del dinero, no harán mucho caso de la última versión de ‘todos vamos a morir por culpa de la tecnología’. Allí, obtener la última información en el plazo de tiempo más breve posible (si es en tiempo real, no hace daño) se considera absolutamente fundamental. Esperar a que la Casa Blanca, Downing Street o El Elíseo confirmen una noticia supone perder un tiempo que no tiene precio.

Las terminales de Bloomberg cuentan con una selección de cuentas de Twitter a las que es necesario seguir. Yo pensaba que eran unos cuantos elegidos, pero no, resulta que son muchas más.

Gillian Tett explica en el FT cómo un estudio realizado en el MIT a partir de los datos ofrecidos por la red eToro demuestra que los inversores que utilizan esa red social para intercambiar información y sugerencias obtienen mejores rendimientos que los demás o que los que siguen los consejos de una o dos fuentes de confianza.

Todo esto desafía nuestras ideas preconcebidas sobre cómo funcionan los protagonistas de los mercados. Suponemos que los que creen tener una buena carta no querrán compartir esa valiosa información con otros. No es que sean egoístas, sino que la propagación de esos datos podría hacer que cambiaran las tornas y el mercado girara en dirección contraria. La realidad es que en los mercados no se funciona de forma muy diferente a lo habitual en el resto de las relaciones sociales. A veces, compartir implica también recibir. Y examinar lo que hacen los demás te puede hacer más listo, o sencillamente tranquilizarte porque descubres que no eres el único que va por ese camino.

Sobre los algoritmos, ya se escribió mucho de eso en 2010. Muchas de las operaciones en el mercado se hacen de forma automática y en intervalos de escasos segundos sin ninguna intervención de esa entidad sobrevalorada llamada el ser humano.

Quizá la cosa no llegue hasta los niveles espeluznantes de la novela ‘El índice del miedo’, de Robert Harris, pero está claro que lo que llamamos de forma incorrecta ‘las máquinas’ rigen los destinos de los mercados o de buena parte de ellos.

El único problema de considerar a la novela de Harris ciencia ficción es que la realidad (sin el toque Skynet) no está tan lejos. Los algoritmos son una parte esencial de los movimientos que se producen en los mercados, como explicaron Felix Salmon y John Stokes en 2010. Su artículo tiene un comienzo espectacular con la historia de un servicio concreto de Dow Jones cuyos suscriptores son… algoritmos. Está claro que esos clientes no necesitan titulares, fotos, entradillas o sección de deportes, sino datos en estado bruto. El análisis de esa materia prima en tiempo real (no en segundos, porque ese es un plazo de tiempo demasiado grande) es el punto de partida de decisiones que mueven el dinero en cantidades difíciles de imaginar.

Por último, en relación a la seguridad de las cuentas de Twitter de los grandes medios, se puede decir que ese es el eslabón más débil de la cadena. Reuters, al que habría que definir más como un imperio que como un medio de comunicación, acaba de despedir a su jefe de redes sociales. Los conflictos sobre qué contar desde la cuenta de un medio son innumerables y no se solucionan con extensas normas de uso con las que algunos directivos pretenden tapar con un dedo una grieta que se abre en su coraza.

Hubo un tiempo en que el privilegio de llamar a la rotativa y pronunciar las míticas palabras «paren las máquinas» estaba reservado al director o a algún delegado plenipotenciario. Ahora las ‘máquinas’ se paran con un mensaje de 140 caracteres o menos, y a veces nadie sabe quién lo ha enviado.

Será mejor que echemos la culpa al algoritmo.

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EEUU no ha dejado de ser el gran padrino de Kosovo

Christopher Dell ya no es embajador de EEUU en Kosovo. En su currículum puede presumir de algo que no suele estar al alcance de todos los diplomáticos norteamericanos: elegir al presidente de un país. Ocurrió en abril de 2011 poco antes de que el Parlamento de Kosovo votara a favor de la candidatura de Atifete Jahjaga como nueva presidenta por 80 votos a favor sobre 100 diputados presentes.

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Kosovo vuelve a llamar a la puerta de España.

Publicada el por Iñigo Sáenz de Ugarte | Deja un comentario

Cosas que hacer en sábado cuando no estás muerto

Harrison Ford no quería responder a preguntas sobre ‘La guerra de las galaxias’.

–Una espía de Cuba en EEUU.
–Dos estadísticas de los años de Thatcher.
El oro de los Lannister no valía tanto si el trono no podía devolverle el dinero.
–El Blog del Narco ya tiene libro.
–Hitler, Trotsky, Tito, Freud y Stalin fueron vecinos en Viena. Casi.
–Las proporciones imposibles de la Barbie son aún más imposibles en el mundo real.
Salvador Dalí y señora.
–Ascensores especiales.
–Espectacular aparición de la policía rusa.
Breaking Bad + Los Simpson.
–Los mejores piscinazos de la temporada en la NBA.

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Los terroristas son idiotas, nosotros los convertimos en personas inteligentes

Una vez más, las palabras de Obama sonaron con la fuerza necesaria tras conocerse la noticia de la detención del sospechoso del atentado de Boston:

«Fracasaron porque la gente de Boston se negó a ser intimidada. Fracasaron porque, como norteamericanos, nos negamos a ser dominados por el terror. Fracasaron porque no renunciaremos al carácter, la compasión y los valores que nos definen como país. Ni romperemos los lazos que nos unen como norteamericanos».

Palabras tan bellas como falsas. Los responsables de la ciudad de Boston aceptaron cerrar una ciudad de 600.000 habitantes (cuatro millones con su zona metropolitana) únicamente por la amenaza que presentaba un joven de 19 años. Si aceptamos la idea de que el mayor objetivo del terrorismo, con independencia de cómo lo definamos, es condicionar a la población para que renuncie a sus ideas y valores, en definitiva, a su forma de vida, y hacerles creer a los ciudadanos que todos son combatientes y por tanto objetivos legítimos, ese adolescente y su hermano consiguieron un éxito mayor que el obtenido por la organización terrorista más peligrosa.

Antes de ponernos estupendos, hay que recordar algo obvio. Si varios policías hubieran muerto tiroteados, a nadie se le habría ocurrido convertir Boston en una ciudad fantasma. Fue el hecho de que se tratara de un atentado indiscriminado contra la población civil el que provocó esta reacción sobredimensionada.

En cualquier esquina transitada de cualquier gran ciudad, se junta el número suficiente de personas para que una bomba cause una tragedia. En cualquier centro comercial en fin de semana, puedes provocar una matanza. Pero la idea de que los asistentes a un maratón, como los que asisten a un espectáculo deportivo, puedan pagar con su vida resulta especialmente intolerable. Si el Gobierno no nos puede proteger en esos momentos, ¿exactamente para qué sirve?

Todo tiene más sentido si optamos por actuar de forma racional (a menos que queramos seguir pagando el impuesto del terrorismo).

Una vez más, Bruce Schneier toca las teclas adecuadas. Ya hace tiempo dejó claro que la alternativa era negarse a ser aterrorizado. Hace unos días, poco después del atentado de Boston, volvió a escribir sobre el tema, antes de que viéramos esas imágenes de una ciudad encerrada en sus hogares, no presa de un terror irracional, sino aconsejada por las autoridades, que hasta decidieron interrumpir el servicio de tren entre Boston y Nueva York.

No somos idiotas por pensar que el número minúsculo de víctimas producido por atentados terroristas en nuestras sociedades comparado con los miles de muertos causados por la droga o los accidentes de tráfico representa una amenaza intolerable. No somos muy buenos como especie a la hora de calibrar los riesgos. Por eso, hay tanta gente que tiembla cuando despega un avión mientras que no siente el más mínimo temor cuando viaja en un coche que supera el límite de velocidad. Da igual lo que digan las cifras, es decir, la realidad.

Pero si nuestros valores están en juego, se supone que se nos debe exigir que pongamos en marcha el cerebro a pleno funcionamiento.

Schneier nos recuerda los hechos. No es tan fácil cometer un atentado terrorista y sobrevivir para reincidir. Un Estado puede, a veces con dificultades, aprender de lo sucedido para que sus fuerzas de seguridad y servicios de inteligencia hagan mucho más difícil que se repita esa amenaza. A veces, muy raramente, se produce la tragedia y es más fácil que ocurra precisamente si se trata de un hecho imprevisible, como parece ser el caso de dos hermanos de Boston.

Incluso así, no hay motivos para la alarma. En las sociedades en las que es posible aprender a ensamblar una bomba con los conocimientos adquiridos en Internet sus habitantes tienen una mayor esperanza de vida que en aquellos lugares en los que las organizaciones terroristas cuentan con campos de entrenamiento. Y no sólo por razones económicas. Es más fácil que los segundos mueran por razones políticas que los primeros.

Hay razones que permiten explicar la histeria promovida por algunos dirigentes políticos. Los mismos que se niegan en EEUU a aceptar un mínimo control de los antecedentes de los compradores de armas reclaman a gritos que los hechos de Boston obliguen a reforzar los controles de inmigración. El mal siempre viene de fuera. Los miles de muertos por armas de fuego en EEUU son sólo un precio que gustosamente hay que pagar.

El presunto autor del atentado de Boston acabó escondido en un bote porque no tenía otro sitio donde ir. No había ningún plan de fuga y ni aun así miles de policías, armados como para ir a una guerra, pudieron encontrarle. La ciudad paralizada le dio un poder que nunca tuvo.

Al final, Dzhokhar Tsarnaev fue localizado gracias a un vecino que, después de que se levantara el ‘toque de queda’, descubrió unas manchas de sangre en el bote que tenía en el jardín y vio a una persona dentro. Todos esos agentes del FBI, la policía de Boston, la ATF o los SWAT no pudieron encontrarlo antes, a pesar de su extraordinaria exhibición de poderío armamentístico.

Como en muchos otros incidentes de delincuencia común, un vecino llamó a la policía y le dio la pista definitiva. En ocasiones, no es LA pista, pero sí una muy importante con la que empezar a trabajar. Todo eso es imposible cuando la operación policial forma parte de la gran «guerra contra el terrorismo» en la que los ciudadanos sólo tienen como función esconderse en sus casas, cerrar las ventanas y subir las persianas.

Las palabras de Obama son aún más falsas cuando conocemos que ningún policía le recordó a Tsarnaev que tenía derecho a llamar a un abogado tras ser detenido, nadie le leyó los derechos de la declaración Miranda. Si hubiera estrangulado a un niño de ocho años, nadie le habría negado ese derecho. Como ha puesto una bomba que ha matado a un niño de ocho años y alguien ha decidido que podría formar parte de una organización terrorista, la ley no cuenta en este caso.

¿Por qué? Por una decisión de la Administración de Obama. Mucho antes de que Tsarnaev pusiera la bomba, el Gobierno había desmentido las bellas, y falsas, palabras de su presidente.

Foto de Eduardo Suárez. Boston en la mañana del viernes.

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